BALANCE Y LIQUIDACION DEL CONDUCTISMO Manuel Campos Roldán*
El objetivo del artículo es revisar las condiciones históricas que propiciaron el surgimiento del conductismo. Al final se intenta un balance del estado del conductismo skinneriano en el último año del siglo XX. Palabras clave: Objetividad, conductismo, neoconductismo, cognitivismo, neurociencia. This article reviews the historical conditions of the Behaviorism arise. Finally, it tries to do a Skinnerian Behaviorism appraisal in the last year of the twentieth century. Key words: Objectivity, Behaviorism, Neobehaviorism, Cognitivism, Neuroscience.
INTRODUCCIÓN Por algún tiempo, (por) la nefasta influencia del conductismo, la psicología ignoró o incluso negó la existencia de la conciencia, aunque hoy (sea) difícil comprender cómo... ocurrió, pues siendo criaturas conscientes (esto) es negar nuestra... naturaleza. Álvarez Leffmans (1998: 51). El «punto de vista conductista» que, en 1913, promovió el psicólogo estadounidense John Broadus Watson (1878-1958) fue considerado como un aporte a la búsqueda de objetividad en psicología. Que al conductismo se le elogie, sobrevalore o critique desde la misma posición conductista tiene escaso mérito. Hace falta cierta «distancia». El asunto es ya otro si los méritos se reconocen desde posturas ideológicas o teóricas contrarias al conductismo. Éstas lo han evaluado con cierta ambivalencia, justificable en especial por la óptica de la cual parten. Ilustraré esto en orden cronológico. Veamos el primer caso. En 1927 Georges Politzer, un marxista francés que, por su ideología, a cualquiera haría pensar que fue enteramente adverso al conductismo, escribió sobre éste lo siguiente: Verdaderamente sólo ha habido una única tentativa sincera de psicología objetiva, y ha sido el behaviorismo, tal cual resulta de las ideas fundamentales de Watson. Han sido necesarios cincuenta años y los fracasos sucesivos de Wundt, Beclitherew y otros... (El) gran mérito de Watson ha sido haber comprendido finalmente que el ideal de la psicología, ciencia de la naturaleza, llevaba en sí renuncia absoluta y sin condiciones a la vida interior. Hasta entonces las psicologías objetivas no lo habían sido más que en sus prefacios, teniendo la costumbre de reintroducir en el texto nociones introspectivas, con mayor o menor ingenuidad. Watson ha comprendido que la actitud sinceramente científica exigía que se hiciese tabla rasa de todo cuanto es introspección y espiritualidad, habiendo logrado lo que pudo escapar a los más importantes representantes de la psicología objetiva: pensar hasta su extremo la exigencia de la objetividad en psicología... (véase Politzer, 1969: 206207; las cursivas son de él).Como contrapeso, agregó que «la tentativa de Watson se ve atacada por la misma insuficiencia que las precedentes: salva la objetividad, pero pierde la psicología» (Politzer, 1969: 207). Pasaré ahora a una observación procedente de un punto de vista teórico. Del juicio ideológicamente orientado iremos a la teoría. Si no se los distingue, pueden ser confundidos. Un criterio de distinción es que la ideología se funda en la creencia y la teoría en la investigación y la crítica. El punto de vista aludido es el de Bunge. En 1980 él escribía que: ... la psicología conductista adopta un enfoque científico limitado. Por este motivo (a) ha quedado estancada desde fines de la década de los cincuenta, y (b) se la debe considerar como la madre ( ... ) de la psicología que está plenamente en gestación. Pero es una madre soltera, ya que nunca quiso contraer nupcias con el padre de esta nueva psicología, es decir, la neurofisiología. Y a las madres se las ama, se las tolera y se las trata de modo tal que no impidan el desarrollo de sus hijos.La crítica al conductismo es saludable con tal que no se convierta -como en el caso de Chorrisky- en una apología del mentalismo. Al fin y al cabo, el conductismo, lejos de ser anticientífico, peca tan sólo por ser científico-a-medias. Una sólida formación en psicología experimental de la conducta no debiera ser un obstáculo para adoptar un enfoque más amplio (Bunge, 1980: 134). Pondré ahora un tercer y último ejemplo. Y esta vez es una observación procedente de la psicología «cognitivista». En 1987, Gardner reconoció que: El conductismo vino a responder a muchas inquietudes de la comunidad científica, algunas de las cuales eran muy legítimas: el malestar por tener que aceptar al pie de la letra los datos de la introspección, sin ninguna forma científica de control o posibilidad de reflitación; la insatisfacción con conceptos vagos y generales del tipo «voluntad» o «propósito», y el anhelo de explicar el comportamiento humano apelando a las mismas construcciones teóricas que habían sido aplicadas (aparentemente con gran éxito) al de los animales. Teniendo en cuenta los problemas que había originado el introspeccionismo ( ... ), el conductismo pareció una brisa de aire fresco en las décadas iniciales de este siglo. No es de sorprender que rápidamente atrajera y cautivase a las mejores mentalidades de toda una generación de estudiosos.No obstante, en retrospectiva, cabe sostener que se pagó un precio demasiado alto por la adhesión estricta al conductismo. En tanto duró su imperio -o sea, durante las décadas de 1920, 1930 y 1940-, sólo fue posible aproximarse con dificultades, furtivamente, a las cuestiones vinculadas a la naturaleza del lenguaje, la planificación humana, la resolución de problemas, la imaginación, etc. -si es que estos temas eran en alguna medida tolerados(Gardner, 1987: 28). Consecuentemente, postularé dos motivos que justifican un balance del conductismo. Uno, la prerrogativa atribuida por otros de que haya sido la «única tentativa sincera de psicología objetiva». Pero por esto se pagó «alto precio». Lo dice Gardner e implícitamente lo dicen Politzer y Bunge. De allí el segundo motivo. Buscare, pues, evaluar cuál fue ese «alto precio» y cuán «alto» fue. Dividiré para ello el artículo en dos partes: 1.° ¿Cómo surgió el conductismo?; y 2.° ¿Qué produjo el conductismo? Antes de empezar haré una precisión conceptual. Uso el término «liquidación» en su acepción comercial de ajuste de cuentas. Así, busco balancear el «activo» y el «pasivo» del conductismo reseñando la trama histórica que lo propició y lo que produjo. Espero aportar a aclarar si su influencia fue o no favorable en la complexión teórica, metodológica y técnica de la psicología que arriba al 2000.
¿COMO SURGIO EL CONDUCTISMO? El conductismo no ha surgido... de la observación de la estupidez humana. Es la sabiduría de los animales lo que ha sugerido este punto de vista. Bertrand Russell, Analysis of Mind (1921). Estas palabras de Russell (1962: 29) resumen, incluso con su pesimismo ético y su adjudicación «antropomórfica» de «sabiduría» a los animales, la atmósfera de ideas en que aconteció la aparición del conductismo. Donald Olding Hebb, p. ej., dice algo similar al anotar que el conductismo fue: ... un proceso que se inició en realidad con Charles Darwin. El propio Darwin observó que, paralelamente con la evolución de la estructura, se producía una evolución de la conducta, y empezó su estudio en 1872, en su Expression of the Emotions in Man and Animals (Hebb, 1968: 4).El hecho de reconocer en Charles Darwin (1809-1882) el papel histórico de «gestor» del conductismo es un indicador del alcance de su teoría. En 1859 61 publicó The Origins of Species by Means of Natural Selection or the preservation of Favoured Races in the Struggle for Life (léase El origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida). El título menciona el mecanismo postulado por Darwin como responsable de la evolución, esto es, la «selección natural». Ello le dio originalidad, pues, como se sabe, la idea de evolución tenía cierta antigüedad. En El origen, aparte de la «selección natural», Darwin incluye a la «lucha por la vida» (struggle for life). Él se pronunció acerca de esta «lucha» del siguiente modo: Nada más fácil que admitir en general la existencia de la lucha por la vida; pero nada más difícil ( ... ) que tenerla constantemente presente. Hasta que no estemos persuadidos de este hecho, sólo comprenderemos a medias o en forma totalmente errónea la economía de la naturaleza... Vemos sólo el rostro sonriente de la naturaleza... Pero no advertimos o pasamos por alto que los pájaros que cantan despreocupados en nuestro derredor viven de insectos y semillas, destruyendo así constantemente vidas. U olvidamos que muchos de ellos, sus huevos y pichones son aniquilados por aves de rapiña y otros enemigos (reproducido según Denker, 1973: 24).E hizo, además, una conveniente advertencia: Quiero anticipar que empleo el término «lucha por la vida» en un amplio sentido metafórico, que incluye la dependencia recíproca de los seres vivos y, lo que es más importante, no sólo la vida del individuo, sino también su capacidad de dejar descendientes (reproducido según Denker, 1973: 26).En 1871 Darwin publicó Descent of Man. (Este título se suele traducir como «El origen del hombre», mas sería mejor como «El descendimiento del hombre»). Allí defendió que «no hay diferencias fundamentales entre el hombre y los mamíferos superiores respecto a sus facultades mentales» (citado según Keller, 1977: 57-58). Habría diferencias «de grados, pero no de clase» (ver Keller, 1977: 58). Con el astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543), Darwin forma parte de la genealogía de los «rupturistas» de las concepciones del mundo y del hombre. Sus planteamientos concernientes a la evolución y la lucha por la vida habrían sido precedidos por los del filósofo inglés Herbert Spencer (1820-1903) desde 1855 (véase, p. ej., Boring, 1992: 263; y Storig, 1995: 536). Pero Bunge (1981: 123) ha traído a esta discusión un par de testimonios nada desdeñables. Oigámoslo: Darwin adoptó una visión materialista y evolucionista de la mente ya en 1838, como lo revelan sus cuadernos M y N, publicados hace poco, y que revisó él mismo el año (1856) que comenzó a escribir su Natural Selection, el antecesor inconcluso del Origen de las especies (Gruber & Barret 1974). En el cuaderno M se lee: «Origen del hombre ahora comprobado. -Quien comprenda al babuino hará por la metafísica más que Locke» (M 84). Y en el cuaderno N deduce la consecuencia metodológica de que lo mental es una función corporal: «Estudiar metafísica al modo en que siempre se la ha estudiado me parece lo mismo que descifrar la astronomía sin