En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO


V

La Actitud ante la Naturaleza

 

Al margen de las variadas y, muchas veces, confusas acepciones de los filósofos, la Naturaleza es, para nosotros –no nos cansaremos de repetirlo– la Totalidad, el Cosmos, el Universo. Por tanto, no hay nada fuera de su ámbito. Es el principio de lo que existe, la fuente primaria y el sustento de los seres y las cosas.

Somos una porción mínima de la Naturaleza, pero no por pequeña, insignificante. El pensamiento nos salva de la nulidad. «L´homme n´est qu´un roseau, le plus faible de la nature; mais c´est un roseau pensant», dijo Pascal. (El hombre no es más que un débil junco, pero es un junco que piensa).

Y Teilhard de Chardin habla del «clásico problema del ‘lugar del hombre en la naturaleza’. Hombre para haber comprendido al Universo, como el Universo permanecería incomprendido si no lográsemos integrar en él al hombre completo de un modo coherente, sin deformación (al hombre completo, bien digo, no sólo con sus miembros, sino con su pensamiento)».

Y en la Naturaleza, la vida es un fenómeno maravilloso, de una variedad y fecundidad inmensurables. «La vida –dice el autor– cuando la consideramos por primera vez a la luz del transformismo y de las leyes de adaptación, toma la imagen de un río, capaz de amoldarse a todas las orillas y de discurrir por entre todas las grietas».

«La vida, pues, se propaga como un abanico de formas, cada una de cuyas varillas puede dar origen a otro abanico, y así indefinidamente».

«La humanidad nos parece pequeña y aburrida al lado de las grandes fuerzas de la Naturaleza», como dice el autor, pero es cierto también, según él mismo, que «el advenimiento de la facultad de pensar es un acontecimiento tan real, tan específico y tan grande como la primera condensación de la Materia, o la primera aparición de la Vida».

«El Pensamiento es una energía física real sui generis, que en unos cuantos cientos de siglos ha logrado cubrir la faz entera de la Tierra de una red de fuerzas ligadas».

«El Pensamiento todavía no ha sido estudiado nunca, como lo han sido las magnitudes naturales, en tanto que realidad de naturaleza cósmica y evolutiva»(13).

Para Max Scheler, «El advenimiento del hombre y del espíritu debería considerarse como el último proceso de sublimación de la naturaleza» y, de acuerdo con Marx, «las ideas que no tienen tras de sí intereses y pasiones –esto es, fuerzas procedentes de la esfera vital e impulsiva del hombre– suelen ‘ponerse en ridículo’ inevitablemente en la historia».

Ahora bien, ¿cuál es la actitud del hombre ante la Naturaleza? En la mayor parte de los casos, ninguna. Lo que ocurre, generalmente, no desborda el pequeño marco del recinto familiar. Se reciben y disfrutan los dones de la Naturaleza, sin extender la mirada más allá del contorno.

El caso de algunos filósofos, de algunos poetas, de algunos artistas y, por supuesto, de los miembros de una secta religiosa, es otro.

Se ha repetido muchas veces la aserción de Aristóteles: la filosofía nace del asombro. Si ésta es una verdad, todos los que nos hemos detenido a mirar la parte del Universo que teníamos ante los ojos; a deslumbranos ante el espectáculo del mar y las montañas y las estrellas brillando en el cielo; a considerar el prodigio de los seres y las cosas en variedad y número poco menos que infinito, somos filósofos, en cierta medida.

Lo que importa, sin embargo, no es una simple contemplación, por detenida y profunda que sea, ni aun las ideas resultantes que puedan coordinarse alrededor de un núcleo, sino el hecho de sentirnos parte del Universo y la aplicación a nuestra vida social e individual de esta toma de conciencia.

Es verdad que el filósofo puede no sólo asombrarse sino abarcar una extensión considerable con el pensamiento y alcanzar una perspectiva que lo capacita para orientar a muchos y acaso para ejercer una función directiva, en el caso de que su labor intelectual, en comercio con las ideas, no lo absorba por completo ni le impida actuar eficientemente en el campo de las decisiones y las posibilidades.

