I

En Arequipa, eterna primavera

 

"En Arequipa, eterna primavera", decía la frase elogiosa de Cervantes al referirse en el Canto de Calíope de su primera obra, la novela pastoril La Galatea, a un poeta nacido en España, pero avecindado en tierra arequipeña: Diego Martínez de Ribera1 . Y los encomios con relación al clima que hasta él habían llegado en el último cuarto del siglo XVI, y que él atribuía al "divino ingenio" del poeta, se multiplicaron en labios y en escritos de funcionarios, de cronistas, de literatos y de hombres de ciencia. Arequipa fue una de las ciudades del Virreinato del Perú que recibió más intensos loores no sólo de quienes la vieron, sino de quienes, sin conocerla, la requebraron simplemente de oídas.

Quienes empezaron las alabanzas parecen haber sido Pedro de Cieza de León y Agustín de Zárate. El primero, en su Chronica del Perú, de 1553, afirma de Arequipa que "es tan bueno el asiento y temple desta ciudad, que se alaba por la más sana del Perú y más apacible para vivir" (siempre que no la alteraran, desde luego, las sacudidas de los terremotos)2 . El segundo, dos años después, dice en su Historia del descubrimiento y conquista del Perú que la Villa Hermosa de Arequipa es un pueblo "muy sano y abundante de todo género de comida"3 .

En el siglo siguiente, el carmelita Vásquez de Espinosa, quien vio la ciudad recuperada de los tremendos movimientos sísmicos de 1600 y 1604, la llamaba no sólo "rica, fértil, regalada y amena", sino "un pedazo de paraíso terrenal"4 . El Judío Portugués, que Lohmann ha identificado como Pedro de León Portocarrero, explicaba por esos mismos años, con cierta malévola ironía, que el paraíso arequipeño estaba lleno de religiosos de las cuatro órdenes y teatinos y monjas, "que siempre éstos buscan las buenas tierras"5 . El barroco Calancha, en su Corónica moralizada del Orden de San Agustín, corroboraba por su parte que la campiña de Arequipa es "agradable por lo amena y deleitosa por lo florida"6 .

En el siglo XVIII, Jorge Juan y Antonio de Ulloa repetían en su notable Viage a la América Meridional que el temple de la ciudad es "de los más lisonjeros que se puede apetecer para la vida"7. El doctor don Ventura Travada y Córdova, con encendido orgullo local, llegaba a más: llamó a su libro sobre la ciudad, hiperbólicamente, El suelo de Arequipa convertido en Cielo8 . Y así siguieron creciendo la fama y el galardón de la ciudad, que con su clima sano en un valle no vasto, pero fértil, centro indicado de aclimatación ante las bravas escalas de los Andes, se extendía entre la sierra alta y el mar, con un río propicio, un cielo sutil y transparente y el imponente marco de tres montes nevados.

Por cierto que de los tres montes –que hicieron decir a Chocano en nuestros días que eran "como los camellos de los tres reyes magos" junto a una ciudad de Nacimiento– el principal es el del centro, cónico, noble y armonioso. Entre la mole extendida del Chachani y la crestería nevada del Pichu-Pichu, el apagado volcán central tardó mucho tiempo en encontrar un nombre propio: se le llamaba simplemente "volcán de Arequipa". Precisamente el doctor Travada hacía notar que aun cuando "que la peruana gentilidad fue tan prolija en poner nombres a los innumerables montes..., a éste sólo lo dejaron sin él". "Cuatro son los volcanes que tiene Arequipa en sus inmediatos contornos –confirma en otro párrafo–: el de Ambato, el de Ubinas, el de Huaina Putina y el anónimo, en cuyas faldas está fundada la ciudad." Por eso se considera autorizado para llamarlo como le pareciera: " unas veces le llamaré Olimpo, con más razón que el Thesaliano por su altura; otras, Vesubio, por sus ígneas erupciones, y otras, Etna, por esconder entre sus nieves sus ardores".

Pero, alejado de la mitología y de los afamados volcanes europeos, el nombre que al cabo tomó el monte tutelar de Arequipa fue el sencillo, significativo –y por antonomasia mestizo– de Misti9 .