mecánica. -Experiencia muestra que problema de la mente no puede resolverse atacando la ciudadela misma. -La mente es función del cuerpo. -Debemos introducir un fundamento estable desde el cual argüir» (N 5).Los fragmentos que Bunge reproduce saldrían a la luz recién en 1974. H. E. Gruber y P. H. Barret publicaron los cuadernos en su Darwin on Man. Together with Darwin's Early and Unpublished Notebooks. Como lo ha recordado Thuillier (1982: 274), Darwin reiteró constantemente que su interés fue el derrocamiento de la teoría de las «creaciones especiales». Esta sostenía que las distintas especies fueron creadas por separado. La atribución de la «genealogía» mencionada empezaría con el fisiólogo francés Emile Du Bois-Reymond (1818-1896), un pionero en la investigación sobre la índole eléctrica de la transmisión nerviosa (v. Boring, 1992: 50). Él pronuncio en 1883 un discurso en la Acaden-tia de Ciencias de Berlín. El discurso se publicó en 1887 con el título «Darwin y Copérnico». Allí Du Bois-Reymond decía: «Para mí, Darwin es el Copérnico del mundo orgánico» (véase Assoun, 1982: 192). Darwin tuvo un ilustre seguidor: Errist Haeckel (1834-1919), alemán y promotor del «darwinismo» (Assoun, 1982: 189-190). De él proviene la «ley de recapitulación biogenética» (ver Stórig, 1995: 535). Se trata de la teoría de que, en el seno intrauterino, los embriones presentan sucesivamente algunas de las formas embrionarias de sus antecesores filogenéticos. En la actualidad ha devenido en hipótesis incorrecta (ver Lealiey, 1998: 268). En 1899 publicó Die Weltrútsel (léase: Los enigmas del mundo). En el capítulo XII Haeckel escribió que «Darwin se convirtió en el Copérnico del mundo viviente ... »(citado según Assoun, 1982: 191; las cursivas están en el texto). Por su parte, en 1917, Sigmund Freud (1856-1939) habló de estas «tres graves ofensas por parte de la investigación científica» al «amor propio de la Humanidad» (véase Freud, 1974: 2434-2436). Una sería la «ofensa cosmológica», por Copérnico. La otra «ofensa» sería biológica, por Darwin. La tercera habría sido la «ofensa psicológica», operada por el psicoanálisis con su tesis de que «el yo (la conciencia) no es dueño y señor en su propia casa» (Freud, 1974: 2436). Pero en una carta de respuesta a Karl Abraham del 25 de marzo de ese mismo año Freud le negó a aquél que hubiera pretendido «tener un lugar junto a Copérnico y Darwin». Más aún, le dijo que tampoco tenía a Copérnico como su «colega» (véase Assoun, 1982: 188, pie de pág. N.° 3). Ya que, al fin y al cabo, éste no va ser un «proceso a Freud», sino al «conductismo», vayamos a Watson.
De la psicología animal al conductismo de Watson La asunción de la continuidad filogenética dio curso a la «psicología animal» que empezaría con la búsqueda de las facultades intelectuales del hombre en los animales. Dejaré esta vez la palabra a Boring (1992:493-494): Fue la teoría de la evolución la que dio origen a la moderna psicología animal. Cuando los animales eran autómatas y los hombres poseían alma, no había ninguna razón para interesarse científicamente por la mente de los animales; pero en el momento en que se aclaró que no existe separación en el continuo entre la mente del hombre ( ... ) y lo que queremos considerar como equivalente a la mente en los animales, sí hubo razón para estudiarla. Por eso es correcto considerar a Darwin como el punto de iniciación de la era moderna en la psicología animal por la publicación de su libro Expression of the Emotions in Man and Animals (1872), donde utilizó gran cantidad de observaciones para llegar a proponer que el comportamiento emocional del hombre depende de la herencia de ciertos comportamientos que fueron útiles en la vida animal anterior, pero que ya no juegan un papel útil para el hombre actual.Veamos más de cerca el nexo entre la psicología animal y el conductismo. Como vimos, según Hebb, el conductismo es un «proceso» comenzado por Dat-win. Ahora bien, confrontemos seguidamente esto que él dice con lo que acabamos de ver en Boring: En la medida en que podemos fijarlo en una fecha precisa, el periodo moderno principió en psicología en 1913, cuando John B. Watson emprendió una labor de limpieza doméstica, consistente en descartar una serie de ideas acerca de la mente que hasta allí se habían aceptado como ciertas sin haberlas sometido a examen crítico previo alguno (Hebb, 1968: 4). En consecuencia, el conductismo de Watson, inaugurador de la «modernidad» en psicología, habría tenido un efectivo precedente histórico y teórico en la psicología animal, que empezaría en Inglaterra hacia 1882 (ver Boring, 1992: 644). A partir de esto reconstruiré el trayecto.Ese mismo ano apareció Animal Intelligence, de George John Romanes (1848-1894), conocido, entre otras cosas, por su amistad con Darwin y por ser el que introdujo el término psicología comparada (ver Boring, 1992: 494). Tal expresión designaría en Romanes al «estudio de la mente en evolución» mediante la observación y comparación de fenómenos mentales en distintos niveles de la jerarquía filogenética. Romanes empleó, además de la observación, las crónicas populares sobre los animales como vía de recogida de datos. A esto se le llamó después «método anecdótico». Empero, las críticas a Romanes no faltaron. No sólo se le refutó por su procedimiento «anecdótico», sino por su antropomorfismo. Antes de bosquejar uno de los antecedentes principales de la crítica al antropomorfismo de Romanes me detendré en Jacques Loeb (1859-1924), zoólogo de origen alemán. Publicó su Der Heliotropismus der Thiere und seine Überstimmung mit dem Heliotropismus der Pflanzen, en 1899. Allí Loeb propuso al «tropismo» como teoría y como un mecanismo descriptivo explicativo de la conducta animal. El concepto hasta ese entonces había sido usado únicamente en botánica (véase Zazzo, 1964: 109). El «tropismo» es definido por Loeb como la orientación de un organismo al interior de un campo de fuerzas (Boring, 1992: 660). Es un movimiento forzado que es función directa de estímulos del entorno. El comportamiento de los animales inferiores responde a estímulos externos y, en tal sentido, no es una función de la «conciencia» (Kazdin, 1983: 61). Esto recibió el apoyo de Thomas Beer, Albrecht Bethe y Jacob von Uexküll (ver Boring, 1992: 647), connacionales de Loeb. Éste fue a vivir a los Estados Unidos de Norteamérica en 1891. Allí vivió hasta su muerte. Enseñó algunos años en la Universidad de Chicago, donde fue profesor de Watson (v. Skinner, 1975a: 619; Kazdin, 1983: 62; Marx y Hillix, 1985: 161). En Chicago era «muy fuerte» el influjo de la biología sobre la psicología (Kimble, 1975: 31). Prosigamos. En 1894 Conwy Lloyd Morgan (inglés, 1852-1936) publicó Introduction to Comparative Psychology. En el capítulo 3 él enunció su célebre canon de parsimonia, que puso en jaque a su vez al «antropomorfismo» de Romanes. Escuchémoslo: En ningún caso podemos interpretar una acción como el resultado del ejercicio de una facultad psíquica superior, si puede interpretarse como el resultado del ejercicio de una acción psíquica inferior en la escala psicológica (citado según Boring, 1992: 495).En 1896, Morgan fue invitado a la Universidad de Harvard a fin de que exponga sus estudios en aprendizaje por ensayo y error en pollos. Hasta entonces no se había investigado así en Harvard. Según Hothersall (1997: 385), «es probable» que Edward Lee Thorndike (1874-1949) haya asistido a las clases de Morgan: poco después éste empezó su propia investigación sobre el aprendizaje con pollos (un estudio algo puntual de las ideas de Morgan está en Carpintero, 1996: 278-280). En 1899 Beer, Bethe y von Uexküll publicaron juntos el trabajo «Vorschläge zu einer objektiverender Nomenclatur in der Physiologie Nervensystems» (traducible como: «Propuesta para una nomenclatura objetiva en la fisiología del sistema nervioso»). Allí ellos proponían la prescindencia definitiva de los términos psicológicos debido a su «subjetividad» (p. ej., sensación, memoria, aprendizaje) para ser reemplazados por otros de mayor grado de objetividad. P. ej., sugirieron sustituir «audición» porfonorrecepción. Este reclamo de objetividad tiene su justificación. Se basa en la exigencia de independencia entre el observador y lo observado. La descripción de un hecho será «objetiva» si la proposición respectiva puede ser entendida y contrastada por cualquier persona, como ya decía Karl R . Popper en 1934 (ver Popper, 1977: 43). En la psicología preconductista, el método de estudio era la «autoobservación», como se consignará en un momento. Por tanto, no había un observador independiente del sistema sometido a consideración (Millenson, 1976: 29). Watson, tal como se dijo más arriba, fue estudiante de Loeb en Chicago, y aquí es donde «estuvo sujeto a esta tradición objetivista en biología» (véase Marx y Hillix, 1985: 157). Continuemos. En 1904 Herbert Spencer Jennings (1868-1947) publicaba sus Contributions to the Study of the Behavior of the Lower Organisms. tl era zoólogo, como lo fue Loeb. Fue docente en Johns Hopkins. Aquí Watson siguió cursos con él y realizó investigación de laboratorio al trasladarse de Chicago, en 1908 (ver Skinner, 1975a: 619; Marx y Hillix, 1985: 161). Pero Jennings discrepaba del mecanicismo de Loeb. Para él, la tesis del «tropismo» y los fenómenos físico-químicos supuestamente implicados eran insuficientes incluso para la explicación del comportamiento de organismos más simples. Escuchemos, p. ej., a Jennings en este pasaje de su libro: No inferimos la conciencia en una piedra porque esto no nos ayudaría a controlar la conducta de la piedra; pero asumir que un perro tiene conciencia es útil, porque nos permite apreciar, prever y controlar su acción mucho más prontamente de lo que podríamos hacerlo de otra manera (citado según Keller, 1977: 63; la cursiva está en el texto).A estas alturas de la presente «reconstrucción» quiero señalar dos puntos. Uno es el «pragmatismo» implícito en la aserción del propio Jennings de que asumir la presencia de la conciencia es «útil». Según Boring (1992: 648) «Jennings estaba trabajando precisamente en el periodo en el cual la psicología funcional estaba en todo su furor». El segundo punto es que ya estamos en 1904. Veamos por qué lo digo. En ese año, William James (1842-19 10) publicó, en el volumen 1 del Journal of Philosophy, Psychology and Scientific Method, su ensayo: "Existe la conciencia" (ver para más detalles Russell, 1962: 23-28). Entre otras cosas, William. James