Revista de Psicología - Vol. I Nº 1 Julio 1997

 

UNA APROXIMACIÓN A LOS PROBLEMAS EPISTEMOLÓGICOS DE LA PSICOLOGÍA

Manuel Campos Roldán*

 

Se busca elucidar la epistemología de la psicología como subárea de los problemas filosóficos de esta última. Desde tal perspectiva, se aíslan los problemas ontológicos, los epistemológicos mismos y los relacionados con las políticas de investigación científica y tecnológica.

Palabras Claves: Epistemología, filosofía, ontología, inducción, demarcación, verificacionismo, falsacionismo.

It pursuits to elucidate the Epistemology of Psychology as a subarea of philosophical problems of this one. From this perspective, it isolated the ontological problems, the epistemological themselves and others connect to the scientific and technological research policies.

Key words: Epistemology, Philosophy, Ontology, Induction, Demarcation, Verificationism, Refutationism.

Introducción

El propósito del presente trabajo es pasar revista a los problemas filosóficos involucrados en la investigación y ejercicio profesional en psicología. Como problema filosófico designo a toda cuestión concerniente a estos tres objetivos: 1. clarificación conceptual; 2. el esclarecimiento de los fundamentos de métodos, hipótesis y teorías; y 3. crítica de los resultados obtenidos en los pasos 1 y 2.

El tratamiento de los aspectos mencionados constituirá una aproximación al análisis epistemológico de la psicología como campo de problemas teórico- prácticos. Ésta es, pues, una consideración de la epistemología como rama de la filosofía (Bunge, 1980, Cap. I). Es decir, como el área de investigación filosófica en que se plantea el problema de la ciencia y la tecnología.

Dicho de modo sucinto, la epistemología de la psicología comprendería la discusión de las condiciones de cientificidad de esta última.

Empecemos con los aspectos de clarificación conceptual.

1. Clarificación de conceptos en psicología

Un primer paso hacia el análisis epistemológico de la psicología sería, de acuerdo a lo señalado, el de clarificar los conceptos que en ella se emplean. Esto exigirá especificar la clase de referencia a la cual pertenecen los objetos que se nombran con dichos conceptos, los cuales están incluidos, a su vez, en el lenguaje proposicional.

Si atendemos a los conceptos psicológicos, podríamos caer en la cuenta de que éstos denotan propiedades o estados que se predican de un sujeto en un momento dado. Términos tales como, p. ej., «inteligencia», «motivación», «aprendizaje», «emoción» o «actitud», «cognición» y «personalidad», para mencionar sólo algunos, poseen las características aludidas.

Ahora bien, dado que, por efecto de influencias que aquí abreviaré como «tradicionales», tales términos constituyen una clase de expresiones denominadas predicados mentales, se puede desprender de aquí un problema importante. Éste es el problema de la identificación del sujeto de los «predicados mentales».

En tal cuestión está contenido el problema de la relación o, mejor, de la distinción entre lo «físico» y lo «mental». Es éste es uno de los problemas más clásicos de la historia de la filosofía. La psicología sería en buena medida su depositaria. Ello no quiere decir, desde luego, que lo sea de su solución.

En efecto, ni ella ni las neurociencias podrían ufanarse de alguna respuesta «definitiva» al mismo. Sin embargo, antes de apurar críticas, convendría apuntar un par de conjeturas acerca del posible sujeto de los «predicados mentales».

Si éste es un sujeto metafísico, y, como tal, trasciende a toda observación, entonces, sostendríamos que la psicología no sería una ciencia fáctica, vale decir, de hechos. Quizá ni siquiera sería «ciencia», pues ¿qué estados o propiedades podrían predicarse de una entidad no material como la «mente» o el «alma»? En otras palabras, ¿qué clase de conexión lógica u ontológica podría plantearse entre un sujeto «metafísico» y un predicado que, aunque «mental», asigna a aquél propiedades mensurables?

En cambio, si el sujeto de los predicados mentales es asumido como un sujeto empírico o concreto, el panorama de problemas es otro. En efecto, en este caso cabría preguntar si los predicados mentales designan a estados, propiedades o procesos del funcionamiento cerebral, expresándose éstos en los intercambios entre el «sujeto empírico» y su entorno inmediato. E incluso habría que preguntarse si lo «mental» concierne a características o cualidades emergentes a niveles superiores de la organización física y biológica.

