En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO

 

Simone De Beauvoir y la Mujer

 

El libro de Simone de Beauvoir El Segundo Sexo, merece un capítulo especial, tanto por su formidable erudición, la solidez de algunos de sus argumentos y su fama como escritora, cuanto porque, al asumir la defensa de la mujer y acumular dicterios contra el macho, vocablo que la autora prefiere para designar al hombre, entran en juego la Naturaleza y la Sociedad que corresponden a nuestro tema.

¿Por qué contra el macho? Porque él es, según la autora, el culpable de la situación de inferioridad y dependencia en que se encuentra la mujer: él ha organizado la sociedad con sus altibajos, ha relegado a la mujer a una situación subalterna y, lo que es intolerable, ha multiplicado los denuestos contra ella y son numerosos los insultos proferidos por personajes notables que registra la Historia.

Empecemos por una afirmación de Simone de Beauvoir: «Todo el organismo de la mujer está adaptado a la servidumbre de la maternidad y es, por tanto, la presa de la Especie»(28).

Para la autora, la maternidad no es una gracia sino una servidumbre. El advenimiento de nuevos seres, el amor de la madre a los hijos y de los hijos a la madre, la hermandad que florece en el seno del hogar y el flujo incesante de la vida universal, constituyen una ¡maldición!

La realización de la mujer –realización suprema– no es, por tanto, la maternidad sino la frustración y la soledad. Por extraño que parezca, la autora se rebela contra la Naturaleza. La maternidad no debe existir, aunque la Especie, tan maltratada en esta obra, desaparezca de la faz de la tierra.

Si la mujer es «la presa de la Especie», ¿no lo es también el hombre? ¿Y los animales y la plantas, no son también «presas» de la naturaleza? ¿Y los astros y la galaxias?

La maternidad no es una servidumbre sino para quienes han caído en el seno de una sociedad deshumanizada, a fuerza de intelectualismo, decadencia y frivolidad.

Para muchas mujeres, que no hembras, es una gracia.

Para quienes ven en un hijo una versión nueva y fresca de sí mismas, es un don que se expresa en el amor compartido.

«Ya desde su nacimientodice la autorala especie se ha apoderado de ella. En el momento de la pubertad la especie reafirma sus derechos».

Hombres y mujeres o, si se quiere, mujeres y hombres, somos hechuras de la Especie y, por ello, de la Naturaleza. A cada uno de nosotros se nos ha asignado un papel y debemos cumplirlo sin protestas ni quejas.

Como hombres o mujeres podemos disfrutar de esta maravillosa riqueza que se nos ofrece a manos llenas en una planta, en una hoja, en un grano de arena, en un poema, en una sonata, en un cuadro, en una estatua, en un diálogo. La vida es un milagro. ¿Acaso hemos perdido la capacidad de asombrarnos, de admirar, de permanecer absortos ante un prodigio de la Naturaleza o del genio humano?

Recurramos a un poeta: Enrique González Martínez.

A veces una hoja desprendida
de lo alto de los árboles, un lloro
de las linfas que pasan, un sonoro
trino de ruiseñor, turban mi vida.

Vuelven a mí medrosos y lejanos
suaves deliquios, éxtasis supremos;
aquella estrella y yo nos conocemos,
ese árbol, esa flor, son mis hermanos.

¡Divina comunión!... Por un instante
son mis sentidos de agudeza rara...
Ya sé lo que murmuras, fuente clara;
ya sé lo que dices, brisa errante.

Por eso en mis ahogos de tristeza,
mientras duermen en calma mis sentidos,
tendiendo a tus palabras mis oídos
tiendo a cada rumor, naturaleza.

Después de esa alegada «independencia», la poesía convierte el desierto en un oasis.

Como una muestra más de esta rebelión contra la Naturaleza, la autora enumera los males que aquejan a la mujer: «Las crisis de la pubertad y de la menopausia, la ‘maldición’ mensual, el embarazo largo y a menudo difícil, los partos dolorosos y a veces peligrosos y las enfermedades y accidentes son las características de la hembra humana».

La pubertad es el pórtico de la adolescencia. ¿Quién que haya sido generosamente dotado no añorará este deslumbrante momento de vida interior, de impulso cierto y de ensueños vagos, de revelaciones infinitas, de sentimientos profundos y de anhelos sin medida?

Los males que enumera la autora, ¿no son el precio que es preciso pagar por el advenimiento y el amor de los hijos, la creación de un pequeño mundo humano en el que la llama del amor prodigue la luz y mantenga el abrigo para paliar el frío de las noches invernales?

La contradicción en que incurre Simone de Beauvoir es evidente. Por una parte, afirma que «la vitalidad de las mujeres tiene sus raíces en el ovario»; enumera los males que la Especie ha acumulado sobre ella y habla de una servidumbre que le ha sido impuesta; y por la otra, sostiene que «la Naturaleza no define a la mujer». Esta contradicción va acompañada de un aserto insostenible: «Definiendo el cuerpo a partir de la existencia, la biología se convierte en una ciencia abstracta».

El cuerpo sólo se puede definir a partir de sí mismo y no de la existencia, asunto muy importante para los filósofos existencialistas, pero no para nosotros, pobres seres humanos que debemos alimentarnos, caminar, no incurrir en excesos, cuidar el normal funcionamiento de nuestros órganos y acudir al médico cuando sea necesario, porque los filósofos, por eminentes que sean, no podrán curar nuestros males.

