En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO

 

V

Formas de la Sociedad y del Poder


No hay una explicación racional para la constitución de formas propias de la coexistencia humana. La más ligera indagación acerca de la causa de tal o cual morfología nos llevará a la imposición despótica, a la superstición o la creencia desligada del conocimiento.

La nota que encontramos con frecuencia en las organizaciones primitivas es el imperio de la tradición. Ella puede llevarnos muy lejos, tanto que acaso nos permita aproximarnos a la horda sub-humana, desprendida de la horda animal.

Paul Chauchard nos alcanza algunos datos acerca de este tema: «Los animales tienen su dominio dentro del cual viven, y la exclusividad de la propiedad es obtenida mediante la fuga refleja del intruso». El autor se refiere también a la jerarquía, a la dominación del déspota y a las manadas dirigidas por un jefe.

Hay, sin embargo, una contradicción entre este aserto: «Como lo hemos dicho varias veces, la sociedad no es nada y el individuo lo es todo», y este otro: «Los dos hechos en que todo sociólogo debería meditar incesantemente son la total deshumanización del niño-lobo y la total humanización del primitivo cultivado. Lo específico del hombre, ese espíritu del cual está tan orgulloso, se lo debemos a la sociedad que nos transmite la adquisición de las generaciones pasadas».

Ahora bien, en la horda sub-humana es posible advertir también la reserva de un territorio, la autoridad del jefe y una probable jerarquía.

Se habla con frecuencia de «la condición humana», referida muchas veces a los menos dotados, a aquéllos que sólo ven el lado menos atractivo de las cosas y que están prontos a señalar los fracasos en vez de los aciertos, a negar cualidades y a poner piedras en el camino.

Se podría hablar también de la condición sub-humana, que hubo cuando la mente estaba nublada y eran imposibles la visión y la perspectiva y, mucho menos, la comprensión de las cosas y la previsión del futuro.

El grupo dependía entonces de todo, menos de sí mismo. La necesidad de ser llevado y traído, de seguir el camino indicado al abrigo de peligros, y de enfrentarlos con posibilidades de éxito, sólo podía ser satisfecha por un jefe al que era preciso seguir a ciegas, porque de él, de su sagacidad y valor, dependía la supervivencia del grupo.

En buena cuenta, la única individualidad era la del jefe.

En él se encarnaba todo el grupo, con sus necesidades, sus deseos, sus temores. Junto a él había algunos allegados, embrión de una jerarquía. El brujo, que no tardó mucho tiempo en aparecer, completó el staff de esa organización primitiva.

Puesto que el jefe encarna al grupo, lo preside y lo dirige, hay una brecha entre él y los miembros de la tribu. Es la separación marcada por el poder.

Por lo que se ve, el poder es consustancial al grupo, que gusta verlo encarnado en una persona. Esta posesión del poder, pasado ya un largo período desde la época cavernaria, tuvo, en muchos casos, un límite marcado por la muerte, sin que fueran raros la burla y el escarnio, en torno a un fantoche.

En el prefacio del compendio de La Rama Dorada, su autor, Sir James George Frazer, se refiere a la costumbre «de condenar a muerte a los reyes, ya al término de un plazo fijado o cuando su salud o energía empieza a decaer». «En el poderoso reino medieval de los jazares, en la Rusia del Sur, los reyes eran condenados a muerte, ya a la terminación de un plazo determinado, ora cuando alguna calamidad pública, como sequía, carestía o derrota en la guerra, indicaba una quiebra de sus poderes naturales. En Bunyoro (África) se escogía un rey de burlas en el que se suponía encarnaba el rey difunto que cohabitaba con sus viudas y después de reinar una semana era estrangulado. En el antiguo festival babilonio de Sacaea vestían con el ropaje real a un rey de burlas, le dejaban gozar de las concubinas del verdadero rey y después de reinar cinco días, le desnudaban, azotaban y mataban».

Sin embargo, como dice Frazer, «Los reyes fueron reverenciados en muchos casos, no meramente como sacerdotes, es decir, como intercesores entre hombre y dios, sino como dioses mismos capaces de otorgar a sus súbditos y adoradores los beneficios que se creen imposibles de alcanzar por los mortales»(17).

El jefe primitivo alcanza, con el desarrollo del grupo, hasta convertirse en una vasta comunidad, un poder omnímodo que lo convierte en un déspota. Ya no es el jefe al servicio de la comunidad. Es, más bien, la comunidad al servicio del rey.

La separación entre el gobernante y su pueblo es completa.

