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Julio César Krüger*
BORGES Y LAS PARADOJAS
Y LA PARADOJA DE BORGES1
En El Hacedor, escribe Borges «Argumentum
Ornithologicum»: «Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un
segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi ¿Era definido o indefinido su número?
El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido,
porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe el número es indefinido, porque
nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de
uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, o dos pájaros. Vi un
número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese
número entero es inconcebible, ergo, Dios existe»2.
En el prólogo al libro de Ana María Barrenechea Borges the Labyrinth
maker3, escribe Borges:
| El libro de la
profesora Barrenechea me ha enseñado muchas cosas acerca de mí. Esto es paradójico, no
en el sentido común y erróneo de un enunciado sorprendente, sino, como es explicado por
De Quincey, en el sentido genuinp de una verdad que a primera vista parece ser meramente
un gusto o capricho (whim) divertido y falso4 . |
Menciona esta
autora los artículos de Borges sobre las paradojas de Zenón de Elea, que según ella es
un tema esencial dentro de sus especulaciones sobre el Infinito. No que es uno de los
temas centrales o motores, sino el central con el cual ha construido, según la profesora
Barrenechea, su mundo resplandeciente de sombras.
El presente estudio escribe intenta analizar cómo Borges ha construido
su resplandeciente mundo de sombras a través de cinco temas centrales: el Infinito, Caos,
Personalidad, Tiempo y Materia y otros temas secundarios relacionados con ellos
5. |
Señala Ana
María Barrenechea que muchos han fijado su atención en el intelectualismo de Borges,
calificándolo como excesivo, que en su técnica de escritura organiza la narrativa con
exactitud matemática. Sin embrago, pocos han observado que al lado de este rigor
intelectual, existe una máxima pasión exaltada. No sólo intelectualismo sino también
presencia de pasión exaltada. Borges admira la composición matemática de un pensamiento
metafísico y se puede decir que muchas veces es estéticamente complacido por la lucidez
de la presentación de un problema.
Dice Barrenechea que la frase que acuñó y aplicó a Schopenhauer:
«apasionado y brillante» (F, 271) podría ser usada en referencia al mismo Borges. Debe
recordarse que para que Borges escriba un poema «Dios le otorgó (concedió) álgebra y
fuego» (Pz, 115). Precisión y pasión, exactitud y pasión, intelectualismo y pasión.
La síntesis o unión de los dos, es el pensamiento paradójico, «apasionado y
brillante». Kierkegaard dijo al respecto que la paradoja es la pasión del pensamiento.
Se considera a veces que una paradoja es algo contradictorio, y de
allí, algo absurdo y por lo tanto imposible.
Como se sabe, paradoja viene de para (contra) y doxa.
Doxa significa opinión y, en Platón, se opone a Episteme, ciencia. Un
dogma palabra que viene de doxa es una opinión que se tiene como verdad
indiscutida. Paradoxa quiere decir entonces, contra la opinión
establecida, aceptada generalmente.
En este sentido, dice Jean Guitton en Le nouvel art de penser,
que un método o técnica para crear paradojas es tomar una opinión o una frase aceptada
por todos e invertirla y se convierte en una paradoja, una para-doxa; una opinión que va
contra la opinión establecida o admitida. El ejemplo que pone es el siguiente: «los
locos son los que han perdido la razón». Si se invierte esta opinión queda: «Sólo los
locos tienen razón», una paradoja. Puede ser esta frase una paradoja en el sentido
común y erróneo que señala Borges de un enunciado sorprendente o en el sentido genuino
de una verdad que parece algo caprichoso, divertido y falso.
En su libro La Filosofía de Borges,6 Juan Nuño
dice que busca desentrañar la posible filosofía contenida en los textos borgianos y
advierte los peligros de esta aproximación. Creo que esto se aplica a su libro, pues sus
observaciones críticas a las cuestiones filosóficas y metafísicas tratadas o
mencionadas por Borges, son superficiales e improcedentes. Por ejemplo, las relativas a
las paradojas de Zenón de Elea. Lo que dice sobre Zenón inde-pendientemente de lo
que dice Borges es cuestionable.