Fundada a su vera el 15 de agosto de 1540 la Villa Hermosa de Arequipa, por el Muy Magnífico Señor Garci Manuel de Carvajal, que cumplió encargo del Conquistador Francisco Pizarro, la ciudad fue creciendo y extendiéndose durante los años coloniales. Su centro principal estaba a poca distancia del río Chili, y su forma, bastante elipsoidal, se alargaba y perdía principalmente en dos extremos: uno que ascendía por el camino de los Andes y otro que –cruzando el robusto puente de piedra que a poco de la fundación se construyó para reemplazar el caído puente incaico– se extendía al Oeste. Entre esos límites, y particularmente en el cuadriculado tablero de ajedrez de las "islas" centrales, se levantaron iglesias y conventos, edificios austeros y casonas suntuosas, en que se reunía, bajo los techos abovedados y entre las retorcidas ornamentaciones de la piedra "sillar" que se multiplicaron en el siglo XVIII, la más numerosa población española en toda la extensión del Virreinato. El censo mandado levantar por el Virrey Francisco Gil de Taboada y Lemos, que se acompañó a su Relación de 1796, daba para el Cercado de Arequipa un total de 37,241 habitantes, que se descomponía así: 22,207 españoles, 5,929 indios, 4,908 mestizos, 2,487 "castas" libres y 1,225 esclavos negros10 ; o sea un 60 por 100 de población española, peninsular o criolla americana.

"Hay tres especies de edificios –precisaba el doctor Travada al promediar el siglo XVIII–: casas pajizas, de teja y de cal y canto. De las pajizas hay muy pocas y están por lo general en los extremos de la ciudad: las de teja componen la mayor parte; las de cal y canto compondrán un tercio de lo edificado"11 . Al avanzar el siglo fueron éstas las casas más numerosas y no sólo más galanas, con ornamentaciones en la piedra volcánica, dócil y blanda, del "sillar", inscripciones religiosas en las portadas, muros anchos y altos y techos de bóveda. "Los edificios son hermosos –decía en su informadísimo Diccionario el coronel Antonio de Alcedo–, fabricados de piedra, con cubiertas de bóveda, sin viviendas altas por el recelo de los terremotos"12 . "Son pocos los altos –iba a añadir algo después el arcediano Francisco Javier de Echeverría– por el temor de su ruina con los terremotos"13 . Y el muy notable sacristán mayor Antonio Pereyra y Ruiz, en 1816, aclararía: "Las casas son de cal y piedra labrada, con bóveda de cantería o de ladrillo, todas bajas por la causa de los movimientos de tierra, y aunque algunas tienen sus altos no habitan en ellos"14 .

Pero aunque las casas llegaran a tener fachadas ostentosas, su interés singular no estaba en el boato, sino en la manera, al mismo tiempo lógica y artística, como respondían a las necesidades y a las realidades del lugar: gran luminosidad, riesgo de terremotos, piedra volcánica al alcance, sentido hogareño y patriarcal. No había en Arequipa una aristocracia liviana e indolente, sino un conjunto de familias, con un concepto austero y sencillo de la vida, hacienda exigua y firmeza cristiana. Su economía tenía fuertes raíces rurales; y si la tierra era próvida y feraz, la corta extensión del valle y la subdivisión de la propiedad obligaban a trabajar intensamente. Los principales productos eran el trigo y el maíz (uno importado y otro autóctono), pero los rendimientos se incrementaban además por la obligada rotación de cultivos. En la Memoria del intendente de Arequipa Antonio Alvarez y Jiménez (1786-1792), que efectuó una visita pormenorizada a la región, aparece la capital de la Intendencia como compuesta por diez pueblos y tres valles. "Los primeros –explica–, cercanos a la ciudad, cuyas campiñas pueden numerarse por las más fecundas del Reyno, pues en todas las estaciones del año dan diferentes cosechas sin que sus tierras queden en barbecho, porque apenas se levantan frutos cuando reciben otros, y así existe una continuada primavera en sus terrenos, admirando ver unos frutos maduros, otros en flor y otros en brote al mismo tiempo"15 . En cambio, la ganadería era muy escasa; y la mayor parte de los animales tenían que llevarse de fuera, y aun hacerlos pastar en las lomas de la costa.