escribió allí lo siguiente: Durante más de veinte años he recelado de la «conciencia» como entidad; durante más de siete u ocho años he sugerido a mis alumnos su no existencia, y tratado de darles su equivalente pragmático en realidades de experiencia. Me parece que la hora está madura para que sea abierta y universalmente descartada (reproducido según Russell, 1962: 24).Por lo tanto, la «hora» para desechar a la conciencia, «abierta y universalmente», ya estaba «madura» en 1904. Fue con Watson que hizo «eclosión» nueve años después, en 1913. El «equivalente pragmático» del cual hablaba James se consigue con el método respectivo. En 1907, el propio James describía el método pragmático diciendo que éste: ... es primordialmente un método de resolver disputas metafísicas que de otro modo se harían interminables. ¿Es el mundo uno o plural? ¿Existe en él la libertad o está todo totalmente determinado? ¿Es natural o espiritual? He aquí una serie de nociones para dar cuenta del mundo y sus disputas inacabables. El método pragmatista consiste en... tratar de interpretar cada noción buscando sus respectivas consecuencias prácticas (reproducido según Bakker y Clark, 1994: 169).Para los historiadores de la psicología del s. XX (por ej., para Marx y Hillix, 1985: 124), James es el «principal antecedente norteamericano del funcionalismo». Con palabras de Marx y Hillix (1985: 119), el funcionalismo es el primer «sistema norteamericano de psicología. Su desarrollo... llevó directamente al conductismo watsoniano». Veamos cómo fue esto. James Rowland Angell (1869-1949), el «campeón» (así lo llaman Marx y Hillix, 1985: 134) del funcionalismo, estudió en Harvard con Williarri James en 1892. Antes había estado en Michigan, con John Dewey. No obstante que se señala a Dewey como uno de los que mas influyó en Angell, debe mencionarse además que éste reconocería en William James a su «maestro» (véase Boring, 1992: 577). Angell arribó a Chicago en 1894. En la pronunciación de su discurso presidencial en la American Psychological Association (la APA) en 1906, Angell expuso tres lineamientos de la «psicología funcionalista». Reseñaré sólo el primero y el segundo (más detalles en Marx y Hillix, 1985: 134-135; Boring, 1992: 579-580). En primer lugar, para Angell, el funcionalismo era una «psicología de las operaciones mentales». Esto lo opondría a la «psicología de los elementos mentales» representada en el estructuralismo del alemán Wilhelm Maximilian Wundt (1832-1920) y en el del inglés Edward Bradford Titchener (1867-1927). (Esto lo inspiraría William James). En segundo lugar, el funcionalismo sería, según Angell, la «psicología de las utilidades fundamentales de la conciencia». En la época en que Angell estuvo en Chicago se doctoró Watson, el fundador del conductismo. Esto fue en 1903. Como escriben Marx. y Hillix (1985: 161), Angell condujo a Watson «hacia la psicología experimental». Watson había estimado la posibilidad de que Loeb fuese su «asesor de tesis», pero Angell se mostró reticente (ver, p. ej., Skinner, 1975a: 619; Marx y Hillix, 1985: 161). Por último, Angell dirigió el trabajo de Watson, acompañándose, para ello, del neurólogo Henry H. Donaldson (1857-1938). Como dije, en 1908 Watson se trasladó a Johns Hopkins. Aquí continuó sus estudios con Robert Yerkes (1876-1956). Ese año, 1908, aparecía la cuarta edición del libro de James Angell, Psychology. Su definición de psicología da un respaldo a lo que más arriba anoté sobre cómo se privilegió a la «autoobservación» como método. En palabras de Angell: Psychology is commonly defined as the science of consciousness ... Mental facts, or facts of consciousness, constitute the field of psychology... The fundamental method is introspection ... As a psychological method it consists simply in the direct examination of one's own mental processes (reproducido según Thagard, 1992: 227-228).Angell es reconocido como el «psicólogo más profético» (Marx y Hillix, 1985: 159) de lo acontecido en el lapso que media entre 1908 y 1913, año en que surgió el conductismo. Veía cerca el paso a la objetividad (Marx y Hillix, ibíd.). Esta tensión fue descrita por Zazzo como una «guerra fría»: J. R. Angell, que vela en el santuario de la psicología de la introspección, lanza un grito de alarma: «Hemos suprimido la palabra 'alma'... la conciencia parece ser ahora la próxima víctima... la categoría psicológica conducta (behavior) es legítima a condición de que no condene la introspección... » ¡Demasiado tarde! El enemigo está ya en la plaza. Ese mismo año de 1913, en ese mismo número de la Psychological Review, donde J. R. Angell expresa sus temores, John B. Watson publica el artículo que pronto será considerado como el manifiesto de una escuela... (Zazzo, 1964: 113).En efecto, el artículo del «enemigo» era Psychology as the behaviorist views it («La psicología tal como la ve el conductista»). El tono y las palabras de Watson redundaron, de hecho, en un «manifiesto». Comencemos con lo que él decía desde el primer párrafo (en la página 158 del mencionado número de la Psychological Review): La psicología, tal como la ve el conductista, es una rama puramente objetiva y experimenta¡ de la ciencia natural. Su meta teórica es la predicción y el control de la conducta. La introspección no constituye una parte esencial de sus métodos, y el valor científico de sus datos no depende de que se presten a una interpretación fácil en función de la conciencia. En sus esfuerzos por obtener un esquema unitario de la respuesta animal, el conductista no reconoce ninguna línea divisoria entre el hombre y el animal. La conducta del hombre, con todo su refinamiento y complejidad, no es más que una parte del esquema total de investigación del conductista... Parece haber llegado el momento de que la psicología descarte toda referencia a la conciencia; de que no necesite ya engañarse al creer que su objeto de observación son los estados mentales (reproducido según Leahey, 1998: 380; véase también Marx y Hillix, 1985: 162; Hothersall, 1997: 455).Añadía que: «Podemos asumir tanto la presencia como la ausencia de la conciencia en cualquier punto de la escala filogenética sin afectar en un ápice... los problemas de la conducta (ni) influir... (en cómo) atacarlos directamente» (pág. 161 de ese número de la revista; citado según Barrat, 1974: 140). Su postura respecto al problema cuerpo-mente la expresa en la pág. 166 de ese número de la revista: Siento que el conductismo es el único funcionalismo lógico y consistente. En él se evitan la Escila del paralelismo y la Caribdis de la interacción. Estas reliquias, largo tiempo veneradas por la especulación filosófica, deben inquietar al estudiante de la conducta tan poco como inquietan al estudiante de física. La consideración del problema mente-cuerpo no afecta ni el tipo de problema seleccionado ni la formulación o solución del problema. No encuentro mejor modo de establecer aquí mi posición sino diciendo que me gustaría que mis estudiantes pasaran por alto tales hipótesis, tanto como las dejan de lado los estudiosos de otras ramas de la ciencia (citado según Barrat, ibíd.; la cursiva está en el texto).En la pág. 167 él delineaba su «construcción» teórica: La psicología que yo trataría de construir tomaría como punto de partida, en primer lugar, el hecho observable de que el organismo, tanto el hombre como el animal, deben adaptarse al medio ambiente mediante lo que poseen por herencia y hábito ... ; en segundo lugar, que ciertos estímulos hacen que los organismos respondan. En un sistema psicológico completamente elaborado, una vez dada la respuesta se puede adivinar el estímulo; dado el estímulo se puede predecir la respuesta (reproducido según Barrat, 1974: 141).El carácter «pragmático-funcionalista» del manifiesto watsoniano se ilustra en la pág. 169. Ahí Watson dice esto: <<One of the earliest conditions which made me dissatisfied with psychology was the feeling that there was no realm of applications for the principles which were being worked out in content terms» (citado según Morris et al., 1993: 110). Lisa y llanamente, estaba descontento porque hasta entonces no hubiese un dominio de aplicaciones de la psicología. Abundando sobre el problema de la «concíencia», en la pág. 176 Watson sostenía que la psicología: ... puede hacer caso omiso de la conciencia en sentido psicológico. Sobre la base de este supuesto, la observación de «estados de conciencia» es tan poca tarea del psicólogo como lo es del físico. Podemos llamar a esta postura el regreso al uso no reflexivo o ingenuo de la conciencia. En este sentido se puede decir que la conciencia es el instrumento o la herramienta con la cual trabajan todos los científicos (reproducido según Spence, 1979: 20).Catania (1993: 141) ha dicho que esa cita debe tomarse «seriamente». Ciñéndonos al mismísimo Watson, la conciencia existe, pero ella no es «tarea» del psicólogo (en especial, claro está, si éste es «conductista»). En 1914, apareció el primer libro de Watson, Behavior: An Introduction to Comparative Psychology. Éste se reeditó en 1967, con un prefacio de Richard Herrnstein. Herrnstein hizo allí una oportuna mise au point que a su vez justifica por qué omití aquí a Iván Sechenov, Iván Pavlov y Vladimir Bechterev (véase Marx. y Hillix, 1985: 162). Hasta 1913 Watson no tenía noticias de Pavlov. En 1915 él pronunció su discurso presidencial en la APA. Tenía como título «The place of the conditioned-reflex in psychology»: «El lugar del reflejo condicionado en la psicología». Según ha escrito Hothersall (1997: 45 8), ese título se lo sugirió Karl Spencer Lashley (1890-1958). Ambos intentaron inútilmente registrar los movimientos de la lengua y la laringe, que, a juicio de Watson, estaban relacionados con el «pensamiento». Dos semanas antes de su discurso, él acató la propuesta de Lashley. Apareció recién como artículo en la propia Psychological Review en 1916. Antes de la 2.° sección plantearé tres observaciones: 1.Al decir de Boring (1992: 664), la «psicología estaba lista para el conductismo». Tanto que en 1912, un año antes del manifiesto de Watson, el britdnico William McDougall (1871-1938) publicaba su Psychology: The study of behavior. 2.Watson no habría negado, al comienzo, la existencia de la conciencia sino la observación de estados de conciencia. Ésta fue sólo una objeción metodológica, y no ontológica. Y 3. El de Watson fue un modelo mecanicista E-R. El tema de la siguiente sección será ver a que condujo todo esto.