Por consideraciones como éstas, el concepto de conducta devendría en aceptable, ya que denota una clase de hechos que, por definición, pueden ser objeto de conocimiento empírico, y de los cuales sería posible predicar propiedades que, antes que «mentales», conforman más bien construcciones teóricas.

Vale decir, la noción de «conducta» le conferiría a la psicología un obvio estatuto de ciencia fáctica. La «conducta» sería pues el sujeto empírico de los «predicados mentales», lo cual quedaría ilustrado en el uso de descripciones tales como éstas: «conducta motivada», «conducta aprendida», «conducta emocional», «conducta cognitiva», et sic de coeteris. Pasemos ahora al segundo objetivo.

2. Fundamentación de métodos, hipótesis y teorías

En la sección precedente he rozado, por así decir, uno de los problemas filosóficos de la psicología con miras a «una aproximación» a la epistemología de la misma. Ése es, dicho en otras palabras, un problema ontológico: está relacionado a una delimitación del objeto de estudio de la psicología.

No es éste pues un problema estrictamente epistemológico. Si lo parece, quizás será por cierto «aire de familia» con las cuestiones propias de la epistemología. Esta «familiaridad» se puede explicar porque, cuando en la evolución del conocimiento científico se fue conformando la psicología, surgiría con ésta la cuestión sobre el campo de referencia acotado por el nombre ese.

Ahora bien, los problemas propiamente epistemológicos son atinentes, antes que al «objeto de estudio» de las ciencias, a la estructura y dinámica histórica del conocimiento científico y técnico. Dicho más brevemente, los problemas esenciales a la epistemología no conciernen tanto al «objeto de estudio», sino al esclarecimiento de los fundamentos del conocimiento de tal «objeto».

En este punto del análisis, creo que conviene precisar lo que ha de entenderse por fundamentación. Ésta consistirá en la especificación de condiciones de justificación racional. A fin de precisar esto mejor, partamos de la noción de ciencia como designadora de un proceso y de un producto. Aquél es el proceso de investigación como proceso de producción de conocimientos, mientras que éste es el resultado del proceso.

En lo tocante a la «producción de conocimientos», ésta se realiza a través de operaciones guiadas por reglas, las cuales definen, previo señalamiento de ellas, al método.

A su vez, dichas operaciones configuran una justificación racional en tanto ésta demuestre una relación de deducibilidad entre proposiciones hipotéticas que se someten a contrastación y proposiciones observacionales descriptivas de los resultados de la aplicación del método. Consecuentemente, el conocimiento científico se expresa en proposiciones cuyos métodos de prueba o contrastación son materia de fundamentación epistemológica.

En relación a esto se halla el problema de la verdad, con otras palabras, el de la validez de las teorías científicas. A su vez, éstas representarían aquel «conocimiento producido».

No obstante, respecto a este último, habría que advertir, sobre todo en lo tocante a la psicología, que cualquier método viene favorecido por preconcepciones sobre la naturaleza de la conducta humana. En este sentido, los métodos de investigación psicológica trasuntan una gama diversa de tradiciones sobre el comportamiento: su condicionamiento histórico, la controversia herencia- medio, la racionalidad, el aprendizaje social, etc.

Dichas «preconcepciones» se transmutan, por así decir, en conjeturas, o hipótesis, que, inspiradas por aquéllas, suponen y, en consecuencia, predicen la existencia de relaciones entre condiciones estimadas como relevantes. Las hipótesis aludidas, por tanto, proceden de tales «preconcepciones», las cuales son a su vez entendibles como «teorías intuitivas», es decir, como teorías no formalizadas.

El desarrollo del conocimiento a través de confirmaciones o refutaciones de hipótesis comprendería la construcción de la teoría, la misma que poseería un alto rango sistemático. Pero, contra lo que pueda parecer, esto último no se halla exento de dificultades.

En la siguiente sección habrá ocasión de pasar revista a dichas dificultades.

