En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO

 

II

Cultura e Individualidad

 

Una colmena humana es como un río que fecunda la tierra. El alimento, la vivienda, el vestido, el transporte y los más variados utensilios y servicios, sin los cuales no es posible vivir, los debe la comunidad a esa legión de hombres y mujeres que trabajan cotidianamente, a veces hasta el cansancio y que, en numerosos casos, son explotados y menospreciados.

Si primero es vivir, como decían los romanos, ellos deberían estar en la primera línea del reconocimiento, la retribución y la garantía del Estado.

Gracias a ellos, la Historia nos puede mostrar ese maravilloso mundo humano que es la cultura, poblado de personalidades que han contribuido a ensancharlo y enriquecerlo. Junto a ese mundo, la sociedad es la anécdota.

Grecia es, para nosotros, la cultura clásica y una constelación de genios, Roma es evocada como un imperio cultural, antecedente del mundo moderno, en el que brillan, sobre todo, César y Virgilio, por encima de proezas bélicas y episodios pasajeros.

La herencia que nos ha sido otorgada no consiste en festines ni en nombres de mercaderes ni en convenciones sociales, sino en relaciones que han contribuido a elevar y ennoblecer la vida humana.

Los pueblos que no sólo permanecen como una identidad definida sino como benefactores de otros pueblos por la excelencia de su obra, continúan viviendo, en cierto modo, a través de sucesivas generaciones que han hecho suyos los aportes heredados, pues una particularidad de la herencia histórica es su adaptación al carácter de cada grupo y a las condiciones determinadas por el medio y el tiempo, en cada caso.

Cuando se trata de la convivencia humana, son fundamentales la Democracia, creada por los griegos, y el Derecho, instaurado por los romanos.

A pesar de los siglos transcurridos, la democracia continúa siendo el gobierno de la mayoría, como en la época de Pericles.

La definición del Derecho es más difícil. Eduardo García Maynez, notable en el campo de la Filosofía Jurídica, nos habla acerca de la dificultad del tema en su obra La definición del Derecho.

«Kant decía –recuerda el autor– que los juristas buscan todavía una definición del derecho».

Para García Maynez, el derecho no es indefinible sino que su definición es metajurídica.

«Cabe discutir si sus preceptos son normas auténticas o, por el contrario, exigencias más o menos arbitrarias; –continúa el autor– mas nadie duda de que sean reglas de orden práctico, es decir, principios cuyo sentido estriba en ordenar la conducta de los hombres. Siempre podrá el derecho ser referido al concepto de regulación u ordenación, y sólo quedará por determinar la índole de la regulación jurídica y las diferencias entre ella y otras legislaciones análogas, como los convencionalismos sociales, la moral, la religión, etc.

En realidad, todos los autores admiten que el derecho es una regulación del proceder de los hombres en la vida social y sólo discrepan en lo que atañe a la naturaleza de los preceptos jurídicos(53)».

Por lo tanto a pesar de los cambios efectuados y por efectuarse, la democracia permanece como el gobierno de la mayoría, y el derecho, como la regularización del proceder humano en la vida social.

Las lenguas romances a las que prodigan vida diversos pueblos en gran parte del mundo, llevan dentro de sí las significaciones cambiantes de vocablos griegos y latinos que continúan existiendo como signos mágicos para la interrelación de los hombres, para su expresión y las exigencia de las ciencias y la tecnología, de la filosofía y las artes, de la política y la educación.

Los poemas homéricos son inmortales, aunque la Hélade haya desaparecido. Los Diálogos de Platón continúan en la cumbre de la sabiduría humana, el Renacimiento y el Humanismo son un ampo de resplandor inextinguible. Y el Arte florece para el goce del mundo.

No hay mayor timbre de gloria para un pueblo que haber dado la vida a un gran hombre. A veces nos sentimos tentados a citarlo e identificarlo con el pueblo mismo del que surgió y cuyas virtualidades encontraron en él una expresión y un poder de fecundidad inextinguibles.

En un momento dado, ¿resumimos la maternidad gloriosa y el brillo inmarcesible de la Italia prodigiosa?: Dante, Francisco de Asís, Leonardo, Miguel Angel, Galileo.

En cierto modo, la excelsitud de Inglaterra resplandece en Shakespeare, la de Alemania, en Goethe.

Cuando la admiración brota dentro de nuestro ser; cuando, gracias a ella, ascendemos a una esfera superior; cuando fulgura ante nosotros una sonata, un poema, un cuadro, está detrás un individuo, una personalidad, un hombre.


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