| En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura | ||
| XI
Rectificaciones
Una mujer escribe sobre la Mujer. Esta palabra representa a todas la mujeres. A las mujeres «sabias» de Molière; a las mujeres de una tribu de África, de la Amazonía, de los barrios marginales de la América Latina; a las señoras de medianos recursos de países en vías de desarrollo, a las de vida precaria; a las mujeres maternales y a las casquivanas; a las finas y a las burdas; a las intolerantes y a las agresivas; a las comprensivas y a las tercas. Cuando se trata de un estudio de esta naturaleza, que pretende abarcar no sólo la mitad de la población mundial, o sea alrededor de los 3 000 millones de seres, sino las más variadas organizaciones sociales y los más diversos ambientes y condiciones en cada caso, es preciso encontrar los puntos comunes y partir, sobre todo, de aquél que es el primero, fundamental y único, a fin de continuar sin desvíos por el buen camino. ¿De dónde partir, entonces, para llevar a cabo el estudio con la mayor objetividad posible? No, desde luego, de la sociedad, en general, que se concreta en una determinada organización, en gran parte, distinta de la otras, a la que pertenece el observador, con todas sus particularidades que niegan la generalidad y la objetividad. El punto de partida único es nuestra naturaleza. Hombres y mujeres somos, ante todo, un organismo maravillosamente hecho para vivir y reproducirnos. En el advenimiento a este mundo, no nos diferenciamos fundamentalmente de los animales y aun de las plantas. La obra de Edgar Morin, Le paradigme perdu: la natuare humaine, es excepcionalmente ilustrativa a este respecto. El primer capítulo empieza con un párrafo que debería ser el primero también, al abordar el tema del hombre y la comunidad, sea cual fuere el campo de que se trate: «Nosotros sabemos que somos animales del grupo de los mamíferos, del género homo, de la especie sapiens; que nuestro cuerpo es una máquina de treinta mil millones de células, controlada y producida por un sistema genético, el cual se constituyó en el curso de una evolución natural a lo largo de dos a tres miles de millones de años; que el cerebro con el cual pensamos, la boca con la cual hablamos, la mano que nos sirve para escribir, son órganos biológicos, pero este conocimiento es también inoperante como aquel otro que señala el carbono, el hidrógeno, el oxígeno y el nitrógeno como elementos constitutivos de nuestro organismo»(31). Hemos sido echados, literalmente, a este escenario, sin decisión de nuestra voluntad, que no existía entonces y que fue afirmándose con el desarrollo de nuestro ser, gracias a un Poder superior que lo ha dispuesto así y que cumple en nosotros uno de sus designios. Por uno de ellos, también, la humanidad está integrada por hombres y mujeres. Hemos nacido como tales y ese es nuestro destino. A nuestra condición de mujer o de hombre debemos añadir las dotes con las cuales hemos sido agraciados; las vocaciones más disímiles, las aptitudes mas variadas. Así, pues, la elección precede a nuestro nacimiento y nosotros somos comparsas en «el gran teatro del mundo». Hay algo mas grande que esta división del ser en hombres y mujeres, dos estructuras orgánicas y dos destinos. Nacemos para vivir y morir. En la mayor parte de los casos, dejamos antes de la partida final, un hijo o más. Hay quienes dejan, también, obras filosóficas, científicas, literarias, artísticas. Los hay que perduran en la Historia por la fecundidad de su vida misma, hecha fuente de acción heroica, de servicio eminente, de meditación profunda o de sabiduría. El cordón umbilical que se corta, no aparta al recién nacido de la madre, y este otro, invisible y misterioso que nos ata al Universo, no se extingue sino con nosotros mismos. Cada una de las etapas de nuestras vidas nos permite gustar las cosas de distinta manera. Al deslumbramiento de la infancia sucede la vida interior del adolescente, la plenitud de la edad juvenil, el equilibrio de la madurez y la sapiencia o la inutilidad de la vejez. Hemos dado millones de vueltas con nuestra Madre Tierra, sin sentirlo, y, acaso, sin saberlo. Hemos pasado de una estación a otra y nuestro sentimiento y respuestas han variado con la Primavera y el Verano, el Otoño y el Invierno. ¿Por qué hemos de combatir mujeres y