Platón, que no veía con buenos ojos a los poetas en su República, se inclinaba a favor de los filósofos y él mismo trató de intervenir en política, para lo cual viajó a Sicilia donde gobernaba el tirano Dionisio, como ya se ha dicho. «Quien quiera ser un buen guardián de la ciudad, (de la ciudad-Estado, se entiende) deberá ser filósofo y hombre fogoso, rápido en sus decisiones y fuerte por naturaleza», son sus palabras.

Sin embargo, el filósofo puede asombrarse ante la Naturaleza pero sentirse aparte de ella, en una relación de sujeto y objeto. Esta es la actitud de un intelectual que puede conducir a la elaboración de una obra, quizá atractiva y aun seductora, pero que no añadirá ni una insignificante partícula a la existencia humana.

No obstante, si se juzgaran la intelección, la concepción, la creación, según la utilidad de sus aplicaciones prácticas, quedaría eliminada no sólo la filosofía sino la poesía, la música, las artes plásticas y la literatura, en general, es decir, la mayor riqueza de la cultura humana y, con ella, la dignidad del Hombre.

Aún la ciencia está a salvo de esta suerte de apreciaciones. El científico se dedica a buscar la verdad, independientemente del beneficio que pudiese recibir la tecnología, y, como se ha dicho por autoridades en la materia, es erróneo hablar de «ciencia pura» y «ciencia aplicada» porque la ciencia es una.

Hay algo más. No sólo el científico; el poeta, el escritor, el artista, busca, consciente o inconscientemente, la verdad y es ella «la que transparece bajo la forma» de una obra auténtica. Todo es bello para el artista –decía Rodin– puesto que en todo ser y en toda cosa, su penetrante mirada descubre el carácter, es decir la verdad interior que transparece bajo la forma. Y esta verdad, es la belleza misma».

El hombre de investigación y de estudio quiere conocer, ¿qué? Un punto de esta maravillosa totalidad de la que hemos surgido y cuyo cordón umbilical es el conocimiento.

Adentrarse en una partícula; dar con la razón de ser de una función; traducir en fórmulas un fenómeno, un movimiento, una estructura; inducir tales o cuales conclusiones; elaborar una teoría; predecir hechos; ratificar o rectificar conocimientos; añadir un eslabón más a una cadena interminable, esa la razón de ser del asceta científico.

El artista, por su parte, traduce en la palabra o el sonido o la forma o la línea y el color, o el movimiento o la representación, el enigma de sí mismo que es parte del enigma del Universo.

Si no hay una entrega total, no hay arte ni artista verdadero.

Del libro de Rainer María Rilke, Cartas a un joven poeta, tomamos algunos consejos:

«Nadie le puede aconsejar ni ayudar; nadie». (Estas palabras son, por tanto, advertencias, consideraciones al margen, indicaciones al caminante, no andaderas, porque, como decía Antonio Machado «se hace camino al andar»).

«Sólo hay un medio: vuelva usted sobre sí. Confiese si no le sería preciso morir en el supuesto que escribir le estuviera vedado».

«Entonces trate de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta, y ama y pierde».

«¿No le quedaría siempre su infancia, esa riqueza preciosa, imperial, esa arca de los recuerdos?»

«Una obra de arte es buena cuando ha sido creada necesariamente».

«Pues el creador tiene que ser un mundo para sí, y hallar todo en sí y en la naturaleza, a la que se ha incorporado».

«En verdad, una de las más difíciles pruebas para el creador consiste en que debe permanecer inconsciente, distante de sus mejores virtudes, si no quiere quitarles su ingenuidad y su integridad».

«También se aprenderá, poco a poco, que lo que llamamos destino sale de los hombres, no que entra en ellos desde fuera».

«El arte mismo no es más que una manera de vivir y puede uno prepararse para él, sin saberlo, viviendo de cualquier manera».

Cuando un poeta habla de sí mismo (y Walt Whitman lo hace), es como si nos permitiera ver su mundo interior y, algo más: Es como si la Naturaleza y la Humanidad hablaran por sus labios:

Yo soy Walt Whitman...
Un cosmos. ¡Miradme!
El hijo de Manhattan
Turbulento, fuerte y sensual;
Como, bebo y engendro...
No soy sentimental.
Ni por encima ni separado de nadie,
Ni orgulloso ni humilde.

