Boletín 3 - Museo de Arqueología y Antropología: 2000

 
APROXIMACIONES AL ESTUDIO DEL CUY
EN EL ANTIGUO PERU

Lidio M. Valdez**

 

"(..) si tuviéramos una forma de estimar el número de cuyes consumidos en tiempos antiguos, tal vez, lleguemos a detectar que éstos fueron una de las más importantes fuentes de proteína en la dieta antigua, por encima de los camélidos y los venados" *

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*   Departamento de Antropología, Universidad de Trent , Canadá.
** LANNING Edward P. Peru Before the Incas New Jersey: Pretince-Hall,1967 pp. 17-18
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Entre los especialistas existe el consenso general que las llamas (Lama glama) y alpacas (Lama pacos) fueron la principal fuente de carne en el antiguo Perú (ver, por ejemplo, Lavallée y Julien 1980-81; Miller y Burger, 1995; Pires Ferreira et al., 1977; PozziEscot y, Cardosa, 1986; Shimada, 1988; Shimada y Shimada, 1981; Valdez, 1988; Wheeler Pires-Ferreira, 1975; Wing, 1975, 1980, 1988). Pocos dudarán, sin embargo, que tal noción está basada, íntegramente, en los restos recuperados durante los trabajos de excavación, en donde los huesos de camélidos son abundantes. Por consiguiente, la interpretación arqueológica sólo ha tenido en consideración la presencia de los restos dejando al margen los procesos que intervienen en la formación de los sitios y sobre todo la tafonomía.

La parte más débil de todo estudio arqueozoológico en el Perú es el asumir, sin previa evaluación crítica, que abundancia implica mayor importancia. Esta perspectiva, desde un inicio, ignora que los huesos de los animales sufren varios grados de alteración física desde el momento que el animal es convertido en carne. Por ejemplo, algunas partes son cocinadas por más tiempo y otras son directamente expuestas al fuego; algunas son fragmentadas intencionalmente antes de su cocimiento y durante su consumo (para extraer la médula), afectando la "sobrevivencia" de determinados huesos. Aquéllos fuertemente deteriorados durante el proceso de la preparación de las comidas y el consumo serán menos resistentes a la humedad y a los cambios de temperatura. Los huesos grasosos y aquellos que contienen una mayor concentración de cartílagos atraerán más la atención de los perros, restando así sus posibilidades de conservacion, una vez abandonados.

De esta manera, los huesos desechados están expuestos a una serie de procesos específicos, los cuales determinarán a aquellos que se mantendrán como parte del "contexto arqueológico". Asimismo, estos huesos atraen el interés de los perros, animales que, posiblemente, llegaron a los Andes Centrales junto al primer grupo de cazadores y recolectores (Lavallée, 1990: 27; Lynch, 1990; Wing, 1978: 167). En efecto, los investigadores han reportado continuamente que los huesos de camélidos provenientes de varios sitios arqueológicos presentan huellas de los dientes de perro (véase Miller y Burger, 1995; Pozorski, 1979; Pozzi-Escot y Cardosa, 1986; Shimada, 1988; Shimada y Shimada, 1981; Valdez, 1988; Wing, 1975, 1980, 1988). Esto pone de manifiesto que el material arqueozoológico es incompleto, donde los elementos más frágiles (y éste el caso del cuy) fueron del todo destruidos por los perros. Por lo tanto, es más que una posibilidad que los especialistas estamos analizando una porción incompleta de lo que originalmente fue la colección ósea.

Los restos del cuy (Cavia porcellus) han sido recuperados ocasionalmente y no dejan de ser muy pocos (Cohen, 1977: 169; Conrad 1993: 58; Hastorf, 1993; Kano, 1977: 8; Miller y Burger, 1995; Pozorski, 1979: 175; Pozzi-Escot y Cardosa, 1986: 83; Riddell y Valdez, 1987-88; Shimada y Shimada, 1981; Valdez, 1988; Wing, 1980). Los sitios de donde dichos huesos fueron recuperados son varios y pertenecen a diferentes períodos culturales. Sin embargo, y como ya se ha puesto de manifiesto, las muestras son insignificantes en comparación con los huesos de camélidos. La interrogante a responder es si esto debe ser necesariamente interpretado como evidencia de la "poca importancia" del cuy en tiempos prehispánicos, como muchos suelen hacer, o es producto de la exclusiva intervención del perro (Valdez, 1995).

Con el objeto de verificar la representatividad de los huesos del cuy, se excavó parcialmente una cocina abandonada en el valle de Huanta, Ayacucho. En dicha estructura, y siguiendo la tradicional crianza del cuy, (Andrevs, 1975; Bolton y Calvin, 1981; Gade, 1967; Morales, 1994), se criaron cuyes por 40 años aproximadamente hasta que el recinto fue abandonado a inicios de la década de los ochenta, debido a las acciones de Sendero Luminoso y a la militarización de la región. Los resultados, que ya fueron discutidos con mayor detalle en otro trabajo (Valdez y Valdez, 1997), indican que se hace imposible comprobar qué clases de cuyes fueron criados y consumidos en las cuatro décadas de uso de tales estructuras; sólo se logró recuperar un hueso de cuy, al lado de otros que pertenecen a animales mayores.

