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ALMA MATER
© UNMSM. Fondo Editorial

ISSN versión electrónica 1609-9036

Alma Mater    1998;  (15) : 47-60


TRES FIGURACIONES DE LA "MADRE" EN VALLEJO

Mariela Dreyfus


Las cinco primeras secciones de Los Heraldos Negros de Vallejo contienen un significativo número de textos en los que el poeta cuestiona la existencia de Dios y se debate en la duda existencial. Tal insistencia en el tema conduce a una visión escéptica del hombre y su destino, acosado por la ineludible presencia de la muerte. Tampoco el amor escapa esa visión: la 

carnalidad, lo contingente, se imponen sobre el ideal y no hay trascendencia posible, pues ¡la tumba es todavía/ un sexo de mujer que atrae al hombre!, como se lee en los versos finales del poema "Desnudo en barro".

Frente a ese tono desesperanzado que en general domina el poemario, la sección final, "Canciones del hogar", contiene tres poemas en los que el pesimismo se atempera mediante la evocación de la infancia, el hogar y los progenitores. En adelante estos motivos se convierten en una constante en la poesía vallejiana, si bien en cada conjunto se modulan de manera distinta y adquieren nuevas resonancias.

En el presente trabajo nos interesa analizar las distintas representaciones de la figura materna en los tres primeros poemarios de Vallejo. Centraremos nuestra atención en los textos "Encaje de fiebre", "Los pasos lejanos" y "Enereida", de Los Heraldos Negros, el poema XXIII de Trilce, y "El buen sentido", de Poemas en prosa1.

La critica coincide en afirmar que en Los Heraldos Negros, Vallejo hereda y asimila los postulados estéticos del modernismo y es evidente al la impronta de Darlo, Lugones y Herrera Reissig2. Pero junto a esas influencias encontramos algunos elementos que, tanto al nivel del lenguaje como de los temas, revelan la intención de poeta de forjarse una expresión mas interior propia. Esos rasgos novedosos están presentes e los textos citados de las "Canciones del hogar"

En primer lugar, los tres poemas se ubican en un ambiente que contrasta con los escenarios decorados típicos del modernismo. En "Encaje de Fiebre", se evoca a los padres en el ámbito de un hogar cuyos rasgos más saltantes son el ascetismo y la modestia, a juzgar por la adjetivación de los objetos: "muebles cansados", "sillón antiguo"; "cuadros de santos en el muro colgados"

Es interesante observar cómo Vallejo otorga validez poética a este escenario, con sus muebles viejos y sus "moscas lloronas", mientras que el "nido azul de alondras" del octavo verso, es más bien ya "una ilusión de Orientes que fugan asaltados".

En "Los pasos lejanos", el ambiente interior donde el padre duerme, se contrasta con otro exterior y rural: el huerto, donde la madre pasea, "saboreando un sabor ya sin sabor". En la primera estrofa de "Enereida", el poeta emplea una adjetivación novedosa "mañana pajarina" para con notar el canto de los pájaros. Y a la artificialidad del modernismo con sus salones cerrados y su luz artificial, opone el paisaje campesino y diáfano, de claridad solar, de su Santiago natal. Allí transcurre la existencia del padre, en medio de modestas gentes: "El cementerio de Santiago, untado / en alegre año nuevo, está a la vista. / Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él, /y tornaron de algún entierro humilde".

Un segundo elemento común es que junto al prestigiado tono del lenguaje modernista, Vallejo incorpora en los textos términos que más bien provienen de una norma coloquial oral, la lengua viva de la sierra norperuana. El empleo de vocablos o giros lingüísticos como "muro", "empanadas", mosca", o "cuando toque a misa el beato campanario", además de revelar audacia frente al canon literario en boga, señalan la necesidad interior del poeta de recurrir a un lenguaje afectivamente más próximo a él para develar el universo del hogar. Si Vallejo abandona la grandilocuencia del modernismo y adopta un tono intimista, local, es porque está buscando "ayuntar, en perfecta armonía, el arte con el folclor, es decir, la belleza y la humilde verdad circundante' (Sánchez 31).

Al volver hacia esa "humilde verdad" del hogar, el poeta establece una confrontación entre dos realidades temporales: pasado y presente. En el primer cuarteto de "Encaje de fiebre", el yo poético recibe la visita de sus progenitores en una atmósfera misteriosa, casi onírica "en un temblor de fiebre", como lee el tercer verso. El "Noser" del siguiente verso enfatiza el carácter irreal de esa presencia, que sólo existe en el recuerdo. Fijada en la memoria del poeta, la infancia es un lugar edénico; una especie de luz en ese "ay de anochecer" que arrastran sus pupilas.

