
Sin embargo, muchos bebés con el tiempo comienzan a "hablar" de por sí, o por lo menos así parece. Pero, a la luz de las investigaciones en estos últimos 25 a 30 años, los especialistas del lenguaje consideran y destacan que el "balbuceo" y todos los sonidos emitidos por el infante deben merecer la atención y estimulación adecuada de los padres y de quienes se dedican a cuidarlos. Asimismo, deben saber brindar amor, comprensión y seguridad al niño; condiciones que son básicas para el desarrollo armónico de su personalidad, así como para la adquisición y desarrollo normal del lenguaje verbal o habla. Pues bien, cuando los padres, en especial la madre, saben escuchar y ayudar con afecto, comprensión y tolerancia, el niño aprenderá a hablar y a comunicarse de manera adecuada con los demás y a sentirse seguro emocionalmente en sus relaciones. Empero, esto no es asunto que debe preocupar a los padres recién cuando el niño empieza a ir a la escuela (a los 4 ó 6 años de edad), sino desde la temprana infancia, pues los bebés desde los primeros días del nacimiento ya son particularmente sensibles al lenguaje humano, en especial al de la madre, por lo que ésta debe procurar establecer una simbiosis afectiva plena con el niño, a fin de evitar cualquier género de carencias que podríamos llamar "avitaminosis afectiva", con su influencia perniciosa en la vida futura. Actualmente se considera que la estimulación lingüística y el tratamiento correctivo de los defectos del habla durante los primeros 4 años de vida del niño, son cruciales y decisivos para la adquisición y desarrollo normal del lenguaje, del mismo modo que también lo es para el desarrollo de la inteligencia y la capacidad para pensar. Esta afirmación se sustenta en el hecho de que durante esta etapa el cerebro del niño tiene una máxima plasticidad, debido a que se producen cambios sustanciales en sus ramificaciones y prolongaciones neuronales, los que posibilitan la máxima capacidad para el aprendizaje, dando lugar a que la asimilación del lenguaje también sea bastante rápida. Pasado ese tiempo propicio y óptimo, es difícil y a veces hasta imposible recuperar y compensar determinadas deficiencias, trayendo aparejadas otras limitaciones como las de orden motriz, intelectual, emocional, social, y otros. En esta etapa temprana se destaca la influencia importante y trascendental de la familia y, al interior de ella, de manera específica, la personalidad y actitud de los padres, especialmente de la madre, la relación de éstos con el niño y de éste con los hermanos y demás miembros de la familia con quienes convive.
El niño es una realidad individual y concreta; una totalidad que se desarrolla y adapta activa y progresivamente al medio ambiente. Como tal, crece y debe crecer en todos los aspectos, según las leyes evolutivas. Por estar en pleno crecimiento, el niño debe ser influido por actitudes y pautas educativas que favorezcan su formación y desarrollo integral. Esto será tanto más eficaz, cuando se tomen en cuenta sus posibilidades sensoriales, intelectuales y emocionales o afectivas. Educar tiene precisamente esta finalidad y los padres, así como los maestros, deben estar preparados para ese propó-sito. Además, se sabe que el niño, en este proceso de evolución, tiene una naturaleza dúctil que le hace susceptible a la influencia y dirección educativa. De allí que, cuando esta educación se realiza en un ambiente de amor, seguridad y comprensión, el niño tendrá la posibilidad de desarrollar su personalidad en una forma equilibrada o armónica, sintiéndose sobre todo emocionalmente seguro. Esto influirá también en la evolución de su inteligencia, en su capacidad de recepción y comprensión, de memorización y en la integración de la capacidad de su expresión verbal. Esta última viene a constituir la base fundamental de la comunicación, cuya adquisición óptima es necesaria e indispensable para que el niño se adapte e interactúe satisfactoria y competentemente en el mundo social. En esto la cantidad, variedad y calidad de estimulación y las oportunidades que los