En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO


IV

Las Afinidades Naturales

 

En las Afinidades Electivas de Goethe, Eduardo y Carlota comparten su vida, como esposos que son, en medio de la abundancia, pero también tocados por la soledad que a veces interrumpe las visitas de vecinos y amigos. Eduardo insiste en atraer al Capitán con el que pasó días muy felices, y Carlota se esfuerza por convencer a Otilia, una linda muchacha, protegida suya, para que deje el internado y vaya a vivir con ellos.

Ambos alcanzan lo que desean y, con el correr de los días, Eduardo y Otilia se sienten mutuamente atraídos, así como Carlota y el Capitán.

Esa atracción se acentúa hasta el punto de que Carlota debe acudir a su dominio sobre sí misma, y el Capitán se aleja a tiempo, pero el amor de Eduardo por Otilia crece como un incendio y sólo termina con la muerte de ambos.

Es natural que Eduardo se sienta deslumbrado y cada vez más atraído por una bella muchacha que, además, obedece al mismo impulso, que se adapta a sus costumbres y trata de complacerlo, porque ella ve también en él aquello que le faltaba; y es natural que Carlota y el Capitán sientan una atracción mutua que desborda el marco del matrimonio, institución a la cual ella está obligada y que él respeta por ella misma, por su amigo y por la acogida que se han servido dispensarle.

Al parecer, las afinidades, en este caso, no son electivas sino enteramente naturales. La elección implica un razonamiento previo, una comparación de las ventajas y las desventajas y una decisión que se traduce en hechos.

La afinidad natural, en cambio es una suerte de atracción que actúa por sí misma, independientemente de la voluntad de las personas que se sienten, más bien, arrastradas por una fuerza que tiende a unificarlas, a pesar de las convenciones sociales, porque esa fuerza es una manifestación del imperio de la Naturaleza.

Sin embargo, la afinidad de los elementos químicos que figura en la novela, es un punto de apoyo para una conclusión diferente. La definición que da el Capitán no deja lugar a dudas. «Llamamos afines aquellas naturalezas que al encontrarse rápidamente hacen presa una de otra y de un modo recíproco se influyen».

Es inevitable que, al abordar este asunto, nos encontremos de pronto con el movedizo y complejo mundo de la psicología.

Las diferencias individuales constituyen un axioma desde el punto de vista psicológico. Asombra el hecho de que cada ser humano sea único, aunque millones de ellos pueblan la tierra. Se ha dicho que ni dos gotas de agua son iguales y Montaigne ha llegado a afirmar que la diferencia entre un hombre y otro hombre es mayor que entre un hombre y un animal.

Es interesante observar que, pese a estas diferencias o, precisamente, a causa de ellas, unos y otros se siente atraídos entre sí, al margen de la reflexión y la voluntad.

Conviene a nuestro propósito, referirnos a un hecho previamente a las afinidades mismas.

Nadie puede dudar del dominio del código genético. Una simple observación a lo largo de nuestras relaciones, por fugaces que ellas sean, nos permiten distinguir el talento de unos y la limitación mental de otros que se revelan principalmente a través del lenguaje, como lo hace notar Klages.

La agilidad mental, la rapidez de la comprensión, el uso de las palabras adecuadas, la fluidez de la expresión, la adaptación inmediata a ambientes y situaciones distintas que van más allá del influjo de un medio determinado o del contacto con otras culturas y otras gentes y aún más allá de la educación misma, nos revela sobre todo, una capacidad natural que no se manifiesta en otras personas.

Ocurre lo mismo cuando se habla con razón, de un poeta o de un filósofo o pintor o un músico «nato». Esta palabra lo dice todo. La intuición del médico, del político, del científico es, también, un don de la Naturaleza. Las cualidades extraordinarias que estudia la parapsicología tienen el mismo sello. Y el genio, al que nos referíamos antes, constituye, quizá, la prueba más convincente a este respecto.

La Caracterología nos proporciona una prueba más en apoyo de esta tesis. Los temperamentos sanguíneo, melancólico, colérico y flemático, admitidos desde antiguo, y los tipos pícnico y leptosomo de Kretschmer a los que corresponden los temperamentos ciclotímico y esquizotímico, no son productos de la sociedad y la cultura sino de la Naturaleza.

La afinidad es, generalmente, una suerte de vínculo natural entre dos personas que han sido dotadas igual o semejantemente desde su nacimiento, aunque en numerosos casos se trata, más bien, de una suerte de compensación o complementación necesaria y, por lo tanto, difícil de eludir.

La Historia nos ofrece ejemplos muy ilustrativos al respecto. Es difícil encontrar una afinidad como la que hubo entre Sócrates y Platón, hasta el punto de que no se sabe qué es lo que pertenece al uno y al otro, pues la esencia y la trama filosófica son de ambos, sin distinción posible.

En este caso, la afinidad fue no sólo una atracción mutua dada por el genio, sino una extraordinaria identidad de ambos en la concepción del mundo y del yo.

Si Sócrates era el Maestro de tan grande virtud intelectual que su personalidad y su obra dividen la historia de la filosofía en dos etapas, antes de él y después de él, Platón era el discípulo capaz de fijar en la palabra escrita y a través del diálogo, inseparable de la reflexión compartida y la búsqueda fervorosa de la verdad, el pensamiento de aquél, que andaba por las calles, alejándose muchas veces de la irascible Xantipa, hasta encontrar un interlocutor inteligente con quien dialogar.

Sócrates ha sido, sin duda, el más grande educador del mundo occidental, a la vez que «un santo de la historia de la filosofía», como dice Jaspers.

Erasmo de Rotterdam se dirigía a Sócrates como a un dechado de santidad: Sancte Sócrates, ora pro nobis. Y Platón, en una de sus cartas, dice: «mi querido y viejo amigo Sócrates, a quien no temo proclamar el hombre más justo de su tiempo».

La vida y la muerte de Sócrates superan ampliamente a la palabra escrita –como se sabe, él no dejó ni una sola línea–. El testimonio de su pensamiento nos dice que la filosofía no era, en su caso, un ejercicio de la inteligencia sino una función vital.

¿Cómo era Sócrates? ¿Quiénes pudieron verlo y acompañarlo en la aventura de abrir un camino y discurrir por él?

En El Banquete, Alcibiades, que había interrumpido el diálogo de sus amigos en torno al amor, al llegar embriagado y con grandes voces, es invitado a hacer el elogio de Sócrates, presente allí y lo compara «a esos silenos que hay en los talleres de los escultores, que modelan los artífices con siringas o flautas en la mano y que al abrirlas en dos se ve que tienen en su interior estatuillas de dioses pues, cuando se escucha a tí -dice, mirando a Sócrates- o a otro contar tus palabras, quedamos transportados de estupor y arrebatados por ellas. Muchas son, sin duda, las otras y admirables cosas que se podrían alabar en Sócrates; pero sí entre sus demás acciones tal vez las haya semejantes a las que se podrían citar de otras personas, en cambio, el no ser semejante a ninguno de los hombres, ni de los antiguos ni de los que ahora viven, es digno de toda admiración».

En Critón, Sócrates, ya en prisión y seguro de que va a ser condenado a muerte, recibe la visita de uno de sus discípulos, Critón, precisamente, quien lo insta a fugar con ayuda de sus amigos, para salvar su vida. Sócrates, que no acude a la razón sino que es la razón misma, en carne y en espíritu, le replica de este modo: «La Patria es más digna de respeto que la madre, el padre y los antepasados todos».

