|
LA CUESTIÓN DE LOS DOS BARCOS
1. ¿Cómo consiguió Freire dos barcos de la armada peruana?
Cuando se produjo la derrota de Salaverry, Orbegoso como se ha visto procedió bajo un
doble supuesto: había llegado una época de paz y había que hacer economías. Con esta
convicción procedió a tomar algunas providencias. Decretó el desarme de la plaza del
Callao, refugio de revoluciones (1823, 1824, 1835) y para restituir al comercio la
confianza y darle facilidades ordenó que la fortaleza de la Independencia se convirtiera
en aduana principal y el fuerte del Sol en cuartel de la brigada de marina (7 de marzo de
1836).46
La escuadra que, no debe olvidarse, había sido salaverrina hasta el último momento, fue
también afectada por esta política, a pesar de que ¡singular paradoja! poco
tiempo después hablaba Orbegoso de conquistar la absoluta superioridad en el Pacífico y
del temor ante un posible ataque chileno. Se publicó primero un aviso diciendo que el
gobierno vendía el bergantín de guerra Orbegoso que sólo tenía de echado
al agua nueve meses, se hallaba perfectamente equipado y no había hecho campaña alguna.47
Pocos meses después se publicó otro aviso: el gobierno estaba dispuesto a dar en
arrendamiento la fragata Monteagudo, el bergantín Orbegoso y la
corbeta Libertad; y las personas que quisieran tomarlos podían hacer sus
propuestas en la inteligencia que serían admitidas las que ofrecieran mayores ventajas al
Estado.48
El Orbegoso fue arrendado al chileno emigrado don Vicente Urbistondo por 3800
pesos bajo la fianza de un don Toribio Letelier; y la Monteagudo al español
don José María Quiroga, quien ofreció por el fletamento 4400 pesos, y dio por fiador a
don José María Barril, chileno emigrado (10 de junio de 1836). El arrendamiento se
entendía hecho para emplear los buques en especulaciones mercantiles debiendo
quitárseles la artillería y pertrechos de guerra. El acopio de armas, víveres y
tripulantes fue hecho en seguida, sin que como era natural el sigilo fuera absoluto y fue
así como algo o mucho se traslució de la aventura. Los fondos parece que fueron
obtenidos del empréstito que, de acuerdo con Novoa, consejero de Freire, gestionó
Riva-Agüero.
2. Circunstancias sospechosas en la adquisición de estos buques
Se ha hecho notar, por el lado chileno, que los concesionarios de los buques no tenían
responsabilidad. El fletador del Orbegoso era un comerciante sin
crédito y su fiador un comerciante desconocido y de humilde condición; Quiroga, el
arrendatario de la Monteagudo de la que también debía ser capitán, no
tenía hacienda conocida y sólo era un protegido del general Herrera, plenipotenciario de
Santa Cruz; Barril del fiador de Quiroga, arrastraba una vida notoriamente indigente. Tan
evidente era esta irregularidad que el comandante general de Marina don Salvador Soyer
había hecho oposición al fletamiento de los buques, si no se presentaban fianzas más
abonadas; pero esta dificultad fue allanada con la separación de Soyer. Los buques fueron
entregados sin quitarles el armamento que a la sazón tenían. La Monteagudo
llevaba seis cañones de a 12 montados en sus cureñas, a más de otros tantos y ciento
veinte balas en las bodegas. El Orbegoso estaba armado de seis carro-nadas de
a 18, con los útiles correspondientes. Los fletadores embarcaron todavía en este mismo
buque varias cajas con fusiles y carabinas, una cantidad de cuchillos de combate y
granadas de mano, una provisión de pólvora y diversos útiles y materiales de
maestranza, operación que tuvo lugar a vista del resguardo del Callao y cuando las
circunstancias políticas habían aguzado la vigilancia en los puertos.49
Y cuando los barcos zarparon se les dejó ir y no se quiso utilizar a algunos barcos
extranjeros surtos en la bahía del Callao para hacerlos regresar.
3. La presunta culpabilidad de Santa Cruz
Frente a tales indicios ¿cabe suponer que Orbegoso y Santa Cruz pusieron a disposición
de Freire los dos barcos de la armada peruana? En la correspondencia entre Orbegoso y
Santa Cruz que íntegra estuvo en manos de Paz Soldán y, en copia, se conserva en la
Biblioteca Nacional del Perú, no hay la menor referencia, ni siquiera la menor alusión a
esa complicidad. Y no se diga que, llevado por uno de esos impulsos patrióticos que a
veces llegan al delito, Paz Soldán pudo sustraer las huellas probatorias de dicha
complicidad; bien conocida es su odiosidad, sin matices ni atenuaciones, contra Santa Cruz
y la Confederación.
Santa Cruz negó siempre toda intervención en la génesis de la expedición Freire.
Cuando Orbegoso rompió con él en 1838 llegó a decirle: Por resultado de la
victoria de Socabaya nos encontramos dueños del Pacífico con 11 buques de guerra,
bastantes para defender nuestras costas y paralizar los proyectos de cualquier enemigo;
pero V.E. desarmó los mejores de ellos destinándolos a trasporte de prisioneros, al
mismo tiempo que autorizó el fletamiento de tres a hombres sospechosos sin el menor
conocimiento mío; y el mal uso que hicieron de ellos los emigrados de Chile dio sobrado
pretexto para que la expedición de Freire se atribuyese a obra del gobierno del Perú. De
modo que la malevolencia de nuestros enemigos no estalló sino por el especioso pretexto
de que sólo V.E. les dio también la ocasión de apoderarse de toda nuestra escuadra,
legándome una guerra que nunca he querido y que no he podido evitar.50
En su manifiesto de 1840 presentó tres razones:
Que no mandaba yo en el norte del Perú
al tiempo de la salida de aquella expedición y que me hallaba a muchas leguas de
distancia de Lima;
Que si el gobierno del Perú se hubiese
propuesto el objeto de que le acusa el gabinete de Santiago habría adoptado, como podía,
medidas más eficaces y mejor calculadas para el logro de sus fines y dado exilios más
importantes al general Freire para facilitarle el triunfo;
Que habiendo tenido el gobierno de
Chile en su poder al general Freire y a los principales agentes de su expedición y aun
sus documentos reservados, y levantada sobre sus cabezas la espada de la venganza o, si se
quiere, la de la ley, no hemos visto que de las declaraciones que se les tomaron y de
todos los procedimientos que se siguieron y se han publicado, resultase el menor
comprobante de complicidad contra el gobierno del Perú; siendo así que nada deseaba
tanto el de Chile para justificar su violento e inicuo proceder.