Además, si hay algo concreto, es una ciencia, todas las ciencias, entre ellas la Biología, sólidamente asentada en el conocimiento científico.

La autora dice: «La historia de la mujer –por el hecho de que aún se encuentra encerrada en sus funciones de hembra– depende mucho más que el hombre de su destino fisiológico».

Nuevamente nos encontramos con el reconocimiento de que nuestro destino es, en gran parte, fisiológico, y para redondear el término, natural. Cuando se afirma que la mujer se encuentra «aún (subrayamos) encerrada en sus funciones de hembra», se insinúa que ¡llegará el día en que ella alcance la liberación de ese destino fisiológico!

La autora quisiera que la mujer abandone su cuerpo (pues no hay otra manera de escapar a su destino natural), mientras máquinas inventadas para sustituirla se dediquen a fabricar robots en serie para sustituir a los seres de carne y hueso.

Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, escrito como una sátira contra el totalitarismo y la utilización bélica de la bomba atómica (pues no se podía prever entonces la Perestroika y el término de la guerra fría), podría sustituir a nuestro mundo natural, hecho de madres y de niños, de amor y ternura.

El Capítulo I se inicia con este párrafo: «Un edificio gris, achaparrado, de sólo treinta y cuatro plantas.

Encima de la entrada principal las palabras: Centro de incubación y Condicionamiento de la central de Londres, y, en un escudo, la divisa del Estado Mundial: Comunidad, Identidad, Estabilidad.

–Y ésta –dijo el director, abriendo la puerta– es la sala de la Fecundación.

Inclinados sobre sus instrumentos, trescientos Fecundadores se hallaban entregados a su trabajo».

Aunque este mundo feliz no es muy agradable, sigamos espigando en él.

«Un óvulo, un embrión, un adulto: la normalidad. Una producción de noventa y seis seres humanos donde antes sólo se conseguía uno, Progreso.

– ¡Noventa y seis mellizos trabajando en noventa y seis máquinas idénticas! –La voz del director temblaba de entusiasmo.

Guardería infantil. Sala de condicionamiento Neo-Pavlotiano, enunciaba el rótulo de la entrada.

– Hasta que, al fin, la mente del niño se transforma en esas sugestiones, y la suma de estas sugestiones es la mente del niño. Y no sólo la mente del niño, sino también la del adulto, a lo largo de toda la vida. ¡Y estas sugestiones son nuestras sugestiones!

El espectáculo de dos mujeres jóvenes que amamantaban a sus hijos en su pecho la sonrojó (a Lenina, del Centro Incubación) y la obligó a apartar el rostro. En toda su vida no había visto jamás indecencia como aquella. [Tememos que lo mismo le habría ocurrido a la autora de El segundo sexo]. Lo peor era que, en lugar de ignorarlo delicadamente, Bernard no cesaba de formular comentarios sobre aquella repugnante escena vivípara.

Los manecillas de los cuatro mil relojes eléctricos de las cuatro mil salas del Centro de Blomsbury señalan las dos y veinte minutos. La ‘industriosa colmena’, como el director se complacía en llamarlo, se hallaba en plena fiebre de trabajo. Bajo los microscopios, agitando furiosamente sus largas colas, los espermatozoos penetraban de cabeza dentro de los óvulos, y fertilizados, los óvulos crecían, se dividían, o bien, bokanovskivicados, echaban brotes y constituían poblaciones enteras de embriones»(29).

Apartemos la mirada de este «mundo feliz» y retornemos al nuestro con un poema de Gabriela Mistral:

Como escuchase un llanto, me paré en el repecho
y me acerqué a la puerta del rancho del camino.
Un niño de ojos dulces me miró desde el lecho.
¡y una ternura inmensa me embriagó como un vino!
La madre se tardó, curvada en el barbecho;
el niño, al despertar, buscó el pezón de rosa
y rompió en llanto...yo lo estreché contra el pecho,
y una canción de cuna me subió, temblorosa...

Por la ventana abierta la luna nos miraba.
El niño ya dormía, y la canción bañaba,
como otro resplandor, mi pecho enriquecido...

Y cuando la mujer, trémula, abrió la puerta,
me vería en el rostro tanta ventura cierta

¡que me dejó el infante en los brazos dormido!
Continuamos con la obra de Simone de Beauvoir.

Para ella, la familia y la propiedad privada son culpables de la situación de la mujer. «Cuando la familia y el patrimonio privado –dice– son las bases de la sociedad, sin oposición, la mujer permanece totalmente enajenada».

Insiste la autora: «Desde el feudalismo hasta nuestros días, la mujer casada ha sido sacrificada deliberadamente a la propiedad privada». Y algo más: «La mujer ha sido destronada por el advenimiento de la propiedad privada». Ergo: la familia y la propiedad privada deben desaparecer para que la liberación de la mujer sea un hecho.

«Todo socialismo arranca a la mujer de la familia y favorece su liberación –prosigue la autora–. Con la inseminación artificial termina la evolución que permitirá a la humanidad dominar la función reproductora. En el siglo XIX la mujer se ha liberado de la naturaleza y conquistado el dominio de su cuerpo».

