CAPÍTULO III

GAMARRA Y SANTA CRUZ HASTA 1829

 

 

Se ha dicho ya, en el capítulo anterior, que el primer periodo del caudillaje militar en el Perú gira alrededor de la lucha entre un peruanismo amplio, pero discutible, y un peruanismo auténtico pero limitado. Corresponde esta lucha a los años inmediatamente posteriores a la Emancipación cuando como consecuencia de la guerra continental contra las fuerzas coloniales, y de los límites extensos y no bien definidos del antiguo Virreinato del Perú, ejercen influencia en nuestra vida pública personajes y tendencias que aspiran a modificar las fronteras de la nacionalidad. Sólo después de 1841, y eliminados los caudillos que tales tendencias encarnan o combaten, se consolida y afianza la estructura patria con el triunfo del sentido más circunscrito y limitado de la peruanidad que se frustra, sin embargo, al querer ir hacia el imperialismo.

En este primer periodo del caudillaje militar, además, impera la constante amenaza de la anarquía; no llega a consolidarse en forma definitiva el auge de ningún caudillo; los trastornos políticos tienen de la guerra civil el personalismo, la veleidad en las banderías, y de la guerra exterior la intervención de tropas extranjeras y las invocaciones que, en este caso con repercusión parcial, se hacen en nombre del honor nacional, no surge como génesis revolucionaria la intervención espontánea popular, salvo el 28 de enero de 1834; se mantiene la supervivencia colonial en las costumbres; están exangües la riqueza privada y, sobre todo, la hacienda pública; el esfuerzo legislativo es, sobre todo, político (Constituciones y leyes afines) y no jurídico.

Las individualidades más poderosas que se destacan entonces son Gamarra, Santa Cruz y Salaverry. Como su actuación es compleja, cuatro capítulos serán dedicados al esquema de sus respectivas biografías: a) uno sobre los años comprendidos entre la iniciación militar de Gamarra y de Santa Cruz y el nombramiento de Santa Cruz como presidente de Bolivia y de Gamarra como presidente del Perú. b) los años referentes a la presidencia de Gamarra en el Perú y a la presidencia de Santa Cruz en Bolivia comprendiendo la aparición de Salaverry en la política (1829-1833). c) Desde las turbulencias surgidas en el Perú después que Gamarra deja el poder hasta la intervención político-militar de Santa Cruz, su lucha con Salaverry y la implantación de la Confederación Perú-Boliviana. d) Desde la caída de la Confederación hasta el segundo encumbramiento de Gamarra, incluyendo su muerte y, como referencia adicional, los últimos años de Santa Cruz. En este último capítulo está también un ensayo de retrato de ambos caudillos. Las páginas siguientes corresponden al primero de estos cuatro capítulos.

1. Iniciación militar de Gamarra

Don Agustín Gamarra nació el 27 de agosto de 1785 en el Cuzco. Decíasele hijo del cura Zaldívar.66 Otros afirman que fue hijo de don Fernando Gamarra y de doña Josefa Petronila Messia.67 Estudió en el colegio de San Buenaventura donde, dícese, que fue compañero de Santa Cruz. Inició estudios teológicos. En los amplios claustros con-ventuales, en medio de aquella ciudad privilegiada donde hablaba todavía con su lenguaje de piedra una maravillosa civilización derruida, ese mestizo cauto quizá no vislumbró que sería algún día el hombre más importante de su país; pero tuvo, seguramente, la vaga intuición de que estaba llegando una época en que para el criollo la profesión eclesiástica no iba a ser ya la más provechosa. Simbólicamente cambió la sotana por los arreos militares. Cadete en 1809, subió por todos los escalones inferiores hasta el grado de Teniente Coronel graduado de Coronel de Infantería. Concurrió a las campañas y batallas en el Alto Perú contra los ejércitos argentinos sirviendo bajo las ordenes de Goyeneche, Pezuela, Ramírez y La Serna. Actuó también en la campaña contra Pumacahua. Era miembro de la junta de purificación creada después de la batalla de Umachiri; pero, fue excluido de ella por haber favorecido a los perseguidos por patriotas. Fue separado en dos ocasiones del ejército por sospechas de conspiración autonomista.68 Más tarde, sin embargo, batió a varias guerrillas patriotas. En 1818 fue contador interino de rentas en Puno. Vino a Lima en 1820 con Canterac como comandante del segundo batallón del primer regimiento Cuzco.

Como Gamarra tuviera noticias de que se le quería quitar el mando de su batallón pensó por un instante, instigado por algunos patriotas, en un plan atrevido. Pero estando en el campamento de Aznapuquio el virrey, en la noche del 16 de diciembre, lo llamó revelándole los avisos que tenía sobre conciliábulos en casa de López Aldana para hacer desertar su batallón; pocos días antes había desertado el “Numancia”. Gamarra declaró ser inocente llegando a pedir su absoluta separación del servicio y solicitando, al mismo tiempo, pasaporte para regresar al Cuzco. El virrey apeló a la medida sagaz de quitarle el mando de su batallón; pero, a la vez, le honró con el nombramiento de ayudante de campo; también separó al teniente coronel Guillén de quien había sospechas desde la conspiración descubierta en 1820. Entonces Gamarra decidió presentarse a las filas de San Martín, lo cual ejecutó el 24 de enero de 1821 con los tenientes coroneles Velasco y Eléspuru y algunos soldados; estos casos de deserción se realizaron aparte de muchos otros.69 Una circular de Pezuela, tremenda para Gamarra, avisó a las autoridades españolas provinciales el hecho para que no se dejaran engañar por la investidura que había tenido el fugitivo. Así fue cómo Gamarra, desde temprano, aprendió a ejercitarse en el arte de la intriga y de la doblez.

Gamarra estuvo entre los que, a pesar de tener menos méritos que otros ante la causa independiente, fueron preferidos por San Martín a causa del aporte de eficiencia que traían. Nombrado comandante general de las montoneras de la sierra perdió los batallones que formó entre Oyón y Jauja. Entonces fue nombrado jefe de Estado Mayor de la segunda expedición de Arenales sobre la sierra (abril 1821). Pronto vinieron desavenencias entre Arenales y Gamarra.70 En enero de 1822 fue nombrado jefe de Estado Mayor de la División Tristán que fue enviada a Ica y que sufrió la sorpresa y dispersión vergonzosa de la Macacona (7 de abril). A raíz de este desastre se le formó un consejo de guerra.71 

2. Iniciación militar de Santa Cruz. Gamarra, subalterno de Santa Cruz


Don Andrés Santa Cruz nació el 30 de noviembre de 1792 ó 1795 en Huarina, según su hijo don Óscar. Su madre era la cacica de Huarina María Calahumana, que decía descender de los Incas. Su padre fue español; un hijo expósito, según afirma el doctor Iturricha en su Historia de Santa Cruz, un descendiente de frondoso árbol genealógico, según don Óscar. Llamábase el padre don José Santa Cruz y era subdelegado del distrito de Apolobamba cuando estalló en La Paz, en 1810, la sublevación de Murilo. Andrés Santa Cruz incorporóse entonces a las filas realistas con el grado de alférez. En 1817, durante la campaña realizada contra las tropas argentinas al mando de La Madrid en el Alto Perú, Andrés Santa Cruz, que ya era Capitán o Teniente Coronel, cayó prisionero a raíz del combate de Tarija junto con otros jefes y oficiales. Habiendo escapado de Buenos Aires a Río de Janeiro se reincorporó a las filas realistas del Perú. Nuevamente cayó prisionero esta vez en la acción de Cerro de Pasco, librada por la primera expedición Arenales, y entonces manifestó su decisión por servir a la causa de la Independencia. Como otros oficiales criollos, como el mismo Gamarra, con esa veleidad satisfacía a la par el sentimiento patrio y la propia conveniencia porque la Emancipación era ya un hecho inevitable y con ella estos oficiales tenían deslumbrantes perspectivas.

