En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO


II

Naturaleza y Vivencia Popular


La subordinación del hombre primitivo a la Naturaleza se explica fácilmente. Surgido como un brote de la tierra, su sentimiento de sujeción y desamparo en un mundo misterioso y mágico, regido por divinidades invisibles, tendría que llevarlo al acatamiento de poderes ocultos, a la intermediación de magos y brujos, a la formulación de conjuros, al afán de adivinar el porvenir y a la práctica de sacrificios de animales y aun de seres humanos para agradar, recibir ayuda o aplacar a las potencias divinas.

En la obra de L. Lévi-Bruhl La Mentalidad Primitiva(2), los ejemplos y las observaciones ilustran acerca de esta dependencia en numerosas páginas. «Para la mentalidad primitiva –dice el autor– el mundo sensible y el invisible forman un todo. La comunicación entre lo que llamamos la realidad sensible y las potencias místicas es, pues, constante. Todos los objetos y todos los seres están implicados en una red de participaciones y de exclusiones místicas. La mentalidad primitiva vive en un mundo donde innumerables potencias ocultas siempre presentes, están obrando constantemente o listas para obrar. A los ojos de los primitivos, nada hay fortuito. A los dankays los espíritus y los demonios les parecen tan reales como sus propias personas. Es natural que en las representaciones colectivas de los dankays, los pájaros sagrados no solamente anuncian los acontecimientos sino que los produzcan. A los ojos de la mentalidad primitiva curar una enfermedad es vencer el encantamiento que le ha causado por medio de un encantamiento más fuerte».

«En las sociedades más desarrolladas del África central, la obsesión por la hechicería es continua».

Es verdad que la magia, la hechicería y el tabú no han desaparecido. El mito y las supersticiones son universales. En estos casos hay un fondo de irracionalidad pero también de vitalidad.

El mito es elogiado y reclamado por quienes tratan de dar vida y poder fecundante a una utopía, en tanto que los racionalistas a outrance lo condenan sin atenuantes.

La fuerza del mito está dada por su raíz vital, a despecho del intelecto. En el polo opuesto al escepticismo, que alienta y se extiende en el seno de los pueblos viejos, el mito es un impulso juvenil. Aquello que se alimenta de una convicción, existe realmente, aunque sólo sea por sus efectos y, quizá, únicamente para cada persona o un conjunto de personas.

Si el mito nos mueve y nos proyecta hacia algo, la superstición, en cambio, nos detiene y nos ata a supuestos igualmente irracionales. La mayor parte de personas tiene una superstición o más porque para ellas no todo es tangible ni todo está explicado. El espacio en que se encuentran no termina con la percepción efectiva o posible, sino que se extiende hasta una zona en la cual reina el misterio.

Algunos hechos pueden ocurrir porque no obedecen a la voluntad del protagonista o a una causa verificable, sino a un poder ignorado, con lo cual no se está muy lejos de la mentalidad primitiva.

El mito y la superstición permanecerán siempre porque son propias de la naturaleza humana. La razón cubre una parte del dominio del hombre. La otra, mucho más amplia y profunda, porque es más vital, pertenece al mundo de los instintos, de la afectividad y, en suma, de la subconciencia.

Cuando se pasa de los pueblos primitivos a las altas culturas, el vínculo del hombre con la Naturaleza se mantiene y las diferencias que se advierten entre ellas son, en su mayor parte, formales.

Elijamos dos de ellas.

En Grecia, esa vinculación se expresa a través de un cierto número de divinidades, mayores o menores. Cada una de las manifestaciones y poderes del Universo encuentra en un dios una representación viva que es como una extensión humana. Además, las pasiones de los hombres se objetivan también en un ser superior.

Es difícil comprender la identificación de fenómenos naturales con personajes divinos, no como una figuración poética o un recurso intelectual, sino como una realidad tangible, hasta el punto de que a esos dioses se les teme, en algunos casos, se los invoca con frecuencia y se les rinde culto público y privado y se multiplican los sacrificios, las procesiones y las festividades.

El culto se efectúa en los templos, algunos de ellos suntuosos, pero también en santuarios modestos y en la intimidad del hogar, sin que se desdeñen las rocas, los árboles, las fuentes y las grutas, vinculadas a alguna divinidad.

