| En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura | ||
| V Un Momento Histórico
Llamamos un momento histórico a aquél en que se juega el porvenir de la humanidad o de gran parte de ella. Uno de esos momentos ocurrió hace alrededor de dos mil quinientos años, cuando un puñado de hombres libres hizo frente al más poderoso imperio de entonces, el persa, y lo derrotó en Maratón y Salamina, contra toda previsión posible, como ya se hizo notar. Se salvó así lo repetimos la maravillosa cultura griega y, a la larga, la cultura occidental, heredera de sus prodigios. Hoy se trata de salvar mucho más que los valores de una cultura: la supervivencia de la Humanidad. Hemos asistido durante décadas, a una confrontación entre dos colosos, cada uno con su sistema político, que según temíamos, no tenía ninguna posibilidad de disminuir y mucho menos de desaparecer. En buena cuenta, el mundo estaba dividido entre el Capitalismo y el Socialismo, aunque la mayor parte de los pueblos situados en una zona u otra no participaran en esta competencia y estuviesen, más bien, a merced de los dos gigantes: Estados Unidos y Rusia. Cada uno de ellos se proclamaba dueño de la verdad y, por tanto, reputaba a su sistema como el único posible. Lo peor de todo era no sólo la lluvia de diatribas, acusaciones y amenazas, sino la acumulación incesante de armas cada vez más potentes, capaces de poner fin a la vida del hombre sobre la Tierra. «La guerra fría», «La carrera armamentista», «el holocausto nuclear», eran expresiones tan frecuentes como los síntomas de un enfermo condenado a muerte. Las voces de alarma de sabios y científicos, los acuerdos de asambleas y congresos, las razones opuestas a la ceguera de los responsables, no producían efecto. Naturalmente, la totalidad de los pueblos, salvo los dos grandes, eran impotentes para detener esta carrera hacia el suicidio y se limitaban a esperar con temor que decidieran los protagonistas de la lucha, de acuerdo con sus particulares intereses. Si un enfermo estuviese al borde de la muerte, todo lo que tuvo significación para él desaparecería ante la necesidad imperiosa de salvarle la vida. No importarían, por tanto, sus relaciones sociales, sus preocupaciones del momento, sus ideas políticas y aun sus convicciones religiosas ante este imperativo supremo. Cuando no se trata de un individuo ni de una familia ni de un país, ni siquiera de un Continente, sino de la Humanidad, todo lo que hasta entonces la dividía, pero principalmente aquello que la afectaba con peligro de muerte debía ser superado y aun abandonado: ideologías, doctrinas, idearios y, por supuesto, armamentismo, guerra fría, confrontación de sistemas, rivalidad, amenazas y dicterios. Quien, al frente de uno de los colosos tomara conciencia de este peligro mortal y asumiera con coraje el papel de conductor, ya no sólo de su pueblo sino de todos los pueblos del mundo, para cambiar la conducta internacional de odio y de amenaza bélica por otra de conciliación y de paz, tendría que erigirse como el protagonista y con él, su nación de lo que hemos llamado un momento histórico. ¿Podría surgir ese hombre en Estados Unidos? ¿Un nuevo Lincoln, humano y universal? ¿Un nuevo Wilson, académico, pero con ideas modernas, de entendimiento y solidaridad? ¿Un nuevo Franklin Delano Roosevelt, con una perspectiva tan amplia como su sonrisa? ¿Podría surgir?, hemos dicho. Porque el hombre que, dotado de poder político, asumiera el papel protagónico a nivel mundial, debía llevar consigo el sentimiento común a la mayor parte de sus conciudadanos. Porque es preciso que del pueblo del cual se parte haya una inclinación hacia los demás, una preocupación por la felicidad ajena, un propósito de contribuir, aunque sea idealmente, a la mejora de la humanidad. Debemos admitir que ese sentimiento no es predominante en Estados Unidos. Aún más: no existe. Por la misma razón, no se encuentra en sus grandes novelistas que, por serlo, interpretan acertadamente el carácter de su nación. Ni en Faulkner ni en Hemingway, si hemos de citar sólo a dos, hay un sentimiento de fraternidad humana. ¿Podría surgir en Rusia? En Rusia, podría ser. Recordemos a Tolstoi, a Dostoievski, a Gorki. Cuando no se trata de un individuo ni de una familia ni de un país, ni siquiera de un Continente, sino de la Humanidad, todo lo que