padres le brindan al niño, son trascendentales para su desarrollo. En esta etapa el cerebro del niño es bastante activo, por lo que su desarrollo mental debe promoverse estimulando los sentidos del tacto, el oído, la vista y el olfato. Aquí la madre ejerce una función insustituible, quien con su voz, caricias, miradas (con distintos matices de ternura, sorpresa, picardía y dulzura), risas; sus cuidados frecuentes, el tacto de sus manos al asearle, acunarle, vestirle y abrazarle, etc., forman ese cúmulo de estímulos poderosos que vienen a constituir el "nutriente psíquico" elemental o básico para el desarrollo psicológico del niño y la adquisición del habla. Cabe señalar, además, que aun cuando el niño no logra comprender intelectualmente las cosas que ocurren en su entorno, él todo lo siente; esto es, se da cuenta afectivamente de muchas palabras, acciones y cosas. Muy pronto aprende a discernir los factores favorables de aquellos que entorpecen su desarrollo y sus posibilidades. Como tal, el niño es un acucioso observador: "Es todo ojos y oídos", se den cuenta o no sus padres, él está ocupado adquiriendo información, archivándola en su memoria, añadiendo a ella y llegando a conclusiones. De allí que, si los padres no son prudentes y cautelosos en sus comportamientos frente al niño, pueden dar lugar a tensiones y desajustes emocionales, interfiriendo negativamente el desarrollo psicológico normal y, con ello, en el lenguaje. De lo dicho se colige que el niño es una realidad total y concreta, pero fundamentalmente es un ser único aunque existan leyes generales. Su formación y desarrollo están influidos por el medio ambiente y, de manera importante, por la familia, que es el primer entorno educativo del niño en los años trascendentales de su infancia, donde los padres, especialmente la madre, juegan papel protagónico en su desarrollo y en la adquisición del lenguaje verbal. El período que va del nacimiento a la adquisición del lenguaje está marcado por un desarrollo mental extraordinario. Este proceso se va dando progresivamente bajo la influencia condicionante del medio ambiente, poniendo en acción recíproca las potencialidades genéticas que el niño trae al nacer. Según Piaget (1973), en el momento del nacimiento, la vida mental del niño se reduce al ejercicio de aparatos reflejos, es decir, a coordinaciones sensoriales y motrices supeditadas a formas absolutamente hereditarias, que corresponden a tendencias instintivas como la nutrición. Esta mente en el recién nacido ha sido muchas veces comparada con una página en blanco (tábula rasa), en la cual no habría nada "escrito". Pero, en realidad, muchas impresiones se forman en la mente del niño cuando aún se encuentra en la matriz de su madre. De allí que ciertos rasgos de personalidad están "escritos" indeleblemente por medio de la herencia genética, de tal forma que desde el nacimiento en adelante esas virtualidades se van manifestando a lo largo del desarrollo del niño, mostrando también una gran disposición y capacidad para el aprendizaje. Así, su mente, en vez de una página en blanco, es como si una biblioteca entera estuviera esperando que se imprima información procedente del medio externo en las páginas de sus libros genéticamente deli-neadas. La mente del niño que está en proceso de organización y estructuración continua, tiene una base material de la cual depende, esta es: el CEREBRO. Este es "un lugar grandísimo encerrado en un espacio muy reducido", y lo que sucede realmente en ese pequeño espacio es tan misterioso y maravilloso, que constituye un gran desafío al entendimiento humano, particularmente para los investigadores y especialistas. Según los neurólogos, el crecimiento del cerebro humano durante los tres primeros años de vida es realmente espectacular. Ese cerebro que en el recién nacido pesa tan sólo 340 gramos, a los tres años pesa nada menos que UN KILO Y DOSCIENTOS gramos, sólo 200 gramos menos que el cerebro de un adulto de 20 años, tal como muestra el cuadro 1, donde se observa el peso creciente del cerebro a medida que crece el niño.