Nunca he creído sigue
diciendo después de aludir a las sospechas sobre participación de las autoridades en
Lima que el general Orbegoso hubiese tomado parte en la expedición del general
Freire ni conocimiento previo de su salida. Después de exámenes muy prolijos he llegado
sí, a persuadirme de que el fletamiento de los buques peruanos se hizo indeliberadamente
por el influjo de personas especuladoras; y su salida del puerto del Callao, no fue sino
uno de los actos de descuido tan frecuentes en aquella época en los puertos y en todas
las oficinas del Perú.51
Agregaba Santa Cruz que él no había tenido amistad ni relación alguna con Freire,
insistiendo en la irreflexión y el descuido que habían originado el arrendamiento de los
boques y que también dio lugar al desarme del mejor buque de la escuadra, la corbeta
Libertad, para destinarlo a transportar unos prisioneros insignificantes.
Pero muchos años más tarde emitió una nueva opinión sobre este asunto. Contestando al
general Miller que le escribió en 1860, aludiendo a la creencia general en Chile sobre su
participación en la expedición Freire, decía desde Versalles, en carta fechada el 14 de
junio de 1860: Aún me es extraño que entre los chilenos existan todavía las ideas
que calculadamente se inventaron en otra época para promover una guerra injusta y
concitar al pueblo a sostenerla, después de cuanto se ha publicado y de las deposiciones
que el gobierno de Chile recogió de los peruanos que concurrieron a la malhadada
expedición de Freire, a quien han juzgado después, con cuyo motivo se han investigado
todos los antecedentes y ramificaciones; después que nada ha quedado oculto, es demasiado
extraño, repito, que todavía insistan en la majadería de que esa expedición fue
apoyada por mí, que estaba a 150 leguas de Lima cuando partió, antes de que yo me
hubiese hecho cargo de la autoridad. Mi única falta fué no haber mandado enjuiciar a
Orbegoso y a sus cómplices; pero sabe Ud. las consideraciones que se oponían entonces a
una medida de esa clase, pues tenía que contemporizar con el círculo de nacionalistas
que se decían malignamente humillados por un jefe y un ejército extranjero.52
De las tres razones dadas por Santa Cruz, la primera no es un obstáculo para su presunta
culpabilidad; la segunda y la tercera sí son esgrimibles a su favor.
Se ha dicho respondiendo a la segunda de estas razones que más elementos no pudieron
darse a Freire por la penuria fiscal en que vivían Perú y Bolivia y por la necesidad de
mantener una actitud que justificase en caso necesario una coartada. Pero, contra esto
cabe aducir que a pesar de toda la penuria fiscal, bien pudo Santa Cruz poner en las
bodegas de los dos barcos de Freire algo más que el armamento llevado por ellos, ínfimo
en realidad; bien pudo suministrarle no solamente más armamento y pertrechos, sino más y
mejores barcos; o darle dinero para que sublevara de hecho alguna provincia chilena, o
esperar a que en Chile le hicieran palpables ciertos síntomas favorables a la
revolución. Y, además, no era una actitud tan hipócrita la del arrendamiento de los
buques
pues precisamente dio lugar a la constante protesta de Chile acusando a Santa Cruz; y dio
lugar también a la guerra posterior. Hipócrita hubiera sido más bien, por ejemplo, un
fingido asalto a la Monteagudo o la Orbegoso u otros barcos más,
como ya planeara Freire en tiempo de Salaverry. Naturalmente que para Santa Cruz, indio
receloso, hacer caer al gobierno chileno que de tan mala guisa miraba su encumbramiento,
era el mejor de los triunfos; pero necesitaba lograrlo sin comprometer la paz de la
Confederación, aún no bautizada, y no era el momento más propicio aquel en que su vieja
ambición de dominar en el Perú apenas acababa de consumarse. Precisamente, por lo mismo
que el ingenio de Santa Cruz era fértil en intrigas, hubiera podido buscar otra manera
más indirecta, más impune y, sobre todo más eficaz para proteger a Freire.
4. La presunta culpabilidad de Orbegoso
La culpabilidad de Orbegoso, en cambio, es mucho más probable. No era Orbegoso, un mero
agente de Santa Cruz. Hombre fatuo, ligero, impresionable, que había visto el éxito de
la influenza boliviana en el Perú sin comprender bien su significado pan-peruanista como
en posteriores actitudes, después lo comprobó, y que creía que el orden público en
Chile era bamboleante como el del Perú, pudo dejarse sugestionar por quienes tenían
interés en que Freire adquiriera los buques para llevar la guerra civil a Chile; y no
negarse sino, al contrario, acoger a quienes le hablaron del asunto, dándoles con ello
motivo para perseverar en sus planes. En todo caso su responsabilidad es evidente porque
como gobernante tenía la obligación de supervigilar todo lo relacionado con la suerte de
los barcos de la armada nacional, a la cual como se ha visto reducía al mismo
tiempo que comprendía la necesidad de buscar la absoluta superioridad en el Pacífico.