En el primer terceto, mientras el padre está quieto -sentado "en un sillón antiguo"-, "Como una dolorosa, entra y sale [la] madre". Pese al realizar los rutinarios trajines domésticos -Ilustrados por ese "entra y sale"-, la madre es comparada a la virgen y así su condición humana, de ama de casa y procreadora, adquiere atributos divinos. O a lo mejor, es justamente su "rol reproductivo" lo que le otorga ese poder supremo, como sugiere Schneider (28).

La afirmación respecto a los padres expresada por el yo poético al final del terceto: "Y al verlos siento un ajo que no quiere partir", remite a otro tópico también constante en la poesía vallejiana, de algún modo derivado de la confrontación básica pasado/presente: la oposición entre presencia y ausencia, partida y regreso. Así, lo que el poeta de manera indefinida y apelando a una expresión coloquial denomina "un algo", es el sentimiento filial, ese lazo espiritual y emotivo que, pese a la distancia física, sigue ligándolo al hogar.

En el terceto final, el poeta recurre nuevamente a una imagen religiosa para expresar esa ligazón afectiva: "Porque antes de la oblea que es hostia hecha de Ciencia, / está la hostia, oblea de la Providencia". Al oponerse en estos versos los conceptos de "oblea" (alimento profano) y "hostia" (oblea consagrada para el ritual de la misa), se oponen asimismo los de Ciencia -conocimiento objetivo, sujeto a comprobación empírica- y Providencia -noción intuitiva, sólo comprobable por la fe-. El "antes" denota que el poeta privilegia el saber intuitivo sobre el racional y que el reencuentro con las imágenes y recuerdos de la infancia es un, paliativo frente a su actual escepticismo, una "visita" que "[le] ayuda a bien vivir".

El poema "Los pasos lejanos" se inscribe en la misma línea evocativa del soneto anterior, aunque formalmente, se estructura de manera menos rígida y ensaya el versolibrismo. Además, el empleo de la anáfora en los versos finales de las dos primeras estrofas, hace más clara aquí las distancias que existe entre el yo poético y la casa paterna. En la estrofa inicial, a la apacible imagen del padre dormido, siguen los versos: "está ahora tan dulce ... /si hay algo en él de amargo, seré yo". En la segunda, cuando el padre se despierta y "[..]ausculta / la huida a Egipto, el restañante adiós", el yo poético constata "Está ahora tan cerca; / si hay algo en él de lejos, seré yo". Tenemos así dos parejas de antónimos, dulce/amargo y cerca/lejos, que señalan, con la misma imprecisión del poema anterior "Y si hay algo..." la distancia física y emocional del yo poético frente al hogar evocado.

Si bien la ausencia del hogar es plural, pues son los "hijos" los que han partido sin enviar "noticias", toda la carga emocional del "restañante adiós" parece recaer sobre el yo poético: es sólo él quien se duele, quien está amargo y lejano. Ese "adiós" puede entenderse a un doble nivel: es el adiós de la Sagrada Familia al partir de Nazareth, que el padre "ausculta" -observa detenidamente- quizás en un cuadro "en el muro colgado", pero es también el adiós de los hijos, que ha sumido a la casa familiar en una soledad a la que se alude con una repetición anafórica: "Hay soledad en el hogar[ ... ]", en los versos iniciales de la segunda y cuarta estrofas.

En la tercera estrofa hay nuevamente un contraste de actitudes, como en el poema anterior, y frente a la quietud del padre, la madre "[ ...] pasea allá en los huertos, / saboreando un sabor ya sin sabor". Con esta imagen, el yo poético parece indicar que la mecánica del recuerdo es mutua: mientras él evoca la infancia rural desde su ausencia en la ciudad lejana, la madre "pasea" sus recuerdos y constata que su rol nutricio y protector ha perdido vigencia, no tiene ya "sabor". Pero aunque es una madre "sin noticias, sin verde, sin niñez", o "viuda de sus hijos", como dice Vallejo en un texto posterior de Poemas en prosa, ella conserva intacto su poder y permanece "tan ala, tan salida, tan amor"3.

En ese último verso, el poeta se toma una licencia impensable a la luz de la estética modernista y emplea los sustantivos "ala" y "amor" en función adjetiva. Tal libertad para trastocar la lógica del idioma, se convertirá en un rasgo distintivo en su próximo poemario, Trilce. La reiteración del adverbio "tan" pone de relieve el grado superlativo de las cualidades que se atribuyen a la madre. "Ala" por "alada", remite a la noción de santidad, de elevación espiritual, mientras "salida" connota un estar más allá, por encima de las circunstancias. O tal vez quiera decir que si bien la madre está absolutamente separada -"salida"-de la experiencia actual del poeta, su recuerdo la guarda no solamente como "amorosa", sino como la encarnación misma del Amor.

