II.- LADERAS PERIÓDISTICAS DE CÉSAR VALLEJO

 

El campo periodístico de Vallejo no tuvo límites. Todos los temas humanos –ya lo hemos manifestado– fueron foco de su interés: ésa es una de sus condiciones paradigmáticas. Nada de lo humano le fue extraño, con lo que causa verdadero asombro para los hoy llamados intelectuales –escritores, artistas– que si bien es cierto pueden incursionar (y de hecho incursionan) en el diarismo o en la colaboración con hebdomadarios (1), es muy poco probable que se despachen con artículos como algunos de los de nuestro poeta, donde se enfocan áridas crisis económicas, o se discuten temas sobre el armamentismo, con un puntual manejo de cifras y datos que nos llevan a lo que, ahora mismo, se llama periodismo de "investigación". Pero con una cardinal diferencia: los artículos que hogaño provienen de las denominadas "unidades de investigación" de diarios y revistas, son producto de bases de datos y de enjundiosos archivos que, por cierto, denuncian un trabajo colectivo, y no el solitario, pero no por ello menos documentado, de algunos de los artículos publicados por César Vallejo hace ya bastante más de medio siglo.

Por razones obvias, el mayor número de colaboraciones periodísticas de nuestro poeta corresponde a los problemas literarios: en esta vertiente no se trata sólo de la mera reseña de la obra nueva, sino de, principalmente, la señalización de los rumbos distintos que el arte literario iba tomando y, particularmente, la sobria, aunque a veces justificadamente acerba, crítica a los "contrabandos" que, con el nombre de "nueva literatura", encubrían viejas posiciones regresivas, actitudes más o menos resobadas y, concretamente, nada originales. Es interesante, en especial, el sentido que Vallejo tiene de representar a una nueva generación literaria, con sus responsabilidades y deberes, que él no sólo planteará, sino que asumirá con su vida y su obra, de modo consecuente, de modo arquetípico.

Son de destacar –y sólo citaremos algunas para no hacer interminable la lista– artículos como: "La última generación" (p. 18)( *), "Contra el secreto profesional" (p. 204), "Autopsia del superrealismo" (p.399) y "Duelo entre dos literaturas" (p. 433).

En el campo de la crítica de arte, igualmente se registran numerosísimas colaboraciones. Por grupo citaremos, verbi gratia, en Teatro: "Una importante encuesta parisién" (p. 249), "El año teatral en Europa" (p. 302) y "Últimas novedades teatrales de París" (p. 419). Anotaremos que Vallejo fue un acucioso comentarista teatral, un enjundioso crítico, permanentemente preocupado por la renovación del arte escénico. No olvidemos, además, que en esto se halla, como substrato, su propia condición de autor dramático que ve y comenta aquello que puede servirle para su misma creación.

Asombra, igualmente, cómo maneja el poeta puntos de vista y perspectivas que lo sitúan como un preciso crítico de artes plásticas, especialmente de la Pintura, donde relevamos pequeñas joyas como "Los maestros del cubismo". "El Pitágoras de la pintura" (p. 297), verdadera exégesis de la valía de Juan Gris, y admonitorias líneas sobre lo que será la verdadera grandeza de este singular maestro.

La Escultura será otro de los campos donde Vallejo se mueve a las mil maravillas. Sólo tocaremos "Tendencias de la escultura moderna. El escultor Fioravanti" (pp. 437–440), donde, luego de efectuar válidas disquisiciones sobre la esencia de la pintura y escultura, emite juicios estéticos que revelan una madurez crítica excepcional. Pero mejor leamos al poeta–periodista:

"Me parece que la naturaleza del arte escultórico exige del escultor un sentido de la plástica más inocente que el requerido del pintor por el lienzo."

Luego, se pasea por lo que llama las crisis de la civilización actual, cuyas "postrimerías refinadas" denomina archiintelectuales y, por ello, negadas a un mayor desarrollo de la escultura. Igualmente, en una suerte de travelling discurre acerca de las obras de Bourdelle, Rude, Carpeaux, Archipenko y Scharf, para arribar al trabajo del joven escultor argentino Fioravanti. El poeta penetra en el sentido de su obra, que va allende la "concepción monumental naturalista de nuestros municipios burgueses", para lograr "a fuerza de pureza lineal y de mucha disciplina en el reparto y equilibrio de las masas" "remozar y hasta regenerar" motivos escultóricos que, de otro modo, hubieran resultado manidos. En fin, una muestra más de pleno dominio de aquello sobre lo que escribe, en una revista o diario, para convertir, de este modo, a ambos, en sendas aulas abiertas destinadas a esos miles de lectores–educandos que accedían, por el contacto con estas páginas, a las lecciones de estética popular del poeta–periodista.