Si aceptara la propuesta de Critón, las leyes, es decir, las normas que presiden la vida ciudadana, le dirían según él, «Sócrates, obedécenos y evita el ridículo que harías saliendo de la ciudad, pues es evidente que también tus amigos correrían el riesgo de ser desterrados y quedar privados de sus derechos civiles o perder su fortuna».

«En cuanto a ti si vas a alguna de las ciudades más cercanas, llegarás a ellas como enemigo de su régimen de gobierno, todos cuantos miran por el bien de la ciudad te verán con desconfianza, por considerarte un violador de las leyes y harás buena la opinión de tus jueces. Y siendo esto así ¿huirás de las ciudades de buenas leyes y de los hombres más honestos? Y si obras así, ¿Valdrá la pena vivir?».

Su defensa ante los jueces terminó con estas palabras: «Yo he de marchar a morir y vosotros a vivir. ¿Sois vosotros o soy yo quien va a una situación mejor? Eso es oscuro para cualquiera, salvo para la divinidad».

En Fedón, ya habiendo muerto Sócrates, se habla acerca de sus últimos momentos. Fedón dice a su amigo Equícrates: «Tan tranquilo y noblemente moría, que se me ocurrió pensar que no descendía al Hades sin cierta asistencia divina, y que al llegar allí iba a tener una dicha cuan nunca tuvo otro alguno».

Sócrates, rodeado por alguno de sus discípulos, se mantiene sereno y dialoga con ellos como lo hacía siempre, esta vez sobre la muerte y el alma. «Y qué no es otra cosa que la separación del alma y del cuerpo? ¿Y qué el estar muerto consiste en que el cuerpo, una vez separado del alma, queda a un lado solo en sí mismo, y el alma al otro, separada del cuerpo y sola en sí misma? ¿Es acaso la muerte otra cosa que eso? ¿Y no se da el nombre de muerte a eso, precisamente, al desligamiento y separación del alma con el cuerpo? ¿Y no sería ridículo que un hombre que se ha preparado durante su vida a vivir en un estado lo más cercano posible al de la muerte, se irrite luego cuando le llega ésta? Pues, afirma, «los que filosofan en el recto sentido de la palabra se ejercitan a morir».

«Así, pues, me pareció que era menester refugiarme en los conceptos y contemplar en aquellos la verdad de las cosas» –dice Sócrates– «puesto que nuestros sentidos llaman a engaño». La reminiscencia de vidas anteriores y la reencarnación posible constituyen puntos de mira para Sócrates, pues, «si el alma existe previamente y es necesario que, cuando llegue a la vida y nazca no nazca de otra cosa que de la muerte. Luego, cuando se acerca la muerte al hombre, su parte mortal perece pero la inmortal se retira sin corromperse, cediendo el puesto a aquella».

Sócrates, finalmente, llama al que debía darle el veneno. «Y bien, buen hombre, tú que entiendes de estas cosas, ¿qué debo hacer?» –le pregunta–. «Nada más que beberlo y pasearte hasta que se te pongan las piernas pesadas, y luego tumbarte. Así hará su efecto» –es la respuesta.

Sócrates bebe la cicuta tranquilamente. Hace como se le había indicado. Sus amigos no pueden contener las lágrimas.

«Qué es lo que hacéis, hombres extraños» –les dice– «Si mandé afuera a las mujeres fue por esto especialmente para que no importunasen de este modo, pues tengo oído que se debe morir entre palabras de buen augurio. ¡Ea! pues, estad tranquilos y mostraos fuertes».

Platón es, como se ha dicho más de una vez, el filósofo por antonomasia. Se lo mira de lejos, como una cima, y quienes tuvieron la capacidad de trazar una línea de su superación humana, partieron de él para continuarla con Leonardo y Goethe.

Whitehead dice que la filosofía es una serie de acotaciones a Platón y Jaspers confiesa que, después de haberse alejado un paso, es preciso volver a él una vez y otra vez.

Platón es la síntesis y la exaltación de una cultura, la más fecunda y preclara de que se tenga noticia en Occidente, en el momento en que el apogeo había de ceder a la declinación inevitable y la maravillosa unidad del ser se convertía en una dualidad de cuerpo y alma, precursora del Cristianismo.

En la célebre alegoría de la caverna, «imagínate una caverna subterránea –nos dice– que dispone de una larga entrada para la luz a todo lo largo de ella, y figúrate a unos hombres que se encuentran ahí ya desde la niñez, atados por los pies y el cuello, de tal modo que hayan de permanecer en la misma posición y mirando tan sólo hacia adelante, imposibilitados como están por las cadenas de volver la mirada hacia atrás. Pon a su espalda la llama de un fuego que arde sobre una altura a distancia de ellos, y entre el fuego y los cautivos un camino eminente flanqueado por un muro, semejante a los tabiques que se colocan entre los charlatanes y el público para que aquellos puedan mostrar, sobre ese muro, las maravillas de que disponen».

«Observa ahora a lo largo de ese muro unos hombres que llevan objetos de todas las clases que sobresalen sobre él, y figuras de hombres o de animales, hechas de piedra, de madera y de otros materiales.

– ¿Crees, en primer lugar, que esos hombres han visto de sí mismos o de otros algo que no sea las sombras proyectadas por el fuego de la caverna, exactamente en frente de ellos?

– Esos hombres tendrán que pensar que lo único verdadero son las sombras.

– Considera la situación de los prisioneros, una vez liberados de las cadenas y curados de su insensatez. ¿Qué crees que podría contestar ese hombre si alguien le dijese que entonces sólo veía bagatelas y que ahora, en cambio estaba más cerca del ser y de objetos más verdaderos?».

La singularidad de Platón consiste no sólo en la primacía, la amplitud y la profundidad de su obra, si no en su interés por la política y la educación, pues quería contribuir a la mejora de los hombres y hubo de poner en peligro su vida misma, cuando llevado por esta pasión, viajó a Siracusa para inducir al tirano Dionisio a poner en práctica las ideas que él había presentado especialmente en La República y las Leyes.

¿Qué unió a Sócrates y Platón para siempre? Fue el genio, ciertamente, pero un genio dotado para aprehender la esencia de los seres y las cosas, con el acicate de favorecer el avance del hombre.

Entre fines del siglo XI y principios del XII, en una ciudad de Italia del Medioevo europeo, un joven se divierte y derrocha dinero a manos llenas. Le llaman, por esta razón, «cesta agujereada».

Su padre es un rico mercader, duro de corazón, y su madre es una mujer bondadosa que alguna vez sufrió una perturbación mental y fue detrás de un ermitaño. Su hermano perdió la razón a fuerza de beber. De su amor por Clara no hay casi noticias.

Un día, entre otros, se sintió enfermo. Y todo ese mundo de placeres, que compartía con otros jóvenes como él, se esfumó ante el ímpetu de una inquietud creciente por la búsqueda del camino que lo conduciría hacia Dios.

A partir de ese momento, el joven que esparcía dinero en todas partes, se fue convirtiendo en un alma atormentada dentro de su propia carne, cada vez más débil, dolorida y sangrante, que no conocía límites para el sufrimiento y que repetía incesantemente las palabras amor, amor, amor.

Amó profundamente, con una entrega total, no sólo a los hombres si no a los animales, a las plantas, a los astros, en una comunión universal con el hermano Sol, la hermana Luna, la hermana agua, el hermano pájaro y la hermana hoja, desprendida del árbol y ya sin vida.