Al lado de la agricultura, la otra base económica de Arequipa la constituían la industria y el comercio, si no verdaderamente intensos, por lo menos asentados en la realidad y afortunadamente diversificados. De especial importancia era lo relacionado con el transporte, que alcanzaba una proporción muy alta, con un crecido número de arrieros que facilitaban la entrada y salida de mercaderías y servían como un medio de comunicación irremplazable. De la sierra o la costa, de las tierras lejanas o los valles fecundos o vecinos, por el camino "a la mar" o el "del volcán", llegaban barras de plata, telas, libros, vinos, alimentos, que entre la algarabía de las recuas y el animado pregón de los arrieros daban a la ciudad un vistoso carácter de centro de relación y de intercambio de mercaderías y de ideas. Entre la industria textil, de lienzos de algodón, bayetas, paños y frazadas, y la curtiembre de pieles, que proveía de vaquetas, cordobanes, gamuzas, pergaminos, la actividad comercial era abundante. Había numerosos zapateros, "oficiales de albañilería, carpinteros, escultores, alfareros, herreros, sastres, sombrereros, tintoreros, doradores, pintores al temple" y hasta oficiales de relojería16.

El más antiguo mapa que se conoce de Arequipa, mandado levantar por el intendente Alvarez y Jiménez y realizado en 1794 por el secretario de la Intendencia, contador real de Diezmos, topógrafo y matemático Francisco Vélez y Rodríguez, a imitación de los "planos escenográficos" del impresionante Viage a la América Meridional, de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, da clarísima idea de lo que era la ciudad en esos años17. Sus calles bien trazadas; su planta "admirable –como dice la anotación al margen– por estar en un llano que solo permite el descenso necesario para que las aguas de las lluvias, y las hermosas azequias que corren por todas sus calles, caigan con un curso regular a la parte del Norte por donde la baña el Río"; su puente de seis arcos de piedra labrada; sus templos, conventos y huertas (particularmente la de Santa Teresa), con todo detalle marcados en el plano; y su cerco de montes y campos de cultivo, ponían con razón a la ciudad "entre las mayores que pueblan los bastos Paises del Perú". El alcalde y los regidores quedaron tan contentos, que en sesión del 2 de abril de 1794 acordaron poner el plano en marco y bajo vidrio, agradecerlo a Francisco Vélez y que "a mas de la referida gratitud se le brindase la escasa satisfaccion de un vestido rico a satisfaccion suya". Mes y medio después, el 17 de mayo, se cumplió lo acordado y se dio libranza por 113 pesos y 2 reales para pagar el vestido y el marco18. Con ese minucioso "Plan Scenográfico" y el que ha dejado Antonio Pereyra y Ruiz en su Noticia de 1816, se pueden reconstruir exactamente los pequeños avances de Arequipa en ese paso del siglo XVIII al XIX, del Virreinato a los albores de la Independencia, o sea durante la vida de Mariano Melgar19. 

El mismo Pereyra y Ruiz, por lo demás, tuvo el acierto de añadir a su Noticia de la muy noble y muy leal ciudad de Arequipa un segundo cuaderno con una coloreada "Colección de Figuras que demuestran los usos y costumbres de Arequipa, varios muebles de casas y alajas de Yglesias", que contribuyen a reconstruir la vida de la ciudad en esa época. Se ve así a religiosos, soldados, indios, colegiales, mujeres con traje de casa y de paseo, el gobernador intendente con su casaca de paño azul y galón de oro, eclesiásticos que, contrariando las prohibiciones del obispo, dejaban el hábito en las tardes y salían a pie o a caballo, con capa negra o azul con vueltas de terciopelo morado, medias de seda, zapatos con hebillas de oro, sombrero redondo y un pañuelo blanco al cuello. En el interior de las casas, las salas abovedadas estaban enlucidas con estuco o pintadas, con "pocas o ninguna lámina", y sólo en el testero una imagen con marco de plata, como de plata eran también los sahumadores con que se agasajaba al visitante o los utensilios para beber el mate. "El cortinaje de todas las piezas es de olán. El suelo es de ladrillo y lo cubren con una buena Alfombra texida en el país"20.

Entre las calles de más movimiento en la ciudad –todas con sus acequias en el centro– había una conocida como "calle de Puno", que se extendía hacia el Oriente más allá de la iglesia de Santa Teresa y por la que entraban y salían quienes llegaban de la parte más alta de la sierra o partían hacia ella. Decir "de Puno" era mencionar al mismo tiempo no sólo la poblada región del lago Titicaca, sino minas y ciudades del Alto Perú, las pampas centrales y el noroeste del Virreinato de La Plata o Buenos Aires (establecido en 1776), y las propias provincias del Cuzco, que tenían su mayor comunicación con Arequipa por el camino de Puno y de Vilque. Por eso, la transitada calle arequipeña mostraba el enjambre bullicioso de llamas cargadas de mineral, mulas aderezadas que anunciaban su ingreso con el tintineo de sus campanillas, e indios de uno y de otro sexo que acostumbraban en las noches cantar sus idilios o sus cuitas con el acompañamiento, triste y profundo, de las "quenas".