hasta entonces la dividía, pero principalmente aquello que la Tolstoi no sólo es el formidable creador de La Guerra y la Paz, Karenina, Resurrección y otras novelas y cuentos y obras de teatro, sino un profeta que inquieta a Europa; un ser profundamente preocupado por la felicidad humana, en lucha permanente consigo mismo; un artista que reniega de su arte; un educador que adora a los niños y ensaya una nueva forma de educarlos en Yasnaya Poliana. Sus preocupaciones religiosas y su sentido de hombre comprometido con todos los hombres, lo llevan a vivir y morir como un mujik. En torno a él se multiplican los tolstoyanos, no sólo en Rusia. Tolstoi ejerce un influjo increíble sobre los seres más diversos: finos artistas, estudiantes, campesinos, obreros que ven, al fin, gracias a él, un rayo de luz en medio de las tinieblas. «En el sobrio crepúsculo del siglo XIX que termina escribe Romain Rolland fue la estrella consoladora cuya mirada atraía y tranquilizaba nuestras almas de adolescentes. Entre todos aquéllos (que son muchos en Francia), para quienes Tolstoi fue un artista amado, un amigo, el mejor y para muchos el único y verdadero amigo en todo el arte europeo quiero rendir a su memoria sagrada un tributo de gratitud y amor». Máximo Gorki que conoció a Tolstoi y conversó con él muchas veces, tomó notas que después publicó en un libro con el título Tres Rusos. Algunas afirmaciones que escucha de sus labios son inquietantes, a veces inadmisibles: Cuando Tolstoi dice: «La violencia es el mal primordial», todos estamos de acuerdo. Cuando se pregunta y se contesta: «¿Y qué es Dios? La unidad de donde mi alma se desprende», el comentario es el silencio. «Por esto sostengo que el arte es una mentira atractiva y arbitraria y que es perjudicial al hombre». ¡Y esto dicho por un artista! Cuando Tolstoi se pregunta: «¿Qué verdades pueden haber si está la muerte?», nos hace volver a nuestro tema: El hombre, hechura de la Naturaleza, ha traído al mundo lo que ella le ha dado y está a su merced desde el nacimiento hasta la muerte que, además, son obra suya. Acaso este reconocimiento nos llevaría a una conclusión desconsoladora: que la libertad no existe. Gorki mira a Tolstoi que le reprochaba no creer en Dios y dice: «Este hombre es la imagen de Dios». «No es grande ni santo afirma porque es un hombre loco y dolorosamente hermoso, el hombre de la Humanidad». «Yo no soy un huérfano sobre la tierra mientras exista este hombre», es su confesión, y cuando Tolstoi muere: «Y ahora me siento huérfano, escribo y lloro. Jamás en mi vida había llorado tan desconsolada, desesperada y armagamente». En Dostoievski nadie ve un apóstol, como en Tolstoi, ni se multiplican los adeptos a una nueva forma de vida en torno a él, pero su simple contacto suscita el asombro y despierta la inquietud que no fue sentida antes. «Dostoievski dice Stefan Zweig no aspira a la sociedad sino a la fraternidad universal». Al parecer, esta aspiración es compartida por el hombre común. Más aún: por el desharrapado que vaga sin término por calles y caminos, pues, decía Dostoievski «el vagabundo ruso se consuela pensando en la fraternidad universal». «Epiléptico, histérico, anormal, cargado de taras y de vicios, fue el mismo Dostoievski dice uno de sus biógrafos y su obra está llena de gérmenes malignos; pero, al mismo tiempo, de esa ciénega oscura brotan flores maravillosas e irradian claridades seráficas, que parecen venir de los cielos. Y, sobre todo, unos estremecimientos de amor, de ternura, de caridad». Aléksleyi Karamasov, el querido Alioscha; «era sencillamente un precoz amante de la Humanidad y si había seguido el camino del monasterio se debía a que era lo único que por entonces le había llamado la atención, mostrándole, por así decirlo, el ideal de un refugio para su alma, que pugnaba por salir de las tinieblas del mal mundano a la luz del amor». Los dos más grandes novelistas rusos y, probablemente también en el ámbito de la literatura universal, son, a la vez, dos hombres que viven en sí mismo el sufrimiento y los anhelos de la Humanidad. Leemos a otros novelistas muchas veces, con entrega total y con delectación, pero manteniéndonos objetivamente, en la esfera literaria. Con Tolstoi y Dostoievski, la creación artística es inseparable de la más profunda realidad humana que no sólo nos agrada sino