El capítulo V de su libro titulado Vindicacion de la Paradoja,
trata sobre dos ensayos en los que Borges escribió sobre la paradoja de Zenón: «La
perpetua carrera de Aquiles y la tortuga» y «Avatares de la tortuga». Menciona algunos
de los encomiásticos calificativos que prodiga Borges aquí al famoso argumento de Zenón
de Elea: «joya», «misterio», «perplejidad», «arcano». Borges lo caracteriza como
un «negador de que pudiera suceder algo en el universo», palabras que Nuño considera
una «caracterización impropia». Escribe Nuño que Zenón de Elea sólo se limitó a
probar, «dialécticamente» esto es, por el recurso al absurdo que las tesis
discontinuas y discretistas propias del pitagorismo eran imposibles de sostener, a menos
de caer en el ridículo más extremo. Respetuoso Zenón del principio lógico del tercio
excluido, daba por supuesto que así sólo quedaba en pie la tesis de su amado Parménides
por eliminación de la contraria, pero no por corroboración o prueba directa de la
propia, a saber, que el universo es un todo homogéneo, un perfecto continuum
inmutable. Afirmar, no afirmó nada7.
No pretendemos aquí exponer, ni analizar el libro de Nuño, un
especialista en Platón que sostiene que lo que hay en Borges es platonismo. Con respecto
a lo que dice sobre Zenón, es cierto que se dirigía a las tesis discontinuas y
discretistas de los pitagóricos y que es considerado por Aristóteles el fundador de la
dialéctica. Eso es cierto, lo demás es eco de la versión platónica del Parménides
que parece no corresponder a la verdad, y constituye una deformación. Zenón fue
discípulo de Parménides, pero no se redujo a ello; Augusto Diès sostiene
inclusive que el Parménides estaba dirigido contra el propio Zenón.
Es sabido que Parménides sostuvo en su poema sobre el Ser, que la
diosa le muestra tres vías:
1º La de la verdad: el ser es y no es posible el no ser.
2º La de la falsedad: el no ser es (es posible el no ser).
3º La vía de los bicéfalos; que el ser no es y el no ser es (tal vez
refiriéndose a Heráclito: el ser es y no es, somos y no somos).
De aquí saca Parménides varias conclusiones, por ejemplo: Que el ser
es eterno, pues no tiene comienzo ni fin. Si tuviera comienzo tendría que venir del no
ser, pero como el no ser, no es, no tiene comienzo. No tiene fin pues tendría que
terminar en el no ser, pero como el no ser, no es, no tiene fin. Ahora bien, lo que no
tiene comienzo ni fin, es eterno. Otra conclusión que saca es que el ser es inmutable. En
efecto, si el ser se mueve, vendría del no ser, pero como el no ser no es, no puede venir
de ningún lugar. Tampoco puede ir a otro lugar, pues tendría que ir al no ser, pero como
el no ser no es, no puede ir a ningún lugar. Ahora bien, lo que no viene ni va, no se
mueve; es inmutable.
Como se burlaban de su negación del movimiento, por ejemplo Diógenes
el cínico que se puso a caminar diciendo: «El movimiento se demuestra andando» (según
Hegel su maestro le tiró un bastonazo, pues esa no es una manera de refutar). Dicen que
Zenón habría desarrollado sus famosas paradojas, para demostrar que se derivan
consecuencias más risibles aceptando el movimiento Pero como señala Hegel, Zenón no
niega el movimiento sensible sino la inteligibilidad del movimiento, la imposible
comprensión racional del movimiento.
Una de las paradojas es la de la flecha en movimiento. Suponiendo que
la flecha se mueva, de un punto A a un punto B, tiene que pasar en su movimiento, por
muchos puntos en el espacio. Ahora bien, en cada punto la flecha está donde está y no
está donde no está. Luego, está en reposo en cada punto. ¿Cómo entonces estando en
reposo en cada punto, resulta en movimiento?
Si existe el movimiento, ¿cómo se mueve un objeto de un punto A a un
punto B. Si está en A, no se ha movido; está en el punto de partida y por lo tanto en
reposo. Si está en B, está en el punto de llegada. Entonces, ya se movió y está en
reposo. Pero podría estar en un punto C, entre el punto de partida y el punto de llegada,
pero si está ahí, en C, está en reposo. Si está en otro punto intermedio entre A y C,
está ahí y está en reposo pero ¿cómo se mueve? Si se mueve, está y no está en el
mismo lugar, ya no está en A, el punto de partida, pero todavía está en B, el punto de
llegada. Está y no está, luego el movimiento es contradictorio y por tanto absurdo y por
tanto imposible.
