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Miguel Ángel Huamán V.*
EL CONFLICTO DE LA INTERPRETACIÓN:
LITERATURA Y EDUCACIÓN
Asistimos en el terreno de la vida social
a una época marcada por la polarización. Nuestra realidad nacional aparece plena de
discusiones agresivas y posiciones enfrentadas en relación a los diversos temas de
nuestra actualidad. Tras los muchos asuntos resueltos o por solucionar, en el país se
denuncian los más variados problemas de fondo. Sin embargo, hay un conflicto en la base
de todos ellos: el de la interpretación. Cada quien cree tener la correcta respuesta y
defiende su postura de verdadero intérprete, por encima de todo.
Este es el aspecto principal por el que nuestra nación se encuentra en una encrucijada
cultural. Al margen de posibles explicaciones en torno al asunto, nos interesa reflexionar
sobre la dimensión educativa del problema e intentar un acercamiento desde la perspectiva
de los estudios literarios y su incidencia en la formación de criterios de interlocución
y crítica. La ausencia de esa capacidad de diálogo, la falta de reconocimiento del papel
del otro como interlocutor, y la imposición de una verdad como la única
válida, pone en el tapete el fracaso del sistema educativo peruano en este siglo.
Según Buffón el estilo es el hombre. Lo mismo se puede afirmar de la
cultura de un pueblo: el estilo o la forma como resuelve sus problemas define su
identidad. En estos días una serie de sucesos en diferentes órbitas han puesto en
evidencia la manera como los peruanos, en tanto colectividad, solucionamos nuestras
dificultades entre nosotros y con nuestros vecinos. Siempre alguien, en forma exclusiva,
cree tener o encontrar la respuesta y la impone a los demás; refuerza con ello su
autoridad y poder, desautoriza a quienes disienten al negarles por razones varias la
posibilidad de realizar una atinada lectura o interpretación.
La decisión adoptada por el país frente a diversos temas como: la violencia terrorista,
la lucha contra el narcotráfico, el Tribunal Constitucional, la privatización de las
empresas estatales, la renuncia presidencial, la candidatura de consenso, la recesión
económica, la reconstrucción democrática o el modelo de desarrollo económico, nos
permite reflexionar sobre nuestro estilo de vida en tanto nacionalidad. Pero, sobre todo,
nos plantea una pregunta medular: ¿por qué no podemos lograr consensos y actuar en forma
concertada como una sola voluntad nacional? ¿A qué se debe que a nosotros los peruanos
nos resulte tan difícil dejar de lado nuestra particular interpretación?
Sin pretender negar la existencia de una serie de aspectos
problemáticos involucrados en estas preguntas, creemos que existe un punto central común
en todas ellas. Más allá de la discusión en torno a la naturaleza de nuestra
democracia, al papel del Estado y su legitimidad, a la representatividad del Congreso, a
la participación de la sociedad, a las instituciones y sus instancias de interlocución o
a la libertad de los medios de comunicación, el tema es otro. La postura de quienes
asumen la responsabilidad política del gobierno se asemeja a la del docente
tradicionalista frente a sus alumnos: debe cumplir con su misión, mantener el orden y
señalar la respuesta correcta frente a determinados problemas, imponerla y hacer que se
cumpla.
La educación moderna surgió de la ilustración y, bajo el lema
«atrévete a pensar por ti mismo», propugnó la liberación del ser humano del dominio
de lo sobrenatural o de lo irracional. Buscar el conocimiento y conocerse a sí mismo,
como ejes de toda actitud humana, se hicieron uno a través de la enseñanza. Ésta se
institucionalizó en el sistema educativo como una vía de afirmación de una memoria
colectiva, que garantizara la continuidad de los conocimientos, la vigencia de los
principios de la acción social y la convivencia pacífica de todos sus miembros.