San Martín encomendó a Santa Cruz la jefatura de un cuerpo en Piura con despachos de Coronel. Requerido por Sucre el auxilio del Perú recién emancipado contra los españoles en Quito, San Martín convino en enviar una división dándole el mando a Arenales pero éste, deseoso de no actuar bajo las órdenes de Sucre, renunció encargándose entonces de tal jefatura a Santa Cruz.

La onda revolucionaria neogranadina y la onda revolucionaria rioplatense, destinadas a unirse en el Perú, tuvieron su primer contacto en la expedición a Quito.72 Mientras Sucre con su ejército representaba a Bolivia y a Colombia, Santa Cruz al mando de 1300 a 1500 soldados llevó a esta campaña, que culminó con el triunfo libertador de Pichincha, no sólo el aporte de la revolución sureña sino, sobre todo, el aporte nacional peruano.

Como consecuencia del triunfo de Pichincha fue ascendido a General de Brigada. El Congreso le dio, casi simultáneamente que a Riva-Agüero y Torre Tagle, una “medalla al mérito” (22 de octubre 1822).

El 26 de febrero de 1823 encabezó la petición de los jefes de ejército pidiendo la cesación de la Junta Gubernativa, a causa del desastre de Moquegua y Torata, y su reemplazo por el coronel don José de la Riva-Agüero. Entre los firmantes de esta petición también se encontraba Gamarra.

El ejército afirmaba su amor y su respeto a la Representación Nacional; pero, al mismo tiempo, avanzó hasta el punto llamado Balconcillo a poca distancia de la capital. Aparentemente el Congreso mantuvo su dignidad: ordenó que la tropa se retirara a sus cuarteles; pero hizo cesar a la Junta y nombró luego a Riva-Agüero. Fue ésta la primera interferencia del ejército en la política, el primer motín militar.

El vencedor de Pichincha debía vencer también a los españoles en el sur. Santa Cruz fue nombrado jefe de la segunda expedición a intermedios; antes de embarcarse se despidió del Congreso prometiendo vencer o morir (17 de mayo). Jefe de Estado Mayor de la expedición fue nombrado Gamarra.

El plan de campaña que iba a seguir Santa Cruz era vasto pero demasiado complicado. La división chilena que debía colaborar con él no llegó; tampoco actuó un ejército que debía marchar por el centro; Santa Cruz cometió el error de dividir sus fuerzas; arriesgó la indecisa batalla de Zepita con las fuerzas de Valdez de cuyas consecuencias no aprovechó; intervino también la política puesto que hubo recelos entre Sucre, encargado de una división auxiliar, y Santa Cruz así como desatendencia por parte del Gobierno; las fuerzas realistas se unieron oportunamente. En suma, la campaña fue una serie de marchas y contramarchas calificadas por los realistas con el nombre de “campaña del talón” que terminó con la retirada del ejército patriota que quedó al final casi aniquilado. Santa Cruz, triunfador combatiendo en el norte, fue vencido sin combatir en el Sur. 

3. Gamarra y Santa Cruz al concluir la guerra de la Emancipación


Santa Cruz, que había sido enviado por Riva-Agüero, quien contaba con él en sus planes antibolivarianos, reconoció la autoridad presidencial que el Congreso hostil a Riva-Agüero entregó a Tagle. Envió, para asegurar su adhesión a las tropas que comandaba, a Gamarra a Lima. Después de regresar, aunque se manifestó deseoso de retirarse a la vida privada, fue nombrado jefe de Estado Mayor en el ejército que Bolívar preparó para la campaña final. Fue protagonista en la batalla de Junín y redactó el parte que narra esta jornada en que “los sables patriotas destrozaron la caballería española rompiendo el anillo más fuerte de la cadena que ataba al Perú con España”. Cuando Bolívar se separó del ejército Santa Cruz quedó de prefecto de Huamanga tomando Gamarra la jefatura del Estado Mayor. Por eso Santa Cruz, que quedó así cuidando la retaguardia del ejército libertador conteniendo algunas dispersas partidas españolas, no concurrió a la batalla de Ayacucho. Gamarra, en sus funciones de jefe de Estado Mayor, escogió, según se afirma, el campo donde se libró esa batalla; Sucre no lo menciona en el parte de ella acaso por una ya desde entonces desembozada enemistad.

Nombrado Santa Cruz, Gran Mariscal y Gamarra General de División, quedó el primero, después de ser jefe de Estado Mayor del ejército libertador que entró al Alto Perú, como presidente (prefecto) del departamento de la Plata o Chuquisaca; el segundo en el Cuzco, su ciudad natal adonde regresó como primer Prefecto después de once años de ausencia.

4. Matrimonio de Gamarra. Gamarra prefecto del Cuzco


En el año 1825 ocurrió dentro de la vida de Gamarra un suceso que tiene gran importancia dentro del desenvolvimiento de su carrera política. En el pueblo de Zurite, en la provincia de Anta, se consumó su matrimonio con doña Francisca Zubiaga y Bernales, cuzqueña de nacimiento, mujer excepcional de salón y de vivac, personaje sin par para un filme de aventuras y para un estudio psiquiátrico.

Como primer prefecto le tocó a Gamarra, en su departamento natal, en primer lugar, sostener una polémica con el obispo a causa de que algunos miembros del clero regular y secular se dedicaban en sermones y charlas en los corrillos y confesionarios a acusar de herejía e impiedad al Libertador y a su gobierno porque dedicaron la iglesia de la Compañía y la casa de San Buenaventura así como las rentas de algunos conventos y monasterios, a los establecimientos de ilustración y beneficencia. Realizó, además, una serie de obras en parte decretadas por Bolívar cuando estuvo de paso en junio de 1825. Inauguró un colegio de educandas, un colegio de estudios de ciencias y artes, varios hospicios, un hospital, un establecimiento de baños, la junta de beneficencia. Le cupo, igualmente, instalar la Universidad de San Simón. Dejó avanzado el proyecto para aumentar las aguas y expeditos los fondos para construir el panteón.73 

En 1825, en cambio, Santa Cruz miraba con amargura la separación del Alto Perú y su constitución como República independiente.

