Revista Peruana de Cardiología : Setiembre - Diciembre 1997

 

DAVID PAREDES GÁLVEZ
DÉCIMO TERCER PRESIDENTE (1973-1975) DE LA SOCIEDAD PERUANA DE CARDIOLOGÍA

 

El Médico es un hombre que vale por muchos otros
(Homero: La Iliada, Canto 11, Verso 514)


Rev. Perú Cardiol. 1997; XXIII (3): 160-2



Al anochecer del día domingo 2 de agosto último recibimos el mensaje acongojado de la muerte súbita, inesperada y prematura de David Paredes, ocurrida horas antes en su casa de su amada Isla de Pucusana. Nos constituímos de inmediato en el Centro Médico Naval, su hospital, donde inconsolables, Graciela, su esposa, amorosa e infatigable compañera de toda la vida, y sus hijos, David, Lucía, Oscar y Roberto, acompañados de familiares, colegas, compañeros y amigos, velaban sus restos. Quienes se acercaban a contemplar su catafalco, pudieron observar que en su rostro inalterado se reflejaban la serenidad y la paz más grandes.

La Sociedad Peruana de Cardiología, cumpliendo con uno de sus ritos fundamentales, por medio de su Junta Directiva en pleno, todos sus Presidentes y sus Miembros más connotados, se constituyó de inmediato en el lugar de los funerales y acompañó las exequias a lo largo de las siguientes horas hasta la ceremonia de la inhumación solemne de sus restos mortales en el Cementerio Jardines de la Paz; resaltando su presencia solidaria y de amistad, reconocimiento y tributo para con uno de sus más preclaros Miembros, junto a las autoridades de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, la Marina de Guerra del Perú y los organismos médicos más importantes del país, quienes pronunciaron sentidas oraciones fúnebres.

Es difícil decir, en pocas palabras, lo mucho que fue David Paredes.

Es tarea de instituciones como la nuestra el mantener vivo el recuerdo de hombres como él, quienes con inteligencia, trabajo, abnegación y patriotismo contribuyeron a crear, mantener, desarrollar y fortalecer aquella porción que nos corresponde del patrimonio científico y cultural de nuestra nación. La evocación de la memoria de ellos constituye tanto una profesión de fe como un homenaje. Una profesión de amor y de fe en el país, como la que él alentó a lo largo de su existencia; y un homenaje conmovido de sus pares a su ilustre recuerdo, que perdurará entre nosotros y que debe servir a los demás para estimularlos a imitar su ejemplo. Esta es una misión que debemos cumplir y conservar celosamente, como un testimonio de los valores superiores de la cultura nacional.

Nació el 2 de Octubre de 1924 en un hogar donde recibió ejemplos permanentes de fé en Dios, sobriedad, dedicación inagotable al trabajo y definido concepto de la honorabilidad.

Graduado de Médico Cirujano en la Facultad de Medicina de la Universidad  Nacional Mayor de San Marcos en 1953, se inicia en la Cardiología bajo la guía de Víctor Alzamora Castro, egregio maestro de una de las escuelas más selectas y distinguidas, tanto como numerosa, de la Cardiología Peruana. A Víctor Alzamora Castro seguían y siguieron - entre muchos - otros Fundadores de la Sociedad Peruana de Cardiología como Carlos Rubio y Carlos Guibovich, y Guido Battilana, José Bouroncle, Ricardo Subiría, Ricardo Abugattás, Jorge Rodríquez-Larraín, Eduardo Santa María, Héctor Rosina, César Zapata, Ricardo Alvarez, Hugo Dejo, Emilio Tafur, Régulo Agusti, Oscar Grunfeld, Salvador Sialer, etc. Realizó estudios de especialización, además, en el Instituto Nacional de Cardiología de México, dirigido por Ignacio Chávez, gran maestro de la Cardiología Mexicana y de numerosos otros Cardiólogos de Latinoamérica y del mundo.

Sano de espíritu, recto de conducta, afectuoso en el trato y generoso en su ciencia, fueron cualidades que le permitieron no sólo ganar amigos, sino también forjar discípulos. Se inició en la docencia; en 1957, como Profesor Auxiliar de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, siendo uno de los Fundadores de la Universidad Peruana Cayetano Heredia en 1961, y alcanzando la categoría de Profesor Principal de Medicina de la misma Universidad en 1977.