En una de esas casas, de amplio portón, salas abovedadas como todas y acogedores patios interiores, que había al extremo de la calle, vivía al finalizar el siglo XVIII don Juan de Dios Melgar, ciudadano de situación económica modesta y ya madura edad, hijo legítimo de Pedro de Melgar y de su esposa Josefa Sanabria. Aunque sus padres habían contraído matrimonio el 7 de mayo de 1736 (casados por don Cristóbal de Rivera y Tapia, teniente de cura rector de la iglesia catedral), parece haber habido entre ellos, antes que el enlace religioso, una vinculación amorosa impaciente, que puede haber transmitido su fuego, andando el tiempo, a quien iba a ser su descendiente. Al menos, así se puede conjeturar por la partida en que el doctor Rivera asienta haber desposado "a Pedro de Melgar, natural de esta ciudad, de padres no conocidos, con Josefa de Sanabria, asimismo natural de esta ciudad, hija legítima de Francisco de Sanabria y de Doña Antonia Laguna, habiendo leído las amonestaciones dispuestas por el Santo Concilio de Trento en los días festivos: la primera el domingo seis de mayo (víspera del matrimonio), y las dos dispensadas por el Señor Provisor, por legítimas causas"21 .

Juan de Dios Melgar y Sanabria, por su parte, llegó a casar dos veces. La primera, el 22 de marzo de 1766, con María Domínguez y Perero; en quien, según las investigaciones minuciosas del doctor Santiago Martínez, tuvo ocho hijos: María Josefa (nacida, también apresuradamente, en junio de 1766), Antonia, Petronila, Josef Rudecindo, Manuela, otra María Josefa (si es que no se trata de un error), Silvestre y Paulo22 . Viudo, volvió a casar el 3 de diciembre de 1786, y esta vez con Andrea Valdivieso, natural de Arequipa, como todos los mencionados, hija legítima de Manuel Valdivieso y de Josefa Gallegos y treinta y cinco años menor que don Juan de Dios23. Por cierto que, repitiendo la historia familiar, también en este enlace se suprimieron las proclamas. Así lo hizo constar el licenciado Matías Banda, teniente de cura rector de la catedral, quien expresó que la dispensa había sido autorizada por el gobernador eclesiástico doctor Pedro de Santa María, "por justas causas"24.

Del matrimonio de Juan de Dios Melgar con Andrea Valdivieso nacieron once hijos entre 1787 y 1808: María Eustaquia, Narciso, Mariano (el poeta), José Toribio, María Josefa (quien con el transcurso de los años contrajo matrimonio con Romualdo Corrales y Salazar), Juan de Dios, José Mariano, Inés (quien fue más tarde esposa de Antonio Moscoso), José Fabio, Juliana (que casó con el doctor Pío Valdivia) y Fermín25 . Varios de ellos murieron jóvenes, como por desgracia era habitual entonces. Por eso en 1827, cuando Juan de Dios Melgar y Valdivieso, basado en el heroísmo de Mariano, solicitó la ayuda del Estado para sus hermanos José Fabio y Juliana, sólo menciona además de ellos como vivos a María Josefa y a Inés, o sea, nombra en total cinco de los once26 .

A pesar de la sonoridad de la vida y de la obra del tercero de los hijos, que llevó el nombre de Mariano Lorenzo, la fecha de su nacimiento quedó durante mucho tiempo, si no en el olvido, en el error. En 1891 se llegó hasta el extremo de celebrar con solemnes ceremonias el supuesto centenario de su nacimiento, y se colocó en su casa natal, entre entonados discursos y entre flores, una placa de bronce con una leyenda equivocada. "En esta casa –decía la inscripción que se mantuvo con su inexactitud años tras años– nació el eminente poeta y mártir de la patria Mariano Melgar, el 8 de setiembre de 1791."

