CAPÍTULO I

LA CLASE MILITAR

 

 

1. Sentido del militarismo peruano

La fórmula de los primeros años de la República es paradójica. Las otras clases sociales pasan por la disolución como la nobleza española y la burocracia virreinal, por la transición, como la nobleza criolla, por el aplanamiento como los indios y los esclavos o por el auge inconexo y eventual, como las clases medias. Solamente la Iglesia y la milicia son las clases, organizadas y omnipotentes en sus respectivas funciones hasta que se plasma definitivamente, la plutocracia creada por el guano y los trastornos. La Iglesia representa la raíz más honda que dejara la Colonia; la milicia es el fruto más relevante que han producido socialmente los largos y fatigosos años de la Emancipación.

Pudo hablarse en aquella época del militarismo peruano en cuanto la profesión bélica tuvo la más alta importancia y en cuanto, algunas veces, caudillos, mendaces quisieron consolidar su posición llevando la guerra al extranjero: Gamarra el 28, el 30 y el 41; Castilla el 59. Pero, fundamentalmente, el Perú no fue un país militarista. Tendencias innatas de la raza —recuérdese la observación de Humboldt citada y confirmada por Unanue sobre que aún nuestros animales domésticos son de condición más tratable o más poltrones—; la misma posición económica, geográfica, histórica del país lo predeterminaron.

2. Ventajas y desventajas de la carrera militar


En aquellos años, la carrera militar traía la ventaja de llevar a los más altos cargos públicos. Se puede decir que entonces el militar representaba el rol primario que anteriormente había desempeñado el sacerdote y que en nuestra época representa el hombre de negocios. Era implícito el hecho de ser un militar distinguido con la candidatura a la Presidencia de la República. Aun aparte de ella, los militares tenían singulares prerrogativas: muchas veces fueron miembros del Consejo de Estado o de las Cámaras: San Román, Castilla, Echenique, Ibarra, Herencia Zevallos, Prado, Mendiburu y La Fuente llegaron a presidir el Congreso. Generalmente ocupaban también las prefecturas y otros cargos elevados del Poder Ejecutivo. Así mismo, les correspondía el cargo de Comandantes Generales de los Departamentos, rigiendo las fuerzas militares de ellos, con tanta o más autoridad que los prefectos; pero este cargo fue abolido por las Constituciones de 1839 y de 1856 para el tiempo de paz, aunque fue resucitado durante varias revoluciones. Hasta 1856 subsistió el fuero militar que fue suprimido sin las violencias a que dio lugar la supresión del fuero eclesiástico porque se basaba únicamente en leyes civiles.

La comedia de Segura, El Sargento Canuto, en algo expresa el concepto generalizado a este respecto. Un padre abrumado por la tragedia burguesa del casamiento de sus hijas mujeres ve resuelto el problema:

Y como hoy el caerse muerto
trabajando no da más
que cálculos sin concierto
y siempre anda uno detrás
del dinero y del acierto;
y como ni aún ser empleado
en lo político vale
porque en el sueldo pagado
el año a dos meses sale;
yo creo haber acertado
cuando he podido encontrar
un novio para cada una
que bien las ha de tratar;
porque, chicas, la fortuna
favorece al militar.

Edgardo, un joven de mi generación, novela de Luis Benjamín Cisneros, tenía que narrar la vida de un militar. Cuando pasaba un batallón por su tierra natal, Moquegua, Edgardo sintió el atractivo de aquella profesión, que había aprendido a amar en los relatos hogareños de las proezas de su padre y se enroló en sus filas de hecho con el grado de subteniente, soñando más tarde, él también, en regenerar al país...

