Logos

 

Guillermo Russo Checa*

EL LOGOS, HERÁCLITO
DE JOSÉ RUSSO DELGADO

 

 

Hace exactamente tres años que, con ocasión del fallecimiento de mi padre, le propusimos al Dr. Manuel Paredes Manrique –buen amigo de mi familia– que la Universidad Nacional Mayor de San Marcos editara la presente obra. Al recibir su inmediato apoyo, hicimos entrega de los manuscritos a los doctores César Krüger y Fernando Lombardi, entrañables amigos que habían acom-pañado los últimos años a mi padre en sus constantes y profundas reflexiones sobre los presocráticos, quienes se encargaron dedicadamente a su com-pilación y ordenamiento.

    Este libro es pues el resultado del trabajo minucioso y apasionado de los amigos mencionados y del importante apoyo prestado por el doctor Oswaldo Salaverry y otros importantes colaboradores de la Universidad.

    Ya todos hemos escuchado la presentación hecha por la doctora Magdalena Vexler, así como la apreciación del doctor Francisco Miró Quesada Cantuarias, sobre el contenido de la obra y sobre su autor. Sólo quiero resaltar, lo mucho que mi padre insistía en la necesidad de conocer el pensamiento de los distintos filósofos griegos y en particular el de los presocráticos, para poder entender el pensamiento humano, el cristianismo, la cultura occidental y nuestra propia evolución en los últimos veinticinco siglos.

    En el caso particular de Heráclito, se trata de un personaje cuyo pensa-miento fascinaba a mi padre, porque según él decía, allí se encontraban los cimientos de toda nuestra cultura. Incluso llegó a afirmar en cierto momento, que al igual que Sócrates, él ya habría sido cristiano mucho antes de la aparición histórica del cristianismo. Tanto era su interés en Heráclito que, ya en el año 1958, había escrito un libro llamado Luces de Heráclito el oscuro. En realidad, este libro que hoy presentamos, nos da a conocer cincuenta años de estudio y reflexión exhaustivas sobre tan importante filósofo.

    Frente a esta obra, mi familia y yo nos sentimos sumamente orgullosos, por tratarse de una contribución a la cultura peruana y latinoamericana, de la que San Marcos –su alma máter– es gestora. Ustedes se preguntarán ¿por qué digo esto?.., bueno... en la vida de mi padre, siempre fue San Marcos primero, San Marcos segundo y San Marcos tercero. Primero como la partera socrática de su propio pensar, segundo por sus alumnos, a quienes entregó todos sus conocimientos y tercero, por su significación en la historia de nuestro país, como fiel reflejo de la realidad peruana. Prueba de este amor que él tuvo por San Marcos y el Perú, fue su decisión de regresar en 1958 –después de diez años de exilio– dejando su trabajo de funcionario de alto nivel del sistema de Naciones Unidas, para volver a retomar la actividad docente, en la que fuera y será siempre su Universidad.

    Mi padre era un convencido de que la filosofía era sobre todo experiencia y praxis, volcadas sobre uno mismo. Es necesario enfatizar que su vida intelectiva no estaba formada sólo por la filosofía, sino por muchas otras materias –y por qué no decir sentimientos– que abarcaran al ser humano, tales como la literatura, la historia, la política y otras esferas que integran el saber humanístico. Nótese por ejemplo, el especial afecto y admiración que tenía por Martín Adán y Juan Ríos, dos de nuestros más importantes escritores del presente siglo, con quienes compartió inquietudes y angustias por ver un Perú más humanizado y por la cultura de sus hombres.

    Quisiera confesarles también una característica de mi padre que no fue muy conocida, y era su profundo catolicismo. Y en mi opinión es allí donde se dirigieron justamente las reflexiones acerca de los presocráticos, que contribuyeron a dar fuerza a su fe. Un ejemplo de tal vínculo lo pueden encontrar ustedes en la página 281 de «Logos», en la que cita a Juan Pablo II. Recuerdo también como si fuera ayer –1967– que siendo cachimbo sanmarquino y alumno de mi padre en el curso de Psicología, me regaló el libro de su curso con la siguiente dedicatoria: «Siempre hay que decir la verdad, porque de esta forma, si dios existe, estarás cerca de él».

    Quedan aún en manuscritos, otras tres obras póstumas por publicarse, esperamos que en un futuro próximo: Lo uno y lo múltiple (Anaxágoras, Empédocles y los atomistas); Los hombres (los sofistas) y El último krishnamurti.

    Permítanme reiterar mi agradecimiento a San Marcos por la edición de este legado y también hacerles saber, que como un aporte póstumo de mi padre al Perú, con un grupo de amigos hemos decidido crear la Fundación José Antonio Russo Delgado, que se dedicará a fomentar los estudios y trabajos orientados a la filosofía, la paz y el desarrollo de nuestro país.

    Gracias a todos los que corresponda, por su amistad hacia mi padre y por su amable asistencia a esta presentación.

Lima, 2 de agosto del año 2000

 


*    Doctor en Derecho por la UNMSM y diplomático peruano en ejercicio, es hijo del finado maestro sanmarquino José Antonio Russo Delgado. El presente texto es una versión escrita del discurso de agradecimiento que pronunciara en una sesión especial del VIII Congreso Nacional de Filosofía, el cual llevó el nombre de su ilustre padre, con motivo de la presentación póstuma de su libro: El Logos-Heráclito, editado por el Fondo Editorial de la UNMSM.

 


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