En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO


III

La Naturaleza y Rousseau


Juan Jacobo Rousseau tenía la Naturaleza a flor de labio.

Que sepamos, ningún escritor la ha citado tantas veces, como si en ella se encontrase la clave de todas las cosas.

Así, pues, el recuerdo de su personalidad y su obra, que se mantienen aún presentes a pesar del tiempo transcurrido desde entonces, es ineludible.

Todo el mundo ha oído hablar de Rousseau, pero son muchos los que ignoran las particularidades y vicisitudes de este hombre apasionado, complejo y contradictorio, que se entregó a la misión para la cual había nacido, a pesar de la pobreza, la soledad y los peligros que lo acompañaron siempre.

Cuando nació Rousseau, Europa estaba profundamente dividida entre católicos y luteranos, y la muerte de su madre, a la que no pudo conocer, constituyó uno de los lamentables sucesos que afectaron su vida, como anuncio de lo que habría de ocurrirle después.

La Ginebra de entonces se había entregado a la severidad de las normas religiosas. El padre de Juan Jacobo, un relojero un tanto abúlico y excéntrico, no acompañó a su hijo mucho tiempo. Pupilo en la casa de un pastor; aprendiz de grabador, incomprendido y maltratado, en una lucha entre las costumbres licenciosas de sus compañeros y una exigencia ética apenas naciente; atraído por las mujeres desde su temprana adolescencia pero obligado siempre a mirarlas de lejos; libre al fin cuando las puertas de Ginebra se le cierran, sin poder evitarlo; vagabundo impenitente y lector insaciable, acogido por la señora Warens a quien llamaría mamá, pero que lo atraería más tarde para convertirlo en uno de sus amantes; luterano refugiado en un hospicio católico, y luego, lacayo de librea; seminarista por breve tiempo; pensionista en la casa de un músico y alojado después en la casa de un zapatero remendón; aprendiz de músico en Lausana; secretario de un falso eclesiástico; empleado en una oficina de provisión de tierras; preceptor de niños en Lyon; secretario del Embajador de Francia en Venecia; compositor de óperas; secretario y cajero de una dama, Mme. Dupin, es difícil encontrar un caso semejante, en el que los cambios de ocupación, la vagancia consuetudinaria y el encuentro a tropezones con su propio camino, hayan ido a la par de un carácter extremadamente impresionable, de una imaginación desbordante y una pasión impetuosa que lo condujeron a la realización de una obra perdurable.

«En su propia juventud singular –dice Matthew Josephson, uno de sus biógrafos– no hizo más que vagar como un paria por los caminos de Europa, compartiendo la rústica comida de las chozas campesinas y pasando las noches en cuevas y agujeros en los campos o en las desoladas calles de las ciudades»(9).

Una tarde, vagando como siempre, lleva en las manos el Mercure de France y lee allí que la Academia de Dijon ha propuesto para el premio del año siguiente el tema «El progreso de las ciencias y las artes ¿ha contribuido a purificar o a corromper las costumbres?».

Es su camino de Damasco. Rousseau lo ha contado en una carta a Malesherbes con un estilo inimitable: «Sentíme de pronto deslumbrado por un millar de luces resplandecientes; una multitud de ideas vívidas se apiñaban en mi mente con tal fuerza y convicción que me sumieron en una agitación indecible; sentía mi cabeza remolinear como la de un borracho. Sobrecogióme una violenta palpitación que hacía latir mi corazón de una manera insoportable; faltándome el aliento para seguir andando, me desplomé debajo de uno de los árboles del camino, donde permanecí durante media hora en un grado tal de exaltación que, al levantarme, noté la parte anterior de mi chaqueta humedecida por mis lágrimas, aunque inconsciente en absoluto de haberlas derramado».

Ecce homo. Este es el hombre. Todo lo que se diga sobre él será siempre pálido y pobre ante estas líneas.

Ese era el tema de toda su vida. Las ideas afluyen de pronto como si se hubiera esfumado la barrera que las detenía. La frivolidad y la hipocresía de un medio artificial; la injusticia de una sociedad gobernada por el egoísmo, la irracionalidad y el desdén sistemático e inhumano; los males que se habían ido acumulando sin medida; todo eso debía desaparecer para que surgiese el hombre despojado de esa capa opresora que desvirtuaba también el sentido de la cultura y de la historia.

Ganó el premio y la fama lo hizo suyo para siempre. Diderot, ya su amigo, le dijo: «Su discurso toma por asalto a todo el mundo».

La fama, ciertamente, no había de faltarle, pero tampoco el sufrimiento, el temor, la envidia de los otros y la persecución del Poder, con mayúscula.

Rousseau, con su Discurso sobre las artes y las ciencias, se perfilaba no sólo como un contestatario sino como un revolucionario. Lo fue toda la vida. De allí que uno de sus contemporáneos, Garat, dijese que produjo escándalo, admiración y terror, como si se intuyese ya la explosión de 1789.

Aún hoy, sus palabras son capaces de provocar un incendio: «La primera fuente del mal es la desigualdad –dice adelantándose en doscientos años a los revolucionarios de hoy, y agrega:– Si yo fuese el cacique de alguna nación africana colgaría a todos los europeos que cruzasen la frontera».

Aún más: «Cuántos crímenes –antes de Proudhon y de Marx– guerras, asesinatos, miserias y horrores habría ahorrado a la especie humana el que, arrancando las estacas o arrasando el foso, hubiese gritado a sus semejantes: ¡Guardaos de escuchar a este impostor! ¡Estáis perdidos si olvidáis que los frutos son para todos y que la tierra no es de nadie! Únicamente el trabajo da al cultivador de la tierra derechos sobre la cosecha».

