3. COMERCIO Y COMERCIANTES

 

El desarrollo del comercio actuó siempre disolviendo las relaciones sociales existentes; los comerciantes no sólo fueron intermediarios de los excedentes que se producían en una determinada sociedad, ya sea a través del trueque o la compra de productos, sino que promovieron la producción, repartiendo insumos a los campesinos para que éstos, mediante su trabajo, elaboren telas o, también, adelantando dinero a los productores del campo. Esta descripción gruesa que se ha hecho está referida a lo que sucedió en la Europa occidental de los siglos XIII al XVI que le permitió transitar hacia el capitalismo mercantil. ¿El desarrollo natural interno de la sociedad europea fue similar al Perú colonial? ¿El modelo europeo puede ser aplicable al Perú colonial? ¿La realidad económico?social del Perú colonial tuvo correspondencia con el desarrollo económico europeo? Los documentos nos demuestran que en el Perú colonial los comerciantes generalmente no adelantaron dinero a los productores directos, ni siquiera a los pequeños comerciantes, pues la práctica mercantil fue proveerlos de productos al "fiado", con cargo a cobrar después que la mercancía hubiese satisfecho las necesidades del consumidor. Además, las condiciones de sujeción en que se encontró la familia campesina en la Colonia con relación a las autoridades políticas y eclesiásticas trabó las relaciones mercantiles en el campo, deviniendo ellos en comerciantes e ingresando incluso en pugna por monopolizar el comercio en sus localidades (Reyes 1983: 87). Bajo las condiciones descritas no es sostenible que los comerciantes hubieran promovido el "trabajo a domicilio" de la familia campesina en el Perú colonial, pues tendrían que haberse enfrentado a poderosos corregidores, doctrineros e incluso terratenientes, y ellos (los comerciantes) no tuvieron el poder suficiente para hacerlo. Los pocos comerciantes que se arriesgaron a internarse en el campo a "vender" sus productos no lo hicieron directamente a los campesinos sino a sus "representantes": corregidores, doctrineros o terratenientes, por ello es que la ganancia de los comerciantes no se realizó en la producción, es decir repartiendo insumos o promoviendo la producción adelantando dinero a los campesinos, sino en el ámbito de la circulación, en el comercio, en el intercambio, dejando a los productores libres de su influencia. Es difícil que, bajo dichas condiciones, los comerciantes llegasen a actuar como grandes disolventes de la sociedad en el Perú colonial. La familia campesina en la Costa y Sierra no necesitó del comercio para reproducir sus condiciones de existencia, les bastó el trabajo en sus parcelas o el pastoreo de sus pocos ganados; y más aún, a las Naciones selváticas les fue más que suficiente la caza y pesca. No hubo en el Perú colonial, a diferencia de Europa, un desarrollo interno de las actividades mercantiles, el comercio procedió de afuera, la misma política del Estado colonial fue crear necesidades en la familia campesina vía pago del tributo, las obvenciones parroquiales o el endeudamiento compulsivo para obligarlos a conseguir dinero vendiendo una parte de lo que producían o, en su defecto, trabajando a jornal. Esta alternativa fue bloqueada por la falta de dinero en el campo y, sobre todo, porque resultó más lucrativo para corregidores, doctrineros o terratenientes que los campesinos saldaran sus deudas pagando en "trabajo".

Estas condiciones generales de la producción y el comercio en el Perú colonial se ven más claramente en la región nororiental, debido a su relativo aislamiento, pésimos o inexistentes caminos, baja producción, pocas ciudades, lugar natural de residencia de los comerciantes, que limitaron las actividades mercantiles como lo hace saber Restrepo en base a informes contemporáneos de aquel entonces: "Chachapoyas estaba prácticamente aislado de las provincias de Lamas y Moyobamba cuyo único comercio era el algodón y algo de tabaco ?proveniente de esta última y de la de Luya y Chillaos para el abasto de Trujillo, Lima, Cuzco y la propia Cajamarca? y pescado con la provincia de Maynas a la que hacían uno o dos viajes por el río Cumbaza" (T. I: 125). Si bien es cierto que el algodón y el tabaco fueron los principales productos del comercio de esta región nororiental, también tuvo significativa importancia la producción de lonas en Moyobamba, que fue comercializada vía Chachapoyas a Trujillo y Lima por comerciantes fuertemente ligados al sector hacendario y que, en más de una vez, desempeñaron cargos administrativos (corregidores y subdelegados) deviniendo, en la práctica, en un solo sector social.

