LA PRIMERA CAMPAÑA DE RESTAURACIÓN



1. La primera expedición restauradora. Su plan de campaña

La fuerza expedicionaria que se llegó a reunir en Chile se componía de 3200 hombres que los documentos oficiales dividen así:

Columna peruana
Batallón Portales
     "      Valdivia
     "      Valparaíso
     "      Colchagua
Tres escuadrones de caballería
Una compañía de artillería ligera
Escolta del general
Dos compañías de cívicos
402 hombres
640       "
680       "
680       "
510       "
480       "
60         "
70         "
180       "
210 caballos con repuesto de
3000  fusiles y 2000 vestuarios
de paño de brin.




Los soldados tenían una casaca usada de paño (salvo Colchagua), el resto de su vestuario era de brin más un mal poncho.124 De estos batallones el “Portales” y el “Valparaíso” era de veteranos y el “Valdivia” y el “Colchagua” de reclutas.

Las instrucciones que recibieron Blanco Encalada y don Antonio José de Irrisari eran explícitas. Se basaban en las que habían sido dadas a Egaña el año anterior. Reivindicaban el derecho de Chile para hacer una paz separada de la Argentina; salvo que se firmara un tratado de alianza cuyas estipulaciones darían una pauta. En caso de victoria debía  conseguirse la aniquilación del poder de Santa Cruz aun en Bolivia. El mínimum de pretensiones chilenas sería el que había sido acordado con la Argentina. Como compensación de la entrega de Tarija a esta república, Bolivia podría adquirir una parte de Arequipa con un puerto cómodo “de que en el día carece”. Habría un tratado de alianza con el gobierno nacional del Perú que se formase. Si alguna estipulación del tratado fuera contra las instrucciones debíase dejar constancia de la reserva del gobierno de Chile para aprobarlo. La suspensión de las hostilidades debía hacerse con las seguridades del cumplimiento del pacto.125

Antes de que el ejército expedicionario se diera a la vela se realizó una junta en Valparaíso a la que asistieron el almirante Blanco, el general José Santiago Aldunate, jefe de Estado Mayor del Ejército, don Victoriano Garrido gobernador militar de Valparaíso y los peruanos Vivanco, La Fuente y Pardo. La opinión de La Fuente fue que la expedición se dirigiera al norte; pero se acordó que se dirigiera al sur, ya sea para probar la opinión de los pueblos y llamar la atención del enemigo hacia este punto o ya sea para resolver la guerra. Blanco creía que las operaciones de los argentinos iban a ser facilitadas por el movimiento sobre Arequipa, pues el general Brown, jefe del ejército del sur que combatía contra ellos, sólo podía ser socorrido por el ejército del centro que por la presencia del ejército chileno no podría hacerlo. Dicho movimiento sobre Arequipa protegía, además, las insurrecciones que se anunciaban en Bolivia y lo que importaba más, las operaciones del general boliviano López, prefecto del departamento de la Ley o de Moquegua con una división a su cargo, que subrepticiamente había prometido a Blanco retirarse a Bolivia con sus tropas para apoyar las deliberaciones del Congreso contra Santa Cruz e impedir el ataque de éste a los chilenos. Esta cooperación era el éxito de la campaña. Penetrando a Puno (pensaba Blanco) cortaba la línea del ejército enemigo, amenazaba a Bolivia y ocupaba Cuzco con la división peruana al mando de Vivanco. En este caso el enemigo sólo tenía el recurso de abandonar el norte y concentrar sus fuerzas en el sur. Quedaba a elección del comando chileno entonces dar batalla o reembarcar al Ejército Restaurador para ir a Lima.126 


2. Primeras operaciones

El 15 de septiembre de 1837 se hizo a la vela en Valparaíso la expedición en dieciséis transportes más siete buques de guerra (“Libertad”, “Aquilea”, “Monteagudo”, “Valparaíso”, “Arequipeño”, “Orbegoso” y “Santa Cruz”). Un buque de guerra (“Peruviana”) y un transporte se dirigieron a Copiapó para tomar alguna tropa y dirigirse en seguida a ocupar Cobija. El 22 fue avistado Iquique, que era un pueblecito de 20 casas en medio del desierto; las mejores ostentaban precautoriamente las banderas inglesa, francesa y norteamericana; las otras eran miserables casuchas. Las autoridades locales huyeron al avistar las velas chilenas y el general bajó con un piquete de soldados y una banda de músicos a publicar proclamas anunciando la liberación y la felicidad del Perú, ante un auditorio escaso, astroso y tímido.

Después de una demora a causa de la falta de viento fondeó la escuadra el 24 en Arica. El desembarco se efectuó también sin resistencia. Dos baterías fueron demolidas e inutilizados los cañones. El inglés Sutcliffe, edecán de Blanco que bajó también a tierra, percibió en los extranjeros hostilidad a los invasores y hurañía en el pueblo cuyas mujeres corrían al ver a los recién llegados. Por la noche la aduana fue asaltada y sus especies robadas con intervención del oficial encargado de la custodia, capitán Carrillo, o en connivencia con él. De orden de Blanco, Carrillo fue procesado, condenado y ejecutado. Blanco dio satisfacciones al vecindario en una proclama y de la caja del ejército mandó indemnizar a los comerciantes por las pérdidas que este robo significó127

En Arica, un emisario del general López, el teniente coronel peruano José Ponce, avisó al ejército invasor la buena disposición de aquél y su propósito, no de unirse a los chilenos que era suscitar la tacha de traidor sino dirigirse a La Paz y allí pronunciarse apresando si era posible a Santa Cruz. También ofreció la posibilidad de un levantamiento en Puno; pero para todo esto, agregó que era indispensable que el Ejército Restaurador marchara rápidamente sobre Tacna para dar lugar a que López no recibiera órdenes superiores. Como este mensajero no trajo ninguna credencial escrita se sospechó que se tratara de un espía y fue enviado a Tacna el coronel Ugarteche. Pero cuando Ugarteche regresó trayendo la confirmación, ya la escuadra había zarpado en dirección a Islay.  Blanco defendió más tarde este hecho diciendo que no había motivo para variar el plan acordado en Valparaíso. Además dijo que si suponiendo la cooperación de los pueblos, el objeto de la campaña era penetrar a Puno y Cuzco para apoyar las insurrecciones, al ocupar Tacna sólo se conseguía alejarse de esos puntos y favorecer la reunión rápida de las fuerzas enemigas, que obraban en los departamentos del sur; era acometer de lejos y por un extremo al enemigo, alarmarle y no sorprenderle. Por el contrario, las noticias en Arica sobre la cooperación de López y el estado de fermentación en Bolivia, debían confirmar el primer pensamiento de dirigirse sobre Arequipa. Era probable que Santa Cruz se ocupara en tranquilizar el interior y contener las tropas del general argentino Heredia, en avance. Las fuerzas enemigas en Arequipa, con Cerdeña a la cabeza, no llegaban entonces a 2000 hombres. Si en esta circunstancias López se dirigía sobre Bolivia y en contra de Santa Cruz, Cerdeña se habría retirado al mismo punto en defensa del Protector o hacia el norte para unirse con el ejército de Lima; quedando entonces el Estado Surperuano en poder del Ejército Restaurador.128

López publicó luego una larga y declamatoria carta a Blanco protestando de que se le quisiera seducir y afirmando que los pueblos estaban contra la escandalosa invasión chilena.129

El 29, antes de anochecer, la expedición avistó Islay, puerto de 40 casas tolerables. Una era de dos pisos y servía de residencia al gobernador y también de aduana. El coronel Lopera fue nombrado gobernador. Fueron encontradas cuatro baterías sin cañones. No había muelle. La costa estaba hecha de inaccesibles rocas perforadas por hondas cavernas abiertas por el incesante oleaje del mar; y en la bahía abundaban los islotes rocosos. La perspectiva que la vista podía abarcar era la de un desierto de arena que concluía en la lejanía al levantarse en forma abrupta estériles cerros. No había agua ni recursos.

Desembarcado en tierra, Blanco se entera de que la travesía que se proponía hacer hasta el valle de Vitor era de dieciocho leguas y no de doce como se le había informado. A pesar de que La Fuente le dijo que él había hecho con tropa ese camino en sólo diez horas, Blanco no quiso que desembarcara el ejército. 

La expedición se dirigió al día siguiente, apenas comenzó la brisa, a Quilca. En el trayecto, el choque de varios barcos trajo la pérdida del transporte “Carmen” que implicó asimismo la pérdida de más de 30 caballos; del almacén militar de propiedad de La Fuente y de los herrajes de toda la caballería.


3. La marcha por el desierto

Después de un desembarco fatigoso, el 5 de octubre, al caer la tarde, el ejército emprendió la marcha a Arequipa. Los soldados cargaban además de sus armas, sus provisiones para tres días, agua y seis paquetes de munición y algunos llevaban las ollas para el rancho a causa de la escasez de acémilas. Después de abandonar las lomas entraron al desierto de arena cubierto de médanos que dificultaban el camino. La inexperiencia de los guías les hizo desmontar y esperar tres horas frente a una noche fría. A las seis de la mañana fue reencontrado el camino y siguió la marcha. Pronto los soldados se fatigaron, los oficiales y muchos jefes iban a pie entregando sus caballos a los más necesitados. Después de llegar al valle Sihuas avanzaron a la hacienda Pachagui, donde fueron recibidos hospitalariamente. Dos o tres soldados murieron en el camino. Varios se quedaron. Más de veinte caballos desaparecieron. Pero dos prisioneros fueron cogidos y uno quedó libre y otro entró a ser ayudante de campo de La Fuente. El domingo 8 fue izada la bandera peruana en la casa de la hacienda ante un escaso grupo de paisanos indiferentes.