Casi a fines del siglo XX, la escuela ha devenido en un lugar donde en
función del adiestramiento, se somete todo espíritu crítico, toda capacidad
interpretativa y cualquier sentido creativo entre los jóvenes. En lugar de una formación
para la liberación se está educando para la sumisión, la opresión y el servilismo. La
crisis del sistema educativo se ha puesto en evidencia precisamente en la forma como se ha
respondido o encontrado la supuesta solución frente a los problemas nacionales en los
últimos años. Lo que no se ha conseguido es precisamente que los individuos de nuestra
colectividad se conviertan en agentes de su propio destino. ¿Cómo sucede esto? ¿En qué
medida se puede afirmar dicho diagnóstico?
Aunque los programas y planes insistan en la formación crítica, en
las habilidades comunicativas y en el desarrollo de la creatividad lo cierto es que
devienen en letra muerta. Incluso la actual reforma, en pleno proceso de aplicación,
debería enfrentar con objetividad el permanente riesgo de que su perspectiva educativa
sea traducida simplemente en nueva terminología, bajo el predominio de una práctica
docente acostumbrada a hacer de la enseñanza una mera instrucción. Un ejemplo de ello lo
constituye la materia de la interpretación de textos, que se imparte en diferentes
niveles. Reflexionar sobre ella resulta iluminador para el resto. ¿Por qué? Porque todos
los problemas señalados están contenidos en una sola pregunta que atañe directamente a
dicha especialización. ¿Cuál? La que nos sirve de título para el siguiente punto.
¿ES POSIBLE UNA CORRECTA INTERPRETACIÓN?
Independiente del tema que se trate, tras los diversos asuntos de la interacción social
en la fábrica, la oficina, el hogar, la calle y, por supuesto, la escuela, tenemos que
interpretar. Nuestra cultura está constituida por textos de diversa naturaleza y
códigos, que nos exigen una lectura e interpretación adecuada para posibilitar la
actividad humana. En ese ámbito, surge el problema capital de la formación crítica que
nuestro título señala. Preguntarse por la existencia de una interpretación correcta de
un texto o problema, constituye el punto medular de la enseñanza.
El docente de aula, de los cursos de lengua y literatura, se enfrenta a
dicha disyuntiva cuando tiene que desarrollar la capacidad interpretativa de los
estudiantes a través de la lectura de una obra literaria. Muchos terminan reproduciendo
los rasgos que hemos indicado en relación a nuestros problemas sociales, sólo que esta
vez frente al tema de una novela, un cuento o un poema. Será entonces el profesor quien
defina y establezca la correcta lectura e interpretación de la obra, cuya posible
discusión va en contra de la disciplina y el orden que debe mantenerse en clase.
Asimismo, asume su papel de instructor, no de maestro, y vela porque se aplique dicha
correcta instrucción a través de una evaluación que en lugar de instrumento se
convierte en fin de la educación.
El profesor indicado hace caso omiso de la existencia de otras posibles
lecturas e interpretaciones en sus estudiantes o en otros autores que conoce o simplemente
desconoce. Niega, como la soberbia autoritaria del poder político, capacidad de
interlocución a los demás y justifica con diferentes argumentos la naturaleza correcta
de su respuesta. Por supuesto que ello trae como consecuencia que el joven, además de
acostumbrarse a no ser considerado como sujeto capaz de ofrecer puntos de vista, espere
pasiva y sumisamente que alguien le revele la respuesta o la verdad. Finalmente, esa
óptica refuerza la verticalidad en las relaciones interhumanas, al refrendar las
jerarquías asumidas como naturales o basadas en privilegios alcanzados individualmente,
que defienden hasta con las uñas.
Nos referimos al típico docente que, apenas logra su título y ejerce como profesor, se
transforma de la noche a la mañana en un «sabihondo». A pesar que como estudiante fue
mediocre y ni siquiera entendía lo prescrito, ahora ocupa el lugar del supuesto saber y a
su metamorfosis adjunta una dosis de soberbia que cree refuerza su autoridad. El problema
para este iluso, como para todo el que participa en dicha concepción, radica en que
siempre hay alguien que está jerárquicamente por encima, de manera que la sumisión se
vuelve su consigna. Hay siempre discrepancia sobre la naturaleza o forma como interpretar
un problema, por lo mismo, la respuesta o interpretación la impondrá el de mayor poder,
de manera que tarde o temprano el cazador será víctima de su propio argumento.