3. Crítica epistemológica

Un tercer objetivo propio del análisis epistemológico es, como se adelantó, el de la crítica de los métodos, hipótesis y teorías científicas. La crítica consiste, dicho brevemente, en la búsqueda y formulación de objeciones a los planteamientos o argumentos de fundamentación metodológica y teórica.

Estos últimos no son tenidos como irrevisables y por ende tampoco como definitivos. La crítica, pues, viene a constituir una práctica epistemológica que previene contra el dogmatismo.

El problema de la verdad y las teorías epistemológicas al respecto giran, grosso modo, en torno a una cuestión que es la de cómo decidir la contrastación, esto es, la confirmación, y, a la vez, la refutación de las proposiciones científicas. Éste es, pues, un problema de estipulación de reglas o normas a tal efecto.

En cuanto teoría del método, la «metodología» constituye, por tanto, rama normativa de la epistemología. En tal sentido, comprende reglas tanto para obtener soluciones provisorias al problema de la verdad como para evaluar las teorías propuestas al respecto. Por ello se le reconoce el nivel de una lógica de la investigación (por ejemplo, por Popper, 1934. Cap. 2).

En relación a esto, en epistemología convergen un par de metodologías suficientemente reconocibles: el verificacionismo y el refutacionismo o falsacionismo. El primero se manifiesta, dicho a grandes rasgos, en una actitud o tendencia a verificar o confirmar las hipótesis.

El refutacionismo o falsacionismo, por su parte, contiene una tendencia que exalta el valor de las contrahipótesis, esto es, de la búsqueda de contradicciones a las hipótesis asumidas al emprender una investigación. Por ejemplo, ésa es la postura epistemológica de Popper.

Al comprender ambos, verificacionismo y refutacionismo, a aspectos tales como actitudes o tendencias, nos indican que la metodología no sería cuestión de «pura lógica». Y esto último, precisamente, lo adelantó en una ocasión el propio Popper:

...en la medida en que trasciende el análisis puramente lógico..., la teoría del método se ocupa de la elección de los métodos,... de las decisiones acerca del modo de habérselas con los enunciados científicos. Y tales decisiones dependerán... de la meta que elijamos... (Popper, 1934, pág. 48. Las cursivas son de él).

¿Qué o cómo ocurre con la metodología psicológica?

Los diseños de investigación, para poner un ejemplo, tendrían una intención «verificacionista». Veamos por qué.

En ellos se formulan hipótesis a fin de «confirmar» en una muestra lo que ellas predicen, y así obtener conclusiones generalizables a una población de la cual aquélla fue extraída aleatoriamente. Una crítica a esta clase de procedimiento sostiene que no existe justificación lógica para ampliar las conclusiones logradas en aquellos casos de los que tenemos o hemos tenido conocimiento directo a otros de los que no se tiene o tuvo conocimiento o experiencia algunos.

Éste es el problema de la inducción, formulado en 1739 por David Hume, e identificado por Popper como uno de los dos problemas fundamentales de la epistemología (Popper, 1963, caps. 1 y 11).

Entendida como una clase de inferencia o de razonamiento (y, por si acaso, excluyendo de las limitaciones a señalar al principio de inducción matemática de Guiseppe Peano), se hubo considera do a la inducción como la obtención de conclusiones generales a partir de la observación de casos particulares. A este respecto, Hume, filósofo inglés (1711-1776), adujo que:

...no pueden existir argumentos demostrativos que prueben que casos de los que no hemos tenido experiencia son semejantes a aquellos en que sí la hemos tenido (Hume, 1739, Libro I, parte III, sec. VI, pág. 196. Las cursivas son de Hume).

A éste hay que añadir el segundo problema epistemológico. Me refiero al problema de la demarcación entre la ciencia y la seudociencia.

Grosso modo, éste plantea la cuestión sobre los criterios para determinar la cientificidad de un enunciado o de un sistema de enunciados. El verificacionismo se caracteriza por defender la verificabilidad como criterio de cientificidad.

Por su parte, el falsacionismo popperiano sostiene que, para decidir si un enunciado posee la propiedad de ser científico, debe ser posible la contradicción de él.

El «verificacionismo» fue la tesis metodológica de los empiristas del Círculo de Viena. Igualaba «verificabilidad» a determinación del «sentido» o «significado» de los conceptos.