El 9 prosiguió la marcha a través de diez leguas de desierto, luego por una quebrada honda descendiendo por una cuesta al valle de Vitor, rico en caña y viña. El alto fue hecho en la hacienda de Churunga de este valle. Desde allí marchó un parlamentario a Arequipa, protestando del carácter odioso con que se había ordenado hacer la guerra de recursos. Dos noches estuvieron descansando los invasores en este islote que hallaron después de su travesía por el mar amarillo del arenal; gente hubo que hasta ellos llegó con promesas y mentiras halagadoras; y el 11 regresó el parlamentario y continuó el avance por una cuesta, luego una llanura de arena de cuatro leguas, nuevas cuestas y laderas montañosas llegando al pueblo de Uchumayo, lleno de tantas evocaciones recientes.El 12 algunos vecinos de Arequipa trajeron la noticia de que el ejército era esperado con ansia y éste llegó a Challapampa, a media legua de Arequipa. Continuó el avance y los expedicionarios pudieron contemplar, a la luz del crepúsculo que un horizonte transparente embellecía, la blanca ciudad, patria del yaraví, de la chicha, del picante y de las revoluciones, metrópoli levantisca de nuestra primera República.

La entrada del Ejército Restaurador fue recibida con unos cuantos vivas. Algunos disparos de los milicianos rimaron extrañamente aquella noche con la música que improvisóse en la residencia del general Blanco que era junto con la de Pardo, la casa de don Miguel Parejas.130 


4. Los restauradores en Arequipa

El 13 de octubre, un día después de la ocupación de Arequipa, los peruanos cumpliendo el plan elaborado desde Chile y mediante un decreto de Blanco Encalada en que decía que el Ejército Restaurador no se ingería en política interna y que el pueblo debía ejercer sus derechos soberanos, reunieron un cabildo abierto en la capilla de la universidad. Fue proclamado Jefe Supremo provisional de la República el general don Antonio Gutiérrez de La Fuente quien inmediatamente nombró ministro general a don Felipe Pardo y Aliaga y prefecto del departamento al general Ramón Castilla.131

     “La conducta del pueblo de Arequipa desde que apareció en las playas del departamento la expedición chilena es el testimonio más solemne que se puede ofrecer del entusiasmo por la recuperación de su soberanía que anima a la nación peruana”, decía la Gaceta del flamante gobierno. Pero esto, así como la no-ingerencia del Ejército Restaurador en política y la libertad del pueblo soberano no pasaban de ser frases. Las autoridades, los empleados, el obispo, los canónigos de la catedral, los vecinos de más importancia habían abandonado la ciudad. Muy pocas personas de respetabilidad fueron a saludar a Blanco y a La Fuente. Muchos artículos de repuesto para el ejército no pudieron ser conseguidos por la emigración de gran parte de los artesanos. El ejército necesitaba de recursos, caballos, acémilas, herraduras, monturas, etc. Las dificultades se agravaban por las pérdidas sufridas con el naufragio del transporte “Carmen” en Islay y porque Blanco se oponía al empleo de métodos compulsivos.

Sin embargo, corrían rumores sobre revoluciones en Bolivia y triunfos argentinos. Venían también avisos de Cuzco y Puno manifestando la buena disposición de aquellos departamentos, en caso de dirigirse a ellos una fuerza respetable. La Fuente y Castilla pidieron a Blanco 200 infantes y 50 caballos para proteger esas insurrecciones y tomar 6000 pesos que se decía estaban en el banco de rescate. Pero Blanco creía que esas cartas no eran todas garantizadas y hasta no veía imposible que fueran hechas por espías; habían datos que anunciaban el cercano paso de Santa Cruz por Puno y Cuzco; parecía que se reclamaba el viaje de todo el ejército, es decir, el salto de 50 leguas con una cordillera y un ejército enemigo de por medio. “Si la fuerza que pedían los peruanos hubiera sido dada —decía más tarde el defensor de Blanco— y hubiese caído en manos de Santa Cruz, ¿quién salvaría su responsabilidad?” De otro lado, las fuerzas restauradoras carecían de elementos y se hallaban en contacto con el enemigo, esperando por instantes la batalla decisiva.132 Delante del pueblo de Miraflores y paralelamente a él pasa el camino de Lloclla grande, en donde, en vista de la posición del enemigo y de las repetidas noticias que sobre su aproximación se daban al cuartel general, amanecía todos los días el ejército sobre las armas soportando a la intemperie el frío de las noches. Pero la batalla no se produjo. Apenas si algunas partidas destacadas a lugares próximos tuvieron tiroteos sobre todo con milicianos. “Apenas disponíamos del recinto de la ciudad —dijo más tarde el general La Fuente al defenderse del cargo de que no habían sido cumplidos sus ofrecimientos de que en Arequipa encontrarían 800 hombres, 800 mulas y 100.000 pesos— no de toda ella, porque el enemigo sólo con dos compañías de infantería, una de artillería y cien caballos permaneció en los pueblos de Paucarpata, Sabandía, Characato, Mollovaya, Pocsi, Quequeña, Polovaya y Socabaya, o sea lo más poblado y rico de la campiña de Arequipa”.133

     El 23 llegó un parlamentario del general Ramón Herrera, presidente del Estado Surperuano, pidiendo una entrevista que, aceptada, se realizó en casa de Blanco, pues Herrera avanzó hasta la ciudad. Hubo suspensión de hostilidades durante esta conferencia hasta el 25. La Fuente y los peruanos censuraban que en vez de hostilizar y aterrar al enemigo se parlamentara con él; pues ello hacía desconfiar a quienes querían hacer el empréstito sobre los arrendamientos de los emigrados y causaba mal efecto en el ánimo popular. El 25, día en que Herrera se despidió de Blanco a las diez de la mañana después de conversaciones infructuosas, un grupo de gentes agolpadas a la puerta de la casa prorrumpió en gritos de “¡Viva el Perú!”, “¡Muera el tirano Santa Cruz!”. Tales gritos enojaron a Blanco quien despachó a un ayudante con una carta en alcance de Herrera para darle satisfacciones. Comentando el asunto la Gaceta del Gobierno peruano decía, con reticencia, que “este sentimiento está muy de acuerdo con el carácter noble y caballeresco que constituye la más prominente de las prendas personales del general Blanco”; y que su carta a Herrera era “la prueba más brillante que puede ofrecerse de la excesiva delicadeza de un jefe que como todos los hombres delicados no ha nacido para hacer la guerra a Santa Cruz”.134 

     En la noche del 27 la noticia de que el enemigo intentaba una sorpresa hizo mover al ejército y permanecer sobre las armas toda la noche. El 2 de noviembre, herrada ya la caballería y avituallado el ejército, le pasó revista el general en la llanura de Miraflores; como espectadores del pueblo no estuvieron presentes más de veinte personas135 . El 4 se supo que Santa Cruz marchaba con una pequeña fuerza a reunirse en Pocsi con Cerdeña, y Blanco movió el ejército por la noche teniendo la escolta que llevar dos cañones que se quedaron en la finca de Tristán, y los víveres para la jornada, por falta de paisanos. Algunas avanzadas enemigas se retiraron de la cima de un cerro. Súpose que en Pocsi no había nadie y que Cerdeña estaba un poco más lejos —“aquicito no más”—, cerca de ese pueblo. La falta de forraje hizo desistir a Blanco de situarse en Pocsi. Blanco consideró, además, que Cerdeña estaba en posición más ventajosa y que lo más probable era que se retirara, pues esperaba por momentos reunirse a Santa Cruz. El ejército regresó, pues, a la ciudad después de 24 horas de molestia con un pan de ración. El 7 una nueva alarma llevó a una partida de exploración a Tingo, infructuosamente. Otro aviso que fue reiterado hizo que se movilizara también sin resultado todo el ejército cerca de los molinos de Gutiérrez.136 

     Mientras los ágiles regimientos bolivianos contestaban —como dice Vicuña Mackenna— a las salidas gallardas de Blanco ya sea replegándose sobre las crestas de los cerros como gamos o haciéndose humo, pues su avance sólo se había efectuado en la malévola imaginación de oficiosos atalayas y en el impaciente deseo del caballeroso jefe chileno y sus subordinados, se estrechaba alrededor de Arequipa, cercada ya por el desierto, un cerco de bayonetas.