El error provenía de una repetida tradición, confirmada a través de recuerdos familiares por nadie menos que un hermano del poeta, el doctor José Fabio Melgar27. Ante la cercanía de la fecha que se consideró era la del centenario, uno de los más entusiastas promotores de la celebración, el escritor Gerardo Holguín, preguntó a uno de los sobrinos de Melgar , el doctor José Moscoso y Melgar, cuál era el día exacto del nacimiento del poeta, a lo que el interpelado respondió: "Es indudable que don Mariano Melgar nació el 8 de setiembre de 1791"28. La tradición quedó así, en apariencia, comprobada, sin que la búsqueda en los viejos registros parroquiales hubiera permitido una refrendación indispensable.

Se padecía en realidad un segundo error, porque lo infructuoso de la investigación se debía a que se buscaba la partida del nacimiento de Melgar en la parroquia de Santa Marta, como la iglesia más cercana a la casa familiar, sin tener en cuenta que durante los días virreinales ésta era parroquia de "naturales", o de indios. Enderezada la investigación, el estudioso doctor Alberto Ballón Landa encontró en uno de los libros de la parroquia del Sagrario (lugar de bautizo de "españoles", peninsulares o criollos) el asiento buscado. Con fecha anterior en algo más de un año a la hasta allí supuesta, el texto completo de la partida es el siguiente:

"Año del Señor de mil setecientos noventa, en doce de agosto. Yo el Licenciado don Mathias Banda, Teniente de cura Rector de esta Santa Iglesia Catedral de Arequipa, bauticé, puse óleo y crisma a una criatura, a quien puse por nombre Mariano Lorenzo, hijo legítimo de don Juan de Dios Melgar y de doña Andrea Baldivieso. Fueron sus padrinos don Juan Antonio Velarde y Neira y doña María Ampuero, a quienes advertí la obligación y parentesco espiritual, y lo firmé ut supra. Mathias Banda"29.

Quedó así fijado exactamente el día seguro del bautismo, pero se desconoce todavía la fecha precisa del nacimiento del poeta. El doctor F. Javier Delgado, en un informe emitido en setiembre de 1910, después de descubierta la partida y en su carácter de secretario del Concejo Provincial de Arequipa, se decidió por el 10 de agosto, día de San Lorenzo. "El (nombre) de Mariano –decía uno de los párrafos de su informe– lo recibió sin duda por ser de costumbre también que lleven este nombre los niños que nacen en el novenario, quincena o mes dedicados al culto de la Santísima Virgen en sus diversas advocaciones, estando consagrada la primera quincena de agosto a la de la Asunción, bajo la cual fue proclamada patrona de Arequipa"30 . Se podría pensar también en el 8 de agosto, día de San Mariano, pero más verosímil es indudablemente el día 10, no sólo por la mayor cercanía a la fecha del bautismo, sino porque uno de los hermanos de Melgar, nacido en julio de 1797, fue bautizado como José Mariano, lo que podría indicar una inclinación familiar más general, en tanto que el nombre de Lorenzo sólo se explica por el día del Santo.

¿Hubo sangre indígena en las venas de Mariano Melgar? Hay quienes basados en la emoción nativa que fluye reiteradamente de sus versos, y acentuando la fuerza que posee como representante heroico de la lucha política por la emancipación americana, lo han erigido como el símbolo de un reflorecimiento de los pueblos autóctonos. Pero, fuera de lo que puede haber en ello de interesada afirmación o de simples excesos de retórica, lo que se diga en este sentido sólo puede moverse en el terreno débil y peligroso de las conjeturas. Su sangre oficialmente era la blanca o española; así aparecen sus padres en los censos y así lo demuestra en forma clara el hecho de haberse efectuado su bautizo en la parroquia del Sagrario. Pero no puede descartarse por completo la posibilidad de que en el curso de los años y de las generaciones, o por el incierto camino de los desconocidos padres de Pedro Melgar, en su indudable tronco hispánico se hubiera anudado alguna rama de cercana o lejana savia indígena.

En todo caso, Melgar ha de haber percibido y asimilado desde niño los constantes efluvios que hasta su casa de la calle de Puno llevaban los muchos transeúntes de la raza forjada entre los Andes. Avanzando hacia el centro de la ciudad, o deteniéndose en propicio reposo en la misma casa familiar, los indios que iban y venían han podido comunicarle sutilmente su vieja vena íntima, su soterrado dolor y su ternura. Un documento de los días de la Emancipación hallado por el doctor Francisco Mostajo –experto y meritísimo investigador de todo lo relacionado con Melgar– presenta al padre del poeta, el ya anciano y descaecido don Juan de Dios, contribuyendo con aportes de pan para los gastos de la lucha. ¿Quiere esto decir que tenía una panadería?, se pregunta31 . Y la hipótesis surge cuando se imagina una tahona en la casa modesta, con indios venidos por los Andes, que trabajaban en la diaria faena y que en las horas de la noche amenizaban su descanso con canciones, lamentos de "yaravíes" y gemidos de "quena", que el niño iba guardando con afecto en su oído.