Ortega y Gasset creía advertir signos de la deshumanización del Arte. No hemos encontrado en ninguna otra parte nada semejante al deseo, reiterado en esta obra, de que se alcance como una culminación en la Historia, algo monstruoso: «La deshumanización de la Humanidad»(30).

El comunismo integral sería, entonces, la condición sine qua non para la liberación de la mujer. Imaginemos un mundo en el que haya sido abolida, la propiedad privada y no exista la familia, bajo un poder absoluto; la mujer «liberada» de la maternidad y del hogar, convertida en un ser anónimo, como una oveja más en el rebaño. No dependería de nadie, en particular, sino del Estado, como el rebaño depende del pastor.

La alegría del amor compartido, de los hijos, del pequeño mundo propio, no existiría para ella. La maquinaria como en el «mundo feliz» de Huxley funcionaría, no, desde luego, para la mujer, sino para el Estado. Reducida a la soledad, sin marido y sin hijos, sin familiares, sin afecto, rumiando su «liberación», le quedaría el recurso de anhelar la muerte.

Afortunadamente, el socialismo está rectificando muchos de sus errores, advertidos por la experiencia, y no pretende «arrancar a la mujer de la familia», porque, al hacerlo, la arrancaría de sí misma.

La inseminación artificial es un recurso desesperado, pues el camino natural es la unión íntima de hombre y mujer y el advenimiento del hijo, producto del amor y de la integridad de ambos.

«Liberarse de la naturaleza» es un absurdo, pues cada ser humano es parte de la Naturaleza, lo que no impide que sea dueño de su cuerpo.

Para la autora, «la participación en la producción y la liberación de la esclavitud de la reproducción, explica la evolución de la condición de la mujer».

La participación de la mujer en la producción (téngase en cuenta el poder devorador de la industria, el ritmo agobiante del trabajo, la organización y la disciplina férreas, la conversión de la mujer y del hombre en un obrero o empleado o gerente) y se podrá comprender entonces, cuál es la «independencia» que la autora anhela para la mujer. Como una contradicción más, ella admite que «las trabajadoras eran [es verdad que habla en pasado] más esclavas aún que los trabajadores machos».

¿La esclavitud de la reproducción? ¿Liberarse del hogar para caer en la fábrica? ¿Pasar de lo personal a lo colectivo? ¿Cambiar el pequeño mundo humano por la acumulación del artificio? ¿Renunciar a la maternidad para caer en la producción industrial?

¿La esclavitud de la reproducción? Y, por qué no, ¿la dulce esclavitud del amor fecundo? ¿La reproducción artificial? ¿La esterilidad, la soledad, la frustración, la amargura? ¿La existencia de solteronas deshumanizadas a las que se ha pretendido «liberar», arrojándolas a un mundo sin amor y sin ilusiones?

Simone de Beauvoir deja, por un momento, su paradójica defensa de la mujer a la que pretende arrebatarle la probabilidad de ser feliz en nombre de una absurda liberación, al decir «que en el cielo de la dueña de casa la utilidad reina a mucho mayor altura que la verdad, la belleza y la libertad. Por eso adopta la moral aristotélica del justo medio, de la mediocridad». Y admite también que «sólo en el amor la mujer puede conciliar su erotismo con su narcisismo».

La «utilidad» en el hogar es la satisfacción de las necesidades elementales (Primun vivere, deinde philosophari).

¿Es que alguien, por elevada que sea su posición intelectual puede vivir sin alimentarse, sin protegerse de la intemperie, sin reposar? Esa «utilidad», por tanto, no debe ser lo primero?

Retornamos al hogar después de las diligencias inevitables.

Columbramos el muro querido, la plantas que florecen sobre la puerta, hurgamos en el bolsillo en pos de la llave. ¡Oh prodigio! Henos aquí. El jardín, ¿no es un portento? Subimos la escalera. ¿A quién debo agradecer este milagro? Cinco mil libros al alcance de la mano. Me basta tomar uno de ellos y ¿con quién me encuentro? Con genios portentosos, con maravillas humanas. Pero tengo apetito y encuentro lo que mi cuerpo me pide. Esta es la «utilidad». Me quedo con ella.

¿La verdad? Está aquí, en este suelo donde afirmo los pies, en la sonrisa de mi mujer, en el abrazo de mis hijos.

La verdad es que vivo y viven los míos. Que al pasear me he encontrado con hermanos desconocidos. La verdad es que pertenezco a un pueblo al que amo profundamente y al que me he esforzado en servir.

¿Y la belleza? ¿Hay alguna mayor que los juegos de los niños, que la silueta móvil de una mujer, que esa flor que abre sus pétalos, esa mariposa que surca el aire, esa avecilla que canta, ese cielo azul, esa armonía lejana?

¿Y la libertad? Salí en el momento que quise. Retorno al hogar cuando me place. Leo, escribo, medito, a mi albedrío.

Trabajo, ciertamente, trabajo. ¿No debemos trabajar todos?

También son libres mi mujer y mis hijos, pero todos debemos cumplir ciertas normas. No hay libertad total.

El anarquismo ya está pasado de moda.

Así, pues, la belleza, la verdad y la libertad no son aquí palabras, abstracciones ni entelequias para elucubraciones de intelectuales, sino categorías que se viven día a día.