Por lo demás, Orbegoso tendió entonces y después más bien a eludir las explicaciones
detalladas acerca de este asunto. En su carta a Santa Cruz justificando su infidencia de
1838 se refiere apenas a que la guerra de Chile, a la que ha suministrado cuando
menos pretextos la liga de los tres Estados bajo un solo jefe ha venido a aumentar la
violencia de esta parte del Perú.53 Sólo cuando meses más tarde se produjo un
nuevo y más violento choque, Orbegoso escribió a Santa Cruz desde la fragata
Andrómeda, con fecha 2 de diciembre de 1838: En algunos documentos
públicos desde el año 37 pero sobre todo en la contestación de Ud. a mi carta de 3 de
agosto que recién he visto impresa, aparecen cargos contra mí por la expedición Freire:
como pareciendo que se ha querido hacer caer sobre mí una responsabilidad que Ud. mejor
que otro alguno sabe que no tengo. El general Morán retiene una mía a él y otra al
general Freire que llegaron después de su salida y ambas en sus fechas y en sus
contenidos prueban mi inculpabilidad y aún mi absoluta falta de noticia de tal
expedición. Conservo original la carta que se sirvió Ud. escribirme, interesándome para
ella y de que dimanaron las otras. Esta me defiende enteramente, pero el tiempo no es a
propósito para hacer uso de esta defensa y estoy decidido a no emplearla sino en el caso
de que se me haga nuevas inculpaciones.54
Hay que juzgar esta carta en relación con las de Orbegoso a Santa Cruz en 1836, que
existen en el Archivo Paz Soldán. Está de acuerdo con ellas en lo que respecta a la
ignorancia de Orbegoso sobre la salida de la expedición Freire. Conservo el
original dice en seguida de la que Ud. se sirvió escribirme interesándome
por ella y de que dimanaron las otras. ¿Cuáles cartas? ¿La de Orbegoso a Morán a
que se refiere en la frase inmediatamente anterior? Entonces esto ocurrió cuando recién
se empezaba a pensar por Santa Cruz y Orbegoso en la posibilidad de ayudar a Freire;
presunción que estaría de acuerdo también con las cartas de Orbegoso a Santa Cruz en
1836, existentes en la Biblioteca Nacional y ya mencionadas. No se olvide que en el
momento en que escribió esta carta en diciembre de 1838 Orbegoso estaba en un estado de
profunda irritación contra Santa Cruz; que la tendencia enfática y declamatoria de la
época llevaba a las afirmaciones categóricas; y que hasta por simple apasionamiento o
por vanidad herida pudo entonces Orbegoso decir a Santa Cruz Usted trató con
Freire, usted le dio los buques y las armas, pasando ocultamente sobre mí que era la
autoridad suprema del Perú en esos momentos, usted es culpable de la guerra. Nada
de eso dijo nunca. Apenas se refiere a que Santa Cruz se interesó por la expedición,
correspondiendo este interés a una época anterior a su realización misma.
Puede ser interesante una revisión de los documentos que escribió más tarde Orbegoso
para comprobar cómo esquivó dar explicaciones pormenorizadas del asunto Freire.
En su exposición de Guayaquil dijo tan sólo: No era desconocida la animosidad del
gabinete de Chile contra el Perú; desde años atrás y sobre todo en la última
revolución de Salaverry había dado clásicas pruebas de sus deseos por la continuación
de nuestros infortunios. Los falsos y frívolos pretextos que encontró... y la alarma que
había causado a aquel gobierno el reglamento de comercio que yo había hecho redactar y
que luego dio el general Santa Cruz, no dejaron duda de que tendríamos, la necesidad de
sufrir los males de la guerra externa a que ciertamente no teníamos motivos de
temer.55 Y en una de sus memorias manuscritas completamente peruanistas y
antisantacrucinas (en las otras no trató este punto, absorbido por los recuerdos y
referencias a las pasiones de política interna aunque siempre hostilizando a Santa Cruz):
El gobierno de Chile que desde años atrás había hecho conocer sus deseos hostiles
contra la felicidad del Perú y se había afectado aún más con la noticia del nuevo
reglamento de comercio que debía sacarnos del estado de dependientes del de Valparaíso,
halló frívolos y falsos pretextos para hacernos la guerra.56
5. La carta de Mora acusatoria para el gobierno peruano y para Santa Cruz
Hay un documento al que puede dársele el carácter de prueba plena contra Orbegoso, Santa
Cruz y las autoridades de Lima y el Callao. Es una carta de José Joaquín de Mora,
secretario de Santa Cruz y redactor de El Eco del Protectorado a don Manuel Antonio
Flores, hermano del general ecuatoriano, acerca de la expedición de Freire. El ministro
chileno en Quito, don Ventura Lavalle, hablaba de ella en octubre de 1838 a Gamarra
suplicándole que la pidiera al general Flores.57
Parece, según comunicó Lavalle a su gobierno, que el propio Manuel Antonio Flores se la
enseñó privadamente. No trataba sino un párrafo sobre el asunto, diciendo: Me
olvidaba hablarte de Freire. Se fue a Chile auxiliado por debajo de mano por este gobierno
que ha usado de esta represalia con el de Chile por la conducta hostil que éste ha tenido
durante las turbulencias del Perú.58
En primer lugar no se trata del documento original, ni de una copia autentificada, ni de
una copia simple. Se trata de una versión de Lavalle a su gobierno, casi de un chisme. De
la carta de Mora no se trascribe por Lavalle sino un párrafo y bajo su exclusiva
responsabilidad. Lavalle, no se olvide, era el chileno más interesado en probar la
culpabilidad de Santa Cruz, de Orbegoso y de las autoridades peruanas en el affair Freire.
¿Por qué no se anunció a tambor batiente por la prensa esta confesión de parte, pues
confesión de parte venía a ser el testimonio del secretario de Santa Cruz, el mismo que
después en su periódico agotó los recursos de su lógica para probar la inocencia de su
jefe? ¿Por qué no obtuvo Lavalle algo más fehaciente que lo que obtuvo? ¿Podía Mora,
hombre inteligente, experimentado y discreto, hacer así, incidentalmente, una revelación
tan grave, tan acusatoria, tan sin objeto; sabiendo que versaba sobre un hecho que daría
lugar a querellas diplomáticas? El mismo Sotomayor Valdés no da gran importancia a esta
prueba porque la coloca incidentalmente en una nota al referirse a la misión de Lavalle
en Quito.
Pero aun suponiendo la absoluta autenticidad de la versión de Lavalle sólo sustentada
bajo su palabra, ¿qué fecha tuvo esta carta? Si ella tuvo, como es más probable, una
fecha intermedia entre la resolución de Orbegoso y Santa Cruz de apoyar a Freire y la
partida de éste, se halla de acuerdo con los demás documentos aquí examinados y con
nuestras presunciones. Por lo demás ¿era tan absoluta la ingerencia de Mora en los
asuntos del gobierno peruano que conocía, para revelarlos, sus secretos más recónditos;
o procedía mediante una suposición?
