| En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura | ||
I Revelación de la Naturaleza
Al parecer, cuando se trata de considerar el mundo de la sociedad, es preciso partir de ese mundo. Sin embargo, la sociedad y cada uno de los seres que la integran no existirían si no fuese por la Naturaleza, el antecedente único, la fuente primaria y nutricia de la vida y, con ella, de la plenitud de sus potencialidades y manifestaciones. El hombre es parte de la Naturaleza y es, por tanto, naturaleza él mismo. Y, en tanto que naturaleza es, en primer lugar, un organismo al cual le asiste el derecho fundamental de vivir, que sólo es posible mediante la satisfacción de sus necesidades: alimentación, vivienda y vestido. Así, pues, «el rey de la Naturaleza», como se decía antes, ha descendido de su esfera para posar sus pies en la tierra, gracias, principalmente, a Darwin, a Freud y a Marx. La Tierra ha ido descendiendo también desde la zona privilegiada del centro del Universo hasta la menos importante de un astro que gira alrededor del Sol y, por último, de un planeta entre miles de millones de planetas, en una galaxia entre muchas otras galaxias, en un despliegue inabarcable, aun para la imaginación más audaz. La Naturaleza, es decir, la Totalidad, el Universo, el Cosmos, es principio y fin, alfa y omega, la raíz y la razón suprema de todas las cosas. Cuando nos sentimos atraídos irresistiblemente por una mujer (y una mujer por un hombre); cuando vamos hacia ella y nos atamos gozosamente con un vínculo más o menos duradero; cuando engendramos hijos y los amamos y protegemos; cuando nuestra vida se prolonga o se acorta porque nuestros órganos funcionan bien o no, cuando nuestro bienestar está asegurado de antemano o, en cambio, es inevitable la agresión de las enfermedades; cuando nos acosan el hambre y la sed y comemos y bebemos hasta saciarnos; cuando descansamos y dormimos y soñamos, es la Naturaleza quien gobierna nuestra vida y decide, en gran parte, nuestras actividades. Detrás de las palabras, de las acciones, de las formas sociales, de las posibilidades y las limitaciones, de los enfrentamientos, de las victorias y derrotas, de los gestos de las actitudes, está la Naturaleza. Es por ella que nacemos y morimos, amamos y odiamos, gozamos y sufrimos; es por ella, también que cada ser humano nace para cumplir una misión o ninguna, para mandar o para obedecer, para crear o para repetir, para figurar en la historia con nombre propio o ser conocido sólo por familiares y amigos; para tomar conciencia de las cosas o para permanecer en la superficie de los lugares comunes. Platón advirtió ya este poder primario y decisivo de la Naturaleza y dejó sentado que unos recibían el oro o la plata y otros el bronce o el hierro como un don de los dioses, motivo por el cual estaban destinados a ejecutar diversas tareas y es evidente el paralelismo platónico «entre el alma social y el alma individual», como lo hace notar un comentarista. Así, pues, el destino existe. Está inscrito en el código genético de cada ser y corresponde, en gran medida, al sino histórico. Aquél que ha sido dotado generosamente de ese poder sobrehumano, ha recibido un mandato y, con él, como lo decíamos antes, una misión que cumplir. Si las condiciones en que se desenvuelve su vida y las circunstancias que confluyen en él son favorables, no le será difícil desplegar las alas, aun en una edad temprana. Si, al contrario, los obstáculos se multiplican, en una suerte de conjura para hundirlo, él saldrá a flote, quizá con algunas heridas, pero fortificado por la lucha triunfante que no permitirá la frustración de su destino. Es indudable que esta determinación se refleja en la historia. Los grandes hombres, aquellos que han abierto un camino, que han encontrado el tesoro de una verdad, con la cual nos han enriquecido a todos; que han luchado heroicamente hasta el sacrificio en defensa de valores que consideraban sagrados, tenían que hacerlo, porque esa era «su manera de vivir», como decía Flaubert de