La verdad –diríamos quienes hemos podido crear y mantener un verdadero hogar– es que nos amamos; la belleza alienta y se expresa en nuestro ritmo de vida, en nuestro afecto y nuestro comportamiento; la libertad, en la conciliación del carácter y de los intereses de cada uno con los caracteres y los intereses de quienes alternan con nosotros.

Después de haber arremetido contra la Naturaleza, o sea, contra la Totalidad a la que pertenecemos y de la que dependemos, hasta el punto de que la llevamos dentro de nosotros mismos; y de haberse enfrentado a la sociedad con menos vigor, Simone de Beauvoir se refiere a la Mujer en sí.

Al principio, lo hace en el aspecto somático. «Tiene [la mujer] menos capacidad respiratoria; los pulmones, la traquea y la laringe son también menores; la diferencia de la laringe entraña también la de la voz. El peso específico de la sangre es menor en las mujeres; hay menor fijación de hemoglobina; por lo tanto, son menos robustas y están más dispuestas para la anemia; se ruborizan fácilmente. La inestabilidad es un rasgo asombroso de su organismo en general».

A pesar de esta descripción, la autora afirma, como ya lo hicimos notar y para asombro nuestro: «La naturaleza no define a la mujer». ¿Quién, entonces? ¿La sociedad? ¿Ella misma? ¿Los infortunados machos?

«Biológicamente –continúa– los dos rasgos esenciales que categorizan a la Mujer son los siguientes: su aprehensión del mundo es menos amplia que la del hombre; la mujer está sujeta más estrechamente a la especie».

¿Por qué, biológicamente? ¿No habíamos quedado en que la biología era una ciencia abstracta, mirada desde el punto de vista de la existencia? ¿Admite Ud., que esas dos características le han sido dadas a la Mujer por la Naturaleza? ¿Y que, mientras sea mujer, ella nacerá y morirá con ellas como cualidades de su ser?

Cuando la autora afirma que «el destino de ella [la mujer] es ser sometida, poseída y explotada como lo es también la Naturaleza, cuya mágica fertilidad encarna», las reflexiones que suscita son numerosas.

En primer lugar, la referencia al Destino, que podría fijar la situación general de la Mujer y de cada una de las mujeres, y, por qué no, de cada uno de los hombres también; el Destino fatal e irrenunciable, la Moira griega; entonces, las palabras sobran y los hechos no pueden escapar a esa Ley inexorable.

¿La Naturaleza, explotada? Si ella es la Totalidad y nosotros somos parte y hechura suya, ¿cómo podremos poseerla y, aún más, someterla? ¿Explotarla? ¿Podrían los granos de arena transformar al desierto o a las gotas de agua influir sobre el mar?

Por otra parte, esas mujeres que van y vienen, que salen y entran a su antojo por doquiera, que hablan y deciden y trabajan o estudian o se dedican a su hogar, son, ciertamente, sometidas, poseídas y explotadas?

En verdad que las diferencias entre los pueblos son muchas y muy grandes y no podemos olvidar las regiones en que aquellas son víctimas de un sistema político opresor o de una secta religiosa o de un cúmulo de supersticiones y prejuicios.

Debemos estar en guardia para no asombrarnos durante la lectura de esta obra porque, por ejemplo, en ella se asegura que «la desvalorización de la mujer representa una etapa necesaria en la historia de la humanidad, porque su prestigio no provenía de su valor positivo, sino de la debilidad del hombre».

Si se trata de una etapa «necesaria», no hay que echarle la culpa a nadie de lo que ha ocurrido. Si el prestigio de la mujer no provenía de ella misma, la conclusión es lamentable porque la mujer no ha cambiado ni puede cambiar en lo fundamental, puesto que es hechura de la Naturaleza. Si su prestigio provenía de la debilidad del hombre, la conclusión es la misma, porque esa debilidad no ha desaparecido, aunque caben las preguntas: ¿Debilidad ante la atracción de la mujer? ¿Debilidad en el trato con ella? ¿Debilidad del sexo masculino, en general, ante el sexo femenino?

Si se habla de la desvalorización de la mujer es porque antes fue valorada. ¿En general? Imposible, los pueblos son muchos y muy diferentes entre sí. ¿Dónde? ¿En Egipto? ¿En Esparta? ¿En Roma? En el mejor de los casos fueron hechos aislados que no comprometieron a la humanidad en general.

Una afirmación más que llama al asombro: «La mujer se vuelve impura desde que es capaz de engendrar».

Así, pues, ¿todas son impuras porque son capaces de engendrar? ¿Y el hombre? ¿No le toca a él también esta impureza puesto que es capaz de engendrar? Esta tesis, ¿no se parece mucho al «pecado original» del cristianismo?

Hombres y mujeres hemos sido hechos, entre otras cosas, para engendrar. ¿Somos culpables, por eso? ¿Cumplir una función, seguramente la primera dictada por la Naturaleza, es un acto impuro? ¿Estamos manchados por unirnos hombres y mujeres y tener hijos? Para salvarnos de la impureza ¿habrá que renunciar al amor, a la unión íntima y a la perduración de la Especie?

Y, en todo caso ¿por qué culpar sólo a la mujer de un acto que no podría realizarse sin la participación del hombre?

