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AVANCES DE INVESTIGACIÓN

 

RESCATE Y REVALORIZACIÓN DEL
PENSAMIENTO FILOSÓFICO
PERUANO
(SS. XVI-XVIII)

 

 

Los avances de investigación aquí reunidos, constituyen algunos resúmenes que pertenecen a uno de los grupos actualmente conformados en nuestro Instituto, en torno a la línea de investigación sobre la Historia del pensamiento peruano. Aunque el grupo se ha consolidado en los últimos tiempos, la investigación se viene realizando ininterrumpidamente desde hace aproximadamente siete años (1993) y ha estado conformada en distintos momentos por diversos profesores investigadores y alumnos de los últimos años del pre y postgrado de la Escuela de Filosofía de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de San Marcos.

    El trabajo inicial de sus miembros, estuvo centrado en un intenso trabajo de ubicación de los textos originales, pues muchos de ellos se encontraban perdidos o en bibliotecas de difícil acceso. Luego, siguió un paciente trabajo de lectura y selección del material considerado como filosóficamente más relevante, establecido no sólo por la calidad teórica del texto sino también por la relevancia de éste en los debates habidos en nuestra comunidad cultural nacional.

    Posteriormente, se tuvo que abordar el trabajo de traducción de muchos de los textos seleccionados, cuyos manuscritos o ediciones originales se encontraban en latín. Ésta ha sido una de las tareas más arduas, difíciles y por momentos ingrata, a la que nos vimos confrontados para poder rescatar del más increíble olvido, a valiosísimos textos, que han permanecido ignorados por siglos. La gran dificultad surgía no sólo de los escasos recursos materiales (para financiar el arsenal de microfilms, fotocopias y adquisición de literatura secundaria utilizada y el apoyo secretarial indispensable), así como nuestra débil formación latinista, sino de las peculiares características que adquirió la expansión del latín en hispanoamérica durante los siglos XVI, XVII y XVIII, periodo del surgimiento y expansión de las lenguas romances, que en nuestro medio dio lugar a una suerte de creciente «latiñol» (y en algunos casos podríamos hablar hasta de un «quechualatiñol»), en cmedio del auge del barroquismo) es casi imposible orientarse exclusivamente por diccionarios o gramáticas clásicas latinas o castellanas, porque strictu sensu, no eran ni una ni otra. De ahí que no sólo se trataba de traducir, sino también de reconstruir, interpretar y actualizar un español barroco plagado de latinismos (y viceversa), que volvía casi enigmática la lectura de dichos textos para un lector contemporáneo.

    Pero el trabajo no quedó ahí. Vino luego un trabajo, más lento aún, de anotar los textos para encontrar las fuentes usadas por nuestros pensadores, tratando de ubicar en primer lugar los miles de autores y libros citados por nuestros filósofos con un alarde de erudición realmente abrumador. Esa labor no sólo nos orientó –como inicialmente esperábamos– hacia el mundo de los clásicos griegos y latinos y de la patrística y escolástica medieval. Nos encontramos con que la gran mayoría de autores citados eran en realidad casi contemporáneos y pertenecían al inmenso mar de pensadores de los siglos XVI, XVII y XVIII pertenecientes a la segunda escolástica, que hasta entonces había sido para nosotros un universo completamente desconocido, pero cuya importancia –nos fuimos dando progresivamente cuenta– era decisiva para entender siquiera inicialmente el pensamiento y tal vez la cultura peruana como un todo. Esta clave para la comprensión del pensamiento peruano, nos la hicieron evidente los trabajos de Richard M. Morse, quien llegó a tal conclusión mucho antes que nosotros.

    Por último, la labor final de interpretación de los textos reunidos –que serán objeto de una antología del pensamiento filosófico peruano de los siglos XVI-XVIII– ha constituido otro de los grandes desafíos que hemos tenido que confrontar, esto es, el intento de proponer, aunque sea esquemáticamente una lectura (rigurosamente apegada a los textos) de los problemas y debates principales que articulan la evolución conceptual del pensamiento filosófico peruano. Tal es la labor que hemos pretendido iniciar con las «Introducciones» que venimos realizando sobre cada pensador (algunas de las cuales adelantamos aquí), que esperamos constituya nuestra principal contribución al esfuerzo –también emprendido por otros colegas– de renovar la herme-néutica de la reflexión filosófica peruana.