Notas

1 Miguel de Cervantes, La Galatea (Madrid 1585). El Canto de Calíope se halla en el Libro VI. La referencia a Martínez de Ribera , en las octavas 66 y 67.

2 Pedro de Cieza de León, Parte Primera. De la Chronica del Peru (Sevilla 1553), cap. LXXVI.

3 Agustín de Zárate, Historia del descubrimiento y conquista del Perú (Anvers 1555), Libro I, cap. VII.

4 Antonio Vásquez de Espinosa, Compendio y descripción de las Indias Occidentales (ed. Smithsonian Institution, Washington 1948), Libro IV, cap. LI, párrafos 1.389-1.390.

5 Discriçion general del Reyno del pirú (ed. Boleslao Lewin, Rosario, 1958), página 165. Guillermo Lohmann Villena "Una incógnita despejada: la identidad del judío portugués, autor de la Discricion general del Perú", en Revista Histórica, tomo XXX (Lima 1967), págs. 26-93.

6 Antonio de la Calancha, Corónica moralizada del Orden de San Agustín en el Perú, tomo I (Barcelona 1638).

7 Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Relación histórica del Viage a la América Meridional, tomo III (Madrid 1748), Libro I, cap. XII, pág. 181.

8 Ventura Travada y Córdova, El suelo de Arequipa convertido en Cielo, publicado por primera vez en Manuel de Odriozola, Documentos Literarios del Perú, tomo X (Lima 1877). Vladimiro Bermejo, en la reedición hecha en Arequipa en 1958, en el Primer Festival del Libro Arequipeño, hizo notar que aun cuando la obra de Travada estaba fechada en 1752 ha de haber sido escrita en 1743, pues fue en este año cuando se estrenó el Monasterio de Santa Rosa de Arequipa, que fue la ocasión para escribirla.

9 La referencia más antigua parece ser la de Francisco de Suero y Francisco Vélez, de 12 de octubre de 1787, en la Anadiplosis a la descripción topográfica de el volcán de Arequipa nombrado Miste por los naturales, incluida por el intendente Alvarez y Jiménez y publicada en Memorias para la historia de Arequipa (ed. Víctor M. Barriga, Arequipa 1941), t. I, pág. 17. El arcediano Francisco Javier de Echeverría, en sus Memorias de la Santa Iglesia de Arequipa, de 1804 (ed. Vladimiro Bermejo, en Prosistas e historiadores, Primer Festival del Libro Arequipeño, Arequipa 1958, pág. 5), habla también del alto monte "nombrado en la gentilidad Misti". Sin embargo, la célebre Flora Tristán, en sus Pérégrinations d´une Paria (París 1838, t. I, cap. VIII), habla de "el volcán (no se designa por otro nombre)...".

10 En Memorias de los Virreyes que han gobernado el Perú, tomo VI (Lima, 1859), apéndice, págs. 6-7. Eusebio Quiroz Paz Soldán, en Aspectos sociales de Arequipa en el siglo XVIII (en Quinto Congreso Internacional de Historia de América, tomo III, Lima 1972, págs. 249-270), da cifras ligeramente diferentes de la revista que por orden del virrey realizó don Joaquín Bonet, contador de Resultas del Tribunal Mayor de Cuentas, en 1795. (AGI, Indiferente General, Leg. 1525).

11 Travada, loc. cit., pág. 85.

12 Antonio de Alcedo, Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales o América, tomo I (Madrid 1786), pág. 148.

13 Francisco Javier de Echeverría, Memorias de la Santa Iglesia de Arequipa, ed. cit. pág. 13.

14 Antonio Pereyra y Ruiz, Noticia de la muy noble y muy leal ciudad de Arequipa, ms. f. 4 v.; reproducido en su mayor parte por Alejandro Lostaunau en Fénix, núm. 4 (Lima 1946), pág. 818.

15 Memoria del gobernador intendente don Antonio Alvarez y Jiménez, en Memorias para la historia de Arequipa, cit., tomo I, pág. 58.