Por todo esto, pues, la carta aludida no es en realidad una prueba plena.
6. Resumen sobre la culpabilidad en la expedición Freire
En resumen, cabe llegar a las siguientes conclusiones:
Freire llegó a ponerse en contacto con Orbegoso para lograr el apoyo del gobierno peruano
a la expedición destinada a derrocar al gobierno chileno. Orbegoso acogió a Freire con
complacencia. Santa Cruz, que estaba en la sierra del sur en marcha a Lima, consultado por
Orbegoso, manifestó su acogida a aquel proyecto. Orbegoso desde Huancayo transmitió a
Freire, por intermedio de Morán, gobernador del Callao, dicha aceptación, esperando
ultimar los detalles del convenio cuando Orbegoso y Santa Cruz estuviesen en Lima. Freire,
ayudado o tolerado por las autoridades del Callao y, acaso, de Lima, creyendo que no
había tiempo que perder y temiendo, posiblemente, nuevas dilaciones y tropiezos,
apresuró su expedición.
Orbegoso, principalmente, y Santa Cruz estaban, pues, en tratos con Freire; pero no
participaron en la salida de la expedición misma. Su intervención fue de intención, de
deseo, de inminencia de actuar. Santa Cruz, avaro de su tranquilidad de gobernante en
aquella época, evidenció más tarde el profundo disgusto que significó para él el
conflicto bélico que resultó de esta expedición, en la cual se le achacó una
intervención directa y tenebrosa.
7. Las autoridades peruanas y el cónsul chileno ante la expedición de Freire
El cónsul chileno Lavalle tuvo noticias de que la expedición se preparaba y no quiso
poner el hecho en conocimiento de las autoridades; actitud extraña de la que se excusó
diciendo que con ella evitaba que los preparativos se hicieran más ocultamente.59
Lavalle fletó la goleta Flor del Mar, con licencia para Guayaquil, al día
siguiente de la salida de la expedición; contrató un flete de 800 pesos ofreciendo al
naviero 25 más por cada día de menos que echase de los 20 de la travesía, debiendo
dirigirse a Valparaíso a dar la voz de alarma.
Con fecha 9 de julio el general Morán, jefe superior militar de Lima, se dirigió a
Lavalle comunicándole que había sabido que el Orbegoso y la
Monteagudo se habían dirigido a Chile; que no había tenido noticia previa,
pues hubiera evitado esa salida; ¡y que no había recibido la menor insinuación del
cónsul chileno a este respecto! El 12 contestó Lavalle que sabía de la salida de los
buques pero que no suponía que en buques del Estado del Perú se hiciera una expedición
armada para perturbar la paz de un país vecino y que los fletadores debían haber dado
fianza suficiente. El 13, en otra comunicación a Morán, Lavalle le llamó la atención
sobre que no se habían tomado medidas contra los muchos individuos señalados como
coautores de la salida de la expedición contra el gobierno de Chile; y pidió que se
levantara el sumario respectivo, recordando las medidas eficaces adoptadas en un caso
análogo en Bolivia cuando el general López invadió Argentina. Morán repuso el 14 que a
nadie había señalado como cómplice Lavalle; que él ignoraba quién lo era y que le
dijese algunos nombres de personas comprometidas aduciendo que el largo tiempo en que
habían vivido los emigrados les había creado numerosas relaciones y, con ellas,
oportunidades y ventajas para la realización de sus planes. El 17 de julio, en otra
comunicación, Lavalle insistió en que no se había dado paso alguno para averiguar lo
relacionado con la génesis de la expedición; que había que esclarecer este punto para
lo cual las autoridades tenían los medios de hacer las indagaciones del caso; que él no
tenía pruebas contra nadie siendo incumbencia de los encargados de las funciones
públicas obtenerlas; que si se hubiera tratado de una expedición para trastornar a
Bolivia no habría habido esta inacción; que no habían tan sólo cómplices en el
suministro de elementos de guerra sino de los caudales para los preparativos de la
expedición, en la contratación de los hombres que habían tomado parte en ella, en el
allanamiento de los inconvenientes, en el suministro de elementos en general. El 18 de
julio repuso Morán que ya se había instaurado el sumario respectivo.60 Este
sumario apenas si dio como resultado que el escribano Becerra del Callao perdiera su
empleo porque se le probó que sus manejos en el arriendo de los navíos pusieron los
buques a disposición de Freire.
8. Fracaso de la expedición Freire
El Orbegoso y la Monteagudo tomaron rumbo al norte; pero al llegar
a Huacho torcieron al sur. El plan de los expedicionarios consistía en dirigirse a
Chiloé, armar aquella provincia, invadir rápidamente el continente desembarcando en el
territorio de Valdivia o de Concepción y hacer entonces un llamamiento a todo el país en
nombre de la libertad. Navegaron en conserva ambos veleros durante doce días, al cabo de
los cuales los separó un temporal; logro la delantera el Orbegoso que era
más nuevo y apto, llegó a Chile el 2 de agosto, y tomó a poco posesión del castillo de
Agui, llave de dicho archipiélago. Pero, en tanto, había ocurrido en la
Monteagudo una sublevación que dos tripulantes chilenos encabezaron navegando
a las alturas de Valparaíso (1° de agosto). Había arribado ya a este puerto la goleta
Flor del Mar, despachada por el cónsul Lavalle y se estaban tomando medidas
de previsión, por lo cual la Monteagudo casi fue recibida a cañonazos.
Conocida la verdad y premiados los promotores de la deserción, Portales ordenó que la
Monteagudo se alistase aceleradamente y se dirigiera a Chiloé donde fingiendo
no haber cambiado de bandera, debía apresar al confiado Freire y a sus temerarios
compañeros de aventura. La celada se realizó con todo éxito y la guarnición del
castillo de Agui, compuesta de 100 hombres, abrió la puerta a sus apresadores que no eran
más de 40; el Orbegoso fue tomado por un bote armado y a poco Freire quedó
preso (30 de agosto).61
El 13 de agosto la Monteagudo puso su proa al sur para acabar con la empresa
de Freire; y el mismo día el bergantín Aquilea y la goleta
Colo-colo se dirigieron al Callao.
