En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO

 

IV

El Poder de la Palabra

 

Lo que hubo al principio fue el grito, como el sub hombre y la horda.

Sin embargo, la hominización no podía efectuarse sin la comunicación que supera la simple explosión vocal.

¿En qué momento se pasó del esfuerzo gutural a la coordinación de sonidos para expresarse y comunicarse con los demás?

¿En qué momento el ser primitivo dio un salto definitivo de la animalidad a la humanidad, gracias a la expresión oral?

¿Cómo ocurrió ese milagro? ¿Hubo, como en todos los casos, un individuo mejor dotado que pudo articular sonidos por una necesidad imperiosa de comunicarse con los miembros del grupo?

¿A partir de ese hecho, la articulación fue tornándose más amplia y variada hasta que se dispuso de una gama de fonemas capaces de expresar sentimientos y deseos?

¿Contribuyó el grupo a este enriquecimiento?

¿El hombre es hombre por el uso de la palabra?

¿El proceso de humanización culminó con la aparición del lenguaje?

¿La cultura es, en buen cuenta, una proyección humana por medio de la articulación verbal?

¿No es evidente que el pensamiento sólo fue posible cuando surgieron las palabras y se fueron relacionando entre sí?

«No es posible poner en duda –dice Linton– que el lenguaje hablado se ha derivado de gritos animales; ahora bien, no se sabe cuándo ni cómo nuestros antecesores realizaron el considerable adelanto que supone el simbolizar las ideas por medio de grupos de sonidos.

Es muy probable –continúa el autor– que su desarrollo se haya producido al mismo tiempo, si no antes, que los primeros pasos dados por nuestros precursores en la dirección humana, como en el caso de los utensilios y el empleo del fuego. Si así fuera, el origen del lenguaje se remontaría por lo menos a un millón de años».

Es razonable suponer que las primeras palabras surgieron con el propósito de comunicación entre los miembros del grupo y de identificación de las cosas y los animales que tenían a su alcance.

Por supuesto, ese lenguaje inicial debía contar apenas con un puñado de fonemas para satisfacer necesidades inmediatas.

A medida que el lenguaje era utilizado, el número de fonemas se iba multiplicando hasta constituir el elemento esencial de la cultura.

Las ideas, derivadas de un proceso de abstracción y generalización, aparecieron después. En lo sucesivo, gran parte de la expresión verbal estuvo constituida por ideas y el lenguaje se tornó también metafórico en la mayor parte de los casos.

«Sin la transmisión fácil y exacta de ideas que hizo posible el lenguaje –dice Linton– la cultura nunca hubiera llegado a existir(43)».

Para Clyde Kluckhohn, «nada es más humano que el lenguaje de un individuo o un pueblo. Sólo el animal humano puede comunicar ideas abstractas y conversar sobre condiciones que son contrarias a los hechos. En realidad, el elemento puramente convencional en el lenguaje es tan grande que éste puede considerarse como cultura pura».

«Cualquier lenguaje es algo más que un instrumento para transmitir ideas, incluso más que un instrumento para influir sobre los sentimientos de los demás y para expresarse uno mismo.

Un lenguaje –termina el autor– es, en cierto modo, una filosofía».

No es aventurado afirmar, por tanto, que el avance cultural está marcado por un lenguaje cada vez más refinado, capaz de prestarse a las exigencias y propósitos de espíritus selectos.

Acudir a Karl Vossler y su Filosofía del Lenguaje, es evocar, en primer término, la obra perdurable de Benedetto Croce, que inspiró a Vossler y se refirió a «la distinción legítima, no entre materia y materia, sino entre las formas espirituales; y en este caso entre la expresión que es sentimiento puro o intuición pura –poe-sía–, la expresión que es signo de pensamiento –prosa–, y la expresión que es instrumento de conmoción de los afectos o acción –oratoria–(44)».

Amado Alonso, en el prólogo a la obra de Vossler, se refiere a Wilhelm von Humboldt como «el más profundo y genial teórico del lenguaje que esbozó ya en 1828 una lingüística basada en el
espíritu y no en la materia, concibiendo el lenguaje como ‘energeia’ (acción, actividad) y no como ‘ergon’ (producto).

La estructura polar que tiene el lenguaje en la concepción filosófica de Vossler –continúa Alonso– hace de una lengua, por un lado, una perenne actividad creadora de los individuos, y por otro, la expresión y contenido de una cultura histórica».

En todos los casos, el lenguaje es una expresión vital.

Aquello que empezó con el grito y continuó con la articulación verbal, tiene en cada pueblo y en cada individuo, una raíz y una floración.

Hablar es «vivir» en expresión y comunicación con los demás.

El libro de Charles Bally lleva, precisamente, el título El Lenguaje y la vida.

«La evolución de las lenguas –dice Bally– lejos de depender de la voluntad razonada de sabios o literarios, es inconsciente y colectiva y la más de las veces parte de abajo y asciende del vulgo bullicioso».

Las academias de las lenguas, por tanto, sólo cumplen el papel de archivadores de palabras.

No se puede asegurar que se ha seguido siempre un camino de superación a este respecto. Seignobos hacía notar que el sánscrito y el griego constituyen la cima y que las lenguas que surgieron después hasta hoy, no han alcanzado este alto nivel y, para Sapir, las lenguas más significativas son el chino clásico, el sánscrito, el griego, el latín y el árabe.

El lenguaje no es únicamente el más auténtico signo de humanidad, capaz de humanizar las cosas con sólo nombrarlas, sino el más seguro recurso para el hombre de afirmase en sí mismo cuando se expresa, y de enriquecerse culturalmente cuando, merced a la palabra escrita, se pone en contacto con los más nobles espíritus, para lo cual le basta abrir un libro.


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