| En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura | ||
| II
Aproximación a la Cultura
Mientras los chimpancés y otros animales acuden a los objetos que se les presentan para resolver los problemas, como ya se dijo, el hombre, en una época remota, empieza por modificar los objetos, haciéndolos aptos para la satisfacción de sus necesidades. El resultado es un utensilio, distinto del instrumento y superior a él. «Un utensilio dice Viaud es algo más que un instrumento simple, del tipo de los que utilizan los monos: es un objeto trabajado, transformado, de manera que puede ser utilizado cómoda y eficazmente para cumplir cierto tipo de acción. Y añade: la inteligencia práctica del hombre se caracteriza esencialmente, como lo ha demostrado Bergson, por el utensilio». El hombre que coge una piedra, la contempla, le da vueltas entre sus manos, mira sus ángulos, sus protuberancias, no está procurándose un juguete. La relaciona, más bien, con una necesidad y aquí interviene una operación mental imagina la forma que esa piedra debería tener para satisfacerla. Finalmente, realiza la acción imaginada y convierte el proceso mental en acción. La piedra se convierte entonces en utensilio y así empieza una serie interminable abonada por la inteligencia en uso de la libertad. Mientras las sociedades viven de tradiciones y convenciones y son muchas veces obligadas a adoptar una forma u otra por la presión del poder, por los intereses de grupo, por ideologías y creencias, la cultura es a manera de una proyección del hombre, en trance permanente de comprensión y creación. La historia es, esencialmente, la historia de la cultura, de la aplicación del talento a la conversión de las cosas, a su humanización. Es la saga de la creación que cubre todos los campos en las más diversas formas, muchas veces insólitas y desconcertantes. Y es, al mismo tiempo, la historia de la Libertad. La Historia como hazaña de la Libertad fue el título de la edición en lengua española de una obra de Benedetto Croce que originalmente fue identificada como La Storia come pensiero e come azione y que en la edición inglesa llevó el título de History as the story of liberty. En suma, se trata, conjuntamente, de la Historia del Hombre, de la Cultura y de la Libertad. Una trilogía inseparable porque no se concibe ninguna de estas categorías separada de las otras. Para Benedetto Croce, «el hombre es un microcosmos, no en el sentido natural, sino en el sentido histórico, un compendio de la Historia universal y la historia no llega a nosotros de afuera sino que vive en nuestro interior». De Croce son también estas palabras: «Que la historia es la historia de la libertad es dicho famoso de Hegel. El dar por muerta la libertad vale tanto como dar por muerta a la vida. La moralidad no es más que la lucha contra el mal. Y el mal es la continua insidia contra la unidad de la vida y, a la vez, contra la libertad espiritual(39)». La cultura es un continuum, por encima de las fronteras y los comportamientos-estanco, temporales y afectados por el artificio. El utensilio que empieza con la piedra, sigue con los metales, continúa con la fabricación de máquinas, cada vez más complicadas y eficientes, y culmina hoy con la electrónica, la informática, la computación, la robotería. El dibujante de la caverna de Altamira tiene sucesores que se van multiplicando y cuyas obras llegan a veces a la perfección. La cultura se aviva como una llama merced al soplo de un hombre, aun en las peores condiciones. Bajo el poder absoluto de un monarca, al que le basta una orden para cegar una vida; en medio de una sociedad agobiada por superticiones y prejuicios; allí donde el fanatismo ha encendido una hoguera, un hombre sueña con la libertad, escribe un poema, esculpe una estatua, añade palabras al vocabulario habitual, piensa y sueña porque nadie puede impedirle que piense y sueñe, refugiado en su mundo interior. La cultura se extiende y enriquece a pesar de los obstáculos, porque vive y alienta dentro del hombre, porque hay allí, y no en otra parte, la fuente de las concepciones y las realizaciones, la llama siempre viva del hogar humano. Si quisiéramos recurrir a una imagen, la encontraríamos en un torrente que, al encontrar un obstáculo, traza meandros hasta que pueda abrir un lecho y continuar su flujo, a veces como torrente impetuoso, otras, como linfa clara que se desliza lentamente por una verde llanura. Se habla con frecuencia de diversas «culturas». En cada una de ellas se distingue un carácter, un sello, un conjunto de aportes singulares. La cultura egipcia, la cultura caldea, la cultura persa, la que surgió en Grecia, la que tuvo su centro en Roma, la que floreció en América del Sur, fueron formas de la Cultura humana. En todas ellas como se dijo, se advierte la impronta de la mente del hombre; en todas ellas es evidente la respuesta a un reto, la creación y la adaptación a determinadas condiciones y circunstancias; en todas ellas es notoria la tónica de un ambiente que envuelve a todos los seres y los hace suyos, de generación en generación. Como se sabe, la palabra «cultura» tiene más de una acepción y es frecuente referirse a ella como la cima del mundo humano. Los griegos llamaban bárbaros a los pueblos que no compartían su cultura, y cuando se crean instituciones dedicadas a favorecerlas, se entiende que se trata de un alto nivel en que se encuentran, preferentemente, el arte y la literatura, la ciencia y la filosofía. Jaeger, en su obra Paideia, dice lo siguiente: «Hoy estamos acostumbrados a usar la palabra cultura no en el sentido de un ideal inherente a la Humanidad heredera de Grecia, sino en una acepción mucho más trivial que la extiende a todos los pueblos de la tierra, incluso los primitivos. Así, entendemos por la cultura la totalidad de formas y manifestaciones de vida que caracterizan un pueblo. La palabra se ha convertido en un simple concepto antropológico descriptivo(40)». |
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