5. Santa Cruz en el consejo de gobierno. Su actitud inicial ante la Federación Perú-Boliviana 
y ante la cisión de los departamentos del sur


En junio de 1826 fue llamado Santa Cruz por Bolívar para presidir el Consejo de Gobierno que debía regir en Lima; mientras él se dirigía a combatir al general Páez, que se había sublevado en Venezuela, ya que había renunciado La Mar “el más capaz, y el más inepto de los hombres, hábil para cualquier cosa pero tímido para todo” según la frase de Bolívar que no podía comprender que un hombre pudiera decir “hasta el nombre de presidente me asusta”.

Bajo la presidencia de Santa Cruz el Consejo de Gobierno aceptó la constitución vitalicia, fomentó el desarrollo de la instrucción popular, dio algunos decretos sobre salubridad e higiene, combatió los planes de federación departamental de los prefectos de Arequipa, Cuzco, Puno; y el Ministro de Relaciones Exteriores, don José María de Pando, rechazó los tratados firmados por el plenipotenciario peruano Ortiz de Zevallos estableciendo la federación entre el Perú y Bolivia y la cesión de los territorios de Tarapacá, Tacna y Arica.

El plan de la federación del Perú y Bolivia había prosperado a raíz de la creación misma de esta República, por el ensueño unitivo de Bolívar que llegaba hasta la Confederación de los Andes. Ésta era la idea oficial para cuya implantación había marchado Ortiz de Zevallos a Bolivia; pero el tratado por él firmado daba, según el Perú, ventajas exclusivas a Bolivia pues en compensación de pueblos y territorios necesarios para su comercio y prosperidad tan sólo prometía amortizar cinco millones de la deuda extranjera del Perú; además los beneficios de la federación, más importantes para Bolivia que para el Perú, quedaban en suspenso mientras la entrega de dichos pueblos y territorios, onerosa para el Perú, era inmediata. Por otra parte, los territorios de Apolobamba y Copacabana, que cedía Bolivia, eran inconvenientes y parvos; y la federación debía subordinarse a la alianza con Colombia.

Pero al lado de esta idea federalista, que después de ser iniciada en la práctica fue puesta de lado aunque al parecer transitoriamente, había un federalismo heterodoxo, clandestino. El Prefecto de Puno, Benito Laso, planeaba según parece, la federación de los tres departamentos del sur para lo cual invitó a una reunión a Gamarra, prefecto del Cuzco, y La Fuente, prefecto de Arequipa, en Lampa. En la división del Perú en dos mitades había pensado ya Bolívar, pero para el caso de que Bolivia la exigiese al federarse. Santa Cruz se opuso enérgicamente a este otro plan y removió a Laso.

Estos manejos subterráneos son el antecedente del plan de análoga factura del propio Santa Cruz con sus amigos de Arequipa, Cuzco y Puno, en 1829, y de la campaña de Valdivia en “El Yanacocha” para la segregación de estos tres departamentos del Perú y su incorporación a Bolivia.

Santa Cruz no sólo se prestigió en su puesto revelando sus dotes administrativas, sino que sirvió a los intereses del Perú oponiéndose a los planes de disgregación nacional. El propósito de defender y halagar al país del cual era gobernante lo impulsó para negarse a la aprobación del tratado de límites y a los planes de Laso. Resultó, pues, oponiéndose a lo que fue su ideal más tarde. El historiador boliviano Cortés dice que aunque él había sugerido o apoyado la misión de Ortiz de Zevallos, Sucre y el Congreso de Bolivia la aceptaron; pero con la calidad de que Colombia formara parte de la federación, lo cual implicó una negativa al primitivo plan.74 En realidad Santa Cruz se consideraba peruano; veía su porvenir ligado a nuestro país, no sospechaba que pronto iba a ser, por la fatalidad de su nacimiento, arrinconado en el altiplano.

No se había suscitado Santa Cruz la odiosidad de quienes encarnaban la oposición a los planes de presidencia vitalicia; y esta circunstancia se unió al permiso expreso que recibió de Bolívar, en cuyo nombre gobernaba, para que se pusiera a la cabeza de la oposición y encarnara las tendencias peruanas al Gobierno propio; Bolívar a fines del 1826 comprendió, por una serie de indicios, que el Perú no le era favorable y que la ilusión de la confederación de los Andes estaba desbaratada. Así, cuando estalló —gestado por Vidaurre que acababa de llegar del extranjero, el 26 de enero de 1827— el motín militar contra la Constitución vitalicia Santa Cruz quedó a la cabeza del Gobierno.

Santa Cruz, Larrea y Heres estaban entonces enfermos en Chorrillos; Pando, el miembro restante del Consejo de Gobierno, corría en forma exclusiva con los asuntos de palacio. El viernes 26 de enero amanecieron tropas colombianas en la plaza, con centinelas en cada esquina que no dejaban pasar a nadie; por lo demás, todo estaba tranquilo. Al rayar el día los generales Lara y Sande, y otros jefes, habían sido apresados sin resistencia y a las 10 fueron enviados al Callao con escolta. Una comisión, en tanto, fue a Chorrillos a pedir a Santa Cruz que viniera a encargarse de los asuntos de gobierno. Los autores de este golpe —que con un tecnicismo de nuestra política contemporánea debería ser llamado otro “cuatro”—, cuyo jefe era el coronel Bustamante, no querían ingerirse en la política del país. Cuando Pando quiso entrar a Palacio para dirigirse a su despacho el centinela le impidió el paso. “¿Cómo te atreves a impedir la entrada al ministro?”, le dijo y la respuesta fue: “¡A la espalda, señor!”. Montó enseguida a caballo y se fue a Chorrillos. Todos los ministros estaban allí y, además, el arzobispo electo “muy asustado porque veía escapársele la mitra”. Mandaron llamar al “Macedonia” y quizá se hubiera encendido la guerra civil; pero, desde el Callao, se le dijo a la “Macedonia” que si se movía de la rada sería agredida; y, además, el general argentino Otero advirtió a Santa Cruz que estaban tomadas las precauciones para evitar que las tropas del centro, del norte y del sur fueran utilizadas para una reacción.

Antes de concluir la mañana se reunió el antiguo cabildo, suprimido por el régimen vitalicio. Se acordó la llamada a Santa Cruz, la abolición de la Constitución boliviana, el restablecimiento de la anterior, la reunión de un Congreso en el plazo de tres meses, el nombramiento de otros ministros. Al día siguiente vino una reunión de cabildo abierto. Todos estos acuerdos fueron ratificados; pero al leerse el referente a la abolición de la Constitución “intrusa” el Prefecto amenazó si se tocaba la Constitución que él había jurado sostener hasta derramar la última gota de sangre; y uno de los presentes le preguntó qué Constitución era ésa, si la última o la precedente a la que había prestado juramento. Santa Cruz llegó dos horas después a Lima. En la esquina de la plaza fue recibido por el cabildo, le fueron leídos los acuerdos. Estaba acompañado por Pardo y Tristán, gobernador de los castillos; y a la lectura del artículo sobre la exclusión de los ministros Pando sonrió, se quitó el sombrero y saludó. Heres y el prefecto se embarcaron en Chorrillos en una canoa, asilándose en el buque de guerra francés “Le Cygne”. Las tiendas permanecieron cerradas sólo el primer día. (Toda esta relación es una carta de W. Tudor a Luna Pizarro.)

