
Es admirable la rapidez con que se incrementa el vocabulario de un niño normal. De las 2 ó 3 palabras que posee a la edad de un año, se incrementa a 50 ó 250 palabras para la edad de dos años, ascendiendo hasta alrededor de 900 palabras para la edad de los tres años. ¿A qué se debe este tremendo incremento en el caudal de palabras a los tres años de edad? Esto se debe a que el niño descubre un instrumento importante que es la PREGUNTA. El descubrimiento de este sistema le permite al niño de esta edad, según sostienen los especialistas, explorar todo el lenguaje posible. Así, la pregunta se convierte para el
niño en uno de los mejores instrumentos cognoscitivos para explorar el desarrollo mental.
Al mismo tiempo, también le permite asegurar sus relaciones y contactos afectivos con las
personas que le rodean, que son importantes para él.
De allí que a pesar de parecerles a los padres molestos los constantes "porqués", esto es fundamental para ampliar el caudal lexical y el desarrollo en general del niño. Desanímelo y desanimará ese incremento y los patrones de su pensamiento lógico. Pues bien, el modo en que los padres respondan a las preguntas inquisitivas del niño afectará favorable o desfavorablemente el incremento de su vocabulario. Empero, es muy importante no sólo ayudar a que acumulen nuevas palabras y expresiones, sino también a que las enlacen lógicamente en frases y oraciones. Todo esto se consigue de manera "natural" en el contacto y la conversación diaria con el niño. Si al principio de la evolución del habla interesa llamar a los objetos y situaciones siempre con los mismos nombres, en un momento posterior es necesario designar las cosas con más precisión, introduciendo palabras nuevas y cada vez más complejas. Quizás, a guisa de ejemplo, podríamos decir que habría tres modos de responder a las interrogantes del niño, cada una de las cuales afectará de distintas maneras la adquisición y el incremento del léxico. Para ilustrar sigamos con Pablito, ya de tres años de edad. Supongamos que el niño sale al jardín de la casa y halla una flor. Luego, acto seguido la lleva a su mamá, ¿Cómo respondería la madre cuando el niño le dice efusivamente: ¡MAMÁ, mira?
"¡Oh, qué bonita FLOR! ... es de color ROJO" Es fácil ver que en esta última respuesta la madre no sólo respondió amablemente frente al entusiasmo del niño, sino que dio otro paso adelante, agregando dos palabras nuevas a su vocabulario: las palabras FLOR y ROJO. De esta forma se va estimulando progresivamente el incremento del vocabulario y el pensar lógico del niño. Por eso las conversaciones con él son magníficas oportunidades para incrementar bloques de construcciones lingüísticas (palabras nuevas, frases y oraciones) a su repertorio y a su mundo intelectual. El mejor modo de hacer esto es haciendo declaraciones sencillas y breves, repitiendo a menudo lo que el niño dice, si es básicamente correcto y, luego, agregándole una o dos palabras más, en forma progresiva. Es preciso recordar también, que el niño habla, piensa y razona como tal, de allí que la forma acertada de responder a sus preguntas inquisitivas es verbalizándole en un lenguaje sencillo, claro y breve. Por ejemplo, cuando el niño pregunta ¿por qué llueve?, no desea escuchar una respuesta complicada y detallada, sino una que pueda satisfacer de acuerdo a su edad y comprensión. Esta forma de estimulación progresiva va convirtiendo el lenguaje del niño en un instrumento auténtico para la abstracción y formación de conceptos (instrumento cognoscitivo), así como para la comunicación y socialización (instrumento de comunicación). Además, cabe reiterar que el lenguaje verbal o habla, que es parte del desarrollo integral del niño, influye en gran medida en la evolución mental, social y otros aspectos de la personalidad, condicionando el grado de ajuste o desajuste del individuo con respecto a su ambiente.
Se ha comprobado que la adquisición y desarrollo del habla puede verse perturbada si se lleva al niño a un centro educativo u otro (guardería infantil o centro educativo inicial) antes de que haya terminado la fase de la edad de las preguntas. fundamenta en el hecho de que la maestra del jardín no está en condiciones de responder a la multiplicidad de preguntas de los niños, lo cual es de gran importancia para ellos. En efecto, durante ese período la evolución psíquica del niño es tan borrascosa que tiene realmente muchas preguntas serias que hacer. Habría que distinguir, sin embargo, las preguntas que sólo sirven para retener o llamar la atención de los padres, de aquellas que tienen una base cognitiva. Es verdad que el niño necesita contacto, pero esa necesidad se puede satisfacer sin dejarse tiranizar con preguntas absurdas. ¿Cómo actuar entonces cuando se advierte que el niño hace siempre preguntas tontas sólo para atraer la atención? En estos casos es preferible tomarlas como en broma invirtiendo la cuestión. Pero si el niño persiste con la pregunta una y otra vez, por ejemplo cuando dice "¿Por qué mi tía es gorda?", si ya ha respondido por dos o tres veces a esa pregunta, se le puede replicar en la siguiente forma: "Eso, ¿por qué será gorda?" De esta forma se satisface la necesidad de contacto, pero al mismo tiempo se pondrá fin a la agotadora manía de preguntar, la que, a pesar de toda la buena voluntad de los padres, suele sacarlos de quicio. Otras estrategias para responder a las preguntas absurdas dependen de la habilidad con que los padres las afronten, de forma que puedan establecer un juego de interrelaciones alternando preguntas y respuestas adecuadas, favoreciendo la evolución del habla y, a la vez, haciéndole ver al niño que debe distinguir claramente entre las preguntas serias y auténticas y las falsas carentes de sentido. En este proceso los padres deben valerse de juegos, libros y otros materiales apropiados, brindando al niño la posibilidad de adquirir palabras y conceptos que no provienen del entorno inmediato. Esta estimulación permite el crecimiento lexical y el pensar lógico del niño, convirtiéndose el lenguaje en un instrumento eficaz para el aprendizaje y la formación conceptual, por cuanto que la percepción, la asimilación de conceptos y hasta la conducta motora están influenciados por la función organizadora del lenguaje. Asimismo, influye también en el desarrollo de la inteligencia, en el rendimiento escolar y, en general, en el desarrollo de la personalidad y ajuste al medio.
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