¿QUÉ PRODUJO EL CONDUCTISMO? En 1919 Watson publicó otro texto: Psychology from the Standpoint of a Behaviorist («Psicología desde el punto de vista de un conductista»). Según Skinner (1975a: 619-620), ése es «su libro más importante». En el prólogo Watson dijo que las diferencias entre todas las ciencias proceden de la diversidad de construcciones conceptuales de personas cuyos intereses son distintos (ver la reseña de Amsel, 1993: 28). Después de una introducción metateórica, coherente con el «espíritu» de 1913, Watson, omitió allí «cuidadosamente» los términos y lenguaje del «mentalismo introspectivo». Por lo demás, los temas tratados por él eran los mismos que los de las obras de psicología de ese entonces, como instintos, emoción, hábitos, pensamiento y memoria, por ejemplo. A juicio de Amsel (ibíd.), la fuerza de la posición de Watson está en que, para este, la metodología introspectiva de Wundt-Titchener no exigía entrenamiento especial alguno: con un «método» como aquél nadie llegaría a prepararse como un «observador». En otras palabras, dado que el producto de la introspección no es susceptible de replicación efectiva, por tanto, ella es «acientífica». Como subraya Amsel (1993: 28): «This is what behaviorism meant to Watson». En su libro de 1919 Watson propuso cuatro métodos para el estudio psicológico: observación directa o con el empleo de instrumentos pertinentes, reflejo condicionado, informes verbales y tests psicológicos. Empero, como lo ha recordado Hothersall (1997: 458), para Watson el reflejo condicionado era un método de aplicación restringida. En su obra de 1914, Behavior, p. ej., Watson describió lo que él llamó el «método de secreción salival de Pavlov». Así escribió él el nombre del fisiólogo ruso Iván Petrovich Pavlov (1849-1936). Watson puso entonces en tela de juicio el alcance explicativo del método. Sostuvo que, aunque los perros funcionaran bien en este tipo de procedimiento, éste no se podría poner en práctica con aves, peces, reptiles y primates (véase Hothersall, 1997, ibid.). Pero él cambió después, «bajo la presión de los hechos y las circunstancias». En una comunicación personal, Watson hizo esta manifestación: Había resuelto el problema en términos de formación de hábito. Fue solamente después, cuando empecé a estudiar la vaga palabra hábito, que vi la enorme contribución hecha por Pavlov y cuán fácilmente podía considerarse a la respuesta condicionada como la unidad de lo que habíamos estado llamando hábito. Desde ese momento en adelante, le di al maestro su debido crédito (reproducido según Kimble, 1975: 36; en cursivas en el texto).Ahora bien, partamos de la afirmación de Watson de que las diferencias existentes entre las ciencias surgen de las diversas modalidades de construcción conceptual en personas con intereses distintos. Los «intereses» de Watson y Pavlov eran justamente «distintos». En ese marco se puede entender por qué Pavlov discrepó, en especial, con la interpretación neoconductista de Edwin Ray Guthrie (1886-1959). En su «The reply of a physiologist of psychologists», «La respuesta de un fisiólogo a los psicólogos», publicada por la Psychological Review en 1932, Pavlov se concentró en refutar sólo a Guthrie. Mantuvo que al reflejo condicionado se le debía analizar únicamente con perspectiva fisiológica (más detalles en Hothersall, 1997: 503504). Volvamos a Watson. En el prólogo a la segunda edición de 1929 de su obra de 1919 escribía que: «el conductismo ha sufrido una evaluación emocional y lógica. Pero aún no se decide que se vuelva sistema dominante en psicología o siga siendo meramente un enfoque metodológico» (citado según Barrat, 1974: 142; las cursivas están en el texto). Al momento de redactar el prólogo Watson había salido, «obligado por las circunstancias», de Johns Hopkins. Fue en 1920 que ocurrió esto y en condiciones francamente ruidosas (quien se interese en detalles vea Harzem, 1993: 43-47). Para examinar qué produjo el conductismo de Watson es, a mi juicio, pertinente considerar la tesis de Amsel (1993: 26) de que el «manifiesto» de 1913 y el libro de 1919, y no las posteriores posiciones rígidas de Watson, fueron lo que inspiró y definió al neoconductismo de los '30. Con la sola y conspicua excepción de Skinner y sus seguidores, al decir de Amsel (ibid.), nada de lo escrito después de 1913 y 1919 representa conductismo alguno. Esto respalda mi observación de que Watson al comienzo no habría negado la existencia de la conciencia. Y también solventa mi decisión de centrarme, a partir de ahora, en Burrhus Frederick Skinner (1904-1990).
De Watson a Skinner Skinner no llegó a conocer a Watson. Él nació el 20 de marzo de 1904. Luego, cuando Watson proclamó su conductismo en 1913, Skinner estaría paseando sus inquietos nueve años por las calles de Pennsylvania. Él mismo le aseguró a Cohen (1980: 324) que no conoció «a nadie que lo haya conocido» a Watson: éste «había dejado ya su actividad por esa época». Esto es, cuando entró a estudiar psicología en Harvard en 1928. Llegó con tres libros que estimó aptos para seguir «una carrera en psicología»: Philosophy, de Russell (1927), Behavorism (1924), de Watson, y Conditioned Reflex (1927), de Pavlov (ver Smith, 1994: 280). Esto sería lo que Arrisel (1993: 27) llama en Skinner la «fase watsoniana temprana». Abarcaría la producción de éste entre 1930 y 1941. En 1950, afirma Amsel (ibid.), apareció un Skinner «bastante diferente». El cambio ocurrió en: «¿Son necesarias las teorías del aprendizaje?», de ese año (ver p. ej. Catania, 1974: 16-36; o Skinner, 1975a, cap. 7). Ello significó un golpe de timón en la posición «metateórica» de Skinner, una radicalización que, justamente y a la vez, definió al conductismo radical. En un libro de B. Schwartz y H. Lacey de 1982 éstos se refirieron a Skinner como «la figura principal de la teoría de la conducta» y como el «portavoz» de ésta. Añadieron que lo que caracteriza a esa teoría es el punto de vista de que un análisis de cómo los acontecimientos del entorno afectan a la conducta nos dirá todo lo que necesitamos saber acerca de los determinantes de ella (citados por Amsel, 1993: 28). Y ello, dice Amsel (ibid.), caracteriza al conductismo de Skinner post 1950 y sus seguidores, pero no al de Edward Chace Tolman (1886-1959) y Clark Leonard Hull (1884-1952). Esto, afortunadamente, me exime de profundizar en ellos, ya que ambos supusieron una atenuación de las inflexibilidades de Watson cuando éste estaba ya en el exilio académico. Lo que desarrollaré seguidamente se basará, más que en otra tesis de Amsel, en lo que él mismo ha llamado «opinión amesgada». Sea o no asi, creo que tiene valor heurístico. Amsel (ibíd.) apunta que el «endurecimiento» de la posición metateórica de Skinner, junto con la reseña de Noam Chomsky en 1959 a su Verbal Behavior de 1957, habría sido un factor poderoso, y a lo mejor el principal, en la emergencia de la revolución cognitiva al comienzo de los '60. Consecuentemente, aquí concluiré que el conductismo de Watson produciría: 1. al «conductismo radical» de Skinner; y 2. a la «revolución cognitiva». Esta última devendría como respuesta a las restricciones teórico metodológicas que se autoimpusiera el propio Skinner, pero con resultados que buscaré probar que serían el «activo» de su «radicalización». Manos a la obra.