Por eso, recuperar la edad primera de la infancia, es como descender-"humildarse", dirá después Vallejo-4 ante el amor materno y enfrentarse a un sentimiento que "cruje" -padece sonoramente- por volver. En todo caso, aunque desgastada y lejana, la ruta hacia los padres todavía existe: "son dos caminos blancos, curvos", lee el penúltimo verso. Y ante la posibilidad de ese regreso, el yo poético deja de lado la racionalidad y simplemente se entrega: "por ellos [los caminos, los padres] / va mi corazón a pie". Esta imagen del "corazón a pie", desnudo, la recreará posteriormente el poeta en los versos iniciales del poema LXI de Trilce: "Esta noche desciendo del caballo, / ante la puerta de la casa, donde / me despedí con el cantar del gallo". pues allí el retorno es visto también como un descenso, un "ir a pie".

Si bien el personaje central de "Enereida" es el padre, nos interesa citar este poema, pues contiene dos motivos que el poeta repetirá más adelante en relación a la figura materna. Primero, en los versos 11-12: "Otras veces le hablaba a mi madre / de impresiones urbanas, de política", la madre aparece como la receptora del diálogo paterno, rol que cumplirá también en relación al hijo en el poema "El buen sentido". Por su parte, los versos 31-34: "Aún será año nuevo. Habrá empanadas; /y yo tendré hambre, cuando toque a misa / en el beato campanario / el buen ciego mélico anticipan indirectamente la imagen de la madre nutricia, que se repetirá insistentemente en Trilce.

En suma, en las "Canciones del hogar", la evocación de la madre, el ámbito hogareño y la infancia -esa edad de la "inocencia rotunda", como lee el verso 36 de "Espergesia"- le otorgan al poeta un asidero frente a la crisis de valores que experimenta, a su falta de fe. Pero la actualización de esos recuerdos es apenas un remanso temporal, pues, confrontados con el presente, sólo "lo hacen más consciente de estar vivo, perdido, sufriente, lejos del hogar y la felicidad" (Escobar 59).

Aunque las anécdotas no siempre sirven para explicar la poesía, queremos recordar la amarga coincidencia que en buena cuenta motivó la escritura del segundo poemario de Vallejo. En 1920, el poeta, deseoso de ampliar sus limitados horizontes culturales, decide partir a Europa, no sin antes visitar la tumba de su madre, fallecida dos años antes en Santiago de Chuco. A poco de llegar, se ve involuntariamente envuelto en una pelea entre dos bandos políticos locales, en la que resulta muerto un pariente suyo. Acusado de incendiario, Vallejo se esconde en la casa de campo de su amigo Antenor Orrego, donde es arrestado y luego condenado a prisión. Ni las campanas que numerosos intelectuales y artistas de Lima y provincias organizan pidiendo su liberación, lo salvan de pasar 112 días en la cárcel en Trujillo, cumplidos entre noviembre de 1920 y febrero de 1921. Ese injusto encarcelamiento va a contribuir a crear la opresiva atmósfera poética de Trilce.

Pero en todo caso, lo valioso del libro es que, en virtud de su genio artístico, Vallejo logra transformar la anécdota de la prisión en un símbolo; en el medio por el cual canaliza definitivamente esa sensación de soledad, desasimiento y vacío que se intuye en los poemas más intensos de Los Heraldos Negros. Formalmente, esa radical visión del mundo se expresa a través de una absoluta rebelión expresiva: se abandona la rigidez métrica y estrófica, se alternan diversas normas lingüísticas y se yuxtaponen diversos niveles temporales, a la vez que se quiebran a cada paso la sintaxis y la lógica gramatical del Español. Esa extrema experimentación con el lenguaje y la densidad conceptual de los textos, hacen de Trilce un poemario hermético, en el que la comunicación poética por la vía racional, debe ceder ante "las otras posibilidades expresivas del lenguaje (sonoras, plásticas, rítmicas, volitivas, afectivas)" (Yurkievich 24).

El mismo Yurkievich ha establecido una interesante relación entre la complejidad del sentimiento y su expresión poética en Trilce. Así, los poemas más "atormentados", los de más "alta temperatura emocional", son los más osados y arbitrarios, mientras que "la inteligibilidad aumenta cuando el poeta se serena, cuando nos quiere transmitir una imagen más plácida" (27-32).

Creemos que esta premisa se cumple en ciertos textos trílcicos como los poemas III, VI, XVIII) XXIII) XLVI, LXI, LXV y LXVI, que tienen como una de sus emociones básicas el amor hogareño. Y si bien el ambiente familiar evocado ya no es esencialmente realista, como en las "Canciones del hogar", sino más complejo y subjetivo, estos poemas contienen "an anecdotal frame, or the skeleton of one to support them" (Schneider 28)5, que los libra de esa oscuridad que a primera vista se atribuye a tantos otros textos del conjunto.