La autora incluye muchas citas de diatribas contra la mujer, de las que tomamos algunas:

De Aristóteles: «El esclavo carece totalmente de la libertad de deliberar; la mujer la tiene, pero de manera débil e ineficaz».

 

Un aserto parcial que parte de la esclavitud, inconcebible en nuestra época, y que ignora la riqueza afectiva de la mujer que limita, quizá, la capacidad de deliberar.

De Simónides de Amorga: «Las mujeres son el mayor mal que Dios ha creado».

De Menandro: «La mujer es un dolor que no nos deja».

De Tertuliano: «Mujer, eres la puerta del diablo».

 

Y, sin embargo, sin la mujer ellos no habrían existido. ¿Y la mujer, convertida en madre? ¿No los llevó en su seno, no los amamantó, no los defendió de los males del mundo?.

La mujer, según Simone de Beauvoir «es un falso Infinito, un Ideal sin verdad, se descubre como finitud y mediocridad, y al mismo tiempo como mentira. En verdad, ella representa lo cotidiano de la vida, y es tontería, prudencia, mezquindad y fastidio».

El Ideal es una edificación aérea y el Infinito, un anhelo imposible, pero muchas veces la mujer es la fuente de inspiración, la Musa por antomasia. Ciertamente, hay un círculo tendido a sus pies, tocado por el hogar, pero no es encierro.

La visión despiadada no tiene reposo: (la mujer) «está siempre ocupada, pero nunca hace nada. Esa dependencia respecto de las cosas, consecuencia de la que soporta respecto de las cosas,explica su prudente economía y su avaricia. Su vida no se dirige hacia finalidades, sino que produce o mantiene cosas que nunca son más que medios: alimentación, vestido, intermediarios inesenciales entre la vida animal y la libre existencia».

Por más aéreos o impalpables que sean el Ideal y el anhelo de Infinito, necesitan un punto de apoyo que nos lo pueda ofrecer una bella mujer silenciosa.

Es imposible evitarlo: nosotros, hijos de la Tierra, vivimos de ambas cosas: una expresión de la dualidad humana en la unidad de carne y espíritu.

Por otra parte, si la mujer toma a su cargo un conjunto de cosas sin el que nadie puede vivir, habrá que agradecérselo.

«La mujer se ha consagrado por entero a su propia familia; –continúa la autora– por tanto, no se puede esperar de ella que trascienda hacia el interés general».

En el Perú, agobiado por las Siete Plagas, la Mujer cumple una labor de salvavidas. En los barrios marginales, llamados Pueblos Jóvenes, los Clubes de Madres, las Asociaciones del Vaso de Leche, las Cocinas Familiares, la Defensa común tienen como protagonistas a la Madres. «Ellas trascienden» hacia el interés general, no con ideas ni especulaciones filosóficas, sino con una acción cotidiana y abnegada que vale más que todos los libros de filosofía.

Además, ¿puede haber una ocupación más noble que mantener ese pequeño mundo humano que es el hogar? ¿Hay algo que supere en importancia y trascendencia a la crianza, la alimentación, la educación y la protección y defensa de los hijos? ¿Vivir por ellos y para ellos no excede a toda obra humana? La abnegación sin reposo y sin medida, no es una virtud maternal más valiosa que una obra escrita, aunque su fama sea mundial?

Hay mujeres que trascienden hacia el interés común y que son capaces de cumplir, a la vez, su papel de madres.

Las hay que sacrifican su destino esencial por el servicio a los demás.

La autora nos dice que «la mujer no encarna ningún concepto fijo; a través de ella que cumple sin tregua el pasaje de la esperan-za al fracaso, del odio al amor, del bien al mal, del mal al bien».

Al parecer, no es pertinente hablar de «conceptos», en este caso, sino de vivencias. Y, al mismo tiempo de un predominio afectivo, de totalidad cambiante por su propia naturaleza, sobre la elativa estabilidad natural.

«La mujer –continúa la autora– piensa que ‘toda la culpa’ la tienen los judíos o los masones o los bolcheviques o el gobierno. Siempre está contra alguien o contra algo. Busca un responsable contra quien pueda indignarse concretamente: la víctima elegida es el marido. Cuando vuelve, por la noche, se queja a él de los hijos, de los proveedores, del costo de la vida, de su reumatismo y del tiempo que hace, y quiere que él se sienta culpable de ser hombre».

«A la mujer –continúa la autora– le han asignado un papel parásito y todo parásito es un explotador. La mujer miente para retener al hombre».

Lo cierto es que hay mujeres y mujeres, pueblos y pueblos, realidades múltiples y diversas.

Hay un abismo entre la mujer aristocrática y adinerada, que vive en el seno de una capa social decadente y frívola, y la mujer del nivel medio que multiplica sus actividades para seguir viviendo en compañía de los suyos y, aún más, la mujer innumerable de las zonas pauperizadas que cubren la mayor extensión de la Tierra y que, en muchos casos, mantiene viva la llama del amor, ausente en gran parte de las mansiones deshumanizadas.

«La mujer –son palabras de la autora– no tiene el sentido de LO UNIVERSAL. El mundo se le presenta como un conjunto de casos singulares y por eso cree más fácilmente en los chismes de una vecina que en una exposición científica. Respeta el libro impreso sin aferrar su contenido.