Ha dejado una producción científica extensa, sobre clínica y terapéutica cardiovasculares, publicada en el país y en el extranjero.

Su talento lo acreditó para desempeñar importantes tareas asistenciales, sanitarias, científicas, y directivas en el Centro Médico Naval de la Marina de Guerra del Perú. Allí ingresó, en 1958, a servir junto al insigne Matías Ferradas, uno de los primeros cardiólogos peruanos con entrenamiento formal (bajo la figura venerable de Paul D. White, uno de los patriarcas de la Cardiología mundial), uno de los iniciadores de la especialidad en el país y uno de los Fundadores de la Sociedad Peruana de Cardiología. Pasa a ser Jefe del Servicio de Cardiología en 1961; llegando a Director del Centro Médico Naval en 1985 - 1986, con el grado de Contralmirante de Sanidad Naval. Durante una brillante carrera en la Marina de Guerra obtiene todas las condecoraciones navales a las que podía haber aspirado.

Con su desaparición nuestra Sociedad pierde no sólo a uno de sus Miembros más distinguidos, sino también a uno que desplegó con entrega generosa todo su fervor, entusiasmo, amor y celo para preservar y acrecentar su desarrollo y prestigio. Facilitaron esta labor la amplitud de sus conocimientos, su gran rapidez para razonar y obrar, su dominio de la literatura científica, su extraordinaria habilidad, su laboriosidad que no conocía la fatiga, su método científico certero y riguroso, su gran sencillez, su idealismo, su amor a la ciencia y a su patria.

Se incorporó a la Sociedad Peruana de Cardiología, como Miembro Activo, en 1957. Consideraba, acerca de esto, que ocupar un sitial en la Nómina de Miembros de ella es honra y galardón que reconoce y recompensa los esfuerzos de quienes han trabajado denodadamente para calificar como Cardiólogos en nuestro país; por ello la incorporación debe ser solemne, no un acto rutinario sino una ceremonia trascendente que debe observar un ritual apropiado. Las cosas no terminan con recibir el Diploma correspondiente, éste es también pesada carga de responsabilidad que anuncia el alborear de nuevos desvelos y la continuidad de un esfuerzo que no tendrá reposo en los campos societario, académico y científico. Una de las mayores responsabilidades de quienes integran la Sociedad es la designación de nuevos Miembros; en el acierto de las nominaciones está el origen del brillo y jerarquía que dieron nuestros antecesores a la institución, y es ineludible deber nuestro mantener esta imagen de excelencia y proyectarla a las nuevas generaciones.

Fue Vocal dos veces (1959-1961 y 1967-1969), Tesorero (1961-1963), Vocal de Filiales (1971-1973), Vice-Presidente (1969-1971) y Presidente (1973-1975) de la Sociedad. Todos y cada uno de nuestros Presidentes han hecho lo mejor y lo máximo que pudieron por ella, dentro de las limitaciones que las circunstancias históricas les impusieron. Pero a David Paredes le cupo el mérito y el honor, gracias a sus dotes de institucionalista y organizador con visión de futuro, de dar pasos trascendentales en la historia de la Sociedad, que no se habían podido dar hasta ese momento o que eran difíciles de continuar:

  • reanudación de la publicación de la Revista Peruana de Cardiología, luego de cuatro años de interrupción (la más prolongada hasta entonces), consciente de su importancia tanto institucional como de medio para reflejar y estimular la investigación nacional;

  • establecimiento del primer local de la Sociedad, en un sobrio edificio de la tradicional Plaza Francia, en donde se instalaron los equipos de oficina que ya tenía la institución y que se completaron con otros indispensables para permitir la normal marcha administrativa y hasta la realización de Sesiones y Asambleas;

  • la adquisición de la primera línea telefónica propia, como consecuencia de lo anterior; por primera vez, la Sociedad Peruana de Cardiología apareció en el Directorio Telefónico de Lima;

