En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

EMILIO BARRANTES REVOREDO

 

VI

La Cultura, un Tesoro Humano

 

Por encima de naciones y Estados, de organizaciones sociales y partidos políticos, de fronteras y constituciones y leyes, de ciclos culturales, de ideologías y doctrinas, está el Reino de la Naturaleza, de cuyo seno hemos surgido, al que pertenecemos como un portento y un milagro cotidiano, al que debemos la vida misma, el cobijo y el sustento y cuyo poder nos rige más que las leyes de los hombres, insignificantes y fugaces ante tanta magnificencia.

¿Cómo surgió de este Reino, ese mundo humano que es la cultura?

Hemos visto ya que ese prodigio es obra de la inteligencia. Apenas se insinúa la vida mental surge la capacidad de observar, de distinguir, de imaginar. Las cosas están allí, pero sólo pueden ser útiles si se las modifica para adaptarlas a la satisfacción de una necesidad.

Sin embargo, esa capacidad no está igualmente repartida. Hay quienes han sido favorecidos más que otros. Es un individuo, el primero, que toma una piedra, la mira, la toca, le da vueltas y la golpea con otra piedra, y otra vez, y continúa con otra piedra, una y otra vez, y así hasta obtener un resultado satisfactorio, como ya lo dijimos antes.

Otros imitan la tarea. Los aprendices se multiplican y las piedras convertidas en utensilios, también.

Ha nacido algo más que un tipo de actividad. Ha nacido la cultura.

Este embrión alcanza un desarrollo prodigioso, pero el esquema se repite indefinidamente.

Aun a riesgo de incurrir en reiteraciones, es preciso decir que la génesis de la cultura y su continuo enriquecimiento, es una obra predominantemente individual. Es cierto que ella sería imposible sin la existencia de un agrupación humana que mantiene vivo y uno el conjunto de las aportaciones, el cual constituye el ambiente propicio y estimulante, favorable al ejercicio de la inteligencia, al vuelo de la imaginación y de la creatividad.

He aquí por qué la primera característica de la Cultura que, a nuestro juicio, se puede destacar, es la hominidad, un neologismo derivado de homo, hominis, hominización, que significa la calidad humana.

Desde el tiempo más remoto, hay un precursor y un realizador en cada caso, un conjunto de aprendices y de imitadores, una Escuela y un beneficio creciente para la comunidad.

Cuando se pasa de la Prehistoria a la Historia, el enriquecimiento y el avance de la Cultura están asociados a nombres ilustres.

Seguramente no ha habido ninguna época en el mundo occidental comparable a aquella de la Grecia Clásica, semillero de genios y de asombrosas realizaciones que perduran y viven, cuando otros pueblos lo hacen suyos, adaptándolas a su particular manera de sentir, de pensar y de actuar.

La filosofía nace en Grecia porque los Presocráticos, Sócrates mismo, Platón y Aristóteles construyen pacientemente el prodigioso edificio.

El Hombre nace allí también y su más caro tesoro es la Libertad. Con el Hombre nace el Verbo. Y, además, surge el Hombre Moderno. Es aquel que no está atado a una monarquía, que no depende de un déspota, que no está alimentado por la superstición y el temor y que, a diferencia de los bárbaros, va a viajar y estudiar las costumbres de otras gentes y a recoger mitos, leyendas y hechos.

Herodoto es no sólo el padre de la Historia, como se viene repitiendo, sino también de la Antropología cultural.

Solón va también a la caza de conocimientos y cuando visita a Creso, rey de Lidia, ufano de sus riquezas por las cuales se considera feliz, le dice que mientras se vive la felicidad es insegura «como el parabién y la corona del que todavía está peleando», según refiere Plutarco.

Cuando Creso es derrotado por Ciro, quien lo condena a la hoguera, exclama ¡Oh, Solón! y Ciro, al conocer la causa de esta exclamación, le perdona la vida.

La democracia nace en Grecia y es Solón, precisamente, quien la delínea y afirma con leyes.

Sería inútil detenerse en esta relación de obras fundamentales y decisivas, no sólo para Grecia sino para la Humanidad, pero ellas tienen la paternidad de individualidades que brotaron del seno de una comunidad sin paralelo posible. No vamos muy lejos, por tanto, si afirmamos que la poesía es Homero; la Tragedia,

Esquilo, Sófocles y Eurípides; la Medicina, Hipócrates; la Matemática, Tales de Mileto; la Fábula, Esopo.

El Renacimiento, ese retorno a la cultura clásica, tiene en Leonardo, en Miguel Angel, en Rafael, el ápice viviente de ese momento histórico. Sin ellos y sin los que dieron su cuota de grandeza como Maquiavelo y Bembenuto Cellini, el Renacimiento sólo habría sido un episodio de inquietud intelectual, de interés por los modelos de Grecia y de Roma y de disolución de las costumbres.