La Música es otro de los campos preferidos por Vallejo para sus artículos y crónicas. ¿Dónde –cabría preguntarse– aprendió tanto nuestro poeta sobre este difícil y exquisito arte? Si tenemos en cuenta la magra educación estética del medio del que provenía, tenemos que convenir en que todo (o casi todo) fue autodidactismo. Además de documentadas y sutiles, estas notas de arte musical revelan un profundo dominio de aspectos que no es fácil conocer sin una larga y avezada frecuentación de salas de concierto. Citaremos estos ejemplos: "El más grande músico de Francia" (p. 120), "La revolución en la Ópera de París" (p. 202) y "Falla y la música de escena" (p. 277). Detengámonos un poco en este último. Trata sobre el drama lírico y su agonía, y la presencia escénica, en el sentido moderno. Pero lo que asombra es que, para comentar la obra del autor de "El retablo de maese Pérez", Vallejo nos lleva de la mano por terrenos de las artes plásticas, la música de su tiempo (Honegger, Satie, Stravinsky, Schönberg), el teatro (Shakespeare, Ibsen, Shaw), el mundo de la danza (Diaghilev, Nikitina, Nijinsky), con lo que nos demuestra su formación integral, que no sólo despierta admiración cognoscitiva, sino que nunca deja de darnos muestra de lo que es su estilo( **). Leámoslo:

"Falla –no visto sino oído como deben serlo todos los músicos– produce una evidente impresión de grandeza, Arte primitivo, terráqueo, bárbaro. Tiene frialdad de piedra y monotonías de salvaje, toda una tarde, un palo con otro palo. Tiene cosas negras, como Satie, como Stravinsky; Schönberg maneja también sus cocos de Darwin, sólo que en él se transforman en los botones del ‘Pierrot Lunar’"( ***) (p. 277)

Ya de alguna manera está insinuado el interés vallejiano por la danza. Quizá uno de sus artículos más significativos sea el que dedica a "Los funerales de Isadora Duncan" (p. 244) que nosotros citamos más adelante como una muestra excepcional del estilo de prosa poética de nuestro creador periodístico.

El Cine es uno de los puntos de mayor preocupación del autor de Trilce, en sus periplos de reportero de la información de actualidad (léase también periodismo). Vallejo es, sin duda, un cinéfilo. Falta todavía un estudio sobre lo cinematográfico de ciertas imágenes, especialmente de la época de Poemas Humanos y, por cierto, de España,aparta de mí este cáliz.

Son muy numerosos los textos en los que hay, como meollo, la crítica cinematográfica o la referencia a la cinética o a la cinemática. Uno de los genios en su época (la de Vallejo, que aunque paradójicamente, también se convierte en la nuestra porque el poeta sabe proyectar su pluma hasta el hoy); uno de los genios indudables, decíamos, es Chaplin. A él le dedica su breve aunque enjundioso texto "La pasión de Charles Chaplin" (p. 265); así como también son claves su "Contribución al estudio del cinema" (p. 251) y el "Ensayo de una rítmica en tres pantallas" (p. 279).

Otra ladera –esta sí sorprendente– en el periodista Vallejo, es la del cronista policial. No se crea, sin embargo, que es una incursión del poeta por los albañales de la crónica llamada –entre nosotros– "roja". Nada de eso. El tema policial le sirve al escritor para develar algunas de las miserias de la sociedad en la que le ha tocado vivir, y aun para desmitificar, con buido análisis, el papel que este tipo de periodismo cumple como "cortina de humo" ante la crisis de los países.