El «activo» del conductismo radical de Skinner En su artículo de 1950, Skinner consideró críticamente las teorías que formulen «cualquier explicación de un hecho observado» basándose en « acontecimientos que se den en otra parte, a otro nivel de o6servación», y que esto se describa «en otros términos» (véase Catania, 1974: 16). El centro de su crítica eran las teorías fisiológicas y las cognitivas. En 1953, en su libro Ciencia y conducta humana (véase Skinner, 197 1: 50), Skinner identificó la noción de «causa» con el «cambio en una variable independiente» y a su vez la de «efecto» con el «cambio en una variable dependiente». En este sentido, decía él: «La antigua 'relación causa-efecto' se convierte en una 'relación funcional'» (Skinner, ibíd.). He aquí la impronta de Ertist Mach (183 8-1916), que, en The Analysis of Sensations, de 1897 (véase Mach, 1959: 35), escribía que el «enredo» de dificultades metafísicas podría desvanecerse al descubrirse tales «relaciones funcionales». Pero Mach no sólo influyó en Skinner, sino incluso en Freud (ver el prefacio de Thomas Szasz a Mach [1959: xvi-xxvii] y Freud, 1975: 311). Skinner negó valor teórico a toda clase de explicación fundada más en cómo median las variables organísmicas entre la variable independiente y la variable dependiente que en las propias relaciones entre éstas dos. Aducía, así, que la «costumbre de buscar una explicación de la conducta en el interior del organismo ha tendido a oscurecer las variables de las que disponemos. Estas variables se encuentran fuera del organismo ... » (ver Skinner, 1971: 57). 40 años después del manifiesto de Watson, Skinner daba ya su perfil a aquél: «Las variables externas de las cuales la conducta es función proporcionan lo que podemos llamar un análisis causal... Nos proponemos predecir y controlar la conducta del organismo individual» (Skinner, 1971: 60). El interés de Skinner no se concentró en los reflejos. Condicionados o no, ellos están «altamente relacionados con la fisiología interna del organismo». En lo que se interesó fue más bien en «aquella conducta que tiene un efecto sobre el mundo circundante» (Skinner, 1971: 81). Esa es conducta operante, pues «opera sobre el medio». En 1937 él la definía como la que «ocurre espontáneamente y sin ninguna estimulación con la que pudiera correlacionarse específicamente ... ». En sus palabras, ningún estímulo «está actuando en el momento en que se observa la conducta» (ver, a este respecto, Catania, 1974: 76). Piaget advertiría que en los planteamientos de Skinner ya no estaba involucrado el asociacionismo implícito en los modelos E->R (o S-->R). Esto lo deducía él de los trabajos de Skinner con animales. Oigamos a Piaget (1976: 131): Si se divide el dispositivo experimental en pequeños estímulos discontinuos e independientes, el esquema S->R nos trae de nuevo al asociacionismo estricto... Si, por el contrario, con el talento de Skinner elegimos como estímulo una situación compleja haciendo intervenir todo un proceso de causalidad, en resumen, un universo en el que la actividad de la paloma pueda (expresarse) más libremente, entonces el esquema S--->Rpone de manifiesto conductas instrumentales que no tienen ya nada de simples asociaciones.Ello justificaría por qué R. MacLeod ha sintetizado la inspiración que el conductismo primigenio dio al de Skinner con estas frases: «El espíritu de Watson es indestructible. Limpio y purificado, respira a través de los escritos de B. E Skinner» (reproducido según Bayés, 1971: 18). En su libro de 1953, Skinner (véase Skinner, 1971: 86) delimitó el término «operante» como uno que resalta que esa clase de conducta, al «operar» sobre el entorno, produce un tipo de consecuencias. De acuerdo a los casos, éstas serían el refuerzo de la conducta. En sus propias palabras: No es correcto decir que el refuerzo operante «fortalece la respuesta que la precede»; la respuesta se ha producido ya y no puede cambiarse. Lo que cambia es la probabilidad futura de respuestas de la misma clase. Una operante es una clase de conducta... Por tanto, no existe ninguna violación de] principio fundamental de la ciencia que desestima las «causas finales». Se viola este principio cuando se afirma que la conducta está bajo el control de un «incentivo», una «meta» que el organismo no ha conseguido todavía o un propósito que no ha cumplido... En lugar de decir que un hombre actúa a causa de las consecuencias que van a seguir su conducta, decimos simplemente que actúa a causa de las consecuencias que han seguido a una conducta similar en el pasado. Esto es... la Ley del Efecto o condicionamiento operante (Skinner, 1971: 104-105; las cursivas son de él).Así él desechó allí toda interpretación transempírica: Cuando vemos a alguien andando por una habitación abriendo cajones, buscando las revistas, etc., podemos describir su conducta en términos completamente objetivos: «se encuentra ahora en una parte determinada de la habitación; ha cogido un libro entre el pulgar y el índice de la mano derecha; levanta el libro e inclina la cabeza de manera que pueda verse cualquier objeto que se halle debajo». Podemos también «interpretar» su conducta o «ver un significado en ella», diciendo que «está buscando algo»... Lo que hemos añadido no es una descripción más amplia de su conducta, sino una inferencia sobre alguna de las variables responsables de aquélla. No hay ninguna meta, incentivo, propósito o significado comunes que hayan de tenerse en cuenta (Skinner, 1971: 106).En 1953 también, Skinner publicó un artículo titulado: «Some Contributions of an Experimental Analysis of Behavior to Psychology as a Whole» (véasele en Ferster et al., 1975:458-475). El comenzaba defendiendo que todos los psicólogos estudian la conducta, incluso quienes la toman sólo como un paso hacia asuntos de otra índole. El punto central es que allí asentó a la frecuencia de respuesta como la dimensión básica de la probabilidad de cualquier «conducta operante». Hasta aquí estimo haber documentado lo suficiente para sopesar si el «conductismo radical» de Skinner contribuyó o no a la psicología. Creo que es sostenible que el aporte de Skinner reside en dos logros metodológicos: 1. el «control» de las consecuencias del comportamiento; y 2. la frecuencia de respuesta como dato básico. Ahora bien, pareciera que un método es desligable de la teoría que lo promovió. Una teoría responde a intereses, digamos, «hermenéuticos» o de interpretación, mientras que un método responde a intereses «heurísticos» o de búsqueda. Por ejemplo, la frecuencia de respuesta como dimensión básica de análisis se explotó para explorar algo que ocurre en «otro nivel de observación». En 1954, James Olds y Peter Milner determinaron las áreas subcorticales (área septal, fascículo prosencefálico medial, p. ej.) implicadas en la «experiencia placentera» empleando la frecuencia de respuesta como medida de conducta de autoestimulación eléctrica (para más detalles, véase Olds, 1979; o Routtenberg, 1979). En lo relativo al «control» de las consecuencias de la conducta cabría partir de esto. En su contrarréplica a la crítica que en 1959 Noam Chomsky hizo a Verbal Behavior de Skinner (de 1957), contrarrespuesta recién publicada en el año 1970, MacCorquodale precisaría que control, un «anatema para quienes son políticamente hipersensibles, significa sólo 'causación' en su sentido esencialmente funcional ... » (ver MacCorquodale, 1979: 147). Recuérdese la afirmación de Skinner de que la conducta de una persona se da «a causa» de las consecuencias que han seguido a un comportamiento similar en el pasado. Y también recuérdese que ellas son producidas por la conducta. Luego, ellas controlan la conducta en el contexto de una causación reciproca o interdependencia funcional. Ribes y Valadez (1985: 39) le atribuyen a Jacob Robert Kantor (1888-1984) el «aporte» de haber definido «conducta» como «interconducta» y el énfasis en la «interdependencia». Lo primero no fue sino un cambio conceptual. Ribes, un fiel seguidor de Gilbert Ryle, gusta del «análisis lingüístico». Pero lo segundo ya estaba en Skinner. Según él, por lo visto, el control reside en la interdependencia que existe entre las consecuencias «reforzantes» de la conducta y ésta misma. Además, hay una dosificación de la relación temporal entre conducta y refuerzo e incluso del volumen de éste. Me refiero a los programas de refuerzo. Derivados del control, ellos son otro aporte del «conductismo radical» de Skinner. Y eso fue reconocido por nadie menos que el mismo Chomsky! Oigamos, p. ej., lo que aproximadamente hacia 1977 Chomsky le dijo a Cohen sobre sus discrepancias con Skinner (véase a este respecto Cohen, 1980: 119-120): Creo que hay que distinguir entre lo que el propio Skinner pueda estar intentando hacer, y otra cosa muy diferente, a saber, la de por qué tiene tanta audiencia. Puede que sean dos cosas totalmente diferentes. Por mi parte no sé decir qué es lo que él está intentando hacer, no tengo idea al respecto. He estudiado atentamente su obra y jamás he podido apreciar, ni menos aún imputarle, motivación alguna concreta... Lo que sí me parece es que cuando se aparta de la investigación del refuerzo parcial -cuando hace cosas como las que uno encuentra en Beyond Freedoni and Dignity- es de todo punto trivial y no se le tomaría en serio si no fuera porque cumple un cierto papel para quienes aceptan el sistema. Ahora bien, el papel que su obra desempeña para éstos puede ser muy diferente de lo que él pretendía. Así pues, mi objeción es que cuando uno analiza de cerca el sistema que Skinner propone -y no estoy hablando de sus detallados estudios del condicionamiento y del refuerzo, que son lo que son, sino de lo que él llama extrapolaciones, en las que muestra a la gente cómo está siendo controlada, cuál es el sistema de controles, e intenta edificar una filosofía social-, pues bien, el segundo Skinner, tal como yo lo veo, es casi totalmente anodino.Aquí he adoptado pues la distinción de Chomsky. Por lo tanto, intento compulsar el «activo» del «primer Skinner», es decir, de aquel cuyos estudios sobre el refuerzo «son lo que son». El segundo, el «Skinner casi totalmente anodino» al cual se refiere Chomsky, trasciende al propósito de este trabajo. ¿Por qué un método es fructífero mientras su teoría se restringe a un campo de relaciones entre estímulos externos y respuestas observables? ¿Qué es lo restrictivo en él? ¿No será más bien la teoría de ese método lo único restrictivo? Yo creo que sí, y lo pasaré a demostrar. Una concepción sobre la «naturaleza» del objeto que se pretende estudiar va acompañada de otra acerca de como se piensa estudiar este «objeto». Habría una con sustancialidad por tanto entre ontología y metodología. La metodología es, justamente, la teoría del método: no es el método, sino una concepción que justifica por qué debe usarse éste o aquél. El método reside en las reglas que prescriben cómo nos debemos aproximar al objeto concebido como tema de estudio. Sin embargo, convendría oír sobre esto a Popper: ... en la medida en que trasciende el análisis puramente lógico de las relaciones existentes entre enunciados científicos, la teoría del método se ocupa de la elección de los métodos, o sea, de las decisiones acerca del modo de habérselas con los enunciados científicos. Y tales decisiones dependerán, a su vez.... de la meta que elijamos... (Popper, 1977: 48; las cursivas son de él).Ahora bien, la «meta» que Skinner heredó de Watson fue la «predicción» y «control» de la conducta. Desde ese punto de vista, cuestionó la explicación de la conducta desde la perspectiva del «interior del organismo» por «oscurecer las variables» que la determinan. Skinner insistió en que esas variables que determinan la conducta se encuentran «fuera del organismo». Aquí radicaría, a mi juicio, el «pasivo» del conductismo de B. E Skinner. En la siguiente y última subsección buscaré probar esto.