Dicho de otro modo, según tal punto de vista, el significado o sentido de una proposición estaba determinado por su método de «verificación», vale decir, por el procedimiento con el que se decide la verdad de la proposición.

Como decía Friedrich Waismann en un texto que transcribe las conversaciones entre Wittgenstein y los miembros del Círculo de Viena entre diciembre de 1929 y julio de 1932: "El sentido de una proposición es el modo de su verificación" (Waismann, 1967. Apéndice B. Sec. 6, pág. 215. La cursiva es de él).

Wolfgang Stegmüller (1970-1974, Parte B, cap. III, pág. 209-243) presenta un esquema que me parece claro de las tesis del empirismo lógico. Para él, la «posición básica» del empirismo lógico se expresaría en la consideración de que todos los enunciados científicos con sentido pueden ser divididos completamente en dos clases disjuntas.

Siendo ésas son dos clases «disjuntas», no tendrán elemento alguno en común. En una palabra, son clases cuya intersección es nula o vacía.

En la primera, están los enunciados cuyo valor de verdad se determina mediante un «mero análisis del significado»: ésta es la clase de enunciados analíticamente determinados.

A la segunda clase pertenecerán los enunciados cuyo valor de verdad se apoye en la experiencia u observación: ésta sería la clase de enunciados sintéticamente determinados.

Las proposiciones o enunciados analíticos son aquellos que pertenecen al ámbito de la ciencia formal, es decir, la lógica y la matemática. A su vez, las proposiciones sintéticas forman el campo de la ciencia fáctica: la física y la química, las ciencias biológicas y las ciencias sociales (sobre «juicios analíticos» y «sintéticos», ver Manuel Kant, 1781. Vol. I. Introducción, sec. IV, pág. 154-156).

Bunge rebate la tesis «verificacionista del significado» haciéndole estos dos explícitos reparos:

1.Confunde «significado», un término semántico, con «confirmabilidad», una noción metodológica; y,

2.Una prueba empírica afecta, antes que a «conceptos», a enunciados o a sistemas de enunciados (Bunge, 1983. Parte I, cap. 3, sec. 3.5).

Según esto, las consideraciones que se hacen respecto a que Bunge sería un «positivista lógico» ilustrarían un desconocimiento de los planteamientos epistemológicos.

Sin embargo, como veremos a continuación, los empiristas lógicos tentaron otras propuestas.

Carl G. Hempel (1950), por ejemplo, otro empirista lógico, buscó precisar el «criterio empirista de significado cognitivo» de modo algo distinto. Según él, un enunciado es «cognitivamente significativo», de forma que pueda decidirse si es verdadero o falso, si satisface una de estas dos condiciones:

1.Si es analítico o contradictorio; o,

2.Si es posible, «por lo menos en principio», de ser confirmado por la experiencia.

Esta posibilidad «en principio» o «testabilidad en principio» fue precisada por Hempel después. Sostuvo que la «característica definitoria de un enunciado empírico» reside en «su capacidad de ser sometido a prueba mediante la confrontación con hallazgos experimentales».

Hempel hizo otras precisiones. Apuntó que afirmar que un enunciado empírico es «testable en principio» significa que:

...es posible indicar exactamente qué hallazgos experimentales, si se los obtuviera realmente, constituirían elementos de juicio favorables a él, y qué hallazgos... constituirían elementos de juicio desfavorables. En otras palabras, decimos que un enunciado es testable en principio si es posible describir el tipo de datos que lo confirmarían o desconfirmarían (Hempel, 1965, cap. 1)

Para él, «confirmación» y «desconfirmación» abarcan más que la verificación y refutación «concluyentes». Como esta última se asocia al falsacionismo popperiano, examinémosla.

El falsacionismo de Popper está resumido en una condición formulada por él en 1982 (Popper, 1985):

...podríamos exigir que cualquiera que defienda el carácter científico- empírico de una teoría sea capaz de especificar bajo qué condiciones estaría dispuesto a considerarla falsada, es decir, tendría que ser capaz de describir al menos algunos falsadores potenciales.

¿Nos dispondríamos a defender así la índole «empírica» de nuestras teorías?