Ha habido muchos ascetas y las religiones han sido las fuentes de renunciaciones y martirios en Oriente y Occidente, pero es difícil encontrar una vida semejante a la de Francisco de Asís, el pobrecillo que canta y danza y mira con ojos límpidos el prodigio del mundo y duerme en el suelo y tiene una piedra por almohada y echa cenizas en su pobre alimento y se refugia en una choza o asciende a una cumbre inclemente para ser herido por el viento helado a través de sus harapos, mientras dice sus parábolas o llama a las aves y las flores a entonar su Himno al Sol.

¿Quién lo indujo a este cambio del placer por el dolor, de las comodidades y el lujo de una mansión por el helado refugio de una caverna, del ambiente familiar por la soledad y el desamparo?

¿Cómo se desbordó ese amor hasta abarcar el Universo? ¿Por qué fue su entrega total, más allá de la capacidad y la resistencia humanas, a una doctrina de amor y de renunciación a los apetitos de la carne?

El Cristo de Francisco no es aquél que dijo: «no penséis que vine a meter paz en la tierra; no vine a meter paz sino espada», sino el Jesús del Sermón de las Montaña y de las Bienaventuranzas. Francisco transformó en vida el verbo del evangelio que se hizo en su ser llama de amor y luz y linfa clara.

En la América conquistada y sometida al imperio español, la libertad había llegado a ser un vivo anhelo para un puñado de criollos conscientes de su postergación y atentos a los estallidos de la Revolución Francesa.

El régimen impuesto a sangre y fuego no podía tolerar el más débil asomo de disconformidad. Para él, no había un crimen mayor que la rebeldía contra el Rey, un rey lejano de un país remoto, pero presente a través de su representante, de funcionarios y de ceremonias.

A pesar de todo, las conspiraciones y levantamientos terminaron por convertirse en una guerra entre «peninsulares» e «insurgentes» que se extendió por todas partes pero que alcanzó en Venezuela su máxima intensidad, como si fuese un incendio incontenible, del que surgió un héroe fulgurante, Simón Bolívar, el Libertador por antomasia.

El no fue sólo un hombre de guerra. Caudillo, político, estadista, escritor, orador, vidente, no hubo en su tiempo y no hay aún en el nuestro, nadie que pueda comparársele, y es imposible que su gesta pueda repetirse, porque no se concibe siquiera la posibilidad de que alguien derrote al poderoso opresor de un continente y devuelva la libertad a cinco colonias, convertidas en repúblicas, y sueñe con unirlas, en medio de la incomprensión, la ignorancia y la mezquindad que lo condujeron a la muerte.

Así, pues, aunque Bolívar hubo de alternar con personas notables, ninguno puede ser considerado cuando se trata de una afinidad natural, si se tiene en cuenta la plenitud de la intuición política, la pasión generosa, la capacidad creadora, la voluntad y el coraje a toda prueba, y es preciso pensar que alguien se sintiera atraído por él, que compartiera sus ideales, se adaptara a su carácter y permaneciese junto a él con lealtad ejemplar, como el mejor de sus discípulos. Ese hombre fue José Antonio de Sucre.

Este es, también, un caso ejemplar de afinidad natural.

De un lado está Bolívar, el genio de América, que se ha entregado a la lucha por la Libertad, como no lo ha hecho nadie, con una visión de continente y de futuro; del otro lado está Sucre, honesto a carta cabal, íntegro y recto, en el que se conjugan la prudencia y el coraje y que ve encarnada en Bolívar la idea de la Libertad. Su entusiasmo por la gesta revolucionaria y su admiración por el héroe, lo llevan junto a él y se convierte en un ejecutor irreemplazable que culmina su obra al lado del Libertador con el triunfo de Ayacucho y la creación de Bolivia.

La afinidad de Manuelita Sáenz y Bolívar se podría reducir a la atracción recíproca entre una mujer y un hombre, si se tiene en cuenta que él era un enamorado constante de la Mujer, con mayúscula, y ella, un ser apasionado, capaz de echar por la borda prejuicios y ataduras sociales cuando sentía, precisamente, el impulso del amor al rojo vivo. Sin embargo, hay algo más.

Manuelita se sintió atraída, sobre todo, por el genio de Bolívar, por sus hazañas, por el halo de gloria que iba con él a todas partes. Al unirse a su héroe, le fue fiel en todo momento y le salvó la vida cuando un grupo de conjurados irrumpió en sus habitaciones con el propósito de matarlo.

En Bolívar visto por sus contemporáneos de José Luis Busaniche,(12) se dedican algunas páginas a las relaciones de Manuelita con el Libertador.

Bolívar entraba triunfante en Quito después de la victoria de Pichincha cuando «sintió caer sobre su cabeza una corona de laurel» y, al levantar la mirada, «vio una hermosa dama que con el fulgor de sus ojos negros hizo bajar los suyos», refiere Ml. J. Calle.

Poco después, en el baile, le fue presentada al Libertador «la señora Manuela Saénz de Thorne», pues era esposa del médico inglés Dn. Jaime Thorne. Bolívar reconoció en ella a la linda mujer que le había arrojado desde el balcón una corona de laurel. Y desde ese momento –dice Calle– «abandonando hogar, familia, pisoteando las leyes del honor y atropellando toda consideración social, esta mujer se unió a Bolívar y dióse a seguir los pasos del gran hombre, compañera de sus días de gloria y de sus horas de desaliento».

Sobre su coraje y desprecio por las convenciones sociales, bastan unas líneas de Ricardo Palma: «En Lima cabalgaba a manera de hombre en brioso corcel, escoltada por dos lanceros y vistiendo dormán rojo con brandeburgos de oro y pantalón bombacho de cotonía blanca», una réplica americana de la europea George Sand.

Más expresiva es la nota de José Cuervo: «En Bogotá se presentaba Manuelita con frecuencia vestida de oficial y seguida de dos esclavas negras con uniformes de húsares, que se llamaban Natán y Jonatás. En este traje, ella espada en mano y las negras con lanza, salieron en 1830, la víspera de Corpus, y rompiendo en la plaza mayor por la muchedumbre y atropellando las guardias, fueron a desbaratar los castillos de pólvora en que se decía haber figuras caricaturescas del Libertador».

Cuando Bolívar corre el peligro de ser asesinado, ella lo despierta y lo urge para que salte por la ventana y se ponga a salvo. Sin temor a las consecuencias, se enfrenta a los conspiradores y los retiene con argucias que se le ocurren en ese momento.

Su esposo la reclama, a pesar de todo, y ella le escribe una graciosa carta que es ya antológica. «No, no, no; no más, hombre de Dios. ¿Usted cree que yo, después de ser la querida de mi general por siete años y con la seguridad de poseer su corazón, preferiría ser la mujer del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, o de la Santísima Trinidad?

¿Me cree usted menos honrada por ser él mi amante y no mi marido? ¡Ah! yo no vivo de las preocupaciones sociales inventadas para atormentarse mutuamente. Déjeme usted mi querido inglés. Hagamos otra cosa: en el cielo nos volveremos a casar; pero en la tierra no. ¿Cree usted malo este convenio? En la patria celestial pasaremos una vida angelical y toda espiritual (pues como hombre usted es pesado).

Allá todo será a la inglesa, porque la vida monótona está reservada a su nación (en amores, digo, pues en lo demás, ¿quiénes más hábiles para el comercio y la marina?).

El amor les acomoda sin placeres, la conversación sin gracia y el caminar despacio; el saludar con reverencia, el levantarse y sentarse con cuidado, la chanza sin risa.