En cambio, muchas fueron las veces en que cayeron en desgracia los militares. La ejecución como consecuencia del infortunio político fue fenómeno raro en el Perú; otros párrafos se refieren a ella más extensamente. Entre las víctimas más importantes están, cronológicamente, el capitán Rossell, fusilado en Lima en 1832, Valle Riestra en 1835, Salaverry y sus ocho principales secuaces en 1836, el coronel Boza en 1841, el coronel Hercelles en 1842, los oficiales Lastres y Berástegui en 1843 y el general Morán en 1854. No era imposible, además, y antes bien era casi seguro ser privado de los títulos jerárquicos por las revoluciones; tal sucedió, muy especialmente, en las de Salaverry y Gamarra contra Santa Cruz, en la de Castilla contra Echenique, en la de Vivanco contra Castilla, en la de Prado contra Pezet. Pero, al cabo de pocos años, gobiernos amigos o indiferentes volvieron a colocar a los expulsados otrora del escalafón militar y, en 1839, después de la derrota de Santa Cruz con el aditamento de "beneméritos de la patria" y de "beneméritos de la patria en grado heroico y eminente". El gobierno de Castilla en 1845-51 fue una excepción a esto. "El gobierno fijó por primera vez, dice Mendiburu en su Memoria de Guerra y Marina en 1845,59  un principio recto y equitativo. Tal fue la resolución expedida para que los militares existentes pasasen revista en los empleos y grados que acreditasen con despachos anteriores al Directorio en vez de hacer dar de baja a los que dependieron del ejército vencido últimamente". El título de "traidor a la patria" fue otorgado a Riva-Agüero, a Orbegoso y a Pezet; el calificativo de "ladrón", a Echenique. Pero Riva-Agüero fue rehabilitado en 1832, Orbegoso en 1847. Echenique en 1862, Pezet en 1871. Otro caso de rehabilitación fue el del coronel Arguedas que disolvió la Convención Nacional en 1857 y que por ello fue perseguido por la venganza de los Congresos posteriores; fue rehabilitado en 1864.

La muerte en campaña, a veces preferible a la muerte doméstica, fue también otra eventualidad que se mezcló con los privilegios de ser militar. Los coroneles Guillén y González fueron asesinados en el motín que estalló en Ayacucho en 1833, Frías en Huaylachuco, Mariscal póstumo, murió en 1839 en la batalla de Yungay, que le dio ese ascenso. Gamarra perdió la guerra con Bolivia, el poder y la vida en Ingavi en 1841. Deustua en 1854, Plaza, Lerzundi y Lopera en 1857, Ginés en
1867; fueron generales y coroneles que se sumaron a las incontables víctimas anónimas de esas revoluciones. Después de haber sido el gobernante más afortunado del Perú, Castilla muere solitario al pie de su caballo en las pampas de Tarapacá al iniciar con los bríos de un mozo iluso, a los setenta años, inerme, una nueva correría revolucionaria.

3. Carácter democrático del ejército: militares de la aristocracia y militares extranjeros


El ejército en el Perú no estuvo nunca acompañado por un carácter dinástico ni sacerdotal. No tuvimos que pasar por la evolución que en Europa ha ocurrido en varios países desde el ejército-nobleza, grado inferior en la evolución de las nacionalidades, al ejército-nación. Más bien, el ejército tuvo cierto carácter democrático; el cuartel rompió en parte la separación de castas provocando una ascensión social sin selección. Tal carácter democrático ha subsistido más tarde, aunque sin el fenómeno de ascensión social que entonces fue concomitante con él.

En aquella época, sin embargo, viose tener grados militares a representantes de las clases acomodadas: Riva-Agüero, Osma, Ortiz de Zevallos, Raygada, Echenique, Pezet, Vivanco, Tristán, etc. El núcleo de hombres distinguidos por su nacimiento era, sin embargo, inferior al que representaban los que habían improvisado su nombre y su posición, cuya rapidez de encumbramiento y sentido de importancia social tampoco vemos hoy. Quienes en su niñez habían vivido en la choza y en la aldea llegaron así al palacio y al salón. Nuestro ejército está, pues, hoy en menos contacto con las clases altas; y, al mismo tiempo, ofrece menos perspectivas brillantes para las clases populares.