Pero lo que nos interesa aquí es la paradoja de Aquiles y la tortuga,
que es la que trata Jorge Luis Borges: si Aquiles, el de los pies ligeros, le da una
ventaja a la tortuga, por más lenta que sea no la alcanzará jamas. Cuando Aquiles parte,
un espacio existe entre él y la tortuga, y cuando lo recorra, la tortuga por lenta que
sea, habrá avanzado algo y Aquiles tendrá que recorrer esa distancia, y se repetirá lo
mismo. Otra forma de este argumento es que cuando Aquiles parte, lo separa una distancia
de la tortuga. Aquiles tendrá que recorrer la mitad de esa distancia. Ahora bien, cuando
llegue ahí, la tortuga habrá avanzado algo y Aquiles tendrá que pasar primero por la
mitad de esa distancia, para luego recorrer la otra mitad, pero cuando llega ahí, la
tortuga habrá avanzando algo y Aquiles tendrá que pasar primero por la mitad de esa
distancia, para luego recorrer la otra mitad, pero cuando llega ahí, la tortuga habrá
avanzado otra distancia.
Ahora bien, se ha intentado numerosas veces refutar este argumento;
resolver esta paradoja («las llamadas refutaciones», dice Borges). Al exponer las
diversas refutaciones, Borges comienza con la de Stuart Mill (A Sistem of Logic,
book V, Fallacies, Ch. VII, Fallacies of confusion or Fallacies of ambiguoers terms).
Stuart Mill considera una «falacia» a esta paradoja, pues «nunca» (oûdettote
«nunca sobrepasa al más lento») y «siempre» «el más lento lleva siempre ventaja»,
son empleados en sentido diferente. «Siempre» en la conclusión, significa por cualquier
longitud de tiempo que se puede suponer, pero en la premisa, «nunca» no significa
longitud de tiempo.
Borges dice que «la proyectada refutación de Stuart Mill no es otra
cosa que la exposición de la paradoja», es decir, no es ninguna refutación. En
realidad, parece que fue Aristóteles quien introdujo los nombres de Aquiles y la tortuga,
pero Borges dice «me gustaría conocer el nombre del poeta que la dotó de un héroe y de
una tortuga». Señala que Zenón maneja una serie infinita y que el límite finito «no
es alcanzado nunca»8.
Henry Bergson, en sus Ensayos sobre los datos inmediatos de la
conciencia, Cap II (De la multiplicidad de los estadíos de conciencia, De la
idea de dato), intenta también refutar la paradoja de Zenón. Borges dice que
Bergson se limita a admitir la infinita divisibilidad del espacio, pero no del tiempo, y a
«exhibir escribe Borges dos tortugas en lugar de una, para distraer
al lector». Juan Nuño dice que aquí «ya pasa Borges a ser inexacto. No es que Bergson
conceda una divisibilidad por un lado (espacio) y la niegue en otra (el tiempo), sino que
para Bergson una cosa es el espacio, categoría abstracta, inerte, física (por su
cuantificación) y otra, muy distinta, los actos que se traducen en movimiento. Es el
movimiento lo que Bergson no aceptaba como reducible a descomposición»9.
Pero el tiempo es la medida del movimiento y para Borges, éste es de
naturaleza cualitativa. El reparo de Nuño y su defensa de la posición de Bergson se
anula cuando admite: «De tal manera que quizá su argumento de lo que peca es de la
típica petitio: aceptar de entrada, la especificidad cualitativa del movimiento...»10.
Borges sí está de acuerdo con la objeción de Bertrand Russell en sus
libros Introduction to Mathematical Philosophy y Our knowledge of the external world.
Según Borges, son «libros de una lucidez inhumana», palabras que recoge indirectamente
de William James. Es una argumentación de teoría de conjuntos. Russell prueba que, si
existe correspondencia entre los puntos del espacio a ser recorridos por la tortuga y los
puntos del espacio a ser recorridos por Aquiles (y no puede dejar de haberlo por cuanto,
en un conjunto infinito, se da tal correspondencia entre el conjunto y sus subconjuntos
propios), entonces «no queda ningún remanente periódico de la ventaja inicial de la
tortuga».