Vemos ahora el poema XXIII, que evoca a la madre desde un ángulo particular: la orfandad. En la imagen de los dos primeros versos: "Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos / pura yema infantil innumerable, madre", se retorna el tópico ya insinuado en "Enereida", del rol nutricio de 1: madre, fuente de afecto y calor. "Tahona" remite además a la elaboración artesanal del pan -alimento por antonomasia- y sutilmente nos transporta a ese universo rural -de molinos y horno de barro- del poeta. Observemos que "Tahona" y, sobre todo, "estuosa", son dos términos de la norma lingüística culta que dan al poema un comienzo hermético, pero están enfrentados en el mismo verso con "bizcochos", que es más bien un vocablo de uso coloquial. Esta alternancia de niveles del lenguaje se repetirá más adelante en el poema. En el segundo verso ocurre una adjetivación múltiple, y al anteponerse el primer adjetivo al sustantivo "yema", se refuerza el carácter superlativo del alimento materno. Ese "pura" cumple además una doble función: adjetiva, por "auténtica", y adverbial, por "absolutamente". El alimento que la madre da es entonces pura esencia, absolutamente pan.

Como sugiere Escobar, el demostrativo, "aquellos" referido a bizcochos en la primera estrofa, establece un contraste espacio-temporal entre el allá (pasado) de la infancia y el aquí (presente) del yo poético que lo evoca (1973, -5 60). En adelante ocurre en el poema una yuxtaposición de planos en la que se combinan simultáneamente dos diversas perspectivas -la infantil y la adulta- y dos niveles de lenguaje, la norma culta y la coloquial. Creemos por ello pertinente señalar, como lo hace Schneider a propósito de Trilce XXVIII, que en este poema, "we do see through a chi1d's eye, or more accurately, through the eyes of an adult poet who has integrated into one temporal level a series of times and age" (27)6. Esa magistral integración de diversos tiempos y edades al interior del mismo discurso, se cumple en las dos estrofas siguientes del poema. Podemos decir que en la segunda, el yo poético pasa revista a su contexto familiar y luego informa a la madre -explícitamente mencionada otra vez- sobre lo sucedido con ese universo infantil. Teniendo en cuenta el carácter experimental de Trilce, creemos que en el verso inicial: "Oh tus cuatro qorgas, asombrosamente/ mal plañidas, madre: tus mendigos", ocurre una metonimia en donde la noción de "cuatro aves" (o "cuatro polluelos", como se dice coloquialmente al referirse a los hijos pequeños en relación a la madre), es desplazada por la de "cuatro gorgas" ("alimento o comida para las aves de cetrería"). En ese contexto, los "mendigos" del verso siguiente aluden no tanto a la pobreza material, sino a la orfandad de esos cuatro hijos, que se hará explicita en las dos ultimas estrofas.

En sus "Apuntes biográficos sobre César Vallejo Georgette Y, anota: "Eramos 12, me decía Vallejo. A los cuatro primeros, se les llamaba los viejos. A los cuatro siguientes, los mayores. Ya los cuatro últimos [Agueda, Natividad, Miguel y César] los llamaban y nos llamábamos nosotros mismos, los pequeños" (355). Por tanto, el quinto verso: "Las dos hermanas últimas, Miquel que ha muerto", contiene una alusión directa a la familia del poeta. Miguel es, además, el destinatario de la hermosa elegía A mi hermano Miguel", de Los Heraldos Negros y los tres "pequeños" aparecen cariñosamente evocados en los versos 6 y 22 de Trilce III -"Aguedita, Nativa, Miguel"-, cuyo tema es también el hogar. Los versos 6-7 continúan en ese tono infantil y el yo poético es visto como detenido en sus primeros anos: "Arrastrando todavía /una trenza por cada letra del abecedario", probablemente aprendiendo a leer.

En la tercera estrofa, el poeta nuevamente resalta la función de la madre nutricia, repartiendo cotidianamente el alimento: "de mañana, de tarde". El transparente tono narrativo del comienzo se cierra de inmediato con la imagen "de dual estiba", término marítimo que alude aquí a la equidad en la repartición. En adelante, el tono de la estrofa se adensa y adquiere un contenido simbólico. La madre no se recuerda ya repartiendo "aquellos bizcochos" del verso inicial, sino "aquellas ricas hostias de tiempo" (pan consagrado otra vez, como en "Encaje de fiebre"), que al oponerse dos versos más adelante con las actuales "cáscaras de relojes en flexión de las 24 / en punto parados". hacen más dramática la distancia entre pasado y presente. Decimos esto porque en el contraste entre las dos imágenes centrales, "hostias de tiempo" y "cáscaras de relojes", intuimos una doble degradación. No sólo el alimento ha perdido su valor espiritual para convertirse en "cáscaras" (desecho), sino que el tiempo sin medida de la infancia, que asociado a "hostias" (pan inacabable) evoca la eternidad, se ha vuelto un tiempo lineal, que, tiene su limite ("se para") en las 24 horas del reloj, anulando cualquier posibilidad de trascendencia.

