III.- NO SÓLO INFORMAR : MÁS ALLÁ DE LA NOTICIA

 

Sostenemos que Vallejo es un gran informador, que el viaje por sus artículos y crónicas nos permite, sin duda, adentrarnos por los vericuetos de la decisiva época que le tocó vivir (tanto en el Perú cuanto en Europa). Pero, a la vez, afirmamos que nuestro poeta no se queda en este (importante) aspecto: el de satisfacer el hambre informativa, el de cubrir una transcendente necesidad: la de estar informados sobre lo último de la literatura, el arte, la política, la ciencia, la moda, los deportes (y todo lo que ya vimos en el capítulo anterior).

No, el autor de Contra el secreto profesional, va, permanentemente, más allá de la noticia, trasciende la novedad de lo que nos está informando.

Hay siempre un metalenguaje utilizado por el poeta para situarnos en la capacidad (tan humana) de interpretar los sucesos en su exacta (y plural, polivalente) dimensión. Vamos, en este capítulo, a rastrear algunas de sus cimas.

Así, en la nota del autor a la edición española de Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin, nos da una clave. Allí escribe:

"La vida de un individuo o de un país exige, para ser comprendida, puntos de vista dialécticos, criterios en movimiento. La trascendencia de un hecho reside menos en lo que él representa en un momento dado, que en lo que él representa como un potencial de otros hechos por venir." (1)

Vallejo comenta el Salón de Otoño. Hace, aquí, como es natural, una crítica de arte. Pero no se conforma con esto –luego de habernos, por cierto, llevado de la mano por los principales autores que exponen. En la mejor huella de un Baudelaire, igualmente buido crítico, el bardo peruano plantea toda una estética; y, mediante la profunda poesía de su lenguaje, llega hasta tocar las puertas de una explicación filosófica del mundo. Todo lo cual nos conduce hacia los propios cangi-lones creativos del autor de Poemas Humanos, para concluir planteando la posibilidad –hasta donde sabemos nunca hecha– de develar el misterio de su poesía. Mejor leámoslo:

"El fin del arte es elevar la vida, acentuando su naturaleza de eterno borrador. El arte descubre caminos, nunca metas. Encuentro aquí, en esta esencia horizontante del arte, toda una tienda de dilucidaciones estéticas que son mías en mí*), según dijo Rubén Darío, y que algún día he de plantear en pocas pizarras, como explicación –si esto es posible– de mi obra poética en castellano." (p. 17)

El periodista–poeta sabe penetrar –con vista hacia el futuro– en lo que hemos llamado un maccarthismo avant la lettre (al que se anticipa en más de cinco quinquenios). En su artículo: "Guitry, Flammarión, Mangin, Pierre Louys", con ironía se burla de aquello de endilgarle al soviet todos los complots:

"De lo que resulta que el soviet paga ahora todos los picantes. El complot de Sofía fue organizado por Moscú; se descubrió un proyecto de atentado contra Chamberlain en Londres, preparado por Moscú; en la guerra de Marruecos están las manos de Moscú; los nacionalistas de Montmartre cayeron al asalto de los agentes de Moscú; Moscú subleva a los kurdos contra Turquía…" (p. 43)

Vallejo nos enseña a leer este metalenguaje que utiliza la burguesía para desinformar, y para cumplir, en el caso presente, con alguna anticipación, aquel principio del fascismo informativo: "Miente, miente, miente, que algo queda".

En, por ejemplo, "El último discurso de Briand", el poeta nos ayuda a dilucidar lo que se esconde allende la cháchara de este representante de la burguesía. Somos entrenados en la salutífera tarea de leer entrelíneas:

"Briand, en vez de hablar en nombre de la ‘ética de las naciones’ y del ‘amor a la paz’, debía hablar en nombre de los hechos y conflictos económicos del momento..." (p. 390)

"En el fondo la diplomacia capitalista sabe que de lo que se trata siempre es de finanzas, en Ginebra como en Locarno, en Versailles y en todas las conferencias a las que se ha dado en acordar ‘Fines altamente morales de paz, de concordia y de cooperación’. La diplomacia capitalista trata siempre, en realidad, de conflictos e intereses económicos.

