3. COMERCIO Y COMERCIANTES
En los últimos cincuenta años del periodo colonial, la
ciudad de Piura se convirtió en el centro del comercio redistribuidor de una variedad de
productos que se trasladaban a Loja, Cuenca y Quito, por la ruta de la sierra; y hacia
Paita, Guayaquil, Riobamba, Quito, por la ruta marítima. Asimismo, Piura fue el centro de
donde se distribuían productos hacia la sierra, Ayabaca, Huancabamba, Jaén, Cajamarca,
ceja de selva, Chachapoyas, Moyobamba y, al sur, Trujillo, Lima, incluyendo lugares
intermedios. Como consecuencia de ello, se nucleó en Piura un sector de comerciantes que
activaron y se beneficiaron con el comercio internacional con el sur del actual Ecuador, e
interno con la sierra norte y Lima por el sur.
De la región norperuana, se exportaba hacia la Audiencia de Quito, algodón que crecía:
"como la maleza en los campos, venden mucho en rama para Loja, Cuenca y otros lugares
de la parte de Quito (Mercurio Peruano T. VIII: 208)"; los jabones elaborados en
tinas piuranas; también cordobanes que fueron muy apreciados y requeridos por las
poblaciones surquiteñas, incluso se vendía mulas que, salvo alguna exageración, fueron:
"las más finas y mejores del Perú"; de igual modo, Piura reexportaba ropa de
Castilla venida de Lima, algo de cascarilla y algunos productos como sombreros, chancaca,
así como también aguardiente de caña, elaborado en las haciendas de Ayabaca o
Huancabamba.
No obstante el importante movimiento comercial que tuvo como eje a la ciudad de Piura y
que debió haber redituado buenas ganancias, nuestra opinión es que los comerciantes no
superaron en ingresos a los hacendados estancieros piuranos, más aún, en esta zona el
comercio estuvo al servicio de la producción hacendaria y el hecho que algunos hacendados
vendieran su producción en forma directa, no significó que se convirtieran en
comerciantes y, mucho menos, en "mercaderes", denominación casi desconocida a
fines de la Colonia. No es nuestra intención minimizar el papel del comerciante piurano
en este periodo, más aún cuando de por medio, como hemos dicho, y son unánimes los
especialistas en el estudio de esta región, existió un considerable comercio interno y
de exportación hacia la región sur de la Audiencia de Quito. Aspiramos a situar al
comerciante lo más cercano a su realidad económica y social y para ello nos vamos a
apoyar en los documentos.
Hubieron familias piuranas o foráneos residentes en Piura, que la historiografía los
presenta como "mercaderes", terminología usada en Europa y que tiene ahí una
mayor connotación económica, pues se refiere a aquel que comercia en grande. En Piura la
mayoría de comerciantes ?tal como lo registran los documentos? fueron medianos y
pequeños intermediarios en la compra?venta de la producción que se originó en el norte
peruano y sur quiteño, con la particularidad de que buen número de transacciones fueron,
en la práctica, intercambios de productos; de igual manera, y ello no es una singularidad
en Piura, pues se verifica a nivel colonial-nacional, la mayoría de compra?ventas, se
hizo al "fiado", con largos plazos para su pago: 4, 6, 8, 12 meses. Por supuesto
que hubieron compra?ventas al contado, pero fue minoritario; también los comerciantes
adelantaron dinero para la compra de productos e, incluso, prestaron "en
metálico", pero fueron superados por los hacendados en los montos de préstamos en
la medida que éstos acumularon mayores excedentes de dinero. Esto no significa que
existieran respetables ?y forzando la figura- grandes comerciantes en Piura, tales como
Joaquín de Helguero, Santiago Távara, Gregorio Espinoza de los Monteros, Vicente María
Fernández de Otero, algunos incluso propietarios de barcos. Aunque es algo temerario
sostenerlo, consideramos que no hubo en la ciudad de Piura, a fines de la colonia, más de
treinta comerciantes con un giro entre 2,000 y 5,000 pesos, aunque sí hay un buen número
de pequeños comerciantes al menudeo: pulperos, cajoneros y otras denominaciones. Ahora
bien, a excepción de algunos "grandes comerciantes", que consiguieron concertar
buenos matrimonios, la mayoría logró enlaces al interior del sector mercantil. Así por
ejemplo, don Vicente María Fernández de Otero contrajo matrimonio con doña Josefa Ruiz
Martínez, hermana de Baltazar Ruiz Martínez comerciante; Miguel de Arméstar, fue esposo
de María Espinoza de los Monteros, hermana del comerciante Gregorio Espinoza de los