Tiene el gusto de la gracia acordada: el comerciante le hará una rebaja y el agente de la policía la dejará pasar de contramano».

El círculo en que actúa la mujer coincide con el hogar, en que viven y alientan los seres queridos. Ese círculo se traslada con ella, por decirlo así, a una u otra parte, y las relaciones de carácter familiar superan a las normas establecidas por el Estado, un ente impalpable, inventado por los hombres.

«Ella –dice la autora– se precipita con tanto gusto hacia la religión porque así colma una profunda necesidad».

Si la necesidad es profunda, hay que satisfacerla.

¿Cuál es esa necesidad? ¿Metafísica? Muchos de nosotros sentimos que este mundo tangible en el que afirmamos nuestros pies, está animado por el Espíritu. El poder que hace circular a los astros a la par que nuestra sangre, se expresa, para muchos, en figuras concretas, desde que el mundo es mundo. Con ellas se establece una relación familiar. A ellas se recurre cuando las dificultades superan la capacidad de dominarlas. En este caso, el hogar se dilata y los seres queridos se multiplican.

Las «damas» son tratadas con dureza: «Su vana arrogancia, su radical incapacidad y su ignorancia obstinada hacen de ellas los seres más inútiles y nulos que haya producido la especie humana».

Sin comentarios.

Quizá, como una continuación de la diatriba anterior, la autora dice: «Mientras la mujer siga siendo un parásito, no puede participar en la formación de un mundo mejor».

La mujer que no aporta nada a la comunidad, que aun en su hogar se limita a dar órdenes o satisfacer caprichos; que consume su tiempo en visitar y recibir visitas; en asistir a cocteles y reuniones frívolas; en llevar y traer chismes; en fingir y agradar, es, ciertamente, un parásito.

«Si es charlatana o escritorzuela –dice la autora– es para engañar a su ociosidad, pues sustituye con palabras los actos imposibles. Es cierto que, por lo general, carece de verdadero orgullo».

Cuando la autora se refiere a la adolescencia, lo hace también con su habitual actitud de rebeldía ante la Naturaleza y, por supuesto, incurre en un error. «Durante toda su infancia –dice– la niña ha sido mutilada».

¿Mutilada? ¿Por qué? Ella nos da la respuesta: «por la falta de pene».

Esta afirmación, ¿tiene un sustento científico? En una conferencia de Wilhelm Stekel sobre el Psicoanálisis (París, 1932) hubo una referencia a este tema: «Se supuso pronto –dijo– que la mujer cree que originariamente era hombre, castrado por su madre y por su padre, y privado de su virilidad durante el primer período de existencia».

Stekel añade lo siguiente: «Se han escrito muchos libros sobre la construcción del carárter femenino por la influencia de ese famoso ‘complejo de la castración’, al que se da una importancia ridícula en los análisis freudianos. La verdad es que se le encuentra muy raramente si se le quiere encontrar, y si no se sugiere ese pensamiento al paciente, dispuesto fácilmente a extraviarse por una falsa pista».

Encontramos un alivio en otras páginas referentes a la mujer: «Lo más valioso de la mujer es que algo de ella escapa a todo abrazo. El vientre femenino es el símbolo de la inmanencia, de la profundidad. Transporta al hogar el calor y la intimidad de la matriz. Ella es el alma de la casa, de la familia y del hogar. Ella es la Gracia, que conduce al Cristianismo hacia Dios; ella es Beatriz que guía a Dante; es Laura que llama a Petrarca. Se presenta como la Armonía , la Razón, la Verdad: Entonces la mujer ya no es carne sino cuerpo glorioso».

«La mujer es fisis y antífisis al mismo tiempo; encarna a la Naturaleza tanto como a la Sociedad. Ella es la Vida y la Muerte, la Naturaleza y el Artificio, la Luz y la Noche».

Si la Mujer es todo eso –y lo es– ¿por qué arrebatarla del hogar, que desaparecería con ella? Si el hogar es, en cierto modo, una prolongación de la matriz, ¿por qué pretender su eliminación en nombre de una absurda independencia, concebida en una estancia cerrada a la luz y el aire? ¿Por qué arrebatarles a todos, mujeres y hombres, el amor y, con él, la felicidad? ¿Se ignora que la etapa de la vida infantil es decisiva en el curso de la vida humana? ¿Hay algo más tierno y profundo que el amor maternal?

El hogar es un pequeño mundo, es nuestro Mundo. En medio de la multitud anónima que se desborda por las calles, de los ruidos incesantes, de los conflictos cotidianos, de la delincuencia, del narcotráfico, de los negocios de la buena o mala ley, del tráfico de mercancías y de conciencias, existe un refugio al que nos es posible acogernos después de la lucha diaria.

El hogar es la llama sagrada: el amor de la Madre. «La mujer equilibrada, sana y consciente de sus responsabilidades –continúa la autora– es la única capaz de llegar a ser una ‘buena madre’».

Precisamente, la «responsabilidad» de la mujer, sin grados y sin atenuantes, es ser buena madre. De ella, de su estatura moral, de su capacidad de amor y de ternura, de su abnegación y su coraje dependen la tónica del hogar, el respeto y la colaboración del compañero, la felicidad y el desarrollo normal de los hijos.

Aún más:

«Hacia los 35 años la mujer alcanza su pleno desarrollo erótico.