"Detrás de cada oración de Briand... suenan las cajas bancarias ávidas…"

Para concluir con esta soberbia muestra de su estilo, tan analítico, y tan bien escrito:

"El reciente discurso de Briand –tan celebrado y difundido en la prensa mundial– es de una sola pieza y en puridad de verdad, un auténtico capítulo de economía imperialista." (p. 391)

Otro gran poeta peruano, Alejandro Romualdo, digno heredero de Vallejo, escribió, alguna vez: "Llamen siempre a las cosas por sus nombres". Más de treinta años atrás, Vallejo había dicho:

"¿Por qué no se decide la diplomacia capitalista a llamar a las cosas por sus nombres, declarando al mundo que de lo que se trata en Ginebra es de intereses y actividades económicas o, más exactamente, capitalistas, y no como se pretende hacer creer del ‘derecho’, de la ‘justicia’, ni de la paz’". (Ibid.)

¡Qué actualísimo suena esto, traído al contexto de hoy, a la abrumadora desinformación de hoy! Vallejo sabe decodificar los sistemas de encubrimiento de los imperialismos, de aquellos que, por disputarse las presas económicas, recurren al eufemismo, pues, si se quitaran las caretas, si aparecieran tal como son, "equivaldría a la declaratoria de una nueva guerra" (la que de todos modos advino).

Según nuestro zahorí cronista:

"Se ha convenido en seguir ocultando lo que es una verdadera batalla económica, con el barniz irisado del ideal, del derecho, de la paz y otras metáforas morales." (p. 391)

Y concluye este artículo, esta pequeña obra maestra, con un ramalazo en el que se dan la mano el vate (el que vaticina) y el estudioso de la concepción científica del desarrollo social:

"Mientras tanto, las contradicciones económicas del capitalismo se agravan más y más y la futura guerra sigue preparándose." (Ibid.)

Es importante anotar que el artículo fue escrito en setiembre de 1929...

Vallejo dedica más de un artículo a Clemenceau. Pero en aquel que escribe a su muerte, realiza una paradigmática tarea desmitificadora ("Clemenceau ante la historia"). Cita, primero, los elogios hiperbólicos que, al estadista francés, dedicaran escritores y políticos de la talla de Zola, Anatole France, Poincaré, Bismark y el propio Presidente Wilson; para después, hundir el escalpelo de su crítica implacable y demostrarnos que aquel fue, en realidad:

"patriotero intransigente, chauvinista fanático, pequeño burgués, testarudo y ambicioso"

pero, sobre todo, un redomado guerrerista, pues, para Vallejo, su "gloria consistió en haber predicado y hecho la guerra, como el más sanguinario de los totems primitivos." (pp. 398–399)

En la misma línea, podría leerse su artículo "Pacifismo capitalista y pacifismo proletario" (pp. 381–382) donde el poeta dilucida sobre la pseudopaz de la burguesía y la necesidad real de paz de las clases populares, concretamente, en este caso, de los soviéticos. La clave se halla en preguntarse por qué el Ministerio del Interior de Francia y el Prefecto del Sena prohibieron una manifestación proletaria universal que "tenía por objeto conmemorar la fecha de la declaratoria de guerra de 1914, condenando todas las guerras o tentativas de guerras futuras..."

La sólo muy reciente difusión del corpus de los artículos vallejianos, ha impedido que nuestro autor figure, en lugar privilegiado, en la muy celebrada antología de Adolfo Sánchez Vásquez, Estética y marxismo (2).

Numerosos son sus textos que merecerían figurar en la citada obra. El análisis de los escritores a partir de los problemas sociales, nos hace recordar la indeleble impronta del autor de La escena contemporánea.

Tomemos un fragmento de "Literatura a puerta cerrada". Aquí, por cierto, no sólo destacamos la certeza del análisis, sino la validez del lenguaje, del estilo(**).

"(estos escritores son) producto típico de la sociedad burguesa, su existencia es una afloración histórica de intereses e injusticias sucesivas y heredadas hacia una célula estéril y neutra de museo... Este insecto plumífero de gabinete es, en particular, hijo directo del error económico de la burguesía...

"Sin darse cuenta posee y pone en juego una serie de instintos de producción, de naturaleza típicamente burguesa, como son los sentimientos y las ideas conservadoras...