5. Santa Cruz frente a Blanco

Santa Cruz se hallaba en La Paz cuando supo que la expedición al fin se hallaba en el Perú. Acababa de ver surgir en Oruro un motín: el 25 de septiembre un grupo de individuos sorprendió a la guarnición, pero luego no llegó a dar fuerza ni prestigio al movimiento y el 2 de octubre una reacción popular acabó con los sublevados, muriendo algunos de los cabecillas y siendo apresados otros de ellos.137

     La primera noticia de la expedición llegó a Santa Cruz no por cierto cuando ella zarpó de Valparaíso ni cuando pasó por Iquique, sino tan sólo cuando arribó a Arica. Inmediatamente después Santa Cruz lanzó sendas proclamas a los habitantes de la Confederación, al ejército del centro, al ejército del sur, a los habitantes de Oruro, a los pueblos argentino, boliviano, surperuano. También ante el simple anuncio de los veintitantos veleros, Orbegoso, Nieto, Cerdeña, Ballivián, Brown, Herrera lanzaron otras proclamas ardorosas que esparcieron por el Perú entero, como los pututos a través de los Andes, la llamada al combate. El ejército, que Santa Cruz llamaba del centro y resguardaba Arequipa, estaba situado en diversos puntos cuando desembarcó Blanco en Quilca. Para su reunión, Cerdeña salió de Arequipa el 28 y se le juntó Herrera en Puquina donde quedaron esperando refuerzos. De Lima partió por tierra la división Vigil a cortar a los restauradores la retirada de Islay y avanzó rápidamente a través de Acarí, Caravelí y Chuquibamba, aunque dificultada por las medidas adoptadas por los habitantes contra la invasión. Ya a mediados de noviembre salió también de Lima a ayudar a Vigil, la división Otero. 

     El 5 de noviembre el Protector se reunió en Uzuña con el ejército del centro; ese mismo día se realizó el infructuoso avance restaurador a Pocsi. El 6 se trasladó todo el ejército confederal a Polabaya y el 7 a Pocsi. Contaba con todas las facilidades: buenos avisos, víveres, socorros desde la ciudad misma. Sin embargo, por las noches hacía tanto frío que a pesar de que el tiempo no era de invierno y que la tropa venía de la sierra, los soldados arrancaban el pajonal para calentarse en fogatas. Hubo noche que Santa Cruz pasó dentro de un pequeño toldo y vestido descansó  dentro de un almofrez, acompañado por Cerdeña, echado sobre un pellón. Se recibió además la noticia de la llegada inminente de los batallones 2° de la guardia y 5° de línea. Habían atravesado aceleradamente más de 300 leguas. Vigil se aproximaba seguido por Otero a interponerse entre el enemigo y su escuadra138


6. Gestiones de paz. Blanco propone un combate de 800 soldados por cada bando

La batalla se hacía inminente. Pero ya desde Puno, Santa Cruz había aceptado la gestión pacífica de Herrera ante Blanco. El 8 de noviembre llegó a Arequipa un parlamentario de parte de Herrera. Blanco había mantenido y continuaba ahora las relaciones con Herrera, porque “conociendo desde el principio lo azaroso de su posición, abría con esa correspondencia campo a varias explicaciones en que podían sondearse las miras de Santa Cruz”. “De ellas se valió para solicitar la regularización de la guerra y seguridades personales con respecto a los peruanos que acompañaban al ejército; de ellas se valió, en fin, para manifestar las pretensiones generosas del gobierno de Chile y la firme resolución en que se hallaban sus tropas aunque fuese pereciendo gloriosamente.139

Se convino en un armisticio y partió a conferenciar con Herrera en Sabandía don Antonio José de Irrisari, que había venido con el Ejército Restaurador en calidad de plenipotenciario; pero las negociaciones corrieron peligro cuando a pesar del armisticio una columna de caballería confederal hizo algunos prisioneros en Islay y Vitor y tomó el ganado del ejército chileno. El proyecto que quedó esbozado disgustó a Blanco, quien propuso el 11 un combate entre un número escogido de tropa de uno y otro campo en igual número, debiendo considerarse el resultado como una decisión sobre la guerra misma; los cónsules inglés, francés y norteamericano debía servir de jueces; 600 infantes y 200 jinetes sería el número de los combatientes por cada bando. Pero si Herrera aceptó discutir sobre este plan caballeresco hecho para reparar la disparidad de posiciones o para herir el orgullo del contrario y fortificar el ejército propio. Santa Cruz lo reprobó considerando que no era el modo “de probar la ciencia militar sino la fuerza física”.140 Santa Cruz no tenía temperamento para entusiasmarse con aquel torneo medieval; acaso Salaverry lo hubiera aceptado con regocijo.


7. Desavenencias entre Blanco y los peruanos

Entre tanto Blanco veía que su situación resultaba angustiosa. Sus desavenencias con La Fuente y los demás jefes peruanos se hicieron más rudas. En vano Castilla había querido con una columna ir a Puno y Cuzco y tomar los auxilios que después usufructuó el enemigo; y Vivanco marchar a Quilca, apoderarse de Chuquibamba, establecer allí un depósito, aprovechar los recursos de las provincias inmediatas y proteger el movimiento en masa del Cuzco. Censuraban los peruanos la tendencia a tratar con el enemigo, la inacción de Blanco que se hacía más culpable, pues embarazaba los planes de ellos. Alegaba el jefe chileno que no se habían cumplido las promesas hechas sobre apoyo popular mediante levantamientos en el ejército de Santa Cruz, reunión de tropas voluntarias o por lo menos provisión de subsistencias y de movilidad. Respondían los peruanos que ellos habían hablado de meras posibilidades; que no se llevaba ardorosamente la campaña ni siquiera por escrito; que el pueblo de Arequipa sin preparación para recibirlos estaba vigilado por sus opresores; que la guardia nacional no había podido organizarse porque Blanco no había querido; que había gente del pueblo en Arequipa, Puno y Cuzco, dando avisos, promesas y seguridades. “No podía acudir al peligro y la muerte un pueblo que ve la absoluta inacción y el profundo reposo a que se condena al ejército destinado a hacer la guerra de invasión; que ve que el enemigo, casi a la vista, reúne tranquilamente sus fuerzas traídas de los más apartados confines del territorio, que ve entrar y salir a toda hora espías escogidos con el nombre de parlamentarios e inspectores. Un pueblo que sabe la oposición que sufren las determinaciones más esenciales de sus nuevos mandatarios; un pueblo que ve que se evita emplear a los emigrados en comisiones interesantes cerca del enemigo sólo para no disgustar a Santa Cruz; un pueblo por fin que ve los miramientos a los mensajeros enemigos, mientras que con sus compatriotas, con los mártires de la independencia peruana se tiene tal conducta que hasta el implacable autócrata se atreve a hablar de reconciliación”.141

    ¿Por qué Blanco viendo que las cosas tomaban mal sesgo para su causa y su ejército, no se retiraba antes de que el enemigo acabase de coparlo? La retirada, se dijo por sus críticos, pudo realizarse al principio, precisamente cuando el enemigo no se había reunido aún o cuando sus tropas estaban cansadas; la falta de bagajes no podía alegarse, pues, más tarde, celebrada la paz, fueron entregados en Quilca a los comisionados de Santa Cruz, dos mil animales cabalgares.

    Blanco negó la decisión del pueblo de Arequipa diciendo que no había lo preciso para alimentar al soldado, que el ejército no pudo aumentarse con un solo recluta y que a instigación de los habitantes principió la deserción. Una expedición que partió a Chuquibamba recibió la hostilidad del vecindario. Los víveres que faltaron en Arequipa faltaron igualmente en los puntos del trayecto. Si a costa de inmensas penalidades se llegaba al norte debía esperarse el mismo recibimiento que en Arequipa; y consumidos los pocos víveres de la escuadra se habría visto el ejército en la necesidad de rendirse a discreción. Además, en esta hipótesis, la caballería debía marchar por la costa porque faltaban forrajes a bordo y el embarque era una operación laboriosa y expuesta; y no teniendo los soldados mulas debían hacer las jornadas de la marcha en sus propios caballos; es decir, maltratarlos e imposibilitarlos para el servicio. No cabía tampoco la retirada a Valparaíso porque no carecía de peligros y sobre todo porque era una confirmación vergonzosa de los anuncios del enemigo.


8. Santa Cruz en el balcón de Arequipa. Entrevista entre Blanco y Santa Cruz

Los acontecimientos se precipitaban hacia una solución. Santa Cruz ocupó Cangallo y luego los altos de Paucarpata el mismo día 14. Cuenta Valdivia que con un oficial y dos soldados de caballería con carabina, lanza y banderola él condujo al ejército a esta posición y que Santa Cruz al llegar al estanque del alto de San Lucas de Paucarpata, echó una mirada a su alrededor y le dijo: “Nos ha colocado Ud. en el balcón de Arequipa”. Una pequeña escaramuza pareció anunciar la batalla próxima. Pero al empezar la tarde llegó un parlamentario de Santa Cruz a Blanco para celebrar una entrevista en Paucarpata; Blanco aceptó y cuando se dirigía a Paucarpata tuvo avisos fidedignos de que la división Vigil estaba casi ya a su retaguardia.142 La aldea de Paucarpata estaba en aquellos momentos llena de paisanos de las vecindades. Santa Cruz se había alojado en la casa del cura, a donde llevaron a Blanco el general Herrera y otros militares que salieron a recibirle. Cuando Santa Cruz salió oyéronse los gritos de “¡Viva el Protector!” que Herrera y otros generales silenciaron. Blanco en vez de hallar una acogida fría, formalista o simplemente cortés de su enemigo, se encontró con que éste lo abrazaba con efusión. Abrazados se retiraron ambos a un cuarto donde conferenciaron a solas. Comieron Blanco y su ayudante con Santa Cruz en una mesa servida por los edecanes de éste —contraste que disgustó al inglés Sutcliffe— y a las 11 de la noche se retiraron.