Monteros, y una sobrina de éste, Fernanda Guerra, casó con Juan Miguel de Larraondo. De
modo que no es tan cierta la tesis "foránea" de que los comerciantes se casaban
con las hijas de los hacendados y, a través de ellas, se insertaban en la élite
dominante. O también la tesis de que por el "empobrecimiento" de los
hacendados, éstos buscaron que sus hijas contrajeran matrimonio con los "ricos
comerciantes" para de esta manera reflotar sus alicaídas economías rurales. Estas
tesis no funcionaron en la región de Piura, pues ni los comerciantes fueron tan
"ricos y poderosos", ni los hacendados fueron "tan pobres y faltos de
poder". Con la tesis "foránea" no se encuentra explicación por qué
permaneció "solterón" don Gregorio Espinoza de los Monteros Flores, uno de los
pocos grandes comerciantes, ¿por qué algún hacendado disminuido no trató de casar a
una de sus hijas con don Gregorio? ¿Qué pasó? ¿eran mal vistos los comerciantes por la
élite piurana? Aunque don Gregorio Espinoza de los Monteros declaró ser
"soltero", dejó varios hijos "naturales" en dos mujeres. Don Baltazar
Ruiz Martínez es otro caso similar, ya que después de una larga vida en Piura residió
en Lima a principios del siglo XIX. Claro que hubieron excepciones: Joaquín de Helguero,
José Váscones, Pedro Martín Ramos, pero tiene que analizarse el contexto de sus
relaciones familiares y su actividad comercial para no caer en generalizaciones.
Lo determinante en Piura fue la actividad agropecuaria que estuvo identificada con el
intercambio, aunque prevaleciendo la producción sobre el comercio, concentrándose la
riqueza en la propiedad sobre haciendas, estancias y tinas, surgiendo de aquí el sector
social hegemónico en Piura a fines del periodo colonial. Por supuesto que el comercio
incrementó el ingreso de los productores, en especial cuando éstos vendieron en forma
directa buena parte de su producción al mercado local y externo, involucrándose en
actividades mercantiles, pero nunca dejaron de ser hombres identificados con el campo, y
así aparecen ante la sociedad piurana, porque ello les otorgaba poder económico y
prestigio social.
La importancia de la propiedad sobre la tierra se hace extensiva a los comerciantes y no
podía ser de otra forma, en la medida que la economía del Perú colonial fue
básicamente feudal y, en ella, la tierra y los hombres vienen a ser la verdadera riqueza,
pues en base a este binomio se adquiría poder económico, prestigio social y se
conseguía realizar una serie de transacciones económicas teniendo como base las
haciendas?estancias y tinas. Estos hechos llevaron a los comerciantes con mayores
ingresos, que lograron hacerse de algún capital, a que pugnaran por ingresar al círculo
privilegiado de los hacendados?estancieros, arrendando o, mejor aún, comprando chacras,
haciendas o estancias. Lo más seguro para todo aquel que quería realizar alguna
inversión en Piura y por extensión, en todo el Perú colonial, fue comprando tierras,
que fue precisamente lo que hicieron algunos comerciantes piuranos: Helguero, Seminario,
Fernández de Otero, Larraondo, Ramos Castillo, Váscones y otros.
Si la tierra da seguridad a su propietario, todo lo contrario sucedió con el mundo
comercial en el que vivieron los comerciantes, pues siempre estuvo preñado de una serie
de peligros que surgieron de las mismas condiciones del grado de desarrollo del comercio
colonial: ventas al fiado, la espera de un lapso considerable para recuperar su dinero (3
a 6 meses promedio); la posibilidad de que el deudor pague por partes o no pague porque
sencillamente se ha fugado del lugar; incremento de los costos por el pago de arrieraje y
dificultad de los caminos, etc. En fin, una serie de posibilidades, que se convierten en
realidades, afrontaron los comerciantes en su diario trabajo y que se refleja en los
testamentos: deudas por cobrar y poco dinero en efectivo. Esto no quiere decir que el
comercio no permitió la acumulación de dinero para algunos comerciantes; el comercio sí
posibilitó que los más hábiles comerciantes acumularan respetables cantidades de dinero
para la región y, si lograban dar el salto cualitativo adquiriendo tierras, consolidaban
su posición económica y social.
Pasemos a desarrollar documentalmente el comercio y, por ende, los comerciantes piuranos
en los últimos cincuenta años de vida colonial, empezando previamente por Panamá, para
proseguir con Madrid, Trujillo, Lima y la Audiencia de Quito.
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