Había, además, en el ejército un grupo de hombres distinguidos que pertenecían a nacionalidades extranjeras; pero que se hermanaron con las contiendas civiles peruanas y muchas veces formaron familias en nuestra sociedad: Guisse, Miller, Ugarteche, Plaza, Borgoño, Martínez de Aparicio, Necochea, Althaus, Morán, Salcedo, Cerdeña, Espinoza, etc. Uno de ellos, el general Ramón Herrera, llegó a ser presidente del Estado Surperuano durante la confederación. Algunos habían capitulado en Ayacucho y fueron incorporados al ejército nacional por Gamarra en su primer periodo (1829-1833) para acentuar la férrea organización militar que estableció con el objeto de conservarse en el poder; celos suscitados por ello originaron incidentes desagradables sobre todo cuando se afianzó la vida del país independientemente de toda interferencia extranjera durante el primer gobierno de Gamarra.60 

4. Organización de la carrera militar. El oficial de entonces


La organización de la oficialidad fue, en esta época, incipiente. En 1826 fue establecido en Lima, en el antiguo Colegio de San Pedro, de la Compañía de Jesús, el Colegio Militar; debía proporcionarse allí, entre otras, la enseñanza de Aritmética, Álgebra, Trigonometría, Cálculo diferencial, Mecánica, Topografía, Geografía, Fortificación, Artillería, Dibujo Militar, Táctica, Ordenanzas, Lenguas vivas, Esgrima y Equitación. En 1830 fue creado sobre bases análogas; reorganizado en 1832, restablecido nuevamente, después de haber funcionado hasta 1834, en 1850 para que se clausurara nuevamente de 1854 a 1858.61 A pesar de esto, los ascensos obtuviéronse muchas veces después de las campañas; y, a veces, en el mismo campo de batalla, al calor de las pasiones políticas exacerbadas; o si no en las postrimerías de los gobiernos vacilantes. No fue desconocido el ascenso saltándose varios grados en la escala jerárquica. Introdújese también en algunas revoluciones la costumbre viciosa de conferir a ciertos oficiales el goce de pagos de la clase superior inmediata. Paisanos hubo también que armaron sus partidas de voluntarios, se dieron grados y fueron en ellos reconocidos más tarde. La amistad, el influjo fueron motivos suficientes otras veces. El caso del primer Presidente de la República, don José de la Riva-Agüero, hecho por el Congreso Gran Mariscal habiendo sido antes apenas coronel de milicianos, pertenece a este grupo. Otras veces los colaboradores en las contiendas revolucionarias recibieron sus despachos y no todos dieron el ejemplo de honradez cívica de José Gálvez, después de la revolución de 1854, al renunciar al título así conferido.

Acaso una de las tradiciones de Palma, la que está dedicada al capitán Benitez, revela cómo era la suerte del militar de entonces, al que solemos representárnoslo como indisciplinado y alegre, insolente y rum boso, galante y montaraz, acechado en cualquier encrucijada por la muerte obscura o el encumbramiento deslumbrador. Benitez, enviado por Salaverry a perseguir una montonera, se quedó en una jarana que, sonriendo, don Ricardo llama de “arpa guitarra y cajón”; y fue sorprendido por ellos. Ante la primera noticia del hecho, traída por un sargento que fue puesto en fuga por los disparos iniciales, Salaverry redactó dos órdenes: una de ascenso y otra de fusilamiento para Benitez. A poco volvió éste al campamento trayendo prisioneros a los montoneros pues había logrado rehacerse de la sorpresa; y, en vez del fusilamiento, obtuvo el ascenso.

5. Exceso de jefes y oficiales. El “indefinido”


Contra el abuso del ascenso inmoderado reaccionan las Constituciones posteriores a la de 1828. La de 1834 dice, en su artículo 142, que no se darán más grados de militares que los de las vacantes de plazas efectivas de los cuerpos permanentes en la fuerza pública; y que los que se decreten por acciones distinguidas ya el campo de batalla. La de 1839 dice, en su art. 147 que habrá, a lo más, en el ejército un gran mariscal, tres generales de división y seis de brigada; y en la armada, un contralmirante y un vicealmirante. La de 1856 dice, en su art. 121, que no podrá haber en el ejército más de dos generales de división y cuatro de brigada; ni en la armada más de un contralmirante. Sin embargo, en 1849 el escalafón del ejército llegó a tener 6 grandes mariscales, 6 generales de división, 22 generales de brigada, 82 coroneles, 112 tenientes coroneles, 162 sargentos mayores, 248 capitanes, 414 tenientes, 449 subtenientes y alfereces, 14 de cuerpo de comisarios y 21 cirujanos;62 314 jefes y 985 oficiales pasaban revista en 1845, según la ya citada Memoria de Mendiburu. En el escalafón de 1862 había 5 grandes mariscales, 4 generales de división 22, de brigada. 