Al respecto, son ejemplares los siguientes artículos: "Gaston Guyot, el nuevo Landrú" (pp. 148–149), también tocado como personaje en "Un extraño proceso criminal" (p. 220). Aquí –en el primer texto– Vallejo desmitifica el sórdido papel que cumple el periodismo amarillo. El autor va más allá de la noticia (****) y se adentra en los móviles para "levantar" (por el Gobierno) la crónica roja. Pero leamos:

"Aun los criminales pueden ser útiles al Gobierno, en ciertos momentos. Clement Vautel manifiesta estar enterado del interés que pone, asimismo, el señor Poincaré en que el caso del asesinato de Mlle. Madelaine Beulagette, por manos de su amante Guyot, continúe acaparando la atención del país entero, a fin de que la gente siga muriéndose de hambre, sin sentirlo, o al menos siga comiendo carne cruda de caballos apestados, sin darse cuenta de ello. El crimen de Guyot está, pues, convirtiéndose, por interés del Gobierno, en crimen de gran envergadura…

"Pero no hay que olvidar, por lo demás, que los momentos difíciles por los que actualmente atraviesa Francia, facultan al Gobierno a echar mano de todos los medios –frívolos como el de las modas y de los crímenes, o de peso como el de las contribuciones– para restablecer el bienestar nacional." (pp. 148–149)

En "Hacia la dictadura socialista" (pp. 262–263), a pesar del título, se halla una crónica, con ribetes de escenografía de cine expresionista, acerca de crímenes violentos, cometidos a 14 y 15 grados bajo cero. Vallejo los llama "dramas de la miseria". La mise en scène es impresionante: hay un travelling que nos conduce a los asilos de los pobres que claman por hambre de pan, de un pan que sea dado de "hombre a hombre", no el "pan anónimo e irresponsable de una mano colectiva". Como telón de fondo:

"Las oficinas meteorológicas anuncian un invierno desastroso... Pasan los perros en automóvil. Los hombres hacen cola en torno de los urinarios públicos. Algunos de ellos orinan dos veces... Se siente, en verdad, mucho frío." (pp. 262–263)

Como puede apreciarse, no se trata sólo del cuadro expresionista de la miseria, sino del violento contraste entre aquél y la presencia de las mascotas sacadas a pasear en los coches –seguramente con calefacción– mientras seres humanos se arraciman en los mingitorios, ateridos. Y esto nos lleva a adelantar otra cita en la que Vallejo desmitifica el "amor a los animales".

En un texto titulado "Los animales en la sociedad moderna", al comentar el libro del Paul Eluard Los animales y sus hombres, habla de este tema en cierta sociedad que se precia de civilizada y muy moderna, para concluir con un aserto muy característico de su estilo desmitificador que hemos llamado –lo repetimos– su más allá de la noticia (o del comentario).

"... se ha podido observar que las gentes que son rencorosas para las otras gentes son las más inclinadas al amor a los animales. No es posible imaginar una verdadera matrona que, después de reprender y arrojar justa o injustamente de su casa a un criado, no penetre a sus salones y se deshaga en caricias y ternura con su perro favorito." (p. 384)

En otra ocasión –pero esto lo comentaremos más adelante en forma detallada– una crónica, como la titulada "Un atentado contra el Regente Horty", en la que en efecto hay un delincuente, encubre, en realidad, una suerte de cuento borgiano avant la lettre (pp. 319–320).

Uno de los ángulos que indudablemente llamará más la atención al que no tiene familiaridad con esta sección de la obra vallejiana, es su capacidad para desenvolverse en el campo del Periodismo Económico.

Al respecto, son importantes, pero no únicas, las páginas consignadas en "las crisis financieras de la época" (pp. 332–333), "Alrededor del Banco de la Reparaciones" (p. 408), "Las grandes crisis económicas del día. El caso teórico y práctico de Francia" (p. 423). Cabe anotar que con la formación científico–social del poeta –especialmente desde su adhesión al marxismo–, la trascendencia del hecho económico para la interpretación de la urdimbre de su época, resultaba cardinal.

Por ello, el campo del Periodismo Político es uno de los más proficuos en su vasta obra de reportero del inquietante mundo que le tocó vivir. Hay una simbiosis entre el testigo que penetra, con su escalpelo, en las entrañas de su tiempo, y el hombre que ha bebido, con fruición y disciplina, en las vertientes científicas del materialismo dialéctico.

Entre los muchos textos políticos, destacamos: "El movimiento dialéctico en un tren" (p. 341), "Acerca de la Revolución Rusa" (p. 346), "Pacifismo capitalista y pacifismo proletario" (p. 381), "El último discurso de Briand" (p. 390), "Clemenceau ante la historia" (p. 397), y por cierto su reportaje–testimonio Rusia en 1931, Reflexiones al pie del Kremlin.

