SITUA : Octubre 96 - Marzo 97,  Año V  Nº 9

 

ANTROPOLOGIA DE LA DEPRESION

Dr. Javier Mariátegui(1)

 


Rev. Situa 1997; 5(9): 38


En tiempo de grave crisis, como la que vive el mundo de hoy, la problemática de la depresión, más allá del horizonte clínico, debe plantearse de una visión global y antropológica, pues se trata de uno de los temas más discutidos de la psiquiatría contemporánea. El asunto es complejo, audaz de aquellos que nos instan, como quería Hipócrates a "Conducir la sabiduría a la Medicina y la Medicina a la sabiduría".

Se ha escrito con razón que "la sociedad occidental actual es profundamente depresógena" (Alonso Fernández), y su elevada frecuencia estadística nos conduce a creer que, además del aumento de las formas clínicas de la depresión, la extensión de los males afectivos en sus variables visibles y encubiertas, abarca toda la nosografía médica. Presente en casi todos los cuadros somáticos, la depresión acompaña las formas de vida cotidiana en un mundo en que está más extendida la pobreza y que sólo una minoría acceda al nivel de vida compatible con la condición humana. En nuestro tiempo es cada vez más extendido el desencanto y el escepticismo; y cada vez mayor un matiz gris, atardecido, en los grupos humanos carentes de una proyección futura. No vivimos "el fin de la historia", sino el aparente fin de la ilusión utópica.

El enfoque antropológico a través del conocimiento estructurado, fenomenológico, existencial y dialéctico, puede darnos una aproximación que de alguna forma responda a las premisas fundamentales. La primera reflexión antropológica se centra en el saber científico sobre el ser humano normal, en su mismidad y en su coexistencia con los demás, esto es en su real condición social con sus implicancias éticas.

El hombre sano y libre es el ser idóneo por excelencia, en el sentido ciceroniano del término "idoneidad". La salud, la experiencia de sentirse sano está en las antípodas de la depresión. Siguiendo al sabio español Pedro Lain Entralgo, el hombre sano es el hombre que puede, aunque no sea necesariamente consciente de este poder, ser el eje mismo de la libertad.

Eustesia, llama la medicina, al complejo sentimiento-sensitivo psicosomático de salud, que a veces sólo se experimenta cuando se lo pierde; cuando uno enferma.

La libertad respecto al cuerpo es una de las características de la salud. No existe libertad sin conciencia de fresca vitalidad, que es lo opuesto a lo que experimenta el depresivo. La salud plena es la antiminia de la depresión. La libertad, vivida como libérrima opción de hacer o abstenerse, es la esencia del hombre sano, aunque pueda encubrir una enfermedad ignorada, asitomática o un sentimiento equívoco que enmascara una salud perdida.

El célebre anatomista y neuropatólogo francés, Xavier de Bichat, decía que "la salud es el silencio de los órganos", mientras que la enfermedad "es su rebelión". Señaló un distinguido humanista: "Todos los dolores gritan, sólo la salud calla". En la misma dirección, Susan Sontag, en su polémico ensayo sobre la enfermedad como metáfora ha sostenido con propiedad: "La enfermedad es la voluntad que habla por el cuerpo, un lenguaje que escenifica lo mental, una forma de expresión corporal".

La esperanza es también un elemento esencial en la reflexión antropológica sobre la depresión. Mueve eficazmente al hombre en la historia. Legitima y enaltece la lucha por la vida. La actitud básica del hombre normal es la espera esperanzada, que hace de la vida una utopía realizable. En el deprimido grave, la esperanza se reduce, se angosta y hasta se desvanece. La ideación suicida es expresión de esta desesperanza. Y el acto suicida es la negación de la esperanza en su forma más extrema.

La antropología integral no puede desentenderse de los estados extremos del alma, la vida y la muerte. "Enfermedad mortal", llamó a la melancolía Soren Kierkegaard, el pensador danés que tanto influyera más de un siglo después, en el movimiento existencial y en el estudio de la psicología del hombre. "Esta enfermedad es en sí misma, la enfermedad de la muerte; es desesperación. El desesperado está enfermo de muerte".

La esencia del fenómeno melancólico es, corno señala Honorio Delgado, la pérdida de la libertad, la pérdida de la "plenitud radiosa del instante, en cuanto realce, remate y liquidación de lo vivido a la vez que vislumbre, anuncio y comienzo de lo por vivir". El maestro peruano recalca la importancia diagnóstica y pronóstica de la libertad: paralelamente se da una perturbación cronoestésica, que atañe al tiempo vivido de la realidad exterior, y al tiempo individual y corporal. El tiempo parece fijado en el pasado, con sus contenidos penosos y amenazantes, enaltecido como devenir. Principalmente se pertuba el tiempo como proyección, como potencia de futuro, cargado de realizaciones.

Es cierto que la depresión, como toda enfermedad de los ritmos biológicos, tiene una evolución natural a la remisión en algunos casos (vis curativa naturae, natura morbosum curatrix), al costo de un lapso variable de sufrimiento inenarrable, que sólo imaginan los que han padecido los beneficios de los nuevos tratamientos, a los que responde la inmensa mayoría de los pacientes, nos acercan al conocimiento de las bases biológicas de la depresión. Esta sensibilidad a los fármacos antidrepresivos hace posible no sólo la recuperación a la condición ante pro, esto es al estado psicoafectivo que tenía el paciente antes de enfermar, sino que permite acceder a la plena calidad de vida, y lo que es aun más importante, amplía la perspectiva de la prevención.

Una reflexión antropológica de la depresión desde el Tercer Mundo no puede prescindir de la antropología de la pobreza y de la geopolítica del hambre. Por eso ya merece tratamiento aparte.