Esta vinculación antropomórfica del pueblo con su medio natural, tiene un fondo de misterio, de mito y de unción religiosa. Los dioses se parecen mucho a los hombres.

Sus aventuras son del dominio común y, en más de un caso, distan mucho de normas morales y requerimientos éticos. Los poetas fueron convirtiendo a las divinidades primitivas en otras más accesibles y añadieron, sin duda, episodios más complicados a una mitología cada vez más vasta y variada.

«Lo primero que resulta, a lo que parece, –nos dice Burckhardt– es que los bienhechores y educadores de la humanidad han sido elevados a la categoría de dioses, y se ponía en esta categoría, además de Heracles, a los Dioscuros y a Asclepia. Eolo se convirtió en dios de los vientos porque inventó el navegar a vela. Medusa se nos convierte en una princesa Libia contra la que marcha Perseo.

Los dioses no son de tamaño mayor que el hombre; se sientan con él a la mesa. Algunos de los dioses no son sino personificaciones de impulsos humanos como Ares, ‘el insensato‘ y Afrodita. Hermes resulta el ratero por antonomasia. Ares es la lucha desesperada. Afrodita es el instinto y Helena su víctima involuntaria. Dionisos posee un tipo de personalidad distinto de los demás dioses. Le incumbe particularmente la vida, pero las delicias del vino y la embriaguez no agotan su importancia»(3).

La Iliada se inicia con una invocación a los dioses. «Canta, diosa, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo». Y a lo largo del poema, los dioses son los protagonistas de la lucha, más aún que los hombres. Apolo diezma a los griegos; Zeus recurre al engaño de un sueño para confundir a Agamenón; Atenea interviene en la contienda, lo mismo que Iris; Poseidón acude en defensa de los griegos contra los troyanos, los dioses infunden ánimo a unos u otros de los combatientes y Aquiles, el héroe, suspende la batalla y permite que se levante un túmulo para el cadáver de Héctor.

La Odisea se inicia con una invocación a la Musa y la asamblea de los dioses. Como en la Ilíada, ellos alternan con los hombres y deciden el curso de los sucesos, aunque la Moira es el Destino que rige a todos.

La Naturaleza encuentra aquí las palabras que le son debidas: «Junto a la gruta, una magnífica viña desplegaba sus ramas cargadas de racimos, y muy cerca unas de otras vertían su clara linfa cuatro fuentes, que dejaban correr sus aguas a través de sus suaves praderas de perejil y violetas».

«Al llegar a aquel paraje, los ojos de cualquier dios se hubieran sentido hechizados y encantada su alma».

El viaje de Ulises no sólo llama a los dioses a participar en él para favorecerlo o impedirlo, sino es un constante contrapunto del héroe y los peligros y los refugios de la Naturaleza, personificada muchas veces en seres divinos: Circe, las Sirenas, Caribdis y Escila, entre otros.

Por lo demás, en este mundo que podríamos llamar de «realismo mágico», adelantándonos en muchos siglos a un fenómeno literario de nuestro tiempo, los hechos y las ficciones se confunden porque éstas son vividas como partes animadas del conjunto. «Desde la playa, partiendo de las rocas, –leemos en Lezama Lima– comienzan a surgir los caballos voladores, como una espada que arrancase de las rocas telas mágicas. Un aire de flauta comienza a desenvolver una cancioncilla recogida por Orfeo, mientras se alejan los portadores de tirsos. La canción de Orfeo, la flauta panida y los gallos eleusinos, destruyen el sombrío manto de la enemiga de Psique»(4).

En el Perú, la vinculación del hombre con la Naturaleza, la vivencia popular de ese ligamen misterioso y, en cierta forma, sagrado, constituyó una de las notas esenciales de la cultura andina que aún se mantiene en gran parte de la población.

En este caso, la relación es directa, sin intermediarios o figuraciones poéticas, como si un cordón umbilical mantuviese unidos a la Naturaleza y a sus hijos, los hombres.