Los testamentos nos permiten demostrar documentalmente la simbiosis del comerciante?hacendado?corregidor como los más poderosos, aunque también existieron medianos y pequeños comerciantes que se mantuvieron en esa situación debido al monopolio de los que controlaron el comercio hacia los mercados de la Costa. La venta de lonas de Moyobamba fue un rubro en que difícilmente pudo ingresar el mediano comerciante, pues estuvo en manos de los comerciantes más representativos de Chachapoyas. En 1769 el capitán Tomás Rodríguez de Mendoza y Hernani (padre del Rector del Convictorio de San Carlos Toribio Rodríguez de Mendoza), hacendado y autoridad política, vendía lonas en Cajamarca, Trujillo y dejaba 40 cargas de lonas de Moyobamba en Lima avaluadas en 2,800 pesos89. Otro prominente comerciante, don Juan Zubiate Yépez, con intereses agrarios y Regidor Perpetuo del Cabildo de Chachapoyas, también comerciaba con lonas, pues en su testamento redactado en 1817 dejó entre sus bienes 7 lonas acriolladas de 200 pesos cada una y 2 rollos de lonas a 250 pesos; más aún, mencionaba haber entregado 1,500 pesos a su yerno José Fabián Rodríguez de Mendoza para que destinase 500 pesos a la compra de lonas y las remitiese a Lima a orden de su apoderado Patricio Matos.

La documentación demuestra que la familia Rodríguez de Mendoza y los Zubiate, se convirtieron en los más grandes comerciantes?hacendados a fines de la Colonia en Chachapoyas, concentrando los cargos más importantes político?religiosos y, de esa forma, estuvieron en mejores condiciones de comprar y vender; así como, adicionalmente, imponer un intercambio compulsivo en base a la autoridad institucional que ostentaron. Aunque hubieron otras personas con cargos importantes involucradas en actividades mercantiles, no pusieron en peligro el predominio de los Rodríguez de Mendoza. En 1762 el general Diego de Laya y Cordones, natural del Callao, Alguacil Mayor del Santo Oficio y residente en Chachapoyas, declaraba en su testamento no tener: "bienes sobresalientes", dedicándose al comercio con cera de Piura y tabaco de Luya. Asimismo, dejó constancia de haber recibido como dote de su esposa María Gómez Trigoso, 4,000 pesos en tabaco, lonas, alhajas y ropa. Don Diego de Laya y Cordones, antes de residir en Chachapoyas había sido militar en el Callao, desempeñándose en el Palacio de Gobierno de Lima y, no obstante el alto cargo militar así como eclesial, no tuvo inconveniente para dedicarse al comercio, aunque éste no le redituó grandes ingresos90. En cambio el "clan" de los Rodríguez de Mendoza, teniendo como pilares sus tierras y cargos políticos, diversificó sus actividades mercantiles logrando mayores ingresos, como se puede deducir del testamento hecho por Juan Jaramillo, en el que declara deberle a don Santiago Rodríguez de Mendoza Hernani, 5 mulas a 25 pesos cada una; de igual manera al general y corregidor de Moyobamba, don Tomás Rodríguez de Mendoza, 70 pesos por azúcar. Como puede apreciarse, los cargos político?militares y las actividades mercantiles, confluían o se complementaban sin mayor problema. Tenemos la convicción que el comercio, tanto de salida como de entrada en la región de Chachapoyas, estuvo monopolizado por un grupo de familias ?en especial Rodríguez de Mendoza y Zubiate? que intercambiaron todo tipo de mercadería debido a la poca producción de la región. Por ello, no puede llamar la atención que en 1768 la Comunidad de indios de Yuchumarca reconociese una deuda por 30 cargas de sal a don Domingo Rodríguez de Mendoza.

El medio más utilizado para transportar la producción de la región así como internar lo que se necesitaba, fueron las mulas. El problema estuvo en que aquellas escasearon a fines de siglo XVIII, y fueron los "shilicos" (Celendín), quienes estuvieron desplazando y monopolizando el transporte de tabacos de Moyobamba a Trujillo, como lo manifiesta el vicario de Chachapoyas don José de Urteaga: "Verdad es que si los caudales del Rey que vienen anualmente a esta Ciudad para convertirse y emplearse en compra de tabaco y transporte de ellos a la Villa de Cajamarca, quedaran en esta Ciudad y su Provincia no hay duda que fuera la más pingüe [...]. Pero como los conductores y portadores de este Ramo Real vienen de distinta Provincia, a saber del Asiento de Zelendín a conducir dichos tabacos con sus mulas, por defecto de éstas en esta Provincia, se llevan considerable porción por los fletes, y este dinero pasa a otra Provincia; a que se agrega que la mayor parte de beneficiadores y cosecheros residen y habitan en parajes retirados, como son el Valle de Cesuya y los Chillaos, y la plata que reciben [los productores] de los tabacos que venden al Rey, la pasan a Lambayeque o a Cajamarca para sus comercios o negociaciones, por defecto de estos en la Provincia, de que resulta que por carencia de mulas aquí y de comercio, vuelve a salir el dinero que viene y queda esta Ciudad y su Provincia sin giro y en suma pobreza y así no tienen aumento en comercio y población"91.