Tierra, sonríe:
Sonríe con tu aliento fresco, Tierra voluptuosa
de bosques adormilados y vaporosos,
Tierra de crepúsculos muertos,
Tierra de crestas hundidas en la niebla,
Tierra bañada con la leche azulenca de la luna llena
Tierra de luces y de sombras que jaspea la corriente
del río,
Tierra de nubes límpidas y grises que mi amor abrillanta
y enciende,
Tierra de profundos barrancos y llena de flores de
manzano...
Sonríe, sonríe porque tu amado llega,
Amor me diste generosa
y amor te devuelvo...
Amor indescriptible y apasionado.

Un minuto y una gota de mí mismo sosiegan mi espíritu
Creo que la tierra húmeda será un día luz y amor,
que el cuerpo del hombre y la mujer
son el compendio de todos los compendios,
que el amor que los une es una cumbre y una flor
y que de ese amor omnífero han de multiplicarse hasta
el infinito y hasta que todos y cada uno no sean más que
una fuente de alegría común.
Creo que una hoja de hierba es tan perfecta como
la jornada sideral de las estrellas,
y una hormiga,
un grano de arena
y los huevos del abadejo
son perfectos también.
El sapo es una obra maestra de Dios
y las zarzamoras podrían adornar los salones de la gloria.
El tendón más pequeño de mis manos avergüenza a
toda la maquinaria moderna,
una vaca paciendo con la cabeza doblada supera en
belleza a todas las estatuas,
y un ratón es milagro suficiente para convertir a
seis trillones de infieles.

Cuando otro poeta habla de sí mismo y nos revela su temor y su angustia, por apartarse de su misión y su destino, lo hace a través de un amigo fraterno: «Hoy, y más que nunca, quizás, siento gravitar sobre mí, una hasta ahora desconocida obligación secretísima, de hombre y de artista ¡la de ser libre! Si no he de ser hoy libre, no lo seré jamás. Siento que gana el arco de mi frente su más imperativa fuerza de heroicidad. Me doy en la forma más libre que puedo y ésta es mi mayor cosecha artística».

«¡Dios sabe cuánto he sufrido para que el ritmo no traspasare esa libertad y cayera en libertinaje! ¡Dios sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado, colmado de miedo, temeroso de que todo se vaya a morir a fondo para que mi pobre ánima viva!»

«Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Hoy sufro solamente». ¿No es la Naturaleza humanizada que habla por medio de él? ¿No es la Humanidad, en suma, que sufre y clama en él y por él?

Pero cuando yo muera
de vida y no de tiempo,
cuando lleguen a dos mis dos maletas,
éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara
en pedazos,
ésta aquella cabeza que expió los tormentos del
círculo en mis pasos,
éstos esos gusanos que el corazón contó por unidades
éste ha de ser mi cuerpo solidario
Un pedazo de pan, tampoco habrá ahora para mí?
Ya no más he de ser lo que siempre he de ser,
pero dadme,
por favor, un pedazo de pan en que sentarme,
pero dadme
en español
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir,
de reposarse, y después me iré...

Y este poeta que sufre todos los dolores del mundo, que es hermano de los hombres sin distinción ninguna y que sufre aún más, herido por la tragedia de la guerra civil española, encuentra en ella el sueño de la felicidad suprema:

Constructores
agrícolas, civiles y guerreros,
de la activa, hormigueante eternidad: estaba escrito
que vosotros haríais la luz entornando
con la muerte vuestros ojos;
que a la caída cruel de vuestras bocas,
vendrá en siete bandejas la abundancia, todo
en el mundo será de oro súbito
y el oro
fabulosos y mendigos de vuestra propia secreción de
sangre,
y el oro mismo será entonces de oro!

.......................................................................................

Se amarán todos los hombres
y comerán tomados de las puntas de vuestros pañuelos
tristes
y beberán en nombre
de vuestras gargantas infaustas!

........................................................................................

Sólo la muerte morirá! La hormiga
traerá pedacitos de pan al elefante encadenado
a su brutal delicadeza; volverán
los niños abortados a nacer perfectos, espaciales
y trabajarán todos los hombres,
engendrarán todos los hombres,
Comprenderán todos los hombres!

Quienes han hecho el descubrimiento de César Vallejo y lo han leído y se han deslumbrado, han sentido una transformación de sí mismos, principalmente, porque se han encontrado con un poeta y un hombre en una pieza; con un hombre, en fin que se ha erigido en representante nuestro, en cuanto somos seres echados de un paraíso que no tuvimos nunca.

