| En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura | ||
| IV
Servicio y poder
Existe siempre un conjunto de personas que se dedican a investigar, a estudiar, a pensar, a añadir un eslabón más a la cadena interminable del conocimiento científico, a ilustrar y atender a los demás, a servir. Esta capacidad de servicio es casi siempre ignorada. Hombres y mujeres, en las más diversas capas sociales, encuentran una satisfacción profunda en presentar proyectos, participar en reuniones, ayudar a sus semejantes, contribuir al bienestar de los demás. Algunos casos extraordinarios de entrega al bien común han sido registrados por la Historia. Otros permanecen dentro de las limitaciones de una ciudad o de un pequeño grupo, casi familiar, pero todos están inflamados por el amor. Esta capacidad de servicio es innata. La imagen del médico rural, por ejemplo, que iba a caballo a atender a los pacientes o del médico de familia cuya sola presencia contribuía a mejorar a los enfermos, se ha refugiado en el recuerdo; pero la inclinación al bien común, la generosidad y el propósito de ayuda continúa manifestándose en la época de las computadoras, del rayo láser y la informática, a nivel universal. Algo semejante ocurría en el campo de la educación. El sufrido profesor de escuela cuyo mundo se reducía a su pequeña escuela, ignorado y aun maltratado, sin tener a quien recurrir, ha sido reemplazado por el miembro de un sindicato, pero el educador auténtico no ha desaparecido, aunque se le encuentra en campos ajenos al magisterio. ¿Por qué no se piensa en lo político asociándolo a la capacidad de servir? El médico atiende a pocas personas, lo mismo que el educador. El político puede favorecer o perjudicar a todo un país. Estas reflexiones no tienen un firme asidero en la mayor parte de los casos. Al político le interesa, sobre todo, el poder. Ha nacido para utilizar las situaciones, las personas, las multitudes, como peldaños que le sirvan par la posesión y el disfrute del poder. El hombre social, que en servir se le va la vida, y el político, en marcha hacia la meta, figuran en la tipología que Eduard Spranger incluye en su obra Formas de Vida. El autor advierte que «sólo al actuar la actitud social como principio organizador de la vida mental se convierte en objeto de una caracterología». El homo socialis (el hombre social), según Spranger, «no vive inmediatamente por sí mismo, sino por medio de los demás», afirmación fundamental, pues lo define de cuerpo entero. Sin embargo, a fin de completar el concepto, detengámonos en algunos párrafos de mayor significación: «El amor y el poder no se excluyen. Pero el homo socialis ni conoce ni reconoce otro poder que el del amor. Eternamente se encontrarán frente a frente estos dos tipos mentales: la fe en una sociedad total y voluntariamente libre, nacida por la virtud del amor humano y la voluntad de organización, es decir, la regulación del las zonas de influencia por medio de preceptos y recurriendo a la violencia en caso necesario. Apenas habrá quien haya reconocido la génesis de esta objetividad mental antes, ni más profundamente, que el hombre en quien el tipo social se personifica incomparable: Pestalozzi. Para él eran las relaciones familiares lo primero y más inmediato en el hombre»(54). La vida de Pestalozzi es a manera de un llama alimentada por el amor a la multitud que ve en él un padre y un guía. Si funda una escuela, es para los pobres, aunque este primer intento es frustrado, a pesar de todos sus esfuerzos. El gobierno de su país le encarga la atención del orfelinato donde se alojan los niños reducidos a la orfandad. En Iverdón, crea y mantiene el célebre Instituto, cuyas novedades atraen a celebridades de Europa y ejercen un benéfico influjo aun fuera de su país. Pestalozzi no sólo actúa. Escribe también y sus obras son notables: Las veladas, Leonardo y Gertrudis, Cristóbal y Elsa, Investigaciones acerca de la marcha de la Naturaleza en el Desarrollo del Género Humano, Cómo Gertrudis enseña a sus hijos. En una carta dirigida a su amigo Gessner, Pestalozzi le dice lo siguiente: «A mi vida se presentaba la educación del pueblo como un inmenso pantano. Hace tiempo, ¡ay!, desde mi adolescencia, que mi corazón como un río impetuoso, se dirigía a un fin único: A cegar las fuentes de la miseria, en que veía a mi alrededor sumergido al pueblo. Vivía todo el año en compañía de más de cincuenta niños hijos de pordioseros. En la pobreza compartía mi pan con ellos, y vivía yo mismo como un mendigo para enseñar a los mendigos a vivir como hombres. Yo era al mismo tiempo superintendente, tesorero, sirviente y casi criada, en una casa inconclusa, en medio de la ignorancia, de enfermedades y de toda clase de circunstancias nuevas para mí. Se necesita largo tiempo, más largo de lo que se cree, para que el extravío y la locura del género humano llegue a ahogar completamente la naturaleza humana en el corazón del niño»(55). |
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