Alguien tiene que tomar la decisión y dar la respuesta, se dice. Qué
mejor que la autoridad, los especialistas, la comisión es decir, otros,
aunque ellos mismos no tienen claro de qué se trata. La consecuencia radica en un
empobrecimiento de la vida democrática, institucional, académica, docente. Los que deben
servir como medios para que la colectividad en general decida, adquieren rasgos de fines
en sí mismo, con todas las ventajas que ello acarrea. De ahí las angurrias, las
enconadas peleas, los apetitos descarados por ocupar lugares de poder y decisión. Pero,
si penetramos más en lo profundo del problema, nos daremos cuenta que se está
confundiendo dos aspectos totalmente diferentes.
Para el especialista en crítica literaria, es evidente que se tratan
de dos problemas distintos: uno es el de la naturaleza de la actividad interpretativa, el
otro el de su validez. Intentemos explicar brevemente ambos aspectos y tal vez podamos
ubicarnos atinadamente en medio del conflicto de las inter-pretaciones, para aportar
constructivamente, desde la enseñanza de la literatura, una perspectiva que contribuya a
una educación liberadora, que afirme nuestra identidad como nación y que sea realmente
factor de desarrollo del capital humano, crucial en todo proyecto moderno.
LA NATURALEZA DE LA INTERPRETACIÓN
Los estudios literarios intentan, como actividad científica humanística, incor-porar al
conocimiento el conjunto de la producción discursiva de una sociedad. Buscarán, por lo
mismo, precisar sus mecanismos de producción de sentido, establecer sus repercusiones en
el orden simbólico de una colectividad y los elementos imaginarios que formalizan en las
interacciones comunicativas. Una parte central de su tarea consiste en describir, analizar
y explicar las diferentes lecturas que de la experiencia humana, la cultura hace posible.
Las obras literarias, en tanto discursos donde el ser humano pone en tela de juicio la
propia teleología de su actividad, se constituyen en espacios privilegiados para entrenar
a la conciencia crítica en su tarea de discusión, debate y puesta a prueba de la
interpretación.
En la crítica literaria, las interpretaciones opuestas y
contradictorias compiten entre sí. Eso da a su actividad un rasgo plural y heterogéneo,
estado semejante al de cualquier otro dominio científico. Pero, ¿significa ello que no
se reconozca alguna interpretación como la de mayor validez, o simplemente es el terreno
de la arbitrariedad pura? Los estudios literarios constituyen una actividad rigurosa,
racional y social, con controles de validez autónomos, mas análogos a cualquier otra
rama de la ciencia.
Desde el punto de vista conceptual, la naturaleza de la interpretación
de un texto depende del enfoque aplicado. Sin embargo, ello no es óbice para que las
pasiones que desatan las lecturas precisamente confundan validez con verdad, validación
con corrección. En otras palabras, el reducir el sentido de una obra o un problema a los
determinados por los presupuestos y criterios mentales empleados en la precisión de su
naturaleza, no es excusa para que se pretenda que éstos son suficientes para darlos por
válidos o legítimos. Operación que deja de lado precisamente la indispensable
dimensión comunicativa de los discursos, su naturaleza intersubjetiva que exige para su
aceptación y com-prensión el reconocimiento por parte de otros de su valor de verdad.