9. El apresamiento de la escuadra peruana
¿A qué iban?, dice el historiador chileno Vicuña Mackenna, A consumar
uno de los actos más odiosos que se registran en los anales de nuestras repúblicas,
víctimas de tantos abusos internacionales, ya de los poderosos gobiernos europeos, ya de
los desleales vecinos.62
Los buques chilenos se dieron a la vela sin que fuera un secreto su objetivo. La Fuente lo
anunció pocos días después a otros emigrados peruanos que estaban en el Ecuador. Si en
aquella época hubiera habido cable, telégrafo, servicio regular de navegación o
tráfico aéreo, Santa Cruz habría podido ser advertido. Pero Santa Cruz tan astuto, tan
clarividente ni siquiera sospechaba ese viaje ni su finalidad. Recién acababa de empezar
a saborear las adulaciones a que frente al poderoso y al fuerte nos inducen de consuno
nuestro pasado incaico y colonial y este ambiente muelle; comenzaba ya a dar las
providencias de su gobierno suntuoso, despótico y benéfico. El 15 de agosto hizo su
entrada en Lima, aclamado como un virrey; el 11 la Asamblea de Huaura lo había proclamado
protector del Estado Norperuano. El 18 de agosto dirigió una circular al cuerpo
diplomático dejando constancia de los sentimientos pacíficos que seguiría su política
internacional. El bergantín chileno Aquiles (la Colo-colo se
quedó en Arica en asecho de algunos buques peruanos) llegó a las nueve de la mañana del
21 despachando en el acto un oficial a Lima con pliegos urgentes para el cónsul Lavalle,
quien se dirigió a bordo. El comisionado del gobierno chileno, Victoriano Garrido, pasó
antes a visitar, al comandante de marina, si bien no saludó la plaza. A las 12 de la
noche del 21 de agosto, 80 marineros chilenos se lanzaron sobre la barca Santa
Cruz tripulada por 43 hombres, el bergantín Arequipeño y la goleta
Peruviana sin tripulación ni velamen, que estaban fondeados en el puerto y,
sin resistencia, los sacaron fuera de sus apostaderos. El bergantín Aquilea
se colocó escoltado por los tres barcos apresados frente a la isla de San Lorenzo. Al
día siguiente, los habitantes del Callao y como ellos las autoridades, al mirar al mar se
encontraron con la nueva. Santa Cruz entonces, en un rapto de cólera, raro dentro de su
fría idiosincrasia, mandó apresar al cónsul Lavalle. Cuando fue a verlo OHiggins,
dice sin embargo, que lo encontró mucho menos irritado de lo que esperaba. A los diez
minutos de prisión, libertó a Lavalle mandándole su pasaporte. Las personas y los
intereses chilenos no fueron molestados.
Meses más tarde, aunque repetía que estaba dispuesto a dar satisfacciones por esta
actitud, el gobierno protectoral trataba de justificarla dando varias razones. Estaba este
gobierno recién instalado y tenía la sensación de que había tranquilidad pública. El
atentado del Aquiles inesperado, practicado con cautela por los buques
chilenos, coincidiendo con el crédito que ante el gobierno de ese país tenían los
descontentos peruanos, infundió sospechas de que se tratara de algo con ramificaciones
ocultas con algún plan interior. Lavalle, cuyas relaciones íntimas y de afinidad con el
más encarnizado de aquellos descontentos, eran notorias, había estado a bordo del
Aquiles antes del atentado y cuando se creía que permanecería allí, había
regresado ocultamente a la capital. Estas circunstancias hicieron creer que Lavalle fuera
el órgano de comunicación entre los autores del atentado y los descontentos que había
en el país. No tardó el gobierno en cerciorarse de que el sentimiento público
predominante era la indignación, de que no había tales planes de trastorno y Lavalle fue
puesto en libertad.63
Garrido, no obstante su golpe calificado por el gobierno de Santa Cruz como acto de
piratería que colocaba a quien lo ordenaba fuera de la ley de las naciones, aceptó
entrar en negociaciones mediante la mediación del agente diplomático inglés Bedford
Hinton Wilson a petición de los comerciantes de ese país, en nombre de los peligros que
para el comercio británico en el Pacífico ofrecía el incidente del Callao.64
Y a bordo de la fragata inglesa Talbot firmóse un tratado entre Garrido y el
general Ramón Herrera, gobernador político y militar del Callao. En este tratado quedó
estipulado que las fuerzas navales de Chile no capturarían más buques de guerra y se
retirarían en el plazo de diez días, exceptuándose los barcos de la expedición Freire;
los barcos apresados en la noche del 2 serían conducidos a Chile hasta que se firmara un
arreglo definitivo; los expedicionarios que habían acompañado a Freire serían juzgados
conforme a las leyes del país, si regresaban al Perú, y separados de la costa cincuenta
leguas por lo menos al interior sin perjuicio de otros castigos mayores; no se armarían
más buques que los ya existentes en el término de cuatro meses, por ninguna de las
partes; podría regresar el encargado de negocios Lavalle.65
Comenzó con este tratado de la Talbot, que Santa Cruz se apresuró a
ratificar el 29 de agosto,66 la vía crucis de este hombre cuyo delito
consistía en querer hacer del Perú y Bolivia un solo gran país. De humillación en
humillación marchó más tarde en busca de la paz con Chile, que no llegó a alcanzar.
Garrido desembarcó y estuvo a visitar a Santa Cruz, quien lo recibió sin acedía.