hombres? Somos partícipes de una comedia y un drama interminables, mientras el mundo continúa dando vueltas alrededor del Sol. Alternamos y dependemos los unos de los otros. Mujeres y hombres convivimos y son nuestros los prodigios de la vida universal que apreciamos y gustamos según la sustancia de que estamos hechos. Mujeres y hombres nos necesitamos naturalmente. Hemos nacido no sólo para vivir sino para convivir. El hombre en el que alienta una rica vida interior, se aproxima a la mujer, seducido por el misterio que se transparenta en ella. Es el mismo ser y es otro ser. Hay entre ambos una continuidad y una ruptura, una semejanza y una oposición, en este mundo de contrarios, un destino común. En Ana Karenina de León Tolstoi, Levin «no había vuelto a ver a Kitty desde aquella noche memorable en que se encontrara con Vronsky, excepto en el momento en que se cruzaron en el camino real. En el fondo de su alma sabía que la vería aquella noche. Ahora, al oír que Kitty se hallaba allí, sintió de repente tal alegría y a la vez tal temor que se le cortó el aliento y fue incapaz de pronunciar lo que se había propuesto». Kitty «parecía temerosa, tímida, avergonzada y, por tanto, más encantadora que antes. Vió a Levin en el mismo instante en que entraba al salón. Lo esperaba. Se alegró y quedo turbada de su contento hasta el punto que hubo un instante en el que Levin se acercaba a la dueña de la casa y la miraba de nuevo que tanto ella como él y Dolly, que lo estaba observando todo, creyeron que no podrían contenerse y se echarían a llorar». Es un instante, una alborada, un milagro. Sin embargo, nuestra vida es cambiante como todo lo que nos rodea. Al día sucede la noche, al deslumbramiento, la depresión. «En general, pensaba Dolly otro personaje de la novela repasando su vida durante los quince años de su matrimonio, todo se reduce a embarazos, mareos, torpeza mental, indiferencia hacia todo y, principalmente, fealdad. Kitty, la joven y bonita Kitty, también se ha afeado, y yo, durante los embarazos, me vuelvo horrorosa, lo sé. Los partos, los terribles sufrimientos del parto, y este último momento. Después, las noches sin dormir, esos terribles dolores...» En La Guerra y la Paz, el príncipe Andrey aconseja a Pierre:... «No te cases, amigo mío. Te lo aconsejo de todo corazón». «Al menos no lo hagas hasta que puedas decir que has hecho cuanto has podido, y hasta que no dejes de estar enamorado de la mujer que vayas a elegir; hasta que la veas tal como es, pues de otro modo te equivocarás irremediablemente». Y un poco después: «La sociedad estúpida sin la cual no puede vivir mi esposa; esas mujeres...! Si al menos supieras lo que son toutes les femmes distinguées y las mujeres en general». «Mi padre tiene razón: egoísmo, ambición, estupidez, nulidad en todo, he ahí lo que son las mujeres cuando se muestran tal y como son». Y mucho más tarde, ese mismo príncipe Andrey confiesa a Pierre que está enamorado: "Nunca lo hubiera creído; pero ese sentimiento es más fuerte que yo. Antes no vivía. Ahora es cuando vivo, pero no puedo estar sin ella. ¿Podrá amarme?». Es Natacha Rostova, bella, inquieta, apasionada. El príncipe muere en la guerra y Pierre alcanza la felicidad al casarse con ella. Los casos podrían multiplicarse, pero las conclusiones del más ligero análisis serían las mismas. Cuando un hombre y una mujer se sienten poderosamente atraídos, esa atracción no es obra de él ni de ella sino de algo que está por encima de ambos. El misterio se revela en esa fuerza superior que mueve a los seres a unirse y que se convierte por ellos en poemas, en canciones, en danzas, en cuadros, en estatuas, con el final inevitable de la unión misma. La sociedad actúa como si fuese la protagonista y fija las reglas, mantiene las convenciones y guarda las costumbres. La segunda parte está constituida por el advenimiento de los hijos, que era, precisamente, el fin impuesto por el Imperio, éste sí, permanente y total, sobre los imperios fugaces que registra nuestra historia, desde que el mundo es mundo. La continuación de estos dos hechos fundamentales: la unión íntima de una mujer y un hombre y el advenimiento de los hijos, se traduce en la constitución del hogar y en la crianza y la educación de quienes vienen a sustituir a sus predecesores. El matrimonio es, por tanto, un hecho