ANTECEDENTES

Todo esfuerzo de novedad no sale del aire. Por sus antecedentes, la presente investigación podría ser entendida, en términos generales, como una continuación de los trabajos que desde comienzos de nuestro siglo vienen realizando diversos investigadores sanmarquinos acerca de la evolución del pensamiento filosófico peruano. Pueden considerarse como obras clásicas publicadas en esta línea de investigación, desde la Vida intelectual del virreinato del Perú (1909) de Felipe Barreda y Laos; pasando por Fuentes para la historia de la filosofía en el Perú (1948-52) de Manuel Mejía Valera; hasta la Historia de las ideas en el Perú contemporáneo (1965), de Augusto Salazar Bondy. Ellos constituyen, hasta hoy, el corpus historiográfico clásico sobre el tema.

    No obstante, muchos de nuestros grandes pensadores e historiadores peruanos –desde Riva Agüero y Barreda, hasta Mariátegui y Augusto Salazar Bondy– se han planteado la interrogante de si «existe un pensamiento filosófico auténtica y originalmente peruano», de la misma manera que podríamos hablar de un pensamiento inglés, francés, norteamericano, chino o hindú. La mayoría de respuestas han sido negativas. No obstante, pensamos que dicha negatividad global se ha debido frecuentemente, más a razones de orden ideológico o doctrinario que a una suficiente demostración textual, la cual se caracteriza precisamente por grandes vacíos epocales (particularmente en nuestra época colonial) esto es, por una significativa ausencia de literatura primaria disponible.

    Si bien la notable investigación de José Mejía Valera –Fuentes para una historia de la filosofía en el Perú (1948-52)– mostró la existencia registrada de innumerables escritos de nuestros filósofos coloniales (primeros inves-tigadores de la racionalidad autóctona), en realidad, la gran mayoría de ellos se encuentran hasta la actualidad desperdigados o encerrados en numerosas bibliotecas conventuales y privadas del país (también de Chile y Ecuador), de difícil acceso para la lectura y estudio. Muchas de ellas están en latín y no han sido hasta hoy traducidas al castellano. De muchas no se conoce su ubicación y sólo existen referencias indirectas. Algunas de ellas están a punto de perderse por su deterioro físico y otras posiblemente ya se han perdido de manera irrecuperable. Un debate serio sobre el tema, resulta, en pocas palabras, imposible sólo en base a literatura secundaria.

    En este mar de oscuridad sobre nuestro pensamiento filosófico colonial se han alzado sin embargo, desde fines de la década de los sesenta, algunos puntos iluminadores que nos ofrecieron pistas importantísimas. En primer lugar, la solitaria y notable traducción y análisis de los escritos lógico-semánticos (sobre el tema de los universales) de Espinosa Medrano e Isidoro de Celis, de Walter Redmond. El trabajo de Redmond sobre el Lunarejo, sigue siendo hasta hoy (más de 25 años después) un modelo de la tarea a generalizar. También nos resultó valioso el extenso trabajo de interpretación filosófica hecho por María Luisa Rivara sobre la obra humanista del padre José de Acosta, así como sus posteriores estudios sobre el pensamiento ilustrado peruano del siglo XVIII. Otra contribución importante fue la Tesis de grado del padre Reynaldo Rodríguez Apolinario, sobre la obra del jesuita del siglo XVII Diego de Avendaño, así como diversos artículos sobre otros pensadores coloniales. Un hito importante en la investigación realizada sobre el pensamiento peruano colonial, fue el trabajo realizado en la década de los 70 por el grupo de profesores sanmarquinos de filosofía agrupados en la revista Aporía, que impulsara Víctor Li-Carrillo y Óscar Marañón, en la que destacaron los trabajos del padre Reynaldo Rodríguez y Magdalena Vexler. Otras contribuciones importantes para nuestra reflexión (aunque escapan al periodo colonial que estamos trabajando, pero permiten atisbar muchas de sus huellas) son las de Antonio Peña Cabrera sobre la racionalidad andina y de David Sobrevilla sobre algunos de nuestros pensadores decimonónicos.

    Otra pista importante para la comprensión del pensamiento filosófico colonial nos la proporcionó el historiador Pablo Macera con su ya clásico trabajo sobre el probabilismo en el Perú del siglo XVIII. Creemos que también hay que incorporar a esta reflexión filosófica contribuciones que se han venido realizando desde una óptica más antropológica, como la obra de Emilio Mendizábal Lozack La pasión racionalista andina (1976) y de Jurgen Gölte La racionalidad de la organización andina (1980).

    Recientemente, Walter Redmond viene realizando una nueva y notable labor de traducción y análisis con respecto a la Metafísica de José de Aguilar, interesantísimo pensador jesuita del s. XVII. Finalmente, habría que mencionar también las investigaciones recientes que viene realizando sobre el debate del Probabilismo en el Perú del siglo XVIII, el profesor Luis Bacigalupo de la Universidad Católica.