A la hora citada dice Garrido dando cuenta de esta entrevista fui
introducido a su gabinete por el señor Miller y recibido por S.E. cortés y urbanamente y
se contrajo nuestra conversación principalmente sobre la buena inteligencia que siempre
había querido mantener con el gobierno de Chile, sobre la predilección que le merecía
este país y lo placentero que le era el verlo marchar a su engrandecimiento, esmerándose
en hacerme ver que no sólo no podía tener ingerencia en la expedición de los emigrados
chilenos sino que era extraño a su política y a su interés el favorecer toda
pretensión que se encaminase a destruir un gobierno firme y bienhechor. Por la
noche Garrido asistió al teatro y su figura poco armoniosa provocó chistes y cuchufletas
de las tapadas.67
El 23 de septiembre regresó Garrido a Valparaíso. Los buques entraron con escobas
amarradas a su proa en señal de que los enemigos habían sido barridos. En medio de las
aclamaciones de la recepción sólo un semblante adusto y una mirada acusadora hizo
morir en los labios del comandante del Aquiles la sonrisa de un afectuoso
saludo. Aquel rostro era el de Portales que hizo al recién venido una acogida fría y
desdeñosa. El tratado de la Talbot no fue ratificado, aduciendo
Portales ante el encargado de negocios de Bolivia que no habiéndose roto la paz entre
ambas Repúblicas el convenio celebrado no podía llamarse convención preliminar de paz y
que Garrido no tenía instrucciones para ese convenio; y asegurando que dentro de pocos
días saldría para el Perú un plenipotenciario con el encargo de dar las explicaciones
del caso. La prueba más clara de la permanencia de las relaciones pacíficas, dijo
Portales entonces, es el hecho de haberse tomado por vía de prenda los buques peruanos
surtos en el Callao. Dos semanas más tarde Portales mandó un mensaje al Congreso
pidiendo autorización para declarar la guerra al Perú (10 de octubre de 1836).68
10. Significado del apresamiento de la escuadra. La actitud de Chile
El atentado del 21 de agosto significó efectivamente un acto pirático. En el curso de
Derecho público interno y externo, por el Comendador Pinheiro Ferreira, muy en boga en
aquel tiempo aunque traducido recién por Bartolomé Herrera en el Perú algunos años
más tarde, estaba expresamente consignado que antes de acometer a una nación debía
manifestársele lo mismo que a otras naciones los motivos que obligaban a tomar las armas,
sobre todo cuando se trataba no de rechazar una agresión sino de sostener por la fuerza
derechos que se alegan. Dentro de las reglas de derecho internacional a las que Chile
también se había sujetado, pues pocos años antes había firmado un tratado con Estados
Unidos reconociéndolas explícitamente, lo que cabía era pedir las más amplias
satisfacciones por el caso de Freire; e ir a la guerra sólo cuando éstas no fueran lo
suficientemente amplias, cuando lograran establecerse seguridades evidentes de que la
tranquilidad pública de Chile iría a ser en lo sucesivo turbada por otra expedición
análoga o cuando la culpabilidad del gobierno peruano resultara palmaria. Se ha alegado
largamente por parte de los historiadores chilenos, acerca de la complicidad de las
autoridades manifestada por nuevas revelaciones. Ya se han visto cuáles eran las razones
para establecer esta complicidad. Nada más que esas, suministradas por Lavalle, había
cuando partió la escuadra chilena de Valparaíso. Las nuevas revelaciones
fueron aportadas en el sumario que se levantó a Freire y sus compañeros, mucho tiempo
después de que fueron enviados el Aquiles y la Colo-colo a
apresar a la escuadra peruana. Consistían las nuevas revelaciones, no en
pruebas fehacientes y definitivas, sino en datos como éstos: un preso de Casasmatas
declaró que en vano había pedido al general Morán pasaporte para Colombia hasta que
recibió un día la libertad pero fue entregado a Urbistondo para que lo condujese a
Centroamérica en el Orbegoso; Quiroga, el fletador de la fragata, que
resultó luego apoyando traidoramente su deserción, declaró que sólo cuando recibió el
testimonio de la contrata de fletamento supo que su fiador se llamaba José María Barril,
que no se había hecho inventario formal del buque, que el general Morán remitió la
patente y testimonio de la escritura sin haberle visto la cara, que en el
Orbegoso se embarcaron artículos de guerra en presencia de las autoridades,
no obstante la vigilancia severa que había. Lavalle recogió chismes y decires como aquel
según el cual un sobrino del general Morán antes que se realizase la expedición había
dicho que las cosas no se compondrían mientras que el Perú no franquease a Freire
algunos auxilios, a lo que el general Morán había contestado que no había en ello
inconveniente. Alegó asimismo que el 8 por la mañana fue cerrado el puerto del Callao,
pero que como la Flor del Mar había salido, se revocó esta orden; y que
cuando Morán fue interrogado por esto, se inmutó y después de meditarlo repuso que la
orden había sido dada para impedir la salida de la Monteagudo. El ambiente en
los corrillos oficiales era también muy hostil a Chile y se creía que la caída de su
gobierno era inminente si Freire llegaba a pisar tierra.69
Todo esto podía llevar a dos conclusiones: hostilidad de los elementos gobiernistas
peruanos para el gobierno chileno, hostilidad nacida por la actitud de éste simpatizante
con los emigrados, por la campaña de prensa contra Santa Cruz y Orbegoso, por las
dificultades comerciales; y connivencia de las autoridades del Callao con la expedición.
Pero nada más. No se olvide que de todo el sumario levantado por el gobierno de Chile, a
pesar de las muy naturales razones que debieron inclinar a buscar una participación por
parte de Santa Cruz u Orbegoso nada más pudo ponerse en evidencia, salvo lo ya trascrito
fielmente. ¡Y entre los declarantes estaba Quiroga, el fletador de la fragata! En cuanto
a Freire, cuando el fiscal le preguntó si había tenido auxilio y protección de alguna
autoridad extranjera contestó que tal pregunta ofendía a su delicadeza, que la
consideraba como un abuso del fiscal y que no quería oírla otra vez.
11. Significado del apresamiento de la escuadra. La debilidad del Perú
Pero en lo que al Perú respecta, el hecho llegaba a los extremos de lo bochornoso.