Pero, en un lenguaje de conjuntos y subconjuntos que parece resolver la
paradoja y los problemas planteados por ella, se abren ahora otros, no menos paradójicos.
Así, el mismo Russell es ahora el descubridor de otras paradojas, por ejemplo, la del
conjunto de todos los conjuntos que no se incluyen a sí mismos. Paradoja que lo llevó a
lo que Nuño llama, «su provisional solución (la llamada «teoría de los tipos»)»11.
Afirma Juan Nuño que en un imaginario diálogo Russell-Zenón, éste podría hacerle ver
que el lenguaje que propone Russell y «que resuelve aparentemente la paradoja de Aquiles
y la tortuga, crea la no menos divertida y paradoja escandalosa del barbero que a la vez
se afeita y no se afeita»12.
Al final de su ensayo, dice Borges: «He arribado al final de mi
noticia, no de nuestra cavilación», y también «Zenón es incontestable, salvo que
confesemos la identidad del espacio y el tiempo. Aceptemos el idealismo, aceptemos el
crecimiento concreto de lo percibido y eludiéramos la pululación de abismos de la
paradoja».
Borges, pues, está de acuerdo con las objeciones de Russell a la
paradoja de Zenón, pero inmediatamente Russell tiene que admitir en Misticismo y lógica,
que para poder refutar la paradoja hay que aceptar otra tal vez mayor: que el todo no es
mayor que la parte. Como vimos, recurre a la teoría de conjuntos y a la matemática
transfinita. El conjunto de los números incluye al conjunto de los números pares y a los
números impares. Ahora bien, si hacemos corresponder un número con un número par,
siempre podemos hacer corresponder un número par a cualquier número, luego no hay más
números que números pares, luego el todo no es mayor que las partes.
En Avatares de la tortuga, continúa Borges su cavilación
sobre la paradoja de Zenón y se mete en el problema del infinito, que según Barrenechea
es el tema central que aborda Borges.
Dice Borges que la primera solución a la paradoja de Zenón dada por
Aristóteles, resulta de «una brevedad quizá desdeñosa». Aristóteles remite a la
Física (2,2) y sólo dice que la fórmula «lo que va adelante no puede ser pasado», es
falsa.
Borges escribe: «Admitamos lo que todos los idealistas admiten: el
carácter alucinatorio del mundo. Hagamos lo que ningún idealista ha hecho; busquemos
irrealidades que confirmen ese carácter. Las hallaremos, creo en las antinomias de Kant y
en la dialéctica de Zenón».
La teoría de conjuntos y los números transfinitos han domeñado
matemáticamente al concepto de «infinito potencial», pues dice Nuño, «reduce la
potencia al acto»; es lo de menos. «Lo que importa y hace que siga en pie la validez (no
la verdad) del argumento de Zenón es que toda explicación que remita a una cadena
abierta de sucesivas explicaciones nada explica. En todo caso, exige el respeto hacia
ciertas reglas que no sería malo hacer explícitas. Por eso también en matemáticas hay
quienes (como los intuicionistas) se resisten a manejar las cantidades que operan con la
noción de infinito, a menos que antes se cambien las reglas lógicas (en particular,
precisamente la del tercero excluido, escondido caballo de batalla en la dialéctica
zenoniana), pues, si no razonan, se está manejando un concepto que no casa con el
lenguaje ordinario.
Que algo sea verdadero o falso o A o ~A, sin intermediario posible,
vale para dominios cerrados, finitos, numerables. Si se va a manejar dominios abiertos,
infinitos, no numerables, se necesitará otro tipo de lenguaje. Algo así parece que
animaba a la implacable capacidad argumentativa eleática. Para ciertas leyes lógicas
(identidad, no-contradicción, tercero excluido) no valen las infinidades. Y sucede que
una concepción plural del espacio y del movimiento contiene en su seno tales infinidades,
como bien se encargó de revelar, hasta la exageración, el discípulo de Parménides»13.