su entrega a la creación literaria. El destino de los musulmanes y la predestinación de cierta secta cristiana no están, por tanto, enteramente equivocados, si se tiene en cuenta la tónica permanente de cada existencia individual y se abstraen las anécdotas y las ocurrencias cotidianas. No se trata, por supuesto, de volver a los héroes de Carlyle. El hombre no sería nada, ni siquiera hombre al margen de la sociedad y la cultura, de las cuales surgen todos y, entre ellos, quienes han recibido dotes de una superioridad manifiesta. El hombre superior no parte de cero sino de un mundo variado y fecundo que le ofrece tesoros inapreciables a manos llenas y, más aún, la tradición, el acervo y los instrumentos propios del campo elegido. Como se sabe, la ciencia y la tecnología, la filosofía y el arte, constituye un continuum, como la cultura misma de la que dependen, por encima de divisiones y clasificaciones muchas veces arbitrarias. Un filósofo, decía Hegel, es el filósofo de su tiempo(1). Lo mismo se podría decir del científico, del artista, del político, que encuentran el camino abierto y transitado durante siglos por sucesivas generaciones para su propia realización, según las posibilidades y limitaciones de su tiempo. Cuando coinciden la personalidad y la tónica social y cultural, es posible que surja la obra serena y armoniosa, como si fluyese de una fuente escondida. En cambio, cuando la divergencia y aun la oposición entre ambos es evidente, la obra humana no podrá substraerse a los efectos del conflicto. Por otra parte, el proceso que empieza con una célula y termina con un hombre; la sexualidad infantil revelada por Freud; la pubertad y la adolescencia, la juventud y la edad madura; la vejez y la muerte, no son obra de la sociedad, ni siquiera de la cultura, sino el cumplimiento de una regulación anterior que es propia del reino de la Naturaleza. El instinto de la reproducción es, precisamente, un poder que se traduce en un mandato. Obedecerlo y cumplir el papel de un instrumento es, sin embargo, la mayor fuente de placer y, en muchos casos, de felicidad. El amor verdadero constituye para el alma juvenil, sobre todo en el caso de los bien dotados, un deslumbramiento. En buena cuenta, no es la entrega de un ser a otro, sino de ambos a la Naturaleza. Ocurre, entonces, que se descubre y se siente el poder por antonomasia; aquel que rige y ordena la vibración de los átomos y el curso de los astros. El amor, más allá de la peripecia personal y la condición terrena, es un sentimiento cósmico. Es preciso admitir que la transición de la niñez a la adolescencia no se efectúa con la misma intensidad en todos los casos. Se puede pasar de una etapa a otra casi inadvertidamente y es posible también que la última se prolongue durante toda la vida, como se ha dicho respecto de Shelley. La psicología diferencial tiene un fundamento más firme que cualquier otra, en ese punto, y el fenómeno de la adolescencia, que Spranger describe con belleza y hondura, es tangible en aquellos que han recibido el oro platónico, en diversidad de condiciones y circunstancias. Consciente o inconsciente la sensación de la soledad marca una frontera entre el sujeto y el mundo circundante. La vida interior surge, entonces, con ímpetu, pone freno a la comunicación con los demás y deriva fácilmente hacia el romanticismo. ¿Por qué, al convertirse el niño en adolescente, es capaz de superar las limitaciones de lo momentáneo y lo concreto y ascender al nivel del pensamiento formal, de las operaciones lógicas, de la deducción de conclusiones a partir de hipótesis, como lo hace notar Jean Piaget? El maravilloso mundo de la infancia, para quienes han tenido la fortuna de vivirlo a plenitud, y que se guarda en la memoria como un cofre que se puede abrir al conjuro de la evocación placentera, como quería Rilke, ha terminado. El juego ya no es una fuente de goce, por lo menos el juego espontáneo y natural que se basta a sí mismo. La dependencia de los mayores cede el paso a la autonomía de la