Ahora bien, los pobladores de Celendín no sólo estuvieron desplazando a los chachapoyanos en el traslado de tabacos con sus mulas a fines del siglo XVIII, sino que incluso tuvieron la exclusividad como balseros en el paso del río Marañón por el puerto de Balsas de Cajamarca hacia Chachapoyas y Moyobamba y viceversa. Esta ventaja y la precoz inclinación por el comercio de los "shilicos" cajamarquinos, les hizo ganar espacio en el comercio de esta parte nororiente como lo ratifica el párroco del pueblo de Olleros: "Fue propio de esta Doctrina de Ollero y común a toda la de Chachapoyas la del acarreo de tabacos, aún antes de estar sujeto al Real Ramo, hoy que la Provincia de Celendín por asiento trata de esta labor será la destrucción de toda esta Provincia"92. Los "shilicos" de fines del siglo XVIII, tuvieron a su favor poseer mulas, balsas y una relativa exclusividad para el transporte del preciado tabaco que se producía en la zona, porque también los de Moyobamba y Huallabamba transportaron tabacos en detrimento de los pueblos de Chachapoyas.

La producción y transporte de tabaco en la región nororiental, cuyo comercio se encontró monopolizado por el Estado colonial, tuvo una gran demanda en el medio rural y urbano, convirtiéndose en el dinamizador de la economía regional y redistribuidor de la riqueza producida, aunque, como se aprecia a fines de la Colonia, se encontraba distorsionado por la injerencia de los "shilicos" no permitiendo una acumulación y reinversión en la región. Para el Estado colonial, que tuvo el monopolio de la conversión en cigarros y venta de mazos de tabaco mediante el Estanco, le resultó clave que la producción no se detuviese y su transporte llegase con normalidad a Trujillo, lugar donde funcionaba un Estanco. Existió una permanente preocupación de las autoridades políticas, al igual que funcionarios coloniales en que se sembrase, cosechase y trasladase el tabaco a Trujillo en el menor tiempo posible y en las mejores condiciones de conservación. En 1776, se registraron problemas y desórdenes por los tabacos de Jaén de Bracamoros y Moyobamba, ordenándose desde Lima, que se realizara una diligente investigación, imponiendo una multa de 4,000 pesos a todo aquel que pusiera trabas al traslado de tabaco a Trujillo93.

La permanente preocupación que el Estado colonial le dispensó a la comercialización del tabaco de la región nororiental se refleja en las constantes instrucciones a los corregidores, subdelegados y alcaldes de indios para que dieran mantenimiento a los caminos, puentes y tambos, de modo que se facilitase y disminuyesen los costos en la circulación de tabacos y de los productos en general. La infraestructura vial, en condiciones buenas, fue materialmente imposible de mantener en la medida que no existió el número suficiente de población que se responsabilizase de su cuidado, además carecieron de la cantidad y calidad de herramientas necesarias; de otro lado, las lluvias torrenciales coadyuvaron para que los "caminos" siempre estuvieran en malas condiciones. En 1775, desde Lima el funcionario Ureta, comunicaba al corregidor de Chachapoyas los: "graves perjuicios en el transporte de los Tabacos de esa Provincia que se remiten a esta Capital por lo intransitable de los caminos y la falta de Tambos en las distancias proporcionadas [ordenando] expidáis las más activas y eficaces providencias sin pérdida de tiempo para limpiar los caminos y levantar los tambos poniéndolos corrientes para precaver de las lluvias."; de modo similar, don Alfonso Santa de Ortega, en comunicación al virrey, le exteriorizaba su preocupación por la falta de tambos, puertos, que no sólo ponían en peligro que se pierdan los tabacos, sino también las mulas que se detenían, pidiendo que se habilite en forma prioritaria los: "dos Puentes de Pipos y de Achupa ... "94.

Mantener caminos operativos en la región nororiental, a fines de la Colonia, fue un problema insoluble y siempre hubieron quejas tanto de los productores, como de los comerciantes y funcionarios colonialistas. Las lluvias torrenciales, los ríos e infinidad de riachuelos, la exuberante vegetación, el suelo pantanoso, todo se confabuló para que los caminos y puentes en gran parte del año, estuvieran literalmente intransitables, lo que encarecía la circulación de los productos. No obstante éstas y otras condiciones negativas, la producción no se detuvo, la circulación para satisfacer el consumo local, regional y nacional se mantuvo.

Tan importante como tener caminos, puentes y tambos, fue contar con el número suficiente de mulas para el transporte de lo que se producía en la región: tabaco, azúcar, lonas, cera, cascarilla, etc. El problema estuvo en que el precio de 35 pesos por mula era muy elevado para la región, en la medida que las diferentes variables que conformaban la riqueza de la región fue baja: tierras, salarios, productividad, costos en el comercio comparado con otras regiones, por lo que la capacidad de compra de los hacendados, comerciantes y productores chachapoyanos, en forma individual, estuvo limitada para acceder a un número significativo de mulas. Por ello puede explicarse por qué los pobladores de Celendín comenzaron a desplazar en el comercio del tabaco a los de Chachapoyas: estuvieron más cerca de los centros reproductores de mulas.