La verdad o la interpretación correcta de un texto no existe
independiente de la conciencia de los sujetos involucrados. El sentido de un enunciado, en
tanto discurso, no constituye un objeto que se encuentra o recoge al margen del componente
dialógico que supone todo hecho del lenguaje. En ese sentido, la verdad es algo que se
construye y no existe en sí misma. Muchos enun-ciados, leyes o interpretaciones que
fueron asumidas consensualmente por una comunidad de hablantes, de actores sociales o de
científicos como verdades, con el transcurrir del tiempo se mostraron insuficientes y
erradas. Poco útiles para el avance de la actividad humana y por lo mismo fueron
abandonadas.
Si cualquier actividad cognoscitiva del hombre pudiera llegar a una
verdad absoluta o definitiva perdería su razón de existir. La ciencia, la política o la
crítica literaria, dejarían de ser una búsqueda permanente de nuevos conocimientos. No
podemos confundir los discursos, las proposiciones o los enunciados de cualquier
disciplina del conocimiento con lo real, lo existente o la naturaleza. Sea en el terreno
de la acción social, de la investigación experimental o de la crítica de una obra, la
verdad o la interpretación de sus fenómenos concretos son simples ficciones o lecturas
pasibles de error y de superación; pero, su validez consiste en que nos sirven en un
momento dado, son útiles para manipular y transformar la fenomenología compleja de la
realidad.
La epistemología contemporánea, es decir, la fundamentación del
cono-cimiento en las ciencias, el establecimiento de los principios que rigen su
aproximación a lo real, incide reiteradamente en el carácter de menos falsedad que
logran las leyes o reglas del conocimiento en las disciplinas científicas. Lo único que
podemos conocer con certeza es el error, la falsedad, dado que el hecho de que un
enunciado o ley científica coincida con la experiencia no supone que lo múltiple de lo
real se reduzca a unas cuantas reglas. La experien-cia nos muestra que una cosa es de tal
o cual manera, pero no nos dice que no pueda ser de otro modo. Lo verdadero o falso no es
lo real, sino simplemente los enunciados. El mundo de los fenómenos existe
independientemente de nuestra conciencia, está afuera; las descripciones del mundo no.
Sólo las descripciones del mundo pueden ser verdaderas o falsas. La ciencia no son
enunciados u oraciones verdaderas que están flotando en el espacio o el aire, la ciencia
es fundamentalmente una actividad social, una práctica institucional.
Por ello resulta fundamental distinguir entre la naturaleza de la
inter-pretación que se postula dentro de un enfoque o concepción y la validez o
validación de dicha lectura o verdad. Una línea de pensamiento, una corriente de
interpretación o una concepción filosófica sobre la correcta lectura o verdad frente a
un determinado texto o problema requiere de la participación intersubjetiva de la
comunidad científica o hermenéutica para adquirir legitimidad y obtener reconocimiento o
validez.
Lo que no quiere decir que no se pueda establecer en líneas generales
los grandes peligros que suponen las visiones reduccionistas frente al tema de la
naturaleza de la interpretación. Básicamente son dos las actitudes que la fascinación
por la verdad pueden desencadenar. Hablemos rápidamente de ambas.
LAS DOS TENTACIONES INTERPRETATIVAS
Cuando se plantea el tema de una lectura interpretativa de un problema, una conducta
social, una novela o una ley jurídica es decir, de cualquier texto en sentido
semiótico, surgen inevitablemente varias y diversas fundamentaciones sobre la
naturaleza del objeto, que determinan su posible solución. Para todas esas opciones
críticas existe el riesgo de suponer suficiente la propia concepción que se maneja para
otorgar validez a su interpretación. Por ello, podemos clasificar las posturas
interpretativas en dos: las anarquistas y las absolutistas. Expliquemos cada una y sus
peligros.
Las posturas anarquistas en la interpretación sostienen el relativismo
extremo, a partir de la consideración de que la verdad depende de los criterios
culturales, sociales o ideológicos de la comunidad científica o interpretativa; afirman
un pluralismo radical que justifica cualquier interpretación o solución. El principal
riesgo de este reduccionismo es caer en el nihilismo y el escepticismo que niega todo
conocimiento.
