En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO

 

III

La Caducidad de las Ideologías

 

José Ferrater Mora dice que «los llamados ideólogos partieron sobre todo de los análisis de Condillac. Por tal motivo, se interesaban primordialmente por el estudio del origen y constitución de las ideas.» He aquí por qué un autor habló de una ciencia de las ideas.

«La ideología –dice Ferrater– representa un modo de manifestarse, a través de ideas, la constitución interna de la sociedad y, por consiguiente, tanto una manera de conocimiento como una forma de ocultación. En efecto, la ideología, al tiempo que manifiesta la citada estructura interna (en la que están incluidas las aspiraciones) tiende a enmascararla».

Se trata, sobre todo, de un edificio intelectual con el que se pretende no sólo reflejar la realidad sino ofrecer el compendio para mejorarla.

La ideología empieza por sustituir a la realidad por un engendro político. Aunque se proclama superior a la concepción filosófica, está muy cerca de ella. Se inicia, efectivamente, con
una visión de la realidad, a la que sigue una pretendida aprehensión de la misma que trae consigo un remedio eficaz para sus males.

El carácter subjetivo de la ideología niega su validez. En este caso no se trata de un estudio de la realidad, de una investigación rigurosa, de un trabajo interdisciplinario que terminaría con la formulación de un diagnóstico, de un plan y de un programa, sino de un conjunto de ideas con mayor o menor coherencia, sugeridas, a juicio del ideólogo, por una determinada realidad.

La pretensión de su acierto va acompañada de su exclusividad. Aunque su punto de partida es una visión personal, se la presenta como la expresión misma de la verdad que niega validez a cualquier otra ideología, a la que es preciso recurrir como la panacea universal.

Mientras que la realidad, a la que se pretende servir, está en trance de evolución permanente, la ideología se mantiene invariable.

La ideología no es una teoría que, por ser tal, parte de la realidad a la que puede volver cuantas veces sean necesarias para comprobar su fidelidad, su temple y eficacia. Es más bien una fórmula que pretende agotar la realidad, de la que se presenta como un sustituto, lo cual es inadmisible.

Como si esto fuera poco, la ideología apunta a la acción, pues está saturada de política.

Puesto que se la exhibe como la fórmula única, quienes la adoptan se entregan a ella, renuncian a su capacidad de estudiar, de comparar, de verificar y de elegir.

En buena cuenta, se reducen a la pasividad intelectual y actúan como sectarios que abominan del diálogo, repiten consignas y se encierran en un callejón sin salida.

Se ha repetido que la ideología es un enmascaramiento de la realidad. También lo es de los hombres que están detrás de ella.

Cuando, apartando los ojos del membrete que designa la ideología, se mira a las personas que la utilizan como escudo y la agitan como bandera, la revelación es inquietante.

¿Por qué no examinamos a los hombres que reclaman nuestro apoyo, en vez de dejarnos atraer por una ideología?

No son las palabras, ni siquiera los conceptos, ni aun el tejido de ideas los que deben decidir el ejercicio de la política.

La realidad está ahí y no hay que mirarla con ojos ajenos ni tratar de comprenderla con frases hechas. Es el medio geográfico, es la historia, la estructura social, las necesidades de los hombres y no el señuelo inventado por alguien y utilizado por un grupo para encumbrarse en el poder.

Las ideologías, puesto que han sido imaginadas por algunos, van unidas a ellos, convertidos, en muchos países en imágenes veneradas a las que se rinde culto y cuyas palabras son repetidas, aunque hayan pasado cien años o más de su desaparición física.

Nada permanece sin modificación a lo largo del tiempo, salvo la ideología. Ocurre, entonces, que entre ella y la realidad, a la vez que pretende expresar y servir, hay una separación cada vez mayor que termina por ser un abismo.


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