Lo que pretendía Zenón era probar la imposibilidad de explicar el
movimiento o la pluralidad en un lenguaje discontinuo, pues cualquier explicación que
así se intentase se despeñaría por el abismo del regressus in infinitum. Hacia el final
del ensayo, pregúntase Borges al comentar el regressus in infinitum: «¿Cómo juzgar esa
dialéctica? ¿Es un legítimo instrumento de indagación o apenas una mala costumbre?».
No son éstas las únicas veces en que Borges incursiona, como dice,
«en el mundo de los argumentos paradójicos o extremos»14. Jorge Luis Borges,
que tenía interés por cuestiones matemáticas, al reseñar el libro de Kasner y Newton Matemáticas
y la Imaginación; comienza resumiendo la paradoja del mentiroso: «...el silogismo
dilemático o bicornuto de este último, con el que jugaron los griegos (Demócrito jura
que los abderitanos son mentirosos; pero Demócrito es abderitano; luego Demócrito
miente; luego no es cierto que los abderitanos son mentirosos; luego Demócrito miente;
luego...) hay casi innumerables versiones, que no varían de método pero sí de
protagonistas y de fábulas. Aulio Gelio (Noches áticas, libro quinto capítulo
X) recurre a un orador y su alumno, Luis Barcelona de Soto (Angélica, onceno canto) a dos
esclavos; Miguel de Cervantes (Quijote, segunda parte, Cap. LI), a un río, a un
puente y a una horca; Jeremy Taylor, en algunos de sus sermones, a un hombre que ha
soñado con una voz que le revela que todo los sueños son vanos; Bertrand Russell (Introduction
to Mathematical Philosophy, p. 136), al conjunto de todos los conjuntos que no se
incluyen a sí mismos. A esas complejidades ilustres, me atrevo a agregar ésta: En
Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examinador le pregunta si será
reprobado o pasará. El candidato responde que será reprobado... ya se presiente su
infinita continuación». La paradoja de Borges no es conocida. Es una excelente paradoja
como la de Russell del conjunto de todos los conjuntos que no se incluyen a sí mismos, o
como la del mentiroso, en otra versión: «¿El que declara que miente, miente o dice la
verdad?».
En el momento que declara: «Yo miento», si miente, dice la verdad:
que miente. Pero si es verdad, no miente. Pero si no miente cuando dice que miente, dice
la verdad. Ahora bien, ¿cuál es la verdad? Que miente. Entonces cuando dice la verdad
miente. Pero si miente, cuando dice que miente dice la verdad, luego no miente. Pero si no
miente, entonces cuando dice que miente, miente, y entonces no es cierto que miente. Regressum
in infinitum.
Hegel dice respecto a esta paradoja que la pregunta: ¿El que declara
que miente, miente o dice la verdad?, tiene como respuesta: Miente y dice la verdad. Pero
ésta también es una paradoja o una contradicción.
La solución de Hegel no se aplica a la paradoja del Quijote, otra de
las paradojas mencionadas por Borges, la del puente y la horca. Como sabemos, ahí refiere
Cervantes que se ha construido un puente y junto a él una horca. Al que llega se le hace
la pregunta: «¿A qué vienes?». Si dice la verdad pasa. Si miente, lo ahorcan. Llega
una persona y a la pregunta: ¿A qué viene? Contesta: «Vengo a que me ahorquen». Ahora
bien: si lo ahorcan, ha dicho la verdad y no deberían ahorcarlo, pero ya es tarde. Si no
lo ahorcan, entonces no ha dicho la verdad, y deberían ahorcarlo, pero entonces ha dicho
la verdad. La paradoja de Borges es de este tipo: el aspirante a doctorado de adivino, al
decir que va a reprobar el examen, si es que es reprobado ha adivinado y no debería ser
reprobado. Si aprueba no ha adivinado, es un mal adivino y debería ser reprobado. Al ser
reprobado es un buen adivino y así ad infinitum.
En el epílogo a Otras inquisiciones, escribe Borges: «Dos
tendencias he descubierto al corregir las pruebas en los misceláneos trabajos de este
volumen. Una es estimar las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético y aun
por lo que encierran de singular y de maravilloso. Esto es indicio de un escepticismo
esencial»15.
Borges no sólo escribió sobre las paradojas, no sólo elaboró una
exquisita paradoja, la paradoja del adivino, sino que en sus relatos está presente lo
paradojal, el regresus in infinitum, el infinito. En el extraordinario relato
«El Jardín de los Senderos que se Bifurcan» encontramos, por ejemplo, que el laberinto
es un laberinto de símbolos, un invisible laberinto de tiempo.