Además, si en Los Heraldos Negros era posible atenuar la duda existencial del presente evocando a la madre actuante, viva, esto ya no va a ser posible en Trilce, pues lo impide la muerte. Por ello, mientras en la tercera estrofa, de versos cortos, y ritmo contenido, el desamparo se manifiesta todavía de manera serena, la estrofa siguiente es un desesperado intento por encontrar salida a esa orfandad. Allí , la conmoción del poeta está expresada a través de un desborde verbal de ritmo acelerado y versos largos que tienden a las repeticiones anafóricas, las aliteraciones, los signos de exclamación. El resultado es una dramática confrontación entre lo sido y lo que ahora es. Tal dramatismo es perceptible desde el primer verso, que repite el vocativo madre por tercera vez. Es interesante observar cómo este vocativo ha ido creciendo en intensidad, desde el complaciente símil madre=tahona de la primera estrofa, pasando por el melancólico tono del "Oh ( ... ) madre" de la segunda, hasta llegar al grito de esta cuar estrofa, marcado incluso gráficamente con el si no de puntuación: "¡Madre, y ahora!". Al quedar suspendido ese ahora, remite al giro coloquial: ¡Y ahora qué..! usado para expresar una profunda preocupación. La urgencia de una respuesta se manifiesta al insistirse hasta cuatro veces en desesperada condición presente: "y ahora"; 'Ahora'; 'hoy', "Hoy", en los versos 14,16 y 17, respectivamente.

Al referirse al simbolismo de Trilce XXVI. Schneider afirma: "We have seen the mouth in this work as a symbol of speech, nourishment and affection and at the same time, have witnessed its tragic incapacity to fullfill all those needs" (32-33)7 . Aceptando tan sugestiva observación, podemos afirmar que en la cuarta estrofa, la desesperación del ahora se focaliza también en la boca, que ha podido ese "rico sabor" atribuido a las hostias en verso 10. De ahí que encontremos en ella ti grupos de términos: a) "alvéolo", "retoño capilar", "cuello", "gran molar", "encía", "lácteo hoyuelo"; b) "migaja", "harina", y c) "pasar", "amasar", referidos a los órganos del gusto, los alimentos, y su preparación y consumo, respectivamente8.

Vallejo amplía, notoriamente, el registro de lo líricamente decible cuando incorpora estas al alusiones biológicas al texto y de paso le infunde un tono absolutamente coloquial. Así, en los versos 16-17, la difícil deglución provocada por la ausencia materna está expresada con una imagen absolutamente prosaica: "cierta miqaja que hoy se me ata al cuello / y no quiere pasar". La cuarta estrofa de Trilce XMII, contiene imágenes similares, aunque poéticamente más elaboradas: "El yantar de estas mesas así, en que se prueba / amor ajeno en vez del propio amor, / torna tierra el bocado que no brinda la / MADRE, / hace golpe la dura deglución ; el dulce, / hiel; aceite funéreo, el café".

Retornando la relación madre-alimento, en los versos 18-20 se alude a la muerte de esa "tierna dulcera de amor", comparando sus "puros huesos" con una "harina" ya imposible de "amasar" (o hacerse pan). Enseguida, en la compleja sintaxis de los versos 21-24, el yo poético revisa retrospectivamente todas las etapas de su niñez y va de la primera dentición (9ácteo hoyuelo") a los primeros días, prácticamente al nacimiento mismo, pues aquel "lácteo hoyuelo", dice, es el mismo que "[ .. ] inadvertido lábrase y pulula [ .. ] [ya] / en las cerradas manos recién nacidas. Esa regresión le sirve para verificar que en cada etapa la madre estuvo presente, cuidando y llenando esos hoyuelos ("tú los viste tanto") y que
ahora, desde su "silenciar", no habrá nadie que los libre del vacío.

La última estrofa, a manera de anticlímax, confirma la orfandad total del yo poético tras la ausencia materna. El "pan inacabable", que es otra forma de nombrar a las "hostias de tiempo" de la tercera estrofa, es ahora un valor de uso que le cobran los demás, y la "tierra" -ese lugar inmensurable, edénico de la infancia- se ha reducido a un espacio ajeno por el que también debe pagar un alquiler. Esta orfandad se le figura insalvable, pues debe enfrentar la hostilidad del mundo circundante, su mercantilización extrema, sin haber entendido como adulto el porqué de esa privación. La angustia del huérfano es expresada desde una perspectiva absolutamente infantil en los versos 29-32: "Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros /pequeños entonces, como tú verías, / no se lo podíamos haber arrebatado / a nadie Y, siguiendo la lógica de un niño desvalido, el yo poético lanza en el verso final una afectuosa pero desesperada pregunta, que por ahora queda sin respuesta: "¿di, mamá-".