Sólo nos detendremos en un artículo de corte económico, pero cuyo substrato es político, por lo que nos servirá para visionar ambas vertientes.

Pensemos, para hablar de poetas universales en nuestro idioma, en un Darío, en un Borges, en un Paz, que también han escrito –y mucho– en los periódicos. ¿Podemos, por ventura, imaginar a ellos en la realización de un análisis de la coyuntura económica mundial como el que hace nuestro Vallejo en "Las grandes crisis económicas del día. El caso teórico y práctico de Francia"?

Con el único que se nos ocurre parangonarlo es con el cubano-universal José Martí.

El artículo de Vallejo es impresionante por la información que maneja, por la comparación entre los estados económicos –en crisis– de Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, en contraste con la sui generis "bonanza" de Francia que:

"continúa explotando tranquilamente sus dominios coloniales, atrae y centraliza en París todo el oro del mundo, mantiene en equilibrio más o menos favorable sus importaciones o exportaciones, y por último ostenta un signo concluyente y, en estos momentos, raro, de holgura industrial y de salud social; no tiene desocupados o casi no los tiene. Su situación es, pues, envidiable." (p. 24)

 

Luego, describe a las transnacionales de aquella –y de esta– época: la General Electric, la Standard Oil, y de cómo Francia –su holgura de entonces– es "frágil y efímera", pues, ella, aunque no lo quiera, está ligada, orgánica y solidariamente, a la "economía universal en quiebra". A continuación –¡el poeta!– pasa a estudiar –analizar, escribe– su proceso económico (el de Francia). Pero, y aquí nos da una muestra de conciencia del oficio (de periodista, de comunicador paradigmático), "pie a tierra y (como debe ser) valiéndonos de números".

En este rubro, Vallejo nos dice algo fundamental para su actividad profesional, para su credibilidad: la del uso de las fuentes, la del acceso a ellas. Muy consciente, el escritor añade en el mismo párrafo: "Nuestras fuentes de información son frescas. Ellas datan de apenas quince días". El artículo está fechado en París, en Noviembre de 1930, y se publicó en "El Comercio", el 14 de Diciembre del mismo año: o sea que sus lectores de allende los mares podían estar seguros que el poeta no les endilgaba un refrito o una información con datos desactualizados.

A renglón seguido, el autor de "Espergesia", como todo un reportero económico, analiza exportaciones, importaciones, juegos bursátiles, movimiento de la industria automovilística, fabricación de seda artificial, dificultades agrícolas y problemas del exceso de capital monetario existente en esos momentos en Francia, para terminar con el asunto de las onerosas cargas fiscales que soporta la población francesa, y que "rebasan las de cualquier otro país, Alemania inclusive."

Todo lo anterior nos conduce –escribe– a la "pendiente" en la que ha entrado la actual economía francesa. Y Vallejo es muy perspicuo al señalarnos que, si ella carece de la violencia con que se ha manifestado en otros países:

"ello obedece principalmente a dos factores específicos de Francia: la baratura de las materias primas, que este país extrae casi gratuitamente de sus colonias, y la abundancia de fondos provenientes de las reparaciones de guerra..."(p. 426)

Pero, concluye, ya se perfila la crisis, verbi gratia, por las "sublevaciones indígenas surgentes en sus posesiones de Asia y África."

Una vertiente, asimismo, presente en varios de los artículos y crónicas vallejianas, es la filosófica. El poeta penetra, con su lámpara de Diógenes, en los meandros de nuestro tiempo, extrae notas en las que dilucida la condición humana, y hace especulaciones de hondura existencial y metafísica. Léase, entre otros, "La fáustica moderna" (p. 126), "Las nuevas disciplinas" (p. 223), "El apostolado como oficio" (p. 225), "Oyendo a Krishnamurti" (p. 296) y "Keyserling contra Spengler" (p. 321).

Una especialidad de vibrante actualidad es la del Periodismo científico(*****). Vallejo, en esto, como en mucho, es igualmente un adelantado. En el corpus de sus artículos y crónicas, podemos hallar un verdadero, un genuino interés por el desarrollo de la ciencia, por todo lo referente a la posibilidad de dilatar las fronteras del conocimiento.