Al día siguiente Blanco reunió un consejo de guerra que aprobó la decisión de celebrar un tratado que salvaría la honra de Chile y del ejército expedicionario, para lo cual había buena disposición del Protector a pesar de las ventajosas circunstancias en que se hallaba.143 Momentos después Irrisari partió para la quinta de Tristán donde debía reunirse con los plenipotenciarios de Santa Cruz, generales Herrera y Quiroz. Blanco fue a la misma quinta a firmar el tratado.


9. El tratado de Paucarpata

Después de invocar el nombre de Dios Todo Poderoso “autor y legislador de las sociedades humanas” y de enumerar su objeto y sus signatarios, el texto del tratado entraba a resolver las cuestiones entre Chile y la Confederación.

Habría paz perpetua y amistad entre la Confederación Perú-Boliviana y la República de Chile; comprometiéndose sus respectivos gobiernos a sepultar en el olvido sus quejas respectivas y abstenerse en lo sucesivo de toda reclamación sobre lo ocurrido en el curso de las desavenencias que habían motivado la guerra (art. 1°).

El gobierno de la Confederación reiteraba la declaración solemne, que tantas veces había hecho, de no haber jamás autorizado ningún acto  ofensivo a la independencia y tranquilidad de la República de Chile; y a su vez el gobierno de éste declaraba que nunca fue su intención, al apoderarse de los buques de la escuadra de la Confederación, apropiárselos en calidad de presa, sino mantenerlos en depósito para restituirlos, como ofrecía hacerlo en los términos que en el tratado se estipulaban (art. 2°).

El gobierno de Chile se comprometía a devolver al de la Confederación los buques siguientes: la barca “Santa Cruz”, el bergantín “Arequipeño” y la goleta “Peruviana”; buques que serían entregados a los ocho días de firmado el tratado por ambas partes, a disposición de un comisionado del gobierno protectoral (art. 3°).

A los seis días después de ratificado el tratado por S. E. el Protector, el ejército de Chile se retiraría al puerto de Quilca, donde estaban sus transportes, para verificar su embarque y regreso a su país. El gobierno de Chile enviaría su ratificación al puerto de Arica dentro de cincuenta días contados desde esa fecha (art. 4°).

Los gobiernos de la Confederación y de Chile se comprometían a celebrar tratados especiales relativos a sus mutuos intereses mercantiles; los cuales serían recíprocamente considerados desde la fecha de la ratificación del tratado por el gobierno de Chile, como los de la nación más favorecida (art. 5°).

El gobierno protectoral ofrecía hacer un tratado de paz con el de las provincias argentinas, tan luego como éste lo quisiera; y el de Chile quedaba comprometido a interponer sus buenos oficios para conseguir dicho objeto, sobre las bases que los dos gobiernos conviniesen (art. 6°).

Las dos partes contratantes adoptaban como base de sus mutuas relaciones el principio de la no-intervención en sus asuntos domésticos; y se comprometían a no consentir que en sus respectivos territorios se fraguasen planes de conspiración, ni ataques contra el gobierno existente y las instituciones del otro (art. 7°).

Las dos partes contratantes se obligaban a no tomar jamás las armas, la una contra la otra, sin haberse entendido y dado todas las explicaciones que bastasen a satisfacerse recíprocamente, y sin haber agotado antes todos los medios posibles de conciliación y avenimiento, y sin haber expuesto tales motivos al gobierno garante (art. 8°).

El gobierno protectoral reconocía en favor de la República de Chile el millón y medio de pesos, o la cantidad que resultase haberse entregado al ministro plenipotenciario del Perú, don José Larrea y Laredo, procedente del empréstito contraído en Londres por el gobierno chileno; y se obligaba a satisfacerla en los mismos términos y plazos en que la República de Chile satisficiera el referido capital del empréstito (art. 9°).

Los intereses devengados por este capital, y debidos a los prestamistas, se satisfarían por el gobierno de la Confederación en los términos y plazos convenientes, para que el gobierno de Chile pudiera satisfacer oportunamente con dichos intereses a los prestamistas (art. 10°).

La parte correspondiente a los intereses del capital mencionado en el artículo 9°, ya satisfechos por el gobierno de Chile a los prestamistas, en los dividendos pagados hasta la fecha de la firma del tratado, y que debió satisfacer el gobierno del Perú según la estipulación hecha entre los ministros plenipotenciarios de las repúblicas de Chile y el Perú, se pagaría por el gobierno de la Confederación en tres plazos: el primero, de la tercera parte, a los seis meses contados desde la ratificación del tratado por el gobierno de Chile; el segundo, a los seis meses siguientes; y el tercero, después de igual plazo (art. 11°).

El gobierno de la Confederación ofrecía no hacer cargo alguno por su conducta política a los individuos del territorio que había ocupado el ejército de Chile; y consideraría a los peruanos que habían venido con dicho ejército como si no hubiesen venido (art. 12°).

El cumplimiento del tratado se ponía bajo la garantía de S. M. B. cuya aquiescencia se solicitaría por ambos gobiernos contratantes (art. 13°).


10. ¿Por qué fue firmado por Blanco Encalada e Irrisari el tratado de Paucarpata?

El Ejército Restaurador cometió un error inicial al internarse en el sur del Perú y luego al no regresar a sus buques para dirigirse al norte. Aparte de que en el sur había menos ambiente propicio para destruir la Confederación, Santa Cruz estaba demasiado cerca. 

     Además, el jefe del Ejército Restaurador no era el hombre más a propósito para ese cargo. Don Manuel Blanco Encalada era marino de profesión y ostentaba el grado de Vicealmirante. Suponiendo que hubiese sido un buen estratega en su país, ignoraba el territorio peruano, pues son muy distintos a los paisajes del sur los arenales de nuestra costa, la inmensidad de nuestras distancias, la grandiosidad y dificultad de nuestra sierra. Este defecto habría podido ser atenuado o eliminado si Blanco hubiera oído a los jefes peruanos que lo acompañaban; pero precisamente existió desde los primeros momentos un creciente desacuerdo entre ellos y además el jefe peruano de mayor representación, La Fuente, no era un experto en las faenas militares. En este sentido, la eliminación de Gamarra fue una fatalidad para la primera campaña restauradora.

     Don Manuel Blanco Encalada tenía muchas cualidades como hombre y como caballero. Su figura y sus modales eran cortesanos y elegantes; amaba las mujeres, el lujo, el trato con gente distinguida. La estada en Arequipa, en medio de tantas dificultades, tenía que herir a su refinamiento y a su aristocratismo. Era pundonoroso, valiente, confiado; habría hecho prodigios de esfuerzo y de empeño si la guerra hubiera sido cuestión resuelta por una batalla campal. Pero no tenía el arte de soportar y de resolver las innumerables pequeñeces de la situación en que se había colocado. Tomaba demasiado en serio su papel de libertador y de restaurador: seguramente había soñado con que al conjuro de su llegada, los pueblos se sublevarían por la mágica virtud del patriotismo humillado por Santa Cruz y renaciente merced a la gallarda intervención chilena. Le faltaban rudeza, vivacidad, astucia, inescrupulosidad. No quería remotamente aparecer como conquistador ni como caudillo; no consideraba a su ejército como un instrumento del que podía disponer a su antojo y por eso, hombre escrupuloso, y racionalista, se afanaba en adoptar la mayor suma de precauciones para la custodia y conservación de tantos hombres entregados a su cuidado.

     Ya a mediados de noviembre su estado de ánimo era una mezcla de desencanto, de angustia y de enojo. Las esperanzas cifradas en el avance de los argentinos se habían disipado. Se sentía rodeado de espías y de un ejército poderoso y activo; y se sentía, sobre todo, engañado por los mismos que lo acompañaban y que habían incitado al gobierno chileno a esta peligrosa aventura. Ignoraba cómo era entonces de inestable la realidad en el Perú; daba demasiada importancia a los hechos y poca a las posibilidades. Tenía razón al considerar a Santa Cruz con un poder formidable; pero seguramente La Fuente, Castilla, Vivanco y los demás peruanos tenían razón también al tomar en cuenta las promesas que subrepticiamente recibían. No cuando Santa Cruz se colocó sobre “el balcón de Arequipa” al tomar posiciones en Paucarpata, sino antes, pudo el Ejército Restaurador o parte de él expedicionar a Puno y Cuzco o retirarse con dirección al norte; hubiera sufrido penalidades, escasez de recursos y otras contingencias, pero un jefe “baqueano” en la organización de revoluciones en el Perú no se hubiera arredrado ante esas dificultades, no hubiera titubeado en hacer exacciones en el pueblo que decía libertar y, acaso, un golpe de audacia o de suerte hubiera acabado con Santa Cruz y con la Confederación.

