Revista de Sociología - Volumen 11 - 1999 - Número 12


Miguel Angel Huamán


    

 

Son representantes de la primera tendencia, centrada en el estudio de los contextos de producción y recepción de los textos, así como de las determinaciones contextuales de naturaleza histórica, social, cultural o ideológica, investigadores como van Dijk y Pratt. Los representantes más notorios de la segunda tendencia, vinculados a la filosofía del lenguaje y su definición de los actos de habla, son Austin y Searle. Intentaremos presentar brevemente ambas tendencias.

La pragmática literaria se entiende en general como una semiótica destinada a esclarecer y definir las características de la comunicación de la creación verbal, entendida como un tipo específico de relación entre emisor y receptor. Los modelos y enfoques pragmáticos en la literatura no niegan los aportes previos de las hermenéuticas y del estructuralismo, en ese sentido no tienen una posición puramente negativa de la literariedad, sino que los incorpora en una concepción que sitúa el problema en función de la situación comunicativa.

Es posible apreciar lo literario como un sistema, un hipersigno, que implica mucho más que la simple suma de enunciados. Evidentemente al apreciarlo como un conjunto dinámico de convenciones y codificaciones sitúa el debate en torno al uso de los productores y receptores. Esta ampliación por encima del enunciado y de la frase responde a la imposibilidad de definir estática y sincrónicamente, a base de la consideración del lenguaje literario como un tipo especial de lenguaje o como una particular estructura u organización de signos, al hecho literario.

Nada hay en el texto literario internamente que pueda otorgarle su rasgo específico, pues sólo es posible definir la literatura sobre la base de los condicionamientos socioculturales en los que está instalado. La pragmática literaria define, por lo mismo, la literatura como una configuración de un código y un estatuto comunicativo supraindividual, precedente y preexistente al texto mismo, que delimita o prefigura los efectos en el receptor.

Hay cuatro rasgos globales que caracterizan la literatura como fenómeno comunicativo y a los que presta especial atención la visión pragmática: la desautomatización, el carácter diferido, la ficcionalización y la transducción. Intentemos rápidamente precisar estos aspectos.

A diferencia que cualquier otro enunciado el receptor o lector de un texto literario pondrá de relieve ciertos elementos –incluso no codificados– ubicándolos en un contexto informativo adecuado. Fuera de esa superestructura creada, no poseen dicha virtud y se encuentran automatizados para efectos de la comunicación cotidiana u ordinaria. Por ello la obra literaria otorga a todos sus elementos, a la totalidad de sus componentes formales, una valencia temática implícita que se vuelve irreductible. Obviamente no podemos reducir un texto literario simplemente a la información o contenido que posee.

Por otro lado, mientras que en la comunicación oral los interlocutores (emisor/receptor) se encuentran presentes directamente, posibilitando una interacción inmediata, el texto literario plantea el carácter diferido de la relación entre autor o productor individual y el lector o receptor. Por ello, cualquier imagen del autor o del lector estará atravesada por un horizonte de expectativas de naturaleza diacrónica que responde a las determinaciones socioculturales.

La ficcionalización o fictivización es un rasgo básico del texto literario y supone la cooperación textual de lector, pues sólo a base de su competencia textual la comunicación literaria será pragmáticamente posible. De hecho, esta determinación plantea una cualidad diferencial a los enunciados literarios, cuyo valor no es constatativo sino realizativo, es decir, no se les puede evaluar como verdaderos o falsos, sino como exitosos y realizados o no.

Finalmente, los textos literarios no funcionan con el único objetivo de transmitir información, sino que realizan una transformación o transducción de los significados que poseen. En este sentido, será en los textos y a través de ellos que se configuran y constituyen los propios sujetos, de manera que lo sociohistórico no será una condición externa sino interna de los procesos semióticos.

En general los estudios pragmáticos inciden decididamente en una definición e investigación de lo literario como un uso en circunstancias especiales, sin reglas o condiciones propias de naturaleza lingüística. Con este enfoque definitivamente se produce una superación de los viejos modelos lingüísticos y por añadidura un retorno, luego de algunos años, al énfasis de lo social frente a la literatura. Se completa así una paradójica revancha de la vieja y ortodoxa sociología de fundamentación materialista dialéctica.

Este somero recuento de la reflexión en los estudios literarios en torno a la relación literatura y sociedad nos plantea la interrogante sobre lo acontecido en Latinoamérica y el Perú. Los desarrollos críticos al respecto ameritan una exposición independiente, habrá otra ocasión más allá de estas breves líneas para abocarnos a dicha tarea.

Asimismo, queda pendiente la presentación de otra de las líneas de reflexión que, por la magnitud de las investigaciones existentes y la riqueza de sus planteamientos, merece un tratamiento aparte. Nos estamos refiriendo a la llamada corriente de la Estética de la Recepción, cuyas principales figuras (Jauss e Isser) gozan a su vez de un gran prestigio por sus contribuciones en torno a lo que podemos calificar la moderna actualidad de la sociología de la literatura posestructural y poslingüística.

De más está señalar, para concluir, que este panorama excesivamente simplificado ha pretendido solamente despertar el interés y el estudio por esta área de los estudios literarios, cuya continuidad y profundización se encuentra en pleno auge. Basta mencionar al respecto, con cargo a un desarrollo complementario posterior, los singulares aportes de la sociocrítica de Edmond Cros o el reciente libro de Luis Beltrán Almería, autores estos como tantos otros que nos hablan de manera contundente de la salud con que goza el acercamiento social del fenómeno literario.


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