16 Juan Domingo Zamácola y Jáuregui, Apuntes para la historia de Arequipa (ed. Primer Festival del Libro Arequipeño, Arequipa 1958, pág. 30).

17 El hermoso "Plan Scenográfico", con la anotación "fecit Velez", se encuentra en el British Museum de Londres, Additional 15,740, junto con un "Mapa del Obispado de Arequipa dividido en todos sus Partidos, por su Governador Intendente D. Antonio Alvarez y Ximénez. Año 1787". Vélez Rodríguez acompañó en su visita al intendente Alvarez y Jiménez, quien lo elogió a menudo. Vid. Víctor M. Barriga, Mapa topográfico de Arequipa y sus provincias, en El Deber, Arequipa, 9 de noviembre de 1937.

18 Víctor M. Barriga, Memorias para la historia de Arequipa, tomo III (Arequipa 1948), págs. 354 y 357.

19 Guillermo Zegarra Meneses, en Arequipa, en el paso de la Colonia a la República (2da. Edición, Arequipa 1973, nota en la pág.19), dice que: "Es muy sensible que se haya perdido el (plano) levantado en 1794 por el contador de Diezmos y Secretario de la Intendencia Dn. Francisco Vélez Rodríguez, que comprendía la ciudad y sus contornos, y el cual, al ser presentado al Cabildo, causó grata impresión". Es muy satisfactorio que ese plano, que se creía perdido, se conserve en el British Museum, autenticado sin duda alguna: "fecit Velez". Por otra parte, antes de conocerse los planos de Vélez y de Pereyra, el que se daba por más antiguo era el "plano (propiamente croquis) del Cura D. Diego Rodríguez, que es el más antiguo que ha llegado a nuestras manos y que suponemos que corresponde al año de 1835". (Alberto de Ribero, Arequipa en su IV centenario, Arequipa 1940, pág. 132.)

20 Pereyra y Ruiz, Noticia..., cit., anotación de la lámina 30.

21 Rómulo Cúneo Vidal, "Trece documentos inéditos relativos al poeta arequipeño Mariano Melgar y a Silvia", en Boletín Bibliográfico de la Universidad Mayor de San Marcos, núm. 15 (Lima, diciembre 1924).

22 Santiago Martínez, Genealogía del poeta Mariano Melgar y Valdivieso, en Pedro José Rada y Gamio, Mariano Melgar y apuntes para la historia de Arequipa (Lima 1950), pág. 116.

23 Guillermo Zegarra Meneses, Arequipa en el paso de la Colonia a la República, cit., págs. 16-17, reproduce un interesante censo de la parroquia de Santa Marta, en el que aparecen Juan de Dios Melgar, español americano, de ochenta y dos años de edad, y Andrea Valdivieso, su mujer, de cuarenta y siete años. El censo no tiene fecha; pero, a juzgar por las edades de los hijos, se puede suponer que es de 1813.

24 Rómulo Cúneo Vidal, loc. cit.

25 Santiago Martínez, Genealogía, cit., págs. 117-118.

26 Alberto Tauro, "Los hermanos de Mariano Melgar", en Mar del Sur, número 29 (Lima, setiembre-octubre 1953), págs. 61-64.

27 "Noticias biográficas de Don Mariano Melgar", sin firma, en Poesías de Don Mariano Melgar (Lima-Nancy 1878), pág. 46.

28 Gerardo Holguín, "Apuntes para la biografía de Mariano Melgar", en La Bolsa (Arequipa, 7 y 9 de setiembre de 1891); reproducidos en Album del centenario de Melgar (Arequipa 1891), págs. 103-133.

29 Alberto Ballón Landa, Algunas rectificaciones históricas, tesis para el Bachillerato en Letras (Arequipa 1909). La partida de bautismo de Melgar, del Libro XLVI, f. 75, del Registro de Bautismos de la parroquia del Sagrario, así como las de Ignacio Alvarez Thomas, Francisco Javier de Luna Pizarro y Mariano Eduardo de Rivero, también encontradas por Ballón Landa, fueron publicadas después en Arequipa y han sido reproducidas muchas veces.

30 El informe del doctor Francisco Javier Delgado ha sido reproducido por Pedro José Rada y Gamio en Mariano Melgar y apuntes para la historia de Arequipa, cit., págs. 289-296.

31 Dato proporcionado por el propio doctor Mostajo.


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