En opinión de la propietaria del inmueble, los huesos del cuy son fácilmente devorados por los perros. Para comprobar dicha observación, cuatro cuyes fueron sacrificados y cocinados siguiendo las recetas tradicionales; luego de ser consumida su carne, los huesos fueron dados a cuatro perros. En menos de dos minutos, el total de los restos fue devorado por completo.

Esta observación etnoarqueológica pone de manifiesto que para comprender mejor el significado del cuy en el antiguo Perú y evaluar las colecciones arqueozoológicas, es necesario llevar a cabo estudios experimentales, y sólo así estaremos en mejores condiciones para reflexionar acerca del rol del cuy en tiempos antiguos.

Es importante considerar que de acuerdo a Lavallée (1990:29), el cuy fue domesticado, aproximadamente, entre los 5000 y 3700 años a. p. La pregunta a responder es por qué fue domesticado (Brothwell, 1983). Esta interrogante involucra aspectos relacionados a la domesticación de los animales en general, siendo importante subrayar que los cuyes, sin necesitar de muchos cuidados, se reproducen con una rapidez que pocos animales superan (Gade, 1967:219; Lanning, 1967:15; Morales, 1994, 1995). Además, el cuy empieza a reproducirse a los tres meses de edad y su período de gestación dura entre 63 y 74 días (Bolton y, Calvin, 1981:175). El número de crías varía, por lo general, entre tres y cuatro (Gade, 1967: 214); inmediatamente después del parto, el cuy hembra entra en celo, pudiendo quedar preñada mientras los recién nacidos no tienen necesidad de la protección ni de la leche materna (Gade, 1967:215). De esta manera, la hembra adulta puede reproducirse hasta cinco veces por año. ¿Pudo ser ésta la razón para la domesticación del cuy?

La única manera de detener el constante crecimiento del número de cuyes es matando a los machos, especialmente, a los llamados kututus. Éstos son cuyes machos territoriales, que tienden a establecer control sobre las hembras, lo cual provoca disputas entre los machos, que culminan, generalmente, con la muerte de uno de los combatientes, en particular, de los más jóvenes (Bolton y, Calvin, 1981: 278; Brothwell, 1983: 117). Para evitar accidentes de este tipo, se acostumbra a mantener en un corral a varias hembras con un solo macho. Considerando estos aspectos, el resultado es, por un lado, la abundancia de carne y por otro, miles de huesos en un año; sin embargo, estos resultados no se reflejan en las excavaciones.

Se debe insistir que, etnográficamente, el cuy es valorado por su carne (Andrews, 1975; Bolton y Calvin, 1981; Gade, 1967; Morales, 1994, 1995); particularidad que no sucede con llamas y alpacas. En efecto, las llamas son valoradas, principalmente, por su capacidad de carga (Browman, 1981: 408; Gade, 1977:118; Flores Ochoa, 1979: 95; 1983) y las alpacas por su fina lana (Custerd, 1977: 65; Flores Ochoa, 1979: 93). Por lo tanto, desde este punto de vista, se puede afirmar que los lamoides no fueron la fuente principal de carne (loc. cit: 94). Éste es un aspecto que debe tenerse en cuenta al momento de estudiar los restos óseos provenientes de los sitios arqueológicos y sobre todo, al elaborar nuestras interpretaciones.

Además, vale la pena recordar que las llamas y alpacas hembras entran en celo a los dos años y su gestación dura 11 meses (Novoa y Wheeler, 1984:117). Normalmente paren una cría cada dos o tres años. Entre las llamas y alpacas (al contrario de los cuyes) existe una alta mortalidad de las crías (Flores Ochoa, ob. cit.: 90). Estos indicios nos llevarían a pensar que en tiempos prehispánicos los camélidos no fueron sacrificados con la misma intensidad que el cuy.

La arqueozoología está asociada al estudio de los huesos de los camélidos; aunque esto es explicable por la mayor cantidad de estos huesos recuperados de los sitios arqueológicos, la discusión no debe dejar al margen a las especies con menor representación (véase, por ejemplo, Miller y Burger, 1995). Si bien es necesario poner énfasis sobre los materiales directamente observados y estudiados, es también importante reflexionar en las causas de por qué otras especies aparecen menos representadas.

Para concluir, considero que la importancia del cuy, como fuente proveedora de carne en el antiguo Perú ha sido largamente subestimada (Valdez, 1995) , favoreciendo así la aparente utilidad de los camélidos. Desde luego, no se niega que los camélidos fueron consumidos en cantidades considerables, sin embargo, existe la propensión a pensar que el valor de los cuyes se refleja en la cantidad de los huesos que los arqueólogos recuperan de las excavaciones, al igual que el valor de los camélidos se expresa con esta misma variable. Esta ecuación resulta errónea porque ignora los procesos tafonómicos, como los que intervienen en la formación de los sitios arqueológicos. Para corregir estas observaciones es preciso efectuar estudios experimentales y sobre todo, reflexionar acerca de los distintos factores que pudieron contribuir al deterioro y/o parcial eliminación de los restos de fauna, especialmente, de especies menores como el cuy. El simple conteo para determinar el número mínimo de individuos (NMI) no tiene validez si no logramos explicar primero las posibles razones que contribuyeron en la destrucción de determinados huesos. Por último, mejorando nuestras técnicas de recuperación de las muestras arqueológicas (por ejemplo, el empleo de zarandas con mallas en milímetros) podremos evaluar mejor el rol del cuy en el antiguo Perú, y mientras esto no ocurra, toda observación no dejará de ser una simple especulación.

 


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