Estas son formalidades divinas; pero yo, miserable mortal, que me río de mí misma, de usted y de estas seriedades inglesas, ¡qué mal me iría en el cielo!».

El amor apasionado hasta la propia renunciación y el sacrificio de una hermosa mujer por un gran hombre, es uno de los hechos más conmovedores en las páginas de la historia.

¿Se trata también de una afinidad natural, como las anteriores? Lo es, siempre que la belleza esté animada por el talento. Sólo una mujer superior podía desdeñar y burlarse de las costumbres rutinarias, de los prejuicios admitidos; sólo ella era capaz de comprender la grandeza de un hombre y entregarse a él y defenderlo porque así acudía, consciente o inconscientemente, al cumplimiento de un destino histórico.

En la Francia del siglo XIX, el genio de Víctor Hugo ha marcado ya sus pasos con Odas y Baladas, Las Orientales, Cromwell, el prefacio de Cromwell, Hernani... Tiene treinta años y es el jefe, por mérito propio, de la escuela romántica.

A la lectura de Lucrecia Borgia, un drama a punto de ser llevado al escenario, asiste Juliette Drouet, un dechado de belleza, que admira a Hugo, y de la admiración al amor sólo hay un paso, cuando quien admira es una mujer.

El poeta, que ya no cuenta con la intimidad de Adéle, su mujer, resiste, a pesar de todo, las insinuaciones de Juliette, pero al fin se entrega a ella y se inicia, entonces, un amor profundo, sin temores y sin límites; una entrega total, a prueba de sacrificios, a este hombre que cede fácilmente a las tentaciones. Chair de la femme! argile ideal! o merveille!, dice uno de sus versos.

La vida de Juliette, a partir de esa noche, la primera, en la que la algarabía del carnaval se desbordaba por las calles, mientras los amantes bebían la miel y la ambrosía, fue una ofrenda perpetua, una defensa maternal, una intuición fraterna. «Tú eres mi fe, mi religión y mi esperanza», le dice en una de sus cartas. Y en otra, cuando la declinación inevitable se avecina, habla de sí misma como "una pobre mujer que te ama hasta la muerte".

Cuando el «Príncipe-Presidente» se proclama emperador, Víctor Hugo se lanza a la calle a gritar que Luis Napoleón es un traidor y a pedir el rechazo de los ciudadanos. Juliette da con él y lo pone a salvo. «A su devoción admirable le debí la vida en las jornadas de 1851», confiesa Hugo.

Al abandonar París y refugiarse en Jersey, primero, y en Guernesey, después, Juliette se instala siempre cerca de su amado y lo acompaña cuando, después de la derrota, Francia retorna al sistema republicano. Hugo vuelve a su patria, donde es recibido como un héroe y se le tributan honores excepcionales.

En su última carta, próxima ya a la muerte, Juliette es, como siempre, una llama de amor inextinguible: «Mi querido adorado. Te amo».

El caso de Pierre Curie y Marie Sklodowska, más tarde Mme. Curie, es distinto. Ambos habían sido dotados generosamente por la Naturaleza. Ambos encontraban en la investigación científica, específicamente en los campos de la Física y la Química, la razón de ser de su vida misma; y aparte de la atracción mutua entre un hombre y una mujer, había una suerte de compensación, como en el caso de muchas uniones matrimoniales, pues María era tenaz y dominante y Pierre se caracterizaba, más bien, por su timidez y su idealismo.

Esa conjunción de vocaciones que coinciden hasta el punto de convertirse en una sola; esa entrega solidaria y abnegada a la investigación científica sin otra meta que la verdad; ese sacrificio compartido que fue minando la salud de ambos, ante la indiferencia, la incomprensión y la mezquindad de todos, con rarísimas excepciones; ese trabajo agotador en las peores condiciones, por la falta de recursos, constituyen una página de una vieja historia en que alternaban el cumplimiento de una misión y «la condición humana».

Mientras el amor entre un caudillo o un poeta y una hermosa mujer nos agrada y seduce, la vida monótona de dos, marido y mujer, empeñados en una agobiadora tarea sin más apoyo que el que podían procurarse a sí mismos, carece de atractivo, aunque de ella se derive un beneficio permanente para la humanidad.

Sin embargo, triunfa una vez más y siempre triunfará, la afinidad del talento y la vocación. Se trata, en este caso, de una misión ineludible, de un mandato interno, de una razón de ser de la existencia misma compartida por dos.

Pierre Curie y María Sklodowska, que reducen su vida a la soledad y el trabajo, y en investigar y descubrir aquello que buscan encuentran la satisfacción y la alegría, mantienen entre ambos un amor sereno. Él depende, en gran parte, de su mujer, porque se han unido la timidez y la energía dominante, en un haz de energía inagotable.

Dedicada al estudio exigente y sistemático, María alcanza el primer lugar entre sus condiscípulos en la licenciatura de ciencias matemáticas.

Pierre era un físico notable, dedicado a investigar la simetría de los cristales. Su tesis doctoral sobre el magnetismo fue sobresaliente. A pesar de todo, no obtuvo el reconocimiento que merecía, aunque se le dotó de una cátedra y un laboratorio y su candidatura a la Academia de Ciencias obtuvo éxito en un segundo intento, al cual fue empujado, literalmente, por uno de sus amigos.

El nombre de Marie ésta unido al radio, descubierto por ella a fuerza de trabajos increíbles. Fue la primera mujer a la que se concedió el Premio Nobel y la primera, también sin distinción de sexos, en recibirlo por segunda vez.

Es indudable que Pierre compartió el trabajo y el triunfo con ella, aunque siempre insistió en reconocer que el descubrimiento era obra de Marie.

Ambos se entregaron a una suerte de ascetismo del investigador que rehuye las fiestas, las reuniones y los halagos y se dedica exclusivamente a su tarea, sin importarle el dinero ni los premios ni aun las aplicaciones prácticas, porque su campo era el de la ciencia, y sería inútil agregar que se trataba de la ciencia pura, porque no hay más que una.

Cuando Pierre murió en un accidente, Marie lo reemplazó en su cátedra universitaria y continuó dedicándose a la investigación científica con la misma dedicación de antes.

Tenía 38 años y dos hijas: Irene y Eve.

Al cabo de cinco años de la pérdida de Pierre, surgió un nuevo atractivo, siempre en el campo de la ciencia, específicamente, de la Física. Langevin era ya un notable investigador, apasionado por su trabajo como Marie. Así, pues, la afinidad era evidente y la atracción mutua poco menos que inevitable.

El recuerdo de estos casos nos lleva a la formulación de una verdad: investigar o escribir o crear es «una manera de vivir», como decía Flaubert, –lo recordamos por segunda vez– reducido a una existencia casi monacal para que Mme. Bovary se echara a andar por el mundo.

Es cierto que todos los seres humanos tenemos una manera de vivir. El artesano, el profesional, el educador, el sacerdote, tienen que vivir de alguna manera, por la simple razón de que no son plantas ni animales.

Cuando se trata del poeta, del compositor, del escritor, del pintor, del investigador científico, dignos de tales nombres, esas maneras de vivir alcanzan una intensidad extraordinaria.

Se ha dicho que el niño sólo vive intensamente cuando juega. Y el poeta también cuando da forma a un poema; y el compositor cuando trabaja en una partitura; y el escritor cuando vierte en un ensayo, en un cuento o en una novela, algo que surge de sí mismo.