El 28 de enero lanzaba Santa Cruz una curiosa proclama que empezaba diciendo: “El Gobierno del Perú no sería fiel a sus obligaciones si desatendiese un eco que llega a sus oídos desde los puntos más remotos de la República y le dice: La Constitución para Bolivia no fue recibida por una libre voluntad cual se requiere para los Códigos políticos...”.

Comenzaba el tramonto de la época cuya conmemoración sería más tarde una fiesta; ahora iban a predominar los acontecimientos cuya conmemoración debiera ser lúgubre. Idos los españoles no se marchó con ellos la guerra que en luengas jornadas siguióles como jauría rabiosa. Ahora en ser maléfico se convertía el ídolo, el aliado en enemigo. A pesar de la transfiguración que alcanzaran en la epopeya reciente eran los paladines de aquellas jornadas de gesta, simples seres humanos movidos por la eterna y mezquina sugestión de la ambición, la vanidad y la envidia.

6. Elección de La Mar. Primera derrota política de Santa Cruz


El Congreso Constituyente, convocado por Santa Cruz, se reunió el 4 de junio de ese año. Leyó Santa Cruz su mensaje y por tres veces renunció su cargo. El Congreso resolvió elegir Presidente de la República (8 de junio de 1827). En la sesión del 9 el diputado Llosa Benavides presentó un proyecto para que el Congreso se declarase en sesión permanente y eligiera al Jefe del Poder Ejecutivo en propiedad con las atribuciones que se le designaran hasta que se dictase la Constitución. Se alegaba para ello el sentido que había tenido el “terremoto del 26 de enero”, los buenos efectos que una anticipada designación análoga causó en Chile y Buenos Aires, la necesidad de disminuir en lo posible las mudanzas políticas. Vidaurre opinó porque se esperase. El Presidente del Congreso, que era el clérigo Luna Pizarro entonces otra vez con la influencia decisiva que lograra en el Congreso de 1822 hasta el golpe de estado de Balconcillo, intervino para liquidar el debate. Dijo que desde el día anterior se había ordenado por el Congreso se procediese cuanto antes a la elección y que cada uno de los diputados traía en su corazón escrito el nombre de la persona que debía encargarse de la jefatura del Estado desde el momento que salió a cumplir su augusta misión y que no había motivo para que por más tiempo se postergase la elección, después de las tres renuncias de Santa Cruz. Esta opinión fue aprobada por 67 votos contra 7.75 

Se procedió, pues, a elegir y La Mar obtuvo 58 votos y 29 Santa Cruz. Cuando después de la renuncia de San Martín el Congreso Constituyente nombró a quienes debían reemplazarle, Luna Pizarro también había hecho elegir a La Mar. Más tarde, muerto La Mar, en 1834 haría elegir a otro militar sin espíritu militarista, a otro espíritu bondadoso pero sugestionable. 

El más importante de los diputados que propiciaron el nombre de Santa Cruz fue Vidaurre. Después de haber conspirado activamente contra el régimen bolivariano Vidaurre, producido el cambiamiento de enero en el que actuara con la ignorada consagración del azuzador y también con el embriagador realce del tribuno popular, había ocupado un ministerio en el Consejo de Gobierno que Santa Cruz siguió presidiendo. En el proyecto de Constitución, que publicó en su periódico El Discreto, había incluido un artículo según el cual debían ser ciudadanos peruanos los nacidos en el Alto y en el Bajo Perú. Al propiciar desde entonces y luego en el Congreso la candidatura de Santa Cruz no le movía seguramente la esperanza de manejarlo. Su temperamento impresionable estaba enamorado quizá de las dotes de gobierno de su compañero en el poder; su rivalidad con Luna Pizarro, rivalidad profunda que ocasionó luego agitados debates en el Congreso y por fin el proceso de su conspiración y de su destierro, tenía que llevarlo no a ser un secuaz en este asunto capital sino a enfrentársele con el candidato más poderoso posible. Es curioso que más o menos en esta misma época don José María de Pando, acusado por su ideología vitalicia y su posición política en general, había publicado un manifiesto sincerándose y diciendo que su candidato para la Presidencia vitalicia había sido Santa Cruz.

¿Qué resultados pudo traer el éxito de la candidatura propiciada por Vidaurre? En lo que respecta al propio Vidaurre seguramente habríase operado un reflujo en sus sentimientos desligándose del indio frío, torvo y astuto —típicamente opuesto a su carácter— a quien quiso encumbrar. Pero Santa Cruz era víctima menos fácil que La Mar. De él habría sido, y no de la insurrecta ambición de Gamarra, la victoria sobre Sucre y el bolivarismo de Bolivia. Aprovechando de la relajación del celo nacional boliviano en aquella época, hubiera ido, haciendo predominar la influencia peruana, rápida y fácilmente a la Confederación Perú-Boliviana sin recurrir a las intrigas, dilaciones y conflictos a que hubo de apelar después. No teniendo ante el Perú el odioso relieve del invasor, ante Bolivia se habría presentado con el prestigio de su origen y de su abolengo. El poder de Chile, aún no consolidado, no era entonces temible; los años, en tanto, bien podían solidificar esta obra unitiva. Las fuerzas turbias de la anarquía que, como el Destino en las tragedias griegas, manejaban entonces a los hombres y a los acontecimientos haciéndolos chocar entre sí y lanzándolos al mal y a la desgracia, siempre hubieran triunfado quizá a la larga; pero, al menos, luchando desesperadamente contra este hombre a quien más tarde, a duras penas, derribaron cuando estaba gastado, arrinconado, empequeñecido.

La elección de La Mar fue ya un primer motivo para la oposición. El apresuramiento que hubo al realizarla suscitó críticas: “¿En cuál de las atribuciones del Congreso está nombrar Presidente y Vicepresidente cuando no se le ha dado alguna sobre esto? ¿Podrá haber Presidente y Vicepresidente propietarios sin haberse formado la Constitución que es el origen legal de dichos mandatarios? ¿Podrá sacar de su seno a los que ocupan estos altos destinos sin traerse la nota de intentar una oligarquía?” Tales algunas de las preguntas que hacía un escrito que circuló mucho entonces titulado El Serrano Bovín.

Santa Cruz, de quien desconfiaba el partido triunfante en el Congreso llegando inclusive a achacarle culpabilidad en el frustrado motín de Huavique, fue nombrado primero ministro del Perú en Londres y luego ministro del Perú en Chile.

7. Gobierno autónomo de Gamarra en el Cuzco


Destruida la dominación bolivariana en el Perú, ella quedaba en pie en Bolivia donde gobernaba Sucre y pronto se hizo sentir allí la influencia peruana, primero mediante intrigas y cábalas. En ello tuvo papel decisivo Gamarra, que en realidad gobernaba autónomamente su departamento.

