Boletín Cultural de la Sociedad Peruana de Cardiología : Marzo-Abril 2001


EL SANMARQUINO ABRAHAM VALDELOMAR

                                                                                            MANUEL MIGUEL DE PRIEGO*

Cinco veces se matriculó Abraham Valdelomar en el primer año de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (1905: abril; 1910:Julio; 1911 abril; 1912:mayo: 1913). En cada diciembre apenas queda huella de alguna nota en los registros de la asistencia, del cumplimiento de los trabajos encomendados por la cátedra y de los calificativos. Valdelomar no completó nunca un año de estudios en San Marcos. Cuando en Octubre de 1913 se matricula en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Roma y, entre otros, sigue los cursos del criminólogo y penalista Enrico Ferri, parecía que su sino de estudiante iba a cambiar. Acuciado, desde Lima, por doña Carolina Pinto, inició con firmeza el primero de cuatro años de estudios para titularse de abogado, pero esta vez el golpe contra Billinghurst - 4 de Febrero de 1914 - lo obligó a interrumpir la carrera y retornar al Perú.

No faltan quienes atribuyen a las frustraciones del escritor un cierto despecho por la universidad y por lo universitario. "El de un universitario es el estado natural del joven peruano", ironiza en una neurona cuyo sentido puede advertirse con mayor claridad en uno de los tercetos de su epístola a Hidalgo. "Hermano: estoy enfermo de vida solitaria: /solo, entre tanta gente de idealidad precaria, intermitente espíritu y alma universitaria."

Sin embargo, el Valdelomar faltón con respecto a las aulas formó parte del Batallón Universitario, reclutado en Chorrillos de abril a junio de 1910, en previsión de un enfrentamiento con Ecuador. En agosto-setiembre del mismo año fue uno de los ochenta y nueve sanmarquinos componentes de la Expedición Científica al suroriente peruano, conducida por el doctor Lauro Angel Curletti. En setiembre de 1911 estuvo entre quienes, manifestando por calles y plazas demandaron, con éxito, la libertad del docente sanmarquino José de la Riva Agüero y Osma, a quien había detenido el gobierno de Leguía en represalia por el contenido crítico de un artículo periodístico. En mayo-junio de 1912, rodeado de estudiantes de la Universidad Mayor y de otras "menores", volvió a la calle en respaldo a la elección de Billinghurst como Presidente del Perú. Y al año siguiente hubo de batirse a duelo con un adversario, otro sanmarquino.

De modo que, no en los registros administrativos de la Universidad, pero sí en las páginas de la historia cívica y literaria Valdelomar figura suficientemente calificado, ya que, paralelamente, creó poemas, narraciones, ensayos, dramas, crónicas y aun obra plástica, todo en conjunto muy entrañable y valioso. Por cierto, desde hace mucho tiempo, esa producción suya constituye objeto de estudio en los programas de todas las universidades peruanas empezando por San Marcos, y en muchas otras de todo el mundo.

¿A qué se debe, entonces, tanto desdén de Valdelomar por la universidad y lo universitario ? Algo habrá, seguramente, de cierta frustración, algún rescoldo de inconformidad con sí mismo, por inconstancia en desarrollar planes voluntariamente trazados (de otra manera, nada explicaría con justicia su decisión de matricularse seis veces, una de éstas en el exterior ).

En ocasiones, Valdelomar asumía la conciencia de aquella limitación, así por ejemplo durante su conferencia en la Universidad del Cusco en mayo de 1919. Agradeciendo la acogida que le dispensaban las autoridades y la comunidad universitaria, expresó: "Bien sabéis, señores, que no tengo título alguno que exhibir para justificar estas generosidades. La misma humildad de mi persona comprueba vuestra liberal actitud, al recibir en el más alto templo intelectual del Cusco a quien no tiene ni título académico, ni una cultura sólida, ni una obra concreta. Os agradezco, principalmente, en nombre de la intelectualidad de Lima, a la cual vengo a representar y de la cual traigo un encargo para vosotros. Recibid, señores, el saludo cordial, el homenaje sincero, el fraternal abrazo que debe unir y que une, por fortuna, a los hombres que piensan y sueñan a ambos lados de los Andes solemnes".

Como se ve, Valdelomar exagera un tanto la autocrítica, pero al mismo tiempo la equilibraba con la dignidad de quien se siente un intelectual de valía, por sí mismo y porque representa a otros colegas de igual mérito, poseedores o no de un diploma académico.

Sin embargo, eran menos personales y más trascendentes las razones por las que Valdelomar tenía ante la universidad una actitud severamente crítica. Oigamos lo que dijo en otra de sus conferencias en el suroriente: "En orden a la educación escolar, durante los ocho años en que fui alumno se cambió tres veces el plan de estudios..... Se nos obligaba, en la propia Universidad de Lima (San Marcos), a aprender los cursos de memoria; estudiábamos cursos impresos cincuenta años antes y teníamos catedráticos seniles o jóvenes inexpertos para maestros. Se nos enseñaba una historia del Perú caprichosa, mentirosa y llena de un insultante cinismo. En aquella historia no se nombraba a los héroes, pero se exaltaba o se deprimía a los presidentes, según estuviera en boga tal o cual partido político y se nombraba con audacia innoble a los traidores a la patria".