Rodin, admirado fervorosamente por Rilke, de quien fue secretario un tiempo y al que dedicó un estudio, dejó escrito en su testamento, dirigiéndose a los jóvenes:

«Inclináos ante Fidias y ante Miguel Angel. Admirad la divina serenidad del uno, la salvaje angustia del otro».

«La admiración es un vino generoso para los nobles espíritus».

«Guardaos, sin embargo, de imitar a vuestros mayores».

«Respetuosos de la tradición, sabed discernir lo que ella contiene de eternamente fecundo: el amor a la Naturaleza y la sinceridad. Estas son las dos fuertes pasiones de los genios. Todos adoraron la Naturaleza y no mintieron jamás».

«Que la Naturaleza sea vuestra única diosa. Tened en ella una fe absoluta. Sed profundamente, ferozmente verídicos. No vaciléis jamás en expresar lo que sintáis, ni siquiera cuando os encontréis en oposición con las ideas corrientes y aceptadas».

La Naturaleza es para Rodin la Madre, la Maestra, la Unica. «No le parece a usted –le dice a Pablo Gsell, su interlocutor– que el follaje constituye el marco más apropiado para la escultura antigua? Los artistas griegos amaban de tal modo la naturaleza que sus obras se bañan en ella como su propio elemento». Y Gsell comenta: «Habitualmente se colocan las estatuas en un jardín con el propósito de embellecerlo; Rodin lo hace para embellecer las estatuas. Es que la Naturaleza es siempre para él la soberana maestra y la perfección infinita».

Cuando Gsell le dice que él espera que sus modelos tomen una posición interesante y no que obedezcan sus órdenes, Rodin replica: «Yo no estoy a las órdenes de mis modelos, sino a las de la Naturaleza. En todo obedezco a la Naturaleza y no pretendo mandarla jamás. Mi única ambición es la de serle servilmente fiel».

«Las flores se tornan elocuentes para él –dice Gsell– mediante la delicada curvatura de sus tallos, por los matices delicados de sus pétalos; cada corola entre el follaje es una palabra afectuosa que le dirige la Naturaleza».

Rodin contempla la figura de una mujer: «Oh!, la hermosura de sus espaldas! ¡Curvas de perfecta belleza! Mire la garganta de ésta, la adorable elegancia de esa dilatación, es de una gracia casi irreal! Y los muslos de esta otra: ¡qué maravillosa ondulación! ¡Qué exquisito desarrollo de los músculos en la suavidad de la superficie! ¡Es como para arrodillarse ante ella!».

Cuando Henry David Thoreau abandona la redacción de una revista en la ciudad de Concord y se refugia en el bosque, cerca de un lago, no sólo asume una actitud ante la Naturaleza, sino adopta una manera de vivir.

La Naturaleza es para él la Madre, la fuente de vida, el milagro patente en los montes y los valles y los lagos; en el solemne rumor de los bosques, en el fluir del agua, en el regalo de las flores y los frutos; en la aurora y el crepúsculo; en cada cosa, en cada brizna de hierba.

Thoreau, que es, a su manera, filósofo y poeta, pero, sobre todo, hombre, no lleva nada al bosque y se procura lo que necesita, principalmente alojamiento y vivienda, merced a su trabajo.

Este nuevo Robinson Crusoe, no por accidente sino por propia voluntad, vive, en cierto modo, como si fuese el primer hombre sobre la tierra, pero sobre una tierra abonada ya por generaciones sucesivas.

El mismo es el heredero de una cultura y hasta, podríamos decir, de muchas culturas. Puede citar a filósofos y poetas, recordar trozos enteros de libros ejemplares, evocar episodios históricos y emplear instrumentos y aplicar técnicas que le vienen de esa civilización que él abandona por nociva, pero cuyos dones le son indispensables y a la que retorna después de su aventura para contar la experiencia de una vida entre los árboles y el lago, en comunión con la Naturaleza.

«Cuando escribí las páginas que siguen, o más bien la mayoría de ellas, –dice al iniciar su libro Walden o mi vida entre bosques y lagunas– vivía solo en los bosques, a una milla de distancia de cualquier vecino, en una casa que yo mismo había construído, a orillas de la laguna de Walden en Concord (Massachusetts) y me ganaba la vida únicamente con el trabajo de mis manos. En ella viví dos años y dos meses. Ahora soy de nuevo un morador en la vida civilizada».