Sorprender a tres barcos de guerra cuando la situación internacional del país no era
completamente límpida y sorprenderlos en su propio fondeadero sin que de ellos hubiera
una resistencia mediana ni al puerto llegara noticia alguna sobre este atentado, revelaba
imprevisión culpable y desidia inaudita. Y es que este país de larga costa y de montaña
y de sierra, casi íntegramente sin civilización, había vivido sin embargo casi al
margen del mar. Con el ejército y no con la marina se habían hecho las designaciones y
los derrocamientos de jefes supremos; con el ejército acabaron de consumarse las
sangrientas campañas de Santa Cruz contra Salaverry y Gamarra. La escuadra apenas había
tenido un rol de transporte, sin influencia mayor. No eran hombres de mar tampoco los
hombres representativos de aquellos tiempos; y la mayor parte de ellos era, antes bien,
hombres de tierra adentro, de las sierras y de las quebradas. El centro de gravitación de
la política interna y externa del país había sido hasta entonces Bolivia, clavada entre
montañas.
No cabe hablar de predominio absoluto de la costa sobre la sierra, pues, entonces, antes
bien, cabe decir que la sierrización de nuestra costa nos fue funesta al
fomentar el descuido marítimo.
La pobreza del erario ¡aún no se conocía el guano!; las preocupaciones del
estado de transición por el que pasaba el Perú con la creación del Estado Norperuano y
de la Confederación; y las características de civilización aún no se conocía
aquí la navegación a vapor y por ello no se había generalizado el tráfico en el
litoral contribuían por su parte a este estado de insipiencia naviera. Insipiencia
máxima porque no era la de la ausencia de elementos sino la de la incapacidad para
utilizarlos. A principios de 1836 la escuadra de la Confederación tenía superioridad por
lo menos numérica sobre la escuadra chilena. Contaba con las siguientes unidades según
cálculo seguramente optimista:
Corbeta Libertad, 24 cañones de 12.
Corbeta Socabaya, 24 cañones de 12.
Corbeta Confederación, 20 cañones de 12.
Bergantín Fundador, 4 cañones de 12, 16 de 8.
Bergantín Arequipeño primero tuvo 1 cañón de 32 y 12 de
8;
después 1 cañón largo de 24 y largo de 12; 4 de 9.
Bergantín Junín, 2 cañones de 12 y 4 de 9.
Barca Santa Cruz 12 cañones de 9.
Goleta Limeña 1 cañón de 8.
Goleta Peruviana, cañón de 12.
Goleta Yanacocha, 10 cañones de 6.
Fragata Monteagudo, 12 cañones de 12.
La escuadra de Chile estaba compuesta así:
Corbeta Valparaíso, 24 cañones de 12.
Bergantín Aquiles, 20 cañones de 12.
Goleta Colo-colo, 6 cañones de 8.
Goleta Janeguero, 4 cañones de 8.
Goleta Flor del Mar, desarmada.
Pero la debilidad estaba en la escuadra peruana, adentro. Había jefes y oficiales buenos
pero eran muy escasos y sus rivalidades les hacían mucho daño. Las tripulaciones no eran
muy diestras y en gran parte eran extranjeras; el comandante Villar decía aún en 1842
que su única bandera era su prest. No se conocía casi la navegación en escuadra porque
los buques estaban dispersos y algunos sin salir a la mar entre Guayaquil y Arica.
Administrativamente primaba la desorganización, pues las hostilidades de Chile empezaron
cuando recién Santa Cruz empezó a querer poner en forma al Perú. El mejor
buque de la escuadra peruana, la corbeta Libertad, fue desarmada para
transportar prisioneros insignificantes; la Monteagudo y la
Orbegoso fueron fletadas a Freire. En enero de 1836 fue nombrado comandante
general de la marina el coronel de caballería Soyer, quien al aceptar el cargo reconoció
que no tenía conocimientos y en marzo avisaba que son repetidas las
representaciones que he hecho a V.E. manifestando el estado miserable del departamento y
buques de guerra cuyas tripulaciones están desnudas y faltas de oficiales. En mayo
asumió el cargo de Soyer otro militar, el general Ramón Herrera. Pocos meses más tarde,
cuando las hostilidades se iniciaron, fue nombrado jefe de la escuadra Perú-Boliviana el
general Trinidad Morán.70 Todo ello no era culpa de Santa Cruz quien se hizo
cargo del mando sólo en julio de 1836, sino del estado general del país. Era el precio
que el Perú pagaba por su desorden anterior; por análogas causas le fue fatal al Perú
su inferioridad naval en la guerra de 1879. Con una escuadra poderosa, el bloqueo de
Valparaíso con todo su cortejo de dificultades para el comercio chileno y extranjero
quizá hubiera bastado a Santa Cruz para obtener la paz. El incidente del Callao hirió a
la Confederación donde más débil era y quizá fue un golpe decisivo. Por eso, ha sido
comparado con la herida que el semidiós Aquiles recibió en el talón.
___________________________________
46 El Redactor
Peruano, tomo 4, N.º 36, 9 de marzo.
47 El Redactor Peruano, N.º 42 de 3 de marzo de 1836. En la
comisaría general de marina estaba el inventario.
48 Ídem, N.º 54 de 4 de mayo de 1836.
49 Sotomayor Valdez, ob. cit., tomo ii, p. 136. Toma
Sotomayor los argumentos del cónsul Lavalle en las comunicaciones a su gobierno.
50 Santa Cruz a Orbegoso, Cuzco, 20 de agosto de 1838.
Documentos O. de Santa Cruz, p. 505.
51 Manifiesto de 1840, pp. 119 y 120 en la edición citada.
Idéntica era la opinión de OHiggins cuando se produjeron los sucesos. Debo
decirle querido compadre escribía al presidente Prieto el 20 de junio de 1836
que me he dado algunos trabajos para investigar y asegurarme en lo posible acerca de todas
las circunstancias de la loca expedición de Freire y siento el mayor gusto al expresar
que ha sido imposible descubrir hecho alguno que pudiera justificarme en suponer que el
gobierno del Perú haya tenido parte alguna en las operaciones de don Ramón. Él tuvo
buen cuidado en sustraerse de este país y embarcarse para Chile, porque ningún hombre
racional hubiese creído que fuese capaz de tan insano proceder (Epistolario de
OHiggins citado). Sin embargo, años más tarde se dice que aseguró
confidencialmente al general Bulnes que él había sido tentado para una expedición,
aunque mencionando nombres de personas sin carácter oficial en el Perú.
