Revista Peruana de Cardiología : Enero - Junio 2000

 

EDITORIAL

Luís Guillermo Lumbreras
Profesor Emérito de la UNMSM

La relación que establece el ser humano con el medio ambiente en el que le toca vivir, no es una mecánica adaptación a sus circunstancias. Los animales y las plantas se adaptan o mueren. La diferencia está en que el ser humano, por el contrario, si las condiciones naturales le son adversas o inadecuadas las transforma. Mediante esa íntima relación con su entorno, crea entonces una nueva naturaleza, que él mismo pone al servicio de las generaciones venideras. Esa es la historia de la humanidad.

Esa capacidad transformadora se nutre de la cantidad y calidad de conocimientos que hemos sido capaces de acumular. Todo consiste en encontrar las leyes que regulan los distintos comportamientos de la naturaleza, mediante la observación y la experimentación. Es así como, en el curso de la historia, los pueblos han ido conociendo y luego manejando y dominando su espacio vital. Sin duda, uno de los componentes más significativos de ese espacio es nuestro propio cuerpo, que _como todos los seres vivos_ mantiene una relación concatenada con todos los fenómenos naturales de su entorno. La observación de cómo nuestro cuerpo reacciona frente a cada estímulo externo y cómo se comporta cada parte del cuerpo en relación con las otras es, seguramente, uno de los procesos de observación más antiguos que registra la historia, puesto que toca con nuestra salud, bienestar y, finalmente, con nuestra vida misma. Así pues, el conocimiento de los síntomas, el establecimiento de los pronósticos y las recetas para corregir o eliminar quiebras o defectos de la salud, sin duda son parte sustantiva de todos los seres humanos desde sus más lejanos orígenes.

En la medida en que cada uno de los procesos de formación de los corpus relativos a la salud, son el producto de las muy diversas experiencias de la humanidad, es obvio que el curso de la historia nacieran y se desarrollaran no una sino muchas formas de observar y tratar los problemas de salud. Eso se asocia no solamente a las endemias que caracterizan determinadas áreas de la tierra, sino a múltiples circunstancias históricas que condicionan la captación de ciertas relaciones naturaleza o la no percepción de otras. Es así como las ciencias de la salud que nacieron en la lejana China o Japón y la que conocemos como occidental, son el producto de historias efectivamente diferentes. Los son también las prácticas médicas de diversas zonas del Africa, de Asia y de América. Desde luego, en aquellos lugares donde la ciencia pudo alcanzar una calidad técnica y capacidad de observación más refinada, las prácticas de salud permitieron el nacimiento y desarrollo de la medicina como actividad especializada, que pudo fugar de las manos hábiles de los curanderos y los shamanes.

Desde que llegaron los españoles a nuestras tierras, hacen ya casi 5 siglos, pudieron percibir que nuestro pueblo había avanzado notablemente en este campo. Es así como tanto Hipólito Unánue, como Sebastián Barranca, en el siglo XIX, y luego Hermilio Valdizán, Juan B. Lastres, Angel Maldonado, Esteban Roca, J.E. García Frías, Julio C. Tello, Federico Sal y Rosas y, recientemente, Fernando Cabieses entre muchos otros, han demostrado, desde diversos ángulos que no sólo existía una notable información acumulada sobre el cuerpo humano y sus relaciones de bienestar y dolencias con el medio ambiente, sino que la profilaxis de las endemias y los procedimientos de pronosticar y tratar una larga lista de enfermedades, eran parte significativa de las preocupaciones especializadas de vuestra civilización. Aun cuando es claro que sólo quedaron los vestigios guardados en la esfera no especializada de la memoria colectiva, subsistiendo la "receta doméstica", luego del derrumbe de nuestro proyecto original civilizatorio, los testimonios de un nivel superior de dominio médico aparecen en los restos arqueológicos. Gracias a ellos sabernos que existió una exitosa cirugía craneana y quedan pruebas de amputaciones de piernas y brazos igualmente exitosas; también hay la representación física de los efectos de ciertas enfermedades y de la intervención de curanderos o especialistas de la salud bien diferenciados "hampicamayuq", que aparte de la posible "magia" de sus intervenciones, usaban una farmacopea muy vasta y generosa, procedente fundamentalmente de plantas de diverso tipo que, aun hoy, quedan en uso. Todavía queda en la memoria colectiva el recuerdo de las yerbas que calman los dolores y regulan las funciones de los órganos maltratados, y se usa aun los emplastos y vendajes saludables junto a la cura del alma y la pócima que adormila las voluntades... El llantén y el paijo, junto a la cáscara de papa son fármacos andinos que algún día alcanzarán la fama de la Maca o la kiwicha, revitalizantes que están ahora recorriendo el mundo, como recorrió la coca, fármaco cuyo abuso no impide el reconocimiento de sus valores.