Quien abandona ese mundo que ha ido entrando literalmente en él y, en un momento de inconformidad y rebeldía, deja tras de sí las comodidades, las convenciones y la rutina, para entregarse a la vida autónoma en medio de la Naturaleza, sin temor a la soledad y la falta de recursos elegidos a su medida, pues tiene que vivir sin relaciones con otros hombres y desprovisto de todo, es, ciertamente, el protagonista de un acto heroico.

En verdad que no podrá desvincularse de ese mundo que es ya constitutivo. Bastaría tener en cuenta el lenguaje, síntesis y cima de la cultura, para comprender que esa soledad es la de un ser humano, a fuerza de haber vivido en el seno de una comunidad, y que su mente está poblada de seres y episodios y conceptos y las incontables formas y figuras que no se pueden rechazar ni conviene hacerlo, pero es verdad también que el rechazo no es a las cosas esenciales sino a las nocivas y superfluas.

«La mayor parte de los lujos, o las así llamadas comodidades de la vida, no son solamente innecesarios, sino también impedimentos positivos para la elevación de la humanidad», dice Thoreau y prosigue: «Ser un filósofo no consiste en tener pensamientos sutiles meramente, ni en fundar una escuela, sino en amar la sabiduría (la antigua acepción desde los griegos) tanto como la vida que está de acuerdo con sus dictados, una vida de simplicidad, independencia, magnanimidad y confianza. Consiste no sólo en resolver teóricamente algunos problemas de la vida, sino también prácticamente».

Y he aquí una pregunta inquietante: ¿Cómo puede un hombre ser filósofo sin preguntarse en qué medida su ejercicio teórico podrá contribuir a la mejora de los hombres? Es de temer que, en la mayor parte de los casos, lo que interesó a quienes se esforzaron por pensar «con anhelo de profundidad», como decía Emerson, era la búsqueda de la verdad.

Es innegable que se trata de una empresa mayor, quizá la más elevada y decisiva de todas las empresas, y quienes se dedican a ella deben encontrarse entre los más grandes benefactores de la humanidad. Que el filósofo no encuentre la suya o que crea haberla encontrado o que nos la presente oscura y poco menos que inaccesible, no le resta importancia a su labor. El artista trabaja también para hallar la verdad que «transparece bajo la forma», en palabras de Rodin. El científico consagra su vida a la búsqueda de la verdad. Gandhi pone por título a su autobiografía: Historia de mis experimentos con la verdad. Y Thoreau llega al extremo de preferirla antes que al amor: «Denme la verdad antes que el amor, el dinero y la reputación. Me senté a una mesa en la que había sabrosos manjares y vino abundante y cuidadosa atención, pero donde faltaban la sinceridad y la verdad; y me escapé con hambre de aquel ágape poco hospitalario»(14).

Thoreau quiere un filósofo vital. ¿Y por qué no, un poeta? ¿Y un artista? ¿Y un escritor?

Nos encontramos con frecuencia ante un escritor por un lado y un hombre por el otro y, sin embargo, se trata de una sola persona. Hizo bien el gran escritor argentino en dejarnos una hermosa página, como todas las suyas: Borges y yo. Es difícil resistir la tentación de copiar algunas líneas: «Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico... Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica... Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página».

¿Podemos despojarnos de ropajes añadidos por las costumbres; de cosas superfluas e inútiles? ¿Somos capaces de cuestionarlo todo o casi todo y, luego, de vivir con sujeción a nuestras conclusiones, no a la rutina de los demás?

La civilización es, en gran parte, una suma de artificios en medio de los cuales vivimos y a los que acatamos, como lo hace todo el mundo, sin reparar en el engaño. «Sería una cosa interesante saber cuánto duraría la posición social de los hombres si éstos fueran despojados de sus vestiduras», dice Thoreau. Lo primero que ven muchas personas es el traje. Carlyle escribió una filosofía de los trajes en su Sartor Resartus y dedicó algunas páginas al dandy que es, como dice el autor, «un hombre que lleva trajes; un hombre cuyo estado, oficio y existencia, consisten en llevar trajes. Todas las facultades de su alma, de su espíritu, de su bolsillo y de su persona, están heroicamente consagradas a este único fin: llevar los trajes de manera que sienten bien; de suerte que, así como otros se visten para vivir; él vive para vestirse».