Popper ha insistido explícitamente en el carácter conjetural de las teorías científicas. Él propone que, antes que buscarse la «verificación», debe procurarse la «falsación» de las teorías.

Es decir, mantiene que la índole empírica de una teoría o enunciado la determina el hecho de que sea posible formular en ella un enunciado básico, esto es, un enunciado observacional que esté o que entre en contradicción con dicha teoría o enunciado. Dicho con otras palabras, si es posible formular un enunciado que, sin que sea necesariamente verdadero, describa un acontecimiento cuya observación sea lógicamente posible.

Esto sancionó, pues, antes que a la «verificabilidad», a la falsabilidad como criterio de demarcación del conocimiento empírico.

Popper (1985) señaló que la falsabilidad de las teorías es «un asunto puramente lógico», esto es, está planteada en relación «únicamente a la estructura lógica de los enunciados y de las clases de enunciados». Subraya que la falsabilidad «no tiene nada que ver» con el problema de si «ciertos resultados experimentales podrían o no ser aceptados como falsaciones».

Como puede verse, siempre son hallables puntos críticos, no sólo en cualquier teoría «científica», sino en las propias tesis epistemológicas. Yo diría que, frente al conocimiento científico, habrían cuatro posiciones o actitudes como éstas que aíslo a continuación:

1.Una actitud emocional, manifiesta en una adhesión a las teorías, adhesión fundada en la concordancia que supuestamente aquéllas deban guardar con nuestras «cosmovisiones»;

2.Una actitud dogmática, manifestada por la tendencia a asumir acríticamente los planteamientos, como si éstos fuesen irrevisables y por ende inmodificables;

3.Una actitud cosista o territorialista, en la cual se tiene al conocimiento científico y aun al filosófico como algo tangible, como una cosa que se puede tocar con las manos, o como un territorio al que se puede entrar y del que se puede salir, al que no se puede entrar o al que no se puede dejar entrar a otros; y,

4.Una actitud crítica, o racional, consistente en una disposición a la revisión personal e intersubjetiva de las tesis y, por consiguiente, al replanteamiento de las mismas.

En psicología coexisten diversos enfoques o «paradigmas». Serían el enfoque psicoanalítico, el conductual o interconductual, el fenomenológico y el constructivista. Es esperable una disposición a la evaluación de la cientificidad de ellos, y, por ende, de su estructura teórica.

Respecto a la estructura de las teorías científicas, hay en epistemología dos tesis, que son la empirista lógica y la conjuntista. La tesis empirista lógica de la estructura de las teorías es conocida como «concepción estándar» (en un artículo anterior reseñé estas dos tesis, Campos Roldán, 1995).

Para el empirismo lógico las teorías científicas vienen a ser sistemas proposicionales estructurados por relaciones de deducibilidad. Esto es, sistemas hipotético- deductivos que se interpretan empíricamente en base a reglas de correspondencia que prescriben cómo asignar significado fáctico a los términos teóricos para relacionarlos con conceptos observacionales. Una teoría psicológica construida de esta forma es la teoría del aprendizaje de Clark L. Hull.

En lo atinente a la dinámica o desarrollo histórico de las teorías, para el empirismo lógico la ciencia progresa acumulativamente, en un proceso lineal o continuo y en un curso teleológicamente orientado a la «ciencia unificada».

Esta perspectiva de la evolución histórica de la ciencia entró en conflicto con los estudios históricos de Thomas Kuhn, quien, como es sabido, planteó que ése es un desarrollo producido por revoluciones al interior de comunidades científicas, y por ende no sólo por una mera «acumulación de conocimientos».

En su famoso libro de 1962, Kuhn definió las revoluciones «científicas» como:

...episodios de desarrollo no acumulativo en que un antiguo paradigma es reemplazado, completamente o en parte, por otro nuevo e incompatible (Kuhn, 1962, cap IX).

Kuhn distinguió ciencia normal de ciencia revolucionaria. La primera sería «...investigación basada... en una o más realizaciones científicas pasadas... es decir, aquellas realizaciones (reconocidas) durante cierto tiempo, como fundamento para (una) práctica posterior» (Kuhn, 1962, cap. II).