El «pasivo» del conductismo radical de Skinner Al acabar la última subsección subrayé que el «pasivo» es el del conductismo de Skinner. A juicio de Franks (1991: 15), Watson es un conductista «radical» o «metafísico». (Lo mismo diría de Skinner). Pero él considera a Hull, Spence y a casi todos los terapeutas conductuales como «conductistas metodológicos» (para Franks cabría llamarlos «conductuales» antes que «conductistas»). Para éstos, dice Franks allí, la metodología prepondera sobre toda clase de «especulaciones» o «implicaciones filos0ficas». Leamos por que asevera esto: En lo que concierne a la práctica, parece difícil ver, con pocas (o posiblemente ninguna) excepciones, cómo un terapeuta de conducta podría trabajar con su paciente, en una relación significativa, sin recurrir a aspectos cognitivos tanto del paciente como del terapeuta. Es difícil ver cómo podría responder un paciente, incluso a un procedimiento delimitado como un sistema de fichas o un estímulo aversivo, sin implicar a la cognición o al darse cuenta (Franks, 1991: 16).Ya en 1976, Golfried y Davison, otros terapeutas de la conducta, p. ej., se habían definido de este modo: no somos radicalmente conductistas, pues no evitamos la utilización de conceptos inferidos. Con tal que vinculemos las mediaciones internas con estímulos y respuestas observables, los conductistas no tenemos por qué ignorar la vida interior del ser humano (Golfried y Davison, 1981: 23).La otrúsión que Skinner hizo de los procesos que median entre estímulo y respuesta en la explicación de la conducta llevó a quienes compartían su insistencia en la objetividad a marcar distancias ante él. Repito: en la «explicación» de la conducta. Y esto pues, para él, la «conducta encubierta» venía a ser «como un acompañamiento de la manifiesta (acaso parte de la misma» (véase Skinner, 1975a: 419). Ribes, otra vez bajo el influjo de Ryle, dice en cambio que: Todo proceso lingüístico de referencia a eventos «privados» o «subjetivos» (es) el evento privado de referencia... Los eventos privados son formas particulares de contenidos descriptivos que se emiten en relaciones publicas, y nunca acontecimientos... que determinen dichas descripciones como correspondencias evento- significado (Ribes, 1990: 60-61).Con todo el respeto que me merece Ribes me quedaré con Skinner. Con relación, p. ej., a cómo debiera interpretarse un «evento privado» tal como una «sensación», Skinner decía que: «hemos de evitar llegar a la dudosa conclusión de que, en la medida en que concierne a la ciencia, el informe verbal, o cualquier otra respuesta discriminativa, es la sensación» (véase Skinner, 197 1: 268; la cursiva es de él). Prefiero pues al «evento privado» como parte de la conducta manifiesta, pero, más aún, como una explicación de ésta. En este sentido lo asumieron justamente los terapeutas de la conducta, por lo que son excluidos de este «balance». Como previó Watson en 1929, si el conductismo no logro ser un «sistema dominante» en psicología, al menos persistiría como enfoque metodológico. Y ése es un «activo» atribuible sólo a los que asumieron la exigencia de objetividad del conductismo watsoniano y skinneriano, pero sin creer necesario tomar una postura filosófica respecto al «problema cuerpo-mente». Ellos se interesaban más en problemas de intervención, y éstos no se afrontan ni menos resuelven con una «radical» posición filosófica o ideológica. Los problemas teóricos y los problemas prácticos tienen distintos orígenes y plazos de solución. La eficacia terapéutica de los «conductistas metodológicos» fue posible porque ellos abordaron lo que Watson y Skinner descartaron: la causalidad funcional de esos «eventas privados» (ver, p. ej., Rimm y Masters, 1980: cap. 10; Thoresen y Mahoney, 1981: cap. VI; McKay et al., 1985; Caballo, 1991: 6 parte; o Pervin, 1998: 387-399). Según Franks (1991: 11), la «revolución cognitiva» fue introducida por Michael Mahoney y Aaron Beck. Pero creo que allí se equivocó: ésa no fue una «revolución»; más bien fue una «reforma», y lo fue dentro del conductismo, «radical» o «metodológico», pero dentro de él. Las revoluciones se dan desde fuera del sistema. Quién mejor que Thomas Samuel Kuhn (1922-1997) para decirlo. En 1962, estableció un paralelo entre las revoluciones políticas y las «revoluciones científicas», diciendo que, como las primeras, estas últimas: ... se inician con un sentimiento creciente.... a menudo restringido a una estrecha subdivisión de la comunidad científica, de que un paradigma existente ha dejado de funcionar adecuadamente en la exploración de un aspecto de la naturaleza, hacia el cual el mismo paradigma había mostrado el camino. Tanto en el desarrollo político como en el científico, el sentimiento de mal funcionamiento que puede conducir a la crisis es un requisito previo para la revolución (Kuhn, 1978: 149-150).Pero añadió que ese «paralelo»: ... tiene un segundo aspecto, más profundo, del que depende la importancia del primero. Las revoluciones políticas tienden a cambiar las instituciones políticas en modos que esas mismas instituciones prohiben. Por consiguiente, su éxito exige el abandono parcial de un conjunto de instituciones en favor de otro y, mientras tanto, la sociedad no es gobernada completamente por ninguna institución... En números crecientes, los individuos se alejan cada vez más de la vida política y se comportan de manera cada vez más excéntrica en su interior. Luego, al hacerse más profunda la crisis, muchos de esos individuos se comprometen con alguna proposición concreta para la reconstrucción de la sociedad en una nueva estructura institucional... Aunque las revoluciones tienen una función vital en la evolución de las instituciones políticas, esa función depende de que sean sucesos parcialmente extrapolíticos o extrainstitucionales (Kuhn, 1978: 150-151).La real revolución cognitiva se dio, pues, al exterior del conductismo y como un «reto» a éste. Ella germinaría en 1948, cuando la fundación Hixson auspicio un congreso en el Instituto de Tecnología de California sobre los mecanismos cerebrales de la conducta (ver Gardner, 1987: cap. 2). El primero que habló esa vez fue el matemático húngaro John von Neumann (1903-1957) presentando una analogía entre la computadora y el cerebro. Después intervino el matemático y neurofisiólogo Warren McCulloch con la ponencia titulada: «¿Por qué está la mente en la cabeza?». Ahí dio lugar a una amplia discusión sobre como procesa información el cerebro. Fue seguido por Karl Lashley. Ya aludí a éste líneas arriba por su relación académica y personal con Watson. Es hora de que yo haga justicia con Lashley. En palabras de Gardner (1987: 26) Lashley pronunció el «discurso más iconoclasta y memorable», cuyo título y tema fue: «El problema del orden serial en la conducta». Sostuvo que, para una nueva comprensión del cerebro, y para que esa nueva comprensión se incorporase a la psicología, se hacía «imprescindible enfrentar frontalmente al conductismo» (ver Gardner, 1987: 28). En esa dirección, Lashley asentó que el comportamiento no es producto de estímulos externos, sino que los procesos cerebrales son los que deciden su realización. Según el propio Gardner (1987: 29), «Lashley llegó a la conclusión de que la forma precede y determina toda conducta específica: la organización no es impuesta desde afuera, sino que emana del interior del organismo». Hay un dato histórico que no quisiera soslayar, ya que sería indicador de lo que en 1948 pasaba en Estados Unidos. Recordemos que este país entró en la Segunda Guerra Mundial recién en 1942, después del aleve ataque japonés a la base militar de Pearl Harbor en 1941. La guerra, que había estallado en 1939, terminó en 1945. En 1948 soplarían otros vientos en la psicología que hacían allí (donde, desde comienzos de la década del '40, llegaron filósofos y científicos europeos que huían del nazismo). Con pocas palabras, el cuidado de quienes quedaron con lesión cerebral exigió la evaluación de las habilidades que fueron afectadas y de las que se mantendrían intactas. Esto renovaría y fortalecería el interés por el conocimiento del cerebro y su relación con la conducta. Pero ello no ocurrió únicamente en Estados Unidos, sino igualmente en los países europeos destruidos por la conflagración. Es el caso de, p. ej., Alan Turing en Inglaterra y Aleksandr Romanovich Luria en Rusia (más detalles sobre esto en Gardner, 1987: 30-32). Así, quienes cristalizaron el «enfrentamiento frontal» al conductismo fueron los que desarrollaron una perspectiva propiamente cognitivista en neurociencia y psicología. Para precisar de una vez el «pasivo» del conductismo radical voy a proceder evaluando dos postulaciones que serían rebatidas por dicha perspectiva. Ambas están en About Behaviorism (un libro de Skinner publicado originalmente en 1974). Empecemos con la primera: Es posible que nunca lleguemos a observar directamente lo que sucede en el sistema nervioso en el momento en que ocurre una respuesta porque pueda aplicarse algo parecido al principio de Heisenberg: cualquier medio que utilicemos para observar la mediación neural del comportamiento puede desordenar ese comportamiento (Skinner, 1975: 194).Ahora, intentaré su evaluación. 1.