La impresión que dejan éste y otros textos trílcicos sobre el amor maternal, es que el poeta no ha alcanzado aún esa "mayoría inválida de hombre", a la que se refiere en el verso final del poema XVIII. Por ello al analizar Trilce LXV, Coiné señala: "Vallejo descubre poéticamente que su madre fue madre y nada más -mujer no, únicamente madre- y el hombre -fea él, sea su propio padre-nunca es hombre, sino hijo, únicamente hijo(...)" , y resume el tema de la inalcanzable mayoría, latente a lo largo de Trilce con la ecuación mujer-hombre = madre-hijo (169).

La publicación de Trilce fue seguida de un silencio casi absoluto. Fuera del entusiasta prólogo de Antenor Orrego, el libro apenas mereció el comentario más sorprendido que elogioso del joven crítico Luis Alberto Sánchez (Monguió 29). En 1923 Vallejo no sólo tiene que enfrentar, con una tranquilidad admirable, la previsible indiferencia ante su libro sino que el expediente sobre su juicio vuelve "al tapete negro del tribunal de Trujillo", amenazando su libertad (epistolario general 45). Ante semejante perspectiva, en junio de ese año el poeta se embarca por fin a París, done permanecerá durante los últimos quince años de su vida.

En los primeros tiempos de su estadía parisina, Vallejo escribe diecinueve textos que póstumamente integrarán sus Poemas en Prosa. En este breve conjunto se recrean los temas del hogar y de la madre y se insiste en la confrontación entre presencia y ausencia, cercanía y distancia, partida y regreso. Pero el tratamiento de estos tópicos tiene aquí significativas variantes respecto a los Heraldos Negros y Trilce, como puede verse en el poema "El buen sentido".

Para empezar, la evocación de la casa materna se hace desde otro contexto, el exilio voluntario en París, lo que permite al poeta una mayor distancia emocional respecto al tema. "Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande", lee la primera estrofa. También la estructura del texto es distinta: se trata de un poema en prosa, donde la experimentación lingüística es menor y el tono evocativo se mezcla con la narración y se incorpora pequeños diálogos.

Aquí, la comunicación no tiene ya ese carácter angustioso del poema XIII de Trilce. Superado el choque de la desaparición física, el poeta se dirige a la madre de una manera serena, como si ella-muerta inmortal-pudiera todavía oírlo y contestarle desde el Santiago de Chuco de la infancia. Tampoco se alternan ya las expectativas infantil y adulta, como ocurría en el poema previo. La voz poética presente en "El buen sentido" es la de un adulto, alguien que ha partido del hogar, pero ya no arrastra ni culpa ni nostalgia por ello. Al contrario, la distancia, los viajes, la experiencia, lo han convertido en el hijo favorito, una especie de pródigo que regresa triunfante: "Mi madre está confesa de mí, nombrada de mí/ ¿Cómo no da otro tanto a mis otros hermanos?(...)/
¡Fuere porque yo he viajado mucho! ¡Fuere porque yo/ he vivido más"19. 

Nos parece válido afirmar que esa "mayoría de hombre" incumplida en Trilce, empieza a resolverse en el tránsito poético y vital que significa la escritura de los Poemas en prosa. En esos años de afinamiento de su propuesta estética y de afinamiento de su propuesta estética y de replanteamiento de su visión nihilista del mundo, que pronto lo lleva a asumir el marxismo, Vallejo emprende también una suerte de reconocimiento de su identidad, un enfrentamiento definitivo con el pasado. Al asumir el yo poético la perspectiva adulta, deja de percibir a la madre sólo en su función nutricia y protectora y le otorga por primera vez un nuevo rol: es la mujer de su padre. Este nuevo esquema de relación, le permite al yo poético plantear incluso el juego erótico: él es un hombre, capaz de competir en virilidad con su padre y seducir a su progenitora: "La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo y avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho a mi muerte. Que soy dos veces suyo; por el adiós y por el regreso",

Pero el erotismo está presente en este texto no sólo en el sentido restringido de la relación sexual, sino como pulsión vital: es eros opuesto a tánatos. En la quinta estrofa, cuando el hijo examina su "vida de regreso", comprueba que la verdadera dicha consistía en estar en el claustro prenatal, en contacto permanente con el cuerpo materno -"durante dos corazones por su vientre"-, es decir, en el origen mismo de la vida. Ese placer evocado ruboriza a la madre y más aún, es ella quien ahora se entristece al comprobar que la vida de su hijo se acaba, que éste envejece y se aproxima a la muerte: "-Hijo, ¡cómo estás viejo!"- dice. En cambio, la adultez le permite al yo poético establecer por fin una relación equitativa con la madre y seguir su propio curso vital, sin renunciar por ello a su condición intrínseca de hijo: " ¿ Qué falta hará mi mocedad, si siempre seré su hijo- ¿Por qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus hijos, si jamás la edad de ellos alcanzará a la de ellas-'. Además, desde la perspectiva del adulto, la muerte de los progenitores no es vista ya como una separación dolorosa e irreversible, sino como una ley biológica, un proceso natural que todo hombre debe enfrentar.

