Folia Dermatológica Peruana. Vol. 13 Nº 2
agosto de 2002 |
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EDITORIAL
SER MÉDICO
Algunos de nosotros siempre quisimos ser
médicos. Desde niños jugábamos a curar, a operar. Por suerte las tortugas tienen una
gruesa caparazón, y los bisturís de juguete no lograban penetrarla. Gracias a Dios, pues
nunca he visto un atlas de anatomía tortuguesca. Operar al Fido o al Minino de la casa
hubiera sido demasiado grotesco, y operar al oso de peluche de la hermana menor hubiera
sido exitoso en desencadenar brotes de asma familiares mas no en ayudar a engendrar un
transplantólogo del futuro.
En mi caso, la inspiración vino tarde, de la simplona lectura en Selecciones de una
crónica sobre la vida de un interno de medicina (ni siquiera un médico, sino un
interno). Recuerdo que fue en mayo o junio de 1973, durante mi quinto año de secundaria.
Luego de averiguar acerca de las universidades y de las academias, lo uno llevó a lo
otro. Un año después, ingresaba a mi alma mater, la Universidad Peruana Cayetano
Heredia.
De mi ingreso a la Universidad han pasado veintiocho años y de mi graduación otros
veinte. ¡Qué gracia me hace pensar que cuando éramos alumnos del primer ciclo,
mirábamos a los internos y los llamábamos viejos!... así de distante veíamos el final
de los estudios. Hoy en día, en mis labores docentes, me cuesta distinguir a alumnos de
internos, pues para mí todos tienen el mismo aspecto juvenil. En todos estos años he
tenido la suerte de conocer colegas de todos tipos y colores, unos inteligentes, otros
mercantilistas, unos parcos, otros comunicativos, pero la gran, gran mayoría, generosos,
humanos, caritativos y con un genuino interés por la salud de sus pacientes.
Ser médico en el Perú es aún una profesión sacrificada. Muchos años de estudio,
largas horas de trabajo, muchas veces en condiciones inadecuadas. Una vida de clase media,
con algunas comodidades, pero sin grandes lujos; ésta es la situación promedio para los
médicos peruanos. A eso hay que agregarle la gran carga moral que se enfrenta en el
trabajo médico. A la miseria humana que acompaña la enfermedad, se suma la miseria
humana de aquellos que no tienen los medios económicos suficientes para afrontarla. He
visto la muerte de cerca, la que viene como una sorpresa en un accidente de tránsito o en
la explosión de una mina, la que es esperada y bienvenida por aquel paciente anciano, a
quien sus amigos abandonaron en esta tierra años atrás. He visto la muerte de mis
pacientes niños, afectados por infecciones o linfomas, diagnosticados tempranamente con
muchísima sapiencia, pero en las que nuestras ideas no se pudieron traducir en
alternativas terapéuticas capaces de permitirles llegar a la juventud.
Ser médico también significa compartir con nuestros pacientes las alegrías del curarse,
el alivio del dolor, la recuperación de la autoestima personal. Recuerdo una oportunidad
en que, estando en consulta, la acompañante de una paciente me mira, me saluda y me
pregunta si me acuerdo de ella. Una cara dulce, una larga cabellera, una preciosa e
inolvidable sonrisa. En un arrebato de sinceridad le digo que no, que de tanta dulzura uno
no se olvidaría. Acto seguido se pone de pie, me abraza, y me dice : yo sé por que
no recuerda mi cara: la última vez que me vio no tenía pelo, estaba pálida y
adelgazada, producto de la quimioterapia. Ella había sido diagnosticada por error
de un linfoma, y afortunadamente dicho error se corrigió luego de una revisión del caso.
Su expresión agradecida y su lozanía son hasta hoy un recuerdo imborrable para
mí.
La sonrisa de un niño no pierde su contagiante alegría aun detrás de la escamas de una
psoriasis, de las ampollas de una epidermolisis o de la voluminosa presencia de un
angioma. La calidez de una anciana que nos trasmite su felicidad, porque su pénfigo en
remisión ya no es molestia, nos conmueve y nos estimula.
Ser médico nos da un increíble poder, no necesariamente el de curar, sino el de
convencer.
Vaya tranquila señora, pues de una queratosis seborreica nadie se muere. Y la
paciente se va, contenta, lista a seguir con una vida a plenitud.
Ser médico, y particularmente en nuestra especialidad, significa ser comprensivo con el
paciente crónico, a quien le reconocemos el derecho al cinismo y a la desconfianza, pero
que nos abruma con su deseo de que nosotros le curemos.
Ser médico requiere ser frío en las decisiones clínicas, ser optimista ante las
dificultades, ser humano en los momentos de dolor, ser capaz de concentrarse aunque sean
las tres de la madrugada, el 25 de diciembre o un día después del nacimiento del hijo
propio. Ser observador, ser maduro, ser cordial, ser razonable, ser permeable, ser
conciente de nuestras limitaciones, no ofuscarse, no ocultarse, no negarse.
Ser médico, a veces vano orgullo, a veces dura experiencia, incierta ciencia humana, día
a día aleccionadora docencia, pero siempre y para siempre una inolvidable vivencia.
Gracias a Dios, que en la crónica ligera de un interno encontré para mí mismo una
desconocida vocación médica.
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