En la mujer que envejece es un sentimiento de despersonalización que le hace perder toda señal objetiva.

De cada diez erotómanos nueve son mujeres y casi todas tienen entre 40 y 50 años.

La coqueta, la enamorada o la disipada se vuelven devotas en el momento de la menopausia.

En el hijo [la madre] busca un dios, pero en su hija encuentra un doble.

La lamentable tragedia de la mujer de edad: se sabe inútil. De coqueta se transforma en comadre.

Por lo general, la mujer vieja encuentra la serenidad total hacia el final de la vida».

La enumeración de estas variantes, manifiestas en un buen número de casos, constituye una prueba más, por si hiciera falta, del imperio que la Naturaleza ejerce sobre nosotros.

No es por la propia voluntad que la mujer alcanza su pleno desarrollo erótico a determinada edad, ni el cambio de la coqueta por lo devota, ni la serenidad antes del punto final.

Es por un imperativo al que estamos sometidos y que se cumple en todos los seres. Sólo cambian las formas, los grados y los plazos, pero es inevitable seguir la curva impuesta por la Totalidad.

La autora se refiere al hombre, o al «macho», como ella se complace en llamarlo, y lo hace brevemente, puesto que la obra está dedicada a la mujer.

La primera afirmación que encontramos al respecto, es discutible: «El gran Pan empieza a marchitarse cuando repercute el primer martillazo y se inicia el reinado del hombre, que se entera de su poder».

Si con Pan se quiere referir a la edad agraria, sin componentes mecánicos, en la cual se pretende sugerir que hubo el predominio de la mujer, la objeción es que esa afirmación no tiene sustento histórico, si, por otra parte, con el «primer martillazo» comienza el uso de los más variados instrumentos, antecedentes inmediatos de la artesanía y, más adelante, de la industria, y el formidable desarrollo que se manifiesta en la electrónica, la robotería y los mil inventos que están transformando al mundo, habrá que admitir que se trata de un proceso histórico que favorece a todos, siempre que se mantenga permanente al servicio de la especie humana.

«La vida del hombre –dice la autora– no es nunca ni plenitud ni reposo, sino carencia y movimiento, lucha. El hombre encuentra a la Naturaleza enfrente de sí; tiene poder sobre ella e intenta apropiársela. Pero a él no le gustan las dificultades, y tiene miedo al peligro. Aspira, contradictoriamente, a la vida y al reposo».

La primera parte de esta afirmacíon es comprensible.

Lo que viene en seguida es discutible. Lo importante es aquí la idea que se tiene de la Naturaleza. Si ella es la Totalidad, como lo venimos repitiendo; si somos parte de la misma y la tenemos dentro, es aventurado hablar de un enfrentamiento y, mucho menos de un poder que no existe y de un intento que sería absurdo.

Cuando la autora afirma que al hombre no le gusta las dificultades y aspira al reposo, incurre en una contradicción, pues al principio dice que la vida del hombre no es plenitud ni reposo, y, además, cae en un error que la historia y la más ligera observación lo demuestran con una sucesión de casos innumerables.

Nos encontramos, en este punto, con una diferencia notable entre el hombre y la mujer, considerados ambos a plenitud, verdaderos y representativos.

La Mujer aspira, fundamentalmente, a la maternidad y el hogar. El Hombre aspira, fundamentalmente también, a la realización de su obra.

He aquí un párrafo inquietante:

«Él [el macho] es un niño, un cuerpo contingente y vulnerable, un cándido, un aberrojo importuno, un mezquino tirano, un egoísta y un vanidoso, pero es también el héroe liberador, la divinidad que dispensa los valores. Su deseo es un apetito grosero y sus abrazos un yugo degradante. Cuando una mujer dice en éxtasis: ¡Es un hombre!, evoca a la vez el vigor sexual y la eficacia social del macho a quien admira».

Todos somos vulnerables, unos más que otros. No todos somos cándidos ni mezquinos, ni tiranos ni egoístas ni vanidosos.

Nuestro deseo no es apetito grosero, puesto que fluye de nuestro ser, y nuestros abrazos no son un yugo degradante sino una comunión de dos seres nacidos para amarse y estrecharse, pues no sólo abraza el hombre a la mujer sino la mujer al hombre. En suma: se abrazan los dos.

¿El abrazo, un yugo degradante? El abrazo, el amor, el hogar, como yugos degradantes, tiene un antecedente en Les Femmes Savantes de Molière.

Armanda reprocha a Enriqueta su inclinación al matrimonio: «¡Dios mío, de qué baja condición es vuestro espíritu! ¡Qué personaje más inferior representáis en el mundo, reduciéndolos a los usos del hogar, no vislumbrando más placeres conmovedores que los de idolatrar a un marido y a unos rorros! Dejad a la gente ordinaria y a las personas vulgares las groseras diversiones de esa clase de asuntos. Llevad vuestros deseos a más altos objetos, pensad en gozar de placeres más nobles, y tratando con desprecio a los sentidos y a la materia, entregaos, como yo, por entero, al espíritu».

Naturalmente, esto es ridículo. Molière escribió su obra para anonadar con ella a las sabiondas. Que hoy tome alguien en serio este tema, es doblemente ridículo.