Imaginémonos a una u otra mujer elegante obligada a vestirse como una mucama; al dandy desprovisto de su atuendo; al señorito con la ropa de un obrero. Es indudable que su personalidad sufriría los efectos de este cambio y que, en el caso del dandy, podría llevarlo al suicidio.

Y, puesto que se trata de la vida, no de la vida anodina y rutinaria, sino de aquella que se puede saborear; de la vida como un don del cual se tiene conciencia y que no se podrá agradecer jamás; de la vida que nos ha sido dada sin que la mereciéramos; de la vida en la experiencia de Thoreau:

«Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si yo no podía ver lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriese que no había vivido. Quise vivir profundamente y extraer toda la médula de la vida, vivir en forma tan dura y espartana como para derrotar lo que no fuera vida, cortar una amplia ringlera al ras del suelo, llevar la vida a un rincón y reducirla a sus últimos confines. Y sin embargo, nosotros vivimos mezquinamente como las hormigas; nuestra vida está desmenuzada por el detalle».

Esta forma de vida y estas consideraciones, abonadas por las que vienen después, son parte de una oposición entre la Naturaleza y la sociedad, entre lo grande y eterno y lo pequeño y fugaz.

La entrega a la Naturaleza, a pesar de que ya ha sido humanizada por el hombre en Walden, es también una entrega a la soledad. Es verdad que cada filósofo, cada poeta, cada artista auténtico está solo cuando medita o crea, pero lo rodean siempre la agitación y el bullicio de una sociedad que es la suya y a la que no es posible renunciar.

Thoreau ya está en Walden: «Este es un atardecer delicioso, cuando todo el cuerpo es un solo sentido y absorbe deleite por todos los poros. Voy y vengo con extraña libertad en la Naturaleza, siendo una parte de ella misma. No puede existir un humor negro para aquel que vive en medio de la Naturaleza y tiene sus sentidos tranquilos. Nunca me he sentido solo, ni tampoco deprimido por forma alguna de soledad, salvo una vez, y esto fue unas pocas semanas después de haber venido a los bosques, cuando por una hora dudé de si la próxima vecindad del hombre sería esencial para una vida sincera y saludable».

«En medio de una lluvia suave, mientras prevalecían estos pensamientos, me di cuenta de pronto de la existencia de una sociedad dulce y benéfica en la Naturaleza, en el golpear acompasado de las gotas y en cada sonido y en cada mirada alrededor de mi casa; una amistad infinita e imposible de narrar, como si se tratase de una atmósfera que me mantenía, una amistad que convirtió en insignificantes todas las ventajas imaginarias de la vecindad humana. Cada pequeña aguja de los pinos se dilataba, henchida de simpatía, y me ofrecía su amistad».

Thoreau es testigo de una batalla feroz, como todas las batallas, entre hormigas rojas y hormigas negras. No hay cuartel

–y ésta es una manera de decir, puesto que se trata de hormigas– para nadie. Las escenas son dignas de uno de los combates que figuran en la historia, casi siempre manchada de sangre: «El guerrero negro había seccionado de sus cuerpos las cabezas de sus enemigos, todavía vivientes, colgaban a cada uno de sus costados, como trofeos horribles de su arzón, todavía al parecer tan firmemente fijadas como siempre,y estaba tratando con esfuerzos débiles –pues estaba sin antenas, con sólo el muñón de una pata y no se cuántas heridas más– de desembarazarse de ellas, lo que logró finalmente tras media hora más». Y el autor agrega: «Hasta terminar aquel día sentí como si tuviera exaltados y atormentados mis sentimientos, al presenciar la lucha, la ferocidad y la carnicería de una batalla humana ante mi puerta».

Se habla con frecuencia de «la dignidad humana» y se la relaciona con la satisfacción de las necesidades elementales, con la justicia social y la libertad. ¿Y por qué no con la paz y la solidaridad? La guerra es el mayor crimen de todos, y quienes la instigan y alimentan son los más grandes criminales.

Rabelais ridiculizó la guerra y sus razones y motivos, en la cabeza del rey Picrochole. Rumores, infundados, falsas alarmas, pero al parecer, el asunto era que la sustracción de algunas tortas, hacen montar en cólera al rey que se lanza con su ejército sobre sus presuntos enemigos. Al invadir la Abadía, les sale al encuentro el Hermano Juan que cae sobre ellos con furia incontenible.