Entre lo escrito por él al respecto, espigamos: "Últimas novedades científicas de París" (p. 63), "Un gran descubrimiento científico" (p.177), "Últimos descubrimientos científicos" (p.189).

¡Prosigue la serie de asombros! Muchos de los escritores y/o intelectuales, tienen lo que podría llamarse su talón de Aquiles en los predios de los deportes. Al que esto escribe, sencillamente no le interesan. No hallamos tiempo para internarnos en las dilatadas secciones y suplementos que los diarios y revistas dedican a los deportes, muchas veces, es cierto, como "cortinas de humo" para los temas realmente importantes. Sabemos que esto es una grave limitación, y que un periodista "de oficio" tiene que interesarse en todo lo que ocupa la atención de la actualidad.

Recordamos, al respecto, una conversación con el primer corresponsal de la Agencia Cubana Prensa Latina en el Perú, el chileno Sergio Pineda, gran aficionado a los deportes, quien nos señalara, precisamente, la importancia, para un periodista, de "estar al tanto de todo". Confesamos no haberle hecho caso, hasta que arribamos al mundo periodístico de César Vallejo, donde los deportes –todos, casi todos: no hemos hallado nada sobre fútbol– ocupan lugares expectantes. Leamos, entre otros, los artículos: "Una gran lucha entre Francia y Estados Unidos" (pág. 98) cuya última parte es la contienda entre tenistas y boxeadores de ambos países, "Los peligros del tenis" (p. 117). En su "Crónicas de París" (p. 152) escribe sobre natación, concretamente sobre la hazaña de la nadadora norteamericana, Miss Ederlée, que atravesó por primera vez el Canal de la Mancha. En "Los seis días de París", se trata de dilucidar el "origen del actual fanatismo deportivo en Norteamérica" y presenta una panorámica, crítica, de la famosa contienda ciclística francesa.

Pero no hablamos sólo de simples, coyunturales crónicas deportivas. En esto, como en casi todo, Vallejo siempre es el escritor profundo y esclarecedor. En "Los hombres de la época", al comentar sobre el famoso (entonces) escritor francés Henri de Montherland, nos plantea una suerte de filosofía del deporte. Veamos.

"Válgame esta tesis del multánime escritor francés (se refiere a H. de M.) para apoyar lo que yo he sostenido al respecto en varias ocasiones: la existencia del espíritu esportivo, meramente óptico, de las muchedumbres que asisten a los matchs, el espíritu profesional e inútil –para referirme al calificativo textual de Montherland– de los campeones y en fin, la necesidad de dar al sport un sentido más profundo y más justo, haciéndole pasar del cerebro o de la retina del espectador, a sus propios músculos, y de la esfera de los especialistas a todos los hombres". (p. 253)


Mariátegui, uno de sus periodistas preferidos, fue, asimismo, el Juan Chroniqueur de las crónicas modernistas, cuya verdadera urdimbre está hoy dilucidándose ante la publicación total de sus escritos juveniles. En Vallejo también hay, lo que podríamos llamar, una suerte de incursión por la vida mundana –un poco de frivolité– presente en textos como "Deville contra Ginebra" (pp. 238–239), sobre la vida de temporada en la lujosa playa normanda. Asimismo, esto puede notarse en "El salón del automóvil de París" (p. 266), de donde espigamos esta deliciosa tipificación:

"Hoy son los automóviles los que mandan y no los cuadros ni las estatuas, como sucedía en las sociedades del Renacimiento".

Igual nota encontramos en "La fiesta de las novias en París" (p. 175), donde, sin embargo, no se trata –nunca se trata– de una mera descripción frívola de esta "celebración", sino que ella es ocasión propicia para dilucidar las contradicciones sociales:

"La fiesta muestra su mejor encanto, su gracia y sugestión más románticas y humanas, en las personas de las novias pobres, de las "midi-nettes", de las pálidas obreritas de la urbe tempestuosa. Las otras, las "jeunes filles" de los palacios y del lujo, han acabado por renunciar a la celebración de Santa Catalina y miran transcurrir esta fiesta como una cosa extraña a ellas, como algo que únicamente concierne a las clases populares..." (p. 176)


En esta crónica, como en casi todas –y en esto nos adelantamos al capítulo correspondiente sobre el estilo– hay un despliegue del modo especial de escribir del creador, que resulta difícil de evitar citarse. Subrayaremos lo que nos llama más poderosamente la atención:

"Esta fiesta de las novias de París es, en medio de su jolgorio excesivo y epiléptico, una cosa sin duda emocionante y dolorosa. Hay entre las niñas que buscan novios de ilusión, príncipes encantadores o siquiera un Rodolfo Valentino, con un poco de "gigoló" y un mucho de Apolo anacrónico". (Ibid.)