Como dios que es o, por lo menos, elegido por él y, en cierto modo, su representante, pertenece a una estirpe que debe mantenerse incontaminada. La transmisión hereditaria del poder es una consecuencia lógica y lo son también la dignidad de la familia real, la aristocracia, los privilegios, también hereditarios, y numerosos patrones sociales y culturales.

Es posible observar que la hinchazón del poder encarnado en una persona es parte de un mundo de relaciones, de convenciones y costumbres que van parejas con la mentalidad reinante.

Se piensa y se procede así porque está establecido de esa manera por la tradición que cuenta con el apoyo de la rutina y la inercia moral.

El imperio de la Naturaleza en el ser humano, especialmente en el aspecto sexual, es disimulado con reglas tan variadas como los pueblos, que se complacen en los requisitos y las ceremonias.

Cuando ese poder, aún embrionario durante la infancia, se revela en la pubertad, pórtico de la adolescencia, y nos empuja hacia otro ser, el deslumbramiento, la desazón y el deleite que sentimos nos dicen que no estamos solos, que somos parte del cosmos, que nuestra vida fluye de una fuente inagotable, circula con nuestra sangre, alienta nuestro pensamiento y está en la raíz de la poesía, de la literatura, del arte y de la floración humana capaz de atraer y de perdurar.

La actitud que asume, las formas que adopta y las medidas que aplica la sociedad frente al poder de la Naturaleza que la rebasa, puesto que actúa en la raíz de sí misma, son tan variadas y a veces arbitrarias y aun absurdas, según los pueblos y el grado de su desarrollo, que distan mucho de la racionalidad, aunque se advierte, en la mayor parte de los casos, una inclinación creciente hacia ella y la estabilidad.

A este respecto, es preciso decir que hay, en primer término, el poder de la Naturaleza, superior a cualquier otro, que actúa dentro del hombre y fuera de él; en segundo lugar, el poder de la Especie, continuación de aquél, que se identifica con el conocimiento, como lo dijera Francis Bacon hace cuatrocientos años, poder que se concreta en la ciencia y la tecnología (18); el poder económico que gobierna a los pueblos y a los individuos y que actúa muchas veces entre bambalinas; y, por último, el poder político, que arraiga con la educación.

Era natural que, al principio, hubiese una promiscuidad casi sin limitaciones y, como consecuencia lógica, la filiación materna.

Posteriormente, la promiscuidad cesa y la unión de hombres y mujeres se sujeta a determinadas normas. En muchos países, sobre todo en aquellos de clima cálido, cubiertos de bosques y bordeados por el mar, el amor se manifiesta sin trabas durante la adolescencia y sólo después se cumplen las reglas que rigen el matrimonio. Quizá se encuentre allí «la vida natural», la felicidad que perseguía Bentham, al abrigo de las turbulencias del mundo.

Sin embargo, la ilusión de un paraíso escondido se esfuma cuando leemos las descripciones y los relatos de algunos viajeros que han visitado las islas del Pacífico.

Robert Louis Stevenson, que eligió finalmente la isla de Samoa para vivir y morir en ella, nos habla de la transición de la belleza seductora del cielo y el mar a los tabúes, las preocupaciones y el temor a la muerte de los habitantes: «A las tres de la madrugada, el aire era suave y perfumado. De cuando en cuando, una polea chirriaba como un pájaro. Del lado del océano, el cielo brillaba con tantas estrellas y el mar aparecía iluminado por sus reflejos». Cuando se vuelven los ojos a la tierra, surgen los problemas de la despoblación, las prohibiciones absurdas pues las mujeres no debían comer tocino ni cocinar en el fuego encendido por el varón. Además, el hombre vive angustiado con la idea de la muerte y su impotencia ante las enfermedades y su extinción progresiva(19).

Paul Gauguin abandona sus comodidades y el ambiente refinado de París, para entregarse a pintar en Tahití. Es la obediencia a una poderosa voz interior.

El artificio de una sociedad que indignaba a Rousseau había terminado por fatigar a Gauguin, ansioso de la paz, la belleza y las costumbres sencillas de los habitantes en una isla lejana.

Él permanece fiel a su destino, pero no puede escapar a «la condición humana» en la isla encantada o en la ciudad deslumbrante, en condición que es la nuestra, la de todos y no sólo de los menos dotados, que nos exalta y nos deprime, que nos aflije con enfermedades y temores, que acuna a la muerte hasta que un día y una hora, entre los días y las horas innumerables, se cierra el ciclo al poner el punto final.

El acatamiento de este género de reflexiones y, posteriormente, la admisión de una doctrina como la verdad revelada, habría de llevar a muchos a una renunciación de las satisfacciones corporales y aun a la mortificación del cuerpo para alcanzar la salvación del alma.

