| GACETA SAN MARQUINA | ||||
| Año IX - Nº 38 | | | Órgano Oficial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos | | | Enero - 2000 |
PROHOMBRES DEL SIGLO XX |
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Cuando llegaba la noche y cubría con su manto oscuro la Ciudad Universitaria de San Marcos, aparecía lentamente la figura del periodista y maestro César Levano, uno de los sanmarquinos más respetados y admirados, dirigiéndose al tercer piso de la Facultad de Letras, donde sus lecciones de periodismo nos permitían conocer y, sobre todo, amar aún más esta extraordinaria profesión. César Lévano nació en Lima el 11 de diciembre de 1927 en un cuarto que fue cuartel general del movimiento obrero peruano de principios del siglo XX. Entre los fundadores de esa trinchera laboral figuraban su padre, don Delfín Lévano y su abuelo Manuel Caracciolo Lévano. Hace algunos años, el maestro Lévano dijo: "Me enaltece que hayan muerto en la más absoluta pobreza material, pues mis hermanos y yo heredamos una riqueza moral que no cabe en ningún caudal bancario". Aunque su padre y su abuelo no fueron periodistas profesionales, se dedicaron a la elaboración de un periódico que César Lévano salió a vender cuando apenas tenía nueve años de edad. Y, justamente, mientras realizaba esta tarea fue vilmente atropellado por un vehículo conducido por un militar ebrio. Al César lo que es del César "Cuando escribí mi primer artículo en la revista Cultura del colegio 'Alfonso Ugarte', mi verdadero nombre me pareció de farmacéutico, y como ya conocía la poesía de Vallejo, me gustó su nombre", narró en alguna oportunidad. Y fue así como las anécdotas, por no usar su nombre de registro, aparecieron unas tras otras. Por ejemplo, varias veces "no podía cobrar algunos cheques en los bancos, porque en ellos figuraba como César y en mis documentos dice Edmundo Dante", reveló en otra ocasión. Periodista incansable Durante el régimen dictatorial del general Manuel A. Odría, Lévano por su vínculos marxistas fue apresado injustamente en dos oportunidades. Pero, en aquella época, en el interior de la celda, aprendió y perfeccionó sus conocimientos en varios idiomas. Sin duda, el reconocido periodista dio una enorme lección de saber capear duras contingencias en tiempos de cólera, parafraseando a García Márquez. Desde 1956 hasta 1960 trabajó en la Agencia internacional France-Presse como traductor y redactor. Pero dejó su puesto para trabajar en la reconocida revista limeña Caretas, que lo contrató a tiempo completo. Allí fue colaborador, redactor, jefe de información y jefe de redacción. En 1975, Lévano dirigió el suplemento laboral del diario La Prensa, que tuvo una gran acogida en el sector obrero, pero no en el gobierno militar. En consecuencia, Lévano fue obligado a renunciar. Para mantener a su familia en aquéllos año tuvo que vender algunos libros de su valiosa biblioteca. Lévano, víctima nuevamente de la intolerancia gubernamental, fue apresado en 1976, durante el gobierno militar de Francisco Morales Bermúdez. A pesar de esta circunstancia, la calidad y limpieza de sus artículos periodísticos se impusieron largamente. En las últimas décadas y apoyado siempre en su bastón, pasó por las salas de redacción de Marka, La República y Sí. Fue, asimismo, director del diario Última Hora, en 1991. Lévano, además, ha escrito y publicado varios libros de ensayos y poesía, tales como Mariátegui: La voz del Perú integral, La verdadera historia de la lucha por las ocho horas en el Perú, Tono peregrino, Este y Oeste, Arbol de batallas, entre muchas otras. Conductor radial sobre programas culturales y políticos y panelista por largos años del recordado espacio político Pulso, Lévano reside en el distrito bajopontino del Rímac. Eso lo saben sus amigos y alumnos de la Universidad de San Marcos, claustro que lo cobija como profesor desde 1980. Desde entonces, se ha convertido en un guía ejemplar, sin proponérselo seguramente, de numerosas promociones de periodistas sanmarquinos, que admiran la vida y obra de un periodista de estirpe como es él. (Sandro Medina Tovar)
Más que una biografía formal y rigurosa, lo que sigue es un testimonio de cara y sello de quien sigue cotidianamente beneficiándose con las enseñanzas de Manuel Jesús Orbegozo, periodista nato, autor de miles de historias reales y, quizá, el único reportero peruano presente en muchos de los más grandes acontecimientos mundiales ocurridos en la segunda mitad del siglo XX. Orbegozo cubrió para el Suplemento