«Tsui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un laberinto.
Todos imaginaron dos cosas; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto...»16
nadie en las dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto; «la confusión con
la novela me sugirió escribe Borges que ese era el laberinto. Dos
circunstancias me dieron la recta solución del problema. Una: la curiosa leyenda de que
Tsui Pên se había propuesto un laberinto que fuera estrictamente infinito. Otra:
un fragmento de una carta que descubrí»17. El laberinto infinito es el libro
infinito.
Escribe Borges en El Jardín de los Senderos que se Bifurcan,
que Albert prosiguió: «Antes de exhumar esta carta, ya me había preguntado de
qué manera un libro puede ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un
volumen cíclico, circular. Un volumen cuya última página fuera idéntica a la primera,
con posibilidad de continuar indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el
centro de las 1001 noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del
copista) se pone a referir textualmente la historia de las 1001 noches, con riesgo de
llegar otra vez a la noche en que la refiere, y así hasta lo infinito...»18.
«El Jardín de los Senderos que se Bifurcan, dice Borges, era
la novela caótica de Tsui Pên y habla de la bifurcación en el tiempo, no en el
espacio. En la obra de Tsui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto
de partida de otras bifurcaciones. Alguna vez los senderos de ese laberinto convergen...»
19.
«Tsui Pên fue un novelista genial escribe Borges
pero también fue un hombre de letras que sin duda no se consideró un mero novelista. El
testimonio de sus contemporáneos proclama y harto lo confirma su vida sus
aficiones metafísicas místicas, la controversia filosófica usurpa buena
parte de su novela. Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo trabajó
como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ese es el único problema que no figura
en las páginas del Jardín, ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo»20.
Si se reemplaza novelista por narrador y novela por obra, considero
ésta, una precisa caracterización de Borges.
«El Jardín de los Senderos que se Bifurcan dice Borges
en El Jardín de los Senderos que se Bifurcan es una enorme adivinanza,
o parábola, cuyo tema es el tiempo; esa causa recóndita, le prohibe la mención de su
nombre»21.
«El Jardín de los Senderos que se Bifurcan escribe Borges
es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Tsui
Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en infinitas
series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes
y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que
secularmente se ignoran, abarcan todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de
los tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los
dos...»22.
En El Tiempo y J.W. Dumme, escribe Borges: «este (An
experiment with time, capítulo XXII) razona que un sujeto consciente no sólo es
consciente de lo que observa, sino de un sujeto A que observa y, por lo tanto, de otro
sujeto B que es consciente de A y por lo tanto, de otro sujeto C consciente de B. No sin
misterio, agrega que esos innumerables sujetos íntimos no caben en las tres dimensiones
del espacio pero sí en las no menos innumerables dimensiones del tiempo. Antes de aclarar
esa aclaración invito a mi lector a que repensemos lo que dice este párrafo»23.
«En cuanto a la conciencia de la conciencia que invoca Dunne para
instalar en cada individuo una vertiginosa y nebulosa jerarquía de sujetos, prefiero
sospechar que se trata de estados sucesivos (o imaginarios) del sujeto inicial»24.
Una muestra más del gusto de Borges por las paradojas y el pensamiento
paradojal de regressus in infinitum: «Si el espíritu ha dicho
Leibniz tuviera que repensar lo pensado, bastaría percibir un sentimiento para
pensar en él y para pensar luego en el pensamiento, y luego en el pensamiento del
pensamiento del pensamiento, y así hasta al infinito» (Nouveaux essai sur
lentendement humain, libro segundo, capítulo primero)25.
Dice Borges en «Magias parciales del Quijote»: «las invenciones de
la filosofía no son menos fantásticas que las del arte»26.
Escribe Borges en Nueva refutación del tiempo, (Prólogo):
«Publicada al promediar el siglo XVIII, esta refutación (o su nombre) perdurarían en
las bibliografías de Hume y acaso hubiera merecido una línea de Huxley o de Kemp Smith.