nos conmueve como hombres, hermanos de todos los hombres. El político que hoy es impulsado por esa fuerza poderosa que asciende de su pueblo y lo cubre de aliento como un vaho embriagador e inasible, hasta el punto de erigirse como el líder más allá de las fronteras artificiales, hasta recoger el clamor del mundo amenazado por la muerte, es Mijail Gorbachov. El titulo de su libro Perestroika lleva por subtítulo: Nuevo pensamiento para mí país y el mundo. Eso lo dice todo. Al asumir el papel de líder mundial, no por designación de nadie sino por decisión propia, derivada de la toma de conciencia, inseparable del sentido de responsabilidad, el autor declara que su propósito es dirigirse a los pueblos de cada país, a los ciudadanos del mundo que, como él, «se preocupan por el futuro de nuestro planeta». «Queremos agrega un mundo libre de guerras, sin carreras armamentistas, armas nucleares y violencia». Y para los que vienen repitiendo frases hechas de hace un siglo: «Es cierto que el mundo ya no es lo que solía ser y sus nuevos problemas no pueden abordarse sobre las bases de pensamientos formulados en siglos anteriores». Gorbachov recuerda a todos que «la política debe basarse en realidades» y, además, que «todos somos pasajeros a borde de un barco, la Tierra». Cuando él se refiere a su propio país, empieza por un diagnóstico de esa realidad, y su lección es magistral para todos los países y todos los gobiernos. Algunas o muchas de sus afirmaciones son hechas con coraje, pues revelan errores, peligros o males que afectan a su país, dependiente de uno de los dos sistemas políticos en pugna. Algunas citas son instructivas a este respecto: «La riqueza de nuestro país, en términos de recursos naturales y mano de obra, nos ha echado a perder, incluso podría decirse que nos ha corrompido». «Las actitudes parásitas estaban aumentando». «Hemos fracasado en el uso a fondo del potencial del socialismo». «Se estimulaban los elogios y el servilismo y se ignoraban las necesidades y opiniones de la gente común». «El alcoholismo, la drogadicción y el crimen crecían(56)». Podríamos seguir adelante por este camino pero nos detenemos para formular una pregunta que envuelve una reflexión; ¿Por qué no hacen lo mismo los líderes de los grandes países y por qué no de los pequeños países, puesto que es un asunto elemental empezar por el principio? Obsérvese la oposición que hay entre lenguaje, ceñido a la realidad, transparente de verdad, y la retórica de los demagogos para quienes todo está bien y estará mejor mientras ellos sean los dueños del poder. Cuando Gorbachov dice «la gente, los seres humanos, con todas sus diversidades creativas, son los que hacen la historia», nos comunica algo que brota de sí mismo y no de una ideología, sea cual fuere, así como el afirmar que «cualquier trabajo que uno tome debe ser tomado y sentido con alma, mente y corazón». Más de un vez hemos clamado porque la ética y la política sean inseparables, y es con alegría que transcribimos esta afirmación de Gorbachov: «También debemos mirarnos a nosotros mismos para considerar si vivimos y actuamos de acuerdo con nuestra conciencia». La competencia y aun la rivalidad entre los países por razones ideológicas desaparecen cuando Gorbachov dice: «Dejen que cada uno haga su propia elección; la historia pondrá todo en su lugar». Por otra parte, dicta una lección más allá de las fronteras cuando dice: «La mayor dificultad de nuestro esfuerzo de reestructuración reside en nuestro pensamiento». Y añade: «Tenemos que cambiar esa forma de pensar». ¿Qué es lo que, en gran parte, gobierna el mundo? La respuesta es abrumadora: La inercia mental. La mayor parte de personas no piensan por su cuenta, no toma conciencia de las cosas, no ejerce el espíritu crítico, no cuestiona, no se adapta a las nuevas situaciones, a los nuevos aspectos de la realidad. Cuando Gorbachov dice que por primera vez veía en el gobierno gentes con rostros humanos «en lugar de esfinges con rostros de piedra», nos vuelve a nuestra realidad, hasta el punto que podemos preguntarnos: ¿Qué vemos nosotros? ¿Caras de piedra? ¿Máscaras? ¿Gestos para atraernos? ¿Movimientos teatrales? ¿Promesas incumplidas? ¿Retórica? ¿Demagogia? El autor transcribe una carta de una mujer de Leningrado: «Todos nosotros dice quienes estamos ayudándolo, debemos luchar