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Son representantes de la primera
tendencia, centrada en el estudio de los contextos de producción y recepción de los
textos, así como de las determinaciones contextuales de naturaleza histórica, social,
cultural o ideológica, investigadores como van Dijk y Pratt. Los representantes más
notorios de la segunda tendencia, vinculados a la filosofía del lenguaje y su definición
de los actos de habla, son Austin y Searle. Intentaremos presentar brevemente ambas
tendencias.
La pragmática literaria se entiende en
general como una semiótica destinada a esclarecer y definir las características de la
comunicación de la creación verbal, entendida como un tipo específico de relación
entre emisor y receptor. Los modelos y enfoques pragmáticos en la literatura no niegan
los aportes previos de las hermenéuticas y del estructuralismo, en ese sentido no tienen
una posición puramente negativa de la literariedad, sino que los incorpora en una
concepción que sitúa el problema en función de la situación comunicativa.
Es posible apreciar lo literario como un
sistema, un hipersigno, que implica mucho más que la simple suma de enunciados.
Evidentemente al apreciarlo como un conjunto dinámico de convenciones y codificaciones
sitúa el debate en torno al uso de los productores y receptores. Esta ampliación por
encima del enunciado y de la frase responde a la imposibilidad de definir estática y
sincrónicamente, a base de la consideración del lenguaje literario como un tipo especial
de lenguaje o como una particular estructura u organización de signos, al hecho
literario.
Nada hay en el texto literario
internamente que pueda otorgarle su rasgo específico, pues sólo es posible definir la
literatura sobre la base de los condicionamientos socioculturales en los que está
instalado. La pragmática literaria define, por lo mismo, la literatura como una
configuración de un código y un estatuto comunicativo supraindividual, precedente y
preexistente al texto mismo, que delimita o prefigura los efectos en el receptor.
Hay cuatro rasgos globales que
caracterizan la literatura como fenómeno comunicativo y a los que presta especial
atención la visión pragmática: la desautomatización, el carácter diferido, la
ficcionalización y la transducción. Intentemos rápidamente precisar estos aspectos.
A diferencia que cualquier otro enunciado
el receptor o lector de un texto literario pondrá de relieve ciertos elementos
incluso no codificados ubicándolos en un contexto informativo adecuado. Fuera
de esa superestructura creada, no poseen dicha virtud y se encuentran automatizados para
efectos de la comunicación cotidiana u ordinaria. Por ello la obra literaria otorga a
todos sus elementos, a la totalidad de sus componentes formales, una valencia temática
implícita que se vuelve irreductible. Obviamente no podemos reducir un texto literario
simplemente a la información o contenido que posee.
Por otro lado, mientras que en la
comunicación oral los interlocutores (emisor/receptor) se encuentran presentes
directamente, posibilitando una interacción inmediata, el texto literario plantea el
carácter diferido de la relación entre autor o productor individual y el lector o
receptor. Por ello, cualquier imagen del autor o del lector estará atravesada por un
horizonte de expectativas de naturaleza diacrónica que responde a las determinaciones
socioculturales.
La ficcionalización o fictivización es
un rasgo básico del texto literario y supone la cooperación textual de lector, pues
sólo a base de su competencia textual la comunicación literaria será pragmáticamente
posible. De hecho, esta determinación plantea una cualidad diferencial a los enunciados
literarios, cuyo valor no es constatativo sino realizativo, es decir, no se les puede
evaluar como verdaderos o falsos, sino como exitosos y realizados o no.
Finalmente, los textos literarios no
funcionan con el único objetivo de transmitir información, sino que realizan una
transformación o transducción de los significados que poseen. En este sentido, será en
los textos y a través de ellos que se configuran y constituyen los propios sujetos, de
manera que lo sociohistórico no será una condición externa sino interna de los procesos
semióticos.
En general los estudios pragmáticos
inciden decididamente en una definición e investigación de lo literario como un uso en
circunstancias especiales, sin reglas o condiciones propias de naturaleza lingüística.
Con este enfoque definitivamente se produce una superación de los viejos modelos
lingüísticos y por añadidura un retorno, luego de algunos años, al énfasis de lo
social frente a la literatura. Se completa así una paradójica revancha de la vieja y
ortodoxa sociología de fundamentación materialista dialéctica.
Este somero recuento de la reflexión en
los estudios literarios en torno a la relación literatura y sociedad nos plantea la
interrogante sobre lo acontecido en Latinoamérica y el Perú. Los desarrollos críticos
al respecto ameritan una exposición independiente, habrá otra ocasión más allá de
estas breves líneas para abocarnos a dicha tarea.
Asimismo, queda pendiente la
presentación de otra de las líneas de reflexión que, por la magnitud de las
investigaciones existentes y la riqueza de sus planteamientos, merece un tratamiento
aparte. Nos estamos refiriendo a la llamada corriente de la Estética de la Recepción,
cuyas principales figuras (Jauss e Isser) gozan a su vez de un gran prestigio por sus
contribuciones en torno a lo que podemos calificar la moderna actualidad de la sociología
de la literatura posestructural y poslingüística.
De más está señalar, para concluir,
que este panorama excesivamente simplificado ha pretendido solamente despertar el interés
y el estudio por esta área de los estudios literarios, cuya continuidad y profundización
se encuentra en pleno auge. Basta mencionar al respecto, con cargo a un desarrollo
complementario posterior, los singulares aportes de la sociocrítica de Edmond Cros o el
reciente libro de Luis Beltrán Almería, autores estos como tantos otros que nos hablan
de manera contundente de la salud con que goza el acercamiento social del fenómeno
literario. |