Publicada en 1947 después de Bergson es la anacrónica reductio ad
absurdum de un sistema pretérito o, lo que es peor, el débil artificio de un
argentino extraviado en la metafísica. Ambas conjeturas son verosímiles y quizá
verdaderas; para corregirlas, no puedo prometer, a trueque de mi dialéctica rudimentaria,
una conclusión inaudita. La tesis que propalaré es tan antigua como la flecha de Zenón
o como el carro del rey griego, en el Milinda Pañha; la novedad, si la hay, consiste en
aplicar a ese fin, el clásico instrumento de Berkeley. Éste y su continuador David Hume,
abundan en párrafos que contradicen o que excluyen mi tesis; creo haber deducido, no
obstante, la consecuencia inevitable de su doctrina»27.
Escribe también Borges sobre el título, adelantándose a las
críticas u objeciones (tipo Juan Nuño o Ernesto Sábato): «Una palabra sobre el
título, no se me oculta que éste es un ejemplo del monstruo que los lógicos han
denominado Contradictio in adjecto, porque decir que es nueva (o antigua) una
refutación del tiempo, es atribuirle un predicado de índole temporal, que instaura la
noción que el sujeto quiere destruir. Lo dejo, sin embargo, para que su ligerísima burla
pruebe que no exagero la importancia de estos juegos verbales. Por lo demás, tan saturado
y animado de tiempo está nuestro lenguaje que es muy posible que no haya en estas hojas
una sentencia que de algún modo no lo exija o lo invoque»28.
Irónica o paradójica, es su dedicatoria de esta nueva refutación del
tiempo y que los que pretenden refutar a Borges, lastimosamente no ven, ni entienden:
«Dedico estos ejercicios escribe Borges a mi ascendiente Juan Crisóstomo
Lafinur (1797-1824), que ha dejado a las letras argentinas algún endecasílabo memorable
y que trató de reformar la enseñanza de la filosofía, purificándola de sombras
teológicas y exponiendo en la cátedra los principios de Locke y de Condillac. Murió en
el destierro; le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir»29.
Lo que dice en este prólogo es contradictorio o simplemente paradójico con el título
del ensayo Nuevas refutaciones del tiempo.
Sobre este ejercicio, que es la refutación del tiempo, dice Borges que
está de algún modo en todos sus libros, y durante su vida consagrada a las letras «y
(alguna vez) dice a la perplejidad metafísica». Alguna vez, lo dice
entre paréntesis, lo que subraya que no es alguna vez.
«En el decurso de una vida consagrada a las letras escribe
Borges y (alguna vez) a la perplejidad metafísica, he divisado o presentido una
refutación del tiempo, de la que yo mismo descreo, pero que suele visitarme en las noches
y en el fatigado crepúsculo, con ilusoria fuerza de axioma. Esa refutación está de
algún modo en todos mis libros: la prefiguran los poemas Inscripciones en cualquier
sepulcro y El Truco, de mi Fervor de Buenos Aires (1923), la
declaran dos artículos de Inquisiciones(1925), la página 46 de Evaristo Carnigo
(1930), el relato Sentirse en muerte de mi Historia de la Eternidad
(1936), la nota de la página 24 de El Jardín de los Senderos que se Bifurcan
(1942). Ninguno de los textos que he enumerado me satisface, ni siquiera el penúltimo de
la serie, menos demostrativo y razonado que adivinatorio y patético. A todos ellos
procuraré fundamentarlos con este escrito. Dos argumentos me abocaron a esa refutación;
el idealismo de Berkeley y el principio de los indiscernibles de Leibniz»30.
En La muerte y la brújula 31, vuelve Borges a la
paradoja de Zenón, de la cual dice en Ficciones (p. 179) que es «un laberinto
compuesto de solamente una línea recta e invisible, incesante». Aquí la llama un
laberinto griego.
Dice que Lönnrot consideró por última vez el problema de las muertes
simétricas y periódicas, y continúa:
«En su laberinto sobran tres líneas dijo por fin Yo sé
de un laberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdido
tantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro
avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en C, a
4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdeme después en D, a 2
kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino. Máteme en D, como ahora va a matarse
en Trieste Le-Roy».
«Para la otra vez que lo mate replicó Scharlach le
prometo ese laberinto, que consta de una sola línea recta y que es invisible, incesante.
Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego».