contra cada manifestación de las odiadas prácticas antiguas, tales como el papeleo burocrático, la corrupción, el conformismo, la obsecuencia y el temor a las autoridades establecidas». El tema de la ética figura nuevamente aquí. Hombres y mujeres son los únicos agentes de todo lo que se hace en el mundo. ¿Son hombres y mujeres, efectivamente? Es decir, ¿son personas en las que se puede confiar? ¿Dicen siempre la verdad, cumplen la promesa hecha, son puntuales, responsables, sinceros? ¿No lo son? Entonces la comunidad está condenada al desastre. Un hombre, una mujer, es mucho más que un cuerpo y una conducta social. Es una mente, unos principios, una conciencia, una responsabilidad. Gorbachov lo dice de nuevo: «Lo que se necesita es un mayor orden, una mayor toma de conciencia, un mayor respeto mutuo y una mayor honestidad. Deberíamos seguir los dictados de nuestra conciencia». Es importante hacer notar que en gran parte de la obra y acaso en toda ella está presente la educación asociada a la política, en el más alto nivel. Hemos clamado insistentemente por esta fusión que fue efectiva en la Grecia clásica. Al apelar a la educación entretejida con la política, lo hacemos con la mirada puesta en el hombre, miembro y representante de la Humanidad. Pensamos en él y, por supuesto, en ese nido de seres humanos y fuente de la cultura que es la comunidad. El concepto de educación, libre del estereotipo escolar, se identifica con la dignificación de niños, jóvenes y adultos, a los que se trata de identificar consigo mismos, en relación con los demás. En Paideia, la hermosa obra de Werner Jaeger, encontramos la figura de una educación inseparable de la cultura que se proyecta sobre cada uno de los hombres, con la raíz hundida en la comunidad. «La educación participa en la vida y el crecimiento de la sociedad, son sus palabras así en su destino exterior como en su estructura interna y en su desarrollo espiritual. Y puesto que el desarrollo social depende de la conciencia de los valores que rigen la vida humana, la historia de la educación se halla condicionada por el cambio de los valores válidos para cada sociedad». La Paidea, según el autor, se identifica con la formación del hombre griego, en su carácter peculiar y en su desarrollo histórico. «No se trata de un conjunto de ideas abstractas sino de la historia misma de Grecia en la realidad concreta de su destino vital. Pero esa historia vivida hubiera desaparecido hace tiempo si el hombre griego no la hubiera creado en su forma permanente. La creó como expresión de una voluntad altísima mediante la cual esculpió su destino. A medida que avanzó en su camino, se inscribió con claridad creciente en su conciencia el fin siempre presente, en que descansaba su vida: la formación de un alto tipo de hombre. Para él la idea de la educación representaba el sentido de todo esfuerzo humano». Es fácil encontrar en cada página de
Perestroika una preocupación no sólo por la conducción de la comunidad si no por el
papel que le corresponde a cada hombre, a cada mujer, que La participación de los jóvenes en las organizaciones y las actividades que les atañen, y la elevación creciente de la mujer, son temas tratados preferentemente. «Hemos arreglado las cosas de tal manera que no se resuelva ningún problema importante para la juventud dice el autor sin tomar previamente en consideración la opinión de la Komsomol». «Los jóvenes deben liberarse de la tutela y supervisión mezquinas añade. Debemos enseñarles dándoles responsabilidades y confiarles cosas que exijan un esfuerzo verdadero». Sobre la mujer, sus conceptos son notables no sólo para su país sino para todos los países del mundo: «En la actualidad es imperativo para el país que las mujeres participen en forma más activa en el manejo de nuestra economía, en el desarrollo cultural y en la vida pública». «No prestamos atención a los derechos y necesidades específicos de la mujer, que surgen de su papel de madre y ama de casa y su función educativa esencial en lo que respecta a los hijos». «Hemos descubierto que muchos de nuestros problemas, en la conducta de los niños y de los jóvenes, en nuestra moral, cultura y producción, en cierta forma derivan del debilitamiento de los vínculos familiares, y de una actitud indolente hacia las responsabilidades familiares». «Desarrollamos