social con base jurídica, a partir del cumplimiento de un imperativo de la naturaleza. Aquellos que protestan por este hecho que aspiran a la liquidación del hogar en nombre de un socialismo trasnochado y de una independencia artificial y estéril de la mujer, incurren en una aberración. Naturalmente, a la poesía del noviazgo sucede la prosa del matrimonio. La mujer y el hombre que se sentían impulsados a unirse, lo alcanzan hasta el punto de que ésa es su nueva condición. La juventud se esfuma, la belleza se opaca, la pasión disminuye o desaparece. Y, a pesar de todo, esos dos seres deben permanecer juntos. Los hijos pasan de la niñez a la juventud y de ésta a la edad madura. Y la historia se repite indefinidamente. Por encima de las fórmulas sociales se cumplen inexorablemente los mandatos de la Naturaleza. Nacimiento, desarrollo juventud, amor, hogar, hijos, edad madura, vejez y muerte, son etapas fatales para todos los hijos de la Tierra. Es cierto que la mujer está limitada, fundamentalmente, por el hogar; que en ella predomina el sentimiento sobre la razón; que se inclina a personalizar las cosas; que no se aventura por la esfera de las ideas generales y que se complace en el detalle y la minucia; pero es verdad también que le ha sido confiada la vida misma, a la que ella se entrega con entereza y sacrificio; y como la vida es lo primero (Primum vivere...) le debe ser reconocida la más alta jerarquía en este mundo humano. Si su centro es el hogar, debe ser allí la reina, y no hay autoridad más dulce y afectiva que la autoridad de la madre, cuando ella es digna de su misión, cumplida más con actos que con palabras. Por otra parte, la mujer no está obligada a dedicarse exclusivamente a su misión maternal, ni siquiera a cumplirla, si no lo desea, y deben estar abiertos para ella todos los caminos por donde transita el hombre y que puede recorrer al asumir los cargos y funciones que correspondan a su capacidad y sus merecimientos. Para muchas mujeres, la concepción es un infortunio, y el aborto, un recurso desesperado. Para otras, el hijo es un carga que se soporta entre quejas y reniegos. Para algunas, es un juguete. Para la verdadera madre, el hijo constituye la razón de ser y el fin de su existencia. Isadora Duncan, excepcionalmente dotada, alumbra un hijo. Sufre los horrores del parto, pero experimenta un júbilo sin medida cuando contempla a su bebé. «¡Ah, y que bebé! dice. Era sorprendente. Tenía las formas de Cupido, los ojos azules y una cabellera oscura que luego cayó y se convirtió en bucles de oro. Y milagro de los milagros aquella boca buscó mi pecho y aspiró mi leche. ¿Qué madre es capaz de decir lo que se siente cuando brota la leche de su teta y la boquita de su nene muerde el pezón? Esta cruel boquita que muerde se parece a la boca de un amante, y la boca de nuestro amante recuerda, a la vez, la del bebé». «¡Oh mujeres agrega esta mujer admirable. ¿Para qué aprendeís a ser abogadas, pintoras o escultoras, si existe este milagro? Conocí, por fin, el gran amor que sobrepasa al amor del hombre. Estaba tendida y sangrante, destrozada y sin fuerzas, mientras que una criatura mamaba y lloraba. ¡Vida, vida, vida! ¿Dónde estaba mi arte? Sentía que yo era un dios, superior a todos los artistas». He aquí lo que ocurre cuando una Mujer, con mayúscula, alumbra un hijo. Los párrafos de Isadora Duncan cuando se convierte en madre y siente junto a ella un nuevo ser, al que le ha dado vida, no sólo valen muchísimo más que los dos gruesos tomos de El Segundo sexo de Simone de Beauvoir, sino que los anulan por completo. Isadora Duncan es la misma mujer que cuando se encuentra de pronto ante una dolorosa procesión con los féretros de obreros, fusilados la víspera, desarmados e inermes, en la Rusia de los zares, llora profundamente conmovida y confiesa: «Si yo no hubiera presenciado aquello, mi vida habría sido diferente. Allí, junto a aquel cortejo que parecía interminable, frente a aquella tragedia, me hice a mí misma el voto de consagrar mis fuerzas al servicio del pueblo y de los oprimidos. ¡Oh! ¡Cuán pequeños, cuán fútiles, me parecían ahora todos mis deseos y todos mis sufrimientos y todos mis amores personales! ¡Cuán vano me parecía mi arte mismo, si mi arte no podía combatir aquello!»(32). |
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