Las posturas absolutistas en la interpretación sostienen un
determinismo extremo, a partir de la consideración de que existe una verdad independiente
de todo; afirman desde un monismo radical la correcta y única explicación o
interpretación que generalmente coincide con su punto de vista. El principal riesgo de
este reduccionismo es convertirse pronto en dogmatismo y autoritarismo que asume la verdad
como su propiedad y niega capacidad de conocimiento a quienes no comparten su óptica.
En realidad ninguna de las dos posturas garantiza de por sí su
validez. A pesar que intente justificar con los más sofisticados modelos o marcos
teóricos, propios de los estudios literarios o importados, la verdad de su comprensión
de la naturaleza de la interpretación. Lo que nos lleva directamente a la interrogante en
torno a la relación entre teoría e interpretación.
¿TEORÍA VERDADERA, CRÍTICA VERDADERA?
¿Se puede hablar de teoría en la interpretación? Algunos defienden la teoría que
justifica su interpretación como la más idónea. Llegan a sostener que sus conceptos y
categorías ofrecen la mejor y más correcta lectura de cualquier obra. Asumen incluso que
los textos deben incorporarse al modelo y no subordinar las reflexiones y métodos a lo
que exige cada discurso específico. La práctica se constituye en mera justificación de
la teoría y no en la permanente productora de nuevas interrogantes o problemas que
permiten a las reflexiones una constante reformulación. Base ésta de la renovación de
los paradigmas y de las revoluciones científicas.
Estrictamente hablando, para realizar una adecuada y rigurosa
interpretación no es necesario el conocimiento de los modelos teóricos en su
exhaustividad. El nivel de pertinencia de la crítica lo constituye la experiencia de
lectura, el contacto vivencial con la obra, la fenomenología de la escritura. La
interpretación se basa en reflexiones, definiciones esenciales e ideas que el hacer de la
literatura ofrece vía la tradición; pero su horizonte es el de la comprensión
hermenéutica. Por lo mismo, se interesará por la ocurrencia, el hecho singular de una
obra literaria, intentando identificar e identificarse con sus motivaciones e
intencionalidades discursivas a efectos de precisar su valor semántico y comunicativo.
Ciertos profesores que por casualidad han leído alguna obra teórica
de semiótica o deconstrucción, por ejemplo, cometen el craso error de pretender que los
estudiantes apliquen esos modelos como los correctos y verdaderos cuando interpretan una
obra. Desaprueban otro tipo de acercamiento crítico y sin entender ellos mismos,
pontifican las bondades del enfoque, calificado de ultrasofisticado y tecnología de
punta. Lo cierto es que los propios especialistas de dichos modelos no se atreverían a
tanta soberbia. La investigación teórica y la explicación de textos tienen otros
objetivos, finalidades que rebasan la meta de lograr en los estudiantes una competencia
comunicativa y una actitud crítica. No todo alumno de secundaria, ni cada estudiante de
educación en la especialidad de Lengua y Literatura tiene que convertirse en un Greimás,
Todorov, Barthes o Derrida. Es como pretender que cada estudiante de la especialidad de
Matemáticas o de Física deban ser Newton, Einstein, Planck o Hawkings.
¿Sirve al profesor de literatura estar al tanto de los modelos
teóricos? Por supuesto, porque le brinda un panorama más amplio para canalizar las
diversas interpretaciones e incentivar la actitud crítica. Asimismo, dichos enfoques
metodológicamente le permiten un manejo de la rigurosidad y la sistematicidad que
necesita transferir al alumno. Parece indispensable recordar que lo más importante en la
interpretación constituye no su naturaleza sino su validación, su carácter dialógico,
la necesidad de argumentar con coherencia y objetividad.
No existe conjunto de conceptos, marco categorial o modelo teórico que
por sí mismo garantice una adecuada interpretación. Una teoría de la interpretación no
es una máquina que produce lecturas automáticamente. Es necesario siem-pre la
intermediación de la imaginación, el intelecto y la intuición de un ser humano. Ninguna
reflexión, por más brillante que sea, puede garantizar lecturas persuasivas. La
interpretación y la crítica literaria se afincan en la capacidad comprensiva del sujeto
y sin él no hay receta o procedimiento que funcione.