Tenemos aquí como trasfondo las paradojas de Zenón de Elea, quien en
otra paradoja dice que si un corredor quiere ir de A a B tendrá que recorrer primero la
mitad de la distancia, luego la mitad de la mitad, y antes la mitad de la mitad de la
mitad... y nunca partirá (y por tanto nunca llegará).
Para no llegar a aproximarnos también a un regressum in infinitum voy
a terminar esta conferencia con otra muestra del pensamiento paradojal de Borges: Al final
de Nueva refutación del tiempo, luego de arribar, según dice, por la
dialéctica de Berkeley y Hume, al dictamen de Schopenhauer, quien dice: «La forma de la
aparición de la voluntad es sólo el presente, no el pasado ni el porvenir; éstos no
existen más que para el concepto y por el encadenamiento de la conciencia, sometida al
principio de razón. Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro: el presente
es la forma de toda vida, es una posesión que ningún mal puede arrebatarle... El tiempo
es como un círculo que girará infinitamente: el arco que desciende es el pasado, el que
asciende es el porvenir; arriba, hay un punto indivisible que toca la tangente y es el
ahora. Inmóvil como la tangente, ese inextenso punto marca el contacto del objeto, cuya
forma es el tiempo, con el sujeto que carece de forma, porque no pertenece a lo conocible
y es previa condición del conocimiento»32, citado por Borges33;
luego de concluir su refutación del tiempo, paradójica y genialmente, escribe Borges34:
«And yet and yet... negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo
astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a
diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es
espantoso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El Tiempo es la
sustancia de que estoy hecho. El Tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;
es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy
el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges».
Yo, desgraciadamente, no soy Borges.
* Doctor en Filosofía. Profesor
Principal de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la UNMSM. Es actualmente director
del IIPPLA. Ha publicado numerosos artículos en Revistas académicas.
1 Conferencia
pronunciada en el Coloquio «El Laberinto de Borges» en la Facultad de Letras y Ciencias
Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, el 25 de noviembre de 1999.
2 El Hacedor, p. 787.
3 New York, University Press, 1915,
editado y traducido por Robert Lima.
4 Op cit. p. VII
5 Ibíd p. 22.
6 México, 1986, FCE. SA.
7 Ibíd p. 78.
8 Nuño dice que Borges, en vez de
decir que Zenón maneja una serie infinita, pero que tiene un límite finito y que en tal
confusión reside la espectacularidad de la paradoja, «Borges se deleita con el carácter
infinito de la serie» (Op cit., p. 79).
9 Ibíd p. 79.
10 Ibid. p. 79
11 Ibid pp. 80-81.
12 Ibid p. 81.
13 Ibíd p. 85.
14 Op Cit. p. 83. En «Kafka y sus
precursores», en Otras inquisiciones. Emecé Editores S. A. 1960. Dice Borges que entre
los precursores de Kafka, el primero es la paradoja de Zenón contra el movimiento. Un
móvil que está en A (declara Aristóteles) no podría alcanzar el punto B porque antes
deberá recorrer la mitad del camino entre los dos y antes, la mitad, y así hasta lo
infinito; la forma de este ilustre problema es exactamente la de El Castillo y el móvil y
la flecha y Aquiles son los primeros kafkianos de la literatura (Op Cit p. 137)
15 Jorge Luis Borges. Otras
Inquisiciones. Emecé Editores S. A. 1960.
16 «El Jardín de los Senderos que se
bifurcan», en Narraciones, Emecé editores S.A. , 1982, p. 104.
17 Ibíd pp. 104-105.
18 Ibíd p. 105.
19 Ibíd p. 108.
20 Ibíd., p. 108
21 Ibíd., p. 108.
22 Ibíd., p. 109.
23 Otras Inquisiciones, Emecé Editores
S.A. 1960 p. 32.
24 Ibíd., p. 33.
25 Ibíd., p. 33
26 En Otras Inquisiciones, Op. Cit., p.
68.
27 Ibíd., p. 219
28 Ibíd., p. 220
29 Loc. Cit. p. 220
30 Ibid p. 221
31 En Ficciones Op. cit., p. 138.
32 Welt als wille und Vorstellung, I, 54.
33 Otras Inquisiciones. Op. Cit., p. 239.
34 «Nueva Refutación del Tiempo», en
Ficciones. Op. Cit., p. 240.
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