| En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura | ||
| III
Carácter de la Comunidad
De la variedad de comunidades ha surgido el concepto de comunidad. Se la considera como un arquetipo, estática y perfecta. En realidad, está sometida a un proceso de cambio, porque nada ni nadie puede evitarlo y, además, las condiciones y circunstancias otorgan a cada caso una fisonomía particular. Los hombres primitivos que ambulaban en pos de alimentos, que recurrían a la piedra para forjar sus herramientas, que se defendían de la intemperie con la piel de un animal y el refugio de una caverna, mantenían, sin duda, una vigorosa cohesión, indispensable para sobrevivir. Cuando la agricultura, a la que nos hemos referido antes, fijó al hombre en la tierra, la cohesión del grupo no sólo se mantuvo sino aumentó por el influjo de la vida sedentaria y por el vigor de un nuevo vínculo, superior a cualquier otro: el sustento y la fuente de los alimentos al alcance de la mano. Es comprensible que en aquella época de iniciación y aprendizaje, el trabajo haya sido comunitario. Alrededor de él fue perfilándose un mundo de costumbres, de creencias, de ritos, de tabúes y de una cosmogonía. La parcelación de la tierra y la sustitución de la propiedad colectiva por la propiedad individual restó vigor a la comunidad, pero ella se pudo mantener mientras hubo un equilibrio entre las diversas parcelas. El peligro de la parcelación reside en el hecho de que uno u otro de los pequeños propietarios empieza a acumular tierras en desmedro de sus vecinos. La pérdida de la igualdad económica y social, el nacimiento y desarrollo del latifundio, la distinción de los hombres en amos y siervos, ponen término a la comunidad que es, fundamentalmente, una integración de iguales. La estructura social, de la que se habla tanto hoy, tiene raíces muy lejanas. Recurriendo a la historia, es posible distinguir algunas características de la comunidad que podríamos llamar «pura», independientemente de su inserción en un medio rural o urbano y de las variantes y vicisitudes propias de cada caso. La primera de las características de la comunidad es la naturalidad. Ella surge como un haz, al conjuro de necesidades fundamentales, de acuerdo con determinadas condiciones. La comunidad es una suerte de organismo, anterior a la teoría, a las decisiones de grupos o personas y a las prescripciones contenidas en un plan o un programa. Esta naturalidad se manifiesta en la organización, que ha ido surgiendo con la comunidad misma, en las costumbres y en las modalidades de la vida colectiva. La segunda característica es la vitalidad. Hay, a este respecto, dos tipos de agregados humanos: de una parte, el caos y la confusión de una etapa primaria en aquellos casos en que han confluido diversos elementos, cada uno con sus particularidades de sociedad y de cultura, elementos dispersos y, a veces, contradictorios entre sí, que alternan y chocan los unos con los otros, aunque tienden a confundirse, impelidos por una fuerza universal que tiende hacia la unidad; y del otro lado, un conjunto de seres atados a una vieja rutina, que constituye un «pueblo fósil», según Arnold Toynbee, cuyo destino es desaparecer. La tonalidad es evidente en el vigor, en las iniciativas, en las obras, en la creatividad. La tercera característica es la unidad. La auténtica comunidad es un bloque humano, con mayor integración de sus miembros que nunca. No sólo predomina el esprit de corps, que es evidente aun en sociedades marcadas por el individualismo y la toma de conciencia colectiva, sino la presencia viva de la totalidad en cada ser, hasta el punto de que la palabra integración queda desbordada por un fenómeno que empieza por el conjunto, con el máximo vigor, y no al contrario. La cuarta característica es la igualdad. No se trata, por supuesto, de una igualdad biológica y mental, que no existe. Cada ser humano es un individuo, singular entre los seis mil millones de habitantes de la Tierra, que después serán más. La única excepción está dada por los gemelos, idénticos o univitelinos. De acuerdo con esta realidad, que marca, en lo esencial, el destino de cada ser, la comunidad le ofrece una variedad de oportunidades para su realización personal. Se trata, por tanto, de una igualdad desde los puntos de vista económico, social y jurídico. La riqueza de unos y la pobreza de otros es inadmisible, así como el hecho de que por una parte haya un conjunto de privilegiados y que más allá se encuentran aquellos a quienes se han recortado sus posibilidades. La quinta característica es la solidaridad, implícita en la unidad y la igualdad. La solidaridad es, como ya se ha dicho, una manera de vivir en relación con los demás. Hay, de una parte, el aislamiento individual que, en algunas sociedades, ha llegado al extremo del encierro y la incomunicación. Cada familia es una isla. Cada ser humano es un solitario. Y aun en el torrente de las grandes avenidas, en medio de la multitud que ambula apresurada, cada uno está reducido a su soledad. En 1948, un comité de la Universidad de Yale recibió el encargo de efectuar un estudio a base de encuestas con ciudadanos de diferentes edades, sexo y estrato social en diferentes partes del país. El título de la obra que siguió a este estudio es significativo: The Lonely Crowd. Literalmente: La multitud solitaria. En los países que se citan con frecuencia como ejemplos de vida democrática, en el nivel de la más alta cultura, la incomunicación, manifiesta en las películas de Bergman, va a la par de la soledad. El individualismo exacerbado, en una sociedad que ha llegado a la cima y sigue la línea inevitable de la declinación; en una sociedad donde todo ha sido hecho y previsto y ya no hay lugar para la iniciativa, los intentos, los ensayos, la creatividad, y en la que, además, el refinamiento es como los colores irisados en una pompa de jabón a punto de estallar; allí no existen y, lo que es más grave, no pueden existir, el espíritu comunitario, la solidaridad y el afecto mutuo que unen más a los seres que todas las reflexiones filosóficas, los estudios científicos y el aparato de las leyes. De otro lado, existe la igualdad impuesta desde lo alto, en desmedro de la individualidad y la libertad. Ninguno de los dos extremos es conveniente. Aquél, porque se identifica con la vejez y la esterilidad; éste, porque impone un molde y pretende detener el curso de la historia. Así, pues, el reto para una sociedad vieja es rejuvenecerse. Esto es posible. No lo es en el caso individual. El Fausto de hoy invocaría en vano a Mefistófeles y sólo podría acariciar a Margarita en el mundo de los sueños. Hay dos caminos para el rejuvenecimiento de una sociedad: la emigración y la revolución. El primero de ellos se pudo efectuar en el siglo XVI, el siglo de las conquistas y los imperios coloniales. En la época actual, esa vía no existe. En cambio, el segundo es siempre posible. Bastaría citar el caso de China. Ayer, el Imperio Celeste, corroído por la arterioesclerosis secular; hoy, la joven China socialista. Cuando una sociedad ha tenido que entrar en un molde, el recurso aconsejable es salir de él poco a poco para respirar el aire a pulmón lleno y estirar los brazos y las piernas, para poder andar y discurrir por los caminos del mundo. Es lo que intentaron hacer Hungría y Checoslovaquia. Es lo que ha llevado a cabo Gorbachov, seguramente el político más importante a nivel mundial. |
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