Es ya revelador el hecho de que se llame «la madre tierra» (Pacha mama) al astro que habitamos y al que debemos la vida. El ayllu, la comunidad tradicional, permanece unida, sobre todo, por la posesión de la tierra y, a la vez, por vínculos religiosos y tradicionales. «El ayllu o comunidad –dice Luis E. Valcárcel– es la reunión de familias vinculadas entre sí por lazos de parentesco, de posesión común de la tierra, de la misma religión, el mismo idioma, las mismas tradiciones y la convivencia durante siglos. El pequeño mundo dentro del cual vive la comunidad está constituido por elementos físicos como la tierra en sus diversos accidentes: montañas, ríos, fuentes, cuevas, peñascos, etc.».

 

Pero este medio físico constituye un mundo mágico. El cerro más alto alberga el espíritu tutelar del ayllu; la caverna es la pacarina o lugar de origen, lo mismo que el manantial o la naciente de un río; todo está poblado de seres que influyen distintamente en la vida del hombre. Esta vida mágica del paisaje tiene un valor enorme para él porque no sólo tiene un valor económico sino mágico-religioso»(5).

De allí que, aparte de los templos y santuarios, hayan sido innumerables los adoratorios al aire libre en cerros y quebradas, en fuentes y cavernas, en peñascos y lagunas.

Así pues, si el antropomorfismo predominó en Grecia, aquí encontramos el predominio del animismo. Desde luego, este mundo mágico no se circunscribe a un lugar, ni siquiera a la Tierra. Va más allá y termina por abarcar el Universo.

El Sol, Inti, al que se rinde culto preferente; la Luna, Quilla, los astros que brillan en el cielo, son mirados y sentidos por el hombre peruano con unción religiosa.

Se ha hablado más de una vez, de un sentimiento cósmico en el antiguo Perú, no sólo por el testimonio de la tradición oral, por algunas referencias de los cronistas y por la vivencia popular aún en nuestros días, si no por los restos monumentales que motivan la admiración de visitantes, en general, y de hombres de estu- dio.

Las rayas de Nasca, por ejemplo, constituyen un motivo de asombro, sin que se pueda encontrar una explicación satis-factoria. Las figuras zoomorfas de enormes proporciones, hasta el punto de que sólo se las puede apreciar desde la altura, posible en nuestro tiempo merced a la navegación aérea, pero imposible en la época en que fueron trazadas; la precisión con que están hechas, la posible intención de los autores y su verdadero carácter, son cuestiones que, probablemente, no serán dilucidadas, pero sí hay algo que se puede afirmar: su amplitud, que va más allá de la medida habitual, adquiere una categoría universal.

La ciudad de Machu Picchu, construida en la cumbre de una montaña, es otro ejemplo de una unidad entre el medio natural y la obra humana. Aldous Huxley encontró en ella un testimonio pétreo de «la sabiduría ecológica de los Incas».

Machu Picchu es más que una ciudad. Podría ser un santuario; un intento del hombre de aproximarse a regiones excelsas, una invocación hecha muros y cobijos y albergues, una oración silenciosa.

En un paraje de montes cubiertos por una densa vegetación, allí donde el cálido ambiente es propicio para la fecundación y los partos prodigiosos, sería inútil que el viajero buscase una ciudad y, aún menos, que pretendiera encontrarla, por un exceso de la imaginación, en la cumbre de una de esas montañas.

Sin embargo, quienes han ascendido penosamente por una senda zigzagueante ganada a la vegetación y desesperan de encontrarla, dominados por el cansancio, ven aparecer de pronto, como si surgiese de un paraje mágico obedeciendo a un conjuro, una ciudad suspendida en el abismo que multiplica sus muros, torreones y ventanas y desborda en andenes serpenteantes tapizados de verde: Es Machu Picchu.

«Cualquier americano semiinstruido –dice Juan Larrea– sabe que en cierto paraje de su espacio natural donde por lo común no ha puesto sus plantas todavía, se muestra uno de esos raros fenómenos en los que lo humano parece haberse conjugado con lo cósmico en términos inexplicablemente excepcionales. Machu Picchu tiene, al parecer, mucho de cósmico. Hay allí algo que no se ajusta a las dimensiones de lo humano por mucho que se las hipertrofie y enaltezca, cierta rara sublimidad que no se siente en El Escorial, en Atenas o Roma, en Delfos, en Gizeh y demás lugares prestigiados por la acción del hombre»(6).