La falta de mulas se convirtió en Chachapoyas en un problema que no sólo trabó las relaciones comerciales en la región, sino que involucró a los sectores sociales más dinámicos (hacendados?comerciantes), que de una u otra manera, dependieron del comercio para la venta de su producción y compra de lo que necesitaban. Los cosecheros de tabaco y comerciantes chachapoyanos fueron los más interesados en que existiera fluidez en la circulación de la producción pero, frente a la descapitalización de la región por la fuga de dinero vía el comercio, la situación se convirtió en insostenible a fines del siglo XVIII apelando al Cabildo para que, institucionalmente, asumiera su defensa y revirtiera los precios bajos del tabaco y la carencia de mulas. En 1811 el Cabildo de Chachapoyas elevó al Rey una solicitud haciéndole saber: "los grandes males que sufría esta Provincia especialmente proveedora de los principales tabacos, que hacen efectivo el Estanco en todo este Reyno, por los abusos y errado manejo de dicho Ramo", designando como su apoderado a don Toribio Rodríguez de Mendoza, quien expuso ante el virrey: "la grande decadencia de la siembra de tabacos en esta Provincia, ya por las hostilidades que sufrían los pobres cosecheros como por el ridículo precio que se les obligaba a recibir en pago del tabaco que presentaban en estos Almacenes", aceptando el Estado pagar dos reales por mazo de tabaco. El problema no sólo radicaba en el precio del tabaco, sino también en la escasez de mulas, por lo que se estableció que de cada dos reales, se separase un cuartillo como fondo para comprar mulas, solucionando el problema como lo hace saber el Cabildo de Chachapoyas: "al presente [1818], se han introducido y repartido entre los interesados seiscientas setenta y dos mulas, las que son sobradamente bastantes para facilitar todo el giro del recojo de cargas en los Almacenes"95. Por estos años (1813), en Rioja habían 50 familias que cultivaban 30 chacras de tabaco y que se vieron beneficiadas con un mejor precio y mayor seguridad para el traslado de su producción a los centros de consumo, gracias al número de mulas que el Cabildo había logrado conseguir.

¿Cuál fue el costo del transporte de productos, o personas del nororiente a la costa a fines de la Colonia? Desconocemos cuánto se pagaba por cada mula que transportaba tabaco de Moyobamba a Trujillo, pero sabemos cuánto pagaba y en qué tiempo una persona se trasladaba de Rioja a Trujillo y viceversa. En julio de 1811 don Eusebio Mayora, cura en Trujillo raptó a una doncella y acompañado de dos mujeres y del indio Tomás Miñano, emprendió la fuga con destino a Rioja de donde era natural. Después de pasar como "alma que lleva el diablo" por los pueblos de San Miguel, Cajamarca, Balsas, Yambajalca, Soloco, Taulia, Olleros, etc., llegó a Rioja no obstante las órdenes del obispo de Trujillo José Carrión y Marfil para que se detuviera al cura Mayora. De todas formas, se inició juicio un penal y en 1813 se emitió sentencia para trasladar presa a la señora a Trujillo, estimándose el tiempo y los gastos por transporte así: "hay cinco días de camino, y por cada mula, piden seis pesos, y para su conducción se necesita cinco mulas, por tener que llevar el bastimento con que se ha de mantener, pues en el camino no se encuentra nada de comer", desagregando los gastos de esta manera: 35 pesos para la mujer, 40 pesos al arriero y 25 pesos por las mulas, es decir un total de 100 pesos para trasladar a una persona de Rioja a Trujillo. En 1815 el juicio prosiguió en apelación en Lima, y don Eusebio Mayora, tratando de "justificar" para no ser arrestado, presentó un certificado médico en el que se consignaba que sufría de algalia96 No obstante todas las pruebas actuadas, que demostraban el delito cometido por el sacerdote, el juicio siguió dilatándose, demostrándose que el poder y la impunidad iban de la mano en el Perú en lo que respecta a la aplicación de la justicia.

El juicio que se ha expuesto también nos permite localizar la presencia de varios comerciantes que actuaron de testigos. En Moyobamba estuvieron Francisco Gálvez y Pablo Montalván, y en Chachapoyas un influyente apellido: Juan Francisco Martínez de Pinillos.

Chachapoyas, por ser capital de la provincia, concentró los excedentes de la producción regional. Los otros centros urbanos como: Moyobamba, Luya, Rioja y algún otro pueblo donde pudo existir comercio, dependió y se endeudó con los comerciantes chachapoyanos. En 1817 vivía en Chachapoyas un comerciante natural de Cádiz, don José Moxica, acreedor de Pedro Vásquez, comerciante de Moyobamba por la suma de 229 pesos. El testamento de José Moxica revela poco caudal, declara que tuvo un capital de 1,000 pesos que: "los gasté en algunos juegos y vicios [dice] y lo poco que hemos poseído ha sido con el trabajo de dicha mi mujer"97 María Anivarro y Rimachi.

El comercio en esta región se encontraba trabado por las condiciones del medio ambiente, pocos pueblos, baja población, poca producción, distancias que permitían el contrabando por la proximidad de los dominios del Portugal, etc. No obstante estas condiciones negativas, los comerciantes se convirtieron en pioneros, abriendo vías que les permitió intercambiar el excedente de la producción de una región a otra. Tarapoto ya se vislumbraba como un centro dinamizador del comercio a fines del siglo XVIII, pues comerciaba con Parcoy al oeste y Huánuco al sur. Al preguntarnos, ¿cómo llegaron los comerciantes de Tarapoto a estas lejanas tierras?, ¿qué vías utilizaron?, ¿cuántos días invirtieron en ir y regresar a su lugar de origen?, admitimos que aún no lo sabemos, pero sí podemos afirmar que en 1792 fue denunciado un grupo de comerciantes por haber vendido rollos de tocuyo a Huánuco y Parcoy, negándose a mostrar la guía para no pagar alcabalas. En este "comercio clandestino", estuvo involucrado el alcalde de Tarapoto José Estrella y varios españoles siendo los montos que se negociaron, considerables, pues sólo por 5 rollos de tocuyo se pagó 312 pesos 4 reales por el 4% de alcabala, lo que significó una transacción comercial de aproximadamente 8,000 pesos".