     Había otra circunstancia que influía en Blanco. No era el suyo un temperamento fanático, simplista, inflexible ni porfiado. Había entrado en la guerra contra Santa Cruz por disciplina y por convicción patrióticas; ya, sin embargo, cuando al mando de la escuadra estuvo en el Callao habíase entrevistado con José Joaquín de Mora, áulico de Santa Cruz y oídole las más amplias seguridades sobre que la Confederación anhelaba la paz con Chile; y aun al dar cuenta de esta entrevista, se atrevió a insinuar a don Andrés Bello que si se le daba facultades podía en el acto firmar un tratado. Su conciencia de militar estaba minada por la convicción de que la guerra no era necesaria.

     Ahora se encontraba Blanco con una situación insostenible. Quedarse en Arequipa era seguir sufriendo no sólo crecientes privaciones sino la frialdad y el alejamiento populares. Una retirada tendría que volverse desastrosa por la inmensidad del desierto que había que atravesar para encontrar los buques, por la superioridad de las fuerzas enemigas reforzadas con la división Vigil, por el diverso efecto moral que dicha retirada hubiera implicado sobre ambos ejércitos contendores triunfante el uno, mohíno el otro y sobre el mismo pueblo de la región. Una batalla parecía asegurada a favor del enemigo gracias a su superioridad numérica y a sus magníficas posiciones. Y en ese instante preciso, Santa Cruz, el monstruo de perfidia y crueldad, el enemigo implacable de Chile, ofrecía la paz. ¡Y qué paz! Regresaba el ejército chileno intacto a sus hogares y a defender el orden público de la patria, recibían garantías los peruanos venidos en la expedición, se echaban las bases para resolver la deuda del Perú, el tratado de comercio y las demás dificultades entre Chile y la Confederación.

     Al lado de Blanco, don Antonio José de Irrisari, hombre que había venido a celebrar las negociaciones, estaba bien distante de contradecirlo en su estado de ánimo. Irrisari no era chileno de nacimiento; pertenecía a la clase de americanos que en la Independencia y en los primeros tiempos de la República actuaron ya sea en las armas o en las letras en países que no eran los de su nacimiento. Su ligamen con Chile no era tan profundo en sus raíces afectivas y en sus exponentes íntimos o públicos, como por ejemplo el de don Andrés Bello. Literato distinguido, de una vigorosa capacidad dialéctica, percibía mucho mejor que Blanco, trabado a pesar de todo por sus prejuicios militares y patrióticos y por su poco hábito de independencia mental, la injusticia de la guerra contra Santa Cruz. Los viajes y las aventuras habían dado a Irrisari un sentido personal de la vida. No tenían por qué influir sobre él el apasionamiento implacable que bullía en los jefes peruanos, la previsión patriótica aunque falaz que había inspirado a Portales, las razones de dignidad y de necesidad que más tarde primaron en Chile para continuar la guerra.

     Una traba podía impedir a Irrisari firmar la paz: las instrucciones que tenía en su poder. No era por cierto, con ser tan ventajosa, ésta la paz que el gabinete chileno le había encomendado firmar. Pero la perspicacia de este gran dialéctico se acogió a una cláusula que autorizaba a los ministros para que hicieran tratados separados de dichas instrucciones. En todo caso, raciocinó Irrisari, el gobierno chileno quedaba sujeto a ratificar o no el tratado de Paucarpata.


11. ¿Por qué fue firmado por Santa Cruz el tratado de Paucarpata?

Y ahora bien. Santa Cruz ¿por qué pidió, discutió o aceptó el tratado de Paucarpata? Los acontecimientos de aquella época son frecuentemente confusos y contradictorios; pero hay una línea uniforme aunque opuesta en la actitud de Chile y en la actitud de Santa Cruz en estos años. Si Chile quería la guerra, Santa Cruz quería la paz. El mismo historiador chileno Sotomayor Valdés, tan creyente en la absoluta inculpabilidad de su país y en el carácter tenebroso de Santa Cruz a través de todo aquel proceso, llega a decir que Santa Cruz al firmar el tratado de Paucarpata prefería el poder sin la honra a la honra sin el poder, lo que equivale a decir que daba la honra con tal de conseguir la paz. Santa Cruz no era guerrero por temperamento ni por instinto; y este hecho fundamental de su sicología hace ver cuán injustas eran las prevenciones contra él en Chile, Argentina y Ecuador. Era administrador y estadista; y anhelaba ya, cumplida su ambición de dominar el Perú comenzar su obra constructiva. Seguramente pensó que vencer al ejército chileno le traería ulteriores complicaciones, en tanto que después de haberle hecho ver la fuerza de la Confederación en cuanto al respaldo popular y al poder de sus ejércitos, Chile abandonaría sus recelos, mediante una paz honrosa y con amplias garantías bajo la advocación inglesa, tanto más cuanto que ya había muerto Portales. Si había estallado un amenazante motín en las tropas chilenas antes de venir al Perú, cuando se podía creer que bastaba la presencia del Ejército Restaurador para que la tiranía boliviana fuera sacudida, ¿permitirían en Chile la opinión pública, los partidos de oposición, el ejército mismo una nueva aventura después de que con hechos recibieran la demostración de que el temido Santa Cruz sólo quería que Chile lo dejara tranquilo y de que los pueblos del Perú no lo odiaban tanto como se había dicho? Santa Cruz creyó por eso, sin duda, que daba un golpe maestro soltando su presa, cogida en los altos de Paucarpata.144 

     Y al pensar así se equivocó y esa equivocación le fue fatal. La guerra, como la vida misma, tiene siempre (y en aquellos revueltos tiempos ello era algo más evidente) su momento favorable, su sonrisa, su abertura, su “chance”. No aprovecharlo constituye un delito y un pecado, de esos que acaso la moral y la lógica no castigan, pero que la vida misma castiga por su cuenta muy duramente. Santa Cruz no debió dejar que el ejército chileno se le escapara. Fió demasiado en el papel que con dos firmas le dejaron; firmas que ni siquiera pertenecían al gobierno chileno mismo. Bien pudo o mantener al ejército como rehén o quitarle su armamento o batirlo para después plantear una paz honrosa. Se le había llevado a la guerra casi arrastrándolo. Los restauradores en situación análoga a aquella en la cual él estaba, no le hubieran dado perdón; ¿por qué no hacerles pagar las consecuencias de su desventura? Un triunfo en una batalla o una detención de los restauradores hubiera consolidado además a Santa Cruz inclusive dentro del país mismo, pues estaban insurgiendo el descontento y el recelo a causa del pacto de Tacna, y los lauros militares hubieran acabado con ellos, por algún tiempo. Ganar una batalla estratégica, firmar un tratado generoso implicaba en cambio algo demasiado impalpable, demasiado aleatorio que podía ser de consecuencias fugaces. Santa Cruz, el hombre que tanto había intrigado, que tantas pruebas diera de su carencia de lealtad para sus compromisos, que desconfiaba tanto de los hombres, fue esta vez víctima de su buena fe y de su credulidad.


12. Reembarco del Ejército Restaurador

Cuando las negociaciones fueron concluidas, las campanas de las iglesias de Arequipa fueron echadas a vuelo y hubo otras manifestaciones de júbilo. Comenzaron a regresar a la ciudad muchos de los emigrados.145 El 19 Santa Cruz revistó su ejército en la pampa de Miraflores: consistía en siete batallones de infantería, dos regimientos de caballería y una brigada de artillería, con un total de 5000 hombres más o menos. Luego hizo su entrada en la ciudad “más —dice Sutcliffe— como un conquistador regresando al lado de sus súbditos que lo adoraban, que como lo que nos habían dicho anteriormente a nosotros. Mi pluma no es adecuada para descubrir los detalles de esta apoteosis y la emulación del vecindario en general para demostrarle su adhesión”.146 Dos batallones chilenos, el Portales y el Valdivia, rindieron también homenaje al Protector. Blanco comió esa noche con Santa Cruz, Herrera y Cerdeña en la casa de este último. Las tropas comenzaron a retirarse el 20 al amanecer. No había en Arequipa arriba de 1000 chilenos cuando se promovió una reyerta entre algunos de ellos y soldados del ejército confederal. El pueblo se atumultuó. El general Aldunate, alarmado, fue a buscar al propio Santa Cruz mientras cundía el grito “mueran los chilenos”. Santa Cruz con toda prontitud y eficacia obtuvo el restablecimiento de la tranquilidad y del orden.147 El 21 había partido todo el ejército chileno, salvo el general Blanco y parte de su escolta.

     En esta primera ocasión, los chilenos dejaron un gratísimo recuerdo por su conducta en el territorio que llegaron a ocupar y en ello estuvieron acordes amigos y enemigos. Irrisari y dos oficiales se quedaron en Arequipa a cargo de los enfermos y para esperar la ratificación del tratado. Santa Cruz, Herrera, Cerdeña y Blanco asistieron en la noche del 20 a un baile dado por la sociedad arequipeña en celebración de la paz y se retiraron sólo al amanecer. En la tarde del 21, Santa Cruz y su “staff” acompañaron a Blanco hasta las afueras de la ciudad y Blanco siguió su camino de regreso atendido gentilmente por personas que Santa Cruz mandó especialmente. Antes del embarque en Quilca todos los caballos del ejército fueron vendidos y los oficiales recibieron fabulosos precios que Santa Cruz mandó pagar complacientemente, según cuenta O’Connor. El 24 de noviembre los transportes y los barcos de guerra se dieron a la vela para Valparaíso. Santa Cruz concedió que los buques que debían serle devueltos a los 8 días del tratado continuaran en poder de Blanco para el trasporte de su ejército.