Vallejo sabe –¡cómo no!– mirar por detrás de los fuegos de artificio, y encuentra, en estas reuniones de muchachas pobres, el crisantemo de la soledad, del abandono. Así, realiza una suerte de desplazamiento de su cámara imaginaria, desde el plano general de una reunión de amigas –"catherinettes"– que se hallan "en una larga mesa llena de flores". Son diez amigas. El poeta reconoce –en closep upa una, la que él llama "La rubia del Colbert" (el nombre del restorán donde, cotidianamente, la ve almorzar y comer, siempre sola, a una hora fija").

"De súbito una de las amigas la ha tomado en brazos tierna y fraternalmente. La rubia del ‘Colbert’ ha inclinado el rostro hermoso. Está llorando su perenne soledad, sin duda, sus días de trabajo inútil, sus estériles esperanzas. Está llorando sus cuarenta años futuros, sin hogar, sin hijos, sin amor ¡ay! Sin eternidad." (p. 177)


La crónica concluye con una nota patética: el poeta tiene que fijar su atención en las muchachas "que viven sin la esperanza de un amor y que, además, carecen del pan del día y de medios honestos de ganarlo por sí mismas". Ellas conforman una suerte especial de bohemia, pero de una bohemia inquerida, como –dice– "en el poema de Darío". A ésta dedica uno de sus retratos más vallejianos, y es de antología el estilo, por cierto:

"¿Conocéis la bohemia inquerida( ******)? ¡Oh, qué dolor! Yo sé de esta bohemia y conozco su hueso amarillento, su martillo sin clavos, su par de dados, su gemebundo gallo negativo." (Ibid.)

En este mismo rubro podría agruparse el número de artículos y/o crónicas que Vallejo dedica al tema de la moda (que, asimismo, pueden no ocupar un texto completo, pero que tachona otros: no se olvide que él reside en París, "paraíso" de la susodicha...).

Sobre ésta hay alusiones o referencias concretas, llenas de sápidas observaciones, en "Crónica de París" (pp. 58–59) y en general en Desde Europa (pp. 61, 72, 93, 128–129, 143, 148, 156, 193 y 195), entre muchas otras.

En este acápite, igualmente, podría hacerse un apartado para incluir la Crónica de viajes, una suerte de Periodismo turístico. Como sabemos, el poeta se desplazó bastante durante su periplo europeo. Hay enjundiosas páginas sobre países y lugares, donde Vallejo pergeña ramalazos lúcidos sobre el carácter nacional, sobre laderas sociológicas que resultan francamente citables:

"Cuando un tren entra a una estación de Madrid, no se tiene la impresión de llegar, sino de pasar. Cuando un tren entra a una estación de París, la impresión de llegar es, en cambio, clara, neta...

"Al entrar a la estación de San Sebastián, de Burgos, de Valladolid, de Madrid, no se diría sino que pasamos, pasamos, y pasamos, cada vez más veloces, sin arribar a parte alguna..."(p. 107)


Esto, indudablemente, sólo puede haber sido escrito por un poeta.

Otro ejemplo. En las crónicas "Mundial en Rusia" y "Mundial en el Oriente Europeo" (pp. 392–395), frente a lo que podría ser la visión superficial de un turista, tenemos que el poeta, en la primera de ellas, nos enfrenta al análisis de los aspectos desinformativos que un periódico de la prensa reformista francesa, Le Populaire, hacía de las llamadas crisis económica y crisis política de la URSS. En la segunda, tenemos, como él escribe, una visión "a grandes zancadas" de Austria, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia y la URSS, en cuanto a las influencias que gobiernan sus economías. Aquí la cita del autor de El Capital es congruente:

"Marx enseña que para conocer el carácter, desarrollo y destino ulterior de un país, hay que guiarse por el estado y fisonomía de su técnica de producción. El viajero debe dejar para segundos términos del juicio, el arte, la literatura, la religión y la filosofía del país que trata de conocer. En primer lugar y si quiere ir derecho en su encuesta, y en sus observaciones, debe poner el ojo en las fuerzas, medios e instrumentos de la producción económica." (p. 263)

¿No es verdad que nos situamos frente a lo que podría ser una suerte de poética para el periodista que escribe sobre viajes?