El intercambio de productos convirtió a los comerciantes en portadores de los cambios, pues llevaban consigo las ideas y el comportamiento de una persona citadina, deviniendo en la práctica en un elemento disociador que puso en peligro el orden establecido en la región, en especial en la selva, como pasamos a exponer.

En la selva amazónica fueron los misioneros quienes institucionalmente, no sólo monopolizaron el conocimiento occidental, sino también trataron de hacerlo con el comercio, en especial los clérigos seculares que reemplazaron a los jesuitas (1768?1790): "el reducido número de clérigos obligaba al Obispo a adelantar las órdenes sagradas confiriéndoles a individuos sin vocación, ni espíritu, ni ciencia, solamente movidos por un fin de acaparamiento de dinero y prelacía" (Quecedo 1942: 64). 
En pugna constante con el poder político representado por el gobernador y sus tenientes, los padres misioneros lograron imponerse en base a su permanencia, labor evangelizadora e introductores de las nuevas tecnologías en las naciones selváticas. Los misioneros tuvieron el objetivo de evangelizar a las naciones selváticas pero, en su afán de equilibrar sus magros salarios que alcanzaban a un promedio de 200 pesos anuales, rebasaron el marco institucional y controlaron todo el proceso de producción, comercialización y distribución en las jurisdicciones bajo su responsabilidad. Este hecho, profundamente económico, se vio facilitado por la jerarquización vertical social, el aislamiento y dispersión de los pocos pueblos, posibilitando un mejor control y uso del trabajo de la familia selvática en beneficio de los misioneros.

No obstante el férreo control de los misioneros en la región selvática, los comerciantes siempre pugnaron por ingresar para intercambiar productos. En 1775 salieron de Chachapoyas dos comerciantes españoles: don Manuel Echevarría, natural de Guipúzcoa, y don Pedro Irigoyen, de Navarra. Llevaron una cantidad no determinada de "rollos de lienzo" con destino a la confluencia de los ríos Huallaga y Ucayali para truequearlos con las Naciones de esa zona. De Moyobamba, surcaron el río Paranapura y finalmente arribaron al pueblo La Laguna donde comenzaron sus tribulaciones, pues el misionero Vicente Jiménez prácticamente los secuestró, explicándoles que: "no se podía tratar ni contratar con los indios, porque nunca se había acostumbrado el que los españoles lo hiciesen [pues los indios eran] unos pobres que no tenían nada, y que los Misioneros en sus Pueblos les abastecían con lo que habían menester". El acoso del misionero llegó a tal extremo, que don Manuel Echevarría salió hasta en seis oportunidades a tratar de contactarse con los indios, pero el misionero lo siguió: "con una Cruz y un Santo Cristo al pecho, y le requería, que se volviese a su casa". Algo similar declaró don Pedro Irigoyen cuando al llamarle la atención al misionero que: "le extrañaba la prohibición de comerciar con los Indios por ser contra la libertad de gentes, le respondió dicho Misionero que así estaba mandado porque del trato con españoles se harían Indios filaticos y perderían el respeto a cada paso a los Misioneros". Fue tanto el control que tuvo el misionero sobre los dos comerciantes venidos de Chachapoyas a La Laguna, que no les permitió ir a la cocina que estaba a un paso a encender sus pipas. Ambos comerciantes tuvieron que abandonar la Laguna y trasladarse a Quijos con gran pérdida en sus negocios.


La explicación del comportamiento de los misioneros la ubicamos en el monopolio de todo el proceso de producción de productos intercambiables de la región. ¿Cómo se producía en esta zona? Muy sencillo. Fueron las naciones Panos, Cocamas, Cocamillas y Chamicuros que develaron el comportamiento de los misioneros al declarar que éstos les: "hacían recoger barbasco a los Indios, dando por cada manojo una abuja", y después de juntar todo el barbasco, lo volvían a repartir a los mismos indios para que lo arrojen a los ríos, lagunas, quebradas para obtener, de ese modo, una buena cantidad de pescado; seguidamente, los indios evisceraban, salaban y ponían a secar el pescado al sol, para finalmente trasladarlo durante cinco días cruzando: "una montaña fragosa en que se cargaban a espaldas de los indios las cargas", lo depositaban a orillas de los ríos y de aquí con "indios bogas", en canoas llegaban a Moyobamba con "el Peje salado".