personalidad, aun en proceso de desarrollo, es cierto, pero ya suficientemente efectiva para separar el yo del no-yo. El monólogo interior, la abstracción, la generalización, las ideas, la concepción, los planes, los proyectos, la crítica, la aprobación o la desaprobación, la aceptación o el rechazo, en suma, la libertad y el ejercicio de la personalidad, se manifiestan cuando se asume la inquietante, la difícil, la dramática tarea de pensar y decidir por sí y ante sí; de ser uno entre todos. La sociedad aprehende al sujeto con una trama de costumbres, de convenciones y fórmulas más o menos rigurosas. Las profesiones, los oficios, las ocupaciones, las maneras de trabajar para subsistir, son múltiples y variadas. Cada uno elige o se ve obligado a aceptar aquello que se le ofrece, pero tiene, sobre todo, una capacidad general, un conjunto de aptitudes, una dirección primaria. Los instintos son poderes de la Naturaleza inherentes a nuestro ser y, aunque los psicólogos multiplican los nombres y las clasificaciones, son dos los fundamentales: el instinto de reproducción, que asegura la subsistencia y propagación de la Especie, y el instinto de conservación que defiende y favorece a cada individuo. La intuición, la premonición, el magnetismo personal, la telepatía, los variados fenómenos que ocurren sin explicación satisfactoria y que la parasicología trata de comprender y explicar, son manifestaciones de una naturaleza inteligente que no yerra nunca y acierta siempre, porque la sabiduría del Universo se cierne inmutable sobre las personas y las cosas, al margen del espacio y el tiempo. Somos, por tanto, actores de un drama o una comedia en «el gran teatro del mundo». A cada uno de nosotros se nos ha asignado un papel y apenas podemos apartarnos del libreto al acudir a algunas «morcillas», como se dice en la jerga teatral. Según el Egmont de Goethe, «cual fustigados por genios invisibles, los solares corceles del tiempo van tirando de nuestro sino; y a nosotros sólo nos toca retener de buen talante las riendas, y ya a la derecha, ya a la izquierda, ir encarrilando las ruedas, apartándolas aquí de una piedra, allá de un hoyo. ¿Quién sabe a dónde va el carro, si apenas se acuerda de dónde vino?». Es de común conocimiento que el individuo generosamente dotado supera fácilmente el nivel de la mayoría, sobresale por su talento, sorprende por su capacidad creadora, se singulariza, en fin, por sus actitudes, sus hábitos y su conducta. El genio surge de pronto, en una parte u otra, sin que haya una explicación satisfactoria. Y es, precisamente, el genio, cuyo poder le ha sido dado, el que enriquece la cultura y, en numerosos casos, imprime una nueva dirección a la historia esencial que discurre dentro y fuera del hombre mismo. La aparición de genios incomparables en Grecia, en la Europa del Renacimiento, en la edad contemporánea; la obra singular de científicos, de filósofos, de artistas, de hombres de acción; la entrega de cada uno de ellos a su labor, aun a costa de sacrificios y, en muchos casos, de su bienestar y su vida, nos inclinan a pensar que cumplen una misión para la que han sido predestinados y que, por tanto, es ineludible. El predominio del código genético sobre el medio social es evidente en los seres dotados con generosidad, lo cual no tiene nada en común con la tesis del nazismo sobre la «raza aria», pues los genios y los hombres con talento y aptitudes singulares surgen en todas partes, independientemente del color de la piel o de la ubicación en tal o cual zona geográfica. El tema del amor, como el de la genialidad, constituye un punto de apoyo a este respecto. A la pregunta ¿por qué amamos?, la respuesta no puede ser dada por la sociedad y la cultura, sino por la Naturaleza. Estamos hechos, fundamentalmente, para alimentarnos y reproducirnos. El Arcipreste de Hita lo dijo a su manera:
Del poder instintivo al amor hay más de un paso. El amor es la humanización del instinto, la profundización de una fuerza natural en el mundo de la cultura, la idealización de la atracción primitiva y, si se quiere seguir a Freud, la sublimación de la libido, aunque nuestra posición no sea ortodoxa en este punto. Las sociedades, más que la sociedad, han echado capas de artificio y de convencionalismo sobre hombres y mujeres y más sobre éstas que aquellos, hasta el punto de encerrar a piedra y lodo, en la mayor parte de los casos, sus signos representativos, de extraviar por intrincados vericuetos el papel de unos y otros y de confundir, en un cuadro, la precisión lineal de las figuras. La mujer se ha dicho más de una vez ha sido modelada según la idea que de ella ha tenido y ha impuesto el hombre, en el seno de un grupo organizado y dominado por él. Se añade, con cierto fundamento, que hay dos principios, el masculino y el femenino, que predominan en un caso u otro. Sin embargo, un punto de apoyo que supera en solidez a todos los argumentos de los hombres, puesto que pertenece al dominio de la Naturaleza, es la maternidad. Es ella la que configura a la mujer, la que otorga un sentido profundo a su vida y le señala una misión fundamental, puesto que se trata nada menos que de la perduración de la Especie. He aquí por qué la mujer tiene un margen mayor de vida que el hombre, resiste más que él los excesos de la temperatura, el dolor y las enfermedades y está dotada de mayor riqueza afectiva y de una intuición certera, a la vez que se inclina al tratamiento realista y práctico de las cosas, todo lo cual es necesario para la salvaguarda del hijo. Se explican así, también, su anhelo de seguridad y su tendencia a lo concreto y personal; su fácil y, a veces, apasionada subordinación a las costumbres, que son los signos tangibles de un orden social. Seguramente pertenece a este círculo su sentimiento religioso, en fina urdimbre con el misterio de la creación, en que ella cumple un papel protagónico, y, aún más, con la existencia de una autoridad suprema y de un orden eterno, con un asidero en lo absoluto que se nutre de la fe y satisface una necesidad vital de estabilidad y permanencia, al amparo del azar, de los cambios y los peligros del mundo. La mujer es un ser constante en medio de un torrente impetuoso de formas diversas y fugaces que se suceden como las aguas de un río. Quien busque las notas invariables y el fiel de la balanza los encontrará en ella. Quizá por esa cualidad esencial se vincule generalmente con manifestaciones adjetivas de la cultura o tome algunos de sus elementos secundarios con los que juega o se adorna, sin descender a las capas profundas, a menos que esté capacitada especialmente para hacerlo y renuncie, en todo o en parte, a su vocación natural, en una sorda batalla de renuncia-mientos y transmutaciones, aunque puede también, en más de un caso, conciliar el mandato universal con el impulso de su vocación particular y su talento. Desde la edad temprana, la creación alienta en su seno, envuelta aún por el misterio, y asciende hasta la conciencia como un anhelo vago, tocado de temor e inquietud, para mostrarse luego esperanzada y ansiosa en los años juveniles y cumplirse, por último, segura y triunfante, en el afecto compartido, en la concepción y el advenimiento de un nuevo ser. La creación entendida como acto soberano, sería imposible sin el amor, no sólo como impulso universal y sobrehumano sino como fuente de vida inextinguible y como ligamen de los seres unidos en pequeñas comunidades, a salvo de la soledad y el desamparo. De allí que el amor sea, preferentemente, un don de la mujer, pronto a manifestarse por los modos más diversos: los juegos infantiles de rondas, los cambios de abrazos y besos, de guiños y sonrisas; la tierna posesión de una muñeca, los arrullos y los cantos de cuna; el pudor que surge como el signo de una revelación consciente y un escudo de defensa; el dominio de sí en las relaciones con personas del otro sexo; la iniciativa que vence a la timidez y la decisión que se adelanta y se mantiene, a pesar de todo, en circunstancias excepcionales; la apasionada adhesión a ideas