“En el sud se halla —escribía Vidaurre— el benemérito general Gamarra a la cabeza del principal ejército. Él obra de un modo independiente. Desobedece las órdenes de La Mar y las desprecia, promueve, licencia, castiga y da grados sin consulta. Aumenta las plazas de los batallones y escuadrones y el número de ellos. Éstos son hechos no sujetos a controversia ni disputa”.76 Sucre decía en una carta a Bolívar: “Usted conoce a todos (los aspirantes del Perú) y sabe que este niño del Cuzco o es presidente o se hace él aunque sea cabeza de ratón. Cada día crece su ambición y cada día tiene más desprecio por el general La Mar”.77 

Las protestas contra el Congreso de 1828 en algunas provincias del interior —Quispicanchis, Urubamba— negándose a prestar el juramento que éste pidió, so pretexto de haberse juzgado nulos sus actos por un impreso que circulaba allá, fueron imputadas a la ingerencia oculta de Gamarra. Dícese que éste recibió noticias de que el ambiente no estaba maduro para la rebelión y entonces marchó a las provincias mencionadas, pacificándolas fácilmente. Nombrado diputado al Congreso de 1828 por Acobamba, Lampa y Aimaraes, se despidió de sus paisanos los cuzqueños sujetándose al juicio de residencia (31 de marzo de 1827). Pero luego alegó motivos poderosos para no ir a Lima.78 Más importancia que una curul inocua tenía el contacto con el ejército más poderoso que poseía el Perú. A poco dejó la prefectura a don Vicente León tomando el mando del ejército.

8. La invasión de Gamarra a Bolivia


Gamarra citó a Sucre a una entrevista en el Desaguadero para ver la forma de un arreglo diplomático. La cita tuvo lugar el 5 de marzo y fue cordial. Gamarra manifestó temor de un combate contra el Perú por las fuerzas combinadas de Bolívar y de Sucre; este le aseguró en toda forma la inexistencia de esa eventualidad. No obstante, contando con Sucre en el sur, el general Flores pensaba invadir el Perú por el norte.79 Con fecha 8 de abril dirigió Gamarra a Sucre, súbitamente, una comunicación amenazante. Comienza por decirle que aunque la entrevista no había tenido carácter oficial, ni se había especificado por artículos positivos, él había respetado la palabra de honor que Sucre le diera replegando los cuerpos no sólo a Lampa, punto fijado en las estipulaciones, sino hasta Pucará, nueve leguas más, haciendo cesar el reclutamiento, licenciando a algunos soldados, sin siquiera hacer forrajear la caballería en puntos fronterizos aunque abundantes en pastos como Zepita y Pomata. Pero, en seguida, enrostra a Sucre que haya ordenado el aumento de fuerzas, que haya lanzado proclamas belicosas propalándose al mismo tiempo especies hostiles al Perú. Termina pidiéndole que suspenda el reclutaje, que en caso contrario se verá obligado a llamar a las guarniciones del Cuzco, Arequipa y Ayacucho.80 

Pronto se produjo la invasión que realizóse por las turbulencias habidas en Chuquisaca a causa de las cuales fue herido Sucre. La invasión no se realizó con desobedecimiento del gobierno de Lima como se ha dicho. Gamarra convocó a una junta de guerra compuesta por el jefe de Estado Mayor, los jefes de cuerpo y el prefecto del departamento (29 de abril de 1828). Gamarra se refirió a una comunicación del presidente La Mar diciéndole que los sucesos en el sur y en Bolivia le indicarían lo que debía hacer dejando a su prudencia las medidas necesarias para el bien de la nación. Todos los circunstantes opinaron por la invasión, salvo el general Aparicio y el prefecto Reyes. A la misma hora en que terminó la junta se dieron órdenes para que una columna de cazadores, al mando del general Cerdeña, se posesionara del Desaguadero.81 

Desde el cuartel general de Zepita dirigió Gamarra una nota al gobierno, surgido en Chuquisaca, diciéndole que el ejército se había visto obligado a pasar el Desaguadero porque “habiéndose atacado al gobierno actual y a la persona del Presidente el gran Mariscal de Ayacucho, el país quedará a merced de las facciones de los partidos y de la anarquía”; e invitándole a una reconciliación general bajo la garantía del ejército peruano (30 de abril). A los alto-peruanos dirigió una proclama afirmando que 82 peticiones con más de 2000 firmas lo habían llamado; los declaró bajo los auspicios de “vuestros propios y antiguos hermanos” que les traían la libertad que no habían disfrutado hasta el día que agregando el ejército, de la representación nacional que sugiere, sólo exigiría “un ósculo de paz y una amistad fraternal con el Bajo Perú”. Proclamó a sus soldados diciéndoles que en sus manos estaba la dicha de dos naciones, agregando: “libertado el Alto Perú, vais a asegurar la suerte del suelo natal”. También ofició a Sucre para decirle sus famosas palabras: él venía a interponerse entre la víctima y los asesinos. Sus proclamas, así como otras comunicaciones oficiales de entonces, solían empezar jactanciosamente con el nombre “El General del Perú”.

La respuesta de Sucre al anuncio de la invasión peruana fue cortante. Uno de los párrafos decía: “En fin, mi estimado general, agradeciendo a usted la señal de gratitud a mis servicios al Perú, viniéndose a interponer con su ejército entre los asesinos y mi persona, espero que, para cumplimiento de este testimonio de aprecio, regrese usted al Perú. Preferiría mil muertes antes de que por mí se introdujese en América el ominoso derecho del más fuerte. Que ningún pueblo americano dé el abominable ejemplo de intervención y mucho menos de hacer irrupciones tártaras. Medite usted cuán fatal es la lección que ha dado”.82 Sucre al mismo tiempo ponía en conocimiento de Gamarra que había delegado el poder al general Urdininea.

La campaña de Gamarra fue breve y deslumbrante. Una compañía de granaderos y 300 hombres se pasaron a sus filas. El escuadrón Dragones empezó por tomar prisionera a la descubierta boliviana, cuyos hombres se enrolaron en el ejército. Poco después, Gamarra recibió noticia de que se preparaba una sublevación en el ejército boliviano, bajo la sugestión del jefe del batallón N.º 1 de Bolivia, coronel González y del comandante de Cazadores Manuel Valdez, quienes con muchos otros jefes y oficiales se asilaron en el campamento peruano porque su complot fue delatado. Los coroneles Pedro Blanco en Potosí, con el mejor cuerpo de ejército, y Portillo cerca de Cochabamba, se pusieron, separadamente, a favor de los invasores.

“El enemigo huye regando el camino de hombres y armas”, decía Gamarra en una carta particular que se publicó entonces.

Los peruanos avanzaron a Viacha mientras la división boliviana acantonada en la Paz se retiraba. Gamarra entró en La Paz y el ejército avanzó hasta Caracollo.