Aceptado esto, el vacío y la desolación de Trilce son reemplazados aquí por la confianza en un reencuentro, si no físico, al menos espiritual con la madre. El adiós se vuelve externo y el regreso interno (y eterno): "Mi adiós partió de un punto de su ser, más externo que el punto de su ser al que retorno. Soy, a causa del excesivo plazo de mi vuelta, más el hombre ante mi madre que el hijo ante mi madre. Allí reside el candor que hoy nos alumbra con tres llamas". El diálogo puede volver a establecerse una y otra vez. Tal es el sentido de la circularidad del poema, cuya estrofa penúltima repite: "-Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama París. Un sitio muy grande y muy lejano y otra vez grande-". Y pese a su condición mortal, la madre se incorpora a la experiencia presente del hijo, ya no como dadora de alimentos, sino alimentándose ella misma, autosuficiente y plena, después de haber cumplido su rol: "Tal mujer de mi padre, al oírme, almuerza y sus ojos mortales descienden suavemente por mis brazos"

Encaje de fiebre

Por los cuadros de santos en el muro colgados 
mis pupilas arrastran un ¡ay! de anochecer; 
y en un temblor de fiebre, con los brazos cruza-
                                                            dos, 
mi ser recibe vaga visita del Noser.

Una mosca llorona en los muebles cansados
yo no sé qué leyenda fatal quiere verter:
una ilusión de Orientes que fugan asaltados; 
un nido azul de alondras que mueren al nacer.

En un sillón antiguo sentado está mi padre. 
Como una dolorosa, entra y sale mi madre. 
Y al verlos siento -un algo que no quiere partir.

Porque antes de la oblea que es hostia hecha de
                                                     Ciencia, 
está la hostia, oblea hecha de Providencia.
Y la visita nace, me ayuda a bien vivir...


Los pasos lejanos

Mi padre duerme. Su semblante augusto 
figura un apacible corazón; 
está ahora tan dulce... 
si hay algo en él de amargo, seré yo.

Hay soledad en el hogar; se reza; 
y no hay noticias de los hijos hoy. 
Mi padre se despierta, ausculta 
la huida a Egipto, el restañante adiós. 
Está ahora tan cerca; si hay algo en él de lejos, seré yo.

Y mi madre pasea allá en los huertos, 
saboreando un sabor ya sin sabor. 
Está ahora tan suave, 
tan ala, tan salida, tan amor.

Hay soledad en el hogar sin bulla,
sin noticias, sin verde, sin niñez.

Y si hay algo quebrado en esta tarde, 
y que baja y que cruje, 
son dos viejos caminos blancos, curvos. 
Por ellos va mi corazón a pie.

Enereida

Mi padre, apenas,
en la mañana pajarina, pone
sus setentiocho años, sus setentiocho
ramos de invierno a solear.
El cementerio de Santiago, untado 
en alegre año nuevo, está a la vista. 
Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él, 
y tornaron de algún entierro humilde.

Hoy hace mucho tiempo que mi padre no sale! 
Una broma de niños se desbanda.

Otras veces le hablaba a mi madre
de impresiones urbanas, de política; 
y hoy, apoyado en su bastón ilustre 
que sonara mejor en los años de la Gobernación 
mi padre está desconocido, frágil, mi padre es una víspera. 
Lleva, trae, abstraído, reliquias, cosas,
recuerdos, sugerencias. 
La mañana apacible le acompaña 
con sus alas blancas de hermana de caridad.

Día eterno es éste, día ingenuo, infante,
coral, oracional; se corona el tiempo de palomas,
y el futuro se puebla
 de caravanas de inmortales rosas. 
Padre, aún sigue todo despertando-,
es enero que canta, es tu amor
que resonando va en la Eternidad. 
Aún reirás de tus pequeñuelos, 
y habrá bulla triunfal en los Vacíos.

Aún será año nuevo. Habrá empanadas; 
y yo tendré hambre, cuando toque a misa 
en el beato campanario el buen ciego mélico con quien
departieron mis sílabas escolares y frescas,
mi inocencia rotunda. 
Y cuando la mañana llena de gracia, 
desde sus senos de tiempo 
que son dos renuncias, dos avances de amor 
que se tienden y ruegan infinito, eterna vida, 
cante, y eche a volar Verbos plurales, 
jirones de tu ser, 
a la borda de sus alas blancas 
de hermana de caridad ¡oh, padre mío!

(de: Los Heraldos Negros.)


XXIII

Tahona estuosa de aquellos bizcochos 
pura yema infantil innumerable, madre.

Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente 
mal plañidas, madre: tus mendigos. 
Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muer
                                                                             to 
y yo arrastrando todavía 
una trenza por cada letra del abecedario.