El desarrollo de la inteligencia va, también, casi a ese mismo ritmo del crecimiento cerebral, pues durante los tres o cuatro primeros años se desarrolla aproximadamente el 50 por ciento, llegando al 70 ó 75 por ciento para cuando tiene 6 ó 7 años, complementándose el resto hasta cuando el niño cumple 15 ó 16 años de edad, aproximadamente. De acuerdo con esas características, la mente del niño muestra correlativamente una máxima capacidad y apertura para el aprendizaje, haciendo que los conceptos que aprende antes de su quinto cumpleaños estén entre los más difíciles que alguna vez, posteriormente, afrontará. Así, conceptos básicos como derecha e izquierda, arriba y abajo, lleno y vacío, y grados comparativos de tamaño, peso y volumen y muchos otros, que nos parecen naturales y sencillos a los adultos, tienen que ser aprendidos por el niño. El mismo concepto del habla de que los sonidos que lo componen pueden comunicar pensamientos de una mente a otra, tiene que ser "implantado" y "establecido" en su mente. Por esta razón, el habla es probablemente el más difícil logro intelectual que se le exige al ser humano. Si usted ha luchado alguna vez por aprender un nuevo idioma, posiblemente concuerde con lo sostenido, pero usted por lo menos ha tenido la ventaja de saber cómo funciona el lenguaje, lo cual no sabe el niño y, sin embargo, su mente puede captar el concepto del idioma y ponerlo a funcionar; es más, el niño de tierna edad que vive en un hogar bilingüe quizás hasta hable dos idiomas con gran facilidad, antes incluso de haber empezado a ir a la escuela. Estos hechos se observan en niños de la sierra, donde sus padres son quechua e hispano hablantes. El proceso de organización y estructuración mental del niño se ve facilitado, en gran medida, con la aparición del lenguaje, con lo que sus conductas resultan profundamente modificadas, tanto en el aspecto intelectual como afectivo. Además, el niño adquiere, gracias al lenguaje, la capacidad de reconstruir sus acciones pasadas en forma de relatos y de anticipar sus acciones futuras mediante la representación verbal (Piaget, 1954). Este hecho da lugar a tres consecuencias esenciales: el inicio de la socialización, donde es necesario el lenguaje como medio de comunicación; la aparición del pensamiento propiamente dicho, teniendo como soporte el lenguaje interior y el sistema de signos; y, por último y sobre todo, la interiorización de la acción como tal, la que de puramente perceptiva y motriz que era hasta entonces, pasa a ser representada y reconstruida en el plano intuitivo de las imágenes y de las "experiencias mentales". Así pues, el lenguaje es una cualidad o atributo que influye de manera importante en el desarrollo mental. Piaget considera que es indispensable para la elaboración y desarrollo del pensamiento; sin embargo, este último le precede en aparición, ya que las estructuras que caracterizan al pensamiento tienen raíces en la acción y en mecanismos sensoriomotrices más profundos que el hecho lingüístico. Empero, entre ambos existe una relación recíproca y constante. Este proceso de desarrollo es integral y se da desde el momento del nacimiento, bajo la influencia del medio ambiente, especialmente del hogar. El hogar viene a ser el pequeño mundo íntimo del niño, donde los padres lo inician en las primeras experiencias de comunicación y socialización, las que tendrán una trascendencia en su adaptación futura al medio. Finalmente, todo este proceso de desarrollo mental, como se manifestó ya antes, se da sobre una base material: el cerebro, que es el órgano fundamental del ser humano. En primer lugar, cabe señalar que en la actualidad los expertos están llegando al convencimiento generalizado de que la mejor inversión económica, social y humana más rentable en el plano educativo para cualquier país, ciudad, comunidad o familia, es invertir en los primeros años de vida del niño, estimulando precozmente el desarrollo de todas sus potencialidades: motoras, intelectuales, sociales, afectivas, y otras. Dicha estimulación debe realizarse aprovechando ese crecimiento asombroso