Urdininea, que veía diezmadas sus filas y que cometió el error de debilitarse aún más despachando tropas en persecución de Blanco ante una última instancia para una transacción, pasó al campamento peruano en Caracollo; aunque Gamarra no lo recibió alegando estar enfermo.83 Blanco, en tanto, había sido comisionado por Gamarra para que apresara a Sucre en Ñuccho, donde se había retirado para convalecer de sus heridas. Una negociación en Atita se frustró porque los bolivianos no aceptaron las demandas peruanas. “Los enemigos nos dictan la ley de ser ingratos con el ilustre vencedor de Ayacucho y con nuestros hermanos de Colombia”, anuncié belicosamente Urdininea. Quisieron también los bolivianos que en el término de 12 días repasara el ejército peruano el Desaguadero.84 No fue ajena a este fracaso la intemperancia de algunos jefes peruanos. “D. Juan Bautista Subyaga, hermano político de Gamarra y legítimo de doña Francisca con su genio díscolo, presumido, alocado, presuntuoso, con gajes de sabihondo en toda clase de materias sin dejar de tenerse por financista, más militar que Berthier para dirigir campañas o ser director de ellas, asesor de su cuñado y demás, insultó con groseras palabras, maneras pueriles a los señores comisionados bolivianos.”85 

El ejército peruano acampó el 31 de mayo en Coyahuasi cuidándose poco de su seguridad porque había un parlamentario en su campamento; las fogatas ardieron hasta las 12 de la noche para templar el riguroso frío de ese cruel invierno en que algunos soldados perecieron helados. “Los colchones y la cama eran excelentes, dice Lira, pues que la Palas cuscovita (¿doña Pancha?) nos acompañó en tal campaña”. El general Brown intentó una sorpresa; pero felizmente pudo ser puesta sobre las armas la compañía Cazadores del batallón Pichincha que alejó a los bolivianos con sus descargas. Los peruanos tuvieron como bajas 9 entre muertos y heridos y más de 100 dispersados de los cuales algunos regresaron al Cuzco cometiendo iniquidades y esparciendo lúgubres noticias.86 

Esto obligó a tomar precauciones al ejército peruano; a marchar “como los cabros” por los cerros evitando las sorpresas de la caballería enemiga que era mejor. Se dirigieron los peruanos a Paria llegando a la vista de este pueblo el 3 de junio. Esa noche se resolvió el ataque al enemigo para devolverle la visita del 31; pero aquél continuó su retirada a Oruro después que se oyeron disparos salidos de los fusiles que quemaron en su campo en gran número con parque, municiones y menaje. Resolvióse picarle la retirada y el ejército todo marchó al trote. A las 2 de la tarde estaban ambos ejércitos frente a frente. Se hizo avanzar una columna de cazadores y formada la línea iba a disparar el cañón. “Por supuesto, todo hombre estaba con aquel temorcillo que da el pensar en dejar la sopa dorada y un mundo conocido por ir a hacer un viaje que todos hemos de hacer sin la esperanza de volver... pero el honor, la ambición a la gloria, la esperanza de la recompensa y demás que se proponen los neófitos militares les hace, contra sus naturales sentimientos, desafiar la muerte”. Pero Urdininea pidió nuevos tratados y se convino en que por la tarde desocuparía Oruro y que entregaría su reducto tal como estaba; esto último no lo cumplió. Así entraron los peruanos en Oruro retirándose el enemigo hacia Potosí. Vinieron las negociaciones de Sorasora que también se frustraron, según los peruanos por la mala fe con que procedían los bolivianos. En Oruro se resolvió el avance de Cerdeña con una columna a Cochabamba a proteger la reacción antiboliviana. Avanzó luego el ejército de Oruro a Maragua y, a pesar de la escabrosidad y de los malos caminos, hizo movimientos por la derecha para observar al enemigo. Desocupado Potosí por los bolivianos retrogradó Brown con dos escuadrones de caballería para recuperar el reducto, impidiéndolo la guarnición que allí había quedado y algunos paisanos. Brown, mediante un bello movimiento estratégico, se posesionó del departamento de La Paz que hizo falta para el aprovisionamiento de los peruanos; interceptó comunicaciones y amagó Puno. En Maragua descansó el ejército invasor de las penosas marchas que había hecho para colocarse en una posición de flanco de la expedición a Cochabamba, sin dejar de estar a la mira de los movimientos enemigos. Los bolivianos pidieron nuevamente tratados, quizá, para tener datos del ejército peruano y para ganar tiempo. Los generales colombiano-bolivianos Galindo y Fernández planeaban la retirada a Jujuy o la retirada a los valles entreteniendo a los peruanos hasta que vinieran auxilios de Colombia o la declaración de guerra por el norte; pensando también que el ejército peruano no podía recibir reemplazos y que la opinión que lo favorecía reaccionaría viéndolo sostenerse con los recursos de la región que ocupaba.

El teniente coronel Lira, mandado a Anquiri como comisionado en las nuevas negociaciones, se puso en contacto con un jefe boliviano a quien había tratado en Atita, valiéndose del cura de Anquiri, resentido con el gobierno de Sucre por su postergación. Convino con dicho jefe que éste, si no había lugar a arreglos, se pasaría con su batallón a los peruanos. Entre tanto el ejército peruano avanzó desde Maragua porque no podía sostenerse más y para ocupar una posición desde la cual pudiera ir sobre la retaguardia enemiga. Lira y Arguedas, su compañero para discutir los tratados debían, pues, proceder con la mayor celeridad. Esto, unido a una conspiración descubierta por Urdininea para asesinarlo y a que su ejército estaba quedando en cuadro, dio lugar a que fuera firmado el tratado de Piquiza (6 de julio de 1828), en el cual se estipuló la salida de todos los extranjeros que estaban en territorio boliviano, debiéndoseles dar media paga; la salida de las tropas colombianas por la ruta que hasta Arica designara Gamarra; la reunión del Congreso de Chuquisaca para admitir la renuncia de Sucre y nombrar el gobierno provisorio; la reunión posterior de una Asamblea Nacional para elegir el presidente definitivo, dar la nueva Constitución y determinar la fecha en que debía comenzar la retirada del ejército peruano; la ocupación de Potosí por el ejército peruano hasta que se reuniera la Asamblea; el mantenimiento del ejército peruano a costa de Bolivia; la ratificación o rechazo del tratado en el término de veinticuatro horas debiéndose considerar reanudadas las hostilidades en caso de rechazo.87 

9. Resultados de la invasión de Gamarra a Bolivia


Este arreglo fue beneficioso para los peruanos no sólo porque santificó su paseo militar con el deslumbrante premio del éxito, en este caso no opacado por el derramamiento de sangre, y lleno, más bien, de sugerencias halagadoras en un país que tan pospuesto se había visto por sucesivas influencias extranjeras. Además, implicó una sonrisa del azar porque, como decía Lira, “nuestro ejército no infundía la menor confianza”.

A raíz de su éxito como negociador en Piquiza, cuenta asimismo Lira, que Gamarra le hizo ofrecimientos de ascensos, prefecturas, jefaturas de Estado Mayor postergándolo luego porque no transigía y no era adulador.