acalorados debates en la prensa, en las organizaciones públicas, en el trabajo y en el hogar, sobre la cuestión de qué deberíamos hacer para que la mujer pudiera volver o dedicarse a su misión puramente femenina». «Las mujeres, cuya misión natural es preservar y continuar la raza humana, son las más generosas y abnegadas campeonas de la idea de la paz». Una lección para los políticos contrahechos por una ideología: «Cada pueblo y cada país tiene su vida propia, sus propias leyes, sus propias esperanzas y errores, sus propios ideales. Esa diversidad maravillosa necesita ser desarrollada y no sofocada. A mí me enferman los políticos que intentan enseñar a los otros cómo vivir y qué política deben desarrollar». «Los intentos de imponer determinada visión bajo presión militar, moral, política y económica están hoy pasados de moda». Gorbachov habla de «un nuevo pensamiento político». ¿Por qué, nuevo? Porque la realidad es siempre nueva pues está sometida a cambios continuos; porque el cambio es una condición del Universo, por lo cual, quienes se mantienen invariables e inflexibles, sobre todo en el campo político, resultan desadaptados, anacrónicos y peligrosos. He aquí por qué, el autor de Perestroika toma cuenta del mundo y se dirige a todos sus habitantes para decirles, entre otras cosas, lo siguiente: «La gente está cansada de tensiones y confrontaciones. Prefiere buscar un mundo más seguro y confiable, un mundo en el que cada uno pueda preservar sus puntos de vista filosóficos, políticos e ideológicos, y su forma de vida propios». Acaso la invocación suprema, en medio de esta maraña de concepciones, de doctrinas y de ideologías, sea ésta: ¡Seamos más naturales! Dejemos esos artificios que se tornan peligrosos cuando se pretende regir con ellos la vida humana. No descendamos de las nubes a la tierra sino partamos de ella para diseñar las formas de la vida colectiva. ¿Hay algo más natural que la familia y quienes la integran? Un hombre y una mujer se unen por simple hecho de que él es un hombre y ella, una mujer. Se atraen mutuamente. Se unen. Constituyen un hogar. Tienen hijos, hermanos entre sí. El hogar está completo. El padre puede ser ateo, agnóstico o creyente. La madre profesa una determinada religión o, excepcionalmente, ninguna. Los hijos siguen las huellas de los padres y eligen, quizás, una línea propia cuando crecen y se tornan adolescentes y jóvenes. Desde luego, hay normas, patrones de conducta, principios, costumbres. Nadie tiene el derecho de obligarlos a vivir de acuerdo con tales o cuales ideas. ¿Por qué no se ha de partir de este núcleo humano, el más natural de todos? ¿Por qué no se ha de aspirar, por lo menos, a que la gran comunidad, a la que pertenecemos todos, tenga en sí las notas sustantivas de una familia y que, dentro de ella, cada uno tenga el derecho, que nadie concede sino que es inherente a la naturaleza humana, de creer, de pensar, de elegir, pero con la firme convicción de que sin él la comunidad no sería nada? «Las naciones del mundo se parecen hoy a un grupo de alpinistas sujetos todos por una misma cuerda. Sólo pueden, o bien trepar juntos hasta la cima de la montaña, o bien caer juntos al abismo». Estas son palabras de Gorbachov, así como las siguientes: «Por primera vez en la historia, el basar la política internacional en normas morales y éticas comunes a todo el género humano y el humanizar las relaciones interestatales se ha convertido en un requerimiento vital». «La seguridad universal estriba, en nuestro tiempo, en el reconocimiento del derecho de cada nación para elegir su propio camino de desarrollo social». «Algunos postulados que parecían inconmovibles antes, deberán abandonarse». «La columna vertebral de esa nueva forma de pensar es el reconocimiento de la prioridad de los valores humanos o, para ser más precisos, de la supervivencia de la humanidad». «Creo que la política que no demuestra preocupación por el futuro de la humanidad y esa preocupación debe ser una marca distintiva de cualquier intelectual verdadero es inmoral y no merece respeto». «Estoy convencido de que la raza humana ha entrado en una etapa en la que todos dependemos de los demás. Ninguna nación o país debe ser considerado en forma aislada de los otros, ni mucho menos enfrentado a otros». |
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