Uno de los docentes sanmarquinos de la segunda década del siglo XX (y también de la primera) fue el pintoresco abogado y parlamentario civilista Manuel Bernardino Pérez, más popularmente conocido como el "Burro" Pérez. Habitue de los camerinos de los teatros, don Manuel Bernardino andaba siempre "entre el foyer y el escenario, para ver si había número coreográfico", según anotación de Jose Carlos Mariátegui. Su devotición por las coristas corría paralela con su adicción a la curul parlamentaria, ambas lo levitaban hasta el éxtasis. Fracasados sus intentos por ser representante de Pomabamba, primero, y por Pataz después, consiguió al fin la diputación por una provincia especialmente creada para él por el presidente Pardo: Cajamarquilla. "Acabamos de ver al señor Manuel Bernardino Pérez con una flor en la solapa - escribió Mariátegui - Y nada hay más justo que el júbilo del señor Pérez. Una provincia nueva, una provincia pura, una provincia inocente, una provincia recién nacida, va a darle su representación en la Cámara de Diputados. El señor Pérez va a tener el inmenso orgullo de ser personero de una provincia sin historia y sin pecado, que es como quien dice una provincia en botón".

Ya instalado don Manuel Bernardino en su nueva curul, Valdelomar lo retrata así: "En ese momento el doctor Pérez ingresaba a la Cámara sereno y satisfecho.... A él, tan experto en presupuestos y cosas de finanzas, ¡cuántos presupuestos se le han escapado, al señor Pérez! No obstante, parece el mismo de antaño. Por él no pasan las horas. El mismo paso tardo y sereno. El mismo abrigo cáscara de nuez. La misma cadena de oro de 18. El mismo dije de cochinito. El mismo prendedor de huayruro. Y, por fin, la misma juventud apolínea y tentadora..." En San Marcos, don Manuel Bernardino no tenía necesidad de preparar la clase. Con las anecdotas bastaba.

Otro ejemplo de docente sanmarquino era don Hildebrando Fuentes, a quien nuestro escritor estigmatizara muchas veces. "Coronel de ejército y catedrático de Metafísica en San Marcos, ex - prefecto de Loreto, ministro del general del Caquetá (Benavides), y coadyuvador en el Salvador, golpe del 15 de mayo (destinado a reforzar el poder del anterior)". Fuentes es el personaje Si-tay-Chong de los cuentos chinos. En agosto de 1919, Valdelomar escribe a José Torres de Vidaurre lo siguiente : " Un coronel de revolución, a quien Satanás esté sancochando en las ardientes calderas de los profundísimos infiernos - salvo que Dios, mi Señor, lo haya perdonado, que lo dudo - fue profesor de Metafísica entre nosotros, y un profesor de Literatura francesa decía haiga, se hurgaba las quechuas narices con el índice y pronunciaba Baudelaire tal como se escribe. Aquí los artistas debíamos usar coches halados por cuadrigas formadas por un político, un catedrático, un "gran bohemio" iqueño y un subprefecto cualquiera".

La crítica de Valdelomar era una crítica de la universidad civilista y de la sociedad hegemonizada por el civilismo. El poder político civilista se ejercía también a través de los claustros. Según anota Luis Alberto Sánchez, la Universidad no contaba con más de cuatro Facultades - excluyendo la de Teología - y unas cien cátedras. De ellas, veinticinco estaban en manos de un clan de dos o tres familias: 14 personas. Don Manuel B. Pérez era un simple gonfalonero de aquellos. Y uno que otro constitucional casi lo mismo.

El cronista parlamentario Valdelomar castigaba con su humor y su sarcasmo a gobernantes y legisladores del período 1915-1919. Al mismo tiempo oponía a la rancia retórica de sus catedráticos, sus innovaciones a tono con el progreso universal de las humanidades, que incluía la recuperación de la naturalidad y la verdad perdidas. Por ello dirá en Ica, su ciudad natal: "Soy panteísta. Más ha contribuido en la formación de mi espíritu, la muda contemplación de estos médanos y guarangales, de estos viñedos y algodoneros florecidos, de estos sauces añosos, de estas acequias lentas y sombreadas, de estos crepúsculos encendidos y de estas noches consteladas por el raro florilegio de las estrellas, que las lecciones de Filosofía del Dr. Deustua, o las novelas de Anatole France. La humanidad necesita vidas honestas, sensibles, útiles y fecundas. No necesita malabaristas del pensamiento. Los hombres fundarán todas las universidades que quieran; pero enseña más un amanecer en el campo que un catedrático de estética".


*Crítico - ensayista.
Profesor Universitario