Al comienzo de este capítulo, hablamos algo sobre la condición de adelantado de Vallejo respecto a lo que hoy se ha dado en llamar Periodismo de investigación o el gran Reportaje interpretativo.

Ya señalamos que generalmente éstos son productos de verdaderas unidades de investigación de diarios y revistas, que, con los modernos métodos de la informática, trabajan a partir de sofisticadas bases de datos. Obviamente, en el caso que nos ocupa, todo tenía que hacerse "a pulso". Sin embargo, notables artículos de Vallejo como "Las fuerzas militares en el mundo" (p. 301) o el ya citado "Las grandes crisis económicas del día…" (p.423) hacen uso de puntual información, y se apoyan en ella para arribar a las conclusiones que se desprenden –lógicas– de un sólido corpus manejado por el periodista. En "Las fuerzas militares…" se hace un cuadro comparativo del potencial bélico de los países "occidentales" y se demuestra, palmariamente, que son ellos, y no la URSS, los que fomentan el guerrerismo en el planeta. El travelling a través de los ejércitos europeos en 1927, nos conduce a saber que ellos –como así fue, en efecto– se preparaban para la guerra, mientras babeaban, cínicamente, en nombre de una paz en la que ni creían ni defendían. Y, como en el cuento de Pedro y el lobo, se la pasaban ululando acerca del "espíritu guerrero de Moscú", mientras ellos eran los que, en realidad, calentaban los cañones y organizaban todo tipo de tropelías y desaguisados, con su esencia colonialista e imperialista.

Como buen ejemplo de Periodismo interpretativo, igualmente queremos citar "Los seis días de París" (p. 282), donde a partir –insólitamente, pero no olvidemos que se trata de un poeta originalísimo– del deporte en USA, se proyecta a una cala en el racismo y en la verdadera razón del "éxito" de los anglosajones en el mundo de las competencias deportivas. Hay, asimismo, sugerentes relaciones entre guerra y deporte, y comentarios acerca de la "racha mundial de imitación del deporte de origen u orientación yanquis, tales como el ciclismo, el box, etc." Todo para llegar al match ciclista llamado de "los seis días" que:

"al ser introducido en París, en Roma, en Berlín, en Londres, ha conservado, por una ciega y absurda imitación, el fundamento político y el sentido eugénico de su origen norteamericano."

Similar es el caso de "Foch y el soldado desconocido" (pp. 352–353), crónica en la que Vallejo no se queda en la parafernalia del entierro del Mariscal Foch ("Grandiosidad y pompas mayores no las tuvo ni la coronación de Napoleón I, como Emperador de Francia."). Mas, detrás de ella, la tumba del soldado desconocido ("Porque en toda guerra hay, dentro de un mismo país, víctimas y responsables"). Así, el boato hiperbólico de estas exequias, no hace al cronista quedarse en la mera descripción de él, sino que –como buen exégeta– hurga en lo que podríamos llamar "el revés de la trama", allí donde "vigila la historia, con su ojo implacable y fijo, con su boca implacable y verdadera." Pues bajo el Arco del Triunfo sigue durmiendo el Soldado Desconocido. Y:

"Desde hoy quedan para siempre estas dos tumbas –la de Foch, el Jefe, y la del Desconocido, el Soldado– una frente a otra, como símbolos eternos de la reciente guerra. La una es la masa que obedece y la otra, el individuo que manda. La historia dirá cuál de ellas es la responsable de la guerra de 1914, y cuál la víctima."

Y concluye con la frase magistral que hemos citado: "Porque en toda guerra hay, dentro de un mismo país..."

El llamado, por manuales modernos (de origen norteamericano), Crónica o reportaje de interés humano, es llevado por Vallejo a su más tensa y dramática expresión al presentarnos el retrato de una joven comunista de veinte años, tuberculosa, cuya autoridad moral deviene irrebatible. Ella aparece a lo largo de tres artículos. Primero en "El movimiento dialéctico en un tren" (p. 341); luego en "En la frontera rusa" (p. 344) y asimismo en "Acerca de la revolución rusa" (p. 346). En este último da, el poeta, el más desgarrado retrato de ella.

