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5 de octubre de 1885, Hospital Francés, 11:30 de la noche, volaba a la inmortalidad el ínclito cerreño, estudiante del 6º año de medicina de la Facultad de San Fernando, Daniel Alcides Carrión.
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Jorge Manrique decía en uno de sus poemas: "cualquier tiempo pasado fue mejor", y traigo a colación este verso pues si bien vivimos en este siglo XX que ya termina y en el cual se ha producido enormes progresos en todo orden de cosas en el mundo y particularmente en la medicina que es nuestro quehacer cotidiano, no podemos dejar de mirar atrás y concluir que muchos de los avances de los que nos enorgullecemos, tuvieron su base en las generaciones de hombres y mujeres del siglo XX que forjaron lo que sería el conocimiento maravilloso que se alcanzó en el siglo XX.
Mencionar nombres sería largo y se correría el riesgo de olvidar algún sabio olvidado y modesto. Digamos solamente dos: Luis Pasteur, el creador de la bacteriología y Claude Bernard el maestro de la medicina experimental.
En nuestro país son también innumerables los hombres y mujeres que dieron gloria a nuestra patria, tanto en la paz como en la guerra, tanto en la ciencia como en las letras y artes. También aquí quiero mencionar dos glorias sempiternas: don Ricardo Palma el ilustre tradicionista que da su nombre a nuestra universidad y Daniel A. Carrión en cuyo homenaje se escriben estas líneas.
Carrión, este joven provinciano, del corazón de nuestra sierra, viene a la capital ávido de conocimiento y consagra su vida al estudio de la medicina en nuestra Facultad de San Fernando. Es acompañado por los restantes miembros de su Promoción que era conocida como la de "Los siete sabios de Grecia" y cuyos nombres veneramos los que cultivamos esta rama de la Medicina: Mariano Alcedán, que al año de la muerte de Daniel pide al gremio médico nacional que la enfermedad de la verruga se llame en adelante "Enfermedad de Carrión" lo cual es aceptado unánimemente; Julián Arce su amigo del alma y continuador de su obra en la cátedra universitaria; Casimiro Medina, Manuel Montero "monterito" como le decían, Ricardo Miranda, Enrique Mestanza a quien Daniel dirigiría sus últimas palabras antes de entrar al coma profundo y definitivo: "Enrique c'est fini" pronuncia con entereza el héroe a las 5 de la tarde, dando con esas palabras una prueba más de su hombría y de su espíritu científico. Y finalmente Ernesto Odriozola, cl gran clínico que estudió con ellos hasta 5º y luego fue a Paris para retomar titulado y escribiendo ya su obra magna “La maladie de Carrión” en la que hace un estudio completo de la enfermedad, tanto desde la primera fase o fiebre de La Oroya, el periodo intercalar que describe y el que se conoce con su nombre y la fase eruptiva o verruga andina. Es decir, recogiendo el legado de Carrión, Odriozola ratifica con su descripción la unidad etiopatogénica y clínica de la enfermedad.
Carrión entonces con su sacrificio de enorme trascendencia nos ha dejado un legado que los médicos peruanos hemos sabido continuar. Trascendencia como investigador haciendo la investigación en su propio organismo, abriendo sendas para los estudios innumerables que vinieron después y efectuados por esa p1éyade brillante de investigadores peruanos que no dejan de escudriñar todas las particularidades de la enfermedad. Trascendencia como hombre por la firmeza de carácter y su entereza al enfrentarse ante un enemigo invisible. Trascendencia como patriota al luchar en las batallas de San Juan y Miraflores y al tratar de rebatir con su hazaña las afirmaciones del médico Izquierdo (de Chile) y culminando con ello sus estudios minuciosos, pacientes y prolongados en la búsqueda de la solución de la incógnita que representaba hasta entonces la Verruga Peruana y la Fiebre de La Oroya.
Y ahora, cuando ya cl siglo XXI está sobre nosotros, nos preguntamos, ¿hemos sabido cumplir el legado de Carrión y apreciado la trascendencia de su hazaña?.
La respuesta es positiva; continuamente se descubren nuevos aspectos de una enfermedad que se creía ampliamente conocida. La aparición de nuevos lugares geográficos en el país donde se presenta la enfermedad, la biología molecular que indaga el interior mismo del germen, la serología, la inmunología, la terapéutica, la aparición o descubrimiento de nuevas bartonellas de las que no se conoce totalmente su papel patogénico y en fin cuantos descubrimientos más que se están haciendo en la aurora del año 2000 y que nos permite decir en voz alta:
Daniel Alcides, cuando dijiste
en tu lecho de muerte “a vosotros os toca continuar la obra por mi
comenzada siguiendo el camino que les he trazado”. . . los médicos peruanos podríamos decirte con orgullo ¡MISIÓN CUMPLIDA!.
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