En el Prefacio de su libro de 1962 definía los paradigmas como:

... realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y de soluciones a una comunidad científica.

Según tal definición, el método del reflejo condicionado de Iván P. Pavlov sería un «paradigma», pues fue un «modelo de problema» para los psicólogos estadounidenses cuando éstos se dedicaron a estudiar experimentalmente el aprendizaje y luego «modelo de solución» al crearse la «terapia conductual».

A su vez, la «ciencia revolucionaria» está representada en la investigación extraordinaria. Ésta busca resolver los contraejemplos o anomalías que elude el «científico normal».

Por su parte, la tesis conjuntista de la estructura de las teorías es propuesta por Joseph Sneed y Wolfgang Stegmüller. Para ellos una teoría científica es una estructura matemática de entidades conjuntistas. Es decir, un conjunto de modelos.

Ahora bien, habrá que definir «modelo». Para ello seguiré una definición de Jesús Mosterín (1987, cap. 7).

Según Mosterín, «modelo» es «lo que está frente a la teoría», un «sistema en que se cumple lo que dice la teoría».

Por ello, sería correcto que los psicólogos llamen «modelos» a sus teorías del aprendizaje. Dado que los experimentos de condicionamiento muestran que en ellos se cumple la definición de «aprendizaje» como cambio relativamente permanente de la conducta en interacción con los estímulos del medio, devienen entonces en «modelos de aprendizaje».

El análisis practicado hasta aquí probaría la conclusión de que el campo de problemas de la epistemología está relacionado al estudio de la estructura y dinámica de las teorías. En cuanto a la «estructura», ésta está puesta en tela de juicio por el problema de la inducción, ya que éste pondría en entredicho las pretensiones de universalidad de las teorías científicas.

La «dinámica» de las teorías científicas obedece, no sólo a las soluciones a ciertos problemas «internos» de la ciencia, sino también al contexto social de la investigación. Por estas razones se considera también como problema epistemológico a la historia y psicosociología de la ciencia.

Una addenda sobre políticas de investigación

En sociedades como la nuestra constituye una directriz al respecto del desarrollo del conocimiento el análisis de los planes de investigación científico- tecnológica. Éstos parecen inspirarse en una filosofía pragmatista (Bunge, 1985, Parte IV. Cap. 16, pág. 205-211). No quisiera soslayar el comentario según el cual el «pragmatismo» ha sido malinterpretado como equivalente a «prescindencia de principios».

Intentaré aclarar en qué reside el primer pragmatismo.

Entre otras cosas, tenemos la nada infrecuente confusión entre ciencia, ciencia aplicada y tecnología. En gran medida, dicha confusión es responsable de la sobreconcentración en la investigación en evaluación o eficacia técnica.

Semejante situación podría haber propiciado una suerte de desprestigio en la investigación básica o teórica y, a su vez, ella explicaría la sobreestimación de la llamada investigación «cuantitativa». Brevemente, sólo interesaría conocer cómo se obtendrían «resultados prácticos», «inmediatos» y «medibles».

A modo de epítome

Finalmente, querría dejar expresas algunas premisas que expliquen por qué he presentado en forma quizás esquemática esta aproximación a los problemas epistemológicos de la psicología. Si éste hubiese sido un «proyecto» de texto, lo diría como «prólogo», pero lo haré «a modo de epítome», es decir, como un compendio de lo escrito hasta aquí.

La consideración de la epistemología como una rama de la filosofía difícilmente estaría sujeta a discusión, según creo, pues ello es «archisabido». Otras ramas de la filosofía son la ontología, la metafísica, la gnoseología, la lógica teórica, la estética, la ética, la axiología, la teología y la propia historia de la filosofía. Lo que aquí nos ha ocupado es la epistemología en tanto filosofía de la ciencia y la tecnología.

Ahora, lo que presumiblemente suscitaría discordancias sería el hecho de que haya limitado los problemas filosóficos a los objetivos de clarificación de conceptos, esclarecimiento de fundamentos de métodos, hipótesis y teorías, y crítica a estos procedimientos.

La historia de la filosofía suele ser tratada como una historia de «giros». Éstos no son necesariamente lingüísticos, aunque puede exceptuarse el primer caso a reseñar.