La fama no lo colmó de soberbia sino constituyó más bien un reto que lo obligó a traducir en actos sus ideas.

Se había unido con una humilde lavandera que no sabía leer ni escribir ni expresarse correctamente ni aprender siquiera los nombres de los meses del año. Envió a sus hijos al orfelinato apenas habían nacido, y el remordimiento lo agobió el resto de su vida, afectada también por una enfermedad que no pudo curar nunca: la retención de orina.

Reducido, por su propia voluntad, al oficio de copista, encontró en él los recursos necesarios para vivir a su manera.

Sería inútil continuar con las vicisitudes de Rousseau. Al primer discurso siguió otro sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, y su actividad intelectual culminó con obras capitales: Emilio, El Contrato Social, La Nueva Heloísa, Confesiones y Ensueños de un Paseante Solitario, seguramente la más hermosa de todas.

La revelación de la Naturaleza es para Rousseau un motivo de exaltación y una fuente de felicidad. La siente como una obra de la divinidad, a la que dedica páginas memorables en «La Profesión de Fe del Sacerdote Saboyano» que incluyó en Emilio. El libro fue quemado por el verdugo en un acto público y su autor hubo de huir y refugiarse en Inglaterra.

Le obsesionaba el tema de la naturaleza en el hombre, cuyas leyes superan sin medida a las otras, propias de las convenciones sociales. Para él, la naturaleza humana y la civilización se oponen entre sí, por lo cual, concluye, hay que volver al hombre de la Naturaleza. El aserto se presta a confusión y las interpretaciones son diversas.

Francisque Vial ha tratado de explicarlo: «El hombre de la naturaleza, tal como él [Rousseau] entiende definirlo, no es un ser histórico y real; es una abstracción lógica, un concepto. Del hombre, tal como él lo ve, elimina todo lo sobreañadido, lo ficticio, y lo que encuentra bajo esa gruesa costra de caracteres adquiridos, es la constitución primaria del hombre, es la esencia del mismo, es el hombre de la naturaleza».

«Para Rousseau, y podemos decir esto sin jugar con las palabras, el hombre de la naturaleza es exactamente la naturaleza del hombre»(10).

«Todo está bien al salir de manos del Autor de las cosas; todo degenera en manos del hombre». Así empieza el Emilio.

«El hombre ha nacido libre, pero en todas partes se halla cargado de cadenas». Así empieza el Contrato Social.

Naturalmente, esta obsesión por «el hombre de la naturaleza» había de ser mirada con escepticismo y provocar polémicas y burlas. El más mordaz fue, por supuesto, Voltaire que le escribió a Rousseau, después de recibir su libro sobre el Origen de la desigualdad entre los hombres:

«Acabo de recibir, señor, su nuevo libro contra la especie humana, y le agradezco por ello. Pinta usted con verdaderos colores los horrores de la sociedad humana. Jamás he visto tanto talento empleado para volvernos estúpidos. Leyendo su libro siéntese el deseo de andar a cuatro patas. Empero, como por desgracia, hace más de sesenta años que he perdido ese hábito, me es imposible asumirlo nuevamente y debo dejar esa postura natural a quienes sean más dignos de ella que usted y yo».

El hombre que encuentra en la Naturaleza la clave de la felicidad humana, se despoja de sus preocupaciones y siente un goce profundo cuando va por caminos solitarios bordeados de flores, allí donde todo está lejos de la civilización. «En aquella profunda y deliciosa soledad –refiere en sus Confesiones– en medio de los bosques y de las aguas, oyendo el concierto de los pájaros, aspirando el perfume de la flores de naranjo, compuse en un continuo éxtasis el quinto libro de Emilio cuyo colorido bastante fresco debo en gran parte a la viva impresión del local donde lo escribí»(10).

Refugiado en la isla de Saint-Pierre, añade a sus ocupaciones habituales la recolección y el estudio amoroso de hojas, de flores y de hierbas, que habían de prolongarse hasta su muerte. «Errar perezosamente por el bosque y por el campo –dice– tomar esto y aquello, tan pronto una flor como una rama; coger las yerbas al acaso, observar mil y mil veces las mismas cosas y siempre con el mismo interés».

«Por muy diversa que sea la estructura de los vegetales no puede interesar a una mirada ignorante. No ven nada en detalle porque no saben siquiera lo que es preciso mirar y no ven tampoco el conjunto, porque no tienen ninguna idea de esa cadena de relaciones y de combinaciones que colma con sus maravillas el espíritu del observador».

«No quería dejar una brizna de hierba sin análisis y me disponía a hacer, con una selección de observaciones curiosas, la Flora petrinsularis».

«He amado siempre, apasionadamente, el agua, y su vista me lanza a un sueño delicioso. Al levantarme, cuando hacía buen tiempo, no dejaba nunca de correr sobre la terraza para aspirar el aire salobre y fresco de la mañana y contemplar aquel hermoso lago, cuya ribera y las montañas que le rodean encantaban mi vida. No encuentro un homenaje más digno a la divinidad de esa admiración muda que excita la contemplación de sus obras y que no se expresa de una manera material».

«Oh, Naturaleza, oh madre mía», hubo de clamar más de una vez con entrega total y unción religiosa.

Así, pues, Rousseau se convierte en naturalista.

Iba a vagar, ciertamente, como lo había hecho con frecuencia, pero iba a la vez a herborizar, no sólo con un propósito de conocimiento si no de íntima comprensión y, algo más, de retorno a la vida universal, para confundirse con ella y sentirse animado por el mismo impulso misterioso que convierte las semillas en plantas y las gemas en hojas, en flores y frutos.


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