Gamarra entró a Chuquisaca, entonces capital de Bolivia, la tarde del mismo día en que Sucre se alejaba de ese país. Días después del tratado de Piquiza habían mediado, entre ambos, notas insultantes: Sucre desde Mojorillo y Gamarra desde Potosí. “No ignora V.E. —decía Gamarra— que yo no me hallé fuera de esa jornada (Ayacucho) y que en la parte que se halla desarrolla [sic] tuve lo que su conciencia debe repetirle cuando quiera empañar un mérito que la moderación más apurada ha tratado de encubrir bajo del velo de un virtuoso silencio, mientras la ambición se lo ha apropiado todo, con absoluto olvido de los que se hallaron en igual grado de trabajo, mas no en el de desordenadas pretensiones que las rebatiré mientras viva”.88 

El Congreso extraordinario, convocado mediante su presión, eligió a Santa Cruz, que estaba ausente, como presidente y a Velasco como vicepresidente encargado del mando.

La invasión de Gamarra a Bolivia, realizada sin orden expresa de Lima, fue un caso flagrante de invasión armada, una exhibición de aleve superioridad militar. La política del Perú, proclamada en otros momentos más claros de su vida internacional, condenó siempre y a veces con emocionante gallardía, como ante la guerra contra el Paraguay, el derecho de intervención. Diferenciábase la aventura de Gamarra de otras análogas, en primer lugar, porque su objetivo era desembarazar a Bolivia y al Perú de un poderoso enemigo común, evitando un ataque de retaguardia durante la inminente guerra con Colombia; y porque el sentido de la nacionalidad no estaba aún netamente definido. Pero ello, aunque explica, no justifica la actitud del “General del Perú”.

Se ha señalado repetidas veces que Gamarra salió de Bolivia sin coger un metro de territorio. Cuando se despidió del gobierno de Chuquisaca, el ministro Olañeta lo recalcaba: “Cuando el ministro que suscribe iba leyendo a S.E. el Vicepresidente el contenido de la apreciable nota del señor general en jefe del ejército peruano de fecha de ayer, interrumpiéndole la lectura exclamó: estaba reservada al general Gamarra la gran gloria de auxiliar a un pueblo oprimido para esclavizarlo aún más. El jefe del ejército peruano, repasando el Desaguadero, se presenta para la historia como el guerrero filósofo que ha sabido convertir los instrumentos de ruina y devastación en beneficio de la humanidad doliente. Él en campaña contra los auxiliares ha economizado la sangre de sus hermanos de Bolivia, ha firmado en Piquiza unos tratados, consecuencia de los principios liberales que ha adoptado su gobierno, ha conservado un ejército que podía haber reducido a la nada, ha reunido la representación nacional y por último, generosamente, entrega las rentas de los departamentos de Oruro y La Paz y se vuelve dejando los destinos de Bolivia en manos de sus propios hijos”. “Al marcharse el general en jefe de este territorio nadie podrá acusarle de intervención en los negocios domésticos...”. Esto, en gran parte, era sarcástico. La invasión como hecho, como precedente, dejó un profundo surco de rencor y de humillación. En lo que respecta a su relación con las rentas hubo quejas de que el ejército había pedido adelantadas las contribuciones a los pueblos en Bolivia, que había hecho requisas arbitrarias, que se había llevado los rieles y la gramalla de Potosí para pagar a la tropa; el mismo Olañeta decía, en 1840, en su Defensa de Bolivia que el Perú era por todo ello deudor de Bolivia. Gamarra influyó para que se colocara a amigos suyos en la administración pública e influyó, en general, en la política boliviana. Años más tarde en una carta a su amigo Malavia se quejaba de que Santa Cruz hubiera despojado a esos amigos suyos. A pesar de sus enfáticas declaraciones de abstencionismo y de generosidad hizo aún más: dio alas a la ambición del general Blanco.89 

Ante éstos y otros síntomas el historiador boliviano Iturricha cree que Gamarra quería dejar en Bolivia a una hechura suya, ir a Colombia donde lo llamaban los acontecimientos, derrotar a Bolívar, adueñarse del mando del Perú, regresar al sur y anexarse Bolivia.

No bien hubo salido el ejército peruano de Bolivia cuando se produjo en La Paz la revolución del coronel Loayza, a la cual se ha atribuido, por los historiadores bolivianos Sánchez de Velasco, Cortes y Guzmán, el propósito de unir el departamento de La Paz al Perú en confabulación con Gamarra, a pesar de que cuando Loayza llamó a los peruanos el general Aparicio, que estaba en Puno, se negó a acudir.90 Iturricha cree que Loayza no fue sino un agente prematuro y desatinado de planes más vastos. Lo original de esta sublevación estuvo en que en marcha el gobierno sobre La Paz premió a Loayza haciéndole general de división y prefecto de Chuquisaca; debido, quizá, a la influencia del principal consejero del presidente Velasco que era el tribuno Casimiro Olañeta, coludido entonces con Gamarra. 
Con el plan del próximo regreso triunfal o sin él, pero influido desde entonces hasta su muerte por la preocupación de dominar a Bolivia, Gamarra quiso conquistar con esta campaña prestigio, y lo consiguió.

Honores máximos se le tributaron cuando llegó a Arequipa el 17 de octubre. En Lima el Mercurio Peruano, dirigido por Pando y luego por Pardo y Rodulfo, se encargó de ensalzarlo. Su autoridad, temible ya ante La Mar desde un principio, se volvió formidable.

Pero sus planes de influencia sobre Bolivia no tuvieron un éxito largo. La Asamblea Convencional que se reunió entonces en Bolivia desconoció el nombramiento de Santa Cruz y eligió a Blanco, uno de cuyos ministros fue Malavia. Pero, después de cinco días de gobierno, Blanco fue depuesto y asesinado, perdiéndose así uno de los hilos del plan de Gamarra. La Asamblea Convencional recibió a causa de la volubilidad de sus acuerdos, el nombre de “Asamblea Convulsional”.

Vino una situación de caos al cabo de la cual fue nuevamente elegido Santa Cruz (enero de 1829).

10. La guerra con Colombia


El gobierno de La Mar alcanzó a promulgar la Constitución de 1828 a la que se refieren otros capítulos de este libro; procedió al apresamiento y meses después a la deportación de Manuel Lorenzo Vidaurre y le tocó afrontar la revuelta de los iquichanos, indios salvajes que seguían en armas nominalmente por el rey; hechos éstos que también son ajenos a la biografía de Gamarra y Santa Cruz y que, igualmente, tienen mención posterior. Pero, lo que hubo de más importancia en este gobierno fue la guerra con Colombia. Para esta guerra había varios pretextos y motivos. En primer lugar la revolución de enero de 1827 en Lima dio lugar a la salida de las tropas colombianas del Perú hiriendo la susceptibilidad de este país y de Bolívar; la intervención peruana en Bolivia, más o menos desembozadamente dirigida a una análoga eliminación colombiana, no hizo sino aumentar estos recelos. Además, el gobierno peruano no sólo despidió a las tropas colombianas sino que expulsó al agente diplomático Armero. No se les ocultaba, por otra parte, a La Mar y a sus consejeros la conveniencia de ocupar Guayaquil, unido al Perú por una vinculación histórica y separada de él por la eventualidad de la proclamación de la Independencia hecha en esa ciudad en 1820 y por la influencia de Bolívar. La ocupación de Cuenca hubiera destruido, además, las dudas sobre la peruanidad de La Mar. Estaba latente, así mismo, el temor de que Bolívar pretendiese recuperar el poder perdido en el Perú. La existencia de una deuda crecida del Perú para con Colombia, con motivo de la campaña de la independencia y la retención de la provincia de Jaén y de parte de la de Maynas por el Perú, eran, por último, pretextos que los intereses y las pasiones podían agregar a la complicada tirantez de la situación.