De un lado, hay quienes sostienen que la filosofía tiene como objeto u objetivo clarificar los «juegos de lenguaje» de modo que nos evite incurrir en trampas o «rompecabezas» (A este respecto, yo recomendaría una obra, a mi juicio estupenda, de Richard Rorty, 1979. Véanse especialmente la Introducción y el capítulo primero).

Uno de los más celebrados epigramas de Wittgenstein, conspicuo impulsor de tal punto de vista, es éste que afirma que «los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje se va de vacaciones».

De otro lado, y ésta es una perspectiva criticada por los defensores del enfoque aludido en el párrafo anterior, también es cierto que la filosofía fue concebida como la encargada de la fundamentación del origen y sentido de las cosas, entre éstas del conocimiento científico. Ésta es una concepción cuestionada, sobre todo, por los frutos de sus esfuerzos. Como dice Rorty (1979; pág. 14-15), estos intentos «no encontraron eco en aquellos cuyas actividades trataban de fundamentar o criticar».

Sin embargo, ello no debe confundirse con el estudio de fundamentos. No se trata, entonces, de una pretensión fallida como la de «fundamentar», sino del objetivo de esclarecer los fundamentos, sean éstos mitológicos, ontológicos, metafísicos o lógicos, de los procedimientos, hipótesis y teorías.

Como dice Francisco Miró Quesada Cantuarias (1963, cap. I, pág. 19): « ...en el más prístino sentido del término, todo estudio de fundamentos es filosofía... es la filosofía misma».

Y, así, lo mismo ocurre con la crítica, que, para Popper, sería el único método de la filosofía. En 1958, Popper (1934) escribía sobre:

... un problema filosófico por el que se interesan todos los hombres que reflexionan: ...el de la cosmología, el problema de entender el mundo incluidos nosotros y nuestro conocimiento como parte de él (Popper, 1934 [Prefacio de 1958], pág. 16 y 17. En lo sucesivo, todas las cursivas son de él).

Entonces formuló dos tesis contra «los analistas del lenguaje», que, para Popper, «se consideran... como los que utilizan ciertos métodos privativos de la filosofía». En la primera de ellas, consonante con su liberalismo, asienta que «los filósofos son tan libres como cualesquiera otras personas de emplear cualquier método en la búsqueda de la verdad»; por ello enfatizó que: «No hay un método propio de la filosofía».

En la segunda de sus tesis anotó que:

... el problema central de la epistemología ha sido siempre, y sigue siéndolo, el del aumento del conocimiento. Y el mejor modo de estudiar el aumento del conocimiento es estudiar el del conocimiento científico.

Coronando su desdén hacia tales «analistas», de modo que subestimó por anticipado pretensiones como, p. ej., las de Gilbert Ryle, Popper describió allí de este modo su parecer:

No pienso que el estudio del aumento del conocimiento pueda reemplazarse por el estudio de los usos lingüísticos, ni por el de los sistemas lingüísticos.

Con todo, Popper dijo mostrarse «completamente dispuesto a admitir» la existencia de un método que, según él, podría ser «el único método de la filosofía». Ése sería, para él, un método «no sólo característico de (la filosofía), sino... de toda discusión racional... «Consiste, dice, en... enunciar claramente los propios problemas y... examinar críticamente las diversas soluciones propuestas (loc. cit., pág. 17).

Todo esto se resumiría en los términos en que se refirió a la filosofía Bertrand Russell, diciendo que ésta aspira a:

...aquella clase de conocimiento que nos da la unidad y el sistema del cuerpo de las ciencias, y el que resulta del examen crítico del fundamento de nuestras convicciones, prejuicios y creencias (Russell, 1912. Cap. XVI).

Ahora sí para terminar: creo que es obvio que aquí no hice sino pretender integrar las tres perspectivas, que, a mi juicio, muchas veces asumimos sin darnos cuenta. Mas o menos como Monsieur Jourdain, el personaje de Molière en El burgués gentil hombre, quien recién se enteró de que hablaba en prosa cuando le dijeron que eso era lo que había venido haciendo.

 

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* Maestría en Filosofía-Epistemología (Universidad Nacional Mayor de San Marcos)

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