El control que ejercieron los misioneros sobre las Naciones selváticas les permitió conseguir "el peje salado" y otros productos sin ninguna inversión, incluso podemos afirmar que los costos para producir en estas condiciones equivalían a "cero". Los misioneros pagaron en productos el trabajo de las naciones selváticas, obteniendo también ganancias, como lo afirma el capitán de la nación de los Panos don Martín Nonda: " [el tabaco] por ser la moneda más corriente en los Pueblos de esta Provincia, lo vendían haciendo de cada mazo cuatro partes y que cada parte valía un pollo o un racimo de plátanos, o un cesto de yucas, y que una gallina grande valía medio mazo [...] y que nunca ha visto dar nada de balde a los Indios".

Para facilitar el comercio con los centros de consumo, los misioneros tuvieron representantes en Moyobamba y Chachapoyas para vender el "peje salado" producido con "cero costos", retornando con azúcar, tabaco y telas. Parte fue consumida en las Misiones y el resto enviado a otros lugares, tras larga travesía de 30 días surcando los ríos Ucayali, Amazonas, Napo, con "indios bogas", remeros, para después cruzar los Andes con indios que cargaban el azúcar y tabaco en sus espaldas hasta Quito y de aquí, en las mismas condiciones de transporte, traían cuchillos, machetes que en opinión del curaca Martín Nonda: "son de tan mala calidad [que] se rompen al primer golpe, por cuyo motivo se hallan toda la vida sin herramientas y endeudados para conseguir otras". Los productos que traen los misioneros de Quito son truequeados con los nativos con estas equivalencias:

El transporte de los productos se hizo en las espaldas de los nativos, por trochas literalmente intransitables para llegar a ríos donde se utilizaron "indios bogas", como lo hace saber don Felipe Cunayapa, capitán de la nación Cocamillas: "cinco Canoas, la una de nueve Bogas que salió ahora un mes a Moyobamba, mandada por el D. D. Vicente Jiménez [quien impidió el comercio a Echevarría e Irigoyen] Misionero de este Pueblo y las cuatro el primero de este mes, con gente de los tres Partidos de este Pueblo, y algunos de Chamicuros cargados de ochocientos pejes salados y otros efectos [...]". De modo similar declaraba el curaca del pueblo de Nuestra Señora de las Nieves de Yurimaguas, don Juan Emijaro, y don Manuel Quiquina, capitán del pueblo de San Antonio de Muniches, sobre el número de canoas cargadas de "Pejes salados" con destino a Moyobamba. La circulación de la producción en la región selvática a los centros de consumo tuvo dos características: en las "espaldas de los nativos" y en canoas o balsas con nativos remeros "indios bogas".

En la instructiva que se llevó a cabo por el teniente gobernador, para controlar los excesos de los misioneros en el uso de los nativos y su liberalidad de transitar en canoas por los ríos sin previa autorización de la autoridad militar, se desliza también la presencia de un misterioso comerciante venido desde Lima con intenciones nada claras, como lo asevera Felipe Cunayapa: "un hombre europeo, Don Juan de Larrea, que vino de las Provincias de Lima a este Pueblo [La Laguna], del que ha oído decir trajo bastante plata así labrada como sellada, y que receloso de que supiese el Señor Gobernador el interés que traía de pasar a los Dominios del Portugal, tuvo a bien el regresar de este Pueblo, sin que de nada de esto hasta hoy tenga noticia el expresado Señor Gobernador". ¿Quién fue este comerciante europeo Larrea? ¿Por qué tuvo tanto dinero? ¿Cómo llegó a esta región burlando tantos controles? ¿Por qué los misioneros franciscanos lo protegieron y facilitaron el traslado en las canoas que controlaban? ¿Por qué a Larrea los misioneros le permitieron ingresar a comerciar, no dando similar trato a Echevarría e Irigoyen? Tales interrogantes en el juicio sumario no tuvieron respuesta pues, así como apareció, igualmente desapareció del escenario selvático don Juan de Larrea. Veamos la descripción que hace Martín Nonda del personaje en mención: "y que dicho sujeto demostraba, según su decencia y muebles que traía, ser hombre acomodado y que pretendía algún negocio oculto lo que no pudo comprender el declarante".

El control del comercio que tuvieron los misioneros en la región selvática fue posible, en gran medida, no sólo debido al apoyo institucional que tuvieron de parte del Estado, sino también porque las naciones Maynas estuvieron organizadas, dependieron de sus curacas o capitanes y fue a través de ellos, que lograron el número suficiente de nativos para comerciar con Moyobamba, Chachapoyas, Lamas, Quito. Tanto los curacas como los pueblos selváticos, tuvieron la idea que no se podía cuestionar a los misioneros, por ello, cuando éstos solicitaban productos u hombres para algún trabajo, ¿cómo negárselos? El poder omnímodo del misionero, frente al disminuido curaca e inerme selvático, permitió que aquél se beneficiara con esta situación. Existió una clara relación de desigualdad que devino en natural, y ninguna de las partes involucradas ?misioneros o nativos tomaron medidas para cambiar esta situación, más aún cuando la administración de justicia casi fue inexistente, pues no hubieron abogados defensores, escribanos, papel sellado y las normas que se aplicaron, por parte de curacas o mandones, fue el derecho consuetudinario, porque las faltas que cometieron los nativos fueron generalmente leves: robos, borracheras que derivaban en grescas. Cuando se producía algún delito grave era el gobernador o su teniente, quien abría la instructiva, sentenciaba al reo y lo enviaba a algún pueblo que tuviera cárcel.