El Perú envió como ministro a Don José Villa; pero, Bolívar se negó a recibirlo exigiéndole previamente que diera satisfacciones por los recientes agravios consistentes en la devolución de la división auxiliar, en la prisión de un edecán del vicepresidente de Colombia (Márquez), en la negativa a dejar pasar los batallones colombianos que regresaban de Bolivia, en la falta de pago de la deuda y en la acumulación de tropas en la frontera. Aludía también a la ocupación de Maynas y Jaén. Bolívar quiso, además, de que se le dieran amplias e ineludibles satisfacciones que se reemplazara con peruanos las bajas sufridas por las tropas auxiliares en la guerra de la Independencia.91 

Se produjo entonces una exuberante literatura belicosa en ambos países y la guerra se hizo inminente. Ello no impidió que Sucre pasara por el Perú de regreso de Bolivia en tránsito para Colombia sin ser molestado, siendo aún ayudado por el gobierno. Sus buenos oficios fueron rechazados por el Perú; así mismo, se negó salvoconducto para ingresar en territorio peruano al coronel O’Leary a quien Bolívar había nombrado ministro.

 

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66 Es la versión que recoge Pruvonena tomándola de Irrisari. Por eso algunos periódicos enemigos de Gamarra lo llamaron "Fray Agustín Zaldívar".


67 Es la versión de Mendiburu en su Diccionario, tomo iv, p. 12.


68 En Revista Histórica, tomo vi, pp. 92 y 93 don Carlos A. Romero ha publicado la providencia del general Ramírez absolviéndolo del juicio que se le siguió en 1820. Otros documentos del mismo atestiguan que intercedió por él don Tadeo Gárate, español de Puno con cuya hija decía que se iba a casar.


69 Paz Soldán, Historia del Perú Independiente, tomo i, pp. 111 y siguientes.


70 "Importa mucho a nuestra empresa y al bien general que se separe del servicio militar en la sierra", decía Arenales de Gamarra a San Martín. (Documentos del archivo de San Martín, pp. 251 y 262, tomo vii.)

71 Véase la Defensa del coronel D. Agustín Gamarra presentada al Consejo de Oficiales Generales el 22 de Mayo de 1822 por el H. S. Coronel Comandante General de Artillería don José Manuel Borgoño, su defensor. Lima. Imprenta de la casa de niños expósitos.

72 Siendo Arenales presidente del departamento de Trujillo, a él se dirigía en sus comuni- caciones oficiales y privadas Santa Cruz. Arenales que no quería a Gamarra, decía "estoy muy contento con Santa Cruz" (Carta de 26 de noviembre de 1821, en Documentos del Archivo San Martín, tomo vii, p. 359).

73 Ver Redacción de la correspondencia oficial entre el Sr. Prefecto General D. Agustín Gamarra. y el Illmo. Obispo del Cuzco sobre imputaciones enormes y de trascendencia a la tranquilidad pública que hace aquél a individuos del clero de esa diócesis, Lima, 1827, Imp. Republicana, por J.M. Concha. Ver también la "Despedida de Gamarra" en El Sol del Cuzco, de 31 de marzo de 1827, N.º 118, T. 3°.

74 Galería de hombres célebres de Bolivia, Andrés Santa Cruz por Manuel José Cortés, Santiago, 1869, p. 146. Las instrucciones a Ortiz de Zevallos en Paz Soldán, 2° periodo, tomo ii, p. 86 ss. También en La Estafeta del Pueblo, N.º 1, 1827. Las observaciones al tratado que firmó, en El Peruano de 1827, N.º 60 y en Paz Soldán, ob. cit., pp. 123 ss. El plan de cisionar el sur y cartas de Santa Cruz a Gamarra adversas a ello, en Paz Soldán ob. cit., pp. 94, 118 y 122. Más documentos en la p. 79 del catálogo anexo a dicha obra.

75 Ver El Eco de la Opinión del Perú, N.º 1 de 6 de agosto de 1827.

76 "Representación de Vidaurre al Congreso". En Efectos de las facciones sobre los gobiernos nacientes, p. 241.

77 O’Leary Memorias, tomo 1, p. 482. Carta de 27 de enero de 1828.

78 Nota de Vidaurre como ministro autorizándolo para no ir, fechada el 27 de abril de 1827. El Sol del Cuzco, N.º 126, tomo iii, 26 de mayo de 1827.

79 Cartas de Flores a Bolívar y Sucre, citadas por Arturo García Salazar en su Resumen de Historia Diplomática del Perú, pp. 49 y 68.

80 En El Sol del Cuzco, N.º 174, tomo 4, 26 de abril de 1828.

81 Exposición que hace el ciudadano Juan Agustín Lira de su conducta pública desde el año 1815 hasta el fin de Setiembre de 1834. Lima. Imp. y Lit. por Correa. Lira fue ayudante de Estado Mayor en la campaña de 1828 y da amplios detalles sobre ella. Vargas (H. del P.I., tomo iv, 124 y siguientes) dice que Gamarra procedió contra las órdenes del gobierno de Lima.

82 Alcides Arguedas. La fundación de la República, p. 370 y siguientes.

83 Nota de Gamarra al prefecto de Puno con fecha 28 de mayo desde Caracollo. En El Sol del Cuzco, N.º 183, tomo 4, 28 de junio de 1828.

84 Nota del ayudante de Gamarra, mayor Benavides, desde Oruro, 3 de junio. En Mercurio Peruano, N.º 269 de 3 de julio de 1828. Vargas dice erróneamente que las conferencias fracasaron por la falta de poderes de Gamarra.

85 Lira, manifiesto citado.

86 Ibíd.

87 Mercurio Peruano, N.º 293 de 2 de agosto de 1828.

88 Nota de 17 de julio. En Mercurio Peruano, N.º 314 de 28 de agosto de 1828.


89
Cartas de Gamarra a Blanco, en septiembre de 1828 desde Chuquisaca, dándole instrucciones e incitándole a un contacto con las tropas peruanas que quedaban en la frontera para proceder contra Velasco a quien llama "ente". Publicadas en la exposición del comandante José Ballivian en 1829 y citadas por Olañeta en su manifiesto de 1829. Las trascribe Iturricha en su Historia de Bolivia bajo la administración Santa Cruz, p. 364 y ss.

90 Nota de 13 de agosto. En Mercurio Peruano, N.º 334 de 23 de septiembre de 1828.


91 "Manifiesto del gobierno del Perú en contestación al que ha dado el general Bolívar sobre los motivos para la guerra". En Pruvonena, op. cit. T. II, pp. 497-516.

 


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