a través de personas; la irradiación de su innato poder de fecundidad que atrae y estimula, desde el plano físico hasta la esfera artística y literaria. No es frecuente que la mujer se evada de su mundo para recorrer los lejanos y tortuosos caminos de la abstracción y la generalización, del análisis y la síntesis y del razonamiento riguroso, ni que pueda alcanzar la visión y la perspectiva que acompañan a la comprensión, a despecho del espacio y el tiempo. Más familiares son para ella las relaciones con un fondo de afectividad, la conversación animada, el cumplimiento de tareas culturales que no exijan una función directiva, la realización de un trabajo paciente y minucioso. En un mundo interior en el cual los móviles afectivos tienen el campo libre a expensas, muchas veces, de la razón, como si el conocido aserto de Pascal tuviese aquí mayor vigencia que en otra parte, («El corazón tiene sus razones que la razón no puede comprender») y en que lo próximo se impone a lo lejano, lo personal a lo impersonal, lo concreto a lo abstracto y lo presente a lo pasado y futuro; en ese mundo hay lugar para los celos, para la limitación cercana y para la comunión con credos y patrones culturales próximos a su personalidad. Como se sabe, la mujer encuentra en la sociedad, entendida como un sistema viviente de relaciones y costumbres bajo un conjunto de normas, una satisfacción que, generalmente, deja de lado la Naturaleza, a la cual no siente como portento cósmico, precisamente porque ella está inserta en su seno, porque la lleva dentro de sí, donde actúa con un poder fecundo y silencioso. Por supuesto, sería inútil esperar que, en la mayor parte de los casos, piense y actúe en armonía con su misión substantiva, que rebasa la individualidad y requiere de dotes que no se prodigan con frecuencia. A menudo se puede observar el cumplimiento ciego de tareas que se desprenden de la maternidad o la derivación de la conducta hacia asuntos en los que prolifera una suerte de maleza social que amenaza muchas veces con cubrir y sepultarlo todo. Ocurre, entonces, que la autenticidad deja el paso a la ficción, el vigor a la debilidad y el cumplimiento del deber a las satisfacciones fugaces. La mujer debería educarse como tal, con las variantes adaptables a cada caso, en pos de la conciencia de sí misma, de su dignidad y respetabilidad, así como de ese mundo de amor, de abnegación y de sutiles preferencias que le pertenecen por derecho propio. Las puertas de las más diversas instituciones deben estar abiertas para ella, pues el cumplimiento de su función natural no excluye sino demanda, más bien, su participación en el mundo de la sociedad y la cultura. Tan peligroso es, sin duda, prepararla preferentemente para la caza del hombre, como convertirla en un apéndice del engranaje industrial. Son notorios, en el primer caso, el predominio de la frivolidad y el artificio, la superposición de los medios a los fines y los excesos de la simulación en desmedro de la naturalidad y la verdad; y en el segundo, el sacrificio de la mujer a las exigencias de la maquinaria montada para la producción en serie, al servicio de intereses comerciales. Cuando la mujer actúa en armonía con su misión de madre y la cumple con un fondo de comprensión y ternura que no excluyen la energía y la justicia sino que las integran, recordemos la linda cólera materna de un poema de César Vallejo es superior al hombre porque, en buena cuenta, es anterior a él y porque lleva implícita una función vital y la vida es superior a la cultura una misión humana que se resuelve en creación y la creación, como acto, es lo primero sin olvidar que hay una fuerza originaria, volvemos a decirlo, que alienta en el substratum de todo lo que vive y, más aún, de quienes tienen conciencia de que viven: el amor. Entre la mujer, tocada por la maternidad, y el hombre, que interviene fugazmente en la concepción, hay notables dife-rencias. Si él no tuviese otra cosa que hacer, sería el zángano del cual habla Katherine Mansfield en