Dominical del diario El Comercio, donde trabajó más de 30 años, acontecimientos como la
guerra de Vietnam, Camboya, Líbano, la conflagración en el Golfo Pérsico, la revuelta
estudiantil de Tiananmen en China, y otros que sería muy largo consignar aquí Premio Nacional de Periodismo en los años 50 y distinguido por los alcaldes Alfonso Barrantes y Ricardo Belmont con la Medalla Cívica de la Ciudad de Lima, Orbegozo ejerce la docencia universitaria en San Marcos, donde hasta la fecha registra un original récord: cuatro promociones de periodistas llevan su nombre y ha apadrinado a 13, lo que habla claramente de su ascendencia y reconocimiento de sus alumnos. El MJO que conozco Allí lo conocí. De tez trigueña, figura menuda y mirada generosa, nos recibió amablemente. Al proyectarnos slides sobre los estragos humanos causados por la sequía en Etiopía, nos envolvió en una historia desgarradora. Conforme iba explicando, advertí rápidamente su pasión por el periodismo, la vocación de maestro y, sobre todo, su transparencia y sensibilidad humana cuando recordaba a niños cadavéricos y a hombres y mujeres que morían cada hora, cada minuto. Esa primera clase en su domicilio sirvió también para descubrir a un Orbegozo incansable, desprendido, como también a un periodista orgulloso de su profesión. Nos mostró fotografías con Hemingway, Borges, Neruda, García Márquez, Pelé, fotos de Su Santidad Juan Pablo II, de la madre Teresa de Calcuta, PolPot, Gorbachov. En otros retratos lo vimos como reportero al pie de las pirámides en Egipto o en un recodo en la gran Muralla China. A partir de ese entonces se afianzaron en mí los deseos de ser periodista . Orbegozo despejó todas mis dudas sobre la carrera que estaba siguiendo. Y las clases en San Marcos o en su casa se fueron repitiendo. Recibíamos lecciones, consejos, pero, realmente, lo que más nos entusiasmaba eran sus historias, anécdotas de cómo, por ejemplo, logró entrevistar al líder polaco Lech Walesa o cuando perdió su pasaporte en Africa y tuvo que pactar un matrimonio o convencer a los policías que era amigo de Pelé para que lo dejaran libre cuando fue detenido en El Chad. Seguí llevando cursos con Orbegozo hasta el final de mi carrera. Sin duda, junto con César Lévano, es el que más contribuyó para mis conocimientos del periodismo, como para mis compañeros que ahora ocupan cierto liderazgo en los medios informativos. Orbegozo toma todo esto con mucha humildad; es reacio a los protocolos, saludos solemnes, hasta de las palmadas en el hombro. MJO es de aquéllos que desean pasar inadvertidos en cualquier calle o reunión social; más le agradaría, sentarse en un parque público para conversar con los ciudadanos comunes y corrientes o mejor aún degustar un choclo o una tuna entre vendedores ambulantes. Desde el 16 de mayo de 1994 tengo la suerte de verlo todos los días, de conocer sus inquietudes, sus sueños y también sus disgustos, de compartir su amistad, de secundarlo en esa gran aventura de hacer periodismo digno, en un mundo tan propicio a la frivolidad, el sensacionalismo y el chisme procaz. Alterna su labor como catedrático en la Universidad de San Marcos, colaborando con el equipo de Relaciones Públicas. Con su aporte y experiencia las revistas Gaceta y Actualidad Sanmarquina han recobrado presencia y luchan ahora por conquistar mayores espacios, aunque, considera que todavía falta mucho para convertirlas en auténticos medios de difusión masiva. Hace un año fue llamado para dirigir el diario El Peruano cuando lleva ya más de 50 años de vida fecunda dedicados a la tarea periodística. Me siento honrado de escribir estas líneas porque sé que muchos de mi generación hubieran querido también testimoniar su afecto a este maestro, amigo y gran periodista como dijo de él, el maestro Raúl Porras Barrenechea. Para quienes lo conocemos, lo tratamos y seguimos respetando, Orbegozo es uno de los más ilustres periodistas de nuestra época. No saldrá en la televisión ni en las primeras planas de los diarios ni tampoco asume poses de divo, pero es el más importante para nosotros.
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