52 Carta trascrita por Vicuña Mackenna, Portales ii, p. 84.
Comentando la contradicción entre lo dicho por Santa Cruz en 1840 y en 1860 sobre
Orbegoso, dice Sotomayor Valdez que en 1840 temió Santa Cruz que Orbegoso hiciera algunas
revelaciones, pues aún vivía, y dos años antes había mediado una polémica entre ambos
que Santa Cruz tuvo maña para cortar; mientras que en 1860, Orbegoso ya no existía. No
hay mucha buena fe en este raciocinio y la sicología de Santa Cruz daba lugar a que se le
ofendiera de este modo; pero aquí, como en tantos otros momentos, la dialéctica del
historiador chileno ha pecado seguramente de apasionada. Es indudable que si Orbegoso
hubiera tenido revelaciones que hacer descargándose de responsabilidades y echándolas
sobre Santa Cruz, las hubiera hecho de todos modos, ya cuando se convirtió en enemigo
suyo en 1838, ya apenas llegó al destierro o en los últimos años de su vida en que
redactó varios documentos justificativos. Santa Cruz tenía en cuenta en 1840 que
Orbegoso podía ser un aliado para alguna posible nueva intentona: tenía que barrer
para adentro y de ahí su defensa, a pesar de que en 1838, sin culpar a Orbegoso
directamente, lo acusó de inexplicable abandono. Al referirle a
Orbegoso y sus cómplices en 1860 se refería seguramente a su participación
en el asunto de Freire, en el sentido de que prestaron oídos a los planes del desterrado
chileno.
53 El Redactor Peruano, tomo 6, N.º 4, 7 de agosto de 1838.
54 Santa Cruz contestó: En cuanto a mí, es una
temeridad que Ud. diga ni nadie puede atribuirme la más pequeña parte en la tal
expedición que supe con mucho disgusto. No puede existir carta mía que la autorice y al
decirme Ud. que la tiene, creo que padece una muy notable equivocación. Yo no recuerdo
haber hecho a Ud. otras indicaciones que las muy precautorias para evitar ese odio mal
encubierto del gabinete chileno o para contenerlo en su caso. Terminaba sintiendo su
viaje, prometiéndole sus sueldos, insistiendo en que no era el momento de dar armas a sus
enemigos. (Bulnes, Causas de la guerra entre Chile y la Confederación
Perú-Boliviana, en Revista Chilena, 1879, p. 40.) Esto debió estimular a Orbegoso
para acusar a Santa Cruz; pero no lo hizo.
55 Breve exposición que hace el Gran Mariscal de los
Ejércitos del Perú don José de Orbegoso, dirigido a sus compatriotas desde Guayaquil.
56 Publicado por Paz Soldán, p. 317 (Historia del Perú
Independiente, 1835-39).
57 Lavalle a Gamarra, 10 de octubre de 1838. Original en la
Biblioteca Nacional.
58 Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile en la
colección Enviados de Chile en el Ecuador, 1836-1840. Ver Sotomayor Valdez, ob. cit. ii,
p. 136.
59 Yo habría podido quejarme a este gobierno contra
los que hacían un armamento en el Callao para ir a turbar la tranquilidad de Chile si lo
creyese ignorante de lo que pasa; pero estando él de acuerdo ¿qué podía yo conseguir
sino causar una alarma inútil cuyo preciso resultado sería que los facciosos tomasen
mayores precauciones? Lavalle al Ministerio. (Oficio de 7 de julio. Sotomayor
Valdés, ob. cit. ii. 137.)
60 El Redactor Peruano, tomo 5, N.º 4, 13 de julio de 1836;
N.º 5 de 16 de julio; N.º 6 de 20 de julio.
61 Deportado a Juan Fernández, Freire fue arrojado sobre las
costas de Australia, en Port Jackson (29 de junio de 1837). Después de sufrir allí el
abandono y la miseria logró trasladarse a la isla de Tahití. Fue entonces protegido por
el comerciante francés M. Moerehout. Luego conoció a la reina Pomaré a la que sirvió
de plenipotenciario en sus dificultades con el Comodoro Du Petit Thouars. Después de la
batalla de Yungay regresó a América viviendo en Cobija. Internado en Bolivia por
gestión del cónsul chileno en Sucre, Vial, vivió errante en aquel país. Regresó a su
patria en 1841 con una ley de amnistía y ajeno a la política vivió hasta el 9 de
diciembre de 1851 en que murió.
62 Ob. cit. ii, 64.
63 Oficio del ministro Tristán al plenipotenciario Olañeta
(12 de noviembre de 1836). En Eco del Norte, N.º 5, 8 de marzo de 1837.
64 El Eco del Protectorado, de 26 de agosto de 1836, N.º 5
de 3 de septiembre de 1836; en el N.º 22 de 2 de noviembre de 1836 está la nota de
Wilson aclarando el sentido de su misión. Bulnes dice erróneamente que la mediación fue
hecha por Miller.
65 El Eco del Protectorado, N.º 40, 31 de agosto de 1836.
66 Ídem, id
67 Oficio de Garrido, 23 de septiembre. Ob. cit. Sotomayor
Valdez, ii, 199.
68 El Eco del Protectorado, N.º 17 de 15 de octubre de 1836.
69 También se dijo que el pago de la tripulación de ambos
barcos destinados a promover la guerra civil en Chile se hizo en la Capitanía de puerto
del Callao. Pero en realidad era costumbre que todo capitán de buque nacional socorriera
con un mes de sueldo a la tripulación en ese despacho para evitar reclamos posteriores.
Véase en El Eco del Protectorado, N.º 16 de 12 de octubre de 1836 una amplia refutación
a las argumentaciones resumidas en el texto. En lo que respecta a la salida de la
Flor del Mar, por ejemplo, preguntaba si en realidad hubiera podido zarpar del
Callao en el caso de que Morán no hubiera querido que diera la noticia en Chile, ya que
de antemano conocía el contrato del ministro Lavalle para hacerla salir; y alegaba que la
clausura había tenido única y exclusivamente como causa estorbar la salida de otros
barcos que Freire hubiera podido comprometer.
70 Vegas García, Historia de la Marina de Guerra del
Perú, 1929, p. 56.
|