Se cae en un error cuando se asocia la felicidad o, por lo menos, la alegría, a la satisfacción que nos procura la buena mesa o las relaciones íntimas o las reuniones sociales, si se las considera por modo exclusivo. No hay paralelo posible, entre esos momentos fugaces y la dedicación intensa, apasionada, permanente, a un tipo de actividad que se impone desde adentro y sin la cual la vida no tiene justificación alguna.

La afinidad natural no se da siempre entre quienes cultivan la misma disciplina o realizan tareas semejantes o se distinguen como creadores en un campo determinado. Ocurre, a veces, que la rivalidad se hace presente y pone una venda en los ojos de uno de los dos o de ambos, incapaces ya de apreciar el mérito ajeno porque se lo impide la propia manera de investigar o de concebir o de expresarse.

Es conocida la competencia entre los hombres de ciencia que quieren ser los primeros o que dan por errónea la tesis ajena. Cuando se concede el Premio Nobel a Golgi y a Ramón y Cajal por sus investigaciones en el campo de la neurología, la rivalidad entre ambos es inevitable.

Golgi defiende una tesis, al parecer errónea en más de un punto, y Cajal se mantiene en la suya, no sin advertir los yerros de su compañero. Es notoria, además, la diferencia y aun la oposición de temperamentos. Golgi es impetuoso, extrovertido, dominante, ególatra; Cajal es dueño de sí mismo, sereno, mesurado. No era posible que se entendieran.

Pasteur no tuvo rivales de su talla y hubo de luchar, más bien, contra la rutina, la incomprensión y la ignorancia. Es verdad que en Alemania, Robert Koch descubrió el bacilo de la tuberculosis y el del cólera, distinguiéndose como un científico eminente, pero no hubo ninguna desavenencia entre el sabio francés y el sabio alemán, coincidentes en el estudio del bacilo del carbunco y entregados a su trabajo a un lado y otro de la frontera.

Si hubo algún brote de rivalidad entre los esposos Curie, por una parte, y Ernest Rutherford por la otra, no pasó de la superficie. El radio pertenecía a un campo común y hubo, más bien, una simpatía mutua que se manifestó en el cambio de mensajes y de invitaciones. Marie Curie envió a Rutherford algún material para su trabajo y él señaló apenas ciertas limitaciones en la formulación teórica de sus amigos.

En el Panteón de París, Voltaire y Rousseau están frente a frente. Se trata de una rivalidad alimentada por la diferencia radical de caracteres. Voltaire es conocido como un burlón irreverente, armado del sarcasmo para pulverizar a sus enemigos, capaz de combinar hábilmente la intención y la ironía; entregado, es cierto, al embate sistemático contra el despotismo, el sectarismo, la ignorancia, los prejuicios y la estupidez y, a veces, comprometido en la defensa de las víctimas de una injusticia clamorosa.

Nadie se acuerda de sus Tragedias y son muy pocos lo que leen alguna de sus novelas, salvo, naturalmente, Cándido, que mantiene su juventud hasta hoy.

A Voltaire le debemos, además, la Filosofía de la Historia y la Historia de la Cultura. Meinecke en El Historicismo y su génesis dice que Voltaire fue considerado «el inaugurador de una nueva era», a raíz de la publicación de su Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones y El siglo de Luis XIV, y recuerda que él habló por primera vez de una «filosofía de la historia».

Rousseau fue, en cambio, un hombre excesivamente sensible, apasionado, impresionable, hipocondríaco, al que nos hemos referido ya en un capítulo especial. No encontraremos en él la burla ni el sarcasmo, ni siquiera la ironía, sino el deslum-bramiento, la revelación, el entusiasmo, la intuición, el fervor, el anhelo de algo mejor.

Rousseau creía desesperadamente y se esforzaba por difundir su verdad, por hacer de los hombres partícipes de su convicción, por apartarlos de una sociedad frívola y estéril y volverlos a las costumbres austeras de las mejores épocas, aunque se tratase sólo de un deseo generoso en el límite de la utopía.

Mientras Voltaire vivía cómodamente y acumulaba riquezas y fama y poder, Rousseau era víctima del abandono, la pobreza, la injusticia y las enfermedades.

Voltaire se había instalado, a salvo de peligros, entre Suiza y Francia, difundía impunemente sus libelos en Europa y se carteaba con Federico II de Prusia y Catalina de Rusia.

Por último, viajó a París y fue ovacionado y coronado en una ceremonia que apresuró su muerte.

Rousseau vivió a salto de mata, fue vilipendiado y perseguido, casi siempre solitario y enfermo. Es comprensible que en sus últimos años sufriera un delirio de persecución y se encontrara al borde de la locura.

La colisión entre dos caracteres que eran como dos polos, el de Voltaire y Rousseau, era inevitable. Contemporáneos ambos, pertenecientes al mismo mundo cultural, (porque aun cuando Rousseau nació en Ginebra y era, por tanto, suizo, se incorporó a la cultura francesa y es considerado como miembro de esa nacionalidad) interesados igualmente en el cambio político y social; sarcástico y sutil el autor de Cándido; fervoroso y sencillo el padre de Emilio; orgulloso y seguro de su poder y su fama, el primero; humilde y vacilante a veces, el último; el recuerdo de esta pequeña historia nos muestra al «rey Voltaire» enfurecido y al pobre Rousseau a merced de sus dardos, sin defensa alguna.

Inicialmente, Rousseau admiraba a Voltaire, como todo el mundo, pero a medida que pensaba y escribía, que su nombre era conocido y sus ideas eran compartidas o rechazadas y su estatura se elevaba cada vez más, su actitud iba pasando de la admiración a la crítica y, finalmente, a la oposición declarada.

Entre el hombre situado en la cima de una sociedad refinada y el parvenu que se revela contra ella y que poco a poco se eleva hasta situarse en el mismo nivel de aquél, había de generarse una tensión creciente que se manifestó muchas veces en palabras.

Cada uno expresa la índole y la manera de actuar de su personalidad. Voltaire, escéptico y soberbio, se resuelve en sí mismo, con una mezcla de asombro y de furia, cuando ve que se alza frente a él, hasta entonces dueño de un poder omnímodo en el mundo de las letras, a un hombre que emerge de la pobreza y el anonimato hasta erigirse no sólo en un par sino en un competidor temible, sin más armas que su fervor y su humildad.

Voltaire abre las compuertas de la ira, y el insulto, la calumnia y la difamación van a estrellarse contra Rousseau que los considera, a veces, como un homenaje a su persona, y se suscribe con dos luises al proyecto de levantar una estatua a su rival. Voltaire estalla al saberlo: «¡No! ¡Los escritores franceses jamás deben permitir que un autor extranjero participe en esta cuestión!».

Unamuno se ha referido a este asunto a propósito de una conferencia de Lemaitre que acusa a Rousseau ¡de ser extranjero! «Rousseau –dice Lemaitre– ese extranjero, inserta en nuestra historia literaria un fenómeno, un monstruo», y al reconocer que él preparó la Revolución y el romanticismo, agrega: «fue un extranjero, un perpetuo enfermo y, por último, un loco». Y comenta Unamuno: «¡un extranjero! He aquí el mayor delito para este francés francisante. Un extranjero, es decir, ¡un bárbaro! Y, además, un loco. Y un loco en cuanto extranjero».

Las diatribas de Voltaire se multiplican hasta caer en la infamia, aunque admite el mérito de su rival: «Escribe con una pluma que incendia el papel en que se posa».