13. Campaña marítima de la escuadra de la Confederación sobre Chile

Mientras se realizaban estas operaciones por tierra, los barcos “Socabaya”, “Confederación”, “Fundador” y “Junín” al mando del general Morán se dirigieron al litoral chileno. El 14 de noviembre fondeó en la isla Juan Fernández y obtuvo la capitulación de la guarnición. Rechazada luego en Talcahuano, desembarcó en San Antonio y regresó la escuadra trayendo como presas dos buques mercantes. Santa Cruz felicitó y premió a sus marinos por esta campaña.


14. La campaña contra los argentinos

La guerra de los argentinos tampoco estuvo conforme con las previsiones de los chilenos. Esta guerra fue afrontada por la división que mandó el general Felipe Brown. Mientras los generales argentinos, hermanos Heredia, proclamaban a los bolivianos incitándolos a rebelarse contra la tiranía de Santa Cruz; Brown incitaba a los pueblos de Salta, Jujuy, Tucumán y Catamarca a sublevarse a su vez contra la tiranía de Rosas. Un combate en Huamahuaca fue una victoria para los dos contendores a juzgar por los partes de ambos.148 Varias veces surgió un espíritu de revuelta en los pueblos argentinos; el ejército de los Heredia se desmoralizó por la pobreza, las deserciones y los motines; el gobierno de Rosas estaba preocupado por el bloqueo que realizaba Francia.

     Más tarde, en el respiro que tuvo Santa Cruz entre la paz de Paucar-pata y la segunda expedición chilena, ordenó la ofensiva contra los argentinos. En la primera quincena de febrero Brown, a cuyo ejército se habían incorporado dos cuerpos argentinos —Coraceros de la Muerte, uno de ellos— emprendió un avance continuo, mientras los Heredia se retiraban Brown llegó a estar a sesenta leguas de la frontera y a seis de la ciudad de Jujuy. Santa Cruz partió a visitar el campamento de Brown. Premió y halagó a los vencedores, declarando terminada la campaña, por la estación de aguas y la imposibilidad de que la invasión argentina fuese ya una amenaza.

     Gloriosos tiempos para las armas bolivianas. Vencían a los peruanos, a los argentinos y a los chilenos. Paseaban desde las puertas de Jujuy hasta Paita.


15. La paz ilusoria

Santa Cruz fue pródigo en notas y proclamas con un tono de alivio y de regocijo, después de Paucarpata. ¡Cómo hablaba de la paz, con qué fruición! Dio las gracias a sus ejércitos, otorgó al del centro los derechos, abonos y honores que habrían correspondido por una batalla ganada, mandó distribuir condecoraciones de la Legión de Honor. Decretó también que en cada departamento se hiciera una obra de utilidad pública de más urgente necesidad o de más benéficos resultados dedicada a la paz de Paucarpata; los gobiernos de los tres Estados propondrían al de la Confederación la obra que debía erigirse en cada uno de los departamentos para su aprobación y adquisición de los fondos necesarios a su desempeño.149 Los cuerpos provinciales fueron disueltos y el ejército reducido en su número. Más tarde la marina fue reducida a tres corbetas, dos bergantines y una goleta. Y entre el coro de proclamas que estos hechos suscitaron en los dignatarios y funcionarios de la Confederación, cabe recordar a la de Nieto llamando a Santa Cruz “el mejor guerrero del Sur y el más profundo y afortunado político”.150

Satisfecho estaba Blanco de la paz que lo “libraba de tanto pícaro”. Satisfecho estaba también Irrisari. Satisfecho estaba desde su retiro de Lima O’Higgins.151 Pero La Fuente y con él los demás peruanos que habían visto realizarse las negociaciones al margen de ellos, las miraron con acre disgusto. Con fecha 17 de noviembre, La Fuente dirigió una nota a Blanco “deseoso de indagar si la división formada, equipada, armada y trasportada a expensas de mi nación que pose a las órdenes de V. S. cuando se trató del logro de la perdida empresa (luchar contra el conquistador), debería o nó restituírseme para librar sobre ella las providencias que demandan las circunstancias”; en caso de que la respuesta fuera negativa, “en cumplimiento de los sagrados deberes que me están confiados, protesto de ella para ante el gobierno de su república, para ante la nación chilena y para ante todas las demás naciones”.152 

Tampoco estaba satisfecho el populacho de Valparaíso por el tratado. El 15 de diciembre arribó Blanco a ese puerto, donde había sido conocido ya el tratado porque un oficial lo llevó en una fragata inglesa. Una manifestación hostil fue la recepción que tuvieron los expedicionarios. Al día siguiente los milicianos realizaron un desfile por las calles, y sus oficiales entregaron un memorial al gobernador desaprobando el tratado y ofreciendo sus servicios sin paga ni raciones para el caso de que fuera anulado y continuara la guerra. El gobernador de Valparaíso, Victorino Garrido, azuzaba todos estos movimientos.153 Una manifestación que hubo en Santiago a favor de la paz con algunas modificaciones en el tratado, fue ahogada por la balumba del descontento.


16. Chile desaprueba el tratado

Ni siquiera tuvo tiempo este descontento para hacer más manifestaciones. El 18 de diciembre el gobierno expidió un decreto desaprobando el tratado y declarando que después de ponerse esta resolución en noticia del gobierno el general Santa Cruz, debían continuar las hostilidades. Tres eran los considerandos de este decreto:

1°   Que el tratado no satisfacía las justas reclamaciones de la nación chilena ni reparaba debidamente los agravios que se le habían inferido ni, lo que es más, precavía los males a que se veían expuestos los pueblos vecinos del Perú y Bolivia, cuya independencia y seguridad permanecían amenazadas.

2°   Que aun en los mismos artículos de este tratado que eran favorables a Chile se encontraban cláusulas dudosas y faltas de explicación y sólo darían lugar como era de temer a que después de dilatadas e infructuosas contestaciones se renovase la guerra.

3º   Que los plenipotenciarios del gobierno de Chile se habían excedido en el otorgamiento del tratado de las instrucciones recibidas.

     Este documento terminaba con la afirmación de que el gobierno deseaba ardientemente la paz y que estaba dispuesto a renovar las negociaciones sin omitir los sacrificios compatibles con la independencia, la seguridad y el honor nacional. La firmaban el presidente Prieto y su ministro Joaquín Tocornal.

     El 10 de junio uno de los buques de la escuadra chilena se presentó delante del puerto de Arica, dejó allí un pliego cerrado dirigido al Secretario General del Protectorado anunciando el oficial portador que era la ratificación oficial del tratado de Paucarpata, y en seguida la escuadra pasó sin detenerse a sorprender a la confederal que se hallaba en Islay, la cual prevenida a tiempo dióse a la vela para el Callao.

     El gobierno protectoral emitió un nuevo manifiesto con motivo de la actitud de Chile.154 Después de referirse a los sucesos ocurridos en Arequipa entraba a refutar los considerandos de dicha actitud.

     No satisfacción de las justas reclamaciones del gobierno de Chile.— El tratado contemplaba la deuda peruano-chilena. Ya en cuanto a la alteración del Reglamento de Comercio peruano, ella no cabía por ser absurda e injuriosa.

     No reparación de los agravios inferidos a Chile.— El art. 2° reiteraba una vez más que el gobierno de la Confederación no había autorizado jamás ningún acto ofensivo a la independencia y tranquilidad de Chile. La retractación no era del caso, pues se usa para las ofensas verbales, así como tampoco la restitución aplicable por ejemplo al robo de los buques peruanos. ¿Qué otra reparación cabía? Si había otra, compatible con la dignidad, el gobierno protectoral estaba dispuesto a hacerla.

     Subsistencia de los peligros para los pueblos vecinos al Perú y Bolivia.— Un gobierno vecino, el del Ecuador, se había convencido ya de que esos peligros eran ilusorios. Si la Confederación hubiera tenido interés en atacar la independencia de Chile ¿qué le habría costado despojarlo en pocas horas de su ejército en Paucarpata, privándolo de esta organización que costó año y medio de trabajo ímprobo, de sacrificios dolorosos, inclusive asesinatos y motines? ¿No era máxima prueba de que nada tenían que temer Chile ni los demás vecinos, la garantía del gobierno inglés puesta solemnemente en el tratado?

     Carácter dudoso o no bien explicado de las cláusulas favorables a Chile.— Eso no era cierto. Blanco e Irrisari las creían claras y explícitas. En todo caso podían haberse firmado tratados secundarios y explicatorios.