Es interesante también anotar la simpleza en la producción de bienes que adquirían valor en las ciudades, no aparece por ninguna parte su monetización, es decir su conversión en dinero, porque los misioneros al conducir el "peje salado" a Chachapoyas o Moyobamba, obtuvieron de estos lugares azúcar, tabaco, telas, que trasladaron a sus Misiones para, de ahí, enviar parte a Quito, mediando en todo el proceso de intercambio, la utilización de las naciones Panos, Cocamas, Cocamillas y Chamicuros a quienes le "pagan en productos" por su trabajo: azúcar, tabaco de Chachapoyas y Moyobamba; y hachas, machetes, cuchillos de Quito. Pero, ¿qué tipo de comercio es éste donde por ninguna parte aparece el dinero? Por lo menos no hay dinero en la relación misionero?comerciante y nativo-productor. Incluso en estos "pagos en productos" valorados unilateralmente por los misioneros a altos precios ?lo que es una práctica cotidiana adoptada en la Colonia por corregidores, subdelegados y doctrineros dedicados al comercio?, los nativos terminan endeudados, y se ven precisados a saldar sus deudas no en dinero, porque no lo tienen, sino "con su trabajo", completándose de esta manera, el circuito de la producción y circulación en las Misiones selváticas. No puede descartarse que en alguna parte de este gran circuito mercantil, que abarca Chachapoyas, Moyobamba, La Laguna y Quito, involucrando a cientos de nativos, decenas de misioneros y algunos comerciantes, debe pagarse algo en dinero. Aunque preciso es decirlo, la economía natural familiar de las Naciones selváticas, no necesitó de la "moneda circulante", porque no le servía en su discurrir cotidiano, optando por aceptar azúcar, tabaco o herramientas, con que les "pagaban" los misioneros, quejándose a lo sumo, que dichos bienes fueran de mala calidad y "subidos precios".

Tanto lo que se producía en las Misiones, como lo que venía de afuera, necesitó de los ríos ?caminos naturales? para su circulación, de modo que no sólo fue importante para los misioneros disponer de "los indios bogas", sino también tener "libertad" de transitar por los ríos selváticos. En el aspecto anotado, es donde los misioneros llegaron a tener problemas con las autoridades político?militares que tuvieron la responsabilidad de cuidar los territorios frente a las incursiones de los portugueses del Brasil. A fines del siglo XVIII, nadie podía navegar por los ríos de la selva sin previa autorización del gobernador o del teniente gobernador. Este control no sólo trabó la labor evangelizadora de los misioneros, sino también sus actividades comerciales al tener que comunicar o solicitar permiso a la autoridad política. Sin embargo, los padres misioneros desafiaron y se impusieron en más de una oportunidad a las autoridades políticas de la región navegando por los ríos sin su autorización. En este enfrentamiento misionero?gobernador, por la libertad y control sobre la navegación de los ríos, los nativos fueron presionados por uno y otro poder (espiritual y temporal). El misionero presionaba a los curacas, mandones o capitanes de las naciones nativas a efecto de que le diesen "indios bogas" y canoas para su trabajo evangelizador o comercial, mientras que el gobernador responsabilizaba a las autoridades nativas, para que nadie navegase por los ríos sin su conocimiento o autorización. En este conflicto de intereses y ejercicio de poder, los misioneros estuvieron en mejores condiciones para imponerse en la medida de su relación directa con las naciones nativas, logrando burlar a las autoridades políticas y exigiendo la provisión de "indios bogas" y canoas a los jefes nativos, apenas con una débil oposición de éstos como lo hace saber al gobernador don Matías Pacaya, capitán del Partido de los Cocamas: "que él no se hallaba culpado, pues de su parte, con palabras atentas le había suplicado al Misionero y al Señor Vicario, no le estorbase su jurisdicción, pues de hacerlo, no podría darle cumplimiento a las órdenes del Señor Gobernador, y que se enfadaron [los Misioneros], y no le hicieron caso alguno"99.

Las razones del vicario de los misioneros para justificar su accionar fueron diferentes. Entre otras razones, dijo que las ordenanzas expedidas por el gobernador atentaban al derecho que venían ejerciendo desde sus antecesores que no necesitaron licencia para enviar a los indios a Moyobamba, Lamas o Jaén que: "son los únicos lugares que sufragan los efectos de azúcar y tabaco sumamente necesarios en estas partes para subsistencia de los Misioneros y para bien y provecho de estos miserables Indios", además, explicaba el vicario Francisco López de Aguilar, que si solicitaban permiso para navegar: "se les duplica a los Indios el trabajo, porque mediando de varios Pueblos muchos días de camino a aquel donde hace su residencia el Señor Gobernador en ida y vuelta, han de consumir forzosamente el mismo tiempo que gastarán en ida y vuelta de Moyobamba o de Lamas"100.