La Constitución de 1856 dispuso que el Congreso aprobara o desaprobara las propuestas del Ejecutivo para jefes del ejército y armada desde mayor graduado hasta general y contralmirante inclusive (art. 55, inc. 12). Y en la nota del Ministro de Gobierno J.M. del Mar en que el Ejecutivo hizo observaciones a la Constitución (10 de octubre de 1855) se objetó esta disposición porque despojaba al Ejecutivo “de una de las atribuciones necesarias que le competen en las naciones más adelantadas” y ponía “una valla al valor y a los servicios del soldado”, privando, además, al Presidente “de uno de los recursos más poderosos que tiene en los campos de batalla para premiar las acciones heroicas y obtener la victoria”. Sin embargo, la Convención Nacional mantuvo su actitud y dicho artículo constitucional se mantuvo.

Las ordenanzas preparadas en 1849 por el general Mendiburu, que fueron presentadas a la Legislatura de 1851, señalan un laudable esfuerzo ordenador. Nombrada una comisión para preparar el código militar en 1863, tomó en cuenta en su esencia dichas ordenanzas aprobándose el código en 1865.

El exceso de jefes y oficiales hizo incrementar las listas de quienes no prestaban servicio activo; ellos podían ser “retirados”, es decir alejados delictivamente de la profesión; o “indefinidos”, que podían volver a ser llamados a ella. Las cédulas de éstos contaban los haberes según los años de servicio con premios por la campaña de la Restauración; los vencedores en Junín y Ayacucho recibían los sueldos íntegros aunque no estuvieron en servicio. El tipo del indefinido —político y estratega de café y de corrillo— fue, como el de la beata, el del cesante, el de la tapada, típico en la vida de Lima entonces.

6. La tropa. El reclutamiento. La “rabona”


En aquella época la tropa se constituía por medio de una mita: el reclutamiento. Según pinta Miller en sus Memorias, una vez dado el decreto u orden por el prefecto, los “levados” eran traídos a la capital del departamento y de allí al cuartel donde el jefe de Estado Mayor los destinaba a los cuerpos respectivos; pero entre esos “levados” solían estar indistintamente el padre y el hijo, el hombre industrioso y el vagabundo.63 Nítidamente describe el reclutamiento E.S. de Lavandais en su relación de viaje publicada en Revue des deux mondes.64 Cuenta que estando en la sierra-peruana supo que durante la noche habían marchado los reclutadores a las aldeas vecinas penetrando en las casas, al amanecer, para atar y remitir a los conscriptos; con el objeto de conocer a los desertores y fusilarlos luego, cortaban el pelo o señalaban las orejas de los enganchados. Enseguida, se les encerraba en una iglesia haciéndoles salir para el ejercicio durante dos veces al día. Desde el balcón de su alojamiento en el Cuzco, Lavandais vio ensayarse diariamente a los reclutas y admiróse viendo cómo merced al látigo de los oficiales, volvíanse rápidamente soldados. En su novela Los amigos de Elena, cuya acción transcurre en el año 1849, Fernando Casós narra que los enemigos del protagonista, que gozaban de cierta influencia militar, emplearon para eliminarlo el método de hacer un reclutamiento en el barrio donde vivía para enviarlo inmediatamente del cuartel a un buque de guerra; esto ocurría en la misma capital. Ante un hecho efectivo de análogos caracteres ocurrido también en Lima —aunque por lo general el fenómeno del reclutamiento se localizó en las provincias y sobre todo en la sierra— decía el diputado Bustamante en la sesión de la Convención Nacional del 5 de febrero de 1857: “Es imposible pintar con colores aparentes cuando se asoman los reclutadores a un pueblo: el cólera, fiebre amarilla ni el incendio causan más temor a los habitantes; por esto es que se mutilan los pies y manos y se sacan los ojos”.