Desde luego, el cuerpo debe sustraerse a las miradas del propio sujeto y el baño queda poco menos que excluido.

Cuando los españoles reconquistan Córdoba, una de sus primeras medidas es la clausura de no menos de cincuenta baños públicos.

El ascetismo es incompatible con la limpieza corporal y los anacoretas recurrían al agua sólo para beberla. Bertrand Russell nos refiere que «San Abraham el eremita, en los cincuenta años que vivió desde su conversión, se rehusó terminantemente a lavarse la cara o los pies. Se dice que era una persona de singular belleza, y su biógrafo, algo extrañamente, cuenta que su rostro reflejaba la pureza de su alma. San Amón nunca se vio desnudo. Una famosa virgen llamada Silvia, aunque había cumplido sesenta años y pese a que sus enfermedades eran consecuencia de sus hábitos, se negó resueltamente a lavarse parte alguna de su cuerpo excepto los dedos. Santa Eufrasia ingresó en un convento de 130 monjas que nunca se lavaban los pies y que temblaban ante la sola mención del baño»(20).

Havelock Ellis hace notar que «el cristianismo fue esencialmente una rebelión contra el mundo clásico, contra sus vicios y virtudes concomitantes, contra sus prácticas, sus costumbres y sus ideales. Fácilmente hubieron de convencerse los cristianos que el culto del baño era en realidad el culto de la carne.

Por profunda que fuera su ignorancia en materia de anatomía, fisiología y psicología, tenía motivos innegables para saber que es una zona fronteriza sexual, y que todo aquello que produce su pureza y su brillantez, es una apelación directa, más fuerte o más débil, según los casos, a las pasiones con que luchaban tenazmente»(21).

Desde la aparición del cristianismo hasta hoy, la lucha entre el imperio carnal y el ascetismo religioso no ha tenido tregua. La historia de santos y monjes, de tentaciones y demonios, es interminable.

Muchas veces, este poderoso impulso natural, sofrenado día a día por una convicción religiosa y una voluntad vigilante, encuentra una forma de evadir el cerco, por una de aquellas «trampas de la fe» a la cual se refiere Octavio Paz en la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz y que se puede hallar también en San Juan de la Cruz.

Cuando Sor Juana dedica un poema a Cristo Sacramentado, el amor ambiguo, ya que el alma no puede sustraerse al imperio de la carne en que está presa, se diluye en términos apasionados, no por espirituales menos humanos:

Amante dulce del alma,
bien soberano a que aspiro,
tú que sabes las ofensas
castigar a beneficios
divino imán en que adoro:
hoy que tan propicio os miro,
que me animáis la osadía
de poder llamaros mío.

Aunque otras veces la confesión de amor es transparente:

Amor empieza por el desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruegos.
doctrínale tibiezas y despegos,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.

¿Quién que lea a San Juan de la Cruz no sentirá arder dentro de sí la dulce llama del amor, aquí, en esta tierra, apenas imaginadas la serenidad del cielo y la transparencia del alma?

Entrádome ha la esposa
En el ameno huerto deseado
Y a su sabor reposa,
El cuello reclinado
Sobre los dulces brazos del Amado.

¡Oh noche que guiaste
Oh noche amable más que el alborada,
Oh noche que juntaste
Amado con Amada
Amada en el Amado transformada!
El aire del almena
Cuando yo sus cabellos esparcía
Con su mano serena
En mi cuello hería
Y todos mis sentidos suspendía.

El conflicto está planteado, pues las religiones rechazan, generalmente, las complacencias de la carne, que se oponen a la pureza del espíritu.

Cuando Sócrates y Platón se desprenden de ese mundo poético poblado por Zeus, el omnipotente; Hera, «la de los brazos de nieve»; Iris, la dulce mensajera; Atenas, «la diosa de los ojos glaucos»; un mundo en que aparecía en su cuna de brumas, la Aurora «de rosados dedos», y Apolo disparaba sus flechas de oro (basta leer la Ilíada y la Odisea); cuando los filósofos se alejan del gimnasio en el que se contempla la belleza corporal y se reverencia a Homero, para concebir a Dios, sobre la pluralidad de los dioses, y al ser humano como una dualidad de cuerpo y alma, en ese momento se hiere de muerte al mundo clásico, del que habría de salir otro mundo, diverso y aun opuesto, en un juego dialéctico penoso pero inevitable.

Esta conversión que lamentaba Nietzsche, señalándola como un signo de decadencia de la cultura griega, había de extenderse y arraigar y fructificar hasta hoy, en que la dialéctica se impone otra vez ya no como antítesis sino como síntesis.


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