«También para el hombre –dice la autora– el matrimonio es una servidumbre, y es entonces cuando cae en la trampa tendida por la Naturaleza por haber deseado a una joven fresca durante toda su vida, el macho ha de nutrir a una matrona gorda, a una vieja reseca; la delicada joya destinada a embellecer su existencia se convierte en un fardo odioso».

Nuestro destino es ése: El mundo maravilloso de la infancia deja el paso a la inseguridad y la vida interior del adolescente, al despertar del amor, a la unión íntima con otro ser, a la conjunción de caracteres, a la embriaguez romántica, a la aventura del matrimonio, a la edificación del hogar, al advenimiento de los hijos, que vienen, literalmente, a reemplazar a sus progenitores; a la belleza que se esfuma y –debería ocurrir– a la admisión de un cambio inexorable, porque hemos nacido para crecer y decrecer, para amar y desamar, para nacer y morir, pues para todo hay un momento, como lo dice el Eclesiastés.

La autora dedica pocas líneas a las relaciones entre hombres y mujeres. «Los machos y las hembras –dice– son dos tipos de individuos que se diferencian en el seno de la especie con vistas a la reproducción, no es posible definirlos sino correlativamente».

Si hemos nacido para reproducirnos –y algo más–; si permanecemos en el seno de la Especie, a la cual pertenecemos, por tanto, cualquier conato de «independencia», frente a la totalidad de la que somos parte, es ridículo, otra vez.

Hombre y mujer o mujer y hombre, somos inseparables. No se trata, en consecuencia, de la mujer independiente del hombre y del hombre independiente de la mujer. Somos interdependientes. Somos miembros de la Naturaleza y del mundo creado por nuestros antecesores y mantenido y disfrutado por nosotros mismos. En un amplio espacio o en nuestro pequeño reducto, vivimos y continuamos tejiendo la interminable tela de la Historia.

«Tiene razón Hegel –continúa la autora– cuando ve en el macho elementos subjetivos, en tanto que la hembra es la presa de la especie».

Los términos son discutibles, pero la verdad, repetida aquí numerosas veces, implica el reconocimiento que la Naturaleza es el principio y la razón suprema de todas las cosas. Constituye, por tanto, una actitud errónea y aun ridícula, la rebelión contra ella, partiendo de una sociedad y una cultura determinada, menos de una gota de agua en el mar insondable del Universo.

«Si se la compara con el macho (a la mujer) –son sus palabras– éste se presenta como infinitamente priviligiado. Término medio, las mujeres también viven más que él, pero se enferman mucho más a menudo».

Hay una cita de Lévi-Strauss: «La autoridad pública o simplemente social pertenece siempre a los hombres».

Continúa la autora: «El hombre busca en la mujer al Otro como Naturaleza y como su semejante. Ella es la tierra y el hombre la simiente».

Y algo más:

«Un hijo es una riqueza y un tesoro, pero también es una carga y un tirano».

«Por lo general, la maternidad es un extraño compromiso de narcisismo, altruismo, sueños, sinceridad, mala fe, devoción y cinismo».

El deslumbramiento del primer amor, la sorpresa del primer goce carnal, el arrebato de las uniones íntimas, ocurren porque uno entra en el Reino de la Naturaleza, atractivo, misterioso y dominante, ante el cual sólo cabe el abandono de sí mismo y la entrega total.

En la maternidad ocurre algo semejante. La concepción, el desarrollo del nuevo ser en el vientre de la madre, el nacimiento, la lactancia, exceden los límites de la individualidad porque pertenecen al Reino del que hablábamos antes.

Al término de este capítulo dedicado a Simone de Beauvoir y sus opiniones sobre la mujer, es preciso hacer notar que, aparte de los errores ya señalados, hay otros, manifiestos, como cuando ella afirma: «No hay madres ‘desnaturalizadas’ porque el amor maternal no tiene nada de natural, pero, precisamente por eso hay madres desnaturalizadas».

¿Que el amor maternal no es natural? ¿Podrá afirmarlo así un hombre de ciencia? Para empezar, ¿no somos nosotros naturales, hombres y mujeres? Naturales siempre, aunque la sociedad y la cultura nos vayan revistiendo incesantemente.

Los animales –y nosotros lo somos, fundamentalmente– protegen a sus crías, hasta el sacrificio, si es necesario.

Las mujeres enteras y verdaderas (los adjetivos son de Unamuno) también lo hacen y muchas de ellas sólo viven ya para sus hijos. También hay animales hembras desnaturalizadas, pero constituyen la excepción que confirma la regla.

Cuando la autora afirma: «A decir verdad, no se nace genio: llega uno a serlo», su error es mayúsculo. Por tanto, Platón, Leonardo, Goethe, «se hicieron» genios? ¿Por qué no, los demás?

¿Qué es un genio? Es una revelación de la divinidad.

Cuando, a la muerte de Hugo, ocurre una apoteosis multitudinaria, Barrés ve que «el inmenso oleaje humano avanza delirando de asombro por haber hecho un dios» y Romain Rolland dice que «el dios dormía vencedor sobre el campo de gloria».

Máximo Gorki contempla a Tolstoi y dice: «Parece un dios, ni hebreo ni griego, pero sí, un dios ruso ‘sentado sobre un trono de arce bajo un tilo dorado’ sin gran majestad pero más sutil que todos los otros dioses».


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