y espectacular que tiene el cerebro del niño durante los 3 ó 4 primeros años de vida, tiempo en el que vive y se relaciona básicamente con su familia y, en la cual los padres, y fundamentalmente la madre, desempeñan un rol importantísimo. Por eso es necesario que los padres tengan una idea clara sobre sus funciones como los primeros protagonistas de la educación y formación de su niño. A ellos les corresponde promover el logro de un mayor y pronto desarrollo de las potencialidades del infante desde el primer día de su vida. Para esto conviene saber cómo el niño procesa toda la ingente, variada y continua informa ción que comienza a percibir por sus sentidos, para que en función de tal conocimiento se pongan los medios que le permitan obtener una información variada, rica y apropiada a su desarrollo evolutivo natural. Cabe igualmente reiterar que el cerebro del niño es bastante activo desde el momento que nace y, por tanto, va captando e integrando toda información proveniente de su entorno próximo. Carpenter (1975) como Boerse y cols. (1985) sostienen al respecto, que los pequeños bebés de tan sólo dos semanas ya suelen inquietarse y mostrarse disconformes ante una situación que no "encaja" en su "pequeño gran cerebro". Esto es una muestra evidente de que los bebés son ya capaces de integrar la información recibida por sus sentidos a una cortísima edad. De allí que, desde el momento que la madre toma en sus brazos el cuerpecito de su bebé y le mira, habla, acaricia, besa, acuna, lo baña o le canta, le está procurando todo tipo de variados estímulos que activarán sus sentidos, los mismos que ya son coordinados y estructurados por su cerebro, hasta el punto de lograr identificar a su madre por las formas de cogerlo en sus brazos, por su voz, por sus caricias y, naturalmente, por la visión de su rostro. Igualmente, estudios referentes al lenguaje humano, han venido demostrando que desde los primeros días del nacimiento, el bebé ya es particularmente sensible al lenguaje de sus congéneres. Einsenberg (1979) señala que los sonidos de los objetos, en distintos tonos, provocan en el bebé aceleración cardíaca y respuestas motoras gruesas. En contraste, las palabras humanas producen desaceleración del ritmo cardíaco y respuestas motoras finas, no importa que las palabras sean de hombre, de mujer o de niño; tampoco importa el idioma, pues el solo hecho de ser palabras emitidas por voces humanas producen el efecto indicado. Frente a esas voces, obviamente la de la madre tiene para el niño un efecto y una significación afectiva mucho más importante, ya que su voz y sus palabras son reconfortantes, tranquilizadoras y equilibradoras. Es ante su voz y su rostro que el recién nacido va aprendiendo a sonreír y a sentirse seguro y protegido. Los besos, caricias, contacto de piel, miradas, sonrisas, gestos diversos de la madre, son al mismo tiempo que un "caldo de cultivo" para el desarrollo del lenguaje y la comunicación del bebé, un entorno estimular generador de un mayor desarrollo neurológico, afectivo e intelectual. Es por eso que los especialistas enfatizan sobre la importancia de la estimulación que los padres deben ejercer en el desarrollo del niño desde su temprana infancia, aprovechando precisamente su naturaleza dúctil y gran plasticidad cerebral que se da antes de su quinto cumpleaños.
Es recomendable que los padres, especialmente la madre, tengan en cuenta los siguientes aspectos en el proceso del desarrollo del niño:
Por eso los padres, especialmente la madre, deben evitar coger al bebe, amamantarlo, mirarlo, etc., cuando están bajo los efectos de la ira, del mal humor, del despecho o cualquier otro tipo de conducta alterada, pues durante los primeros meses de vida el bebé debe recibir amor, ternura y paz. Por tanto, si los padres toman en cuenta estas sugerencias, tendrán la posibilidad de estimular mejor a su niño, propiciando que en el futuro sea una persona madura y bien integrada socialmente, proceso en el que el lenguaje verbal o habla desempeña un papel importante.
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