«Un falso hermano –habría de decir– que ha traicionado la filosofía, un perro rabioso que muerde a todos, un bastardo de Diógenes, aunque a veces escribe como Platón». Y en un libelo anónimo, después de una de las calamidades que afligen a Rousseau: «Lo sentimos por el lunático; pero cuando su locura se vuelve furia debe atársele». Y en una carta a Hume: «Podemos arrojar algunos pedazos de pan sobre el fumiere en que yace afilando sus dientes contra la especie humana. Es un charlatán que ha colmado la piedad de sus benefactores y la indignación pública, que ha deshonrado a él y a la literatura».

Y, por último, su broche de oro: «Un monstruo de vanidad y bajeza. Un viejo pederasta que ha tenido relaciones con el vicario saboyano» (¡¡!!).

Rousseau se limitó a describir a Voltaire como «un genio sutil y un alma mezquina».

Cuando uno se pregunta por qué estos hombres eran como eran, la respuesta es inquietante y perturbadora: Porque habían nacido así. Las comodidades y los halagos que envolvieron a Voltaire no modificaron aquello que le era constitutivo. Acaso contribuyeron a darle mayor firmeza.

Las duras pruebas que hubo de soportar Rousseau, la incomprensión y los ataques de sus enemigos gratuitos, las amenazas que conspiraron contra su tranquilidad, su salud y su vida, contribuyeron, más bien, a fortificar su convicción, a desdeñar las convenciones sociales y a refugiarse en la soledad. En medio de todo, esa convicción se fue afirmando progresivamente y su actitud y su conducta correspondieron a ella hasta el punto de identificarse con su manera de vivir y de alternar con los demás.

Así, pues, los dos cumplieron su destino. ¿En qué medida puede contrariarlo la voluntad, si es parte de ese destino? ¿Y la libertad, el «libre arbitrio», la capacidad de elegir, por dónde andan? Apenas si podemos acentuar más o menos el tipo de actividad para el cual hemos nacido, sin olvidar que son legión aquellos que vagan perdidos en el bosque, a merced de la lluvia y el viento, llevados y traídos por manos que no son las suyas.

Voltaire tuvo admiradores; Rousseau, discípulos. Nadie sigue prendado de un burlón; en cambio, son muchos los que se sienten atraídos y aun subyugados por el fervor y la pasión generosa de un hombre que vive en comunión con sus ideas.

La afinidad natural se da entre Rousseau y sus espontáneos discípulos. María Luisa de Verdelin habla de «la sublime Eloísa» y confiesa: «Cien veces al día pienso con ternura que desde el mismo comienzo de nuestras relaciones, no han recaído un instante sus bondades, sus atenciones su amistad. Ojalá pueda tratarme siempre como a una hermana; es cuanto quiero ser para usted».

Mariana de la Tour de Francqueville, que ha elegido el nombre de Julia (La Nueva Eloísa) para comunicarse con su autor, al enterarse de que él está en París, le escribe: «Si no puedo verle durante su permanencia aquí, nada me consolará en la vida» y sale en defensa de su maestro con un fascículo: Precis sur M. Rousseau, cuando él es vilipendiado impunemente.

Es notoria no sólo la semejanza sino la continuidad, entre un ser y otro ser, de la misma arcilla humana. Uno y otro poseen la misma capacidad, el mismo interés sustancial, la misma nota acorde ante las vicisitudes del mundo. Ellos pueden entenderse porque tienen en común la sensibilidad, el órgano de recepción y comunicación y el instrumento del lenguaje, aunque se encuentren en las antípodas.

No se trata del campo, de la disciplina, del arte que comparten éste y aquél, sino de su aptitud particular, de su preferencia específica, de la manera que les es propia, de su estilo, en suma, que los lleva a coincidir o a discrepar y aun a oponerse rotunda y, a veces, furiosamente, porque les es imposible entenderse entre sí.

Goethe se refirió alguna vez a «sus enemigos» y los clasificó en cinco grupos: los estúpidos, los envidiosos, los fracasados, los críticos y los discrepantes. Es evidente que sólo podían comprenderlo y admirarlo aquellos que estuviesen hechos de la misma sustancia. Él lo dijo en breves palabras: «Lo decisivo es que aquél de quien queramos aprender sea conforme a nuestra naturaleza».

Debemos a Eckermann uno de los libros más hermosos y profundos de la literatura universal, porque en él se recoge, gota a gota, la sabiduría de Goethe que se vierte en la conversación informal, en el diálogo de todos los días, en la expresión oportuna y espontánea, a propósito de sucesos, de obras y de personas.

Este es un caso, precisamente, de afinidad natural.

Entre aquél joven que admira a Goethe, que se atreve a escribirle y tiene la fortuna de recibir una respuesta; que, por último, decide verle y viaja a Weimar y no sólo da cima a su deseo sino que se queda, retenido por su ídolo, que ve en él la juventud vigorosa y entusiasta que Mefistófeles dio a Fausto; entre el genio universal y el joven talento, había una heredad común, un puente de comunicación, una armonía humana que se resolvió en la acogida benévola, por una parte, y la asistencia delicada y fervorosa por la otra.

Goethe admiraba a Shakespeare, a Byron, a Molière, a Calderón y, por su puesto, a Schiller, su amigo predilecto. La admiración, en este caso, es, ciertamente, un homenaje, el más preciado que se pueda rendir porque es de un genio a otro genio, pues hay una variedad de ambientes, de actitudes, de maneras de ver y de crear, de recorrer caminos y alcanzar cimas y descubrir parajes que sólo pueden vislumbrarse desde esa cumbre y no otra.

Goethe extremó el elogio a Shakespeare, hasta el punto de declarar que lo veneraba al mirar en él la manifestación de una naturaleza superior, ante la cual la realidad circundante resultaba pequeña, pues era capaz de abarcarla como una totalidad y revelar, al mismo tiempo, el sentido de las fuerzas ocultas que agitan al mundo. Shakespeare dejaba que su naturaleza se manifestase en sus obras con toda libertad. «Es un gran psicólogo –dijo en una ocasión– y a través de él aprendemos a conocer el corazón humano».

Y sin embargo, ese genio portentoso, ese «dulce cisne del Avon», ante quien se inclina Goethe, es un «bárbaro» para Voltaire. Las reglas al uso y las tres unidades de rigor han sido olímpicamente olvidadas por el creador de Hamlet que se desborda como un río caudaloso y abre su propio lecho y fecunda la tierra. Bárbaros son también, mirados con estas anteojeras, Cervantes y Walt Whitman, no importa el espacio de tiempo que media entre ambos. Los gramáticos, los críticos y los preceptistas se cebaron en el Quijote y la gente común de aquella época la juzgó obra de humorada, y la poesía de Whitman fue piedra de escándalo para los puritanos y las honestas familias de entonces y aun escritores como Henry James y Santayana ahorraron los elogios y no vieron o no quisieron ver el torrente renovador que corría ante sus ojos.

Shakespeare, Cervantes y Walt Whitman dejaron que saliera impetuoso y arrollador aquello que llevaban adentro. Era como si ellos mismos se hubieren volcado en una transmutación de ser y verbo y como, sin proponérselo, ese torrente hubiese borrado las viejas reglas, a manera de trabas corroídas por las inclemencias del tiempo.

Se ha dicho de Shakespeare que «la osadía de su sintaxis, sus faltas de concordancia y de régimen, la inseguridad de los tiempos en las oraciones condicionales, hacen de su lengua la más libre del mundo» y es probable que escribiera como si obediese a un demonio interior, el mismo que llevaba Sócrates consigo.