° EVALUACIÓN: En 1994 Michael Posner y Marcus Raichie publicaron Images of Mind, donde expusieron la técnica cuyo nombre es «tornografía por emisión de positrones» (TEP). Con ella se obtienen imágenes de la actividad cerebral in vivo, por lo que también se la conoce como técnica de neuro imagen (véase Kandel et al., 1997: 16-18). Se basa en un principio fisiológico y un principio físico. El principio fisiológico es que la actividad funcional del cerebro se vincula estrechamente con el flujo sanguíneo y el consumo de glucosa. Por lo tanto, si está incrementada la actividad en una zona cerebral específica, es de esperar que también aumente en ella el flujo sanguíneo y el consumo de glucosa. Dicho brevemente, todas las neuronas requieren glucosa para cumplir sus funciones. Valiéndose de esto la TEP opera infiltrando al torrente sanguíneo un análogo de la glucosa, vale decir, la 2-desoxi-glucosa. Las neuronas la «atrapan» y la procesan «como si fuera» glucosa: le añaden un grupo fosfato y resulta la 2-desoxi-glucosa-6-fosfato. Ésta no es metabolizable; tampoco puede dejar la zona en que se formó, pues su tamaño le impide cruzar la membrana neuronal. De resultas la 2-desoxi-glucosa-6-fosfato se acumulará en las células activas del cerebro. Ahora entra en juego el principio físico que sustenta a la TEP. El principio físico designa a la cualidad de los isótopos radiactivos de emitir positrones (es decir, partículas con carga positiva) cuando declinan a su forma no radiactiva. El isótopo radiactivo que más se usa es el del oxígeno (de poca vida: 122 segundos; además, el organismo lo emplea fisiológicamente). Éste, al añadirse, pasará a integrarse a las moléculas de 2-desoxi-glucosa-6-fosfato. Sus emisiones de positrones identificarán así la región de metabolismo de glucosa y, por ende, la zona de actividad cerebral que está involucrada, p. ej., en la «conducta» cognitiva (ver Kandel et al., 1997: 76; De la Fuente, 1998: 42-49; o Leahey y Harris, 1998: 344-349). Posner y Raichle usaron la técnica con personas sanas. Hallaron que el ingreso de información al cerebro tanto en la producción de lenguaje como en la interpretación de éste es procesado por más de una vía. Carl Wernicke (1848-1905), como es sabido, describió una afasia en la que se altera la comprensión del lenguaje. En exámenes post mortem él mostró que la lesión responsable de ello estaba en el tercio medio de la primera circunvolución temporal, hoy denominada «área de Wernicke». Pero en el mismo año en que él planteaba esto, 1874, el célebre neurólogo inglés John Hughlings Jackson (1835-1911) pondría coto al entusiasmo que suscitaban esos «hallazgos», pues advirtió que «no es lo mismo localizar el lenguaje que la lesión que destruye al lenguaje» (citado según Lassen et al., 1980: 194). Precisamente, con esta técnica «incruenta» que es la TEP, Posner y Raichle mostraron que cuando se oye una palabra, el área de Wernicke está activada. Pero cuando las palabras son leídas, esa área no se activa. De aquí se ha deducido que la información visual cursa directo desde la corteza occipital a la región adyacente al córtex motor del hemisferio cerebral izquierdo. 0, en otras palabras, hacia el área de Broca y sin ninguna necesidad de transformaciones previas en «representaciones auditivas» en la corteza temporal (véase Kandel et al., 1997: 18). A esta técnica se la llama «no invasiva». No se cumple aquí la previsión de que ocurra algo «parecido al principio de Heisenberg». Al mostramos ella la «mediación neural» de la conducta, no hay riesgo alguno de «desorden». Participando del escepticismo que Skinner tenía acerca del valor de la información proveniente de la investigación neurobiológica, Ribes escribió algo que podría considerarse como un reparo a técnicas tales como la TER El dice que la «teoría de la mente cognoscente» estimuló la «conceptuación del mundo no observable 'como si fuera observable'». A juicio de Ribes esa teoría de la mente «ha promovido (la búsqueda) de su 'correlación' con registros de carácter biológico que sustentan, supuestamente, la justificabilidad de su observabilidad última» (véase Ribes, 1994: 229). Esto es «un caso especial de confusión», para él. Siempre desde su perspectiva analítico-lingüística, Ribes hace el siguiente cuestionamiento: Los equivalentes de los procesos... cognoscentes se tratan como eventos privados o respuestas y estímulos cubiertos (implícitos), confundiendo su estatuto real de descripciones verbales con el de supuestos eventos referidos. De este modo se da el absurdo de buscar correlaciones entre descripciones verbales y medidas fisiológicas, pensando que se están relacionando eventos conductuales (Ribes, ibíd.; véase pie de pág. N.° 1).Pero nada de lo que nos muestra la TEP pertenecería al «mundo no observable». Su «conceptuación» tampoco lo trata «como si fuera observable» porque lo es. La TEP pues no cae en «el absurdo de buscar correlaciones entre descripciones verbales y medidas fisiológicas»: ella sólo nos muestra una covariación entre actividad cognitiva y actividad cerebral. Críticas como las de Ribes se podrían contestar con el tratamiento neurocientífico de la cuestión de la emergencia de la conciencia. Desde este punto de vista, la conciencia sería una propiedad funcional del cerebro como un todo y no de las partes que lo integran (Álvarez Leffmans, 1998: 68). Con otras palabras, los procesos mentales son procesos cerebrales, como, diría Alvarez Leffmans (1998: 69). Además de su elección del enfoque analítico-lingüístico de Ryle, Ribes ha adoptado la perspectiva interconductual de Kantor. En una semblanza posterior a la muerte de este último él lo apreció como «heredero directo de la tradición aristotélica de pensamiento» (ver Ribes, 1984: 22). Ribes la hizo suya. Quizás por esto su actitud ante los descubrimientos en neurociencia me ha hecho recordar a la de los aristotélicos de la época de Galileo. Según cuenta una anécdota, un amigo de Galileo (César Cremonino [1550-1631) no quiso mirar por el telescopio porque no quería renunciar a la astronomía de Aristóteles (ver Copleston, 1971: 220). Habría razones entonces para no confiar en los telescopios (ésta es una advertencia que, en conversación personal, me hacía Raymundo Casas Navarro), pues no se contaba con la tecnología que tenemos a fines del segundo milenio. Para Ribes (1994: 233), un «interconductista se define ... por sus propósitos de serlo» (la cursiva es de él). Por ende, si es cuestión de «propósitos», éstos bien pueden ser redireccionados hacia la premisa de que la «mente» consiste en una serie de funciones que realiza el cerebro (véase, p. ej. Kandel et al., 1997: 5). Examinemos ahora la segunda postulación. Es justamente sobre los «procesos cognitivos»: El análisis comportamental no solamente no rechaza ninguno de estos «procesos mentales superiores», sino que ha asumido la vanguardia de la investigación de las condiciones en las cuales ocurren. Lo que rechaza es la suposición de que en el mundo misterioso de la mente tengan lugar actividades como ésas. Afirma que esa suposición es una metáfora injustificada y peligrosa (Skinner, 1975: 202).2.° EVALUACIÓN: Esta atribución de «vanguardia» tendría dos aspectos para examinar: 1. las «condiciones» en que ocurren los «procesos mentales superiores»; y 2. El «rechazo» a esa presumible «suposición de que en el mundo misterioso de la mente tengan lugar actividades como ésas». Comenzaré con el segundo, pues subsume un rechazo filosófico inactual. Me explico. En 1959, p. ej., Bertrand Russell escribió que, al leer The Concept of Mind de Ryle (1949), quedó algo «sorprendido» por el «énfasis» que éste ponía en su repudio del dualismo cartesiano (ver Russell, 1982: 257). Creo que su «sorpresa» es susceptible de compartir, y diré por qué. Dejando para otra ocasión cómo la justifica, lo que Russell dice sobre la persistencia con que Ryle critica el dualismo cartesiano sería extensivo tanto al conductismo de Skinner como al interconductismo de Ribes (no olvidemos que éste es ryleano confeso). Sólo que entre este libro de Ryle y el análisis que de Descartes hace Ribes median cincuenta o por lo menos cuarenta años. Según Ribes (1982: 22) Descartes «creó la 'mente', alma interna causa de todo comportamiento o acción». En realidad, esa afirmación es discutible, pues René Descartes (1596-1650), en la 6' de sus Meditaciones Metafísicas, de 1641 (publicadas 4 años después del Discurso del Método), escribía algo que disuena con lo que dice Ribes: También me enseña la naturaleza, por medio de esos sentimientos de dolor, hambre, sed, etc., que no estoy metido en mi cuerpo como un piloto en su navío, sino tan estrechamente unido y confundido y mezclado con él, que formo como un solo todo con mi cuerpo (véase Descartes, 1982: 174).Sea como fuere, la insistencia en combatir al dualismo cartesiano ya estaría trasnochada de un buen tiempo a esta parte. Si esta -ya fenecientedécada del 90 fue bautizada como la «década del cerebro» (véase Hothersall, 1997: 534), no sé cómo podría sostenerse que haya un «mundo misterioso de la mente». En otras palabras, en la actual investigación en neurociencia cognitiva no está el dualismo cartesiano en ninguna parte. Veamos el primer aspecto que ofrecí evaluar. La afirmación de que el análisis comportamental asumió la «vanguardia» de la investigación de las «condiciones» en que ocurren los «procesos mentales superiores» se refiere sin duda a las «contingencias de refuerzo»: las operaciones con variables externas a la conducta. En esto, el «análisis experimental de la conducta» haría investigación de calidad no desdeñable, aunque sí desfasada en la actualidad. Como estuvo, concentrado en esas «variables externas», preferentemente con animales (p. ej., ver Honig, 1976: cap. 15, donde se estudia la «conducta aritmética» en chimpancés o Honig y Staddon, 1983: cap. 11, donde E. Fantino somete a análisis la «elección» e «información» en pichones), no era difícil prever sus limitaciones teóricas. El «fantasma» del dualismo y la urgencia de añadir más variables contextuales habrían llevado a fusionar a Ryle y Kantor con Henri Wallon y Lev Semionovich Vigotsky (ver Ribes, 1990, cap. 3). (Ésta es, sin embargo, otra discusión). Pero lo cierto es que, en el análisis experimental de la conducta, aún se estudia la «resistencia a la extinción» en respuestas mantenidas por «tiempo fuera de evitación» en la conducta de ratas (véase, p. ej., Galizio, 1999), o la