Significativamente, la parte segunda de la obra de Burckhardt sobre la Cultura del Renacimiento en Italia, lleva como título Desarrollo del individuo y, a continuación, El Estado Italiano y el Individuo y la Perfección de la Personalidad.

Según Burckhardt, la subjetividad permanecía latente en medio de las organizaciones sociales antes del Renacimiento. Con él, en cambio, «Se yergue, con pleno poder, lo subjetivo: el hombre se convierte en individuo espiritual (48)».

«Dante encuentra una patria nueva en el lenguaje y la cultura de Italia. Pero va más lejos aún cuando afirma que su patria es el mundo. Con elevada entereza subrayan los artistas su libre superioridad sobre todo accidente de lugar».

«Sólo quien todo lo ha aprendido –dice Ghiberti– no es en ninguna parte un extraño; aunque se le prive de su fortuna, aunque se le encuentre sin amigos en cualquier ciudad donde resida y pueda aguardar sin miedo las vicisitudes del destino será siempre un ciudadano».

En esta exaltación de la individualidad, no es exagerado afirmar que la historia de la Filosofía es la historia de los filósofos. La historia del Arte es la historia de los artistas. La historia de la Historia (Shotwell) es la historia de los historiadores.

La segunda característica de la cultura es la continuidad.

Es cierto que cada unidad cultural cumple un ciclo, pero sus mayores aportaciones son adaptadas por otros pueblos que las transmiten, a su vez, a otros pueblos, y así sucesivamente.

La Historia de la Cultura, que es la historia por antonomasia, nos presenta esta continuidad de las realizaciones desde la piedra labrada hasta la electrónica, desde los dólmenes y palafitos hasta el Partenón y la catedrales góticas; desde las primeras palabras hasta los Diálogos de Platón, como ya se ha dicho.

Tomemos una historia de la Filosofía. Empieza con los Presocráticos y continúa con Sócrates, Platón, Aristóteles, para pasar luego a los padres de la Iglesia y seguir con Descartes y una relación de filósofos hasta Heidegger, como si cada uno hubiese empezado por beber en la fuente de sus predecesores para añadir luego sus propias aportaciones.

Esta continuidad es más notaría aún en el campo de la Ciencia que empieza con los primeros atisbos de la realidad y continúa con una creciente aprehensión de conocimientos y su aplicación que ya es propia de la tecnología.

Cada descubrimiento, cada experimento, cada invento, añade un eslabón a esta cadena, una nueva estancia a este edificio inacabado, como decía Oppenheimer.

A la par, la técnica, que se deriva de la ciencia, avanza con un ritmo prodigioso y está transformando el mundo. La comunicación favorece el conocimiento mutuo de los pueblos y determina la independencia. El aire es cada vez más el sustento de las naves que antes se deslizaban por la tierra y por el mar. La electrónica permite el viaje a la Luna y la exploración de los planetas de nuestro sistema solar. Los robots reemplazan progresivamente a los obreros y los pone a salvo de las operaciones peligrosas.

En el campo del Arte, la línea continúa desde los dibujos en las cavernas hasta las creaciones de los grandes Maestros; desde la primera elevación de la voz y el primer sonido de una caña hueca, hasta el arte de Bach y Beethoven; desde los monolitos de autores anónimos hasta las obras de Fidias y Miguel Angel, al decirlo reiteradamente.

Sin embargo, esta continuidad se vincula, paradójicamente, con la variedad.

Cada artista, en cada país, en cada momento, hereda, interpreta y crea.

La tercera característica de la cultura es la vitalidad. Los aportes de los pueblos antiguos, aun de los remotos, viven, en cierta medida, gracias a las nuevas generaciones. Ese mundo humano se enriquece y renueva constantemente porque es a manera de un organismo pleno de vida. La democracia griega es la democracia inglesa, francesa, latinoamericana. Las ideas que surgieron en otros pueblos y otras épocas presiden la vida intelectual de sucesivas generaciones que las han hecho suyas y, al hacerlo, las han adaptado a su medio y a su tiempo.

La cuarta característica de la Cultura es la universalidad. Su definición como mundo humano lo dice todo. En él se advierte, sobre su esencial unidad, una gama de variantes y de grados tan grandes como los pueblos que cobija.

Desde las formas primitivas que se mantienen aun en zonas relativamente aisladas, hasta las otras, cuyo refinamiento es notorio en las grandes ciudades; desde la estabilidad de una parte hasta el cambio permanente en otra; desde la nota alegre y expresiva de las regiones meridionales que se vierte en la canción, las danzas y las más diversas manifestaciones artísticas, hasta la mesura dominante en los países nórdicos, la Cultura es profundamente humana.

La interrelación y, en cierta medida, la interdependencia de los pueblos en materia cultural, es evidente.

Las lenguas abandonan su aislamiento para dar y tomar palabras y, a través de ellas, conceptos. El cine, la televisión y la radio proyectan imágenes y noticias, canciones y mensajes, para todos en todas partes.

La cultura, en fin, es nuestra porque es universal.


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