En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO

 

IX

Los Conflictos Inevitables

 

Ante el impulso de la Naturaleza, que no encuentra obstáculo en la fauna y la flora, la sociedad actúa para detenerlo, desvirtuarlo o someterlo a ciertas condiciones.

Desde luego, la religión que marca una línea de separación entre la carne y el alma y que remite a una vida ultraterrena la realización plena del hombre, no sólo desdeña el cuerpo sino lo señala como una fuente de incitaciones peligrosas, contra las cuales hay que mantenerse en guardia.

Los santos viven en lucha permanente con las tentaciones y van más lejos al atormentar la carne, al mortificarse con el ayuno y las incomodidades.

Sería inútil detenerse en algunos casos ilustrativos que todos conocen, sin olvidar otros, diversos y aun contradictorios.

En un estudio de Robert Briflault sobre el sexo en la religión, se nos recuerda la licencia en los ritos de Babilonia, la libertad predominante en Grecia y aun en Roma, la vinculación entre las faenas agrícolas y el libertinaje en muchos pueblos y la representación de actos sexuales en los templos de más de un país oriental de alta cultura(26).

«Los hombres ven en la sexualidad –nos dice Alain Daniélou– el principal instrumento con que la Naturaleza trata de esclavizarnos. Los templos se cubren de imágenes eróticas porque el hombre debe ser puro, debe estar libre de inhibiciones antes de poder captar los secretos del conocimiento. Las representaciones eróticas que ornan los templos hindúes tienen un valor mágico y educativo. Toda la evolución y todas las formas de la vida erótica aparecen en estas esculturas».

En la China antigua, las niñas no eran bienvenidas, a diferencia de los varones, y no era raro que los padres las pasaran a otras manos, como si se tratase de una carga inútil.

En numerosos países, la joven era prácticamente vendida, puesto que para obtener el asentimiento de los padres, había que prodigar los obsequios, tanto más valiosos cuanto eran mayores los méritos del bien requerido.

La subordinación de la mujer al hombre era universal y aún lo es en menor medida actualmente.

En pueblos de la más alta cultura como Grecia, el fenómeno se mantuvo en desmedro de la mujer. Como se sabe, en Atenas ella fue relegada al gineceo. Su misión era casi exclusivamente maternal. Aristóteles advertía acerca del peligro de despertar su sensualidad. Además, no le estaba permitido asistir a la comedia.

En la refinada sociedad francesa de Luis XIV, la subordinación de la mujer al hombre se mantuvo, hasta el punto de que los padres decidían todo lo referente al matrimonio de sus hijas.

En el teatro de Molière, el amor contrariado por la autoridad paterna se repite con frecuencia y es casi un leit motiv en la historia familiar de la sociedad europea y de gran parte del mundo.

La moral victoriana impuso la represión sexual y la gazmoñería como una nota infalible en las relaciones entre hombres y mujeres.

Durante el largo reinado de la reina Victoria, todo un mundo social y cultural debió vivir bajo el imperio de rígidas normas morales en abierta contradicción con la naturaleza humana.

D.H. Lawrence irrumpió en ese mundo pacato con El Amante de lady Chatterley, al que escandalizó por su audacia erótica, pero al que fue convenciendo poco a poco de la letigimidad de esta insurrección de una naturaleza contrariada sistemáticamente por una acumulación de prejuicios.

Sigmund Freud abrió de par en par las puertas de una estancia hasta entonces cerrada contra viento y marea, llena de supuestos, de convenciones y de cosas imaginarias.

Freud reveló nuestra naturaleza, específicamente, nuestra naturaleza animal. Somos ante todo un organismo, ahíto de sensualidad. Sentimos antes que pensamos. El dolor, el placer, el gusto, el disgusto, el deseo, el rechazo, la simpatía, la antipatía, alternan en nosotros. Somos impulsados con fuerza irresistible hacia el otro sexo, sin que falten las desviaciones y variaciones, y un mundo subterráneo permanece firme y pertinaz en cada uno de nosotros, con mayor poder que la esfera iluminada de la conciencia.

La reacción inmediata ante la revelación de este mundo invívito en cada uno de nosotros, fue el escándalo, la condena, la negación. El hombre ideal había desaparecido. Los niños ya no eran los pequeños ángeles de las oraciones y las leyendas. La mujer y el hombre se inscribían en un mundo de instintos y apetitos, de deseos, de impulsos, de reacciones. La cultura era un tejido de contrarios en el cual se podía advertir el acicate de la necesidad y el esfuerzo de la imaginación. Al amor platónico sucedió la atracción sexual, y al mundo de las ideas el de las cosas concretas.

Por supuesto, Freud significó un descubrimiento, una revelación y una posición extrema. Posteriormente, los estudios, los análisis, las críticas, se multiplicaron, pero quedó en pie la tesis fundamental y el método surgido con la tesis: el psicoanálisis.

La «sublimación» freudiana en el campo psicológico es semejante a la superestructura marxiana en el campo social.

Si el paralelo pudiese continuar, el psicoanálisis como método debería ir acompañado con el análisis social.

El Psicoanálisis de la Sociedad Contemporánea de Erich Fromm debe ser citado a este respecto.

El conflicto entre la Naturaleza y la sociedad se revela en los casos innumerables de la historia y de neurosis que conocemos gracias a especialistas en la materia. Freud considera «los síntomas históricos como efectos y restos de excitaciones que han actuado en calidad de traumas sobre el sistema nervioso». «Hemos hallado, en efecto, y, para sorpresa nuestra, al principio –dice Freud– que los distintos síntomas histéricos desaparecieron inmediata y definitivamente en cuanto se conseguía despertar con toda claridad el recuerdo del proceso provocador, y con él el efecto concomitante, y describía el paciente, con el mayor detalle posible, dicho proceso, dando expresión verbal al efecto»(27).

Wilhelm Stekel que cultivaba, según él, un psicoanálisis activo «enteramente distinto del psicoanálisis ortodoxo iniciado por Freud», nos ha proporcionando una larga casuística al respecto.

En general, ocurre que el niño o el adolescente, inmerso en el seno de un hogar y una comunidad con sello propio, realiza diversas actividades y siente de pronto que un poder superior a sí mismo lo impulsa hacia otro ser, al cual se entrega con el deslumbramiento, el arrobo y el goce que sería inútil buscar en otra parte.

Sin embargo, el mundo en medio del cual vive, es demasiado complejo. En él pululan, como parásitos y virus, los prejuicios, las supersticiones, los malentendidos, los temores, las prohibiciones.

Ante el impulso superior que mueve a unos y otros, la comunidad toma algunas precauciones y establece las reglas del juego.

Esas reglas varían de pueblo a pueblo y no están siempre de acuerdo con la realidad. En numerosos casos rige la tradición con su cortejo de convenciones y costumbres, aunque no tengan un sustento racional.


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