discriminación condicional en la conducta de pichones (ver, p. ej., White y Wixted, 1999). Skinner murió el 18 de agosto de 1990, pero, al igual que el Cid, continúa ganando batallas: Sidman (1997) únicamente admite haber introducido nuevos términos («relaciones de equivalencia») pero sin que por eso esté alejado de «las contribuciones experimentales, teóricas y filosóficas de B. F. Skinner». Esa «fidelidad» a Skinner también está reflejada en la «explicación operante» de por qué son eficaces las terapias cognitivas. En la más reciente publicación de las «técnicas de modificación de conducta» de acuerdo al modelo operante, se dice que la eficacia de las terapias cognitivas se puede explicar por tres factores: 1. actúan sobre la conducta que está gobernada por reglas; 2. las normas, que vinculan a la conducta a consecuencias «reales» en el entorno, adquieren, en virtud de esto, control sobre ella; y 3. la presencia de suficientes vínculos con el medio externo asegura el «éxito terapéutico» (véase más en Martin y Pears, 1999: 385). Por eso creo que la real vanguardia en el conocimiento actual de los «procesos mentales superiores» la representan las líneas de investigación y teorización que desarrollaron otros desde fuera del conductismo, radical o metodológico. Para probar que esa «real vanguardia» se asumió mucho antes de lo que Skinner afirmó en 1974, retrocederé hasta 1912. En dicho año el famoso psicólogo alemán fundador de la escuela berlinesa de la Gestalt Max Wertheimer (1880-1943) dio a publicidad sus «Experimentelle Studien über das Selien von Bewegung» («Estudios experimentales sobre la percepción del movimiento»). Allí investigó el problema del movimiento aparente, un fenómeno perceptivo que se produce cuando, por ejemplo, viajamos por tierra y a la distancia vemos que hay objetos estacionarios que parecen ir en la misma dirección. Algo similar se da al observar un aviso luminoso cuyas luces o focos se enciendan y apaguen rápida y sucesivamente uno después de otro. En lugar de ver que un foco se apaga y otro se enciende, nos parece que la luz se mueve. Wertheimer empleó para ello el taquistoscopio, aparato creado en 1888. Es un tubo largo y de forma rectangular que se construye con un material opaco a prueba de luz. Consta de dos extremos. En uno se sitúa el observador y en el otro el objeto a observar. Primero, el interior está oscuro y no es factible ver el objeto que está al otro extremo, pero al encenderse una luz sí lo será. La luz es prendida en lapsos de fracciones de milisegundo (de ahí lo de taquistoscopio). En los experimentos participaron como sujetos Wolfgang Kóhler (18871967), Kurt Koffka (1886-1941) y su esposa. Se hicieron bajo condiciones controladas en que se proyectaron taquistoscópicamente sobre un fondo negro una raya vertical blanca y después sucesivamente otra raya horizontal blanca. Los reportes perceptuales, sin embargo, nunca indicaron una relación de sucesión entre una y otra raya sino un fenómeno de transición entre ellas y otro en el que parecía como que la raya se inclinaba. Wertheimer encendió luego sucesivamente luces a través de dos aberturas angostas en una pantalla. Si las luces las espaciaba por lapsos de 50 a 60 milisegs., parecían moverse de un lugar a otro. A esto fue que él llamó «fenómeno phi». En lapsos aún más breves tales luces se veían como si ellas se hallaran perennemente encendidas. Él calificó al fenómeno phi como Gestalt. Este ténnino nombra a un factor unificante en la percepción. Como tal es una experiencia examinable holísticamente. No se descompone en partes y no puede entendérsele buscando por separado qué partes la conformarían (ver Hothersall, 1997: 217219). Como escribe Hothersall (1997: 253), debido al interés que ha cobrado la psicología cognitiva, los trabajos de los psicólogos de la Gestalt (Wertheimer y Kóhler, entre otros) están siendo actualmente revalorados. Sus principios fueron enunciados en 1922 por Kofta y asientan que lo que encauza a la conducta es la percepción. El principio que ha sido utilizado en la investigación en psicología social es el de «cierre y buena Gestalt» (más sobre esos principios en Wolman, 1968: 515-516). Según este principio, hay una tendencia a completar lo faltante en la disposición de las partes que componen un objeto y que dan peculiaridad a su figura, o sea, a «cerrar» perceptualmente las interrupciones de una «configuración». En 1927, Bluma Zeigamik, psicóloga rusa que trabajara con Kurt Lewin (18901947), explotó esa ley del cierre para un experimento. Lewin notó que los «camareros alemanes» se acordaban un buen tiempo del monto de la «cuenta» de un cliente, pero sólo si éste no la había cancelado. Una vez cancelada olvidaban cuánto había debido. Para Lewin, dado que la cuenta estaba sin cancelar, no había «cierre» y propiciaba el recuerdo. Mas el pago al fin «cerraba» la transacción y borraba de la memoria ese monto. Zeigarnik se dispuso a probar la explicación. Investigó con 164 sujetos a los que pidió hacer 18 a 22 tareas sencillas. La mitad de las tareas eran interrumpidas antes de que sean terminadas: quedaban sin cierre. Pero la otra mitad sí era completada. Algunas horas después se pidió a los sujetos que listen todas las tareas que podían recordar. Las tareas incompletas se recordaron en un 90% más que las que se concluyeron, con más prontitud y menor esfuerzo. Por eso se llama «efecto Zeigarnik» al fenómeno psicológico de tensión o evocación que deja una tarea o una experiencia que quedó inconclusa o incompleta (sobre este trabajo y sus aplicaciones a la psicología social ver Morales, 1994: 675; Hothersall, 1997: 223). Paso a otro precedente más cercano. En 1964 Stanley Schachter llevó a cabo investigaciones vinculadas a hipótesis aún más ambiciosas. El valor teórico de ellas es reconocido por la investigación neurocientífica contemporánea (véase Kandel et al., 1997: 637). Para abreviarlas, partiré de un esbozo de la teoría de las emociones de Carl Lange y William James. En un trabajo publicado en Mind (1884), titulado: «One some omissions of introspective psychology», James decía que la emoción se da ante la percepción de ciertos cambios corporales. En sus Principios (1890) dijo que esos cambios «siguen directamente a la percepción del hecho excitante». Agregó que el «sentimiento de los mismos cambios cuando ocurren es la emoción» (citado según Hothersall, 1997: 343). Por su parte, Schachter sostiene que las emociones son formadas por cogniciones, que con los factores fisiológicos interactúan en el desenlace de un estado emocional. Veremos ahora un resumen de una de sus investigaciones. Se inyectó adrenalina a unas personas que actuaron con carácter de voluntarios. Se las dividió en dos grupos. A un grupo le dijeron los efectos colaterales de la adrenalina y al otro no. Después de esto los dos grupos fueron expuestos a condiciones alternadamente placenteras o displacenteras. Resultados: al determinarse las respuestas emocionales sentidas, quienes supieron de los efectos colaterales de la adrenalina dijeron haber experimentado menos ira o euforia. En cambio, las personas que no fueron avisadas sintieron su respuesta emocional de manera que atribuyeron efectivamente su enojo o alegría a la estimulación adrenérgica. Estudios como éstos orientaron al neurobiólogo Antonio Damasio en su tesis del marcador somático. En 1994 él publicó Descartes' Error Emotion, Reason and the Human Brain. Con base en su trabajo clínico y experimental con personas cerebralmente lesionadas, Damasio formuló dicha tesis. En ella no se disocia lo racional de lo emocional, y además integra las teorías de James-Lange, Schachter, Richard Lazarus y Robert Zajonc, entre otros. En resumen, los circuitos recíprocos que existen entre la corteza prefrontal, la amígdala, el tálamo y el hipotálamo intervienen en la experiencia emocional, pero se sostienen sobre el tronco cerebral. Una respuesta emocional aprendida, por su parte, genera sentimientos corporales (léase «marcadores somáticos») que anticipan los resultados de una toma de decisión. En consecuencia, un marcador somático funcionaría como señal de alarma (para más detalles, ver Damasio, 1996, en especial, caps. 7 y 8). Creo que es ostensible la diferencia y distancia entre el producto teórico empírico logrado desde fuera del ámbito conductista y el logrado dentro de él. En 1977, Ramón Bayés (véase Bayés, 1980: 14) escribió que la obra de Skinner que Chomsky había criticado, Verbal Behavior, era «solamente un sugerente y complejo programa de trabajo». Añadió lo siguiente: «Muchos datos empíricos recogidos posteriormente... deben considerarse, en nuestra opinión, como evidencia favorable al punto de vista de Skinner» (ver Bayés, ibid.). Pero como ha hecho notar García-Albea (1993: 44): «un ligero repaso de la literatura psicolingüística de los últimos 25 años» permitirá comprobar la «desproporción tan enorme» que existe entre aportes basados en el enfoque de Skinner y «los que parten de los supuestos chomskianos». Para terminar, resumiré la «liquidación» del conductismo radical suscribiendo un juicio que formularon Marx y Hillix en 1979: Las críticas al conductismo han sido y continúan siendo vehementes. Han barrido la mayoría de los excesos del conductismo, y lo han cambiado de manera notable... La piedra fundamental, la metodología conductista, ha resistido obstinadamente, y en la actualidad se la debe considerar como una contribución sólida y evidentemente duradera. Sin embargo, una piedra no es un edificio, y una restricción metodológica no es un sistema; de modo que, así como no hay estructural¡ sino, tampoco hay en la actualidad un sistema completo que se denomine conductismo (Marx y Hillix, 1985: 195; la primera cursiva es mía. La segunda es de ellos). _____________________
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