Revista de Sociología - Volumen 11 - 1999 - Número 12


Miguel Angel Huamán


    

 

Diremos en principio que estas tendencias se imbrican en sus orígenes con el inicio del siglo XX, para ofrecer lo mejor de su reflexión a mediados del mismo y obtener recién en los años finales del siglo un reconocimiento que adquiere visos de hegemónico. Es posible ubicarlas como integradas a la crisis de los modelos estructuralistas en dos sentidos: procesan interiormente como poéticas textuales la crítica al modelo lingüístico –caso Escuela de Tartu y Bajtín– o emplazan externamente dicho enfoque –caso la pragmática–.

Esta crisis interna y externa del modelo lingüístico expresaba en el fondo las dificultades para delimitar el objeto de los estudios literarios. Las poéticas estructuralistas impulsaron métodos de análisis e interpretación centrados en los rasgos del sistema literario entendido como un cupo cerrado. La crisis del modelo implicó la puesta en duda de la literariedad como objeto de análisis, pues el reconocimiento de una obra o texto como literario no obedece a ciertas propiedades internas específicas de tipo lingüístico sino a su función y uso sociocultural.

En ese sentido, estas tres corrientes forman parte de un cambio en la relación literatura y sociedad, al poner nuevamente el acento en el factor social. Manifestarían un quiebre del modelo del signo literario que de su consideración al margen del interpretante o usuario característicos del estructuralismo, en donde el aspecto de la referencia no era considerado, pasaría a una concepción inspirada en modelos comunicativos e informáticos. Ello implicó un tránsito desde una poética de la literariedad a otra del uso literario.

Las reflexiones de la llamada Escuela de Tartu provienen del posformalismo soviético y desarrollarán una propuesta del texto artístico donde se aprecia una superación del concepto de literariedad. Harán referencia a la indispensable extensión histórico-cultural para la correcta explicitación de lo que es literatura, que entenderán no sólo como código lingüístico sino también extralingüístico o norma psicosocial que califica o brinda su valencia literaria a un discurso determinado.

Los trabajos de los principales integrantes de esta Escuela, entre los que destacan Iuri Lotman y Boris Uspenki, resaltan que esta valencia literaria no se puede aislar o separar del proceso de producción y recepción social. El intento de integrar la investigación en torno a los recursos verbales y el estudio de las condiciones de funcionamiento del texto literario en tanto signo cultural define el rasgo característico de la propuesta de Tartu como una semiótica textual.

Lotman define el arte como lenguaje y al texto artístico como un sistema organizado de lenguaje que califica de modelizador secundario, para precisar que se trata de un sistema de signos que se constituye sobre el modelo de las lenguas naturales (sistema primario) y según los modos, modelos y categorías del lenguaje. En ese sentido el texto artístico sería un texto doblemente codificado, es decir, un lenguaje hecho de lenguajes, de ahí su semejanza con el juego. El texto literario sería un doble juego en el que se realizan simultáneamente dos planos de conducta: por un lado se sabe que se está en situación convencional pero se juega a no saberlo.

El receptor tiene conciencia de la realización de dos sistemas de relaciones simultáneos: la lengua natural que actúa como material y las normas, convenciones, códigos sociales e ideologías que incorporadas a la estructura aportan sus materiales extrasistémicos. Este es el origen de la densidad semántica del texto artístico y la causa de su diversidad de sentidos o polisemia.

Otra de las contribuciones de la Escuela de Tartu en la reflexión en torno a la relación literatura y sociedad ha sido su Semiótica de la Cultura entendida como una teoría de los contextos y los modos de inserción del texto. Para Lotman la cultura no es otra cosa que un mecanismo de estructuración del mundo, generador de visiones o modelos. Es decir, un conjunto de códigos o textos que configuran una semiósfera, en cuyo núcleo se ubica la lengua natural o sistema primario.

Las propuestas de Mijail Bajtín marcan un cambio de punto de vista sobre la relación entre literatura y sociedad. Gracias a sus trabajos se pasa de la consideración de la literatura como producto a su investigación como producción, de manera que el carácter social de la literatura se manifiesta en los materiales y en el proceso que la constituyen, considerando la actividad literaria integrada a las prácticas sociales y definiendo su estatuto por el carácter específico de su práctica.

Con la línea bajtiniana, la tradicional perspectiva sociológica marxista de Lukács también sufre un giro copernicano. La vieja teoría del reflejo se modificará sustantivamente al plantearse que en el conocimiento la conciencia no desempeña una función pasiva en tanto reflejo mecánico, sino que es actora de un proceso y el producto de su actividad es un reflejo. De manera que a comienzos de siglo y mucho antes que Berger/Luckmann, se concebía la construcción social de la realidad y el papel que tiene en dicho proceso el imaginario literario.

El concepto de polifonía textual es otro de los sustantivos aportes de Bajtin para la perspectiva social frente a la literatura. El punto básico desencadenante de esta contribución es el enfoque bajtiniano en relación al sujeto y al lenguaje. Un enfoque totalizador en torno a ambos aspectos entreteje las relaciones que plantean el papel activo del "otro" en el proceso de la comunicación humana, la naturaleza dialógica de la conciencia humana. Desde esta perspectiva el texto no es un espacio cerrado sino que se encuentra atravesado, influido y configurado por otros textos.

Esta teoría del lenguaje como enunciado socialmente orientado y de la comunicación como un hecho socioideológico confiere a la propuesta su rasgo posestructural y poslingüístico, razón por la cual se le califica como translingüística en atención a los aspectos extralingüísticos a los que atiende en contradicción con la ortodoxia en la ciencia del lenguaje. Pero la consideración del signo literario como un campo de batalla, una arena de tensiones y valores, constituye un fundamental quiebre de los enfoques mecanicistas característicos de la visión marxista ortodoxa. A diferencia de ellos la polifonía bajtiniana instala la lucha de clases en la propia configuración semiótica y lo ideológico como una conciencia explicable sólo en una situación o contexto.

Pecaríamos de simplificadores si intentáramos precisar en tan reducido espacio los puntos centrales de las propuestas bajtinianas, las mismas que día a día concitan la atención de diversos investigadores de disciplinas diferentes en todo el mundo.

La pragmática literaria enfrenta la crisis del modelo estructural remarcando la perspectiva del estatuto comunicativo de la literatura. El origen de la pragmática se remonta a los trabajos precursores de Charles S. Peirce y, para consolidar una propuesta en el terreno de los estudios literarios, hubo necesidad de la intermediación de la lingüística pragmática. Esta disciplina, considerada a su vez como la cenicienta en las ciencias del lenguaje, impulsó un desarrollo en el conocimiento de los signos al resaltar el papel crucial que juega el usuario de la comunicación.

Heredera de la lingüística pragmática, la pragmática literaria en la actualidad abarca dos tendencias: una, orientada hacia la teoría de los contextos y otra, hacia una teoría de la acción. Aunque ambas comparten los mismos postulados iniciales, sus procesos y énfasis más que contrapuestos es necesario verlos de manera complementaria.


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