Revista de Psicología - Año III Nº 5 Setiembre 1999

 

EDITORIAL

 

Este número tiene un especial simbolismo. Es el último del siglo. Esto representa, en nuestros esquemas del tiempo y La vida, un punto de inflexión en «lo vivido», en nuestro tiempo personal, como seres que crecimos y aprendimos en el curso de la segunda mitad del siglo XX, con los valores que nuestros padres y profesores nos enseñaron y con los cuales nos formaron. Valores que aquéllos, en la primera mitad del siglo, hubieron recibido del XIX.

AL finalizar el año 1999 habremos ingresado a un nuevo siglo, el XXI. Estaremos ad portas del tercer milenio. Para los hombres y mujeres de la cultura occidental y cristiana, ése será un acontecimiento límite, pues en él la conciencia individual y colectiva tendrá dicha sensación de «ruptura», un sentimiento que resultará del hecho de que, con el 31 de diciembre de 1999, nos percatemos de cómo, con el siglo que terminó, quedaron irremisiblemente atrás logros y fracasos, realizaciones y desrealizaciones. Incluso habrá evocaciones nostálgicas por aquellos de los nuestros que se fueron a la hora undécima, pues, al saludarnos por el «año nuevo» o por la «nueva centuria», visitarán nuestra memoria las personas con las que habíamos dado por descontado que atravesaríamos juntos el umbral del 2000, pero que ya no están más.

No será pues un año nuevo más. Será un año de un siglo nuevo, siglo cuyo final, sin duda, no llegaremos a ver; con excepción, al menos, de los que nazcan en la tercera década de él, pero un siglo cuyo comienzo nos impone un balance de lo visto y vivido. Aceptemos que, como decía Aldous Huxley, remorderse o revolcarse en el barro no es la mejor forma de limpiarse, pero tampoco debiéramos prescindir de la lección del pasado.

Al «pasado» lo distingue, como dijera Mariano Iberico, el haber «sido». No es infrecuente que una persona hable de sí misma poniendo particular énfasis en lo que ella ha sido o ha hecho. Ello no revela únicamente la intervención de la memoría en nuestra percepción del tiempo, sino una ganancia que está representada en esa «intervención». No se trata de una mera «variable interviniente». La ventaja de la adultez sobre la juventud es justamente la memoria. Y, a su vez, un signo indubitable de madurez es la voluntad de autocrítica. Para decirlo con Sócrates, una vida no examinada no vale la pena vivirla.

Todo balance de un fin de siglo es «multidimensional». Quien se creyese en condiciones de hacer semejante análisis tendría que haber sido un «testigo ocular confiable» de las cosas que acontecieron desde el comienzo del siglo y seguir viviendo aún. Eso es casi materialmente imposible: Bertrand Russell, por ejemplo, nació en 1872. Cuando empezó el siglo XX él tenía 28 años. Pero murió en 1970, y consecuentemente no alcanzó a ver lo acontecido en Las tres últimas décadas.

Empero, allí no reside lo «multidimensional», sino más bien en lo que esa misma palabra connota. Son múltiples los planos de creación o realización humana factibles de medida o evaluación. Y estos planos son los de la cultura. De modo que un balance de un fin de siglo es, en fin de cuentas, un balance cultural.

Sociedad y cultura son inseparables. Si una «sociedad» está formada por un conjunto de personas interrelacionadas, el mecanismo a través del cual se relaciona ese conjunto de personas es la cultura. Por eso, dentro de la «cultura» han sido incluidos el arte, la filosofía, las ideologías y las formas de pensamiento mítico, la ciencia y la tecnología y, por último, la guerra misma.

El siglo XX fue testigo de dos guerras mundiales. Para Carl von Clausewitz, la guerra no es sino la prosecución de la política por otros medios. Pero la política, comprendida en su perspectiva como una dimensión de la relación humana, difícilmente avala la impunidad de regímenes concultorios del derecho a la vida. Si así se pretendiese, ella sería la responsable definitiva del escepticismo que suele despertar en más de uno la estatura moral del ser humano. Pero habría señas de que en esto hay un «nunca más».

Las torturas y las desapariciones han llegado a ser en los últimos tramos del siglo XX objeto de condena y sanción internacional. Las «tentaciones» políticas que en todo país acostumbrado a los golpes de Estado tuviesen sus estamentos militares quedaron por éstos mismos signadas como un riesgo de descomposición social. Qué clase de «ser humano» podría ser el que mutila, asesina y rocía de gasolina a otro? Como quien simboliza la espera de algún castigo, Mario Benedetti ironizó que: «Un torturador no se redime suicidándose. Pero algo es algo».

La Revista de La Facultad es obra de quienes asumieron la tarea de materializarla y de contexturarla conforme a la tradición intelectual de San Marcos. El Comité Editorial es el que revisó y organizó materiales con el apoyo de la secretaria de la Unidad de Postgrado, señora Rosa Coaila Moreno. Agradecemos el apoyo traductor que nos brindó la psicóloga Elsa Farfán Gonzales.

 

Mario Bulnes Bedón

Director