Para Azorín, «lo que aquí es trabajo, técnica laboriosa, particularidades de la época, en Cervantes es ligereza, sutilidad, inactualidad. Páginas hay que con ligeras modificaciones ortográficas, parecerían escritas ahora; el autor escribiendo embebido en su propia visión interior sin reparar en la forma literaria». Y agrega estas palabras que merecen ser subrayadas: «Cervantes no se da cuenta de cómo escribe. Cuando se llega a ese estado es cuando realmente la expresión literaria alcanza su más alto valor».

Borges dice de Walt Whitman: «su fuerza es tan avasalladora y tan evidente que sólo percibimos que es fuerte». Y en una conferencia sobre Nathaniel Hawthorne, cita un párrafo de este autor que es pertinente aquí: «En el desorden aparente de nuestro misterioso mundo, cada hombre está ajustado a un sistema con tan exquisito rigor –y los sistemas entre sí, y todos a todo– que el individuo que se desvía un sólo momento, corre el albur de ser, como Wakefield, el Paria del Universo».

Hay, pues un poder interior, en cada caso, y un patrimonio común que permite comprender y sentir como propia la creación ajena. La admiración alienta allí donde hay una heredad compartida. Goethe admira a Shakespeare porque hay entre ambos una capacidad y un don que han sido dados a uno y a otro.

Entre Goethe y Lord Byron hay una admiración mutua, y cuando el autor del Fausto se refiere a Molière, multiplica los elogios: «Es un hombre puro. En él no hay nada escondido ni disimulado. Y luego, ¡qué grandeza la suya! Domina las costumbres de su tiempo en vez de estar dominado por ellas. Molière amonestaba a los hombres poniéndoles ante los ojos su verdadero ser». De Calderón dijo que en él se hallaba la perfección teatral: «sus obras son teatrales de pies a cabeza; no hay nada en ellos que no esté calculado para producir el efecto que se busca. Calderón es el genio que ha tenido más ingenio».

Entre Goethe y Schiller había algo más que una mutua admiración. Había amistad. La admiración es un deslumbramiento que ilumina el alma y la mantiene en suspenso, embebida en el ser de aquél a quien se admira. La amistad es un sentimiento que vincula a dos seres, libres del imperio de la carne.

Schiller era más joven que Goethe y lo superaba en belleza corporal, en arrogancia y en actitud aristocrática.

Estas no eran las únicas diferencias entre ambos. Había otras, pero se daba entre ello una suerte de compensación que iba a la par de su poder creador y su familiaridad con la más nobles ideas. «Era imponente y majestuoso –dijo Goethe de Schiller– pero tenía los ojos dulces. Y lo mismo que su cuerpo era su alma. Cogía un tema de altos vuelos, se adentraba en él osadamente, lo consideraba y le daba vueltas por todas partes y lo manejaba a su antojo. Su epistolario es el más bello de los recuerdos que de él guardo. La última de sus cartas la conservo entre mis tesoros cual sagrada reliquia».

Así como las afinidades surgen al imperio de la Naturaleza, la oposición de los contrarios tiene el mismo origen y se muestra con una energía que bordea la violencia. Goethe advierte que Víctor Hugo tiene un gran talento y pide a su interlocutor que le lea el poema Les deux ils pero, en cambio, rechaza con desagrado la novela Nuestra Señora de París. El genio apolíneo de Weimar que se desliza levemente entre la mesura y el equilibrio, se horroriza ante el desborde romántico que altera el paisaje y se precipita en una ciénaga.

«Es el libro más horrible que se ha escrito jamás» –dice–.

«No hay en todo el libro ni pizca de naturaleza. Los personajes que hace desfilar el autor no son ni remotamente seres de carne y hueso sino muñecos de palo que él maneja a su antojo».

Tolstoi escribe sobre Los Miserables: «Inmenso», pero cuando se refiere a Hugo es para llamarlo charlatán, mientras que Baudelaire ve en él «un asno con genio» y echa por la borda Los Miserables porque, en su opinión, es «un libro inmundo e inepto».

¿Qué ha ocurrido allí para que se vaya tan lejos? Pues que no sólo hay una diferencia sino una contradicción de caracteres y, por tanto, de gustos, de preferencias y de posibilidades. Hugo es un genio fluvial. Su poesía es caudalosa y pasa con facilidad al drama y a la novela. Es sensible a los problemas sociales y se interesa por la política, en la que interviene finalmente al servicio de intereses nacionales y populares que tienen una dimensión humana. Es un hombre sensual –¿y quién no lo es?– dotado excepcionalmente para el amor físico, capaz de iniciar una escuela literaria y de provocar agitaciones y motines.

Henri Barbusse dice de Hugo: «Ha creado un esplendor verbal tan enorme que después de él parece como si hubiese cambiado el aspecto del Universo». Y Borges, que prefiere el alemán al francés, declara: «El sonido del francés no me agrada, creo que le falta la sonoridad de otros idiomas latinos, pero cómo pensar mal de un idioma que ha permitido versos tan admirables como el de Hugo: L´hydre-Universe tordant son corps écaillé d´astres

Las palabras de Amiel, después de haber leído Los Miserables, son las siguientes: «¡Qué potencia fisiológica y literaria la de Víctor Hugo! Posee todas las lenguas contenidas en nuestro idioma: la del palacio, la de la bolsa, la de la marina y la guerra; la de la filosofía y la del presidio, la de los oficios y la de la arqueología, la del librero y la del pocero. Todas las antiguallas de la historia y de las costumbres le son conocidas, lo mismo que le son familiares todas las curiosidades del suelo y del subsuelo».

«Tiene una prodigiosa memoria y una imaginación fulgurante».

Baudelaire es el reverso de la medalla. El título de su obra capital lo dice todo: Les Fleurs du Mal. Es ciertamente un gran poeta pero nadie podrá negar que su personalidad y su obra son morbosas. Es uno de los «poetas malditos» de Francia. Frente a ese fauno vigoroso y expresivo que es Hugo, Baudelaire se nos presenta como un caso lamentable de perversión consciente y preferida. Sartre cita palabras reveladoras del mismo Baudelaire: «Cuando haya inspirado asco y horror universales, habré conquistado la soledad. Pero no hay nada, ni aun la sífilis, de que no sea artesano casi voluntario». Y Sartre añade estos datos: «Se dice atraído por las prostitutas más miserables. La mugre, la miseria física, la enfermedad, el hospital, eso es lo que sucede, eso es lo que ama en Sarah, 'la horrible judía'».

En este universo bipolar del que somos parte; en este universo de contrarios que da pábilo a la dialéctica de la mujer y el hombre, anverso y reverso del ser, en constante atracción y rechazo, como si obedeciesen a las fuerzas centrífuga y centrípeta que equilibran a los astros; un impulso s uperior a nuestra voluntad, que se revela desde edad temprana y se reviste de imágenes cautivantes; un impulso que es como un torbellino; que es la médula del poema, del teatro, de la novela, del ballet, de la música, de las artes plásticas; un impulso tan grande como la vida, y como la muerte, que se incuba en la vida; un impulso que nos lleva y nos trae y nos procura el mayor deleite; que es, sin duda, la afinidad fundamental, la afinidad suprema, la afinidad por excelencia; un impulso, en fin, al que damos el nombre de amor.