DESCRIPCIÓN DEL TEMA

Todos estos trabajos, nos proporcionaron claves importantísimas para tratar de desentrañar el desarrollo del pensamiento filosófico colonial, no como un simple catálogo de opiniones abstractas, sino como algo más articulado en torno a un conjunto de tópicos y problemas, cuya relevancia y selección hemos establecido en base a dos criterios fundamentales.

    El primer criterio, ha sido de naturaleza textual. Por un lado, hemos tratado de detectar en los mismos textos, la extensión que los propios autores han otorgado a la tematización de determinados tópicos y problemas. Por otro lado, la relevancia polémica que estos tópicos han alcanzado, según la cantidad de veces que sus opiniones han sido citadas por otros autores posteriores, ya sea para criticarlas o para respaldarlas, y asimismo hemos tomado en cuenta la frecuencia con que sus libros han sido registrados en diversas bibliotecas de la época. El segundo criterio que hemos utilizado para establecer la importancia de los tópicos y polémicas seleccionados ha sido su carácter contextual o relevancia social, esto es, las consecuencias públicas (políticas, culturales, éticas, etcétera) que éstas han tenido para nuestra comunidad cultural, basándonos para tal estimación en los trabajos históricos disponibles.

    Entre la segunda mitad del siglo XVI y la segunda mitad del XVIII, hemos podido detectar la presencia constante de tres grandes tópicos filosóficos privilegiados por nuestros pensadores coloniales como temas centrales de elucidación: Se trata en primer lugar del tópico naturalista, esto es, la remisión temática de todos nuestros discursos a un estado de naturaleza inicial u orden natural, como si fuera un fundamento inapelable de nuestras identidades y diferencias culturales. En segundo lugar, el tópico providencialista de la historia, que da lugar a la representación de los acontecimientos sociales como la realización inexorable de alguna fuerza profunda que trasciende a las circunstancias y actores individuales o, por el contrario, el carácter trascendental o providencial de algún personaje paradigmático, convertido en el sujeto emisor del discurso. En tercer lugar, el tópico evangelizador o civilizador mediante el cual, este discurso es visto como una emisión impersonal y una estrategia discursiva autoritaria de sumisión del interlocutor.

    Estos tópicos reiterados nos han llevado a organizar la antología en torno a tres áreas básicas de la filosofía: La filosofía natural, la filosofía política o moral y la filosofía del lenguaje. En base a estas tres esferas de la reflexión filosófica (Filosofía natural, Filosofía moral o política y Filosofía del lenguaje) nos parece haber detectado la articulación motivadora más básica del pensamiento filosófico peruano del periodo estudiado, en torno a cuatro grandes debates históricos.

    El primero de ellos surge en la segunda mitad del siglo XVI y principios del s. XVII, motivado (luego de las «nuevas leyes» y la «extirpación de idolatrías») por el periodo de estabilización de la sociedad colonial, como una novedosa sociedad multicultural cuyos términos de convivencia en un entorno natural, antropológico, político y lingüístico inéditos, problematizaba completamente el paradigma aristotélico-tomista medieval de comprensión. Acosta y Avendaño, van a constituir el centro de un esfuerzo por repensar las categorías antropológicas referidas a la naturaleza humana frente al hombre americano, las categorías de la filosofía natural frente a la novísima flora, fauna y tierra del nuevo continente, así como la tesis teocrática frente a los problemas de convivencia planteados por el cuestionamiento del régimen político de las encomiendas y de los curacas. Finalmente, los planteamientos iniciales sobre los problemas del lenguaje (eje de la comunicación en la convivencia de una sociedad multilingüe) y los de la moralidad emergidos de la evangelización. De hecho, de estos dos últimos problemas, surgirán los dos grandes debates que abarcarán el horizonte filosófico de la segunda mitad del s. XVII y primera mitad del siglo XVIII.

    El segundo gran debate, que ocupará buena parte del siglo XVII; será el debate sobre los universales, eje del conocimiento científico de la realidad. El chachapoyano Jerónimo de Valera, el limeño Alonso de Peñafiel y el cusqueño Espinoza Medrano (el Lunarejo), constituirán la trilogía (escotista, nominalista y tomista, respectivamente) de un debate epistemológico sobre la naturaleza del saber, que posiblemente terminará con la victoria de una concepción esencialista del saber sobre cualquier intento de instaurar una separación nominalista entre fe y saber, que ha jugado un papel decisivo en la constitución de la vida y de los sentidos comunes en la sociedad peruana. José de Aguilar será posiblemente el último intento de los jesuitas, para aminorar la victoria del esencialismo tomista tradicional, apelando a los intentos suarezianos de conciliar modernidad y catolicismo.