Más al norte, por el cauce del río Marañón y el Amazonas, las condiciones del control de la poca producción de las naciones Maynas, así como del comercio, fueron más estrictas por parte de los misioneros como se describe con amplitud en el informe que venimos citando: "Concurren también los días de Doctrina mayor, todas las mujeres que tienen chacras, con dos plátanos o yucas en calidad de primicia, poniendo en la puerta de la Iglesia esta ofrenda; y cuando faltan estos frutos, o raíces para comer el Misionero, van dos fiscales a pedir de casa en casa para proveerle sin [que] le cueste una abuja. También les hacen Rosas de arroz, caña dulce o plátanos, y demás raíces con el nombre de chacracas de Misión, uso introducido desde los primeros operarios, de lo que les resulta bastante utilidad, porque los más hacen de sus frutos grangerías auxiliados no sólo del número excesivo de Indios que nombran de Mitayos, Semaneros, Sacristanes y fiscales de Doctrina, sino del servicio personal de todos los del Pueblo, que además de conducirlos sin costo alguno de unos a otros Pueblos, le traen la Sal de las minas que hay en la Misión; les hacen la manteca de las charapas, les salan pescado, y los emplean en fuerza del dominio que ejercen en ellos, por un abuso mal introducido, en cuantas diligencias quieren ocuparlos de su peculiar lucro, extrayendo otros frutos por los bosques, satisfaciéndoles (los que son más timoratos) el pago por Arancel en efectos, de aquellos viajes únicamente a que los envían fuera de las Misiones con carga de cacao, cera, zarza, gomas y aceite de copauba, trayendo en retorno, lienzos, tabaco, azúcar y carne salada"".

Por supuesto que no sólo los misioneros se beneficiaron con el servicio personal y la pequeña producción de la familia selvática, sino también el gobernador y sus lugartenientes, que repartieron espejos, agujas, anzuelos y que los selváticos para pagarlos: "extraen de los bosques, cera, cacao, aceite de copauba, sangre de drago [sic], zarzaparrilla, vainilla y varias gomas y resinas apreciadas en las Boticas, que venden a algunos pocos blancos tratantes. Pocas veces logran estos infelices lo que les hace falta en premio de su servicio personal, siempre suelen lograrlo a costa de pagarlo en permuta de efectos por subido precio"102.

Por otro lado, la selva tuvo a su favor algunas ventajas comparativas con relación a Chachapoyas (azúcar), Moyobamba (lonas), en la medida que los productos que se comercializaron tenían poco volumen: cera, bálsamos, venenos, sangre de drago, vainilla, etc., que fueron muy apreciados en Chachapoyas, Moyobamba, Jaén o Quito, e incluso en los dominios de Portugal, donde sólo por contrabando pudo realizarse algún comercio. Y como los costos para obtener estos productos equivalen a cero, los precios en Maynas eran bajos con relación a los centros de consumo.
Resulta evidente, pues, que reportaba mayores ganancias comerciar los productos selváticos con los dominios de España que con Brasil, salvo que algunos comerciantes se arriesgaran a traer, de retorno, mercadería de contrabando que estaba penado. Los ríos Napo, Pastaza, Huallaga, Ucayali, Amazonas, Marañón, facilitaron y redujeron los costos de transporte de las mercaderías en tránsito a Quito, Jaén, Chachapoyas, Lamas o Moyobamba. Sin embargo, no existió un comercio difundido entre las naciones selváticas, en la medida que la forma de producción estuvo basada en la cooperación simple, familiar, para satisfacer sus necesidades básicas que fueron frugales y, por tanto, no tuvieron necesidad de acrecentar sus ingresos vía el comercio. La extracción de gomas, resinas, bálsamos, aceite, cera, vainilla, careció del incentivo interno para lograr un aumento constante, y sólo debido a la presión externa de misioneros y gobernadores, fue que la familia nativa se internó en los bosques para satisfacer esas demandas. Los intentos por parte del poder político y espiritual para mercantilizar la producción, casi natural, de las naciones selváticas fracasaron.

 

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89. ADA. Expediente 1769. Testamento y Codicilo de Tomás Rodríguez de Mendoza y
Hernani. Chachapoyas, 1?10?1769, fs. 99.
90. ADA. Expediente 1757-1762, fs.142 y ss.
91. ADA. Expediente 1794, fs. 3, 3 v. Chachapoyas, julio 24 de 1794.
92. ADA., ¡bid., fs. 9 v. 93. ADA. 1776, fs. 112.
94. ADA. Expediente 1776.
96. AAL. Causas Civiles, legajo 227, fs. 57 y 80.
97. ADA. 1817, fs. 131 y ss.
98. ADA. Expediente 1792. Chachapoyas, 14 de diciembre de 1792.
99. ALRE. LEB?3?31. Caja 88 1775, fs. 6 v.?7. Declaración de Matías Pacaya, Capitán de los Cocamas.
100. ALRE. ibid., fs. 1 v.
101. ALRE.LEA-16-88-A. Caja 16, fs. 4v.
102. ALRE. Ibid., fs.8.

 

 

 

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