«A unos les rompía el cráneo, a otros los brazos o las piernas, a otros les dislocaba los espóndilos del cuello, a otros les molía los riñones, les hundía la nariz, les sepultaba los ojos... Unos clamaban por Santa Bárbara, otros por San Jorge, otros por Santa Nituche, otros por Nuestra Señora de Cunault, de Loreto, de la Buena Nueva, de Gunou o de Riviere... Unos se morían hablando y otros hablaban sin morir...»

Por cuatro o cinco docenas de tortas, Grandgousier, padre de Gargantúa, ordenó que le entregaran a Picrochole cinco carretas de ellas, pero el rey se mantuvo en sus trece, halagado por sus cortesanos que le hablaban de conquistar el mundo, y siguió adelante.

Derrotado al fin, huyó y «los molineros lo molieron a palos, le destrozaron todas sus ropas y le dieron para cubrirse un infamante casacón».

Los animales despiertan en Thoreau un sentimiento profundo que lo inclinan a mirarlos con amor y a deleitarse con ellos.

En principio, la vida es sagrada. Es verdad que ella no se manifiesta siempre acorde con nuestros gustos y nuestras inclinaciones. Son muchos los animales que nos inspiran temor y aun repugnancia. Los hay nocivos y peligrosos. En cambio, el amor y aun la ternura afloran cuando un ave se posa en una rama o una mariposa traza una línea en el aire o una gatita se echa en el suelo a la espera de las caricias habituales.

Los animales son puros porque son naturales. Ellos no tienen intenciones como los hombres. No se ponen una careta para ocultar sus propósitos y les son ajenas la hipocresía, la deslealtad, la envidia, la mentira.

Se repite con frecuencia aquella boutade de Mark Twain: «A medida que conozco más a los hombres, quiero más a los caballos».

Durante la infancia somos menos tiernos con muchos animales. A medida que pasamos de la adolescencia a la juventud, y de ella a la edad madura y la vejez, el sentimiento se puede tornar profundo y aquello que nos dejaba indiferentes quizá se torne próximo y agradable, hasta el punto de merecer atenciones y caricias plenamente correspondidas.

Sin embargo, los animales serán siempre atractivos para los niños. No todos pueden reaccionar de la misma manera ante el espectáculo de un rebaño que pasa ante la mirada o las fieras en el zoológico, porque están dotados diversamente.

«A un chico lo llevaban por primera vez al zoológico –nos dice Borges–. Ese chico será cualquiera de nosotros o, inversamente, nosotros hemos sido ese chico y lo hemos olvidado. En ese jardín, en ese terrible jardín, el chico ve animales vivientes que nunca ha visto; ve jaguares, buitres, bisontes y, lo que es más extraño, jirafas. Ve por primera vez la desatinada variedad del reino animal, y ese espectáculo, que podría alarmarlo u horrorizarlo, le gusta. Le gusta tanto que ir al jardín zoológico es una diversión infantil, o puede parecerlo. ¿Cómo explicar este hecho común y a la vez misterioso?»

Oscar Wilde puso un título muy significativo a una de sus obras: Intenciones. Hay algo oculto en aquella persona que no conocemos, que nos detiene en medio de la calle , que finge o dice la verdad –¿quién puede saberlo?– acerca de una reunión, hace muchos años, en tal o cual parte, y que termina pidiendo un favor.

Cada uno tiene su mundo interior. Cada uno guarda celosamente una «reserva» de intenciones. Apenas nos es dado mirar un semblante, adivinar un signo entre los ojos y los labios y esperar el disparo de una intención lanzada por un carcaj invisible.

Así, pues, además del hombre social de Aristóteles, podemos decir que el hombre es un animal que tiene intenciones.

«¡El primer gorrión de la primavera!», estalla en alegría Thoreau. «¡El año comienza con una esperanza más joven de la que nunca hubo! En casi todos los climas, la tortuga y la rana se encuentran entre los precursores y los heraldos de la primavera y las plantas brotan y florecen y los vientos soplan para corregir esa pequeña oscilación de los polos y mantener el equilibrio de la naturaleza».


back.gif (71 bytes)

Regresar

Home

Arriba