    Agotado el debate epistemológico, el tercer gran debate, parece trasladarse al terreno filosófico-moral, poniendo al centro el debate sobre el Probabilismo, que tiene sus primeros desarrollos en el Perú, en los trabajos del jesuita Avendaño, y culmina en una amarga disputa en el Concilio Limense que sanciona la expulsión de los jesuitas.

    El cuarto y último debate –detectado entre fines del s. XVII y a lo largo del s. XVIII– está referido al cartesianismo, o dicho más específicamente, el debate se traslada nuevamente a los terrenos donde se iniciara en la segunda mitad del s. XVI, el terreno de la filosofía natural y de la filosofía política modernas. El naturalismo cartesiano y el liberalismo político serán fuertemente enjuiciados a lo largo del siglo XVIII, hasta vísperas de la independencia, marcando fuertemente, no sólo el pensamiento de los ideólogos y precursores de la independencia como Vizcardo y Guzmán, sino creando una seria barrera a los sucesivos intentos de instaurar la Ilustración en la vida peruana del siglo XIX.

METODOLOGÍA DE TRABAJO

El material de investigación ha sido seleccionado tomando en cuenta cuatro criterios o variables fundamentales. Uno primero de orden TEXTUAL, referido a aquellos textos o autores en los cuales el universo de su discurso está estructuralmente definido por el objetivo de proporcionar una comprensión del Perú en torno a una unidad básica de significación.

    Un segundo criterio es de orden CONTEXTUAL (cultural) y está referido a aquellos textos cuyas categorías y valores resultan más estrechamente compatibles o representativas del universo cultural predominante en su época, característica que viene dada por la cantidad de elementos que de dicho contexto se recogen en su lectura.

    Una tercera variable que ha determinado la selección de los textos analizados es de orden PRAGMÁTICO, y está referido al grado de influencia paradigmática que dichos textos han ejercido sobre la vida social e intelectual posterior, tomando en cuenta el número de ediciones, el grado de circulación, las referencias a ellos en otros autores, sea de manera explícita o implícita, la formación de escuela o corriente intelectual significativa.

Un cuarto criterio ha sido de orden HERMENÉUTICO, y está referido a lo que podríamos llamar como el “clasicismo” del texto en su conjunto o de algunas de sus proposiciones programáticas fundamentales. Entendiendo aquí por clásico, aquel texto que según Gadamer “ha resistido la prueba de la crítica histórica”.

    El estudio que hemos realizado sobre el pensamiento colonial, nos llevó inicialmente a seleccionar un total de trece pensadores coloniales, a los que consideramos –por los criterios expuestos– como verdaderos fundadores del pensamiento peruano, número que luego hemos ido ampliando conforme se nos han hecho evidentes, tanto las ramificaciones del debate, como también la medida en que tales debates establecieron en algún aspecto patrones de racionalidad que de uno u otro modo perduraron largamente en la vida social e intelectual peruana. A partir de ello hemos recopilado y trabajado también una extensa literatura secundaria sobre el tema, parte de la cual reseñamos en la bibliografía colocada al final de la antología a publicarse.

POSIBLE CONTRIBUCIÓN

El resultado de la presente investigación debería mostrar su contribución e impacto en tres niveles fundamentales:
    a. En el nivel teórico, puede proporcionar un nuevo horizonte hermenéutico de comprensión de la racionalidad social y cultural de la vida peruana, si logramos verificar el proceso de construcción histórica –a través de un largo debate filosófico– de los principales conectores categoriales que orientan nuestras sucesivas lecturas y sentidos comunes culturales. De ser así, tendre-mos una base inmanente para establecer las continuidades y entrampamientos en nuestra evolución sociocultural.

    b. En el nivel práctico, puede significar la producción y posterior edición de una primera Antología del pensamiento filosófico peruano (siglos XVI-XVIII), con material bibliográfico hasta ahora desconocido por un gran público universitario. Se trataría de una selección y edición crítica (con notas aclaraciones y preámbulos a cada texto) que constituya un material básico para el trabajo inicial de estudiantes y futuros investigadores del pensamiento peruano.


    c. En el nivel académico, puede constituirse en un valioso instrumento para su uso lectivo en los cursos de Filosofía o Historia de las Ideas en el Perú que se dictan en las diversas universidades del país, que sea a su vez un factor multi-plicador para estimular nuevas investigaciones sobre la cultura filosófica peruana.

J.C.B.

 


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