Tenía diez años cuando estalló la revolución. Su padre, obrero textil, murió en una refriega en la plaza Lubianka:

"Después murió la madre, en la hambruna de la guerra civil, así como todos sus hermanos. Ella escapó de la muerte pero no de la tuberculosis...

"Esta mujer ha sufrido en plenos pulmones la explosión de su propia cólera de clase y no debéis reir escépticamente ni volver con indiferencia las espaldas a sus palabras revolucionarias." (p. 346)

Y concluye con un soberbio remate, muy en su personalísimo estilo:

"Ha sufrido: luego tiene derecho a la queja y a la esperanza". (Ibid.)

Para cerrar este capítulo, expresamos que una de las características magnas de la obra periodística de nuestro máximo poeta, es su maestría para los retratos de personas y personajes de la cultura y la política de su tiempo. Es cierto que estas etopeyas no siempre resultan encomiásticas, pero lo importante es que se apoyan en un razonamiento esclarecido y esclarecedor.

Así, entre otros, destacan los retratos de José Carlos Mariátegui, Lenin, Trotsky, Macedonio de la Torre, A. Valdelomar, Juan Gris, Picasso, Chaplin, Manuel de Falla, Rubén Darío, Isadora Duncan, Antenor Orrego, Whitman, Haya de la Torre, Mayakovski...

Para no quedarnos en persona alguna, escogemos este magistral –y actualísimo– fragmento, ahora que ya no hay URSS y que la llamada "comunidad socialista" se derrumbó como castillo de naipes, precisamente por obra de algunos de estos especímenes. Se trata del retrato del dogmático, del sectario:

"Los marxistas rigurosos, los marxistas fanáticos, los marxistas gramaticales, que persiguen la realización del marxismo al pie de la letra obligando a la realidad social a comprobar literal y fielmente la teoría del materialismo histórico –aun desnaturalizando los hechos y violentando el sentido de los acontecimientos– pertenecen a esta calaña de hombres. A fuerza de ver en esta doctrina la certeza por excelencia, la verdad definitiva, inapelable y sagrada, la han convertido en un zapato de hierro, afanándose por hacer que el devenir vital –tan fluido por dicha, y tan preñado de sorpresas– calce dicho zapato aunque sea magullándose los dedos y hasta luxándose los tobillos… Resultan, así, (estos dogmáticos) convertidos en los primeros traidores y enemigos de lo que ellos, en su exigua conciencia sectaria, creen ser los más puros guardianes y los más fieles depositarios. Es, sin duda, refiriéndose a esta tribu de esclavos, que el propio maestro se resistía, el primero, a ser marxista.

"Qué lastimosa orgía de eunucos repetidores la de estos traidores del marxismo." (p. 322)

 

 

NOTA

(1) Aunque el método ad–usum de hogaño es que un autor "conocido", "reputado", venda su colaboración a una agencia de noticias, la misma que se encarga de "colocarla" entre su clientela a nivel transnacional.

 

 

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(*) Las citas de los artículos son, casi en su totalidad, tomadas de César Vallejo: Desde Europa Crónicas y artículos (1923–1938), recopilación, prólogo, notas y documentación por Jorge Puccinelli, Ediciones Fuente de la Cultura Peruana, Lima 1987, que, como cosa curiosa no registra ningún artículo de 1938, y sí "La responsabilidad del escritor", en facsímil, pero publicada en 1939, en El mono azul y que recoge la ponencia que CV presentó en el Segundo Congreso Internacional de Escritores de Madrid, en 1937.

(**) En el capítulo IV nos ocupamos especialmente de esto.

(***) Salvo indicación en contrario, los subrayados en negrita son del autor del libro.

(****) Tema del siguiente capítulo de este libro.

(*****) El autor de este libro recuerda que, hace pocos años, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONCYTEC) ofrecía enjundiosas becas para los alumnos que se interesaran en hacer tesis de grado sobre temas del periodismo científico.

(******) Un capítulo –el V– de este libro discurre sobre los vasos comunicantes entre periodismo y literatura. Véase cómo en esta crónica hay profusión de alusiones a tópicos del bardo: los dados en "Los dados eternos", huesos en Poemas humanos, etc.

 

 

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