     Los plenipotenciarios chilenos, al margen de las instrucciones.— ¿Cómo era posible que una obligación contraída en peligro de muerte fuera retractada cuando el obligado estaba ya en posesión del beneficio concedido por ella? Blanco había sido algo más que un simple plenipotenciario, un general en jefe que representaba en virtud de circunstancias irresistibles toda la amplitud del poder de un soberano en cuanto a la política exterior: la adquisición de un país, la suplantación de su gobierno, la creación absoluta de un nuevo orden de cosas. Sus compromisos, por lo tanto, no eran suyos: eran de su gobierno. El gobierno inglés había aprobado dentro de estos principios la convención de Cintra.

     El gobierno protectoral terminaba manifestando que las nuevas negociaciones de que hablaba el gobierno chileno después de todo lo ocurrido no ofrecían confianza. Insistía en que el olvido de la garantía del gobierno de S. M. B. implicaba una grosera negligencia. Afirmaba que como las cosas no podían restituirse al estado en que se encontraban la mañana del 15 de noviembre, debía indemnizársele por las ventajas que renunció; pero que mantenía su aceptación a la mediación inglesa y que consentía en aclaraciones y adiciones al tratado siempre que permanecieran intactas sus condiciones esenciales.


17. Discusiones en Chile a causa del tratado. La campaña escrita de Irrisari


La declaración del gobierno acentuó las manifestaciones belicosas en Chile: donativos, ofrecimientos, literatura periodística. En El Mercurio de Valparaíso se publicó una “Memoria sobre la campaña”, redactada quizá por Pardo, que provocó varias adiciones y rectificaciones. Irrisari que siguió en el Perú fue llamado por el gobierno chileno a dar cuenta de su misión y de unos fondos que debía entregar; pero no se movió. En Arequipa publicó con fecha 20 de enero de 1838 su Defensa de los tratados de paz de Paucarpata donde ya censuraba la injusticia de la guerra hecha por Chile y lo deleznable de sus causas.155 Más tarde impugnó los artículos publicados en El Mercurio de Valparaíso sobre la campaña.156 En Chile salieron numerosos papeles contra el tratado y contra Irrisari: “Juicios sobre los tratados”, “Cura Monardes”, “Nuncio de la guerra”, “Recuerdos de Colo-colo”, “Balas a los traidores”, “El día y el golpe”, “Eclipse en Paucarpata”, etc. Irrisari se entretuvo en refutar uno a uno a estos panfletos.157 El periódico oficial chileno El Araucano, redactado entonces por Felipe Pardo, arremetió también contra el tratado en varios números; Irrisari respondió en sus Diálogos políticos en que primero ponía cada uno de los párrafos de esos artículos y luego pasaba a refutarlos frase por frase.158 Admirables son su constancia y su prolijidad; y, al servicio de ellas, a cara descubierta, sin ambages, su dialéctica acerada que a veces se elevaba buscando el apoyo de la ciencia política y de la historia y a veces descendía a la anécdota chusca, a la mordacidad amarga. Acaso ya estaba en tratos con Santa Cruz; el gobierno chileno en tanto instauró contra él una causa criminal.

Por su parte, Blanco justificó también su conducta en su exposición al ministro de Guerra. Sin embargo fue sometido al juicio de un consejo de guerra. Los principales protagonistas de la campaña fueron llamados como testigos. Los peruanos La Fuente, Vivanco, Castilla, Pardo se singularizaron por sus declaraciones acusatorias y hasta virulentas. El consejo declaró absuelto a Blanco de acuerdo con sus declaraciones que numerosísimos testigos corroboraron. La corte marcial aprobó esta sentencia. Pero, por algunos años, Blanco fue un muerto político.


18. Presión inglesa sobre Chile para evitar la guerra

En nuestros días el mundo tiende a internacionalizarse. Las civilizaciones antiguas eran locales; la civilización moderna es mundial. Van hacia la uniformidad, o si la uniformidad es imposible, hacia la semejanza las costumbres, las ideas, los vestidos, las formas de vivir en general, con desmedro de lo típico, de lo pintoresco que ha de quedar reducido a rincones apartados o atrasados. Hay una intercurrencia entre todos los países. Los fenómenos que acaecen en uno, repercuten en los demás por los intereses políticos o las oscilaciones del mercado o los capitales invertidos o por invertirse. En todo ello interviene el fenómeno de la concentración capitalista. Por él, al mismo tiempo, los países pequeños van en camino de ser dependientes de los grandes países. Es así como una guerra entre Perú, Bolivia y Chile actualmente tendría para el mundo una importancia que antes no tuvo. Y si las grandes potencias, Estados Unidos e Inglaterra sobre todo, lo quisieran, su presión sería suficiente para mantener la paz.

Pero, en aquella época, la situación era distinta. El fenómeno capitalista no se había enraizado aún en estos países. Los medios de comunicación no los vinculaban tan estrechamente con Europa y Norteamérica. No se habían descubierto las grandes riquezas —guano, salitre, petróleo— que les daban un puesto dentro de la economía mundial. Inglaterra, que era entonces el país capitalista típico, rol en el cual está siendo reemplazada por Estados Unidos, se hallaba muy distante y no tenía intereses políticos explícitos en este lado del Pacífico.

La escala de la influencia extranjera en el curso de nuestra vida internacional tiene su gradación en tres grandes acontecimientos: guerra de la Confederación con Chile, guerra del Perú, Chile y Bolivia y conflicto peruano-chileno-boliviano. Entre 1830 más o menos, 1880 más o menos y 1930 más o menos, tenemos la mediación inglesa tímida y fugazmente ofrecida sin éxito; la mediación norteamericana que da lugar a largas negociaciones, aunque luego fracasa sobre todo porque se debilita o se retira; y la mediación norteamericana que conduce al arreglo pacífico de enconadas disputas internacionales.

Desgraciadamente para Santa Cruz —y desgraciadamente acaso también para el Perú— el interés que por la paz demostró el gobierno inglés entonces, consecuencia del interés amistoso que le había suscitado la Confederación, correspondió a la época más primitiva y más independiente si se quiere de nuestra historia internacional. El cónsul general de Inglaterra, Mr. Walpol, cuando supo la declaración del gobierno chileno para continuar la guerra, pidió una entrevista con el presidente de la República y con su gabinete. En dicha reunión, que duró tres horas, Walpol manifestó que contra la guerra estaba la opinión y la voluntad de S. M. B. llegando hasta la amenaza: “en buenos términos nos ha hecho una intimación a nombre de su gobierno por nuestra injusticia en prolongar la guerra”, escribió entonces el ministro Tocornal. La respuesta fue enérgica y perentoria en el sentido de que la decisión era irrevocable. Y el incidente fue ocultado ante la opinión pública.159

A principios de 1838 todavía se hacían ilusiones en el Perú sobre la llegada a Chile de la escuadra del almirante Ross con un ministro mediador.160 Pero Inglaterra no insistió en política conciliadora. Santa Cruz en tono quejoso dice en su manifiesto que fue abandonado por ella en el lance más importante.161 Ya hemos de ver cómo fracasó la política santacrucina en Londres.


19. Persistencia de Chile en la guerra

La guerra, otra vez. Reunión y adiestramiento de tropas, aprovisionamiento de armas y municiones, organización de cuadros de jefes y oficiales, planes, enormes gastos diarios. Portales seguía viviendo en la política chilena, no sólo porque mantenía, la paz y el Estado “en forma” sino también porque mantenía el odio implacable contra Santa Cruz.

     En otro país una campaña tan desgraciada como la que encabezó Blanco hubiera dado alas a la oposición y desprestigiado al gobierno. Conmociones políticas, intereses personales o presiones populares habrían entrado en juego. En el Perú, por ejemplo, la derrota de Tarqui y el convenio de Girón en 1829, trajeron la mayor impopularidad para la guerra con Colombia y para el gobierno de La Mar, siendo una de las causas principales para su caída.

     Pero entre la guerra de 1829 y esta guerra no sólo había obvias diferencias de circunstancias; había diferencias de país a país. Chile estaba “en forma” y su gobierno sólidamente afincado. Además, el pueblo chileno no tenía heterogeneidades disolventes, no era una mezcla de mestizos díscolos y de indios apáticos; y hasta la geografía lo ayudaba echándolo sobre el mar y enseñándole el hábito del trabajo frente a un clima frío y un territorio pobre. Desde tiempos lejanos los indios chilenos habían sido bravos y fuertes y la Colonia no había sido allá muelle remanso. Carecían los chilenos entonces de brillo mental, de gracia artística, de ingenio ágil, y por eso José Joaquín de Mora los comparaba a los beocios. Pero tenían disciplina, sentido de la dignidad colectiva, sobriedad, valentía y sobre todo, patriotismo. Acertó sin duda aquel de sus poetas que en una imagen soldadesca que no choca sino complementa la imagen naviera aludida en páginas anteriores comparó a Chile con una espada colgada al cinto de Sudamérica.