"Cuando la burguesía francesa fue más feliz y satisfecha de su imperio, la literatura de mayor prestancia fue la de puerta cerrada…" (p. 284)

Vallejo es un excelente cicerone en los meandros del arte y la literatura que están naciendo en la sociedad socialista; pero él no se limita –ya lo expresamos–, no se contenta con informar. A cada momento está plantéandonos una estética. El presente texto, por ejemplo, merecería incluirse en la próxima edición de la ya citada obra de A. Sánchez Vásquez:

"En el poeta socialista, el poema socialista deja de ser un trance externo, provocado y pasajero de militantes de un credo político, para convertirse en una función natural, permanente y simplemente humana de la sensibilidad. El poeta socialista no ha de ser tal solamente en el momento de escribir un poema, sino en todos sus actos, grandes y pequeños, internos y visibles, conscientes y subconscientes y hasta cuando duerme y cuando se equivoca o se traiciona. (pp. 308–309)

Y concluye con esa maestría suya para ser él mismo:

"Ésta y no otra es la ejecutoria de un artista socialista. Que lo sepan los desorientados colonos de Moscú en América." (Ibid).

Más ejemplos de cómo nuestro poeta–periodista no se limita meramente a informar, a dar cuenta, sino que, con sus criterios, replica, comenta, critica. En "Los males sociales del siglo", a una tesis meramente neurológica sobre el surmenage como un mal típico de la vida en las urbes y que puede deberse, o provenir, de la vorágine de la existencia citadina, el lúcido comunicador replica:

"Lo que no tocó el Dr. Vachet fue un lado muy importante y, acaso, el central de la cuestión. Entre las causas objetivas y sociales del surmenage no aludió a la causa económica...

………………………………………

"El Dr. Vachet vio las cosas de modo muy general, panorámico y hasta superficial, confundiendo en un solo fenómeno a varios fenómenos sustancialmente distintos y que, en consecuencia, exigen recetas y regímenes curativos igualmente diversos a los propuestos en su interesante disertación." (p. 231)

Hay otro caso altamente semejante. Se trata de "Graves escándalos médicos en París", donde el poeta examina los "numerosos y gruesos escándalos (que) se han promovido en los últimos tiempos (1929) en los círculos médicos de París, y las academias científicas." De modo similar, Vallejo no se limita a informar y rasgarse las vestiduras "ante la inmoralidad de los profesionales que así trafican con la salud y la vida del vecindario", sino que plantea meridianamente "que semejantes vicios profesionales subsisten y subsistirán mientras no sean examinados en sus profundas causas sociales y económicas."

Su admonición es, simplemente, paradigmática, y se aplica con tanta propiedad en su tiempo como en el nuestro. Y, por cierto, demuestra hasta qué punto el periodista–poeta coadyuva en una necesaria tarea de profilaxis social. Sigamos leyendo:

"Los crímenes denunciados por la prensa de París resultan pequeños y hasta insignificantes comparados con los crímenes que no se han denunciado ni se denuncian nunca –a pesar de estar en la conciencia de todos– y que… son congénitos a la propia naturaleza económica de las profesiones liberales. No es posible eliminar del rol profesional el elemento delictuoso consistente en el espíritu de lucro y en la tendencia a la especulación ilimitada –que le son orgánicos y peculiares– sin destruir toda la razón de ser de la profesión. Muy pocos son los que perciben este pecado original de las profesiones liberales. Muy pocos." (pp. 339–340)

En el artículo "Moscú en el porvenir", encontramos otra válida muestra de cómo el poeta no se limita a exponer las ideas de un autor, sino que las discute y demuele a base de su sólida formación científica, de su capacidad analítica imponderable. Aquí, pues, luego de exponer las ideas de Lucien Romier ("que pasa por ser un sociólogo de laboratorio y por plantear y tratar los fenómenos sociales con riguroso y hasta revolucionario método objetivo"), después de exponerlas, las discute radicalmente.

Veamos. Según la tesis bizantina de Romier, la ciudad de Moscú está destinada a desaparecer, por razones de navegación fluvial, marítima o algo por el estilo.

Pero Vallejo señala que este autor se ha quedado en el principio de los fisiócratas, para quienes "las leyes constitutivas de la sociedad son las leyes de orden natural". Nuestro poeta añade que "Romier se queda aquí y rechaza o no concibe la influencia del medio social sobre la naturaleza o sobre la propia sociedad, influencia que, según Marx, toma día a día un peso decisivo en los destinos y transformaciones sociales..." Luego nos habla de la "estancada mentalidad de Romier", de su "ceguera orgánica, producto genuino de prejuicios clasistas". Pues "aquí empieza, para salvar sus tesis en peligro, a echar mano a la sutileza, al ingenio y al sofisma, instrumentos todos estos típicamente reaccionarios, al servicio consciente y subconscientemente de la rivalidad capitalista contra Moscú y los destinos del Soviet..." (pp. 421–423)

En "Las grandes lecciones culturales de la Guerra Española", hallamos otra muestra de texto paradigmático, en el orden de ir más allá de la información y de la señalización del deber de los intelectuales y su vigencia en la práctica.