En la sala de arriba nos repartías 
de mañana, de tarde, de dual estiba, 
aquellas ricas hostias de tiempo, para 
que ahora nos sobrasen y 
cáscaras de relojes en flexión de las 24 
en punto parados.

Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo 
quedaría, en qué retoño capilar, 
cierta migaja que hoy se me ata al cuello 
y no quiere pasar. Hoy que hasta
 tus puros huesos estarán harina 
que no habrá en qué amasar 
¡tierna dulcera de amor, 
hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar
cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo 
que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tanto! 
En las cerradas manos recién nacidas.

Tal la tierra oirá en tu silenciar, 
como nos van cobrando todos 
el alquiler del mundo donde nos dejas 
y el valor de aquel pan inacabable. 
Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros 
pequeños entonces, como tú verlas, 
no se lo podíamos haber arrebatado 
a nadie; cuando tú nos lo diste, ¿di, mamá-

(de: Trilce.)


El buen sentido

Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande.

Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar.

La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo y avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho a mi muerte. Que soy dos veces suyo: por el adiós y por el regreso. La cierro, al retornar. Por eso me dieran tanto sus ojos, justa de mí in fraganti de mí aconteciéndose por obras terminadas, por pactos consumados.

Mi madre está confesa de mí, nombrada de mí. ¿Cómo no da otro tanto a mis otros hermanos? A Víctor, por ejemplo, el mayor, que es tan viejo ya, que las gentes dicen: ¡Parece hermano menor de su madre! ¡Fuere porque yo he viajado mucho! ¡Fuere porque yo he vivido más!

Mi madre acuerda carta de principio colorante a mis relatos de regreso. Ante mi vida de regreso, recordando que viajé durante dos corazones por su vientre, se ruboriza y se queda mortalmente lívida, cuando digo, en el tratado del alma: Aquella noche fui dichoso. Pero, más se pone triste; más se pusiera triste.

- Hijo, ¡cómo estás viejo!

Y desfila por el color amarillo a llorar, porque me halla envejecido, en la hoja de espada, en la desembocadura de mi rostro. Llora de mi, se entristece de mí. ¿Qué falta hará mi mocedad, si siempre seré su hijo? ¿Por qué las madres se duclen de hallar envejecidos a sus hijos, si jamás la edad de ellos alcanzará a la de ella0 ¿Y por qué, si los hijos, cuanto más acaban, más de aproximan a los padre0 ¡Mi madre llora porque estoy viejo de mi tiempo y porque nuíica llegaré a envejecer del suyo!

Mi adiós partió de un punto de su ser, más externo que el punto de su ser al que retorno. Soy, a causa del excesivo plazo de mi vuelta, más el hombre ante mi madre que el hijo ante mi madre. Allí reside el candor que hoy nos alumbra con tres llamas. Le digo entonces hasta que me callo:

-Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama Paris. Un sitio muy grande y muy lejano y otra vez grande.

La mujer de mi padre, al oírme, almuerza y sus ojos mortales descienden suavemente por mis brazos.

(de: Poemas en Prosa.)

NOTAS

(1) Estos poemas han sido tomados de la edición: VALLEJO, César. Obra poética completa. Lima: Mosca Azul editores, 1983.
(2) Estas influencias han sido señaladas, con mayor o menor énfasis, por los críticos Escobar, Ferrari, Higgins, Ortega, Monguió, Schneider y Yurkievich (cfr. la bibliografía).
(3) En el poema "Lánguidamente su licor", de Poemas en prosa, leemos estos versos: " ... Fue una gallina vieja, maternalmente viuda de unos pollos que no llegaron a incubarse. Origen olvidado de ese instante, la gallina era viuda de sus hijos [.. 1 " (12 l).
(4) La cuarta estrofa del poema LXV de Trilce, dice: Así/ Bajo los dobles arcos de tu sangre, por donde hay que pasar tan de puntillas, que hasta mi padrel para ír por allí,/ humildóse hasta menos de la mitad del hombre/ hasta ser el primer pequeño que tuvíste" (169).
(5) "Una base o, al menos una referencia anecdótica como sustento" (la traducción es mía).
(6) "Realmente vemos a través de los ojos de un niño, o más exactamente, a través de los ojos de un poeta adulto que ha integrado en un mismo plano temporal una serie de tiempos y edades" (la traducción es mía).
(7) "Hemos visto que en este texto la boca es un símbolo del habla, del alimento y del afecto, y al mismo tiempo hemos sido testigos de su dramática incapacidad para cumplir con todas esas necesidades y funciones" (la traducción es mía).
(8) En la misma línea, al analizar Trilce XXIII, Aldo P Oliva encuentra "cuatro grupos de vocablos referidos a la relación madre productora ( ... )-hijo consumidor" (150).

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