Acerca de su carácter contradictorio, a la vez seductor y engañoso; irresistible y surcado de peligros; misterioso y transparente; oculto y manifiesto, hay, en lengua española, tres sonetos extraídos de un cúmulo de elogios y de quejas, de diatribas y suspiros. El primero es de Quevedo. El segundo, de Lope. El tercero, de González Prada.

Es hielo abrazador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente;
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado;

es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo,
enfermedad que crece si es curada.

Este es el niño Amor, este es su abismo;
mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo.

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo.
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;
Creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor; quien lo probó lo sabe.

Si eres un bien arrebatado al cielo
¿Por qué las dudas, el gemido, el llanto,
la desconfianza, el torcedor quebranto,
las turbias noches de febril desvelo?

Si eres un mal en el terrestre suelo
¿Por qué los goces, la sonrisa, el canto,
las esperanzas, el glorioso encanto,
las visiones de paz y de consuelo?

Si eres nieve, ¿por qué tus vivas llamas?
Si eres llama, ¿por qué tu hielo inerte?
Si eres sombra, ¿por qué la luz derramas?

¿Por qué la sombra, si eres luz querida?
Si eres vida ¿por qué me das la muerte?
Si eres muerte ¿por qué me das la vida?

«Entre ellas y nosotros -decía Montaigne- existen natu-ralmente querellas y dificultades; y hasta la más íntima unión que con ellas nos sea dable mantener es de índole tempestuosa y tumultuaria. Ninguna pasión tan avasalladora como ésta, a la cual queremos que resistan ellas solas, y no ya como a un vicio de su medida, sino como a la abominación y a la execración, más todavía que a la irreligión y el parricidio, mientras los hombres nos entregamos a ella sin escrúpulos ni reparos. Todo el movimiento del universo se resuelve y encamina a este aclopamiento; es una materia infusa por doquiera, y un centro al cual todas las cosas convergen».

Así, pues, el amor –si entendemos por tal la atracción mutua y la fusión momentánea de dos seres, que se puede prolongar como sentimiento en numerosos casos– no es, en el fondo, cosa nuestra, como no lo son la vida y la muerte, aunque se den en nosotros y marquen indeleblemente nuestra existencia. Vivimos porque así lo ha dispuesto la Naturaleza; amamos y morimos porque ella nos ha dado el amor y la muerte como parte de la vida.

Estamos aquí. Cada uno se las compone como puede. Los filósofos pueden preguntarse de dónde hemos venido y a dónde vamos. Nosotros, el común de las gentes, vivimos, simplemente, sin formularnos preguntas. Los problemas nos los multiplica el medio social, las dificultades del trabajo, las relaciones con otros seres. Generalmente no pensamos en la muerte hasta que ella se avecina. Nuestra vida se ha iluminado algunas veces con un destello de amor. Y, para felicidad nuestra, él ha encontrado tierra fértil en nuestro círculo, y los niños y las mujeres y los hombres han recibido de nosotros una mirada de afecto y ha ocurrido algo semejante con los animales y las plantas porque todos somos hechuras y partes del Universo.

Que un ser se sienta atraído por otro, precisamente porque es distinto y aun opuesto en más de un punto, es una paradoja. Sin embargo, es lo que ocurre entre un hombre y una mujer. Se trata de una afinidad de compensación.

A cada paso se ve un hombre de estatura alta acompañado por una mujer que le da en el hombro. Es frecuente que un muchacho se enamore de una mujer madura y que un hombre de cuarenta años o más suspire por una muchacha de dieciocho o veinte.

Se ha dicho que detrás de un gran hombre hay una mujer, afirmación tan errónea como si se dijese que detrás de una mujer superior hay un hombre. El gran hombre sale adelante con una mujer o sin ella y a pesar de todos los obstáculos que pueden ser más bien, estimulantes y favorables para el vigor del carácter.

No es raro que el hombre superior se una con una mujer vulgar, como se ha dicho reiteradamente. Es comprensible que un hombre dotado con generosidad por la Naturaleza, se sienta atraído por la mujer que ha recibido el atractivo físico, aunque carezca de dotes que él posee en abundancia y que, por tanto, no necesita buscar en otra parte.

Es explicable, también, que el hombre se una con una mujer, sin más consideraciones, como un complemento y una ayuda, por interés personal o por el cumplimiento de convenciones sociales.

Todo el mundo conoce a Xantipa, la irascible mujer que puso a prueba la imperturbable serenidad de Sócrates. Cuando Goethe se instala en Weimar, su amistad con una mujer inteligente y aristocrática, la baronesa Carlote von Stein, tocada de un erotismo platónico, no le impide entregarse al amor corporal con una humilde florista, Cristiana Vulpius, hermosa, juvenil y sensual, que se le ofrece como un fruto en sazón, al margen de ese cúmulo complejo de las Letras, la Ciencia y la Filosofía que es el mundo de Goethe, pero que sin Ella, la mujer, permanecería frío y árido, sin el fuego inicial. Además, él había pasado de los cuarenta y ella no tenía más de veintitrés. Como si esto fuera poco, tuvieron un hijo, Julio Augusto, un nuevo don para Goethe, que lo acogió con amor y que lo llevó a casarse formalmente con Cristiana, algunos años después.

Rousseau hubo de refugiarse al fin en la compañía y el afecto de Teresa Levasseur, sin lugar a dudas débil mental, huyendo de esas terribles mujeres, Les Femmes Savantes de Molière, que andaban en pos de hombres ilustres para exhibirlos en sus salones o retenerlos a su lado en una propiedad cercana a París y alternar con el elegido los días y las noches también, entre estudios, recitales y discusiones, muchas veces apasionados.

Rubén Darío, el poeta de cisnes y princesas, encuentra en Francisca Sánchez, humilde y afectuosa, incapaz, seguramente, de comprender y recitar uno solo de sus poemas, el apoyo que le faltaba. «Francisca Sánchez, acompáñame».

Es excepcional una afinidad plena, en todos los dominios de la existencia humana, como en el caso del poeta belga Emil Verhaeren, quien decía que su esposa era su mujer, su amante, su amiga, su hermana y su madre.

Sin embargo, el caso común es el de la unión precipitada, las complicaciones sociales, la frivolidad reinante, las falsas imágenes que multiplican la televisión y el cine, la frustración cercana o lejana, los desajustes, las contradicciones, el choque de caracteres, las riñas y las ruptura o el avenimiento finales.

Los grandes amores, reales o imaginarios que encontramos en la historia, la poesía, el teatro y la novela, tienen como raíz la contradicción que hay entre el imperio de la Naturaleza y las convenciones sociales.

Abelardo y Eloísa se aman profundamente. Él es el célebre maestro de la Europa Medieval y ella es una mujer apasionada. Se entregan a todos los refinamientos del amor pero olvidan que hay rígidas barreras mantenidas por la tradición, ante las cuales caen derrotados y encuentran un refugio en la vida conventual.

Romeo y Julieta son víctimas del odio de clanes que se transmite de generación en generación, y su amor sucumbe con su existencia, porque el odio es aliado de la muerte y pueden más los prejuicios y la estupidez de los hombres que el poder que nos mueve y que nos lleva al triunfo o al sacrificio.

Tristán cumple la orden dada por su tío, el viejo rey Marke, de conducir a Isolda hacia él, porque se ha convenido en un matrimonio que ella mira con terror. Cuando Tristán e Isolda se encuentran en el barco, el amor entre ambos estalla y no hay fuerza humana que pueda detenerlo, salvo la muerte que, como el amor, ejerce su imperio sobre las convenciones y los designios de los hombres.


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