| Boletín Cultural de
la Sociedad Peruana de Cardiología
: Agosto-Setiembre 2000 |
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EL ANGEL
ARTURO CORCUERA
Mi tía Etelbina contaba que una noche vio un ángel.
Entraba a su dormitorio disponiéndose a dormir cuando divisó junto a la ventana a un ser
extraño de rostro adolescente, cuyo perfil no podía precisar si se trababa de una dama o
un varón. Observaba la calle con curiosidad y tenía alas. Una túnica como de tocuyo de
nube lo cubría de los hombros a los pies. Su primera impresión fue mezcla de espanto y
asombro, enseguida la fascinación. Fuertemente turbada pensó postrarse de rodillas ante
lo que sospechaba era un ángel, pero algo la atrajo hacia él y sintió el imperativo de
tocarlo. Asustadizo el ángel advirtió su presencia y se puso en trance de vuelo. Mi tía
entonces alcanzó a cogerlo del traje y, rasgándola, aprisionó en sus manos, una parte
de su vestidura.
Todo ocurrió muy rápido. Mi tía no cesaba de refregarse los ojos para convencerse que
no estaba soñando. Durante mucho tiempo ocultó a todos el prodigio. No lo revelaba a
nadie por temor a que la tomaran por una loca. Sólo más tarde, contados amigos y
parientes conocieron la historia entre incrédulos y piadosos, a pesar de ver y tocar el
fragmento de túnica guardada bajo siete llaves en un arcón antiguo forrado en cuero
negro.
A mi y a mis hermanos más pequeños nos prometía contar su encuentro con el ángel si
nos portábamos bien. Si tomábamos la sopa nos abriría el baúl, en el que escondía su
amado tesoro. Quedábamos maravillados viendo aquella tela rara, guardada entre sus
prendas íntimas. "Para que me proteja de los acosos y ahuyente de mi el pecado"
nos decía.
Mi tía interpretaba la aparición como señal de buenos augurios. Y coincidió que ese
año hubo buena cosecha, no volvió la plaga de langosta que depredaba los sembríos y los
árboles lucían cargados de pomarrosas; golondrinas de variados colores se posaban en los
hilos de la luz y cantaban como jilgueros. Evaristo, el zapatero remendón, se curó de
una anemia perniciosa que lo estaba matando; volvió a caminar y a vender sus rosquitas
dulces doña Encarnación, atacada por una artritis aguda que la había inmovilizado,
desapareció el tumor maligno de don Ludolfo, buen hombre que todas las mañanas nos
traía la leche que ordeñaba su vaca pinta.
Tío Asunción, el hereje de la familia, como sólo creía en las tretas del demonio, no
dejaba de rezongar: "no sé para qué guarda Etelbina ese trapo desteñido. Estoy
seguro que la figura del ángel es una nueva patraña del diablo con la que pretende
tentar a las solteras candelejonas".
Sólo al cura del pueblo no quiso mi tía confiarle el secreto y menos enseñarle el
atuendo celestial por temor a que la iglesia se lo expropiara para ponérselo al arcángel
San Gabriel. Ella nos pedía a menudo que cuando muriera enterráramos la prenda con sus
restos. LA abuela fue la encargada de depositarla en el cajón. Antes la sacudió y un
polvillo de estrellas quedó flotando en el aire hasta posarse en nuestras manos que
extendimos para recibirlo. Así se cumplió su deseo. Yo creo que, en el fondo, ella
siempre quiso morir joven para encontrarse cuanto antes con el ángel. Se fue la víspera
de su cumpleaños y en la casa nos quedamos con ganas de comer torta y de apagar sus
cuarenta velitas.
La noche que falleció, a los chicos nos desalojaron del velatorio. Nos mandaron al campo
y, llorosos, nos pusimos a contemplar el cielo cuando en eso nos quedamos atónitos, vimos
a la tía Etelbina con un aire de felicidad cruzar el firmamento de la mano del ángel,
huésped celeste que nos encandiló de niños y que no cesa hoy de rozar con sus alas
nuestros sueños.
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