En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO

 

IV

La comunidad posible

 

La conclusión es lamentable: La comunidad, tal como la entendemos nosotros, no existe en la mayor parte de los casos. Quizá no exista en ninguno.

La realidad mundial es multiforme y cambiante. Alternan pueblos viejos y jóvenes; vertebrados y caóticos; vigorosos y débiles; igualitarios y estratificados; solidarios y desunidos.

En cada uno de ellos se cumple una suerte de sino histórico. Los pueblos jóvenes llegarán a ser viejos; los caóticos irán integrándose poco a poco y alcanzarán, en un momento determinado, la vertebración necesaria; los débiles se tornarán vigorosos. Pero en medio de estos cambios afortunados, es probable que se pase de la igualdad, todo lo relativa que se quiera, a la estratificación, y de la solidaridad a la incomunicación y la soledad.

¿Hasta qué punto es compatible la comunidad con el Estado moderno? Al Estado-ciudad de Grecia y Roma ha sucedido esta vasta extensión de pueblos y ciudades, cada uno con su individualidad, que, sin embargo, tienen el mismo gobierno y obedecen las mismas leyes.

Por otra parte, es notorio un proceso que tiende a la unidad. Los países pequeños tienen que ceder a los gigantes el papel protagónico en el escenario de la Historia. Rusia, Canadá, Estados Unidos, Brasil, sin olvidar a la China y la India tradicionales, se nos presentan como anticipos del Estado Universal.

Si la comunidad es compatible con la desmesura, también lo es con un sistema político que exalta la individualidad y, con ella, el egoísmo, aun sin pretenderlo; un sistema que propicia la competencia y permite la hostilidad; que, en la práctica, erige el valor económico sobre los demás y favorece la acumulación de riqueza en pocas manos, lo cual deriva en la pobreza de la mayor parte de los habitantes.

La masificación y el sistema liberal que, en el campo de la economía, concede el predominio al capital a costa del trabajo, son contrarios a la existencia de la comunidad.

¿La favorece, en cambio, el socialismo marxista? Allí donde se ha aplicado este sistema, invocando «la dictadura del proletariado» que es, en realidad, la dictadura del partido comunista, la concentración del poder, bajo la advocación del Estado, ha permitido la nivelación de la sociedad y, por tanto, la eliminación de los privilegios tradicionales, así como de la riqueza y la pobreza, características de la organización social durante toda la historia. En suma, ha sido posible la igualdad desde los puntos de vista económico, social y jurídico.

Sin embargo, el peso de la totalidad ha gravitado considerablemente sobre los individuos. La masa, que se invoca con frecuencia por algunos políticos, constituye un firme punto de apoyo para aquéllos que han podido desprenderse de ese bloque humano para dirigirlo de acuerdo con intereses públicos o privados. Pero en la masa se diluye la individualidad.

En general, el sistema socialista (del que hay variantes como el marxismo puro, el marxismo-leninismo, el maoísmo, el trotskismo, el polpotiano, el social demócrata, el social cristiano, etc.) puede permitir una aproximación mayor o menor a la comunidad, sobre todo si alcanza a eliminar los estratos sociales, la competencia y la hostilidad mutuas y la acumulación de riqueza y poder como meta de la actividad humana.

Es fácil situarse en un extremo u otro. Lo difícil es conciliar las dos categorías, al parecer, opuestas. Sin embargo, ambas son constitutivas de la misma totalidad, hasta el punto de que es

inconcebible considerarlas aisladamente. El individuo no existiría sin la comunidad, ni siquiera como ser humano, y la comunidad es la suma de individuos y algo más.

Sin lugar a dudas, lo primero es la comunidad, pues constituye la totalidad, el medio, el sustento y la fuente de humanidad. Fuera de ella no hay la posibilidad de existir. El niño-lobo es una prueba del fenómeno que ocurre cuando, a falta del medio humano, se cae en la animalidad.

Los individuos nacen y mueren. La comunidad se mantiene a lo largo del tiempo y, si se la puede llamar así, a pesar del orden natural que ha sufrido modificaciones mayores o menores en cada caso, es porque ella otorga una forma y un vínculo comunes a todos los que la integran.

La conclusión es que la comunidad humana, aquella que merece este calificativo no sólo por su constitución tradicional sino por la conciliación inteligente de las categorías extremas, se esfuerza por acrecentar el vigor de sí misma, adaptándose a las condiciones cambiantes y las circunstancias fortuitas que afectan también a las otras comunidades.

Debemos confiar en la evolución natural de las cosas. Es previsible la liberación progresiva del socialismo marxista que tuvo brotes infortunados en Hungría y Checoslovaquia, que defendió su autonomía y la autogestión en Yugoslavia, que acude a la perestroika en Rusia, Polonia, Hungría, Checoslovaquia y Alemania Oriental; con un nombre u otro; y es previsible también la socialización lenta pero segura en numerosos países cuyo sistema es la democracia liberal.

El sistema socialista tiene que recurrir a la iniciativa privada, en algunos casos, y permitir que se abran prudentemente las puertas y ventanas para que circule el aire; y el sistema liberal se verá obligado a frenar el egoísmo, a cerrar la brecha que separa a los pobres y los ricos (la riqueza y la pobreza son enfermedades de la sociedad) y a favorecer al máximo la participación solidaria de los ciudadanos en los asuntos que competen a todos y que no deben ser tratados sólo por un puñado de dirigentes, con el peligro del aislamiento, el abuso y la corrupción.

El imperativo de hoy es la síntesis: la conciliación de la comunidad y la individualidad; de la solidaridad y la libertad; de los intereses de todos y los intereses de cada uno.

¿Qué hacer para alcanzar alguna aproximación a la comunidad? ¿Qué hacer para retornar al ejercicio de la democracia directa, por lo menos en las bases, y culminar el proceso de la elección de los más capaces y honestos por medio de los delegados investidos de una auténtica representación popular?

En la Edad Media europea era indispensable pertenecer a un gremio. En nuestra época debería ser necesario integrar un grupo, sea cual fuere, por razones de profesión, oficio u ocupación. Convertido en un requisito legal, hasta el punto de que en los documentos oficiales figuren los datos de rigor y, a la vez, el relativo al grupo que integre el interesado, se podría partir de la base misma, mediante el ejercicio de la democracia directa superior a la democracia representativa, que sólo se llevaría a cabo al culminar el proceso.


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