Parece indispensable reconocer que en la base de toda interpretación
existen, actúan y fundamentan ciertas creencias. Ellas constituyen su base
epistemológica. La interpretación exige actitudes de fe, creencias que posi-bilitan el
ajustar las partes dentro de un todo; hipótesis para comprender que verificamos,
modificamos y refinamos mediante el ir y venir entre los aspectos de cualquier texto y
nuestro sentido de configuración global. Como problema en sí, la interpretación puede
ser vista como un círculo hermenéutico: parte de una misma intuición y regresa a ella.
Aspecto que nos conduce a plantear un rasgo esencial de la
interpretación o la crítica: siempre se sostienen en una cierta metafísica. Punto que
desarrollaremos a continuación.
LA METAFÍSICA DE LA INTERPRETACIÓN
Al referirnos al concepto de metafísica necesitamos hacer una precisión. No se trata de
la vieja idea de esta disciplina especulativa definida como la investigación de los
principios superiores de todo lo existente (dios, espíritu, ser, materia, etc.); sino del
análisis de los conceptos que ya tenemos formados de los objetos, es decir, de la
investigación de las condiciones en las que se apoya cualquier conocimiento. Gnoseología
abierta por Kant y medular en la actual concepción de la ciencia, al permitir superar los
riesgos deterministas del empirismo y del racionalismo; que suponen o creen que la
experiencia o la razón respectivamente es el origen, la condición o la
fuente exclusiva del entendimiento.
Nuestro ámbito de investigación y conocimiento lo constituyen las
disciplinas humanas y sociales. Las mismas que están regidas por la comprensión más que
por la explicación. De hecho un objeto cultural o social, como una novela o una
migración, no pueden leerse como objetos naturales, semejantes a una piedra o la lluvia.
Pertenecen al dominio de los procesos o acciones intencionales definidos por un sentido,
no por una causalidad. En esa perspectiva forman parte de las disciplinas humanas e
históricas que intentan establecer niveles comprensivos de dichos fenómenos; con
teorías, métodos y objetos propios, autónomos y específicos, no por diferentes al de
otras ciencias, menos objetivos, sistemáticos y contrastables.
En otras palabras, en el terreno de la interpretación literaria,
social o cultural, se trata de la comprensión y ella en cierta medida implica una cierta
expec-tativa en relación a los fenómenos. Trátese de un poema, una revolución o una
conducta histérica, la lectura crítica y científica postula una cierta pre-visión
acorde con dicha especulación establecida en la manera de plantear el interrogante. Desde
un punto de vista operativo necesitamos de dicha previsión, de dicha expectativa para
lograr sintéticamente comprender el fenómeno anali-zado. Nuestra interpretación hace
que las posibilidades se vuelvan realidad.
Por ello, interpretar es en realidad desplegar, poner en ejercicio
aquellos elementos o intuiciones que condicionan nuestro conocimiento. Por ende, existe
una metafísica en toda interpretación y la crítica constituye la puesta en discusión
de sus mecanismos y categorías operativas en su función para la comprensión. De manera
evidente, cuando realizamos una interpretación de una obra literaria, intentamos
demostrar aquello que hemos captado en forma intuitiva y que guía nuestra práctica
analítica. La crítica literaria, como subconjunto de la crítica epistemológica mayor,
sólo pretende poner en tela de juicio los mecanismos que condicionan dicha lectura. De
esa permanente falsación surge la mayor efectividad de nuestros juicios.
Todas las hipótesis hermenéuticas son prácticas de un método que
refleja convicciones metafísicas más profundas. ¿Cómo entender la metafísica en la
interpretación? Como una conjetura que posibilita el análisis y la comprensión de los
fenómenos; pero, al mismo tiempo, falible y en permanente confrontación con otras
lecturas. Es decir, aproximaciones sucesivas cuya verdad particular no existe, sino en
tanto proceso y búsqueda.
