En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO


I

Al Principio era la Comunidad

 

En la época más lejana, aquella en que empezó el proceso de hominización, lo primero que hubo fue la horda, desprendida del seno de la Naturaleza e integrada sólidamente para la supervivencia de sus miembros.

Sólo un bloque, en el que se diluía la individualidad, entonces poco menos que inexistente como categoría humana, podía atender a la satisfacción de las necesidades fundamentales y a la defensa común frente al peligro de otros grupos, de las bestias feroces y de los fenómenos naturales.

No había, por tanto, una diferencia notable entre esa horda, acosada por la agresividad circundante, y la horda animal. «En su origen –dice Paul Chauchard– la sociología humana no es nada más que un capítulo de la sociología animal»(15).

He aquí por qué es importante el estudio, ciertamente fascinante, del proceso de hominización, no sólo desde el punto de vista individual sino comunitario.

Se ha destacado, casi exclusivamente, el efecto que tuvo la posición erecta y la utilización de la mano en ese proceso, pero no se ha insistido mucho, que sepamos, en la transformación de la horda primitiva en la sociedad, tal como la vemos hoy.

Algunos autores se refieren a agregados humanos como la gens, la fratria, la tribu y la federación de tribus, como etapas de la evolución comunitaria a nivel mundial.

Engels ha destacado este proceso, basándose en una investigación de Morgan, en su obra Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (según la edición de Progreso, Moscú).

Es discutible el paso de una etapa a otra de desarrollo social, como si se tratase de un mecanismo inevitable en todos los casos.

La distinción de etapas, que obedece más bien a una apreciación cuantitativa de las organizaciones sociales, debe ceder el paso a la admisión de un proceso mediante el cual la horda, entregada, en gran parte, a una vida instintiva, que se deslizaba entre reacciones e impulsos, y el sub-hombre, desprendido apenas de la animalidad, ascendía al pensamiento, la racionalidad y la normatividad.

Importa mucho, en primer término, la diferencia que hay entre comunidad y sociedad, como lo señala Thönies en una obra cuyo título está dado, precisamente, por estas dos palabras.

Esa comunidad primitiva que iba en pos de alimentos dentro de un espacio determinado al cual consideraba como propio, y que se refugiaba en una caverna, era el requisito indispensable no sólo para la supervivencia del grupo sino para que en él se cumpliera el proceso de hominización.

Cuando surgió la agricultura, tuvo la virtud de fijar al grupo en la tierra. Seguramente, la comunidad se mantuvo y la propiedad que fue común, constituyó un vínculo más.

Hasta entonces, el trabajo había sido una obligación de todos. ¿Por qué no había de seguir siéndolo cuando la vida sedentaria reemplaza a la vida nómada y ya no hay que vagar en pos de alimento, sino sembrar y cosechar, a medida que la experiencia proporciona los conocimientos y aconseja cuándo hay que actuar, de qué manera y con qué instrumentos, que es preciso construir como prolongación de los brazos y las manos?

El nacimiento de la agricultura es uno de los capítulos más importantes, si no el más importante de la historia.

Por primera vez, el hombre se afinca en la tierra. Por primera vez, la comunidad permanece estable en una parcela. Por primera vez, esa posesión es tangible en la relación que hay entre ese trozo de la Naturaleza y el trabajo, entre el rendimiento y el esfuerzo, en una suerte de comunión cotidiana entre el hombre y la tierra.

Así, pues, al troglodita sucede el agricultor que no sólo siembra y cosecha, sino que domestica animales y plantas, que aprende a distinguir entre hierbas benéficas y nocivas, que trabaja de acuerdo con las estaciones, que utiliza el agua, que acopia productos, que construye viviendas, que inventa utensilios y en las noches despejadas mira el cielo y se asombra ante la Luna y las estrellas.

La posesión de la tierra, el trabajo y el beneficio común, constituyen la base de la comunidad antigua.

Lo que hay, en primer término, es el miembro de la comunidad, no el individuo. Ese bloque humano es absorbente, hasta el punto de configurarlo todo y permanecer inmerso en cada uno de sus componentes, con su tradición, sus costumbres, sus convenciones, sus tabúes, en suma, con su cosmovisión y su carácter.


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