     Se ha censurado al gobierno chileno que no proveyera a su ejército de abundantes medios de movilidad y manutención, que careciera al enviar aquella primera expedición de cautela y de previsión. En realidad, estas censuras, que no toman muy en cuenta la insipiencia de la época, se desvanecen ante la energía y persistencia de la actitud de aquel mismo gobierno, ante la rapidez y eficacia con que reunió por dos veces un ejército poderoso. Pero no sólo el gobierno chileno fue admirable en el sentido en que muchas veces es admirable lo que los hombres o los pueblos hacen aun sin tomar en cuenta la justicia, la moral y nuestras propias conveniencias. Fue admirable también aquel pueblo que hizo cuestión nacional de la guerra contra Santa Cruz, precisamente cuando pudo desfallecer, cuando perdió a su hombre representativo y más tarde cuando vio regresar humillados a sus soldados. En adelante, dijo entonces el ministro boliviano Méndez, cuando se hable de algo fracasado se dirá “expedición chilena al Perú”.

     El hecho fundamental que puede simbolizarse en esta frase fue para el pueblo y el gobierno chilenos un incentivo y un estímulo: un afrodisiaco para su erotismo bélico. Cuéntase de una dama próxima a tener un hijo que encontrándose en un salón afirmó que deseaba que este hijo fuera un granaderito, que bien lo necesitaba Chile después de Paucarpata. En las funciones populares de títeres se hizo entonces indispensable como personaje don Singuisarra (Irrisari) malvado sobre el que menudeaban, entre las carcajadas y cuchufletas del público, las palizas. De otro lado había la humillación de pactar con Santa Cruz. “Ejército remachador”, remachador de las cadenas del Perú, fue llamado el Ejército Restaurador y ello sonaba como un insulto y como una acusación.

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124 Exposición que hace el general Blanco al Supremo Gobierno sobre su conducta en la campaña del Perú. Santiago, 1838. Ver “Vida de D. Manuel Blanco Encalada” por Enrique Villamil Concha, Revista Chilena de Historia y Geografía, año x, tomo xxxiii, l.er trimestre de 1920.

125 Borradores dejados por don Andrés Bello. Sotomayor V. iii, 101.

126 Una carta de José Luis Calle, fechada el 16 de septiembre de 1837, decía que el sur estaba accidentalmente más débil. Ir al sur, además, era ir a la solución de una vez. La población de Arequipa tenía fama de ser muy entusiasta. Los pueblos estaban en el sur menos aniquilados que en el norte. El teatro de los sucesos era más reducido; y la campaña duraría menos. Los ejércitos argentinos obraban además sobre Bolivia y podrían, si el ejército chileno amagaba también Bolivia, llegar a Potosí. Valdivia dice que también debió influir la creencia de que Cuzco y Puno habían sido gamarristas en la campaña de Yanacocha. (Archivo de la BNP. Revoluciones de Arequipa.)

127 La relación seguramente más imparcial y minuciosa de la expedición está en Sixteen Years in Chile and Perú from 1822 to 1839 by the retired Governor of Juan Fernández. London, Fisher son and Co. El autor fue Sutcliffe, ayudante de Blanco en esta campaña.

128 Declaración de Ponce en el proceso. Defensa del general Blanco, cargo 2º.

129 El Eco del Norte, 28 de octubre de 1837. La carta lleva la misma fecha de la entrevista con Ugarteche. En esta carta no hacía sino despistar a Santa Cruz. Después, abandonó a su división cuando ésta recibió orden de reunirse con las fuerzas de Cerdeña y se dirigió con un oficial a Chuquisaca. Allí obtuvo un salvoconducto para la frontera del sur donde encabezó una montonera contra el gobierno de Santa Cruz. Más tarde se entregó, fracasada la montonera, al general Velasco. Sometido a consejo de guerra, murió —se ha dicho que asesinado— durante el proceso. Santa Cruz en su manifiesto afirmó que el envenenamiento es una calumnia y que López iba a morir fusilado.

130 Sutcliffe, libro cit.

131 Gaceta del Gobierno, N.º 1, Arequipa, 14 de octubre de 1837. El número del ejército de los restauradores era elevado por este periódico a 5000.

132 Defensa de Blanco cit., cargo 3°.

133 Contestación del general La Fuente al general Blanco.

134 La Gaceta del Gobierno, N.º 4 de 25 de octubre de 1837.

135 Sutcliffe, op. cit.

136 Defensa de Blanco, cargo 5°.

137 El Eco del Protectorado, N.º 91. El Eco del Norte, N.º 35 y N.º 40.

138 El Eco del Norte, N.º 34, 25 de octubre de 1837; N.º 36 de 1 de noviembre, N.º 37 de 4 noviembre, N.º 39 de 11 noviembre. El Eco del Protectorado, N.º 93 de 22 de noviembre de 1837. Revoluciones de Arequipa, p. 136.

139 Defensa de Blanco, cargo 5°.

140 Sutcliffe. Defensa de Blanco, cargo 6°.

141 Exposición de La Fuente.

142 Valdivia dice que Blanco solicitó el tratado y que fueron nombrados los plenipotenciarios reuniéndose en Sabandía. Dice también que la entrevista entre Blanco y Santa Cruz se realizó en la quinta de Tristán después de la firma. Aquí se ha seguido la relación de Sutcliffe que es la más verosímil.

143 Paz Soldán dice que esta acta de los jefes chilenos no fue publicada porque en ella se comprobaba el terror de dichos jefes. En realidad, se publicó: está en el libro de Sutcliffe citado en otras partes de la presente obra. Vargas repite el error de Paz Soldán, con tono más enfático; error más grave pues cuando Vargas publicó su libro, Sotomayor Valdés había reproducido el acta en su Campaña del Ejército Restaurador.

144 Valdivia dice que Santa Cruz previó que los tratados no serían aprobados por Chile. Esto no parece verosímil. No los hubiera firmado. Al entrar a Arequipa, reprochaba Santa Cruz a O’Connor que estuviera triste porque en vez de batir o rendir al enemigo, se le había dejado escapar. “Oh, ¿no sabe Ud. compañero que estamos en el siglo de la filosofía?”. “No sé, le contestó O’Connor, qué tendrá que ver la filosofía con su tratado de Paucarpata. El tiempo le desengañará, mi general” (Memorias cit., p. 264).

145 Sutcliffe cuenta que conversando con muchos de ellos se manifestaron favorables a la administración Santa Cruz, porque les daba tranquilidad, si bien no lo querían personalmente.

146 Cuenta Sutcliffe que firmada la paz tuvo que regresar a Arequipa por asuntos del servicio y visitó un convento en donde habían depositado ropa, y halló que las monjas entonaban preces en loor de Santa Cruz. Pocos días antes había visitado el mismo convento Blanco y su jefe de Estado Mayor Aldunate y entonces todas las oraciones habían sido para los restauradores.

147 Manifiesto de Santa Cruz, edición de O. Santa Cruz, p. 155.

148 El Eco del Norte, N.º 35 de 28 de octubre de 1837.

149 El Eco del Protectorado, N.º 45, 2 de diciembre.

150 El Eco del Protectorado, N.º 49, 16 de diciembre.

151 “Si mi querido general gloriese V. de haver alargado la mano saludable porque así merecerá, seame permitido decirlo, que los presentes lo reverencien y los venideros veneren su posteridad — que los pueblos le llamen su Pacificador, Padre, bienhechor y astro saludable de las achacosas secciones Sud Americanas en justo premio de su consagración y sus sacrificios por la Paz... ¿quienes pues juzgaremos sean los que atizan la tea de la discordia, los que tan ciegamente toman injustamente las armas no por amor a la justicia como por ardor de la venganza — los que no quieren aplacarse y se dejan conducir violentamente a los delitos? quienes? esa gavilla fatua y tumultuaria que no ha cesado en quince años de desnaturalizar las buenas actitudes de los chilenos...” (Carta de O’Higgins a Santa Cruz, publicada en facsímil por O. de Santa Cruz, ob. cit., p. 496).

152 Contestación de La Fuente cit.

153 Sutcliffe, libro cit.

154 Manifiesto del gobierno protectoral sobre el decreto del gobierno de Chile de 18 de diciembre de 1837 en que rehúsa su ratificación al tratado de paz de 17 de noviembre del mismo año. Paz de Ayacucho, 1838, Imp. del Colegio de Artes.

155 Ya mencionada. Hay una reimpresión en La Paz, 1838, con apéndice.

156 Impugnación a los artículos publicados en “El Mercurio” de Valparaíso sobre la campaña del Ejército Restaurador, por Antonio José de Irrisari, 1838, Imp. Francisco Valdés.

157 Revista de los escritos publicados en Chile contra los tratados de paz de Paucarpata, por Antonio José de Irrisari, Arequipa, 20 de febrero de 1838, Imp. Anselmo Valdés.

158 Diálogos políticos en defensa del tratado de Paucarpata, Arequipa, 18 de junio de 1838, Imp. Valdés. Los diálogos son seis. Los artículos refutados están en El Araucano, N.os 401, 402, 403, 404, 405.

159 Tocornal a Caraveda, 24 de diciembre. En Sotomayor V. Campaña del ejército chileno contra la Confederación Perú-boliviana, p. 182.

160 El Eco del Norte, N.º 85, 21 de abril de 1838. El ministro mediador era según estas informaciones el diplomático Mendeville, y debía actuar conjuntamente con el general Guido, mandado por el gobierno de Buenos Aires.

161 Manifiesto cit., p. 155.

 


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