| En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura | ||
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II Un caso concreto
Seguramente, el examen de una comunidad real, vigente en la historia, y cuya continuación, ya desvaída y menos vital ha llegado hasta nosotros, es más ilustrativo que cualquier suerte de consideraciones. Una comunidad capaz de perdurar durante siglos, aun bajo el dominio extranjero, empeñado en imponer un régimen semifeudal, fue el ayllu del antiguo Perú. En este caso, la necesidad de mantener la cohesión del grupo, se vio acrecentada por las dificultades del medio geográfico. El Perú es un país que conjuga el desierto con las altas montañas y la selva interminable, como si se hubiesen reunido por un designio extraño, al decir de algunos, la aridez del Sahara, la elevación del Himalaya y los cálidos bosques de una región africana. Generalmente, la comunidad, instalada en una parcela que es exclusivamente suya, vive del fruto de la tierra y apenas si se ve pertubada, a veces, por las inclemencias del tiempo o por la agresión de un grupo vecino. En el Perú, en cambio, había que luchar con un medio difícil, construir andenes en las faldas de los cerros, abrir canales en la roca viva, domesticar plantas y animales; en suma, transformar en un oasis ese trozo agresivo de la Naturaleza. Quizá por esta causa, el hombre se vinculó profundamente a la tierra. él no la vio objetivamente, como la ve un agricultor con un propósito exclusivamente utilitario. La Tierra, así, con mayúscula, fue para él la Madre primera, única, universal. El hombre andino, inmerso en su comunidad, se sentía también inmerso en la tierra. Él era un trozo de la Naturaleza, actuante y pensante. En cierto modo, no estaba desvinculado de las montañas, los manantiales y los ríos. Los veía casi como seres animados, a los cuales había que rendir el homenaje cotidiano de la reverencia y el amor. Así, pues, nos encontramos con la comunidad total, la comunidad de los hombres y la tierra. Los frutos de la Pacha Mama benefician a todos. El trabajo es común y la solidaridad no es un nombre sino una forma de vida. Los ancestros son comunes, también, como los dioses protectores. En cierto modo, los padres lo son de todos y los hijos son hermanos entre sí. Este no es un asunto exclusivo de sociólogos y antropólogos. Es una vivencia profundamente humana que se expresa en normas, costumbres, fiestas y ceremonias. La comunidad se gobierna por sí misma. La autoridad de los ancianos es respetada, y cuando se reunen los comuneros es para resolver problemas y adoptar decisiones. La comunidad, por tanto, es un mundo. Su símbolo podría ser la esfera. Su signo, las manos que se unen o que hunden la taklla en la tierra. En todo caso, la multitud que fluye del suelo como una fuente humana. El ayllu, naturalmente, tuvo un origen y se desenvolvió gradualmente hasta constituirse como una comunidad sólida y estable que después sufrió el embate de la conquista y el régimen de la Colonia, que la obligó a replegarse en sí misma y a perder parte de sus características. En 1924, Hildebrando Castro Pozo publicó su libro Nuestra Comunidad Indígena. ¿Qué había ocurrido en el seno del ayllu durante la Colonia y la República? ¿Cuáles habían sido los cambios impuestos por los regímenes que siguieron al Tahuantinsuyo? El autor informa que «cada comunidad conserva los recuerdos de su ascendencia y usan un solo patronímico». Según él, hay cuatro tipos de comunidades: agrícolas, agrícola-ganaderas, de pastos y aguas y de usufructuación, de las cuales la más numerosa es la primera. «La asamblea comunal compuesta de todos los indígenas comuneros con exclusión de los niños y adolescentes, en algunas comunidades, y de éstos y las mujeres casadas y solteras en otras, es el cuerpo deliberante, resolutivo y consultivo en que reside la soberanía del ayllu, cuyos mandatos o decisiones se encomiendan a los personeros que aquella nombra, a fin de que sean cumplidos», con lo cual funciona aquí la democracia directa, superior a la democracia representativa. Castro Pozo elogia la comunidad de Muquiyauyo, en el valle del Mantaro, como el prototipo de la comunidad andina que ha conservado «en toda su plenitud, las normas y prácticas institucionales de los ayllus agrícola-ganaderos», lo que no ha impedido su adaptación a una nueva realidad que se ha traducido en una actividad múltiple y fecunda, no sólo para sí misma, sino para los pueblos aledaños. «Dueño de una magnífica instalación o planta eléctrica en las orillas del Mantaro dice el autor por medio de la cual proporciona luz y fuerza motriz, para pequeñas industrias, a los distritos de Jauja, Concepción, Mito, Muqui, Sincos, Huaripampa y Muquiyauyo, se ha transformado en la institución comunal por excelencia». «La comunidad ha construido edificios para escuelas, favorece la educación de los niños y proporciona becas a los mejores alumnos»(16). |
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