Estos testimonios son, sin duda, definitivos, pero hay algo más aún cuando se trata de la comunión del hombre con la Tierra; del vínculo de los seres humanos con los montes, las fuentes y los ríos; el íntimo contacto del paisaje natural y el paisaje humano, hechos, expresión y poesía en la obra de José María Arguedas, el gran escritor peruano.

Bastaría, para probarlo, espigar en sus cuentos y en sus novelas, como en Warma Kuyay que empieza con aquella evocación de encantamiento: Noche de luna en la quebrada de Viseca. Salcedo, el protagonista de Orovilca, habla de un ave: «El chaucato es un príncipe como de los cuentos».

«Debe ser algún genio, antiguo, iqueño. Es quizá el agua que se esconde en el subsuelo de este valle y hace posible que la tierra produzca tres años, a veces más años, sin ser regada». En Hijo Solo: «A ratos, desde el fondo del bosque, llegaba la voz tibia de las palomas».

«Creía Singu que de ese canto invisible brotaba la noche; porque el canto de la calandria ilumina como la luz, vibra como ella, como el rayo de un espejo. Singu se sentaba sobre la piedra. Le extrañaba que precisamente al anochecer se destacara tanto la flor de los duraznos. Le parecía que el sonido del río movía los árboles y mostraba las pequeñas flores blancas y rosadas». En El Ayla: «El sol del crepúsculo comulga con el hombre, no sólo embellece el mundo. Mientras el Auki cantaba, la luz se extendía, bajaba de las cumbres sin quemar los ojos. Se podía hablar con el resplandor o, mejor, ese resplandor vibraba en cada cuerpo de la piedra, del grillo que empezaba ya a inquietarse para cantar y en el ánimo de la gente»(7).

Cuando Arguedas habla de sí mismo y de su sentimiento de la Naturaleza, que lo es de la comunidad a que pertenece y representa como ningún otro, sus palabras fluyen como la linfa de una fuente: «Quedaron en mí dos cosas muy sólidamente desde que aprendí a hablar: la ternura y el amor sin límites de los indios, el amor que se tienen entre ellos mismos y que le tienen a la naturaleza, a las montañas, a los ríos, a las aves, y el odio que tenían a quienes, casi inconscientemente, y como una especie de mandato Supremo, les hacían padecer. Yo hasta ahora, les confieso con toda honradez, con toda honestidad, no puedo creer que un río no sea un hombre tan vivo como yo mismo. Yo les decía a mis amigos en el Rhin, si trajera a unos cuantos de mis paisanos de Puquio y los pusiera en la proa de este barco, caerían todos de rodillas ante el espectáculo de este río».

«Para el hombre quechua monolingüe, el mundo está vivo; no hay mucha diferencia, en cuanto se es ser vivo, entre una montaña, un insecto, una piedra inmensa y el ser humano. No hay, por tanto, muchos límites entre lo maravilloso y lo real».

«Una montaña es dios, un río es dios, el ciempiés tiene virtudes sobrenaturales»(8).

En Diamantes y Pedernales: «Porque el achauk`aray y el phalcha florecen sobre la tierra helada, bajo los pedregales en que comienza la nieve. Respiran lozanas en las silentes regiones donde no llegan ni las gramíneas ni las aves pequeñas, ni las vicuñas. El corazón humano se enciende al encontrarlas. Quien las descubre junto a los desiertos cegadores de nieve, vibra dulcemente y se arrodilla».

«Los bosques de retama perfumaban el campo. Se veían las flores como claras manchas a las orillas del río. La luna menguante no opacaba a las estrellas, iba acercándose al filo de los montes en un extremo del cielo despejado; bajo la luz tranquila brillaban las estrellas sin herir tanto».

«Nunca se funden las cosas del mundo como en esa luz».

«El resplandor de las estrellas llega hasta el fondo, a la materia de las cosas, a los montes y ríos, al color de los animales y flores, al corazón humano, cristalinamente; y todo está unido por ese resplandor silencioso».

«Desaparece la distancia. El hombre galopa pero los astros cantan en su alma, vibran en sus manos. No hay alto cielo».

Arguedas dice cuando está escribiendo El Zorro de Arriba y el Zorro de Abajo: «Yo estoy sufriendo hartísimo, pero cada vez amo más el mundo. La sola presencia de una árbol me recompensa de todo lo sufrido».


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