Fue en vano que las Constituciones y las leyes pretendiesen extirpar este abuso. La ley de 1848 señala un inútil intento controlador. La Constitución de 1856 incluyó dentro de su articulado la prohibición del reclutamiento. Las leyes de febrero de 1863 y 1868 tendieron a lo mismo. El sistema del enganche por medio del envío de fuertes sumas de dinero a los departamentos para pagar a los conscriptos fracasó completamente, según dice el ministro de guerra Alvizuri en su Memoria de 1868. Aún de nuestros días es el telegrama elocuente de un subprefecto representativo: “Para mandar más voluntarios, envíen más sogas”. 

Los indios formaban en su mayoría la infantería junto con los vagos que, por disposiciones legales y a veces como castigo por parte de las familias, ingresaban en los cuarteles. Ignorante el indio a veces del castellano y de lo que defendía se convertía en un soldado valiente cuando sus jefes le daban el ejemplo; nunca actuó por sí mismo en la rebelión ni en la batalla. Si la coca fue su alimento en las marchas, para darle el valor histérico del combate, más que las proclamas servía el aguardiente con pólvora. Y su valor normal era paciente, superior al hambre y la sed, al arenal y la puna. Su jornada solía ser de 10 ó 12 leguas. 

Su sujeción a la consigna era rígida. Aquel centinela que a pesar de que iba a desmoronarse el techo de palacio no quiso moverse de su puesto, aunque lo llamaba el mismo Castilla, aquel soldado Juan Ríos que se dejó herir en la puerta del salón de sesiones de la Convención Nacional en 1834 cuando ésta fue disuelta, tienen el valor de símbolos. 

Pero, al mismo tiempo, fue frecuente el fenómeno de la deserción. “Indio que silba aires de su tierra, desertor seguro”, cuéntase que decía Castilla. Y jefes de batallones hubo que prohibieron a sus soldados el uso de las quenas. “En cuanto a la pretendida cobardía del indio —escribía Francisco Lazo en su ‘Croquis del carácter peruano’, publicado en la Revista de Lima— también dire. Que se tomen mil franceses o alemanes (de cuya blancura no se puede dudar) y que sin decirles por qué se les arrastre maniatados al cuartel; que allí con sólo el expresivo lenguaje de los garrotazos se les enseñe el ejercicio de las armas; que se les tuerza el brazo de un modo inicuo si no redoblan en el tambor con soltura; que si no comprenden la ordenanza, que se les lee en idioma desconocido, se les flajele en las carnes desnudas; que el pan cuotidiano sean para ellos los puntapiés y las puñadas; que, en fin, después de esa tortura se les exija que combatan con entusiasmo por una causa que no comprenden ¿podrían franceses o alemanes conducirse con heroísmo? Pero en caso de que esos blancos estuviesen en el grado de ignorancia y de abatimiento de los indios, también tendrían razón en acechar el momento propicio de la deserción, de la fuga, porque ignorando la causa del sacrificio no tendrían interés en morir ni en matar solo porque así se lo mandaban”.

Hubo devoción fiel del indio por el caudillo que se hermanaba con sus penalidades; pero no tuvimos una figura como Belzu en Bolivia que incitó a la soldadesca y a la plebe removiendo sus rencores contra las clases educadas. La “palabra de orden” de ninguna revolución fue escrita o dicha en quechua. A pesar de todas las alternativas del oleaje de las revoluciones y de la anarquía nadie alzó como una bandera las tradiciones, los usos, los detalles característicos de la serranía. Hay, en cambio, muchos episodios que demuestran la ausencia en que el indio estaba respecto no sólo de la realidad política sino aun de la realidad patria; uno de ellos es el del “Hombre de la Bandera” en Huánuco que en la invasión chilena, como consecuencia de la guerra del Pacífico, permaneció primero indiferente por la ignorancia de lo que ella significaba y que sólo cuando se dio cuenta de que los invasores traían consigo la desolación y la ignominia supo ser un héroe.

No se puede hablar del soldado peruano en esta época sin hablar de la rabona. Como las cantineras de algunos ejércitos de Europa, como las soldaderas del ejército mejicano ella es la precursora del servicio de aprovisionamiento y de asistencia.