Podemos ilustrar estos elementos o intuiciones que condicionan nuestro
entendimiento si nos preguntamos en algunas corrientes interpretativas cuáles son sus a
priori o los fundamentos finales de sus especulaciones comprensivas.
En el caso de la fenomenología nos encontraremos con la subjetividad orientada, expresada
en la función del lector y su vivencia. En el estructuralismo nos enfrentamos a la
lógica de las operaciones binarias, asumidas del modelo de la lengua y vistas como
diferencias productoras del sentido. Y en el marxismo crítico-literario las
contradicciones productivas de los actores sociales se constituirá en el operador final
del significado de los textos, ubicados como formas ideológicas producidas causalmente
por los sujetos.
Independientemente de nuestra adscripción a uno u otro enfoque o
concepción, los textos literarios cuestionan desde su teleología interna todo
reduccionismo. Por ello ninguna visión metafísica, así adquiera predominio al asumirse
como ideología dominante, agota la interpretación de una obra. Siempre se podrá emitir
un juicio crítico en torno a un poema o una novela enriquecedor que escape a la
hegemonía de dicha óptica ideológica. Si alguna ideología sobre el conocimiento
pudiera ofrecer la lectura final o auténtica, con la que suele prometer y desnudar a la
vez su autoritarismo dogmático, la literatura y el arte dejarían de existir. Menos mal
que ello no se ha producido ni se producirá. Por lo mismo, la práctica literaria y la
formación crítico literaria constituyen una escuela de libertad, de humanismo esencial y
de formación crítica. Tal vez acá radica la causa por la que diversas ideologías,
cuando han logrado el poder político, han intentado por la fuerza o la violencia
controlar a los escritores y artistas. Jamás podrán conseguirlo.
Ahora podemos abordar, finalmente, el problema central que nos interesa
explicar; el del segundo aspecto oculto y obviado en el asunto de la interpre-tación
correcta: la validez o validación de la interpretación como principio esencial de las
interacciones humanas.
VALIDEZ Y VALIDACIÓN DE LA INTERPRETACIÓN
Sabemos que la validez no tiene que ver con la verdad. Ésta se refiere a la correlación
entre los enunciados o proposiciones de un discurso interpretativo científico o no, y los
objetos o fenómenos del mundo real. Aquella se refiere al necesario vínculo comunicativo
que debe existir para que un enunciado o una proposición lógica de un discurso
interpretativo científico o no cumpla su función cognoscitiva. El carácter
representacionista constituye un presupuesto, pero no la condición suficiente para que un
discurso sea aceptado.
El conocimiento o la ciencia no existe como un objeto fuera de la
conciencia de los sujetos. Para que existan requieren de por lo menos dos conciencias. En
otras palabras, la dimensión comunicativa ubica la realidad del conocimiento o la ciencia
en el campo cultural y social. Por ello hemos afirmado, siguiendo a la reciente disciplina
del Estudio Social de la Ciencia, que la actividad científica constituye una práctica
institucional. El gran mito del pensamiento vulgar en nuestra época es el que afirma o
cree en la ciencia como sinónimo de la verdad. Simplemente ha reemplazado la antigua fe
dogmática en dios por la llamada ciencia.
¿Qué será para ellos la ciencia? Tal vez un tótem o un ídolo, pero
jamás lo que en realidad es: una entelequia, una pura abstracción sin contenido definido
o definible. Lo que llamamos ciencia ha sido en sus orígenes, en los siglos XVI y XVII,
el pensamiento de algunos hombres: Bacon, Locke o Newton, entre otros. Lo único tangible
y material en ese entonces pudo haber sido las cartas que se intercambiaban y en donde
precisamente intentaban la validación de sus puntos de vista. Lo que nos lleva a reiterar
nuestro razonamiento: mientras que la verdad es un hecho individual, la validez es un
hecho social.