El artículo –que es casi un ensayo breve– empieza con una autocrítica y un reconocimiento del papel, más bien modesto, de los intelectuales con respecto al "giro de la política***)" que siempre está en manos de los "bancos, latifundios y carteles industriales, es decir, en las manos de los cavernícolas y beocios –enemigos naturales y jurados– de la inteligencia de todos los tiempos."

El poeta–periodista tiene el dicterio flamígero, máxime si tenemos en cuenta que escribe en pleno desarrollo de la Guerra Civil Española:

"Inútil es que los enciclopedistas se insurjan y blasfemen contra la sociedad medieval: la reyecía, el clero y la nobleza disponen aún de un siglo para chupar la sangre de las masas. Los apóstrofes de Hugo no pesarán en nada en el ánimo de Thiers para aplacar o, al menos, suavizar la feroz represión de la Comuna.

…………………………………………

"Y el día en que Ortega y Gasset, Benavente, Marañon, Menéndez y Pidal, Machado, unidos en un solo clamor de libertad defendían la República en España, Franco, Hitler y Mussolini ordenan el asesinato de miles de mujeres y niños en las calles de Irún, Badajoz y de Madrid. El fenómeno siempre es idéntico.

"No nos hagamos ilusiones... asistimos al imperio absoluto de la barbarie sobre la cultura." (p. 441).

Pero no todo es negativo. Vallejo es dialéctico. Y por necesidad salutífera empieza desmitificadoramente, pero luego reconoce:

"Mas los fueros de la inteligencia tienen su revancha. Si la protesta en comicio [sic] y de viva voz, si el ademán viviente, en carne viva, de combate, se estrellan, en realidad, contra los poderes económicos coaligados, la inflexión intemporal de la idea contenida en un discurso, en un artículo del día, en un mensaje o manifiesto, es petardo que se hunde en las entrañas profundas del pueblo, para estallar, en cosecha segura, incontrastable, el día menos pensado." (p. 442).

Y concluye con lo que no podemos menos que llamar una bellísima poética para el intelectual de todos los tiempos:

"Y es que lo que importa sobre todo al intelectual, es traducir las aspiraciones populares del modo más auténtico y directo, cuidándose menos del efecto inmediato (no digo demagógico) de sus actos, más de su resonancia y eficacia en la dialéctica social, ya que ésta se burla, a la postre, de toda suerte de vallas, incluso las económicas, cuando un ´salto´ social está maduro" (Ibid.).

El texto finaliza con la presentación de los arquetipos de "lo que debe ser el hombre de pensamiento", aquel cuya conducta pública contenga "a la vez que el gesto, vívido y viviente, de protesta y de combate, un grado máximo de irradiación ideológica".

Y esta dimensión la adquieren los grandes escritores republicanos Alberti, Bergamín, María Teresa León y Max Aub, a quienes viera en un meeting en París, amén de otros como Ramón Sender, Serrano Plaja y Cernuda, que luchan en las trincheras de Madrid y a la vez reflejan, traducen, "el humano y universal desgarrón español en el que el mundo se inclina a mirarse, como en un espejo, sobrecogido, a un tiempo, de estupor, de pasión y de esperanza." (Ibid.)

 

NOTAS

 

(1) Vallejo, César. Rusia en 1931..., p. 9. Lo repetimos: salvo indicación en contrario, los subrayados en negrita y/o en cursiva son del autor de este estudio.

(2) Sánchez Vásquez, Adolfo. Estética y marxismo. Dos tomos. México, Edit. Era, 1970. Aunque parcialmente conocidos, es sólo a partir de 1987, que se difunden orgánicamente (J. Puccinelli, ob. cit.) los textos periodísticos de CV.

 

 

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(*) Subrayado de Vallejo

(**) Tema del próximo capítulo.

(***) José Carlos Mariátegui tiene idéntica posición, y nosotros hemos planteado, abundantemente este tema en nuestro libro Martí, Mariátegui: literatura, inteligencia y revolución en América Latina, Lima, Editorial Causachun, 1989.

 

 

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