Así como del Coloniaje nos acordamos demasiado de las calesas y nos olvidamos de los obrajes, así también en la República el recuerdo es para las tapadas con olvido de las rabonas. La tapada anda por los portales ruidosos de corrillos y pregones, por las iglesias, por el puente, por la alameda, con el encanto del misterio. La rabona también es andariega; pero son leguas y leguas las que recorre por cerros, arenales y quebradas. La tapada se adorna con la elegancia del perfume caro, con la elegancia del vestido hermoso, con la elegancia de la languidez acariciante del diminutivo o del arrullo que conviértese en donosura traviesa para el piropo o la impertinencia. La rabona es desgreñada y sucia, lleva al equipaje y al hijo, soporta las penalidades y los golpes del soldado, a veces da a luz durante las marchas forzadas del ejército e, impertérrita, sigue caminando. La tapada es una flor; la rabona es un animal mezcla de cabra y de puma, de perro y de llama.

7. La artillería y la caballería. Decoratismo del ejército


Los indios formaban, en su mayoría, la infantería. Esta arma era la de más importancia entonces. Como la navegación era incipiente y la escuadra apenas desempeñó en las revoluciones un rol de bloqueo y de transporte, esa importancia se hizo mayor. La insipiencia del ambiente pospuso el valor de la artillería, incrementada y modernizada sobre todo a raíz de la cuestión con España (1864-1866). En cambio estuvo formada por los zambos y negros de la costa la caballería. Aunque el decoratismo criollo se envaneció con aquellas cabalgatas imponentes en las que brillaban las lanzas, las corazas, los sables, los cascos, la caballería fue muy inferior no sólo en número sino en capacidad; y Valdivia se lamenta de los tristes espectáculos que dio en las guerras civiles y aun exteriores.

En conjunto, sin embargo, el ejército llenaba una misión decorativa. Ella brillaba, sobre todo, en las formaciones y en los desfiles. Se exhibía también hasta en los llamados “despejos” en la Plaza de Acho. Oficiales ingeniosos hacían como espectáculo inicial en las corridas de gala formar estrellas, círculos, triángulos, pentágonos a sus soldados que a veces se arrodillaban y con flores que sacaban de la cartuchera trazaban en el suelo frases donosas para regocijo del público.

¡Tiempos romancescos, pomposos, lamentables, resonantes de descargas, de repiques, de pregones, de discursos, de sables y charrascos inquietos en sus curvas vainas! Bigotes engomados, barbas bellidas, patillas próceres; pechos con medallas, cruces fajines y bandas; brillar de bayonetas, cromatismo de plumajes en los morriones y en los chascás, vibrar de fanfarrias, solemnidad de estandartes. Cuarteles de gruesas paredes cuarteadas y ennegrecidas en algunos de los viejos conventos. A pesar de la imitación celosa que culminaba en los nombres evocadores de los regimientos —Húsares, Coraceros, Lanceros, Dragones— el abigarramiento criollo imponía su ironía chirle en el escenario —arenales desolados en la costa, quebradas y desfiladeros ásperos y cerros altísimos en la sierra, callejuelas con acequias en las ciudades solariegas, huraña soledad en los villorrios—; y también en el jipijapa al lado del morrión, en la ojota junto con la bota, en la honda junto con el cañón.

 

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59 En "Documentos Parlamentarios", 1846, Biblioteca Nacional del Perú (BNP).



60 En El Comercio del 30 de junio de 1845 está la lista de los extranjeros que figuraban en el escalafón: Sumaban 2 grandes mariscales, 6 generales de división, 6 de brigada, 24 coroneles, 14 sargentos mayores, 28 capitanes, 17 tenientes, con un gravamen de 238
,340 pesos.


61 Oviedo, Colección de leyes, decretos y órdenes publicadas en el Perú, tomo xiv, pp. 238-256.

62 Memoria del ramo, 1849. Documentos Parlamentarios citados.

63 Miller, Memorias, tomo ii, p. 230 y siguientes.

64 Revue des deux moiides, 1851.

 


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