  • selección de un empleado para encargarse en forma estable de la Secretaría de la Sociedad. La cual fue tan acertada que, más de veintitrés años después y transcurridas trece diferentes Juntas Directivas, la misma persona continúa sirviendo a la institución con dedicación, eficiencia y lealtad no frecuentes de encontrar; por lo que ha merecido siempre el reconocimiento, gratitud y afecto de todos los Miembros;

  • realización del V Congreso Peruano de Cardiología, además de numerosas actividades académicas y científicas;

  • creación de recursos económicos que permitieron intentar por primera vez la adquisición de un local propio para la Sociedad; aspiración que no se llegó a concretar porque la Asamblea Extraordinaria convocada al efecto, opinó por una prudente postergación dadas las circunstancias políticas existentes entonces.

Vivió como propias las vicisitudes de la Sociedad. Se interesaba por su gestión y su destino, se emocionaba y alegraba con sus éxitos y realizaciones, se preocupaba y ensombrecía con sus dificultades; estando siempre presente sin pretender intervenir; aportando su experiencia, sus ideas y consejos, cuando le eran solicitados.

Fue un embajador sin cartera de nuestro país, bienvenido y honrado por numerosas instituciones cardiológicas extranjeras; de los que el Perú necesita muchos en el campo de la ciencia y la cultura.

Fue uno de los organizadores de la Fundación Peruana de Cardiología en 1968. Puso muchas esperanzas, ilusiones y sueños en su futuro. Entregó su entusiasmo, capacidad y energía al servicio de ella en diversos cargos, hasta el de Presidente (1984-1988). La situación ulterior de esta institución fundamental ensombreció las altas aspiraciones que había puesto en ella.

Vivía contento de ser quien era y de provenir de donde venía. Disfrutaba de sentirse útil y realizado. Tenía carácter expansivo, gustaba de la conversación, la amistad, las artes. Amaba la vida, la naturaleza, el campo, el mar. Tenía "une joie de vivre", una alegría de vivir muy grande. Sabía también con toda serenidad, a donde iba. Como buen marino permaneció en su puente de mando y llegado al puerto de destino, acoderó serenamente su nave.

Fue un humanista en el sentido acabado del vocablo. Un hombre que profesaba respeto por la individualidad humana, reverencia al hombre en cuanto portador de un espíritu, y culto por los valores morales.

Era un creyente en Dios, en que su presencia nos ayuda a transitar el camino de la vida y a soportar los tropiezos en los escollos cotidianos. Confesión que no siempre se hace en público por temor a que algún desvariado "espirit fort" o algún otro mentecato la considere obsoleta en este pretencioso y pedante casi siglo XXI, de alta tecnología y baja espiritualidad, que agoniza de desamor, de violencia, de desesperanza, de fatuidad, de paraísos artificiales, de plutocracia, de miseria, de hastío, de opulencia vergonzosa, de hambre y de injusticia. Podemos decir que en él se cumplía el pensamiento de Louis Pasteur, según el cual un poco de ciencia pobre puede alejar de Dios, pero la verdadera ciencia acerca a El.

Fue un hijo, esposo y padre ejemplar. Fue un hombre de ciencia y un hombre de mundo. Fue un hombre de libros y cultura, y un hombre de mar y naturaleza. Se dió por entero a sus enfermos y se dió por entero a sus amigos; pero, por sobre todo, se puede decir de él el mayor elogio que se puede hacer de alguien: fue un hombre de bien y esencialmente cristiano. Es raro encontrar tantas buenas cualidades reunidas en una sola persona; pero ello suele suceder en el Médico - con mayúscula - tal como, hace quizá treinta siglos, lo pensaba y lo expresaba en hexámetros perfectos el mítico Homero, quien conocía tanto de dioses como de mortales, de sabios como de necios, de virtudes como de defectos. Médico de esa estirpe, Iatrós, fue David Paredes; por eso su recuerdo permanecerá siempre vivo entre aquellos que lo conocieron, apreciaron, respetaron y amaron, y también entre aquellos que lleguen a conocer su vida y su obra.

Dr. Salvador Sialer
Miembro Titular de la Sociedad Peruana de Cardiología
Presidente de la Sociedad Peruana de Cardiología (1993-1995)
Presidente de la Unión de Sociedades de Cardiología de América del Sur (1995-1997)