En ese sentido la ciencia es una actividad, una práctica de
investigación y experimentación que a partir de comienzos del siglo se institucionaliza,
a través de una comunidad científica de sujetos que fijan mediante rigurosas y precisas
normas el proceso de validación que requiere cualquier teoría, concepto, investigación
o interpretación científica. Lo que no les exime, por su puesto, de caer en el error; la
actividad científica no es infalible y los primeros que saben eso son los propios
investigadores, por ello defienden a toda costa los mecanismos de validación
institucionales y buscan nuevos. No hay ciencia, hay científicos.
Salvo en los regímenes autoritarios, de diferente sesgo ideológico,
se ha pretendido personalizar o materializar la verdad, la ciencia y el conocimiento
científico en algún individuo o conjunto de individuos, en una oficina, edificio o
entidad estatal. Tenemos de ejemplo el nazismo y el estalinismo que coin-cidieron en su
culto a la ciencia y que cometieron en su nombre los más atroces delitos. Cuando se
designa a un comité o una oficina como la portadora de la ciencia a través de
eufemismos como Buró Político, Academia de Ciencias, Concepción Científica, etc.
es precisamente cuando podemos afirmar que se ha impuesto un pensamiento autoritario.
¿Cómo se puede descubrir si una interpretación posee cierta validez?
En la medida que implica el proceso social y comunicativo de la validación podemos
establecer, brevemente, tres rasgos que nos dan el indicio de validez en cualquier lectura
o interpretación. Primero, su carácter inconcluso. Permitirá el desarrollo de nuevas
perspectivas o el aporte de nuevos razonamientos; es decir, una interpretación válida no
cierra sino abre el debate, se reproduce y sugiere nuevas lecturas incluso en opciones
conceptuales opuestas. Segundo, la inclusividad o intersubjetividad. La validez se
constata si es capaz de mover hacia dicha óptica a otras subjetividades o conciencias, si
logra incluirlas libremente en dicha exploración o conjetura; adquiere por ende cierto
consenso. Tercero, es proyectiva y prospectiva. Es decir, más allá de su verdad, ilumina
la tradición anterior de la que se proyecta y la perspectiva futura que en cierta medida
ayuda a configurarla.
Todas estas características están marcadas por los aspectos sociales
y comunicativos. Sus rasgos contrapuestos, que definirían la actitud de invalidez, se
ubican en el terreno de la práctica aislada e individual y son: el dogmatismo, la
terquedad y el autoritarismo. Aspectos que no voy a precisar porque son ampliamente
conocibles y reconocibles en nuestro medio intelectual y académico.
La confusión entre verdad y validación, la apropiación personal de
una práctica social, la imposición autoritaria de una sola interpretación van unidas;
caracterizan aquello que la educación moderna pretende desterrar desde su nacimiento: la
esclavitud del ser humano y su dominación. Este es el gran reto que la enseñanza de la
literatura, mediante la lectura crítica y la interpretación de textos, trata de asumir.
Sólo construyendo un espíritu crítico y una actitud dialógica que reconozca al otro
por más distinto y diferente que sea, como un interlocutor, podremos
contribuir a la formación de sujetos agentes de su propio destino. Es decir, intentar que
en nuestra cultura y nación se cumpla el sueño, la utopía prescrita por la literatura:
«que el hombre no embrutecido, ni engrilletado por el egoísmo pueda vivir feliz todas
las sangres».
* Investigador del IIPPLA. Magíster en
Literatura Latinoamericana. Profesor Asociado de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas
de la UNMSM. También es profesor de la Universidad de Lima y dicta cursos de Teoría
Literaria en la Unidad de Postgrado de la UNMSM y de la PUC. Ha publicado diversos
poemarios, que en dos ocasiones le valieron el Premio COPÉ de poesía, e innumerables
ensayos y artículos en revistas especializadas.
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