Preludio. Sin embargo, la continuidad de la vida, gracias al advenimiento de los nuevos seres, su alimentación y salvaguarda, serían imposibles sin la organización, la administración y la dirección de la sociedad, sin el trabajo merced al cual se obtienen los recursos necesarios para el mantenimiento, el bienestar y el avance de la sociedad y cada uno de sus miembros, y sin la creación y el enriquecimiento del mundo de la cultura, todo lo cual corresponde preferentemente al hombre, libre de las ataduras de la maternidad. El hombre, menos resistente que la mujer al dolor y las enfermedades, con menos vida por delante, menos natural también y acaso más vulnerable e inacabado, se mantiene en evolución constante, como si en él hubiese una síntesis de fuerza muscular y capacidad racional, de ímpetus animales y aspiración a la conciencia, de apetitos e ideales, de «cuidados pequeños» y un insaciable anhelo de absoluto y de eternidad. No es extraño, por tanto, que intente realizar aventuras, llevado por un impulso irresistible o una curiosidad insaciable que lo llevan a descubrir verdades ocultas, a luchar y triunfar, y a convertir cada triunfo en un punto de partida para una nueva aventura. Esta actividad incesante y múltiple, que se desarrolla febrilmente, que demanda increíbles sacrificios, que requiere de sistemas, de instrumentos, de organismos; que agrega un elemento a otro elemento, un eslabón a otro eslabón, hasta conformar un mundo inacabado como el hombre, constituye su razón de ser y su supremo destino. El hombre puede elevarse, con relativa facilidad, a la esfera de las abstracciones y las generalizaciones; puede seguir el hilo de una reflexión lógica y elaborar una teoría o un sistema digno de tal nombre; puede crear en el campo de la literatura, de la música y de las artes plásticas; puede ahondar en una partícula y aprehender un conocimiento que unido a muchos otros y organizado en una estructura suficientemente autónoma termina por constituir una ciencia; y puede, también, dejar atrás el estrecho círculo de las costumbres y las convenciones sociales y caer en el agnosticismo y el escepticismo, pero es capaz de abrazar una causa y sufrir y morir por ella. Puesto que su contribución más importante es al mundo de la cultura, no se debe esperar de él la inmovilidad y la satisfacción permanentes sino una inquietud y un impulso interior capaces de llevarlo a la previsión del futuro, a la concepción de una utopía y al empeño y el esfuerzo para contribuir a la transformación de una realidad que considera injusta e irracional. Ciertamente, el amor es en él una fuente de estímulos, de imágenes seductoras y de escondido deleite, que puede proyec-tarse a los seres y las cosas del Universo, como en el caso de Francisco de Asís, y sentirse hermanado con ellos a la vez que soñar con realizaciones imposibles. La disciplina, impuesta por sí mismo, la organización, la crítica, el gobierno, son partes de su mundo. Su capacidad para encontrar en un árbol, en un ave o un río un motivo de goce y satisfacción íntima, para vagar con el pensamiento y alumbrar ideas, van a la par del sentimiento cósmico que desborda el marco del orden impuesto por pequeñas necesidades humanas, precisamente porque entre la totalidad y él hay una línea divisoria que le permite alcanzar la visión y la comprensión objetiva. Es comprensible que estas calidades, tan variadas y de tan alto rango, no se den juntas en una sola persona y que, muchas de ellas, se excluyan mutuamente. Además, la mayor parte de estas consideraciones no se refieren al hombre y la mujer, en general, sino a quienes reúnen en sí mismos las calidades esenciales de su sexo, cuya plenitud humana los acredita como representantes de la masculinidad y la femineidad.5 Las calidades innatas son decisivas porque se identifican con cada ser humano, delínean su personalidad y configuran su carácter, a la vez que le señalan sus posibilidades y limitaciones dentro del medio social. |
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